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domingo, 13 de septiembre de 2009

Amenábar contraatacado!

Por fin, este octubre, el cómic español más esperado del siglo XXI aparece coloreado y reunido en forma de album para regocijo de quienes sólo alcanzamos a pillar algún episodio suelto en la revista Mondo Bruto: Mis problemas con Amenábar, de Jordi Costa y Darío Adanti.

Basado en los (des)encuentros reales entre el cineasta Alejandro Amenábar y el gran Jordi Costa (ídolo de la crítica cinematográfica, habitual de Fotogramas y El País) e ilustrado por su habitual compinche argentino y maestro del iconismo bizarro-naif, Darío Adanti (actualmente en El Jueves), prometen ser 44 páginas brutales que no dejarán piedra sobre piedra en eso que se conoce como la industria del cine español.

(La razón, 11 de septiembre de 2009):

«El anticristo del nuevo cine español». «Si el gotelé fuese cine se llamaría “Tesis”». «El fenómeno Amenábar responde al síndrome de Mr. Chance: el tonto fascinante»... En fin, podría seguir con extractos, pero se agotaría el espacio. «Mis problemas con Amenábar» es el corrosivo cómic que publicará la editorial Glénat, escrito por el crítico de cine Jordi Costa y dibujado por Dario Adanti que trata sobre la fobia personal hacia el autor de «Mar adentro» y su peso en la industria. Nacido por entregas en el fanzine «Mondo Bruto» desde 2004, recopilado y «remasterizado», el tomo saldrá a la venta en octubre, coincidendo con el estreno de «Agora».
¿Mala leche? Toda la del mundo. Pero Costa justifica su trabajo y su ataque visceral: «No odiamos a Amenábar, sino a lo que significa». Y es que, asegura, «el cómic es un intento de explicar, más allá de la animadversión personal, por qué no creo que su cine sea una muestra de excelencia tan axiomática como parece que todo el mundo reconoce». Para Costa, «Amenábar le quita la alegría al concepto del cine dionisiaco, creado por y para dar placer, el modelo que intentó introducir en España la generación anterior a él, la de Álex de la Iglesia, Santiago Segura, etc. Amenábar elimina ese componente lúdico del cine de género y lo reduce a una especie de competencia técnica».
Explica el guionista que «todos los incidentes son anécdotas reales», aunque matiza que «los personajes son versiones exageradas de nosotros. Yo no soy tan avinagrado y el Amenábar que aparece es una imagen de él». Y reconoce que el cineasta «siempre ha sido extremadamente educado».
En las viñetas nadie se libra del látigo: la industria del cine, desde los directores hasta los productores, retratados con aire de «mafiosos» y «chuloputas», los festivales, con barras libres y fiestas hedonistas, y hasta la crítica. «Amenábar es sólo la punta del iceberg», reconoce el autor, y añade: «Es el pretexto para hablar de los rodajes en Madrid, de los festivales, de cómo funciona la industria y de la maquinaria del prestigio».
Dario Adanti reconoce que «antes de crear el libro ya compartía con Jordi la animadversión hacia Amenábar». Con referencias confesas en el «underground» americano, de Peter Gabbe y Charles Burns a Robert Crumb, por sus páginas desfilan Almodóvar, al que el éxito de Amenábar propina una patada en el culo en una viñeta («España es un país monoteísta», razona Costa), Cuerda, De la Iglesia... Todo con trazos sencillos: «Mis cómics nunca fueron paródicos, yo mismo creía que no sabía hacer caricaturas. Empecé y, para mi sorpresa, se veía quién era quién», cuenta el artista.


Nota de prensa de la editorial Glenat copiada (como las cuatro páginas de adelanto) del blog especializado Entrecomics:

Darío Adanti y el crítico de cine Jordi Costa lanzan un ataque frontal, despiadado y muy divertido, contra la figura de Alejandro Amenábar y su obra, a través del repaso de los encuentros del crítico y el director en diferentes festivales y un detallado análisis de su filmografía. Como reconoce el propio Jordi Costa en el prólogo del cómic: “Amenábar es una punta de iceberg, el pretexto para explicar algo más grande. El director de Tesis responde a la definición de monstruo que formula, por ejemplo, una película como La bestia del reino de Terry Gilliam: una creación colectiva orientada a impulsar y mantener un determinado status quo. Y ese estado de la cuestión es el auténtico tema de Mis problemas con Amenábar, la forja, consagración y propagación vírica de un modelo cinematográfico basado en el simulacro de talento, la competencia técnica y la asfixia de lo dionisiaco. O sea que este acto impropio de un crítico de cine –atacar de frente a un emblema de lo irreprochable y reconocer, para más inri, que lo suyo es personal– no deja de ser, en el fondo, una prolongación de su oficio como crítico de cine.”

“Las opiniones más consensuadas sobre Amenábar son, esencialmente, dos: a) es muy buen chico y b) su genio es irrefutable. Por tanto, dedicar cuarenta y cuatro páginas de historieta al escarnio de su figura está condenado a ser un acto tan impopular como propinarle una bofetada, porque sí, a un niño escogido al azar en un parque infantil”. Jordi Costa


viernes, 28 de septiembre de 2007

A lo práctico (Bienvenido Mr. Oscar)


¿Chochean nuestros académicos, se han vuelto todos freaks de repente viendo Muchachada Nuí (por cierto, qué pedazo de segundo capítulo el de ayer), ya no les ponen las adaptaciones literarias con aroma a naftalina y los dramas corales truculentos en plena guerra civil? Las fuerzas vivas se revuelven inquietas y se oye afilar de sables en los cuarteles desde que la Academia de Cine Español ha decidido mandar la película de terror de un debutante (El orfanato, de Juan Antonio Bayona) a las semifinales para el oscar a la mejor película extranjera por delante de las de Qué grande es el Garci y del señor aquel que rodaba Al otro lado de la cama. Pero no se me exalten porque los académicos simplemente han hecho lo que hacen siempre, oir campanas y calcular por el timbre el caballo ganador más probable. Simplemente este año han ido un paso más allá del pensamiento mágico elemental (el mantra “Una vez ganador, ganador ya pa siempre”) con el que se ha venido justificando la presencia en la terna año tras año de la última marcianada de Garci (ceñudo paladín del clasicismo, cada día más ajeno a modas, tendencias y a cualquier hecho, obra o pensamiento posterior a su propia edad del pavo), y hasta cierto punto, aunque con mejor motivo, la de un Almodóvar en la cumbre de sus poderes pero que este año no ha estrenado…

El orfanato se acaba de proyectar en el Festival de Cine Fantástico de Austin (Texas) y Quint de Aint-it-cool news la describe así: “En tono, El orfanato me recuerda a una mezcla entre Los Otros de Alejandro Amenábar y El Espinazo del diablo del propio (productor de El Orfanato, Guillermo) Del Toro. Es un cuento con atmósfera y aplomo sobre una mujer que se traslada con su familia a una vieja casa de la costa. Ella creció allí de huérfana, y desde entonces ha albergado el deseo de ayudar a otros niños del mismo modo que a ella la ayudaron de niña.”

Guillermo del Toro y Alejandro Amenábar son dos de esos que han ganado oscars (repetición), que conectan con el público (éxito) y además están en onda con la gente de Hollywoodlandia. Vale que la peli en realidad se la ha currado este chaval nuevo (con guión del crítico Sergi Sánchez) pero el resultado debe de darse un aire (semejanza), y mientras uno la produce, el otro le presta a la rubia de Mar Adentro (conexión). Pues nada, perfecto, mucha suerte a Bayona y a ver si la peli resulta mejor de lo que promete ese trailer donde todo parece tan genérico como un champú de hotel.

domingo, 19 de agosto de 2007

Cuánto bocazas


Me acuerdo perfectamente del momento en que Alejandro Amenábar me empezó a caer gordo: un domingo por la tarde, abordado por un reportero del viejo Caiga quien caiga, nuestro segundo director más internacional aprovechaba la ocasión para explicar a todos los espectadores qué es lo que pasa exactamente al final de Abre los ojos, cortando así ciertas teorías descabelladas que circulaban por ahí...
Creo que no falta haber leído Obra abierta de Umberto Eco para saber que cuando compras cualquier artículo, está muy feo por parte del fabricante presentarse en tu casa a vigilar si lo usas mal (tanto interés por prohibir posibles usos hace sospechar que algún error de diseño tiene que haber cometido el sujeto).
Un autor que sale a a taponar distintas lecturas, debates y especulaciones, imponiendo por huevos y de motu propio su interpretación autorizada, o es un pequeño fascista manipulador o un ególatra de cuidado. No sé qué es lo que será Matthew Graham, co-creador y co-productor de Life on Mars (2006), serie de 16 episodios de la BBC que terminé de ver ayer y que me ha tenido desde entonces escuchando sin parar a David Bowie (el título alude a una clásica suya que suena en dos escenas fundamentales en el primer y último capítulo). Life on Mars cuenta el extraño caso de Sam Tyler (John Simm), un inspector de policía de Manchester que, tras sufrir un accidente en 2006, recobra el conocimiento en 1973 (un tiempo tan diferente al suyo que es como si hubiese aterrizado en otro planeta). Incrédulo y aturdido, encuentra su propia comisaría ocupada por un hatajo de patanes justicieros con patillas y pantalones de campana, que lo toman por un colega recién transferido y lo ponen a trabajar inmediatamente en un caso (y luego en otro, y otro, empapándose del espíritu de los tiempos con la mejor música de entonces como fondo sonoro); y hace amistades, se gana su respeto, intenta civilizar sus brutales métodos policiales, y todo aquello parece tan real que Tyler empieza a dudar que se trate de verdad una alucinación.

“¿Estoy loco, en coma o he viajado en el tiempo?” es la pregunta que se hace una y otra vez en los títulos de crédito. Para unos, el extraordinario último episodio, 59 angustiosos minutos desbordantes de suspense, emociones, humor y metafísica, responde a esta cuestión de forma tajante. A otros, en cambio, nos parece que de eso nada, que hay cantidad de motivos para buscarle más pies al gato, y así en los foros de internet el debate se extiende páginas y páginas... Un desenlace capaz de tener a su público discutiendo durante semanas sobre el sentido de lo que ha visto sin que nadie se sienta estafado es una hazaña extraordinaria que ni el propio autor del guión, Matthew Graham, lograba echar a perder en una entrevista al día siguiente de la emisión en la que explicaba con total desparpajo qué es lo que pretendía decir...
Graham, como un Amenábar cualquiera, intenta grapar a su trabajo las instrucciones de lectura y aún así sus declaraciones no han zanjado ni mucho menos el tema, entre otras razones porque en la tele funciona la autoría colectiva y su guión quizá pretenda una cosa, pero la puesta en escena, las interpretaciones, la música y los episodios anteriores sugieren muchas otras (y entre tanto, el resto del equipo creativo mantiene un educado silencio).

No digo más, no sea que algún día alguna de nuestras cadenas compre la serie para programarla a la una de la mañana como alternativa a la teletienda. Más probable es, si tiene éxito, que nos acaben plantando el remake americano que prepara David E. Kelley (Allie McBeal, Picket Fences, Chicago Hope, Boston Legal), a quien le ha costado dios y ayuda cuadrar el reparto después de que Simm y Philip Glenister, protagonistas del original, rechazaran su oferta de cruzar el charco y fingir acento yanki. El personaje de Glenister, el inspector jefe Gene Hunt, un auténtico poli antediluviano, lo más opuesto que se pueda imaginar a la sensibilidad políticamente correcta de Sam Tyler (troglodita bocazas, reaccionario, machista y apalizador compulsivo de sospechosos, aunque un tío noble en el fondo) es un papelón que en la tele generalista americana van a tener que coger con pinzas; su alter ego estadounidense ha recaído en el irlandés Colm Meany (Los Commitments, Café irlandés, Con Air), una elección inspirada y el primer rayo de esperanza para un proyecto de clonación que, viniendo de quien viene, no inspira la menor confianza.