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lunes, 16 de mayo de 2011

Homenaje

Una vieja historieta que acabo de remasterizar. Vale que no tiene mucha gracia pero es lo mejor que tenía para homenajear al protagonista...

sábado, 14 de noviembre de 2009

La españolada orgullosa


Se muere Jose Luís López Vázquez y en la radio Julia Otero recuerda que el gran cómico fue la primera persona a la que entrevistó en su vida (él se lo tomó a broma: “Pues qué mala suerte para los dos"). Julia llama a Alex de la Iglesia, flamante presidente de la Academia de Cine, para que haga un panegírico sobre el difunto y la cosa, incomprensiblemente, acaba como el rosario de la aurora...

Alex suena muy afectado (era uno de sus ídolos, le había tratado personalmente...) o quizá es simple cansancio del pluriempleo, en cualquier caso aparece muy susceptible y cuando Julia comenta que López Vázquez hizo grandes películas pero que incluso en las más cutres estuvo siempre espléndido, él salta como un fiera: Que qué es eso de llamarlas cutres, que eso son prejuicios rancios de progre, que eran películas estupendas sólo que hechas con un objetivo diferente (para entretener y divertir) y además mucho mejores que algunas que se hacen ahora. Julia, alucinando ante tanta vehemencia, le pide permiso para sostener una opinión distinta y quedan más o menos civilizadamente para discutir otro día en antena acerca de la españolada (pero, francamente, me extrañaría que le volviera a llamar).
No era el momento ni el lugar para tratar de convencer a grito pelado a una conspicua feminista como Julia Otero de las virtudes cinematográficas de aquellas historias de señores salidos y esmirriados persiguiendo nórdicas macizas; como fan de Alex desde Acción mutante a la actual segunda temporada de Plutón BRB Nero (excelente por cierto, los miércoles a las 22:50 en la 2), es la primera vez que me hace sentir vergüenza ajena. Pero incluso prescindiendo de las formas, este es un tema que a mí me viene ya tocando las narices desde que oí por primera vez a Alfredo Landa (protagonista de El crack, Los Santos inocentes o El bosque animado) reivindicar con orgullo sus años de macho ibérico durante el landismo.

Que no todo el cine tiene que ser de arte y ensayo, que las películas son muy caras y necesitan una industria viable detrás que sepa atraer al público, que está muy bien eso de conseguir que la gente se ría un rato y se olvide de sus problemas, hasta ahí todos de acuerdo. Pero si ahora resulta que la programación de Cine de barrio es el ideal platónico al que debe aspirar a regresar el cine español, pues apaga y vámonos.
El landismo y el cine de destape de los 70 tienen su explicación en su contexto histórico y en la reacción a cuatro décadas de represión franquista; algunas de aquellas cintas todavía se aguantan y tienen su gracia y su solvencia pero la mayoría (sobre todo las que coinciden con los años de la transición) son como esas obras de Fernando Vizcaíno Casas que uno se encuentra de vez en cuando criando malvas en la feria del libro antiguo, productos alimenticios oportunistas cuyos recursos erótico-festivos y chistes tipo Arévalo hoy día sólo pueden atraer a arqueologos o nostálgicos de la Falange. El umbral de tolerancia y las expectativas del público han cambiado y a los ojos de un espectador moderno el adjetivo cutre las define bastante bien: comedietas clónicas hechas como churros por cuatro perras, con guiones terribles y rodadas por directores con espíritu de funcionarios. Aquella supuesta industria del cine español, más bien aquel tinglado en manos de espabilados y facinerosos dignos de presidir un club de fútbol, un monocultivo para consumo interno atento sólo al pelotazo rápido, acabó como todas las burbujas, disolviéndose como un azucarillo al primer cambio de tendencia, dejando apenas con vida a cuatro autores francotiradores y las comedias subvencionadas.

Existe toda una gama de grises entre el producto de consumo de usar y tirar, la obra comercial bien hecha y la obra maestra incontestable, hay gente para todo y la basura de uno es el tesoro de otro, pero no son lo mismo Berlanga que Forqué ni Lazaga, ni ninguno de éstos que Mariano Ozores, como no son lo mismo Plácido, La gran familia o Atraco a las tres que Doctor, me gustan las mujeres, ¿es grave?, Zorrita Martínez o El cid cabreador (todas con López Vázquez). Y si unas y otras comparten repartos enteros no quiere decir que todas sean igual de válidas sino que todo el mundo, incluso los grandes actores, tiene que comer. Los profesionales por cuenta ajena trabajan en lo que pueden y donde les dejan sin que eso afecte a su dignidad o al respeto que se les debe, y viceversa: su mera presencia no contagia la grandeza, y si la película es pura basura y un desperdicio de talento que clama al cielo, no se va a convertir por arte de magia en El verdugo.

viernes, 3 de julio de 2009

No hay quien pueda contra la entropía


No pensaba escribir nada sobre Michael Jackson porque bastante ruido ha habido ya, pero hoy me ha dejado impresionado esa grabación en la que se le ve ensayando para su inminente reaparición en Londres.
Es el impacto de verle por última vez haciendo de Michael Jackson, pero del de verdad, del artista superdotado que recordábamos de los buenos tiempos, antes de las operaciones y los escándalos, antes de que se transformara en un nuevo fantasma de la ópera pasto de la prensa amarilla. Darse cuenta de que para él la posibilidad de redención no era tan absurda, que Jackson no era todavía ese despojo alucinado que suponíamos o nos contaban sino que estaba trabajando como un burro para volver a ser grande y pagar las facturas sin tener que pasar por el trago de morirse a cambio del reconocimiento mundial y el perdón de sus pecados reales o supuestos. A estas alturas, sin embargo, el daño era tan grande que quizá el esfuerzo acabó siendo demasiado para él. Próxima exclusiva de The Sun sobre el caso: la autopsia lo confirma, a Jacko lo mató la segunda ley de la termodinámica.

miércoles, 27 de mayo de 2009

El hombre excelente



No tenía ni idea de que Pedro Sempson había sido famoso por algo más que por ser durante once años la voz original en castellano de Charles Montgomery Burns (mientras escribo el nombre completo del personaje no puedo evitar oírle a él gritándolo con furia de maníaco senil en cualquiera de las veces en que Los Simpson clásicos parodiaron Ciudadano Kane). Yo hasta hoy no conocía ni su cara y sin embargo la Wikipedia habla de una extensa carrera en el teatro y la televisión, donde se hizo popular interpretando a uno de los tacañones en una de las primeras etapas del Un, dos, tres. La ancianidad, al menos, no era fingida: murió el pasado domingo, a los 90 años y 11 meses.


Monty Burns con la voz de Sempson (también es casualidad el apellido) fue más lunático y malvado, más viejo chocho y plutócrata despiadado que nunca; su versión tenía una vida, sustancia y humor que iba mucho más allá de una simple imitación del original, inyectándole un carisma y una humanidad que estaba a años luz de la versión americana de Harry Shearer. El señor Burns que los espectadores españoles tanto admiramos es tan obra de Sampson como de Matt Groening, John Swartzwelder o los dibujantes coreanos que lo animaban, una de las cumbres del doblaje en castellano que prestigian una profesión y la elevan a la categoría de arte.
Sempson tenía 82 años cuando se retiró del oficio y de Los Simpson; por entonces yo no tenía ni idea de que fuera tan mayor y no podía meterme en la cabeza que alguien quisiera dejar voluntariamente lo que sin duda era el mejor trabajo del mundo. Todavía hasta la película de la serie mantuve la esperanza de que volviera, de que hiciera una excepción pero no, estaba bien merecidamente jubilado. Ahora que ya no nos queda otra que seguir echándole de menos indefinidamente, me gustaría creer que durante todos esos años poniendo voz a ese grotesco mamarracho amarillo que tan raro debía resultarle, él mismo disfrutó con su trabajo al menos una milésima parte de lo que lo hicimos nosotros.

domingo, 17 de mayo de 2009

Se van los mejores


Auditorio de Barañáin, 6 de marzo de 2009, hace apenas dos meses.
El publico se inquieta porque Antonio Vega sale a actuar con media hora de retraso. Desde las filas de atrás llegan comentarios sobre un posible problema de garganta pero, cuando al final aparece sobre el escenario con toda su banda (entrando a tocar sin mayores ceremonias) no le notamos absolutamente nada. Tiene buen aspecto para ser él, voz impecable, se mueve, se comunica, nos agradece los aplausos (comenta que sin gafas no ve más allá de la primera fila). Durante toda esta gira está grabando un próximo disco en directo que dará testimonio de su lado más eléctrico y rockero, y ya iba haciendo falta: su disco más vendido hasta la fecha, el Básico para los 40 principales, ofrecía de él un perfil de cantautor ascético que eclipsaba injustamente su faceta de guitarrista excepcional. El concierto es brillante, cálido, emocionante, con versiones fenomenales de muchas de sus clásicas (Caminos infinitos, Océano de sol, Lucha de gigantes) y algunas otras mucho menos conocidas de sus primeros tiempos. Salimos felices, para nada con la sensación de haber visto a un artista en las últimas.


Ahora dicen que era inevitable, que un día u otro tenía que ocurrir, que quien mal anda mal acaba, que esto no ha sido una sorpresa. Cierto que Antonio Vega tenía adicciones peligrosas pero cuando a un artista llevan veinte años dándolo por muerto y él mientras tanto sigue a lo suyo, componiendo y actuando regularmente, al final acabas por creerle poco menos que inmune al veneno, por confiar en que todo el daño que podía hacerle se lo había hecho ya. En realidad, su muerte ha sido completamente inesperada y demasiado rápida, una supuesta neumonía que por lo visto ocultaba un cáncer de pulmón. Si hay una moraleja en este final, no me parece tan transparente como pretenden los lapidarios moralistas de guardia.

Desde la mañana del martes en que dieron la noticia, prácticamente no hice otra cosa en todo el día que seguir la programación especial de Radio 3, íntegramente dedicada a él, un auténtico velatorio en las ondas. Se abrieron teléfonos y empezó la catarata de llantos y el psicodrama colectivo. En cambio sus amigos, varios de ellos locutores de la emisora, retirados o en activo, insistían una y otra vez en desmentir la imagen pública del personaje: Antonio no era “ese chico triste y solitario” (el título del disco tributo que le hicieron hace unos años y que tanto le fastidió) sino un tío vitalista, divertido, humilde, rodeado de gente que le quería, un sujeto excepcional con un mundo interior muy especial al que no había manera de convencer de nada de lo que el no quisiera ser convencido (por ejemplo, de cambiar de estilo de vida).
La luz más brillante es la que se consume más rápido, creo que ha dicho su primo Nacho, o algo por el estilo. Ni murió rápido ni dejó el cadáver más bonito que podría haber sido, él no ha sido un James Dean o un Heath Ledger, pero hubo hasta al final algo de adolescente taciturno en Antonio Vega. Muchas de sus canciones son misteriosas y herméticas, nada más lejano a la anécdota autobiográfica o a la glorificación del propio mito (al estilo, por poner dos ejemplos, de un Sabina o un Enrique Urquijo). Llenas de paisajes mentales abstractos (científico del pop, le han llamado), sus canciones son burbujas de espacio-tiempo de paredes racionales e interior de emoción pura, cantadas con esa voz suya inconfundible, eternamente juvenil, (crispada, le he oído decir a Juan de Pablos), en las que el oyente se reconoce a un nivel profundamente visceral.
Las canciones se quedan (incluido el material inédito), y a partir de ahora hay quien va a ganar mucho dinero con ellas (los mitos muertos son siempre mucho más rentables). Dicen en Efeeme.com que el primer recopilatorio salía ya a la venta el viernes pasado. Para que luego hablen de la eficacia de la industria española.

martes, 20 de enero de 2009

Muerte antes que deshonor


Primeras lamentaciones del año para los amantes de la fantasía y la ciencia ficción: El mismo día, el 14 de enero, se anunciaba el fallecimiento de Ricardo Montalbán (88 años) y Patrick McGoohan (80), dos intérpretes hacía tiempo retirados pero ni mucho menos olvidados...
Montalbán, pionero entre los actores hispanos en Hollywood, tuvo una carrera larga, fructífera y diversa, ejerciendo de latin lover, de exótico malvado y de secundario carismático en populares series de televisión, pero a la hora de la verdad para muchos será siempre Khan Noonien Singh, el único villano que importa de la saga Star Trek, el superhombre genético y dictador de media Tierra, exiliado al espacio en animación suspendida como un nuevo Napoleón hasta el día en que fue despertado por los hombres de la Enterprise. Por su parte McGoohan, un actor magnético de personalidad apabullante, que rechazó el papel de James Bond por motivos morales y el de Gandalf el gris por motivos de salud, tenía más que asumido (y con orgullo) que pasaría a la Historia como Número 6, el espía sin nombre de El prisionero, serie que él mismo había creado, diecisiete episodios de un falso thriller empapado de surrealismo, paranoia y férrea voluntad de resistencia que se merece su propio post (lo prometo).

Unos pocos días después nos recorre un escalofrío al enterarnos de que Columbia Pictures ha adquirido en pública subasta los derechos cinematográficos de la trilogía de la Fundación de Isaac Asimov, y que a partir de 2010 la devolverá convertida en una serie de películas dirigidas por Ronald Emmerich (Stargate, Independence Day, Godzilla, El día de Mañana…).
El gran protagonista de Fundación, en una crónica que abarca más de tres siglos, no es un piloto ni un guerrero espacial sino un anciano profesor universitario que muere poco después del primer capítulo: Hari Seldon, un matemático que, en un inimaginable futuro dentro de 20.000 años, predice mediante la ciencia de la psicohistoria, y contra todas las intuiciones de sus contemporáneos, la inevitable decadencia y caída del Primer Imperio Galáctico (sinónimo durante milenios de paz y civilización para billones de seres humanos en incontables mundos) y, tras ella, una terrible edad oscura de 30.000 años. Detener la caída es imposible pero aun es factible acortar a tan solo 1.000 años esa era de barbarie, explica Seldon a los escépticos funcionarios del Imperio. Les propone establecer dos fundaciones en extremos opuestos de la galaxia, dos colonias que servirán de depósito a todo el conocimiento humano. La gente de la Primera Fundación se dedicará durante generaciones a elaborar una monumental Enciclopedia Galáctica, o al menos esa es la falsa idea con la que parten hacia el planeta Terminus. En cuanto a la Segunda Fundación, su ubicación, así como su verdadero propósito (continuar la obra de Seldon), debe ser mantenido a toda costa en secreto porque el conocimiento de las predicciones psicohistóricas afecta a su cumplimiento. Lo que sigue es una deslumbrante partida de billar cósmico, donde los paralelismos con el final del bajo Imperio Romano y los siglos posteriores no le quitan ni un ápice de grandiosidad y capacidad de fascinación a esta serie de relatos que siguen hoy tan vigentes como hace sesenta años. Determinismo contra libre albedrío, gobierno de los sabios y los más aptos o poder para el pueblo con todas las consecuencias... ¿De verdad se ha leído esto Ronald Emmerich?

sábado, 27 de septiembre de 2008

Butch Cassidy y el gran salto


La espera no ha sido muy larga desde que hace un par de meses se filtró a los medios que Paul Newman, de ochenta y tres años, padecía cáncer terminal. En ningún sentido puede decirse que la suya sea una muerte prematura, pero la desaparición de un inmortal de su categoría, uno de los verdaderamente grandes, resulta a nivel visceral un hecho inconcebible para el que no había forma de prepararse.

Newman lo tenía todo: la planta (los famosos ojos azules), el carisma, un talento y técnica extraordinarios como intérprete y un raro instinto para escoger el papel adecuado en una carrera apabullante en la que muy rara vez dio un paso en falso: El buscavidas, La leyenda del indomable, Dos hombres y un destino, El gran salto, Marcado por el odio, Harper investigador privado, La gata sobre el tejado de zinc, El juez de la horca, El golpe, Veredicto final, El color del dinero, Camino a la perdición y su último papel como voz de uno de los coches de Cars.

A caballo entre el viejo y el nuevo Hollywood, Paul Newman fue una de las mayores estrellas de los 60 y los 70, quizá la época más fructífera y libre del cine americano, pero su brillo nunca decayó y su prestigio y su leyenda no hicieron sino crecer, convirtiendo cada una de sus contadas apariciones de los últimos años en un acontecimiento glorioso. Un tío ejemplar dentro y fuera de la pantalla, elegante hasta el final.

martes, 8 de abril de 2008

El hombre que saltó milenios


Se ha muerto Charlton Heston y es como si se hubieran muerto el mismo día Harrison Ford, Mel Gibson y Arnold Schwarzenneger: Heston fue el héroe por autonomasia de los 50, 60 y primeros 70, el yanki granítico y sin dobleces, rey indiscutible del cartón piedra y el cinemascope.

A estas horas ya se me ha adelantado todo el mundo a escribir sobre él (por ejemplo, mucho mejor, Jordi Costa en El País); que si Moisés, que si el Cid, Ben-Hur, y lo de esa última aparición suya en Bowling for Columbine junto al no menos heroico documentalista Michael Moore, dándole la puntilla a un pobre viejo enfermo gracias a la magia del montaje y de la demagogia, pintándolo como un fanático sanguinario incapaz de sentir compasión por las víctimas de una matanza escolar. 84 años dan para toda una vida de contradicciones y el ultrarrepublicano defensor de las armas de sus últimos años es el mismo hombre que se manifestó en los 60 por los derechos civiles junto a Martin Luther King; supongo que en algún momento le cambió el concepto de qué significaba ser un héroe.

En cuanto al cine, aún apreciando sus trabajos históricos de los 50, mucho más interesantes me parecen sus películas posteriores, cuando sus personajes se alejaron de la santidad y se pasaron al lado de los cabronazos. Llegaban tiempos descreidos y revueltos y Heston supo dar el salto del pasado al futuro, convirtiéndose en el icono de la ciencia ficción apocalíptica: El último hombre vivo (otra versión de Soy Leyenda), Cuando el destino nos alcance o, sobre todo, El planeta de los simios, quizá la película definitiva de su género, donde el astronauta cínico y brutal de Heston representaba a la perfección al último eslabón de una civilización destinada a perecer por su propia locura.
Entre medias, otra rareza en su filmografía, ese insospechado papel de honestísimo policía mexicano teñido de moreno en Sed de mal. Charlton Heston tuvo que pelear con el estudio para que dejaran a Orson Welles dirigirla y el resultado fue la última obra maestra que Welles rodaría en Hollywood. Otros muchos, incluso supuestos admiradores de su cine, jamás echaron un cable al viejo maestro, así que algo tiene que contar en el balance.

sábado, 29 de marzo de 2008

Uno menos


Escribe hoy Manuel Rivas sobre Rafael Azcona (quien en 1999 adaptó para el cine su libro La lengua de las mariposas): “Ha sido necesario que muriera un guionista genial para que se hable bien durante unas horas del cine español. Creo que con tres o cuatro difuntos más vamos hacia una cinematografía de puta madre.” Pero qué iluso: ahora que nos falta Azcona está más claro que nunca que el cine español se va directamente a la mierda.

Ese señor tan modesto y al que le gustaba tan poco figurar ha sido durante más de medio siglo el gran genio en la sombra detras de las mejores películas de Berlanga, de Carlos Saura, de Jose Luis Cuerda, de Fernando Trueba o Jose Luis García Sánchez. ¿Qué vamos a hacer sin él? Lo mejor sería esperar a que suba el dólar, desmantelar todo el tinglado y venderle los restos a algún americano que los sepa aprovechar. ¿Qué tal una versión yanki de El verdugo con Ben Stiller de prota y Robert DeNiro en el papel de Pepe Isbert? Eso sí que sería auténtico humor negro…

En la IMDB aparecen 95 guiones escritos en todo o parte por Rafael Azcona (el último, Los girasoles ciegos, de Jose Luis García Sánchez, drama con Maribel Verdú y Javier Cámara, aún pendiente de estreno), entre ellos El pisito, El verdugo, Plácido, Ana y los lobos, La prima Angélica, La escopeta nacional, La vaquilla, El año de las luces, El bosque animado o Belle epoque. Algún día un holocausto nuclear o una epidemia de zombis en la Seguridad Social aniquilarán a todo bicho viviente en esta península y los historiadores del futuro tendrán que recurrir a esas películas para entender quienes éramos y de dónde sacábamos aquella legendaria mala leche. Porque ahí está todo, en Cervantes y en Azcona.

jueves, 20 de marzo de 2008

A.C.C. estuvo aquí


Arthur C.Clarke, el último superviviente de la era de los titanes de la ciencia ficción, moría el miércoles 19 en Sri Lanka a los 90 años. Con achaques y en silla de ruedas, pero lúcido e inquisitivo hasta el final, Clarke había manifestado más de una vez sus planes de permanecer con vida al menos hasta 2001, la fecha del cambio de milenio que él y Stanley Kubrick tanto hicieron por mitificar; se pasó de largo y aún tuvo energías para acompañarnos otro trecho por este futuro mucho más extraño y prosaico que el que él imaginó.

Una tribu protohumana despiojándose en torno a un monolito; una colonia en la luna y un hallazgo arqueológico imposible; dos astronautas en viaje hacia Saturno a merced de una computadora loca y, finalmente (o no), el siguiente paso en nuestra evolución... Salvo un poco de Julio Verne, 2001: una odisea espacial fue la primera novela de ciencia ficción que leí en mi vida y me produjo un cortocircuito neuronal del que aún me estoy recuperando. Ninguna obra de Clarke me volvió a impresionar de la misma manera (aunque por ahí le anda Cita con Rama, que David Fincher y Morgan Freeman llevan años intentando convertir en película), y mucho menos las secuelas que él mismo escribió (2010, 2061 y 3001). Por entonces no tenía ni idea de que la novela era el resultado de su colaboración con Stanley Kubrick, con quien Clarke había escrito el guión de la película a partir de su relato El centinela, y que el megalómano y huraño director le había exprimido hasta el fondo, llevándole mucho más allá de su zona de seguridad para crear poco menos que la película definitiva de ciencia ficción (la que Kubrick quería hacer). Película y novela cuentan la misma historia pero la primera es una obra poliédrica abierta a multitud de interpretaciones, plagada de connotaciones y significados posibles, una auténtica experiencia no verbal, mientras que novela, al más puro estilo Clarke, es un relato perfectamente claro, racional y lineal, y satisface unas expectativas completamente diferentes (aunque complementarias).

Clarke nunca fue un gran prosista ni un gran creador de personajes (sus criaturas tienden a ser astronautas, científicos o ingenieros supercompetentes y perfectamente intercambiables). Pero tenía una imaginación extraordinaria y una sólida formación como científico con las que, donde otros solo veían frios datos empíricos y abstrusas observaciones astronómicas, él vislumbraba aventuras en nuevos escenarios abiertos a la conquista del espíritu humano. Porque seguramente es cierto que todas las historias que valen la pena ya se han contado y solo queda repetirlas para los que han llegado tarde, no hay nada nuevo bajo el sol, dicen, pero el hecho es que nuestro sol es una estrella más bien corriente en un cielo que está lleno de ellas... Nuestra limitada inventiva tiende a poblarlas con variantes sobre lo que conocemos (hay otros mundos, pero están en este), pero los grandes autores de la ciencia ficción hard (Asimov, Heinlein, el propio Clarke) se las arreglaron a menudo para introducir algo nuevo y asombroso en la mezcla, cuestionando axiomas inamovibles, ayudándonos a asimilar la idea del cambio, a extender las fronteras de la realidad más allá del horizonte de nuestras propias narices y nuestras limitadas nociones del sentido común; exploradores del imaginario cartografiando para nosotros fenómenos y lugares incomprensibles que sabemos que están ahí fuera aunque no los vemos ni nos demos por enterados, tan empeñados como andamos en mirarnos al ombligo en esta minúscula mota de polvo al sol en un inmenso universo extraño y aparentemente vacío.

Arthur C. Clarke fue siempre un incurable optimista en cuanto a la capacidad de la ciencia para dar respuesta a cualquier problema (creencia recogida implícitamente en su famosa tercera ley de Clarke: “cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”). Hoy día, cuando las promesas de ayuda de la ciencia y la tecnología a menudo casi dan más miedo que el problema que pretenden resolver (como un fontanero chapuzas que por cada agujero que tapa te abre dos más), cuando paradójicamente vivimos inmersos en un presente hipertecnológico con wifi, iphone, terapias genéticas y coches que aparcan solos, la ciencia ficción al estilo Clarke está prácticamente extinta y la única variedad que encuentra eco popular es la del escenario apocalíptico; más que a maravillarnos con el futuro, a lo más que aspiramos es a quedarnos como estamos. ¿Será una fase?

viernes, 25 de enero de 2008

Lo de Heath Ledger

“En caso de muerte de famoso por ingestión de narcóticos, pulse 1.” Y salta la respuesta pregrabada y todos los medios aplican inmediatamente la misma plantilla, la de joven estrella que lo tiene todo muere porque en el fondo es un imbécil desgraciado y vicioso. Da igual el sujeto, sus circunstancias o incluso los propios hechos que aún faltan por conocer, solo importa su valor como historia ejemplar; se diría que algunos encuentran reconfortante airear a la primera de cambio el cuento del jovenzuelo que vive deprisa y deja un bonito cadaver.

Quién podía imaginar cuando Christopher Nolan le dio el papel del Joker en The Dark Knight (no sin polémica, pasando por encima de los favoritos habituales especializados en torturados y siniestros; demasiado guapo, demasiado cachas, demasiado sano y buena gente), que ese personaje tan distinto a todo lo que había hecho iba a ser el último que haría. Con el Joker Ledger estaba a punto de saltar a otro nivel, a donde no se atrevió a llegar ninguno de los actores con los que solían compararle (Robert Redford, por ejemplo, sobre todo después de Brokeback Mountain). Tenía planes para dirigir, decenas de películas por hacer, tenía una carrera fabulosa por delante. El tío iba a ser grande, es otra vez la historia de Jeff Buckley.

Y ahora tenemos a los buitres constructores de leyendas negras trabajando a destajo para construirle la suya. Que si depresión por un divorcio reciente, que si se le había metido en el cuerpo la sombra del Joker (como si el Joker fuera el Coronel Kurtz de Apocalypse Now, que es un puto supervillano de comic, joder). Qué terrible decepción si dentro de unos días se determinara que fue una sobredosis accidental, que Ledger no quería matarse, que le podría haber pasado a cualquiera aunque no fuera un famoso actor australiano de 28 años.

De los actores al final lo único que nos llega es su imagen pública, su trabajo y la película que nosotros mismos nos montamos sobre ellos con fragmentos de entrevistas, algún reportaje y las cuatro chorradas que se publican. Ledger parecía un tío simpático con la cabeza bien amueblada, de quien sabemos que deja una hija, padres y cantidad de amigos y parientes que lo conocieron y le echarán de menos como ser humano. Pienso en cómo tendrá el cuerpo Christopher Nolan mientras monta la película con su interpretación póstuma. Peor aún, pienso en Terry Gilliam, con el que Ledger había hecho amistad rodando Los hermanos Grimm y con quien estaba haciendo El imaginario del Doctor Parnassus (apenas se ha mencionado en las crónicas y casi mejor, Gilliam no necesita más ayuda para alimentar su propia leyenda negra), una película pequeñita en la que Ledger era el pez gordo de un reparto en el que le acompañaban Christopher Plummer y Tom Waits. Me pone los pelos de punta recordar el chiste que hice hace un par de meses sobre la mala suerte de Gilliam y cómo ninguna película suya estaba segura hasta el día del estreno: de momento el rodaje se ha cancelado y las compañías de seguros dirán que pasa con ella. Pero tranquilos, la peli de Batman está a salvo y en ella Ledger, tal como llevan meses prometiéndonos, estará fenomenal. Ficciones dentro de ficciones, relatos diversos con los que pasamos el rato.

jueves, 4 de octubre de 2007

Miss Inglaterra


Era nacida en Canada aunque en aquellos tiempos todo era un poco lo mismo, todos leales súbditos de su graciosa Majestad… Lois Maxwell, la genuina señorita Moneypenny, murió el sábado 29 a los 80 años. No es mi intención convertir este blog en una página de necrológicas pero hay gente a la que no se le puede dejar marchar sin presentarles un respeto...

Maxwell, nacida Hooker, se escapó de casa con 15 años para alistarse (mintiendo sobre su edad) en la Segunda Guerra Mundial, donde la asignaron a la división de entretenimiento, girando por toda Europa cantando y bailando para entretener a las tropas hasta que se enteraron de su verdadera edad y tuvo que matricularse en la Royal Academy of Dramatic Arts para evitar la deportación (donde conoció a su futuro compañero de trabajo Roger Moore). Su incursión en Hollywood comenzó fuerte, ganando un Globo de oro en 1947 por una peli con Shirley Temple, pero su carrera no terminaba de cuajar y acabó volviendo a Europa para seguir combinando pequeños papeles en cine y apariciones en televisión...

(fuente: la wikipedia, como siempre; para qué contrastar).

Hasta que en 1962 le dieron a elegir entre dos personajes (ambos igual de cortos) en Doctor No, una pequeña película de espías demasiado ambiciosa para lo ajustado de su presupuesto: uno era el primero de los múltiples ligues del héroe; el otro, la secretaria de su jefe. Lois Maxwell eligió bien y durante 23 años y 14 películas pudo ir juntando un capitalito (no tanto al principio, hasta que se plantó y exigió un aumento) gracias a ese personaje sin nombre de pila ni otro interés o afición conocida que flirtear castamente con James Bond y fingir que no se daba cuenta de cómo su cara iba cambiando, de Sean Connery a George Lazanby, y luego a Roger Moore.

Su personaje y el de venerable Desmond Llewelyn nunca fueron exactamente un desafío para las dotes interpretativas de ninguno, y acabaron degenerando en un simple sketch recurrente, recreando una y otra vez la misma escena con pequeñas variaciones, pasos obligados del ritual de las aventuras de 007. La dependencia de las películas de James Bond de su familia de secundarios empezó seguramente como una forma de sobrecompensación, un cordón de seguridad ante el trauma de sustituir a un actor principal al que todos suponían insustituible- M (el jefe), Q (el viejo de los inventos) y Moneypenny (la secretaria) se convirtieron en los guardianes de la continuidad de la serie, arropando al novato con escenas y diálogos casi calcados de películas anteriores. Para cuando Moore se hizo con el papel a los ojos del público, ya era demasiado tarde, la rutina se había apoderado de la saga.

Maxwell y Moore se retiraron juntos en Panorama para Matar (1985), porque para aquellas alturas sus rutinarias picardías parecían ya diálogos grabados en alguna excursión del IMSERSO, pero el cambio no rejuveneció al personaje sino que acabó de matarlo: ninguna de las sucesivas y nuevamente lozanas Moneypennys (Caroline Bliss y Samantha Bond) llegó a hacer sombra a la original porque esa ridícula relación platónica, sostenida en forma de astracanada desde los 70 por la pura fuerza de la costumbre y del carisma y la química entre ambos actores, resultó imposible de actualizar sin sonrojo a una dinámica contemporánea (esa Moneypenny amenazando constantemente a Bond con denunciarle por acoso sexual...).

La Moneypenny clásica de Lois Maxwell era esa buena chica inglesa, convencional y respetable, siempre a la sombra de tanta femme fatal y damisela en apuros que pasaba por la serie sin dejar rastro, al principio con unas gotitas de Agua de Edipo que convertían en intocable a la secre del jefe (a su vez sustituto del padre), y al final la vieja tía simpática siempre de parte del consentido de su sobrino tan viejo como ella; en esa oficina del gobierno donde 007 no hacía otra cosa que recibir broncas, Miss Moneypenny era a todos los efectos el rostro amable de Inglaterra (y ya se veía en V de Vendetta que ese no es un puesto que pueda cubrir cualquiera).

La era de James Bond el cliché con patas, el muñeco articulado con pajarita y respuestas pregrabadas, llegó a su fin con el advenimiento de San Daniel Craig. Casino Royale fue la primera película de la serie que prescindía de Miss Moneypenny (y Barbara Broccoli ha manifestado su intención de que la próxima siga por el mismo camino). Aún así, a Lois Maxwell le gustó, aunque la encontró demasiado violenta.


viernes, 14 de septiembre de 2007

Malos como los de antes

Ya ha salido en todas partes y ahora también aquí: se ha muerto de causas nonagenarias Jane Wyman, famosa en el mundo entero por su papel de Angela Channing en Falcon Crest, la serie con la que aprendí todo cuanto sé de vinos; Flashback a mí mismo tan ricamente a los diez años, maleándome a la hora de la siesta con un equivalente ficticio de Aquí hay tomate como si fuera El Equipo A o El coche fantástico, admirado de cuanta mala leche le podía caber en el cuerpo a una señora tan pequeñita y que sonreía tanto. Quizá por ese contraste tan bestia entre la forma y el fondo (con la ayuda de la dulce voz de la sin par Matilde Conesa, todavía dobladora activa de cuando en cuando) la superabuela vitivinícola se alzaría con el título de reina de los malvados en la liga de los culebrones yankis de los ochenta, por delante del petrolero JR (Larry Hagman de Dallas) o el zorrón de Alexis Carrington (Joan Collins de Dinastía).

Lo de la tele como último refugio para estrellas en decadencia ha funcionado siempre y así es como a través de aquella serie tan tonta algunos tuvimos ocasión de conocer a reliquias del Hollywood dorado de la talla de Lana Turner, Mel Ferrer, Cesar Romero, Kim Novak, Gina Lollobrigida… La propia Wyman había ganado oscars y rodado con Alfred Hitchcock y Billy Wilder, pero fue su último personaje de vieja pelleja el que la acabaría marcando, para bien o para mal: cuando uno la ve hoy día, por ejemplo, en Pánico en la escena, cuesta creerse a ratos que esa treintañera de aspecto tan modoso sea completamente inocente de los líos en que la mete el mago del suspense...

El papel de su vida le llegaba a Jane Wyman casi a la vez que su ex-marido y medio actor Ronald Reagan, alcanzaba también el estrellato interpretando a un cowboy campechano que lideraba el mundo libre poniendo firme al comunismo. Puede que en su día el personaje de presidente de los EEUU sonara más imponente, pero ahora que ambos se han convertido en figuritas en el baúl de la mitología popular del siglo XX, y después de verlos a los dos en La Hora Chanante, se acaba por comprobar que todo es espectáculo.

miércoles, 1 de agosto de 2007

El gran bárbaro del norte

Se ha muerto Bergman, que era un señor que se había retirado del cine unas cuantas veces para irse a vivir a una isla de ermitaño, pero que siempre volvía a asomar la cabeza por algún lado, bien escribiendo guiones que otros le dirigían, bien rodando películas para televisión; la última, Saraband, de 2003, la hizo con 85 años y era tan bestia, lúcida y radical como cualquiera de las suyas, o hasta un poquito más; yo la ví hará cuatro o cinco meses y me dejó convencido de que este hombre no se iba a morir nunca. Aún no me explico como le han podido engañar...





sábado, 7 de julio de 2007

La sintonía más graciosa del mundo


Cuenta Diego Manrique en El País que el 3 de julio moría en Nashville, a los 80 años, el saxofonista Homer Louis “Boots” Randolph III, por lo visto uno de los más músicos de sesión más solicitados de la ciudad del country (cuyo trabajo se puede escuchar en innumerables discos, entre otros varios de Elvis Presley) pero que más bien pasará a la historia como autor de Yakety Sax, el tema del Show de Benny Hill, clásica sintonía para persecuciones a cámara rápida en paños menores y una de las melodías más graciosas que se hayan escrito. Boots Randolph: otro de esos anónimos forjadores de nuestra memoria sentimental al que sólo descubrimos el día en que la palma…