lunes, 5 de abril de 2010
Uso excesivo de la Fuerza
Nos dicen que esta historia sobre una unidad secreta del ejército USA iniciada en los poderes místicos de la mente (telekinesis, telepatía, invisibilidad, incluso aquello de atravesar las paredes) se inspira en hechos reales, que su creación fue autorizada en los 80 por Ronald Reagan (californiano crédulo y gran fan de Star Wars) por miedo a que los soviéticos les tomaran la delantera en la guerra parapsicológica. Seguramente hay una gran película por hacer con ese argumento pero ni el director Grant Heslov ni el guionista Peter Strauhan terminan de acertar con el tono ni la manera de contarlo. Sostenida por la voz en off del personaje de Ewan McGregor (alter ego del autor del libro-reportaje que le sirve de base), este periodista pardillo, tras tropezar por casualidad en Irak con el jedi en la reserva que interpreta George Clooney, despacha lo más original y jugoso de la función en una serie de viñetas al más puro estilo suplemento dominical, intercalando la crónica de la ascensión y caída del Ejército de la Nueva Tierra (el grupo especial creado a su vuelta de Vietnam por Bill Django -Jeff Bridges-, el militar más hippy de todos los tiempos) con sus propias desventuras actuales en zona de guerra junto al veterano soldado chiflado, peripecias que parecen una versión en clave de farsa otra película bastante mejor de Clooney, Tres reyes.
Los hombres que miraban fijamente a las cabras es una comedia que se esfuerza demasiado, que no termina de confiar en el potencial para el absurdo de su premisa y se parapeta detrás de guiños, muecas y referencias fáciles que esgrime a diestro y siniestro como amuletos mágicos de la risa. ¿Hacía falta que Ewan McGregor -Obi Wan Kenobi en las precuelas de La guerra de las galaxias- hiciera como que no sabe de qué le hablan cuando Clooney se describe a sí mismo como un jedi? Y ya puestos, ¿hacía falta repetir la palabrita cada cinco minutos?
Si ya es malo que McGregor recupere en clave de parodia (pero casi igual de soso) su papel de joven aprendiz de los caminos de la Fuerza de La amenaza fantasma (algo así como cuando un Marlon Brando en plena caída libre salió imitando a Don Corleone en El novato), peor es que su caso no sea el único: con unos personajes apenas intuidos, abandonados en crudo a los actores para que ellos los rellenen con su carisma y su currículum, George Clooney se dedica a poner las mismas caras de tonto que ha practicado con mucha más fortuna en varias películas de los Coen y el mismísimo Jeff Bridges acaba completamente desaprovechado en una especie de caricatura desangelada de su memorable colgado de El gran Lebowski.
Que sí, que a ratos te ríes, y es curiosa y no está mal hecha, y hasta tiene algún apunte de mala uva, cierto intento de sátira sobre la muerte del sueño hippy (ese cuento de una República que crea un cuerpo de caballeros jedi y los acaba disolviendo cuando se entrega al Lado oscuro y se convierte en Imperio) pero con estos actores y ese material de partida la mediocridad del resultado no puede dejar de decepcionar.
lunes, 27 de octubre de 2008
Fallo de inteligencia

Se ha dicho que Quemar después de leer cierra para los Coen (junto con O Brother y Crueldad intolerable) una improvisada trilogía de la idiotez protagonizada por George Clooney. Como la idiotez es una constante desde el primer día en el cine de los dos hermanos, quizá se pueda buscar un tema unificador de más peso en la creciente impotencia de la autoridad: En Fargo, la campechana sheriff interpretada por Frances McDormand resolvía el caso aunque no terminase de entender cómo alguien podía cometer una serie de actos tan terribles. En No es país para viejos, en cambio, el sheriff de Tommy Lee Jones se acaba jubilando incapaz de salvar ni detener ya a nadie en un mundo espeluznante que le desborda. Finalmente, en Quemar después de leer (brutal desmitificación del cine de espías y superagencias Gran Hermano a cuyas redes nada se les escapa) el personaje de J. K. Simmons (jerifalte de la CIA) se conforma con escuchar de cuando en cuando un informe incomprensible con cara de perplejidad, lavarse las manos y quitarse literalmente el muerto de encima. Quizá el supersatélite espía pueda verlo todo verlo todo desde el cielo, como en el plano que abre y cierra la película a semejanza del ojo de Dios, pero el caso es que a este Dios ni le importa ni se le espera.
Los responsables de la seguridad nacional de esta historia son, sin excepción aparente, un puñado de gilipollas patéticos y mezquinos, el peor de todos el analista de la CIA interpretado por John Malkovich, capullo desagradable y colérico que prefiere dimitir antes que aceptar que le trasladen a un puesto menos sensible donde no cause problemas su afición a la botella. Igual de imbécil aunque trabaje para otra agencia es el personaje de George Clooney, un adicto al footing y al sexo extramatrimonial que se acuesta con media ciudad y a todas, por ejemplo la fría e implacable mujer de Malkovich (Tilda Swinton) les jura que lo suyo va en serio. Pero tampoco es que los civiles eleven mucho el listón: Frances McDormand, que trabaja en un gimnasio junto a Brad Pit (un chico majo al que le falta un hervor), anda desesperada por hacerse unas operaciones de estética con las que cazar un hombre, completamente ciega al amor perruno que le profesa su encargado (Richard Jenkins). Cuando se traspapelan las memorias de Malkovich todos estos personajes tendrán la mala fortuna de cruzarse en una de esas historias originales que sólo pueden ser de los Coen, donde una mala decisión tras otra se suman para formar una bola de nieve de consecuencias imprevisibles. Después es sólo cuestión de énfasis que el resultado sea una comedia negra o un drama espeluznante.
Esta ha salido comedia, bastante contenida y realista al principio, progresivamente más desquiciada conforme cada cual va perdiendo los papeles (y así te acabas riendo a carcajadas de situaciones que contadas de otra forma te helarían la sangre). En último extremo Quemar después de leer acaba pareciéndose mucho más en tono a El quinteto de la muerte original que el remake que los propios Coen hicieron hace unos años con Tom Hanks: un cuento cruel, engañosamente ligero, sin más moraleja que el respeto que hay que tenerle al factor humano: nadie sabe nada y hay que ser imbécil para creerse lo contrario.
lunes, 31 de diciembre de 2007
El evangelio según Michael Clayton

Hace más de dos semanas que vi la última de George Clooney, Michael Clayton, y aunque salí del cine más que satisfecho, desde entonces la impresión de la película se me ha ido diluyendo y no estoy seguro que sea tan solo problema de mi memoria a corto plazo...
Si en algo se queda corta Michael Clayton no es precisamente en su capacidad de tenerte agarrado a la butaca durante dos horas: tenso thriller conspirativo con inquietudes sociales y más que sólido debut como director de Tony Gilroy, guionista de la saga del espía Jason Bourne con la que la presente comparte buen número de virtudes (diferencias: ausencia de accion frenética y el salto de los enemigos del sector público al privado, aunque a la hora de despejar obstáculos ambos métodos corporativos acaben confluyendo bastante). Estética similar de gama fría, parecida atmósfera opresiva y ese mismo sabor a viejo cine liberal del Hollywood de los 70 como el que hacía sin ir más lejos el propio Sydney Pollack que aquí aparece en funciones de actor (una vez más interpretando a un ricachón de lealtades dudosas), cuando los héroes clásicos de mentón de acero se vieron reemplazados por antihéroes desorientados superados por las circunstancias y la desmitificación de los géneros abríó a los personajes la opción de saltar en marcha en cualquier momento.
George Clooney (además de prota productor de la cinta junto a Steven Soderbergh) es un caso extraordinario de pediatra de la tele convertido en estrella clásica de la edad de oro nacida cincuenta años tarde, lo más parecido que tenemos en carisma a un moderno Clark Gable o Cary Grant. Como si no le bastase con ser simplemente un guaperas canoso y carismático, el hombre levanta sus propios proyectos, se mete a dirigir, se moja políticamente y se esfuerza por estirar sus registros interpretativos en dramas como Syriana, o haciendo el bobo con los hermanos Coen (O brother, Crueldad intolerable).
El personaje de Michael Clayton, en cambio, no supone precisamente un desafío para su imagen tradicional de estrella. Mitad abogado, mitad “solucionador de problemas” de un gran bufete para ricos de mierda que necesitan de un consejero astuto y discreto que les salve el culo cuando se meten en líos, padre divorciado y ausente, ludópata asediado por acreedores, es un antihéroe demasiado peliculero como para deparar grandes sorpresas. Para problemas interesantes los que se busca ese colega suyo que interpreta Tom Wilkinson (en su segunda intervención estelar del año tras El sueño de Casandra), impresionante majara que cae en una crisis nerviosa tras años de defender lo indefendible representando a una multinacional química culpable de un envenenamiento masivo por pesticidas. Wilkinson se cae del caballo un buen día y primero, como acto de purificación, se despelota en mitad de una vista y a continuación decide pasarse al otro bando y ayudar a las víctimas en vez de a los asesinos. Este desquiciado renegado kamikaze es el verdadero héroe y motor de la acción frente al cuál el Michael Clayton del título ejerce de mero apéndice como guardián y discípulo… Hay otra película más interante y extrema enterrada en Michael Clayton, y va a ser porque Gilroy ha escogido como protagonista al personaje típico en vez de al memorable.
