miércoles, 31 de diciembre de 2008

Lo que queda de 2008


Mejor película extranjera que le ha gustado a todo el mundo: Wall-E de Andrew Stanton
Mejor película extranjera que no le ha gustado a nadie: Dreams de Kim Ki-duk
Mejor película española: Camino de Javier Fesser
Mejor programa de TV extranjero: The Wire
Mejor programa de TV nacional: Plutón BRB Nero
Mejor disco nacional: El manifiesto desastre de Nacho Vegas
Mejor disco extranjero: Electric Arguments de The Fireman (Paul McCartney y Martin Glover)
Mejor concierto: Bob Dylan (Pamplona, 24 de junio)
Mejor película clásica descubierta en 2008: Viaje alucinante al fondo de la mente (Ken Russell, 1980)
Película clásica más decepcionante vista en 2008: El mago de Oz (Victor Fleming, 1939)
Mejor cómic: Emigrantes, de Shaun Tan (2007)
Mejor libro sobre cómics: El mundo de Mortadelo y Filemón de Miguel Fernández Soto
Mejor novela: El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza
Mejor libro sobre tv: The Writers´s Tale, por Russell T. Davies y Benjamin Cook
Mejor canción clásica descubierta en 2008: Race for the Prize de los Flaming Lips

lunes, 29 de diciembre de 2008

No estamos

domingo, 21 de diciembre de 2008

Goyas 2009


Miro la lista de candidaturas a los Goya y suelto una fina interjección. Los girasoles ciegos, única que no he visto de las cuatro principales, arrasa con quince nominaciones y no es que se me haya pasado por alto, es que no tenía ni puñeteras ganas de verla porque ha tenido una críticas flojísimas y me han hablado de ella fatal. ¿Y ahora, me gasto la pasta a disgusto o me abstengo de decir un palabra si luego va y se lo lleva todo el 1 de febrero? Aquí, a la hora de rascarse el bolsillo, es donde se demuestra su dedicación el crítico aficionado.
Y mira que me cae bien Jose Luís Cuerda (y Maribel Verdú) pero Cuerda como director dramático me parece un tío muy plano y escaso de recursos, y empiezo a sospechar que tanto reconocimiento para la enésima película sobre la guerra civil solo puede deberse a la reciente actualidad del tema (es decir, a motivos extracinematográficos) o a que Los girasoles es el guión póstumo de Rafael Azcona como adaptador (pero Azcona decía siempre que el guionista era la puta del director. O sea, que se lavaba las manos del resultado).
O quien sabe, igual es de verdad una obra maestra, aunque me cuesta creer que pueda ser mejor o más original, atrevida y emocionante que Camino de Javier Fesser, una de las mejores películas que he visto este año. Alex de la Iglesia está de acuerdo en que es su favorita, y no lo dice por cortesía, él mismo describió en su blog la conmoción que le había producido. Los Crímenes de Oxford, en cambio, sólo está ahí como reconocimiento a su competencia técnica y a su éxito de taquilla (lo único bueno que ha hecho Alex este año ha sido en televisión, la incomprendida Plutón Verbenero).
Sintiéndolo mucho por Ariadna Gil (que está estupenda en Sólo quiero caminar), el goya a mejor actriz tiene que ser para Carme Elías, que hace una interpretación que corta el aliento en Camino. No se me ocurre nadie mejor en cambio para mejor actor que Diego Luna por la peli de Díaz Yanes pero ¿qué posibilidades tiene contra Benicio del Toro haciendo del Ché? (otra que tampoco he visto).
Más: Penélope Cruz como mejor secundaria (Vicky Cristina Barcelona), Nerea Camacho como actriz revelación (Camino), mejor director novel para Nacho Vigalondo (Los cronocrímenes) y el resto, que gane el mejor.

martes, 16 de diciembre de 2008

Crisis



No sé si será verdad eso que me han dicho de que si no actualizas el blog en una semana, viene la SGAE y te lo confisca. Por si acaso, en vista de que mi crítica de Quantum of Solace se me ha escapado de las manos y está mutando en un tocho peligroso sin final a la vista, la sustituyo por un nuevo intento de chiste estilo El Roto...

lunes, 8 de diciembre de 2008

Españolas temibles


Sólo quiero caminar es la más tarantiniana de las películas de Agustín Díaz Yanes, un thriller estilizado y cinéfilo (con influencias del cine negro oriental y francés y un poquito de Grupo salvaje de Peckinpah), con un gran reparto, buena música y una enérgica dirección que aprovecha bien el impacto semiapocalíptico y la electricidad ambiente de México D.F.
También es un extraño y violento manifiesto feminista sobre mujeres humilladas que se enfrentan a los hombres con sus mismas armas, sobre cómo una banda de ladronas y ocasionales prostitutas ejecuta su venganza contra un gangster mexicano (el fenomenal José María Yazpik) en uno de los países más machistas del mundo occidental. Pero, al menos en este caso, el arquetipo de la vengadora misteriosa funciona mucho mejor en plan individual que colectivo, y la estilización y laconismo de los personajes crea una distancia con el espectador que termina socavando su dimensión dramática. Por mucho que me fastidie coincidir con una crítica de Carlos Boyero, es cierto que no existe una verdadera sensación de amistad o camaradería entre estas mujeres, que se hablan tan poco que la mitad del tiempo uno no sabe si improvisan o siguen un plan. En particular una Victoria Abril muy pasada de vueltas que parece hacer la guerra por su cuenta, prolongando de forma bastante inverosímil su desgarrado personaje de Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, ahora reciclada en dedicadísima madre de un futuro prodigio del toreo. Mejor están Pilar López de Ayala como la cobarde de la banda, siempre al borde del ataque de nervios, y Elena Anaya como la cenicienta idiota que descubre demasiado pronto que su príncipe mexicano era un auténtico cabronazo. Espacio aparte merece la verdadera protagonista, Ariadna Gil, impresionante en su primer papel de heroína de acción cumpliendo punto por punto el arquetipo de ángel vengador hiperduro, una pariente lejana de Beatrix Kiddo que cambia la katana por un bate de béisbol. Y todavía, a pesar de la coraza emocional que se trae puesta en el avión, el personaje de Diego Luna
(más arquetipos: el sicario con cara de niño, mítico asesino huérfano de corazón blando al que el actor dota de una profundidad trágica que no entiendo cómo Scorsese no ha llamado aún a Díaz Yanes para comprarle los derechos del remake) se las arregla para tener con ella una abrupta historia de amor. Estos dos personajes, junto con el sórdido villano que interpreta Yazpik, forman el armazón de la película y le ponen el punto mitológico que la eleva sobre cualquier otra entretenida pieza de pulp fiction.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Terremoto en las ondas


Hablando de talibanes, la tempestuosa salida de Radio 3 por parte de Ramón Trecet ha producido entre sus fieles una conmoción equivalente a una hipotética ruptura de relaciones entre Jiménez Losantos y la COPE (no caerá esa), y entre los demás, una sensación de incredulidad como la del libro ese de Saramago donde la península ibérica se desprende del continente y se va por el océano flotando.
Tenía pendiente desde septiembre escribir algo sobre la nueva programación de la emisora que ahora dirigen dos de mis locutores favoritos, Lara López y Diego Manrique. Una nueva etapa llena de promesas de renovación casi en plan Obama (son gente de la casa, comprometidos con su futuro, que lo sabe todo sobre radio y sobre música), en la que el éxito más notable ha sido la impresión de sinergia que se ha apoderado de la parrilla, una sensación de equipo en el que todos reman en la misma dirección en lugar de jugar a los francotiradores, conseguida gracias a recursos tan simples de polinización como cuñas cruzadas, microespacios en programas ajenos y elementales muestras de cortesía tales como anunciar el programa que viene a continuación.
Y en estas va y resulta que el viejo Trecet, casi 40 años en RTVE, 22 haciendo Diálogos 3, denuncia en una entrevista en El Mundo que se marcha, que la nueva direccion le hacía mobbing y no ha parado hasta echarle. Shock y horror. Desde RNE3 contestan que de mobbing nada, que seguían contando con él y que se ha ido porque le ha dado la gana y porque por lo visto tiene una oferta de una radio privada (Radio Marca, donde ya venía colaborando en labores deportivas).

Los fans de Trecet (y tiene muchos, posiblemente era el programa de más exito de la emisora, y seguramente menos por la música que por el peculiar registro mesiánico de su responsable, siempre predicando la muerte del rock y su sustitución, unos meses, por el folk irlandés, otros por sintesistas europeos y de vez en cuando por un escuadrón de vocalistas griegas con tecladillos Casio), le creen a él, evidentemente , y entienden esto como el ultimo eslabón de la destrucción sistemática de la cadena tras las prejubilaciones de tantos profesionales históricos a causa del ERE de RTVE . Dichos fans suelen terminar jurando que no volverán a sintonizar Radio 3 en la puta vida.
No digo yo que no pueda haber un mínimo porcentaje de verdad en la versión de Trecet (no hay peor cuña que la de la misma madera, y las rencillas personales entre los viejos de la radio pública son legendarias) pero me acuerdo de cuando el año pasado, en lo peor de la escabechina (mientras caían Antonio Fernández, Faraco, Iñaki Peña o Chema Rey), Trecet tranquilizaba a sus oyentes explicando plácidamente que todo el que se había ido era porque había querido y que allí no se estaba echando a nadie (toda una exhibición de compañerismo y capacidad de empatía) para pasar sin solución de continuidad a insistir en que lo importante era mejorar el tema de internet en la emisora. Qué lástima que se marche ahora que en la nueva version de la web de Radio 3 cada programa (incluído el suyo, ya difunto) tiene su propia página y su archivo diario de podcast descargables, precisamente ahora que la cenicienta de RNE ha entrado por fin el siglo XXI.

La nueva programación de Radio 3 ha ampliado la gama de géneros musicales (heavy, música francesa, más espacio para las músicas latinas), ha triunfado con varios experimentos interesantes (Melodias pizarras, Sonideros), ha reforzados los espacios contenedores poniendo al frente a algunos de sus locutores más capaces (Marta Echeverría por la mañana, Santiago Alcanda por la tarde) y en general ha hecho una reasignación bastante inteligente de los recursos disponibles. Muchos se han quejado de la proliferación de magacines progres con reportajes sobre asuntos culturales y sociales (la eterna polémica sobre la emisora debe o no ser algo más que pura musica) pero en los 16 años que llevo escuchando Radio 3 nunca había habido a diario tantísima música en directo y un información musical tan exhaustiva. Yo también echaré de menos a Ramón Trecet, aunque sólo sea para poder llevarme las manos a la cabeza con sus burradas de cuando en cuando. Ha sido un tío importante en lo suyo, un gran divulgador de músicas minoritarias que gracias a su entusiasmo han pasado a serlo mucho menos, pero se había convertido un dogmatico engreído cada vez más encantado con sus filias y sus fobias, cuya presencia en antena lo más que aportaba últimamente era puro morbo. En este caso su marcha, más que una tragedia cultural, es simple ley de vida. Como dijo Juan Suárez el día que heredó su horario, El rey ha muerto, ¡viva el rey!.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Autopista al otro barrio


Camino (Javier Fesser, 2008) es una experiencia apabullante, un torbellino de emociones al límite que deja al espectador temblando en estado de shock (aunque no a todos por los mismos motivos). Acotándola por aproximaciones, podría hablarse de una especie de Mar adentro dirigida por Terry Gilliam (aunque sea en casi todo el reverso absoluto de la película de Amenábar)- O quizá se parezca más a una de esas provocaciones de Lars Von Trier sobre santas estúpidas a las que su bondad arroja al abismo, con la diferencia de que aquí la estúpida no es la heroína (Camino, la niña protagonista interpretada por debutante Nerea Camacho, actriz radiante con unos ojos que se comen la pantalla) sino el círculo de fundamentalistas católicos que la cercan y asfixian como los buitres rondan a una gacela herida.

Lo que cuenta es, en principio, un drama tremendo, el caso de una muchacha de 12 años que acaba de empezar a vivir, que cae enferma de improviso y muere de cáncer tras unos pocos meses de agonía y tratamientos inútiles; circunstancia que cualquiera con una fe religiosa más tibia consideraría una tragedia sin sentido, pero no así la exótica rama del cristianismo a la que pertenece su familia, para la que ningún sufrimiento humano cae en saco roto si se puede reciclar como tributo a Dios.

Así que Camino es también un cuento de monstruos, monstruos mucho peores que cualquier lobo feroz o loco de la motosierra: melifluos vampiros psíquicos que se alimentan de la sumisión y el temor, expandiéndose como expertos depredadores entre las víctimas más débiles y propicias, masoquistas que celebran el mundo como un valle de lágrimas, ascéticos puritanos que flagelan el cuerpo y el instinto por indignos y sucios (enmendándole así la plana al creador), que predican el amor a Dios sobre todas las cosas en oposición a cualquier lazo con seres humanos reales y palpables que amenacen su control mental, mientras idolatran como modelos de conducta a la perfecta maruja esclava y al campechano de San José María, amontonando a los pies de sus estatuas riqueza y poder temporal que luego no tienen más remedio que administrar vicariamente.

La idea de que la tortura y muerte de una niña sea un bendición porque así lo ha querido Dios, que bien mirado ha sido escogida para dar ejemplo y testimonio de fe y recompensada con la gloria eterna, se condensa en el slogan promocional de la película ”¿Quieres que rece para que tú también te mueras?”, reducción al absurdo de la grotesca doctrina antivida de estos talibanes católicos (en la que creo que es la primera aparición estelar en el cine del Opus Dei descontando El Código Da Vinci).

Y por la vía del absurdo, y no sólo por los delirios visuales de los sueños (mundanos) y pesadillas (religiosas) de Camino, es por donde esta película aparentemente tan distante termina conectando con la filmografía anterior de Javier Fesser (El milagro de P. Tinto o La gran aventura de Mortadelo y Filemón, historias al igual que ésta sobre un grupo de zumbados atrapados en un mundo propio de lógica intransferible). En este caso no hay rastro de caricatura o trazo grueso en la descripción del Opus Dei o de sus miembros, sino más bien una verdadera curiosidad antropológica por desmenuzar con exactitud sus rituales y conductas, por averiguar que le pasa a esa gente por la cabeza para arruinar así su vida y la de los demás en honor de un ser supremo tan adusto y mezquino, tan ajeno a todo lo humano. La madre de Camino (extraordinaria Carme Elias) no es ninguna fanática cruel sino una pobre mujer escindida entre sus convicciones y sus sentimientos, que hace lo que cree mejor para su hija aunque cada decisión que toma le duela en el alma. El padre (Mariano Venancio, tan distinto aquí de sus papeles de mandamás chiflado en Mortadelo y Filemón y Plutón BRB Nero), comprensivo y cariñoso, el único cómplice de su hija, pero un hombre débil que se desdibuja tras su mujer y sus asesores espirituales, cabeza de familia putativo sin voz ni voto. O la hermana numeraria (Manuela Vallés), llevada a abandonar su vida y el mundo a base de mentiras…

No es que todo sean llantos, hay cantidad de momentos de humor en medio del drama (las charlas de Camino con su amiga la descarada, la clase de teatro, sus aventuras imaginarias...). En realidad, conforme se confirma lo inevitable, lo que iba para tragedia va mudando de género y se transforma en algo parecido a una comedia de los errores que desintegra el asfixiante envoltorio de rigor místico y trascendencia ultraterrena y lo riega de confusión y ridículo. Lo mismo que los ancianos de El milagro de P. Tinto esperaron en vano un hijo durante cuarenta años por culpa de un tonto malentendido en relación al sexo conyugal y a un ejercicio con tirantes, los aplicados siervos de Dios creen que están conquistando un alma, se figuran que están ante una santa anhelante de reunirse en el cielo con Jesús, el hijo de Dios, cuando Camino no es más que una niña enamorada (de Jesús, el hijo de la pastelera) y que sueña hasta el último momento con interpretar a la Cenicienta en la función del barrio (la única Obra que le interesa). Los amigos de la muerte en vida, tan en contacto directo con los misterios sobrenaturales, resultan incapaces de conocer ni comprender el corazón de una niña, no pueden ni imaginar lo lejos que está su universo mental de ellos y sus maquinaciones para construirse una beata. En su mente preadolescente carente de malicia, Camino alcanza un escenario de felicidad cien por cien terrenal y laica, sin ángeles ni espantos, un umbral que ellos jamás podrían traspasar, una clase de milagro que no entenderían aunque les mordiera. La heroína se les escapa intacta entre los dedos y los muy pringados nunca sabrán hasta qué punto han fracasado.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Y a continuación, algo completamente diferente



El mismo día en que Alex de la Iglesia ha anunciado con pesar en su blog que en breve concluye definitivamente el rodaje de Plutón BRB Nero (porque es el destino de toda serie de ciencia ficción que se precie terminar prematuramente, y porque aunque no ha ido mal para la media de la 2, tendría que haber ido mucho mejor para haberles prorrogado más allá de los 26 episodios), se publica oficialmente el segundo teaser-trailer de Star Trek (2009), la película que tiene en sus manos la salvación del género space opera tras la escabechina de las Galaxias, o al menos hasta que James Cameron estrene Avatar...
Este trailer (en inglés, claro) lleva todo el fin de semana pululando por internet causando sensación en cutreversiones pirata, así que ahora que ya se puede ver en condiciones no me seáis vagos y pinchad en
apple.com/trailers
para escoger la versión quicktime más grande que soporte vuestro aparato (donde pone Trailer 2, apartado HD), porque es una cosa muy moderna y llamativa, de mucha velocidad y detalle, y además aquí no salen ballenas ni señores mayores metiendo barriga (pobre Shatner).
Tampoco hay, para compensar, ninguna estrella en el reparto salvo un irreconocible Eric Bana haciendo de villano, aunque por ahí anden también Wynona Ryder, Simon Pegg, Karl Urban, la doctora Cameron y el malo de la serie de Heroes. En cambio se ve mucha pasta en efectos, unos diseños bastante interesantes y el apunte de un argumento que de pronto se ha revelado (leyendo entre líneas) mucho más intrigante que simplemente otra precuela sobre cómo se conocieron el capitán Kirk y el señor Spock. ¿Sera suficiente para picar la curiosidad del público generalista? Vosotros diréis; de todas formas aún les quedan seis meses hasta el estreno para seguir vendiendo la moto.

Mientras tanto, la película de J.J. Abrams amenaza ya con producir el mayor cisma entre fundamentalistas y renovadores de la Franquicia (franquicia que estaba muerta tras años de deslizarse a la irrelevancia cuando él decidió recogerla) desde el día en que su creador, Gene Roddenberry, puso a un calvo francés que en realidad era inglés en la silla del capitán.

A mí, de momento, me gusta bastante lo que veo.
Y la nueva Enterprise sigue siendo bastante icónica. En el fondo, ¿no es eso lo único que importa?

domingo, 16 de noviembre de 2008

Son dos y aparentan legión


Faemino y Cansado siempre dicen eso de que con su espectáculo se pasa el rato pero no se aprende nada, que no tiene sustancia ni te hace mejor persona. Y va a ser verdad porque, como hace años que no salen por la tele, cualquier humorista que intente seguir su escuela probablemente moriría en el intento de tomar notas al ritmo que estos dos imparten sus chorradas magistrales. Menuda caña.

Veinticinco meses después de su última visita al Teatro Gayarre de Pamplona (nuevo lleno total durante cuatro días), juro por Manuel Campo Vidal que es la vez que más me he reído con ellos descontando la primera (ya tan mitificada en la memoria de mi juventud). Prometían que venían a hacer lo mismo de siempre y eso es exactamente lo que hicieron, dos tíos ya talluditos rajando sin parar sobre el escenario sin más apoyo técnico que unas chaquetas de colores y los copazos de licor que se sacan al final cuando se convierten en los cuentachistes Arroyito y Pozuelón. Ellos se jactan de su vagancia, de reciclar constantemente los mismos números y recurrir una y otra vez a los sketches que hacían en Cajón desastre, pero es mentira. Puede que el esqueleto sea el mismo pero todo lo demás llega en estado de flujo: las divagaciones y los incisos, lo de irse por las ramas, ha sido siempre su rasgo característico y el espectáculo en directo de Faemino y Cansado es la apoteosis de la morcilla que se come el plato principal, donde cada número empieza en terreno conocido pero nunca se sabe donde acabará. Con la complicidad que dan tantos años trabajando juntos, estos dos cachondos mentales se atreven a inventar e improvisar en directo (y se nota cuando el otro se esfuerza en aguantarse la risa), desbarrando sobre el guión previsto, seguros de que el otro le seguirá y rizará el rizo. Luego el mejor o peor resultado dependerá de la inspiración del momento, pero esta vez ambos habían venido en estado de gracia...

Tras saltar al escenario como siempre, con el baile y los botes para demostrar dinamismo, nos contaron la historia de cómo se conocieron de adolescentes cuando cogían percebes en el Mediterráneo con el culo (no les quedaba otra porque Franco, entonces todavía en el poder, les escondía los aparejos y los enterraba en un sitio del que sólo él tenía el mapa). Eso fue justo antes de empezar la transición y la movida (y se ríen recordando lo gordo que estaba Sabina, igual de gordo que Johnny Rotten el de los Sex Pistols). Luego les llegó la fama en la tele, pero acabaron hastiados y se fueron a dar la vuelta al mundo. Jamaica no vale nada, advierten (aunque se quedaron allí seis meses) y Australia es igual que la plaza del Castillo de Pamplona salvo porque allí el agua gira al revés . Pero tampoco hace falta irse hasta tan lejos sólo por eso, tú mismo te puedes hacer en casa un vórtice magnético en el fregadero con un conejo, una zanahoria y una caña de pescar, y luego llamar a Iker Jiménez para que te saque en su programa de monstruos (aunque luego resulta que es un escéptico y Faemino, con las molestias que se ha tomado, se pone fino de insultarle). Tras este viaje por la nostalgia, Faemino se tuvo que ir repentinamente porque se había dejado el móvil en el coche, y entre que volvía Cansado distrajo al respetable al estilo Moncho Borrajo, pidiendo al público palabras con las que formar un poema. Lo extraño es que todos los espectadores hablaban como Faemino y ninguno sabía pronunciar bien su nombre (“Joshxar” o así). El primero era un señor famoso, un tal Jose Luis Rodríguez “El Puma”, pero no el cantante de los 80 sino el fabricante de chandals (“chandals ¡Puma”!). Y luego casi se le mete un abejorro a Cansado por el chakra de la frente y se pone a especular qué es lo que habría ocurrido después de aguantar tres días al bicho dando vueltas dentro de la cabeza (“que viven poco pero no descansan”), y sus desesperados intentos de sacarlo con un cepillo de dientes, una brocheta de mariscos y hasta la guitarra casi sin estrenar de su hijo. Faemino le lleva la contraria y dice que no era un abejorro sino un pelícano deshidratado, parte de un contingente que venden los de Kelloggs (el dinero de verdad no lo hacen con los cereales sino con los pelícanos), contingente enviado por Ágatha Ruiz de la Prada porque se le ha ido la olla y quiere vengarse porque no le dejan ponerse un simple traje marrón. Cansado se le queda mirando: “Te lo estás inventando”. “¡Que no!”, insiste Faemino, que tiene una bóveda bajo ese mismo escenario, con una mesa y una campana de oro de no sé cuantas toneladas que es del alcalde. Y el alcalde va por las noches a acariciarla y a columpiarse del badajo. O igual al final sí que era un abejorro. Después interpretan el sketch didáctico sobre cómo escaparse de un calabozo en una cárcel de Australia gritando “qué va, qué va, qué va, yo leo a Kirkegaard”.

Luego hacen un descanso (delante del público, que hay más luz) y comentan temas personales como el problema que Cansado tiene con su hija de quince años no bautizada, que le vino con la pregunta de para qué servía el cálculo integral. Respuesta: para lo mismo que el otro pero más sano. Los problemas de Faemino son con un caballo que se compró para tenerlo en el piso que no controla sus esfínteres. Y al final salen Arroyito y Pozuelón a contar la vez que decidieron irse de vacaciones aprovechando que Arroyito hizo la mili con el señor Halcón, el de las agencias de viajes. Y cómo sus empleados (a cada uno de los cuales, como ellos son muy educados, le dedican un saludo personalizado) no entienden lo que quieren porque parece que los haya seleccionado un mandril (y Faemino se vuelve loco con su incompetencia aunque insiste en que él no se enfada). Total que el señor Halcón les paga un crucero donde Arroyito puede potar a sus anchas por la borda, que es lo que más le gusta en la vida después de los burros (que le hacen muchísima gracia), y al final cuentan un chiste con el capitán del barco, al que habían confundido con un dios o semidios griego de lo guapo que era, que acaba así: “no, mi padre era brasileño de Río” “¡Coño, como los cangrejos!”. Faemino piensa que si no nos hemos reído es porque no lo hemos entendido, o igual es que somos todos apolíticos (solía decir "de derechas"; debe de ser influencia de la radio).

domingo, 9 de noviembre de 2008

La chica que reía demasiado


En un momento de Happy, la comedia de Mike Leigh, se menciona de pasada la novela Mr. Vertigo de Paul Auster, elaborada fantasía realista sobre un mago que es capaz de levitar. No tan imposible, pero sí algo improbable, sería encontrar fuera de la ficción un personaje tan extraordinario como Poppy Cross (Sally Hawkins), flacucha y desgarbada maestra de primaria londinense que se pasa la vida riéndose y bromeando con una regularidad a prueba de bombas.

No es que Leigh, veterano director conocido por sus dramas corales duros y realistas (Secretos y mentiras, Vera Drake), se haya pasado a la novela rosa; tampoco es que la vida de Poppy sea un cuento de hadas (para empezar, en los primeros cinco minutos le roban la bici y se tiene que sacar el carnet de conducir). Es sobre todo una cuestión de actitud, justo la que le falta a su profesor de autoescuela, firmemente plantado en el otro extremo de la escala. Amargado, paranoico, cobarde y racista, un tipo aterrorizado para el que el mundo entero es su enemigo. “¡No puedo creer que te dejen encargarte de unos niños!” le grita cuando se entera de que también es profesora, “¡Eres una irresponsable!”.
Más bien es una persona decidida a desdramatizar, capaz de darle a cada cosa su justa importancia, que rebosa de empatía hacia los demás. Como una Teresa de Calcuta en ropa de civil despejando el aire en la Ciudad de la (poca) Alegría, puede que el buen humor de Poppy no haga milagros pero ella (sin ser ninguna idiota) lo comparte sin prejuicios hasta con siniestros vagabundos enajenados de los que cualquiera otro saldría corriendo.

Mike Leigh suele construir sus películas ensayando con los actores, discutiendo con ellos la historia y sus peripecias y desarrollándolas en común, y así es como consigue ese aire tan naturalista, tan improvisado como la vida. Uno ve a Poppy caminar con su sonrisa y ese aire de acabar de fumarse algo y cuesta creerse que Sally Hawkins no se esté interpretando a sí misma, que en realidad es un pedazo de actriz que ha hecho mucha tele y salía en El sueño de Casandra, Vera Drake o Layer Cake. Supongo que de ese método de trabajo viene también la estructura episódica, encadenando relajadamente un acontecimiento tras otro (la resaca de la fiesta, el día de los pájaros, las clases de conducir, la de flamenco, el masajista, el niño abusón, la visita a su hermana) que fácilmente podrían convertirse en capítulos de una (estupenda) serie de televisión mucho más larga, las aventuras de la auténtica antiBridget Jones.
La simpatía desarmante de Hawkins esquiva (salvo en un par de momentos de vergüenza ajena) los posibles efectos irritantes de un personaje protagonista que pasa hora y media haciéndose la graciosa. Poppy parece genuina, es divertida y buena persona, y la película la recompensa con algún que otro cambio relevante en su vida sin someterla a catarsis o terremotos. ¿Para qué? Bajo su aparente fragilidad de pirada dispersa Poppy es sólida como una roca, demasiado sana ydemasiado lista como para que nada que venga de fuera la descoloque demasiado (lo que Kiko Veneno llamaría una superhéroe de barrio).

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Historia de suspense


Hacía un millón de años que no pasaba una Noche de Reyes como esta, dando vueltas sin pegar ojo hasta que, aún de madrugada, la tensión podía conmigo y me levantaba corriendo a abrir los regalos. Esta mañana, en lugar del chasco habitual, he puesto la tele a las 6 y ahí estaba Obama en Chicago dando un discurso de agradecimiento que sonaba bastante histórico. Lo que llevamos de siglo XXI nos lo han destrozado a picotazos los halcones de las profecías autocumplidas pero hoy, para variar, hemos probado un trozo de clásico y verdadero futuro. ¿Continuará?

lunes, 3 de noviembre de 2008

Regeneración


El Doctor está condenado. La semana pasada David Tennant, la estrella de Doctor Who, anunciaba que se va. Que es mejor dejar al público con ganas de más, mejor abandonar mientras aún queda entusiasmo y antes de que el privilegio de interpretar a uno de los mejores personajes de televisión de todos los tiempos (según él, y según muchos, yo mismo por ejemplo) se convierta en un simple trabajo.
Y como en Doctor Who no hacen recasts, en algún momento del último de los cuatro especiales que se emitirán a lo largo de 2009, a Tennant le caerá un piano radiactivo en la cabeza y morirá (según ha bromeado el productor y guionista Russell T. Davies). Gritos de horror entre el público.

Y entonces vendrá el gran truco de magia que ha asegurado la longevidad de la serie de la BBC durante cuarenta años, el mismo que le permitió regresar en 2005 de su ignominiosa cancelación de 1989 como si el tiempo no hubiera pasado (salvo para la industria de los efectos especiales): en vez de morir, el Doctor se regenerará.

Allá por mediados de los 60, cuando William Hartnell, el primer Doctor (un viejecillo siniestro que se fue enterneciendo con el tiempo hasta volverse entrañable) decidió dejar la serie, a alguien se le ocurrió una idea de cuya extraordinaria brillantez seguramente nadie en su momento fue consciente. Ya que el Doctor era un extraterrestre (pese a su aspecto humano), por qué no darle un poder sobrehumano (su único poder, de hecho), el de revivir al instante convertido en otro, de reencarnarse en sí mismo con otro cuerpo y otra cara. La regeneración.

El segundo Doctor fue Patrick Troughton, el Colombo del espacio. También un genio científico desbordante de entusiasmo, un outsider metomentodo, un espontáneo protector de los débiles que viajaba por el espacio y el tiempo en una cabina azul más grande por dentro que por fuera, desfaciendo entuertos junto a sus compañeros humanos, pero que se parecía a Hartnell en aspecto, actitud o carácter como un huevo a una castaña. De esta manera, incorporando el cambio de actores en la propia dinámica de la serie, remarcándolo en lugar de ignorarlo o atribuirlo a una operación radical de cirugía estética, animando a cada nuevo Doctor a ser su propia versión del héroe, Doctor Who encontró una manera única de reinventarse una y otra vez, de mantenerse siempre fresca y cambiante, con un potencial de eternidad tan largo como el de su protagonista, el único inmortal que desprecia el cliché borgiano y a sus 900 años sigue lleno de curiosidad, de energía y entusiasmo, conociendo gente, viviendo aventuras , viajando incesantemente por el universo en su absurda nave espaciotemporal.

Qué serie tan extraña, tan imposible de clasificar: disparatada, terrorífica, hilarante, entrañable, romántica, a ratos sesuda y a ratos completamente estúpida, una mezcla imposible de los universos de Douglas Adams y el profesor Quatermass y que jamás se toma muy en serio a sí misma. A partir de 2010, a Steven Moffat (Coupling, Jekyll, el guión de Tintín para Spielberg y Jackson) le tocará reinventarla desde cero una vez más, además de buscar al sucesor de Tennant, ahora mismo el Doctor más popular de todos los tiempos. Uno de los rumores más repetidos menciona a un tal Patterson Joseph, un actor negro muy bien considerado…

Por simple coincidencia, mañana (primer martes de noviembre), el mundo real afronta expectante la regeneración de otro famoso personaje mítico, el Presidente de los Estados Unidos, una regeneración que nos librará por fin de la penosa jeta de su encarnación más impopular que sin embargo ha resistido ocho temporadas en pantalla. Cierto, Bush no ha tenido que morirse para dejar la silla, ahí es donde se tuerce el paralelismo entre Doctor Who y cualquier cargo electo; va en cambio que ni pintado para los Papas, esos señores que siempre visten igual y hasta abandonan su antiguo nombre y se ponen otro seguido de un número cardinal para mejor sumergirse en el papel (es más, yo todavía sigo sin creerme a Benedicto XVI, igual porque le conocí interpretando otro personaje de la misma serie –el Cardenal Ratzinger- en tiempos de su carismático antecesor Juan Pablo II, 26 años siendo El Papa). Pero estoy divagando…
Sólo cabe desear que la próxima regeneración del Presidente de los EEUU salga completamente opuesta a la actual porque ahora mismo el programa apesta y nada más que un cambio radical en el personaje, y un actor que entienda verdaderamente el papel, podría levantar la audiencia. La cancelación no es una opción.

lunes, 27 de octubre de 2008

Fallo de inteligencia


Se ha dicho que Quemar después de leer cierra para los Coen (junto con O Brother y Crueldad intolerable) una improvisada trilogía de la idiotez protagonizada por George Clooney. Como la idiotez es una constante desde el primer día en el cine de los dos hermanos, quizá se pueda buscar un tema unificador de más peso en la creciente impotencia de la autoridad: En Fargo, la campechana sheriff interpretada por Frances McDormand resolvía el caso aunque no terminase de entender cómo alguien podía cometer una serie de actos tan terribles. En No es país para viejos, en cambio, el sheriff de Tommy Lee Jones se acaba jubilando incapaz de salvar ni detener ya a nadie en un mundo espeluznante que le desborda. Finalmente, en Quemar después de leer (brutal desmitificación del cine de espías y superagencias Gran Hermano a cuyas redes nada se les escapa) el personaje de J. K. Simmons (jerifalte de la CIA) se conforma con escuchar de cuando en cuando un informe incomprensible con cara de perplejidad, lavarse las manos y quitarse literalmente el muerto de encima. Quizá el supersatélite espía pueda verlo todo verlo todo desde el cielo, como en el plano que abre y cierra la película a semejanza del ojo de Dios, pero el caso es que a este Dios ni le importa ni se le espera.

Los responsables de la seguridad nacional de esta historia son, sin excepción aparente, un puñado de gilipollas patéticos y mezquinos, el peor de todos el analista de la CIA interpretado por John Malkovich, capullo desagradable y colérico que prefiere dimitir antes que aceptar que le trasladen a un puesto menos sensible donde no cause problemas su afición a la botella. Igual de imbécil aunque trabaje para otra agencia es el personaje de George Clooney, un adicto al footing y al sexo extramatrimonial que se acuesta con media ciudad y a todas, por ejemplo la fría e implacable mujer de Malkovich (Tilda Swinton) les jura que lo suyo va en serio. Pero tampoco es que los civiles eleven mucho el listón: Frances McDormand, que trabaja en un gimnasio junto a Brad Pit (un chico majo al que le falta un hervor), anda desesperada por hacerse unas operaciones de estética con las que cazar un hombre, completamente ciega al amor perruno que le profesa su encargado (Richard Jenkins). Cuando se traspapelan las memorias de Malkovich todos estos personajes tendrán la mala fortuna de cruzarse en una de esas historias originales que sólo pueden ser de los Coen, donde una mala decisión tras otra se suman para formar una bola de nieve de consecuencias imprevisibles. Después es sólo cuestión de énfasis que el resultado sea una comedia negra o un drama espeluznante.

Esta ha salido comedia, bastante contenida y realista al principio, progresivamente más desquiciada conforme cada cual va perdiendo los papeles (y así te acabas riendo a carcajadas de situaciones que contadas de otra forma te helarían la sangre). En último extremo Quemar después de leer acaba pareciéndose mucho más en tono a El quinteto de la muerte original que el remake que los propios Coen hicieron hace unos años con Tom Hanks: un cuento cruel, engañosamente ligero, sin más moraleja que el respeto que hay que tenerle al factor humano: nadie sabe nada y hay que ser imbécil para creerse lo contrario.

domingo, 26 de octubre de 2008

Turismo, monumentos y guitarras flamencas


Vicky Cristina Barcelona en un chasco. ¿Será por la publicidad engañosa que la vende como una tórrida comedia sexual latino-norteamericana? ¿Será que el doblaje le perjudica mucho más de lo normal? (en mi pueblo ha sido imposible verla en v.o.). ¿Será que la progresivamente irritante cancioncilla de Giulia y los Tellarini es prácticamente lo único fresco y mediterráneo de una película hecha por un señor que ya pasa de los 70 escribiendo sobre jóvenes y al que a ratos se le nota demasiado la discrepancia?

Dos turistas americanas, una tradicional y sensata al borde del matrimonio (Rebecca Hall) y otra voluble y aventurera de espíritu libre (Scarlett Johansson) conocen en Barcelona a un bohemio pintor español (Javier Bardem) que no pierde un segundo en hacerles proposiciones indecentes (recibidas con mezcla de escándalo y excitación). Aunque luego la cosa se complique, todo empieza como un simple divertimento porque el pintor realmente nunca ha podido olvidar a la loca extraordinaria de su ex-mujer (Penélope Cruz), con la que mantenía una de esas relaciones imposibles de amor-odio, ni contigo ni sin ti. En lugar de un trío, por consiguiente, lo que hay aquí en ciernes es un cuarteto.
¿Suena como una comedia de enredo? Ojalá. Ni siquiera estoy muy seguro de que se la pueda considerar una comedia (hay aquí incluso menos chistes que en Match Point), salvo en el sentido de que al final no muere nadie ni quedan lesiones permanentes.

La cuarta película europea de Woody Allen (aceptando como parte de Europa al Reino Unido) es un trabajo extraño e indefinido, ni carne ni pescado, todavía más decepcionante por las excelentes críticas con las que la han recibido en su país. ¿Será que esta vez nos toca demasiado cerca? Recordando los palos que algunos ingleses le dieron a Match Point, indignados por los extranjerismos absurdos de una cinta que a los de fuera nos parecía tan impecablemente british, era inevitable que una historia de Allen ambientada en Barcelona nos acabara chirriando por algún lado. Pero en Vicky Cristina Barcelona no hay ninguna burrada al estilo de Misión Imposible II y su injerto de las fallas valencianas en las procesiones de Semana Santa de Sevilla (brillante idea, por cierto, que alguien debería llevar a la práctica). Tan sólo ciertas improbabilidades estadísticas y un pintoresquismo español genérico con muy poco rasgo autóctono catalán (salvo el omnipresente Gaudí).

Nada de esto estorba demasiado (salvo, supongo, a los nacionalistas catalanes, quienes deberían evitarla a toda costa). Más estrambótico resulta en cambio el rodeo de la trama por Oviedo, aparente tributo de un huésped agradecido que aprovecha para promocionar la ciudad donde hace unos años le dieron un premio. Pero el principal problema de la cinta es un patente acartonamiento y rigidez formal que le sientan fatal a lo que al menos en parte pretende ser un canto a la libertad y el hedonismo (pero que en el fondo es una mirada bastante pesimista a las relaciones de pareja). La insistente voz del narrador omnisciente la hace sonar como un relato decimonónico de Henry James sobre las aventuras de un par de atípicas señoritas norteamericanas en el viejo continente. Los diálogos pomposos y artificiales, llenos de amor, de arte y cultura y demás palabras mayores (una tendencia en aumento en los últimos dramas de Allen salvo en El sueño de Cassandra) la cargan más todavía de cartón piedra.

Y es una pena, porque despojado de tanta retórica hueca el argumento es bueno, original, retorcido y bastante audaz (gracias a él la película va de menos a más y termina mucho mejor de lo que amenazaba semejante sarta de topicazos). En cierto momento aparece Penélope Cruz (dando vida y verdad al papel que paradójicamente es el máyor tópico de todos, el de la apasionada latina) y le aplica el electroshock que la saca del coma; ella es el catalizador imprescindible para que la química reaccione y estos personajes estereotipados y tediosos se disparen en direcciones inesperadas y se transformen en seres humanos atribulados y complejos. ¿Y no podía haber empezado por ahí?

Lo bueno (o lo malo) de Woody Allen es que es un tipo prolífico y cuando su última película decepciona, él siempre tiene lista otra que posiblemente no se le parezca nada. En la siguiente vuelve a Nueva York con una comedia protagonizada por el genio de Larry David, casi un hijo ilegítimo suyo dentro de la gran tradicion del humor judío. Y si esa tampoco es buena, entonces ya habrá que empezar a preocuparse.

domingo, 19 de octubre de 2008

Vietnam me mata


Experto en proyectar simultáneamente intenso sufrimiento interior y estupidez supina, Ben Stiller es uno de los mejores cómicos de su generación pero todo el mundo tiene que comer. Eso explicaría algunos sucios secretos de su pasado como Los padres de él, Starsky & Hutch o Noche en el museo. El resto bien podemos atribuirlo al efecto amiguetes según el cual Stiller está obligado a figurar en cualquier película donde intervengan Owen Wilson o Will Ferrell. Es decir, que el tío tiene talento pero no lleva pegado en la frente ningún certificado mágico de calidad.

En cambio, en su carrera paralela como director, Stiller se ha ido afinando cada vez más, perpetrando comedias extremas de personajes bizarros que, más que empatía, tienden a provocar grima o vergüenza ajena. Películas de culto como Zoolander (sobre el mundo espeluznantemente idiota de los supermodelos masculinos) o fracasos comerciales como Un loco a domicilio (variante en clave amistad masculina de Atracción fatal, odiada entre otros muchos por Homer Simpson: “¡estúpida película que casi arruina la carrera de Jim Carrey!”) no encontraron en su día respuesta entre el público masivo.
¿Cómo se entiende entonces que Tropical Thunder, su mejor película hasta la fecha pero en una línea de trabajo en total sintonía con las anteriores, se haya convertido en la comedia del verano? (nº 1 en taquilla en USA, éxito mundial de crítica, etc). ¿Será que tiene una premisa algo más digerible y convencional? (una variación sobre el tema del grupo de actores capullos obligados a representar en la realidad sus personajes de héroes) ¿Que había ganas de reirse de la guerra? ¿Que le ha beneficiado toda esa chorrada de polémica sobre actores blancos pintados de negro y chistes de retrasados? ¿Que el público disfruta confirmando que todos en la industria del cine están como cabras? Cualquiera sabe, el humor es un concepto tan subjetivo…

Tropical Thunder comienza con las desventuras de un equipo de rodaje que anda por Vietnam filmando un gran drama bélico, las memorias del heroico (y siniestro) mutilado de guerra Potras Tayback (Nick Nolte). La cosa, sin embargo, marcha fatal, con un director primerizo al que todo le supera (Steve Coogan), un jefe del estudio psicótico allá en Hollywood amenazando constantemente con toda clase de profanaciones fisiológicas (Tom Cruise, irreconocible bajo el maquillaje) y un reparto que más que ecléctico es que no pega ni con cola: un antiguo héroe de acción en horas bajas desesperado por reciclarse en actor serio (Ben Stiller); un actor del método australiano que se entrega tanto a sus personajes que se ha hecho teñir la piel para interpretar a un sargento negro (Robert Downey Jr.); un cómico grotesco famoso por enterrarse en latex para hacer todos y cada uno de los personajes de sus películas sobre gordos que se tiran pedos (Jack Black) y un rapero que debuta en el cine tras acumular experiencia haciendo videos llenos de culos y patrocinios de bebidas refrescantes. Los cuatro acabarán perdidos por la selva y tendrán que demostrar de qué pasta están hechos realmente (si es que de verdad hay alguien detrás de la máscara).

La película es de las de reirse a carcajadas, tiene mala leche a toneladas, varios chistes brutales, una absoluta falta de corrección política y un evidente conocimiento de primera mano de toda la farsa que se esconde tras los bastidores de la fábrica de sueños: las neuras de los actores (todo un chiste interno la aparición de Tom Cruise, el zumbado oficial de Hollywood), la ruindad de los productores, la compleja relación entre los oscar y los papeles de disminuidos psíquicos… Todo el reparto (incluso mi odiado Matthew McConaughey como el agente de Stiller) tiene ocasión de lucirse pero el que se lleva la palma hasta eclipsar al propio director es el gran Robert Downey Jr. en un año en el que el hombre, por cada película que pasa, arrasa.

Star Trek begins (at last)


Es el principio del fin: estos pocos fotogramas (junto a un reportaje en profundidad en la revista Entertainment Weekly) son la primera grieta en la campana de silencio que cubre desde hace casi dos años la versión de J.J. Abrams de Star Trek (¿remake? ¿precuela? ¿de todo un poco?).

Permitidme por consiguiente dar unos cuantos botes de alegría, apenas nada comparados con los que daré en noviembre cuando aparezca el primer trailer con imágenes de la película junto con Quantum of Solace (o si no, en internet). El estreno, a finales de mayo.












domingo, 12 de octubre de 2008

Oriente desorienta


Dicen que uno de los grandes chascos de la edición 2008 del festival de cine de San Sebastián fue Dreams, la última peli del coreano Kim Ki-duk. ¿Y todos esos que se pusieron a aplaudir al terminar la proyección? ¡Vaya panda de hipócritas! Quizá no era más que un gesto de cortesía hacia la invitada (el director no estaba en la sala porque se quedó en casa, convaleciente de un accidente de tráfico, pero en cambio había venido la protagonista, Lee Na-young y esas cosas siempre dan glamour). Podrían haber demostrado la misma educación, por ejemplo, apagando los móviles, o cortándose un poco en contestarlos; se ve que hay gente que se mete a las películas del festival con la misma alegría y actitud que la del jubilado que se para en la calle a mirar las obras. Y luego que se aburren...

Yo de Kim Ki-duk (Bonghwa, Corea del Sur, 1960) he visto las tres últimas (conocidas internacionalmente por sus títulos en inglés: Time, Breath y Dreams). Me faltan por ver nada menos que las doce anteriores, donde cuentan que se acumulan obras maestras como Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera o Hierro 3. Al menos Time todavía fue bien recibida (una celosa patológica que se opera la cara para empezar otra vez desde cero con su novio fingiéndose otra) pero en cambio sus seguidores (tan talibanes como los de cualquier otro club de fans) echan pestes de Breath y Dreams: que ha perdido los papeles. Que se le ha ido la olla. Que tanta fantasía absurda de amores destructivos y tanto masoquismo medio gore ya no cuela.

"Acabo de conocer al Almodóvar coreano", escribí por aquí, todo impresionado después de ver Time. Era una historia de amor tremenda, de sentimientos desaforados, con personajes desquiciados hasta la enésima potencia, inesperados golpes de humor y una trama casi de ciencia ficción, tan insólita y original como sólo un creador con una visión poética intransferible podría haber concebido.
Era una comparación superficial que me servía para andar por casa pero luego estas primeras impresiones son difíciles de abandonar… Hace algunos meses vi Breath (Aliento) y ya a la primera me falló el croquis mental. La película trataba de una mujer a la que su marido ha puesto los cuernos y a la que le da por visitar a un condenado a muerte que ha intentado suicidarse repetidas veces (retrasando de paso la ejecución). El tipo se ha herido en la garganta así que la única que habla es ella (empieza y no para aunque no se conocen de nada). La mujer le cuenta los momentos clave de su vida, los representa empapelando las paredes de la celda con ampliaciones de paisajes (uno por cada estación) en plan realidad virtual artesana, le monta números musicales… El reo cada vez más contento pero, ¿y las motivaciones de la mujer? Vengarse de su marido, por supuesto, pero también una pulsión morbosa de atracción por la muerte como experiencia extrema y reveladora (la erótica del último aliento) que no terminé de entender. Original, sí, y entretenida también, y muy bien hecha, pero no le acabé de pillar el punto. La rumié durante semanas y al final no escribí nada (total, ya había salido de cartel).

La ambigüedad de Dreams, en cambio, me resulta mucho más estimulante porque no afecta a la psicología de los personajes (esta vez nada misteriosos), sino al argumento, concretamente al desenlace (simbólico o metafórico, o por rescatar un término en desuso, de realismo mágico). La historia gira en torno a un concepto de pura fantasía tan simple, tan poderoso y genial que parece mentira que Kim Ki-duk haya sido el primero en pensar en él (y sin embargo, hasta donde yo sé, no existen antecedentes ¿Qué posibilidades hay a estas alturas del partido de encontrar una idea fresca en cualquier forma de ficción?).

CIUDAD. NOCHE. Jin sigue en su coche a su antigua novia (que ahora está con otro). Atropella a un peatón y asustado, se da a la fuga. Y entonces se despierta pero sigue temblando, el sueño parecía demasiado real. Coge su coche, va hasta el lugar del accidente y encuentra ambulancias y coches de policía, aquello ha ocurrido de verdad. No hay testigos pero sí una cámara de vigilancia que ha registrado el suceso, y que revela que el conductor era una mujer. Una tal Ran que dice no saber nada, que no ha salido de casa, que estaba durmiendo, y sin embargo la imagen y las marcas en su coche no mienten: sin motivo alguno se levantó para conducir en plena noche y reprodujo punto por punto el sueño de Jin.
Así es como descubren el extraño vínculo que los conecta: Jin y Ran son polos opuestos, él todavía ama a la mujer que le abandonó y ella odia con toda su alma al novio con el que acaba de romper. Pero cuando ambos caen dormidos, uno de ellos se levanta como en trance para hacer realidad los sueños del otro. ¿Y quién puede controlar sus propios sueños?

Dreams tiene partes muy divertidas mientras Jin y Ran luchan por comprender lo que ocurre y más tarde intentan desesperadamente mantenerse despiertos, pero la película no es precisamente una comedia. Otra vez el amor, los celos y demás obsesiones, la sombra del pasado como un lastre que acaba arruinando el presente, y una especie de incomprensión esencial del otro donde se confunden realidades, deseos y temores y se acaban mezclando el sueño y la vigilia.
Y si esta es de sus películas malas no me quiero ni imaginar cómo serán las buenas.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Un gran paso para la hispanidad


¿Crisis? ¿Qué crisis? Para crisis la del año 2530, con la Tierra convertida en un infierno apocalíptico (tan mal como ahora pero en grado superlativo). Y como última esperanza de la humanidad, la nave interestelar Plutón BRB Nero (siendo BRB las iniciales del astillero donde se construyó, Biotechnological Research Badajoz), enviada a las profundidades del espacio con 5.000 colonos en animación suspendida en busca de un planeta habitable al que escapar. Al mando, nada menos que un marine español, el capitán Valladares (Antonio Gil), incompetente, inseguro, depresivo, que tan sólo se ofreció voluntario para perder de vista a la familia. Para suplir sus carencias cuenta con el gafapasta y pelota de Querejeta (Carlos Areces), su primer oficial, y con una neumática androide llamada Lorna (Carolina Bang), capaz de combinar las funciones de oficial científica y juguete sexual del capitán. Bajando por el escalafón se encuentran también un par de mataos: Hoffman, el técnico de mantenimiento (Enrique González) y Wollenski (Manuel Tallafé), robot calvo con melena, triste y desactualizado, perdidamente enamorado de Lorna (aunque ella sea mac y él pc). Mención aparte merece Roswell (Enrique Villén), extraterrestre resentido y homicida, capturado en USA en1947, un prisionero tan útil como guía espacial como Hannibal Lecter recomendando restaurantes. La dirige Alex de la Iglesia; la escriben Alex y Jorge Guerricaechevarría más Pepón Montero y Juan Maidagan (un par de guionistas de Camera Café), y la ponen los miércoles a las 23.30 en la 2.

Lo imposible ha ocurrido: sólo el chalado que debutó con Acción Mutante podría haber logrado levantar un proyecto semejante en una cadena española, remontando la actual estampida de vacas flacas. Star Trek, Doctor Who, Enano rojo… Las referencias (demasiado buenas para ser ciertas) que Alex de la Iglesia dejaba caer en las entrevistas han demostrado ser rigurosamente exactas aunque el presupuesto de Plutón BRB Nero no sea más que una fracción de la más barata de las tres (pero quién lo diría: rodada en cine, con esos decorados que aparentan inacabables y detalladísimos, mitad el Enterprise, mitad el Nostromo de Alien, y unos efectos digitales breves pero intensos, visualmente es una serie perfectamente homologable para la exportación). Ya que estamos, por qué no compararla también con Superlópez, otra brillante trasposición disléxica de un reconocible prototipo de fantástico anglosajón a nuestra realidad local más como de andar por casa (de hecho, ya que a Imanol Arias se le ha pasado el arroz, propongo a Antonio Gil - el capitán Valladares- como nuevo número uno en mi lista para interpretarlo).

Lo digo porque el humor de la serie, al menos de momento no tan negro como nos tiene acostumbrados el autor de Muertos de risa y La comunidad, me trae grandes recuerdos de los tebeos clásicos de la difunta editorial Bruguera, con sus historietas de personajes esmirriados y cara de subdesarrollo, pobretones frustrados e iracundos a menudo desempeñando oficios para los que demostraban una ineptitud notable (detectives, fontaneros, superhéroes), pero que en los que persistían tenazmente entrega tras entrega en lugar de terminar (o quedarse) despedidos, muertos o en la cárcel.
O quizá es simplemente que el equivalente más aproximado en imagen real de ese universo de papel y tinta es el esperpento naturalista de Berlanga, tradición a la que las comedias de Alex de la Iglesia se vienen apuntando desde siempre. Y para comprobar hasta qué punto Alex habría sido el director perfecto para echarse a la espalda a Mortadelo y Filemón bastan dos escenas del primer episodio de Plutón: el desmembramiento de Wollensky mientras Hoffman se hace el loco en vez de ayudarle, y la de la tortura inversa que aplican al alienígena Roswell (una sesión de amabilidad extrema). O simplemente comparar la eficacia cómica de Mariano Venancio en su papel del presidente terrestre Maculay Culkin III, un alarde de sobriedad y contención, con su interpretación como el superintendente Vicente en la película de Fesser, constantemente arrebatado por la histeria (suele ser importante que el personaje exhiba cierta dignidad antes de perderla al próximo chiste, por la cosa del contraste de situaciones y tal).

Todavía en el primer episodio a la mayoría del reparto (salvo Merche –Gracia Olano-, la esposa del capitán que aparece por videoconferencia) se les veía un poco inseguros, todavía buscando ese difícil equilibrio entre el arquetipo de ciencia ficción, el costumbrismo coloquial y la payasada a tumba abierta; para el segundo día la mejora saltaba a la vista: mucho más aplomo y convicción y el doble de risas en cada metida de gamba. Siempre es prematuro criticar una serie, sobre todo un producto tan complicado y tan ferozmente alienígena en nuestro panorama televisivo, a partir del episodio piloto: está la inevitable curva de aprendizaje, existen cantidad de dinámicas por establecer entre los personajes y muchos planes e ideas sobre un universo de nueva creación que sólo se revelarán en sucesivas entregas. “El origen de Roswell” giraba en torno a un McGuffin bastante tonto (casi un caso del inspector Yes), apenas una excusa para presentar a los personajes, y aún así contenía cantidad de gags geniales (el marciano que se alimenta de su propia bilis -“se lame, se lame por las noches”-, la mujer de Valladares echándole en cara que falte siempre a las reuniones del colegio, la declaración de Wollenski: “no tengo sentimientos pero me jode”…) y la promesa de grandes cosas por venir. El segundo episodio, “Tortugas en la barriga”, tan gracioso o más, incluye una escena antológica de paranoia espacial (las bolitas de migas de pan), intrigas políticas en realidad virtual (con intento de asesinato incluido), una parodia del test de empatía de Blade Runner, diversas variantes de amor, celos y sexo en el siglo XXVI (astronómicas facturas interestelares de teléfono erótico, la frustración amorosa de Wollensky, agobiante sexo salvaje con androides mal calibrados), una llamativa anomalía espacial y hasta un viaje en el tiempo con su inevitable paradoja. A partir de aquí, el cielo es el límite.

¿De dónde ha salido esta gente? A Antonio Gil no lo recuerdo de nada pero por lo visto tiene detrás una sólida carrera internacional (Chocolat, El mercader de Venecia) y ha trabajado en varias series inglesas, incluyendo un papel como comandante español en la miniserie Hornblower: retribution. Si es casualidad lo sería mucho porque las novelas de C.S. Forester sobre el capitán Hornblower y su guerra en el mar contra Napoleón son una de las fuentes de inspiración de Star Trek). Gil está estupendo como el capitán Valladares, dándole el punto justo de chulería y arrogancia imbécil para ocultar su inseguridad, punteado por ocasionales momentos de lucidez en los que recobra su humanidad. A Carolina Bang (la androide Lorna) la había visto en El intermedio haciéndose pasar por turista extranjera y ya entonces demostraba bastante vis cómica sacándole partido a ese físico que dios le ha dado de heroína de cómic (y con ella se rompe la maldición kármica de que todas nuestras rubias voluptuosas sean unas actrices tan nefastas). Manuel Tallafé (Wollensky), Enrique González (Hoffman) y Enrique Villén (Roswell) son secundarios habituales en las películas de Alex; de los tres, la gran revelación está siendo Tallafé: ese robot tan lleno de amargura tiene potencial para llegar a eclipsar al mismísimo Bender.
Y luego está Carlos Areces (Querejeta) que hasta hace poco no era actor sino un anónimo dibujante de El Jueves que ha acabado de fijo los miércoles noche en la 2 gracias a las malas compañías de cierta gente de Albacete. En los sketches de La hora chanante y Muchachada Nui el hombre borda los papeles de freak siniestro y de señora cabreada; Querejeta, personaje escrito a su medida pero de registros algo más complejos, está obligándole a estirar sus recursos y el tío está inmenso...

Un fracaso anunciado
El horario de Muchachada Nui y el product placement de Orange le dan a Plutón BRB Nero un ligero margen de supervivencia bajo el paraguas de la errática estrategia de la cadena pública para rejuvenecer al público de la 2. Sin embargo, son dos casos bien diferentes: a Muchachada se le consienten sus bajas cifras de audiencia en números tradicionales (es decir, descontando internet) porque presume de programa emblemático que, aún sin llegar a la categoría de éxito masivo (muchos no le ven la gracia ni se la verán, y eso es bueno: más felices serán cuando se vuelvan a juntar Cruz y Raya), se ha convertido en fenómeno de moda que está creando escuela y ha tenido un impacto innegable dentro del target de audiencia más deseado por los anunciantes (no hay más que ver todos los spots chanantes que han aparecido en los últimos tiempos: pavos, Richard Cleyderman, el cupido de la hamburguesa…).
En cambio, ¿una sitcom de ciencia ficción en la tierra del costumbrismo rancio y las series contenedor multigeneracionales para reir y llorar? La ciencia ficción (y mas todavía la variedad espacial) es un género prácticamente muerto en televisión (el público irá en masa al cine a ver naves y bichos raros y explosiones pero en cambio en casa prefiere ver comedias de familias residentes en Madrid). Para el espectador apático que se recuesta ante la tele entre jornada y jornada laboral, todo lo que se salga un poco de terrenos conocidos y mil veces explotados supone un esfuerzo inasumible si no directamente un insulto (y no es menos cierto sólo porque se trate en clave de comedia: ¿cómo se explica si no que Futurama nunca haya pasado de serie de culto?). Falla la identificación, aparece el aburrimiento, les parece un rollo de frikis que no tiene nada que ver con ellos (cuando de hecho es todo lo contrario: la ciencia ficción, en sus mejores momentos, permite dar un paso adelante para coger distancia y perspectiva y vernos mejor a nosotros mismos, quienes somos, donde estamos y hacia donde vamos).

Los 26 capítulos de Plutón BRB Nero, divididos en dos temporadas, saldrán en dvd pase lo que pase y muy bien tendría que ir para que le concedieran una prórroga (Alex de la Iglesia es un tipo muy ocupado, le espera el rodaje de La marca amarilla y se está dejando la salud en esta aventura televisiva). Ojalá me equivoque y exista un público para una serie como esta, pero si no, ellos son los únicos que lo pierden (a cambio, tendrán la tele que se merecen).

Links:
Página oficial de Plutón BRB Nero (con cantidad de información y donde se pueden ver on line los episodios ya emitidos)

El blog del rodaje de Alex de la Iglesia, inusualmente franco y actualizado casi a diario con sus últimas peripecias y reflexiones.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Dos que hacen tiempo en el desierto

El video de Another Way to Die sigue hurgando en la herida y despertando el odio prácticamente unánime de todo cristo en foros como Commanderbond.net. A mí con ver cantando a Jack White y Alicia Keys me vale y la canción cada vez que la oigo me deja más alucinado. Las pelis de James Bond no habían tenido un tema medio decente desde 1986 con The Living Daylights, el último que coescribió el maestro John Barry para 007 Alta tensión (por mucho que lo cantasen unos nórdicos pijos). Después de eso, poco más que pastiches de Shirley Bassey, baladitas fofas y lánguido rock adulto (a juego con las películas, vamos). En cambio, si Quantum of Solace se parece también a su canción, va a resultar una aventura bastante interesante...

Y a continuación, para que comparéis, una pequeña selección musical por gentileza de Youtube...

The James Bond Theme (por Monty Norman, que escribió 3 notas y demanda a cualquier que le dispute la autoría. Arreglos y todo lo demás, John Barry)

From Russia with Love (John Barry, instrumental. El arreglo es la versión del videojuego que salió hace un par de años)

007 Theme (John Barry, instrumental)

Goldfinger (John Barry, canta Shirley Bassey)

You Only Live Twice (John Barry, canta Nancy Sinatra)

On Her Majesty Secret Service (John Barry, instrumental)

We Have All The Time in the World (John Barry, canta Louis Armstrong)

Live and Let Die (Paul McCartney)

Nobody Does It Better (Marvin Hamlisch, canta Carly Simon)

A View to a Kill (John Barry, canta Duran Duran)

The Living Daylights (John Barry y Pal Waaktaar, canta Aha en este bonito y pintoresco video ochentero)

Die Another Day (Madonna. Otro placer culpable de canción)

Total, de Plutón BRBNero ya escribiré después de ver el episodio 2.

lunes, 29 de septiembre de 2008

La chica que chilla


Ahora por lo visto libra los lunes, y ya sólo por eso el programa se resiente. Puedo acabar asimilando la marcha de Cristina Peña y Yolanda Ramos (que además últimamente apenas salían), y supongo que al final les acabaré encontrando la gracia a las nuevas, África y Lara (a una más que a otra), pero no hay sustituta que valga para ella, El intermedio simplemente no es lo mismo sin esa particular voz en off del SMS que exclama cada día, entusiasta y estridente, “Lo que España vota, va a misa”. Sirva esta pequeña entrada de blog como homenaje a la gran colaboradora anónima del programa de Wyoming (quizá, quien sabe, el secreto de su éxito).

Palabra que mañana escribo algo sobre Plutón BRBnero.

domingo, 28 de septiembre de 2008

Cantando contra la corriente


La relación entre música y política se remonta a un tiempo anterior incluso a la famosa escena de Apocalypse Now en la que Robert Duvall manda a los helicópteros a bombardear napalm por la selva vietnamita al son de la Cabalgata de las walkirias. Todo artista (músico, actor o mimo callejero) que se pronuncia políticamente suele acabar acusado de egocéntrico lameculos o de hipócrita y cínico que sólo busca la atención mediática. Aparentemente la fama y la proyección pública de la que disfrutan les han sido otorgadas con la condición de que no las utilicen en nada más polémico que ejercer de jurado en un concurso de la tele. Después de todo, ellos no son como nosotros, no viven en comunidad sino en el dorado limbo de las criaturas de fantasía desde el cual, según algunos, no tienen derecho a asomarse.

En la gira de 2006 por los EEUU de Neil Young con Crosby, Stills y Nash llamada Freedom of Speech Tour, un porcentaje apreciable del público de los estados del sur, fans de toda la vida, abuchean al grupo y abandonan furiosos el recinto (“Fuck you, Neil Young”) despotricando contra esos cuatro veteranos músicos que se han atrevido a cobrarles por ensuciar sus oídos y sus mentes con sus canciones contra la guerra de Irak y Bush jr. ¿Ganó más fans Neil Young de los que perdió con esta gira basada en su airado disco-protesta Living with war? Los cínicos dirían que le sirvió para actualizar su mensaje y volver a conectar con las generaciones más jóvenes a base de demagogia. Sin embargo, después de ver CSNY: Dèja vu (documental que recoge las incidencias de esos meses dirigido por el propio Young) es difícil creer que su ira, la indignación contra las mentiras del gobierno y todo el mal que han traido sean otra cosa que genuinas. Aquí no hay cálculo ni estrategia, sino un cabreo monumental que le sale del alma.

Young no es exactamente un peligroso izquierdista: lo mismo enemigo de Nixon que admirador de Reagan, sus opiniones políticas parecen tirar más bien hacia el conservadurismo de la vieja escuela con ascendencia ecologista, pero su postura sobre el drama de Irak no es diferente a la cualquier espectador medianamente informado que a esas alturas no se hubiera dejado cegar por la propaganda o el sectarismo. Resulta que algunos de los viejos hippies que protestaron en los 60 contra Vietnam no tenían las neuronas tan dañadas como para no estremecerse por las semejanzas y la increíble arrogancia histórica de la actual administración para volver a tirarse de cabeza a otra guerra de ocupación en territorio hostil.

David Crosby, Stephen Stills, Graham Nash y Neil Young estaban allí y todavía se acuerdan porque por entonces crearon varios de los himnos antibelicistas más conmovedores y /o combativos que se hayan escrito; cuarenta años después Neil Young, su componente flotante y lider indiscutible, los convoca de nuevo para una misión muy parecida, poner voz a una opinión impopular (pero creciente) que el poder trata por todos los medios de silenciar. Viejos, gordos, calvos con melena, los viejos hippies (nunca retirados pero muy lejos de sus tiempos de activismo) vuelven a la carretera para criticar la carnicería inútil y las obscenas coartadas que la amparan, y uno se pregunta dónde estaban los jóvenes que deberían estar haciendo este trabajo en lugar de dejarles la papeleta de abrir brecha a estos cuatro héroes cansados (unos más que otros). Hay algo mítico y espectral en la figura oronda y pálida de David Crosby, con su camisa hawaiana , su bigote de pionero del Far West y sus melenas al viento, cantando con su vocecilla estremecedora por una América distinta y mejor, quizá a estas alturas una reliquia o un simple sueño del pasado.

La película (proyectada fuera de concurso en el Festival de San Sebastián el pasado martes) quizá abarca más de lo que puede digerir en sus breves noventa minutos: sigue la gira y la polémica que la acompaña, recoge las críticas de todo pelaje que les llueven, recaba las opiniones de los espectadores (algunas bastante aberrantes como la de ese que dice que no hay que criticar al gobierno porque ellos saben más que nosotros), cuenta el caso de un veterano de Irak convertido en cantante revelación gracias a la página web de Young, y da la palabra a los propios militares, que son los más duros con la situación sobre el terreno. Se echa en falta quizá un poco más de contexto por el lado musical (se menciona el caso de las Dixie Chicks, cantantes de country crucificadas y censuradas en todo el país por haberse atrevido a criticar a Bush en un concierto en Inglaterra), así como algo más de protagonismo para los propios integrantes de CSNY; aquí hay material dramático para una gran historia estilo “la última misión de los 12 del patíbulo” pero el director Young huye como del diablo de cualquier intento de mitificación. El único que reflexiona en voz alta sobre el significado de lo que están haciendo es Stephen Stills, quien no le da la menor trascendencia y lo describe irónicamente como un simple divertimento que no cambiará la opinión de nadie. Seguramente no, pero sin duda muchos de los ya convencidos habrán agradecido el ejemplo; y en todo caso queda la música, como decía Aute. Una música que pone los pelos de punta.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Butch Cassidy y el gran salto


La espera no ha sido muy larga desde que hace un par de meses se filtró a los medios que Paul Newman, de ochenta y tres años, padecía cáncer terminal. En ningún sentido puede decirse que la suya sea una muerte prematura, pero la desaparición de un inmortal de su categoría, uno de los verdaderamente grandes, resulta a nivel visceral un hecho inconcebible para el que no había forma de prepararse.

Newman lo tenía todo: la planta (los famosos ojos azules), el carisma, un talento y técnica extraordinarios como intérprete y un raro instinto para escoger el papel adecuado en una carrera apabullante en la que muy rara vez dio un paso en falso: El buscavidas, La leyenda del indomable, Dos hombres y un destino, El gran salto, Marcado por el odio, Harper investigador privado, La gata sobre el tejado de zinc, El juez de la horca, El golpe, Veredicto final, El color del dinero, Camino a la perdición y su último papel como voz de uno de los coches de Cars.

A caballo entre el viejo y el nuevo Hollywood, Paul Newman fue una de las mayores estrellas de los 60 y los 70, quizá la época más fructífera y libre del cine americano, pero su brillo nunca decayó y su prestigio y su leyenda no hicieron sino crecer, convirtiendo cada una de sus contadas apariciones de los últimos años en un acontecimiento glorioso. Un tío ejemplar dentro y fuera de la pantalla, elegante hasta el final.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Presidents Are Us


Esto habría tenido más gracia hace dos o tres semanas, antes de que se derrumbaran los cimientos financieros internacionales curando de golpe la fiebre mediática en torno a Sarah Palin, no sé si la recordáis: flamante candidata a vicepresidenta con el republicano McCain, encantadora gobernadora de Alaska y madre numerosa amante de la biblia, las armas y la guerra con Rusia, que guarda todo su escepticismo para la evolución de las especies y el cambio climático y que, a poco que le sonría la suerte, puede acabar siendo perfectamente la primera mujer comandante en jefe de la mayor potencia nuclear del planeta...

La imagen superior corresponde al episodio de la 19ª temporada de Los Simpson (primera tras la película) titulado E. Pluribus Wiggum: Springfield (por prolijas razones que no vienen al caso) adelanta varios meses sus primarias a la presidencia convirtiéndose en la primera ciudad del país en elegir candidatos, lo que atrae todo un circo electoral y mediático que termina sacando de quicio a sus ciudadanos. Homer propone sabotear la elección eligiendo al candidato más ridículo que se les ocurra. “¡A mí, a mí!”, exclama feliz el jefe Wiggum. “No, pero se va acercando…”, musita Homer... El ganador de las primarias de Springfield termina siendo Ralph, el hijo de ocho años de Wiggum, pero lo que empieza como broma va creciendo como una bola de nieve monstruosa porque Ralph, tan sencillo e ingenuo y con esas chorradas tan graciosas que suelta, resulta un soplo de aire fresco que se gana el corazón del país y demócratas y republicanos empiezan a darse de tortas por conseguir que sea su candidato. Lisa Simpson se pone histérica viéndolo por la tele: “¡Ralph no puede ser presidente, es el niño más tonto de la clase de los rezagados en lectura! ¡Y la constitución dice que el presidente tiene que tener como mínimo treinta y cinco años!”. “¿La constitución?”, se extraña Bart “¿No se la cargó la Patriot Act para defender nuestras libertades?”.

No estoy seguro de que sea un gran episodio de Los Simpson (el tema principal tarda mucho en entrar, acaba abruptamente y el pobre Ralph sale mucho menos de lo que se merece) pero es una sátira terrorífica sobre los nuevos mecanismos de la democracia americana y sobre las virtudes que hoy día se exige que tenga y que no tenga un candidato…


Lenny: -Voy a votar a Ralph Wiggum para presidente. Su sonrisa fácil me hace sentir que todo va bien aunque sepa que no es cierto.

Aunque Marge intenta tranquilizar a su hija (“Lisa, debes tener fe en el sentido común del votante medio”), el episodio termina con Ralph como el único candidato de ambos partidos, con un anuncio electoral en el que, sentado en las rodillas de la estatua de Lincoln en el Capitolio, le pide regalos como si fuera Santa Claus: “Quiero un triciclo, y un perro que no se coma mis hot wheels, y un futuro más brillante para América. ¡Soy Ralph Wiggum y he sido un niño bueno!”.