sábado, 11 de septiembre de 2010
Al ladrón
Septiembre, el mes purgatorio, aquel al que los profes mandaban a penar a los malos estudiantes hasta que la reforma de Bolonia lo sacó del calendario (o así). Los afortunados que aún disfrutamos de algo así como un trabajo nos frotamos los legañosos ojillos y tratamos de juntar los pedazos de la antigua normalidad pero (ay) resulta que ya no están todos los que son porque los tontos y los malvados no descansan ni en verano...
El último viernes de julio (precisamente el día en que cumplía 60 años) Diego A. Manrique anunciaba en directo que la dirección de Radio Nacional le había rescindido el contrato y que, tras dieciocho años en antena, aquel era, con toda probabilidad, su último Ambigú, el programa estandarte de Radio 3. A la puta calle con alevosía y agostidad, tal como lo definió Julia Otero cuando se lo hicieron a ella. Sin escándalo y sin ruido, que el verano es muy largo, los cuatro gatos que escuchan esa frecuencia están a otras historias y con un poco de suerte, a la vuelta de vacaciones, apenas recordarán el nombre del tipo aquel que estaba de lunes a viernes a las 13.00.
La culpa, claro, la tiene la crisis, ese permanente estado de excepción en el que vivimos en cuyo nombre todas las marranadas se vuelven de pronto posibles. Manrique llevaba dos años como director adjunto de la emisora y mano derecha de Lara López, reconstruyendo Radio 3 tras la devastación del ERE de RTVE que se llevó por delante a tantos de sus nombres más legendarios, haciendo de la necesidad virtud, usando los mimbres que tenían e incorporando a nuevos mitos del futuro como Ángel Carmona (Hoy empieza todo), Javier Gallego (Carne Cruda) o Los hermanos Pizarro (Melodías pizarras), esfuerzos recompensados con un notable ascenso de audiencia en los últimos EGM.
Pero hete aquí que Benigno Moreno, el nuevo director de Radio Nacional, decide hacer una purga de altos cargos para ahorrar y elimina la subdirección de Manrique, lo que incomprensiblemente termina con él de patitas en la calle.
El comunicado oficial de la cadena insinúa que el avariento Manrique exigía demasiada pasta para continuar como un simple locutor, haciendo imposible llegar a un acuerdo. Manrique afirma en cambio que le pusieron delante un contrato basura tipo becario, que le obligaba a renunciar a su antigüedad y a todos sus derechos adquiridos. Cual de las partes miente se verá en el juicio pero nadie que haya escuchado alguna vez El ambigú (la pasión que Manrique le pone a la música, el entusiasmo con el que comparte sus hallazgos con sus oyentes) puede creerse la versión de la empresa (que prefiere gastarse los dineros en radioteatros y en asegurarse locutores estrella tan paniaguados y melifluos como Juan Ramón Lucas).
Para ilustrar la mentalidad de servil peloteo y terror a sacar los pies del tiesto que en los últimos tiempos campa por los pasillos de RTVE Manrique cuenta que no hace mucho alguien de arriba le dio un toque, escandalizado por su crítica del último disco de Sabina: que cómo se le ocurria ponerlo a parir de esa manera siendo el artista de Úbeda el ex-yerno del Director General, el excmo Sr. Oliart. Manrique es un tipo ácido, deslenguado, insobornable, que sin duda ha pisado muchos callos a lo largo de su carrera y posiblemente más de uno se la tenía guardada. Es bueno saber que mientras la cosa pública se cae a pedazos, los inútiles, los mediocres y los adeptos al régimen encontrarán hasta el último momento refugio en ella en puestos ejecutivos, hasta que gracias a su dedicación no quede ya piedra sobre piedra.
Mientras tanto, las movilizaciones en contra de la tropelía no han hecho más que empezar (hoy sábado, por ejemplo, durante la Noche en Blanco madrileña), y en apoyo de Manrique han firmado una lista interminable de ciudadanos populares o anónimos entre los que aparecen titiriteros, periodistas y hasta algún político: Calamaro, Ariel Rot, Concha Buika, Eduardo Madina, Bumbury, Amaral, Fermín Muguruza, Fernando Trueba, Jorge Drexler, Jaume Sisa, Joaquín Sabina (con mala crítica y todo), Julián Hernández, Kiko Veneno, Aute, Marcos Ordóñez, Martirio, Mauro Entrialgo, Max, Nazario, Almodóvar, Rafa Cervera, Roque Baños, Santiago Auserón, Xoel López...
“Confío en que tanto escándalo servirá para frenarlos durante unos meses” ha dicho Manrique en una entrevista para rockola.fm. “Imagino que tendrán que meditar mucho sus siguientes decisiones: querían prescindir de la mayoría de los colaboradores, colocar más programas al gusto de Benigno Moreno, quizás cesar a Lara López. Pero han descubierto que R3 es un hueso duro de roer y andan desconcertados. Aunque La Crisis es un manto oportuno, que puede encubrir muchas iniquidades.”
Si no para otra cosa, las protestas servirán para que el último de esos gestores idiotas y prepotentes, ese cretino decidido a empezar demostrando quién es el que manda, el tal Moreno, sepa que los damnificados nos hemos quedado con su nombre y con su cara. La del gilipollas que se cargó el mejor programa musical de la radio española, una isla de sentido en medio del caos. Que alguien le detenga y le saque para quien trabaja porque para nosotros, los que le pagamos un sueldo de nuestros impuestos, está claro que no.
martes, 3 de agosto de 2010
7. Make Your Own Kind of Music
Guste más o menos, irrite o conmueva, allá cada cual con su organismo, pero lo que no se puede decir en serio del final de LOST es que no encaje, que sea una especie de cuerpo extraño adherido al resto de la serie, un tapón improvisado para cerrar de cualquier manera la hemorragia de la trama. En realidad, contemplando ahora en perspectiva la estructura entera de la serie tal como se ha ido desarrollando, una simple coherencia requería, si no este mismo final, uno muy parecido.
Coherencia, sí. La intimidante complejidad de LOST, sus cientos de personajes, los incontables hilos que se cruzan e interactúan, sus extraños quiebros argumentales y de ritmo, dotan al conjunto una apariencia de caos y desmadre, pero que haya quien no distinga en ella orden ni concierto no quiere decir que no exista o que sus responsables no hayan seguido criterio alguno para darle forma.
La estructura de la serie, más que un esquema rígido planificado al milímetro, parece seguir un modelo fluido y flexible con margen para variaciones, ocurrencias y momentos de inspiración siempre con un ojo puesto en la integridad general. Cualquiera que la haya seguido lo suficiente habrá notado el uso frecuente de repeticiones, variaciones, oposiciones, motivos recurrentes y frases que vuelven una y otra vez. Son recursos retóricos para dotar de cohesión un relato complejo pero también, y quizá antes que eso, técnicas de construcción musical.
La estructura de LOST (al menos para este completo ignorante que todo lo que sabe acerca del tema lo ha sacado de la wikipedia y similares) recuerda poderosamente a la más común de las formas de la música clásica, la forma sonata, empleada en sinfonías, conciertos, sonatas y cuartetos de cuerda desde finales del siglo XVIII. El parecido no tendría nada de extraño porque esta estructura musical funciona ya de por sí como una especie de relato sonoro que introduce la retórica en la música, dramatizándola al estilo de la acción trágica aristotélica y su división en inicio, nudo y desenlace. Pero la forma sonata contiene sus propios elementos específicos dentro de los cuales se puede jugar a encajar, por analogía, la trama completa de LOST y sus aparentemente caprichosos cambios de tono y ritmo:
-Exposición: donde se presenta el material dramático principal, generalmente dos grupos de temas en estilos contrastados y tonalidades distintas enlazados por una transición.
Podrían ser, a grosso modo, los temas de la Isla (grupo A) y los de los personajes (grupo B) unidos por una transición a la que llamaremos flashback. Esta fase podría concluir al final de la segunda temporada, cuando Desmond detona el mecanismo de seguridad de la Estación Cisne para salvar al mundo y la tremenda perturbación electromagnética subsiguiente es detectada en el Polo Norte por el equipo de rastreo de Penelope Widmore: la Isla ha sido encontrada y se incorporan al drama nuevos e imprevisibles elementos externos.
-Desarrollo: donde se trabajan todos los materiales de la obra de manera más libre, explorando sus posibilidades sin un orden preestablecido, con un efecto mucho más caótico de cambio y conflicto, hasta acabar regresando a los temas de la exposición.
Correspondería al bloque central de la serie, tercera, cuarta y quinta temporadas, incluyendo: Introducción formal de los Otros. Llegada de los mercenarios de Charles Widmore. Fuga de la Isla. Transiciones que cambian de flashbacks a flashforwards. Desesperación de los huidos en el exterior (la versión más oscura de los temas de los personajes). Retorno a la Isla. Saltos en el tiempo atrás y adelante. Vuelta a la situación de partida.
-Recapitulación: repetición alterada de la exposición pero con ambos grupos de temas ahora en el mismo tono del primero. Termina con un pasaje que recuerda a la conclusión de la primera parte y que parece un final en sí mismo. Déjà vu, sentimientos de nostalgia, persistentes ecos del comienzo de la serie; los temas de los personajes se presentan ahora como una presunta realidad paralela que puede confluir en cualquier momento con la de la Isla a través de las acciones de Desmond,
aparentemente capaz de moverse entre ellas. En la cueva de la luz, justo antes de que dé comienzo el gran desenlace, el propio falso Locke se toma el trabajo de señalar irónicamente la simetría con el final de la segunda temporada: “¿No te recuerda esto a algo, Jack? Desmond descolgándose por un agujero en el suelo... Si hubiera un botón ahí abajo podríamos pelearnos sobre si pulsarlo o no. Como en los viejos tiempos”).

-Coda: Sección final, a veces no esencial, que no es parte del argumento de la obra pero que la lleva a su conclusión. Se hace necesaria tras un pasaje especialmente difícil o intenso, con el fin de reencauzar todo ese impulso, mirar hacia atrás al conjunto y crear una sensación final de equilibrio. Los últimos diez minutos de LOST serían precisamente esa coda que devuelve el equilibrio a la composición y permite cerrar la historia alcanzando cierto grado de serenidad.
Un torrente de emociones tan impúdico como el que plantean esos momentos finales, si no se percibe como una progresión natural del relato, corre el riesgo de verse rechazado como un burdo intento de manipulación sentimental. Quizá el camino más rápido para descubrir esa coherencia (pero sólo si se ha experimentado la serie completa y no unos cuantos episodios al azar) es a través del oído, a un nivel visceral o puramente formal, sin aguardar a entender o racionalizar nada, simplemente distinguiendo la lógica de la melodía y la armonía entre las partes, el sentido estético de una obra que, jugando con nuestras expectativas hasta el último instante, se ha acabado revelando mucho más íntima y conmovedora que épica o cerebral.
Parte 7 de 8
Texto completo en pdf, aquí:
Entradas anteriores:
1. The Long Con, 2. We're going to need to watch that again, 3. The boxman , 4. What Happened, Happened, 5. The Man Behind The Curtain , 6. See you in another life, brother
domingo, 2 de mayo de 2010
Sintonías pavlovianas
Cuando el pérfido y hortera productor de cine y tv Jerry Bruckheimer, a quien debemos, entre otras modernas plagas, la práctica totalidad de la carrera de Michael Bay, sea juzgado por crímenes contra la humanidad, tal vez su única ocasión de salvar el cuello sea alegar ante los miembros del jurado una única buena acción: “¡Yo descubrí a los Who!”
Lo cual, si no históricamente cierto, será la pura verdad al menos para las sucesivas generaciones que ni siquiera habían nacido cuando estos míticos carrozas de la era perdida de los titanes del rock dominaban las ondas. Bruckheimer es el productor de la gran familia CSI (Las Vegas, Miami y Nueva York), donde cada serie de la franquicia emplea como sintonía un tema distinto de la banda británica (Who are you, Won´t Get Fooled Again y Baba O´Reilly, respectivamente).
Pete Townshend y Roger Daltrey, tras vender al diablo tres de sus clásicas a cambio de un lugar al sol en su años postreros y una fortuna en royalties, y ya metidos en el negocio de las musiquillas televisivas, incluyeron en su album de 2006 Endless Wire una canción sobre la forma en que algunas de estas sintonías estremecen el corazón hasta de los tíos más adustos y encallecidos, actuando como una especie de pasaje de vuelta a los emociones más puras e intensas de la infancia. Se llamaba Mike Post Theme, homenaje de Townshend a un auténtico profesional de la música para televisión, el hombre que compuso los temas de El Equipo A, MacGyver, Magnum PI, El gran héroe americano, Blossom, Remington Steele, Canción triste de Hill Street, La ley de Los Ángeles y un ciento más. Mike Post (Los Angeles, 1945) es el responsable de buena parte de la memoria sentimental televisiva de los niños de los 80 y no sé a qué espera la puñetera Generación Nocilla para hacer algo útil con su nostalgia y lanzarse a reivindicar a este genio casi desconocido (desde aquí queda hecho el llamamiento).
Los músicos de televisión sufren un estigma parecido al que solían padecer los actores de TV: por buenos que sean nadie los toma en serio hasta que triunfan en el cine. Algo así le ha pasado a Michael Giacchino (Riverside Township, Nueva Jersey, 1967), que empezó componiendo música para videojuegos (Lost World: Jurassic Park, Call of Duty, Medal of Honor) hasta que J.J. Abrams lo llamó para trabajar en la música incidental de su serie Alias, iniciando una fructífera colaboración que en la pequeña pantalla han prorrogado con Lost y Fringe* y, en el cine, con la banda sonora de los dos largos que ha dirigido el astuto gafapasta, Misión Imposible III y Star Trek (además del tema final de Cloverfield, película sin música por lo demás).
Pero donde el gran público ha acabado por descubrir a Giacchino ha sido en sus trabajos para Pixar: la banda sonora de Los Increibles (formidable pastiche sesentero del sonido de John Barry para la serie Bond), Ratatouille y finalmente las agridulces melodías de Up por la que este año se ha llevado con toda justicia el oscar a la mejor banda sonora. Merecido porque Giacchino es uno de los mejores compositores surgidos en la última década, dueño de un sonido inconfundible marcado paradójicamente por los contrastes: además de un dominio tremendo de la melancolía en sus melodías casi satinianas, es un maestro en la creación de atmósferas de tensión con instrumentación ruidista y cacofónica, y un poderoso autor de temas de acción pura y dura con gran presencia de la percusión. ¿Y dónde mejor para exhibir su gama completa de registros que en la serie que es tantas series a la vez? (relato de supervivencia, aventura mitológica, culebrón, ciencia ficción, cuento dickensiano, serie de médicos, cine oriental de gangsters...).
Hace muchos años le escuché decir en la radio a Santiago Segura que, si coges una escena de un tío saltando bancos en el parque y le añades la música de Misión Imposible (del argentino Lalo Schifrin), hasta esa tontería de repente ya parece algo. Lost no depende hasta esos extremos de su banda sonora (cuenta con otras muchas virtudes: grandes ideas, los guionistas más temerarios del mundo y un magnífico reparto) pero la música de Giacchino es bastante más que un personaje más: en muchos sentidos es el alma de la serie.
Como muestra, este anuncio tan divertido que sirve de promo para el inminente final de la aventura, pensado a mala idea para dejar a cualquier fan de la serie con los ojos empapados... ¿Será porque nos reconocemos a nosotros mismos dentro de tres semanas, o será más bien una simple respuesta condicionada a seis años de escuchar esa musiquilla en los momentos más tristes de la serie?
*Giacchino firma la música incidental pero el propio Abrams, que es un manitas tipo Amenábar, es quien ha compuesto los temas centrales de Alias y Fringe además de diseñar personalmente sus títulos de crédito. También diseñó los de LOST que, en cambio, como tantas otras series contemporáneas que van justas de tiempo con tanto anuncio, carece de tema principal.
sábado, 9 de enero de 2010
De dónde venimos, a dónde vamos

2009 fue el año de spotify, del libro electrónico, la tele digital, el cine en 3d, los vampiros adolescentes y las pelis de ciencia ficción a la antigua usanza (por no mencionar la puta crisis), y el año donde empecé a dejar languidecer este blog.
Empezamos 2010 con nieve, concentración de cadenas, el exilio de Iñaki Gabilondo de Cuatro a CNN+ (quien sabe si para mejor) y una tele pública sin anuncios pero con los mismos programas insípidos de siempre.
Menos mal que en febrero sacarán disco mis dos artistas viejunos favoritos: Peter Gabriel con su parte del proyecto Scratch My Back, cantando temas de gente más o menos de su quinta (Bowie, Paul Simon, Neil Young, Lou Reed, Randy Newman o David Byrne) y otros más de ahora como Elbow, Arcade Fire, Magnetic Fields o Radiohead; seguirá un disco-respuesta donde esos mismos artistas versionarán temas de Gabriel (de ahí el título: tú me rascas la espalda a mí y yo te la rasco a ti). Mucho más prolífico, el antes mencionado David Byrne (en colaboración con Fat Boy Slim) presentará Here Lies Love, 22 animadas canciones inspiradas en la relación entre Imelda Marcos y su asistenta (en serio). En las voces, nada menos que Tori Amos, Marta Wainwright, Steve Earle, Cyndi Lauper, Roisin Murphy, Natalie Merchant, Allison Moorer, Camille, Santigold, Sharon Jones, y en un par de temas el propio Byrne. Viva la gente original.
Estrenarán película directores como Christopher Nolan (Inception, thriller metafísico del que nada se sabe), Martin Scorsese (Shutter Island, también con Leo Dicaprio, basada en una novela de misterio bien escrita pero un poco vista), Alex de la Iglesia (Balada triste de trompeta: comedia grotesca sobre dos payasos enamorados de la misma trapecista en la España de 1973) o Peter Jackson (Lovely Bones, basada en la estupenda novela de Alice Sebold sobre una niña asesinada que desde el cielo contempla qué es de su familia y del tipo que la mató; las primeras críticas dicen que funciona como thriller pero no como drama, que le falta sutileza a la adaptación. Me lo temía).
En televisión, TVE tendrá que decidir que es lo que quiere ser de mayor, si la PBS o la BBC. Hablando de la cuál, en marzo Matt Smith se estrenará como el decimo primer Doctor en Doctor Who en una nueva etapa comandada por Steven Moffat. Mientras le dejen, el Gran Wyoming seguirá jugándose el tipo simplemente por sacarle los colores a la carcunda de este país. Llegarán más series oportunistas pretendiendo ocupar el hueco de Lost sin haber entendido nada, y el vacío será terrible cuando este verano concluya la extraordinaria odisea de los supervivientes del vuelo 815 de Oceanic, la primera gran nueva mitología del siglo XXI. De momento, mientras llega el dos de febrero, miro y remiro las fotos promocionales y me quedo fascinado con la beatífica sonrisa de John Locke. ¿Qué significará?
P.D.: Para quienes no la hayáis recibido ya en mano, adjunto copia de mi felicitación de navidad de este año. ¡Feliz 2010!
sábado, 6 de junio de 2009
El huracán entero

Claro que me hacía ilusión ver en vivo a Neil Young pero admito la tontería de sentir cierta prevención subliminal a encontrármelo en carne y hueso (con diez o doce metros y varias filas de cabezas de por medio), sobre todo ahora que todos ya vamos teniendo una edad… Mr. Young (Toronto, 1945) es el músico al que más veces había visto en directo sin haberle visto nunca realmente, desde el impresionante documental The Year of the Horse de Jim Jarmush (que me convirtió para siempre en un fan) a la cutreretransmisión de TVE del verano pasado de su concierto en el Rock in Rio, sin contar todos los discos en vivo, oficiales o no, a lo largo de una trayectoria de cuarenta años. ¿Estaría el músico real, a día de hoy, a la altura de sus registros? ¿Echaría igualmente el resto cuando no había nadie importante mirando?
Vaya si lo echó. El pasado domingo en el velódromo de Anoeta de San Sebastián Neil Young dio delante nuestra uno de los mejores conciertos que le haya escuchado en la vida. Desde el momento en el que pisó el escenario con su camisa de cuadros empuñando su guitarra Old Black y tocó las primeras notas de Mansion on the Hill supimos que venía a dar caña, como reafirmó inmediatamente con una versión brutal de Hey Hey, my my (Into the Black), más lenta y pesada que nunca, con el efecto de una bola de demolición. A falta de los Crazy Horse (su clásica banda de acompañamiento), esta otra que se ha montado con mezcla de amigos jóvenes y veteranos y de su esposa Peggy a los coros no tiene nada que envidiar en cuanto a potencia destructiva y resulta mucho más dúctil a la hora de seguir al líder por sus diferentes palos, que no todo fue rock, distorsión y decibelios, hubo brochazos salvajes pero también caligrafía fina. Neil cambió el tempo sentándose ante un viejo órgano de iglesia que se había traído (el genio=la capacidad infinita para tomarse molestias) para cantar Spirit Road, emocionante himno de su disco de 2007 Chrome Dreams II; más tarde desfilaron varios temas de su legendario Harvest, clásico del folk-rock, con una precisión, limpieza y sensibilidad de poner la carne de gallina.
El canadiense (que habló poco pero sonrió y gesticuló mucho) venía con ganas de complacer a estos remotos fans europeos así que casi todo fueron clásicos absolutos (Cortez the Killer, Cinnamon Girl, The Needle and the Damage Done, Down by the River, Rockin’ In The Free World…), con tan sólo dos temas de su último disco, el peleón Fork in the Road, inspirado en un viaje que hizo por EEUU en un viejo Lincoln Continental convertido en coche eléctrico (últimamente el viejo rockero ha volcado su activismo en las energías renovables tras haberse partido la cara con los acólitos de Bush; en realidad, por supuesto, todo está bastante vinculado).
Fue un repaso fabuloso, aunque para nada exhaustivo (yo habría seguido allí otra hora o lo que me echaran sin acordarme del calor, del dolor de espalda o del madrugón del día siguiente) a una carrera llena de contrastes que en ninguna otra parte se manifiestan tan claros como en Like a Hurricane, el tema con que se despidió; una pieza romántica, fantasmagórica, perfecta, cantada en falsete, la calma en el ojo del huracán que Young envuelve en un desarrollo instrumental de estruendo, furia y caos aparente a la búsqueda de patrones, donde Young explora con su guitarra territorios que sólo él ve, un otro lado al que nos arrastra sobrecogidos con su música mientras el tiempo en este otro universo se detiene. Qué pocos pueden hacer eso.
domingo, 17 de mayo de 2009
Se van los mejores

Auditorio de Barañáin, 6 de marzo de 2009, hace apenas dos meses.
El publico se inquieta porque Antonio Vega sale a actuar con media hora de retraso. Desde las filas de atrás llegan comentarios sobre un posible problema de garganta pero, cuando al final aparece sobre el escenario con toda su banda (entrando a tocar sin mayores ceremonias) no le notamos absolutamente nada. Tiene buen aspecto para ser él, voz impecable, se mueve, se comunica, nos agradece los aplausos (comenta que sin gafas no ve más allá de la primera fila). Durante toda esta gira está grabando un próximo disco en directo que dará testimonio de su lado más eléctrico y rockero, y ya iba haciendo falta: su disco más vendido hasta la fecha, el Básico para los 40 principales, ofrecía de él un perfil de cantautor ascético que eclipsaba injustamente su faceta de guitarrista excepcional. El concierto es brillante, cálido, emocionante, con versiones fenomenales de muchas de sus clásicas (Caminos infinitos, Océano de sol, Lucha de gigantes) y algunas otras mucho menos conocidas de sus primeros tiempos. Salimos felices, para nada con la sensación de haber visto a un artista en las últimas.
Ahora dicen que era inevitable, que un día u otro tenía que ocurrir, que quien mal anda mal acaba, que esto no ha sido una sorpresa. Cierto que Antonio Vega tenía adicciones peligrosas pero cuando a un artista llevan veinte años dándolo por muerto y él mientras tanto sigue a lo suyo, componiendo y actuando regularmente, al final acabas por creerle poco menos que inmune al veneno, por confiar en que todo el daño que podía hacerle se lo había hecho ya. En realidad, su muerte ha sido completamente inesperada y demasiado rápida, una supuesta neumonía que por lo visto ocultaba un cáncer de pulmón. Si hay una moraleja en este final, no me parece tan transparente como pretenden los lapidarios moralistas de guardia.
Desde la mañana del martes en que dieron la noticia, prácticamente no hice otra cosa en todo el día que seguir la programación especial de Radio 3, íntegramente dedicada a él, un auténtico velatorio en las ondas. Se abrieron teléfonos y empezó la catarata de llantos y el psicodrama colectivo. En cambio sus amigos, varios de ellos locutores de la emisora, retirados o en activo, insistían una y otra vez en desmentir la imagen pública del personaje: Antonio no era “ese chico triste y solitario” (el título del disco tributo que le hicieron hace unos años y que tanto le fastidió) sino un tío vitalista, divertido, humilde, rodeado de gente que le quería, un sujeto excepcional con un mundo interior muy especial al que no había manera de convencer de nada de lo que el no quisiera ser convencido (por ejemplo, de cambiar de estilo de vida).
La luz más brillante es la que se consume más rápido, creo que ha dicho su primo Nacho, o algo por el estilo. Ni murió rápido ni dejó el cadáver más bonito que podría haber sido, él no ha sido un James Dean o un Heath Ledger, pero hubo hasta al final algo de adolescente taciturno en Antonio Vega. Muchas de sus canciones son misteriosas y herméticas, nada más lejano a la anécdota autobiográfica o a la glorificación del propio mito (al estilo, por poner dos ejemplos, de un Sabina o un Enrique Urquijo). Llenas de paisajes mentales abstractos (científico del pop, le han llamado), sus canciones son burbujas de espacio-tiempo de paredes racionales e interior de emoción pura, cantadas con esa voz suya inconfundible, eternamente juvenil, (crispada, le he oído decir a Juan de Pablos), en las que el oyente se reconoce a un nivel profundamente visceral.
Las canciones se quedan (incluido el material inédito), y a partir de ahora hay quien va a ganar mucho dinero con ellas (los mitos muertos son siempre mucho más rentables). Dicen en Efeeme.com que el primer recopilatorio salía ya a la venta el viernes pasado. Para que luego hablen de la eficacia de la industria española.
lunes, 27 de abril de 2009
Byrne en Barcelona
Autómatas y emoción
Muchos de vosotros no tenéis ni idea de quien es David Byrne y cuando estos últimos días he intentando explicaros a alguno quien era ese al que iba a ver a Barcelona, me temo que lo más que logrado comunicar es que fue un tío bastante famoso en los 80 que tenía un grupo llamado Talking Heads, dando seguramente la impresión de que se trata de una de tantas viejas glorias semi olvidadas de las que soy fan por algún motivo.
Y de vieja gloria, nada: sería difícil encontrar un artista actual más activo, original, curioso y polifacético que este neoyorkino nacido en Escocia hace 58 años al que en cierta ocasión Lisa Simpson puso como ejemplo de nerd (empollón sin habilidades sociales) que ha hecho cosas memorables: Cantante y guitarrista espasmódico, compositor de bandas sonoras, artista multimedia (entre sus obras recientes figuran varias series de powerpoints que empezó en plan chiste pero luego siguió en serio, o un robot cantante deliberadamente grimoso que tuvo expuesto el año pasado en el Reina Sofía); fundador del sello Luaka Bop desde el que ha reivindicado y / o descubierto a músicos africanos, hispanos, brasileños y del resto del mundo (aunque Byrne detesta el término World music por absurdo y excluyente); autor junto a Fat Boy Slim de un musical todavía pendiente de estreno sobre Imelda Marcos…
Y en todo lo que hace mantiene ese punto de vista perplejo y distante sobre los absurdos cotidianos (vida, trabajo, familia, amor, sexo, edificios, comida…), todos los hábitos y automatismos de nuestro tiempo recogidos con el educado interés que un antropólogo marciano demostraría por la cultura de su planeta adoptivo. Byrne ha sido siempre un bicho raro que se ha ido humanizando con los años, sus últimos discos son más melódicos y emocionales y ahora hasta disfruta con los conciertos cuando en el pasado (dice) subirse al escenario era para él una tortura. El día 24 en Barcelona venía a presentar las canciones de su segunda colaboración (tras 20 años) con Brian Eno, Everything That Happens Will Happen Today, un disco más bien plácido de esos que van entrando poco a poco hasta incrustarse sin remedio en el cerebro. El marco (sin coñas), incomparable: el Palau de la Música Catalana (lleno total), una filigrana de edificio modernista recién restaurado, orgullo de las artes aplicadas del país. Ya el simple juego de las luces de colores contra tallas de las paredes causaba un efecto visual bastante extraordinario pero el alucinante concierto-performance de Byrne no tuvo problema en hacerle sombra.
Justamente famoso por su magnetismo hierático y la energía nerviosa de sus directos (Jonathan Demme lo filmó en vivo en Stop Making Sense en la última época de los Talking Heads, y algo del mérito le corresponderá al cantante y a su sentido del espectáculo de que se la reconozca como la mejor película de conciertos jamás realizada), aún así no estabamos preparados para la arrolladora actuación que estábamos a punto de presenciar, con el público destrozándose las manos con cada canción como si cada una fuera la última (y a pesar de todo resistimos hasta el final y conseguimos sacarles tres bises).
Cuatro músicos, tres coristas y tres bailarines moviéndose en una coreografía desmañada y robótica (tremendamente graciosa, a imagen y semejanza de los movimientos del lider de la banda) al ritmo de las nuevas canciones y de las clásicas de Talking Heads producidas por Mr. Eno (las más salvajes y vanguardistas, muchas de las cuales Byrne llevaba siglos sin interpretar, y raramente con semejante potencia, como si el tiempo no pasara por él). El salto entre lo viejo y lo nuevo permitía efectivamente apreciar la afinidad del material a través de las décadas: aquello era, efectivamente, Byrne & Eno, el musical, o más bien la fiesta, y fue una cosa extraordinaria participar en aquella especie de rito tribal de cientos de personas puestas en pie bailando con alegría desbordante esas canciones llenas de ritmo y distorsión que hablaban de alienación y desconcierto y a veces, un poquito, de algo parecido a la felicidad. Uno de los mejores conciertos que recuerdo.
Créditos de las fotos: las dos primeras las he encontrado en Flickr (autor, un tal alterna2). El resto son obra de mi prima Idoia, que tampoco sabía quien era David Byrne pero tenía mejor cámara y más sangre fría que yo).
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lunes, 16 de febrero de 2009
Ceremonia lacónica: Oscars 2009 parte 1

Peter Gabriel no cantará este domingo en la ceremonia de entrega de los Oscar tras enterarse de que sólo disponía de sesenta y cinco segundos para defender su canción Down to Earth (que quizá hayáis oído sobre los fabulosos títulos finales de WALL-E, y con la que acaba de ganar un Grammy).
Los productores de la gala, que cada año que pasa reúne menos audiencia y nunca baja de las tres horas y media, han decidido cortar por lo sano y reducir la presentación de las tres canciones originales (la de Gabriel y las dos de Slumdog Millionaire: Jai Ho -de A.R. Rahman y Gulzar y O Saya -de A.R. Rahman y Maya Arulpragasam) a un popurrí que no supere los cuatro minutos.
"No creo que sea tiempo suficiente para hacer justicia a la canción, así que he decidido no actuar" ha dicho Gabriel. "Respeto el derecho de los productores a remodelar su show y estoy deseando verlo. Pero aunque los autores de canciones son unos participantes muy secundarios en el proceso cinematográfico, están igual de comprometidos y trabajan tanto como el resto del equipo y lamento que esta nueva versión de la ceremonia se haya creado, en parte, a expensas suyas. Aún así, estaré encantado de asistir".
Peter ha sido exquisitamente diplomático porque una medida tan absurda apesta a una mezcla de desesperación y despiste total. Los ensayos de la gala (que presentará Hugh Jackman) deben de estar saliendo catastróficos...
Independientemente de que se lleve o no algo el domingo, la canción de WALL-E es el primer tema fresco que publica en mucho tiempo este artista mítico y disperso que mantiene a sus fans permanentemente desconsolados y famélicos, que tardó diez años en terminar su último disco de estudio y cuando lo empezó daba el tipo de galán maduro pero al concluirlo era la reencarnación del mago Merlín. Justo ayer descubría otra jugosa migaja de su parte, esta versión que acaba de grabar del tema de los neoyorkinos Vampire Weekend Cape Cod Kwassa Kwassa. El chiste (o la excusa para apropiársela) está en que en la canción se invoca el nombre de Peter Gabriel (aunque la original suene más bien a Paul Simon en Graceland). Y Peter se automenciona como ordena la letra aunque después mete una pequeña morcilla: "It feels so unnatural to sing your own name".
domingo, 11 de enero de 2009
Tengo una casa
El jueves pasado me llegó por fín, por correo aéreo y con bastante retraso, la versión física (y de lujo) del último disco que me compré antes del colapso de los mercados financieros, Everything That Happens Will Happen Today, nueva colaboración entre David Byrne y Brian Eno casi treinta años después de My Life in the Bush of Ghosts (que igual no os suena pero fue un disco experimental muy importante y que tuvo mucha influencia). Aquí van unas fotos del packaging (y además, al abrir la lata, se escucha un sonido de pasos y una puerta que se abre con un crujido tétrico...)
De la música no voy a hablar porque no me veo cualificado, sólo comentar que no se parece en nada a su anterior disco juntos, y que eso es lo menos que se podía esperar de ellos por mucho que a algunos les decepcione. Originalmente eran temas instrumentales de Eno a los que Byrne se ha animado a convertir en canciones. Él dice que el resultado es una especie de gospel electrónico. Sea lo que sea, a mí, a su estilo neurótico, me suena extrañamente poderoso y conmovedor.
P.D: Se puede escuchar entero en la playlist de abajo.
miércoles, 31 de diciembre de 2008
Lo que queda de 2008

Mejor película extranjera que le ha gustado a todo el mundo: Wall-E de Andrew Stanton
Mejor película extranjera que no le ha gustado a nadie: Dreams de Kim Ki-duk
Mejor película española: Camino de Javier Fesser
Mejor programa de TV extranjero: The Wire
Mejor programa de TV nacional: Plutón BRB Nero
Mejor disco nacional: El manifiesto desastre de Nacho Vegas
Mejor disco extranjero: Electric Arguments de The Fireman (Paul McCartney y Martin Glover)
Mejor concierto: Bob Dylan (Pamplona, 24 de junio)
Mejor película clásica descubierta en 2008: Viaje alucinante al fondo de la mente (Ken Russell, 1980)
Película clásica más decepcionante vista en 2008: El mago de Oz (Victor Fleming, 1939)
Mejor cómic: Emigrantes, de Shaun Tan (2007)
Mejor libro sobre cómics: El mundo de Mortadelo y Filemón de Miguel Fernández Soto
Mejor novela: El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza
Mejor libro sobre tv: The Writers´s Tale, por Russell T. Davies y Benjamin Cook
Mejor canción clásica descubierta en 2008: Race for the Prize de los Flaming Lips
lunes, 1 de diciembre de 2008
Terremoto en las ondas

Hablando de talibanes, la tempestuosa salida de Radio 3 por parte de Ramón Trecet ha producido entre sus fieles una conmoción equivalente a una hipotética ruptura de relaciones entre Jiménez Losantos y la COPE (no caerá esa), y entre los demás, una sensación de incredulidad como la del libro ese de Saramago donde la península ibérica se desprende del continente y se va por el océano flotando.
Tenía pendiente desde septiembre escribir algo sobre la nueva programación de la emisora que ahora dirigen dos de mis locutores favoritos, Lara López y Diego Manrique. Una nueva etapa llena de promesas de renovación casi en plan Obama (son gente de la casa, comprometidos con su futuro, que lo sabe todo sobre radio y sobre música), en la que el éxito más notable ha sido la impresión de sinergia que se ha apoderado de la parrilla, una sensación de equipo en el que todos reman en la misma dirección en lugar de jugar a los francotiradores, conseguida gracias a recursos tan simples de polinización como cuñas cruzadas, microespacios en programas ajenos y elementales muestras de cortesía tales como anunciar el programa que viene a continuación.
Y en estas va y resulta que el viejo Trecet, casi 40 años en RTVE, 22 haciendo Diálogos 3, denuncia en una entrevista en El Mundo que se marcha, que la nueva direccion le hacía mobbing y no ha parado hasta echarle. Shock y horror. Desde RNE3 contestan que de mobbing nada, que seguían contando con él y que se ha ido porque le ha dado la gana y porque por lo visto tiene una oferta de una radio privada (Radio Marca, donde ya venía colaborando en labores deportivas).
Los fans de Trecet (y tiene muchos, posiblemente era el programa de más exito de la emisora, y seguramente menos por la música que por el peculiar registro mesiánico de su responsable, siempre predicando la muerte del rock y su sustitución, unos meses, por el folk irlandés, otros por sintesistas europeos y de vez en cuando por un escuadrón de vocalistas griegas con tecladillos Casio), le creen a él, evidentemente , y entienden esto como el ultimo eslabón de la destrucción sistemática de la cadena tras las prejubilaciones de tantos profesionales históricos a causa del ERE de RTVE . Dichos fans suelen terminar jurando que no volverán a sintonizar Radio 3 en la puta vida.
No digo yo que no pueda haber un mínimo porcentaje de verdad en la versión de Trecet (no hay peor cuña que la de la misma madera, y las rencillas personales entre los viejos de la radio pública son legendarias) pero me acuerdo de cuando el año pasado, en lo peor de la escabechina (mientras caían Antonio Fernández, Faraco, Iñaki Peña o Chema Rey), Trecet tranquilizaba a sus oyentes explicando plácidamente que todo el que se había ido era porque había querido y que allí no se estaba echando a nadie (toda una exhibición de compañerismo y capacidad de empatía) para pasar sin solución de continuidad a insistir en que lo importante era mejorar el tema de internet en la emisora. Qué lástima que se marche ahora que en la nueva version de la web de Radio 3 cada programa (incluído el suyo, ya difunto) tiene su propia página y su archivo diario de podcast descargables, precisamente ahora que la cenicienta de RNE ha entrado por fin el siglo XXI.
La nueva programación de Radio 3 ha ampliado la gama de géneros musicales (heavy, música francesa, más espacio para las músicas latinas), ha triunfado con varios experimentos interesantes (Melodias pizarras, Sonideros), ha reforzados los espacios contenedores poniendo al frente a algunos de sus locutores más capaces (Marta Echeverría por la mañana, Santiago Alcanda por la tarde) y en general ha hecho una reasignación bastante inteligente de los recursos disponibles. Muchos se han quejado de la proliferación de magacines progres con reportajes sobre asuntos culturales y sociales (la eterna polémica sobre la emisora debe o no ser algo más que pura musica) pero en los 16 años que llevo escuchando Radio 3 nunca había habido a diario tantísima música en directo y un información musical tan exhaustiva. Yo también echaré de menos a Ramón Trecet, aunque sólo sea para poder llevarme las manos a la cabeza con sus burradas de cuando en cuando. Ha sido un tío importante en lo suyo, un gran divulgador de músicas minoritarias que gracias a su entusiasmo han pasado a serlo mucho menos, pero se había convertido un dogmatico engreído cada vez más encantado con sus filias y sus fobias, cuya presencia en antena lo más que aportaba últimamente era puro morbo. En este caso su marcha, más que una tragedia cultural, es simple ley de vida. Como dijo Juan Suárez el día que heredó su horario, El rey ha muerto, ¡viva el rey!.
jueves, 18 de septiembre de 2008
Una canción por la que matar

¡Otro gran éxito para España! Concretamente (si es que es preciso entrar en detalles) para Tomás Fernando Flores y su programa Siglo XXI en Radio 3, que desde el viernes pasado ha puesto a hervir internet (por lo menos la parte tomada por los fans de James Bond, un puñado de anglosajones escuchando una y otra vez como monos furiosos un fragmento del programa colgado en la red) al destapar antes que nadie (quien sabe a través de qué extraños contactos internacionales: en comparación, los de la BBC no se han hecho con ella hasta hoy mismo) uno de los secretos mejor guardados de la próxima entrega de las aventuras del famoso asesino de morro fino al servicio de su majestad: el tema de Jack White, de los White Stripes, cantando a dúo con Alicia Keys, para los títulos de crédito de Quantum of Solace.
De momento los interesados la pueden escuchar, por ejemplo, a partir del minuto 1´51 del podcast de Siglo XXI del lunes 16. Es una marcianada magnífica que irradia energía a chorros y para los fetichistas estas historias vendrá cargada de polémica porque es la ruptura de estilo más bestia desde que en 1970 Paul McCartney compuso Live and Let Die. Lo que pasa es que me cuesta bastante imaginar al intenso Daniel Craig pegando tiros con semejante sintonía (como decía uno en los foros de Commanderbond.net, Another Way to Die sería un tema ideal para alguna película perdida de Roger Moore en torno a 1978). Veremos qué tal funciona…
ACTUALIZACIÓN: La canción ha sido retirada del podcast del lunes 16 "debido a problemas con la discográfica de Jack White". El señor nos lo da y el señor nos lo quita pero el daño ya está hecho.
domingo, 29 de junio de 2008
Bob Dylan: bueno en directo

Si Bob Dylan (constantemente en gira desde mediados de los 90 cual holandés errante con su Neverending Tour) pasa algún día por tu ciudad y te sobran cincuenta eurazos, más te vale rascarte el bolsillo y acercarte a verlo, al menos si todos sus conciertos son la mitad de extraordinarios que el que dio el martes 24 en Pamplona. Me avergüenzo públicamente de haber dudado de él prestando oídos a tantos que ponen a caldo sus directos pero la verdad es que ni nosotros ni nadie teníamos mucha idea de qué es lo que íbamos a encontrarnos cuando saliera a escena el tío más escurridizo de la historia de la música popular...
Qué poco se parece en esto Dylan a su casi coetáneo Neil Young. Veo (grabada, saltándome implacable los cortes publicitarios y las paridas de unos comentaristas indignos de una tele pública) la actuación de Young en ese engendro de Frankenstein llamado Rock in Rio (de todos los conciertos a los que no iré este verano es el que más me duele haberme perdido junto con el atraco a mano armada de Tom Waits en el Kursaal de San Sebastián). A Neil le he escuchado montones de veces en directo (siempre grabado) y con 62 años, medio calvo y fondón y esa pinta de camionero, el tío suena prácticamente igual que a los 30 (si acaso algo más afilado ahora, un matiz más radical), hasta el punto de que si te quedas tan sólo el audio sería casi imposible fechar el concierto salvo por los temas más recientes, alternando como ha hecho siempre las canciones acústicas de raíz folk con la distorsión guitarrera más salvaje. Neil Young es una roca, una constante del universo, un centro de gravedad permanente, un genuino héroe del rock orgulloso eternamente fiel a sí mismo al que cada nueva generación vuelve a descubrir con asombro (padre del grunge, lo llamaban, y ahí sigue todavía salvando festivales cuando del grunge no quedan ni los huesos).
Bob Dylan, en cambio, hace muchos años que se quitó de todo esto. El profeta de la contracultura, el mesias del blues de la Revolución, el artista que encarnaba la voz de los tiempos del cambio con sus canciones incendiarias llenas de metáforas cegadoras, siempre se resistió a cumplir con el papel de gurú, a ejercer de bandera de enganche, a meterse en guerras ideológicas o lanzar sermones de la montaña. Era un genio, sin duda, ambicioso y egocéntrico como otros muchos con una fracción de su talento, pero también un tipo muy privado y demasiado joven sometido a una presión insoportable. Dylan era el Brian Cohen de la película de los Monty Python, rodeado de una horda de seguidores infatigables empeñados en hacer de él su mesías y que no aceptaban un no por respuesta.
Así que Dylan tuvo que esforzarse al máximo en romperles los esquemas para matar al mito: traicionó a los folkies de la canción protesta pasándose a la guitarra eléctrica y a los rockeros pasándose al gospel en su periodo cristiano. Sus fans se quejan amargamente de la manera en que (al contrario que Young) destroza sus viejas canciones en directo (las descompone y rehace de cabo a rabo) y sus muy elogiados tres últimos discos van en una onda más bien plácida de blues y country. En I´m not there (película sobre su vida aún pendiente de estreno por aquí) el director Todd Haynes utiliza a seis actores para intentar aproximarse a una personalidad inabarcable, misteriosa y contradictoria (entre ellos Richard Gere, Heath Ledger, Christian Bale, un chavalín negro y Cate Blanchett). ¿Cuál de todos esos Dylan sería el que venía de gira?
Parte del público, evidentemente, esperaba una figura del museo de cera haciendo un playback de viejos discos de vinilo cubiertos de polvo. El que apareció fue un maestro con un dominio brutal de su arte, rodeado de varios de los mejores músicos que haya oido en la vida, bien dispuesto a complacer a la audiencia pero en sus propios términos. Con Dylan a los teclados, con su voz ronca pero feroz, venía un verdadero supergrupo de Rythm & Blues para interpretar una versión salvaje, desatada y festiva del sonido de sus últimos discos que nos tuvo a los de las primeras filas saltando y brincando buena parte del concierto (¡bailando con Bob Dylan!).
Desde este estilo principal (de eficacia irresistible para el directo) la banda hizo constantes incursiones a otros palos (como las fases del embrión que atraviesan toda la historia de la evolución, en este caso de la evolución de Dylan): folk, country, blues de Nueva Orleans y también rock (con armónica y todo, como en sus buenos tiempos). Pasó más de una hora antes de que llegara a reconocer una canción (pese a que por lo visto entre tanto había tocado clásicas como Masters of War) y me dio exactamente lo mismo porque era como si cada tema lo estuviera estrenando en primicia en aquel instante. Al día siguiente en los medios locales casi todo eran quejas entre nuestra élite intelectual sobre cómo no había saludado, que el gasto no valía la pena y que más bien había sido un coñazo y pasar calor, pero yo estaba allí y pude ver al público aplaudiendo enfervorizado y un saludo final de la banda entre aclamaciones en el que a Dylan se le vió casi a punto de soltar la lagrimilla.
Pero, aunque absurda, casi se agradece la polémica posterior: en un tío con un historial tan controvertido como el suyo, las protestas de los carrozas descontentos son como un eco lejano de todas aquellas batallas ganadas contra el peso asfixiante del mito. Ya dijo aquél que la historia se repite primero como tragedia y después como farsa, y está visto que entre las 5.000 personas que asistieron a nuestro concierto hay unos cuantos que nunca pieden ocasión de hacer el ganso.
domingo, 22 de junio de 2008
Andrés, el cantante

Andrés Calamaro, con su traje impecable y sus gafas de sol de medianoche, se mueve y suda bajo los focos con los gestos espasmódicos de un James Brown con artrosis o un Chiquito de la Calzada de ensortijada melena. En un momento dado está claro que le posee el espíritu de Mick Jagger, pero sospecho que el resto del tiempo este Calamaro tan teatral, en la cima de sus poderes, lejos de imitar a nadie en concreto (¿Elvis? ¿Jim Morrison? ¿Raphael? ¿Manolo Escobar?), interpreta para nosotros un arquetipo, la personificación en carne mortal del Cantante.
El kamikaze lanzado en barrena por la pendiente de la autodestrucción artística y personal de mediados de los 90 parece haber recuperado plenamente el equilibrio (La lengua popular es un disco feliz -y bueno a pesar de ello) y para su primera gira en solitario en casi 10 años (tras el precalentamiento del pasado verano junto a Fito y los Fitipaldis), Calamaro se ha metido con celo inusitado en su papel de profesional de la canción; imbuído de aquella ética del trabajo sobre el escenario que proclamaba Neil Young en Ten Men Workin´, el argentino cumple con casi tres horas de actuación deslumbrante (prácticamente sin pausa entre tema y tema) regalando al respetable una exhibición brutal de maestría musical y de facultades vocales francamente pasmosas. Al día siguiente él mismo escribe en su blog que el concierto del 16 de junio en Pamplona probablemente sea “uno de los mejores de su vida”. ¡Vaya!
Lo mismo podríamos decir nosotros... Por aquí no estamos acostumbrados a semejante espectáculo de luces, a un muro de sonido tan tremendo ni a invitados de tanto lustre como Jaime Urrutia o el Niño Josele (con el que Calamaro se marca unos interludios tangueros como para poner la piel de gallina). Y lo fundamental, pocos repertorios de canciones en castellano habrá a la altura del de Calamaro (y tocan más de treinta: El salmón, Los chicos, Clonazepán y circo, El día de la mujer mundial, Los aviones, Estadio Azteca, Crímenes perfectos, Flaca...) y esta noche, con la ayuda a los coros de 4.000 espontáneos, han sonado mejor que nunca.
Crónicas y muchas fotos del concierto en Camisetas para todos.com (página no oficial de Calamaro).
La versión del artista:
http://www.calamaro.com/ac/ac.asp
Anoche tocamos en Pamplona, con frio y con gloria ..
Vino Jaime y vino Niño Josele y tocamos (cantamos) todo lo que podemos dar de nosotros ... Lo senti buenisimo y tenia caudales de pirotecnia vocal, ademas tocar rodeado de cracks es un lujo y mayor motivo para intentar cantar animalizado.
Ideal el final del principio ... (del tour por la peninsula y las islas, las españas) probablemente, uno de los mejores conciertos de mi vida !!
lunes, 9 de junio de 2008
Días de promoción

Hace tres semanas que uno no puede dar una patada a una piedra sin encontrarse debajo a Amaral. Que si entrevistas en la radio (hasta aquí normal), que si reportajes en Informe semanal opinando de la Expo Zaragoza, que si la portada de un suplemento dominical monográfico sobre la Eurocopa… Pero para marcianada su aparición del pasado miércoles en Muchachada Nuí (TVE2, 23.30) saliendo del gorro de Enjuto Mojamuto para interpretar un sketch sobre cómo Eva no para de chupar cámara y eclipsa a Juan allá donde va (que sí, que tuvo su gracia, pero ese no es el tema y tal).
No quiero pensar mal, a lo mejor no es más que una avalancha espontánea y nada más natural que cuando unos artistas tan carismáticos salen de promoción, el mundo entero se empeñe en contar con ellos y los lleven a todas partes por si se les pega algo… Mas en el remoto caso de que alguna multinacional discográfica ande por ahí repartiendo vagonetas de dinero como en los mejores tiempos de la industria para conseguirle al dúo superventas aún más exposición mediática o product placement (qué se yo, inaugurando un pantano o tirándole de los pelos a Ana Obregón en Donde estás corazón), casi mejor que vaya parando ya porque es muy posible que la estrategia sea contraproducente y más de uno les acabe cogiendo manía. Que los que íbamos a comprar Gato negro, Dragón rojo lo hemos comprado ya y los que no, pues ya irán escuchando los singles en la radio y si les gusta ya se lo bajarán de internet si acaso (o igual hasta un día hacen un dispendio y lo compran para regalo). Que el disco es muy bueno, caramba, que no hace falta ir empujando.
martes, 3 de junio de 2008
L´animale scénico

El artista y su banda salen al escenario entre los aplausos de rigor. El digno caballero de pelo gris, perfctamente trajeado al estilo catedrático de humanidades, se repantinga junto a una mesita baja y un vaso de agua y, como si estuviera en el salón de su casa, comienza a cantar seguido del pianista. Así de entrada este concierto del sábado 11 de mayo en el Kursaal no promete ser muy dinámico; falsa impresión: a Franco Battiato le encanta jugar al despiste…
Este cantante y compositor siciliano de sesenta y tres años con un carisma que desborda en varias tallas el tamaño de su nariz, apocalíptico, irónico, romántico, intelectual del pop, pionero del sincretismo multicultural y autor de óperas, daba en San Sebastián el segundo de los conciertos de su minigira española de 2008. Para muchos apenas un recuerdo exótico perdido en el naufragio de los 80 (cuando arrasó por estas tierras con éxitos doblados al castellano como Nómadas, Yo quiero verte danzar o Centro de gravedad permanente), los medios madrileños (y por consiguiente nacionales) volvían a descubrirle el verano pasado dedicándole entusiásticos artículos en prensa y reportajes en los telediarios con motivo de su actuación en la capital para presentar su disco de 2007. Y por la forma en la que hablaban de él cualquiera diría que se había pasado veinte años escondido en una cueva cuando lo cierto es que Battiato, convertido entre nosotros en artista de culto (bien sea por dejadez de su discográfica, bien por el absoluto desprecio de las radios comerciales hacia cualquier cantante internacional no anglosajón que no tenga cuerpo de modelo de lencería, bien por falta de insistencia del propio Battiato en grabar en castellano), no ha parado de evolucionar y de sacar discos (y últimamente, hasta películas).
Pero admitamos que muchos de los que han acudido a verle al auditorio donostiarra (lleno total, media de edad rondando la cuarentena con amplias excepciones por arriba y por abajo) no habrán escuchado ni Il Vuoto (El vacío) ni Dieci Stratagemi, ni Ferro Batutto... Ellos están aquí por la cosa nostálgica como podrían haber venido a ver al Dúo Dinámico (dios los tenga en su gloria). Y vale que los artistas veteranos están obligados a mantener cierta deferencia con sus seguidores más carrozas pero este señor mayor no está mucho por la labor de entregarse a la nostalgia… Battiato se ha traído para acompañarle a dos grupos veinteañeros de rock italiano, unos tales FSC (núcleo duro que permanece constantemente en escena salvo en los temas bucólicos donde cobran protagonismo el pianista y el sintesista, dos caballeros ya más cercanos a la edad del titular) y MAB, grupo heavy gótico de chicas con pelos de loca y ojeras al estilo Helena Bonham-Carter vestidas de ninfas de los bosques, que intervienen en momentos puntuales como refuerzo en las guitarras y las voces (y qué pedazo de voz la de la jefa); entre todos organizan una tormenta eléctrica tan demoledora que tiene que aplastar contra el respaldo de la butaca a los que sólo habían venido a por baladas.
Con una puesta en escena de lo más sobria (tan solo un juego de luces y un fondo iluminado de azul que se va oscureciendo conforme avanza la noche), aquí el espectáculo lo ponen los músicos y sus evoluciones sobre las tablas. Battiato, el anti Mick Jagger (para que podamos comparar no se olvida de cantarnos su fantástica versión de Ruby Tuesday, la misma que Alfonso Cuarón metió en la banda sonora de Hijos de los hombres), se levanta, se sienta, baila sin despeinarse de una a otra punta, dirige por señas al grupo, emplea dos micrófonos a la vez (uno ecualizado con efecto), cambia constantemente de atmósfera, de ritmo y de idioma (hace tres temas en castellano pero se le olvida la letra de Nómadas y salta sobre la marcha al italiano). En un momento dado sale también al escenario su viejo compinche y colaborador en las letras, el filósofo Manlio Sgalambro, quien nos recita un texto (subtitulado) sobre Sicilia que, como todas las islas, tiene la vocación inevitable de hundirse en el mar. A continuación Sgalambro se pone a cantar una traducción al italiano de The Galaxy Song (por Eric Idle y John Du Prez), famoso tema de la banda sonora de El sentido de la vida de los Monty Python. Como contraste al cachondeo, sobrecoge la interpretación de Battiato, acompañado tan solo del piano, de Mi povera patria, la canción que a mediados de los 80 dedicó a la podredumbre política italiana; cuando dice eso de “no, no cambiará /Sí cambiará, seguro que cambiará”, el grito forzado de optimismo suena todavía menos convincente hoy día que cuando la escribió (y lo peor es que parece contagioso).
Hubo un tiempo, antes de llegar a verlo en carne mortal por primera vez, que al escuchar las extrañas letras de Battiato dudaba entre considerarlo un iluminado erudito y quijotesco o un siciliano con mucha coña. Cuando lo ves en directo ya no cabe ninguna duda, el tío es un cachondo mental que se lo pasa en grande con su público... A nuestro alrededor muchos que se saben las letras en italiano (sobre todo chicas jóvenes) se desgañitan acompañando a grito pelado al maestro (salvo - constato malicioso- en los temas del último disco; pero apenas da tiempo a encajar cuatro temas de Il Vuoto entre un repertorio tan extenso que incluye tanta parada obligatoria). Con toda la audiencia entregada puesta en pié y dando palmas, el cantante se retira con un apabullante medley-repaso del resto de sus clásicas para que ninguno se quede con las ganas. “Si no ha dejado nada para los bises”, pienso yo estúpidamente. Qué va, aún le faltaba, sin ir más lejos, L´Animale (una de las más grandes, y muy graciosa además).
Y fin: los músicos saludan, se despiden, nos encienden las luces, el publico se levanta, comienza a abandonar el recinto, y entonces ocurre un fenómeno insólito: un minúsculo sector de irreductibles (para ser más específicos, Eduardo, Jesús, Luis y Óscar) se niegan a darse por enterados de la indirecta, siguen aplaudiendo y pidiendo otra y otra, y poco a poco otros se les unen permaneciendo en las butacas hasta que al grupo no le queda otra que volver a salir (es el bis más peleado que he visto en la vida). Vale la pena por dos temas más, y a continuación los del Kursaal, además de las luces, ya nos conectan hasta el hilo musical y sólo les falta rociarnos con las mangueras.
En la puerta un grupo de fans a la caza de autógrafos espera ilusionado la salida del maestro pero se llevan un chasco, ha debido marcharse nada más terminar. Queda el testimono material de unos cuantos minivideos colgados en Youtube, pero los del concierto de Donosti se ven de culo y/o se oyen fatal; acéptese en plan compromiso este trocillo de su actuación tres días después en Burjassot, Valencia…
sábado, 3 de mayo de 2008
Historia viviente

Que no os engañen sus canas, sus gafas de pasta ni su imparable verborrea de simpático abuelete italoamericano: Martin Scorsese es un rockero de corazón (y que ahí donde le veis, en sus buenos tiempos llegó a meterse en el cuerpo tanta mierda como el mismísimo Eric Clapton). En 1973 el neoyorkino revolucionaba con Malas calles el concepto de banda sonora entrelazando canciones contemporáneas con el ritmo y la atmósfera de cada escena, y ya por entonces incluyó en ella dos temas de los Rolling Stones (que nunca habían sonado mejor).
Fan del grupo desde siempre, Scorsese cuenta que toda su vida había querido rodar Shine a light, que él ya la había hecho en su cabeza hace cuarenta años aunque sólo ahora haya podido concretarla y capturarlos en vivo. Pero la película que él imaginó en su día y la que nos llega ahora no pueden ser realmente la misma por mucho que compartan el mismo objeto; ni él es ya aquel joven director anfetamínico, ni es el mismo el (espectacular) despliegue de medios a su alcance, ni (sobre todo) significa lo mismo el mito de los Stones en 2008 que lo que podía representar en 1970 (cuando, por cierto, algunos los daban ya por acabados).
El tiempo, que ha afilado los rasgos de sus componentes, ha suavizado en cambio las aristas de la banda hasta convertirla en una institución de lo más respetable (como el propio Sir Mick), un espectáculo con sexo, droga y rock´n roll para toda la familia, abuelitas incluidas, y si no no hay más que verles recibiendo antes del concierto con profesionalidad exquisita a la madre de Hillary Clinton y al resto de su séquito sin dejar traslucir en absoluto el menor resquicio de irreverencia o descojone (al saludar a esa señora que en los 60 probablemente les hubiera atizado con el bolso; ¿qué piensan realmente de semejante circo? Imposible penetrar bajo la coraza).
Los Stones, aunque no la banda de rock más longeva en activo, es desde luego la más famosa y la que más directamente ha tenido que bregar con esa peliaguda cuestión que los músicos de géneros nacidos antes del siglo XX han resuelto hace tiempo: ¿cómo debe envejecer sobre el escenario una estrella de rock? Su respuesta (pese a las arrugas que convierten sus rostros en un estudio de las edades del hombre digno de Da Vinci) sigue siendo no darse por enterados... Mick Jagger juega todavía bajo los focos a ser el mismo chico malo, escandaloso y provocador que rivalizaba en titulares con los Beatles, moviéndose, saltando y bailando a sus sesenta y cuatro años como un verdadero demonio, en una demostración de energía tan antinatural que obliga a pensar que tiene que haber vendido su alma a cambio como poco. Sus compañeros se lo toman con más calma y se limitan a tocar con una eficacia impropia de su frágil apariencia, Keith Richards sacando partido irónico a su propia decrepitud de bucanero zombi del Caribe, Ron Wood manteniéndose en el discreto segundo plano que le corresponde como novato (sólo lleva treinta años con ellos), y Charlie Watts viéndolo todo y no diciendo nada tras su batería con la mirada perpleja de un jazzman millonario todavía sorprendido de seguir atrapado con el resto en esa burbuja eterna de tiempo plastificado. La música, una mezcla del repertorio más obvio con temas menos conocidos, suena poderosa pero extrañamente desconectada de unos intérpretes que llevan toda su vida tocándola y que tan poco tienen ya en común con aquellos chavales que la crearon. Es una impresión subjetiva pero las canciones de los Rolling Stones 2007, salvo en momentos puntuales, apenas me transmiten otra cosa que su voluntad de sobrevivir a toda costa, y la extraordinaria disciplina a la que se someten para seguir siendo la misma banda que siempre han sido (y ese distanciamiento no lo rompe la cámara por muy en medio del meollo que se meta).
El documental es, en un 80%, un concierto filmado con verdadero alarde de virtuosismo, cantidad de cámaras moviéndose entre los músicos como si fueran invisibles, fantásticamente fotografiado y montado, a lo que se añade un breve making of inicial (donde podemos ver otra vez a Scorsese repitiendo su aclamado personaje del spot de Freixenet) y breves insertos de entrevistas de archivo de la banda para dar alguna perspectiva sobre de dónde vienen y hacia donde van (que a estas alturas ya no puede ser muy lejos). Algún dia la última gira de los Stones será la última de verdad y la película de Scorsese quedará como un valioso testimonio, lo más parecido a un simulacro perfecto de lo que fue su última época. De ella han dicho que es superficial, un ejercicio de estilo que no termina de emocionar, pero para mí que ha captado perfectamente la esencia actual del grupo y si de algo peca es de un exceso de respeto y objetividad; me quedo con las ganas de saber qué es lo que piensa realmente Scorsese hoy día sobre ellos y qué conclusiones ha sacado al respecto.












