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sábado, 14 de noviembre de 2009

La españolada orgullosa


Se muere Jose Luís López Vázquez y en la radio Julia Otero recuerda que el gran cómico fue la primera persona a la que entrevistó en su vida (él se lo tomó a broma: “Pues qué mala suerte para los dos"). Julia llama a Alex de la Iglesia, flamante presidente de la Academia de Cine, para que haga un panegírico sobre el difunto y la cosa, incomprensiblemente, acaba como el rosario de la aurora...

Alex suena muy afectado (era uno de sus ídolos, le había tratado personalmente...) o quizá es simple cansancio del pluriempleo, en cualquier caso aparece muy susceptible y cuando Julia comenta que López Vázquez hizo grandes películas pero que incluso en las más cutres estuvo siempre espléndido, él salta como un fiera: Que qué es eso de llamarlas cutres, que eso son prejuicios rancios de progre, que eran películas estupendas sólo que hechas con un objetivo diferente (para entretener y divertir) y además mucho mejores que algunas que se hacen ahora. Julia, alucinando ante tanta vehemencia, le pide permiso para sostener una opinión distinta y quedan más o menos civilizadamente para discutir otro día en antena acerca de la españolada (pero, francamente, me extrañaría que le volviera a llamar).
No era el momento ni el lugar para tratar de convencer a grito pelado a una conspicua feminista como Julia Otero de las virtudes cinematográficas de aquellas historias de señores salidos y esmirriados persiguiendo nórdicas macizas; como fan de Alex desde Acción mutante a la actual segunda temporada de Plutón BRB Nero (excelente por cierto, los miércoles a las 22:50 en la 2), es la primera vez que me hace sentir vergüenza ajena. Pero incluso prescindiendo de las formas, este es un tema que a mí me viene ya tocando las narices desde que oí por primera vez a Alfredo Landa (protagonista de El crack, Los Santos inocentes o El bosque animado) reivindicar con orgullo sus años de macho ibérico durante el landismo.

Que no todo el cine tiene que ser de arte y ensayo, que las películas son muy caras y necesitan una industria viable detrás que sepa atraer al público, que está muy bien eso de conseguir que la gente se ría un rato y se olvide de sus problemas, hasta ahí todos de acuerdo. Pero si ahora resulta que la programación de Cine de barrio es el ideal platónico al que debe aspirar a regresar el cine español, pues apaga y vámonos.
El landismo y el cine de destape de los 70 tienen su explicación en su contexto histórico y en la reacción a cuatro décadas de represión franquista; algunas de aquellas cintas todavía se aguantan y tienen su gracia y su solvencia pero la mayoría (sobre todo las que coinciden con los años de la transición) son como esas obras de Fernando Vizcaíno Casas que uno se encuentra de vez en cuando criando malvas en la feria del libro antiguo, productos alimenticios oportunistas cuyos recursos erótico-festivos y chistes tipo Arévalo hoy día sólo pueden atraer a arqueologos o nostálgicos de la Falange. El umbral de tolerancia y las expectativas del público han cambiado y a los ojos de un espectador moderno el adjetivo cutre las define bastante bien: comedietas clónicas hechas como churros por cuatro perras, con guiones terribles y rodadas por directores con espíritu de funcionarios. Aquella supuesta industria del cine español, más bien aquel tinglado en manos de espabilados y facinerosos dignos de presidir un club de fútbol, un monocultivo para consumo interno atento sólo al pelotazo rápido, acabó como todas las burbujas, disolviéndose como un azucarillo al primer cambio de tendencia, dejando apenas con vida a cuatro autores francotiradores y las comedias subvencionadas.

Existe toda una gama de grises entre el producto de consumo de usar y tirar, la obra comercial bien hecha y la obra maestra incontestable, hay gente para todo y la basura de uno es el tesoro de otro, pero no son lo mismo Berlanga que Forqué ni Lazaga, ni ninguno de éstos que Mariano Ozores, como no son lo mismo Plácido, La gran familia o Atraco a las tres que Doctor, me gustan las mujeres, ¿es grave?, Zorrita Martínez o El cid cabreador (todas con López Vázquez). Y si unas y otras comparten repartos enteros no quiere decir que todas sean igual de válidas sino que todo el mundo, incluso los grandes actores, tiene que comer. Los profesionales por cuenta ajena trabajan en lo que pueden y donde les dejan sin que eso afecte a su dignidad o al respeto que se les debe, y viceversa: su mera presencia no contagia la grandeza, y si la película es pura basura y un desperdicio de talento que clama al cielo, no se va a convertir por arte de magia en El verdugo.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Amenábar contraatacado!

Por fin, este octubre, el cómic español más esperado del siglo XXI aparece coloreado y reunido en forma de album para regocijo de quienes sólo alcanzamos a pillar algún episodio suelto en la revista Mondo Bruto: Mis problemas con Amenábar, de Jordi Costa y Darío Adanti.

Basado en los (des)encuentros reales entre el cineasta Alejandro Amenábar y el gran Jordi Costa (ídolo de la crítica cinematográfica, habitual de Fotogramas y El País) e ilustrado por su habitual compinche argentino y maestro del iconismo bizarro-naif, Darío Adanti (actualmente en El Jueves), prometen ser 44 páginas brutales que no dejarán piedra sobre piedra en eso que se conoce como la industria del cine español.

(La razón, 11 de septiembre de 2009):

«El anticristo del nuevo cine español». «Si el gotelé fuese cine se llamaría “Tesis”». «El fenómeno Amenábar responde al síndrome de Mr. Chance: el tonto fascinante»... En fin, podría seguir con extractos, pero se agotaría el espacio. «Mis problemas con Amenábar» es el corrosivo cómic que publicará la editorial Glénat, escrito por el crítico de cine Jordi Costa y dibujado por Dario Adanti que trata sobre la fobia personal hacia el autor de «Mar adentro» y su peso en la industria. Nacido por entregas en el fanzine «Mondo Bruto» desde 2004, recopilado y «remasterizado», el tomo saldrá a la venta en octubre, coincidendo con el estreno de «Agora».
¿Mala leche? Toda la del mundo. Pero Costa justifica su trabajo y su ataque visceral: «No odiamos a Amenábar, sino a lo que significa». Y es que, asegura, «el cómic es un intento de explicar, más allá de la animadversión personal, por qué no creo que su cine sea una muestra de excelencia tan axiomática como parece que todo el mundo reconoce». Para Costa, «Amenábar le quita la alegría al concepto del cine dionisiaco, creado por y para dar placer, el modelo que intentó introducir en España la generación anterior a él, la de Álex de la Iglesia, Santiago Segura, etc. Amenábar elimina ese componente lúdico del cine de género y lo reduce a una especie de competencia técnica».
Explica el guionista que «todos los incidentes son anécdotas reales», aunque matiza que «los personajes son versiones exageradas de nosotros. Yo no soy tan avinagrado y el Amenábar que aparece es una imagen de él». Y reconoce que el cineasta «siempre ha sido extremadamente educado».
En las viñetas nadie se libra del látigo: la industria del cine, desde los directores hasta los productores, retratados con aire de «mafiosos» y «chuloputas», los festivales, con barras libres y fiestas hedonistas, y hasta la crítica. «Amenábar es sólo la punta del iceberg», reconoce el autor, y añade: «Es el pretexto para hablar de los rodajes en Madrid, de los festivales, de cómo funciona la industria y de la maquinaria del prestigio».
Dario Adanti reconoce que «antes de crear el libro ya compartía con Jordi la animadversión hacia Amenábar». Con referencias confesas en el «underground» americano, de Peter Gabbe y Charles Burns a Robert Crumb, por sus páginas desfilan Almodóvar, al que el éxito de Amenábar propina una patada en el culo en una viñeta («España es un país monoteísta», razona Costa), Cuerda, De la Iglesia... Todo con trazos sencillos: «Mis cómics nunca fueron paródicos, yo mismo creía que no sabía hacer caricaturas. Empecé y, para mi sorpresa, se veía quién era quién», cuenta el artista.


Nota de prensa de la editorial Glenat copiada (como las cuatro páginas de adelanto) del blog especializado Entrecomics:

Darío Adanti y el crítico de cine Jordi Costa lanzan un ataque frontal, despiadado y muy divertido, contra la figura de Alejandro Amenábar y su obra, a través del repaso de los encuentros del crítico y el director en diferentes festivales y un detallado análisis de su filmografía. Como reconoce el propio Jordi Costa en el prólogo del cómic: “Amenábar es una punta de iceberg, el pretexto para explicar algo más grande. El director de Tesis responde a la definición de monstruo que formula, por ejemplo, una película como La bestia del reino de Terry Gilliam: una creación colectiva orientada a impulsar y mantener un determinado status quo. Y ese estado de la cuestión es el auténtico tema de Mis problemas con Amenábar, la forja, consagración y propagación vírica de un modelo cinematográfico basado en el simulacro de talento, la competencia técnica y la asfixia de lo dionisiaco. O sea que este acto impropio de un crítico de cine –atacar de frente a un emblema de lo irreprochable y reconocer, para más inri, que lo suyo es personal– no deja de ser, en el fondo, una prolongación de su oficio como crítico de cine.”

“Las opiniones más consensuadas sobre Amenábar son, esencialmente, dos: a) es muy buen chico y b) su genio es irrefutable. Por tanto, dedicar cuarenta y cuatro páginas de historieta al escarnio de su figura está condenado a ser un acto tan impopular como propinarle una bofetada, porque sí, a un niño escogido al azar en un parque infantil”. Jordi Costa


lunes, 13 de abril de 2009

Abrazos en ámbar


No debe de ser fácil ser Almodóvar: no sólo tiene que cargar con la responsabilidad de levantar con cada nueva película la menguada taquilla del cine español, sino que debe hacerlo aguantando los mordiscos de una caterva de resentidos y envidiosos que, más allá de una respetable diferencia de gustos, reducen sistemáticamente su obra a un chiste cansino de maricas y yonkis, encarnación de todos los pecados de la cultura progre. Lo que a sus detractores profesionales les cuesta explicar es cómo semejante mamarracho y embaucador se ha convertido en el director español vivo más aclamado internacionalmente y sus películas, pese a sus personajes extremos y sus temáticas en aparencia minoritarias, siguen conquistando a espectadores de todo el mundo.

Por eso me admira la manera en que consigue aislarse del griterío para seguir su propio camino y hacer, cada vez, la película que le pide el cuerpo, arriesgando como pocos autores consagrados se atreven a jugársela. Almodóvar es un artista temerario que a veces acierta y a veces no, y unas veces te llega más y otras te deja frío. A mí Los abrazos rotos me ha gustado mucho (más que La mala educación o Carne trémula, aunque no tanto como Volver o Hable con ella) pero al término de la proyección pude oír cuchicheos de gente que habría preferido bastante ver en su lugar Chicas y maletas, la película dentro de la película, la comedia almodovariana que el director Mateo Blanco (Lluís Homar) rodó en los 90 antes de quedarse ciego, con Carmen Machi, Rossy de Palma, Chus Lampreave y, como estrella, la debutante Lena Rivero (Penélope Cruz). Habría sido una película mucho más frívola, colorista y divertida, pero esa misma u otras muy parecidas están ya hechas y hasta se pueden descargar de Internet en un par de clics.
Almodóvar se ha ido despojando de todos aquellos ropajes generacionales de la movida y el petardeo y ahora le tira más la estética y la sensibilidad del melodrama clásico (el de Rossellini, por ejemplo). Se ha hecho mayor, supongo, y probablemente un autor más sombrío. Los abrazos rotos está llena de las pesadillas propias de un director de cine: perder la vista (real o metafórica), que te traicione el productor, que te humille la crítica, que tu identidad artística se fragmente con el tiempo en una esquizofrenia de personalidades aisladas. Almodóvar, por el contrario, recupera aquí deliberadamente a aquel autor que fue en los 80 y se tienta la ropa para comprobar que todo sigue ahí: hay mucho de nostalgia y autohomenaje en esas escenas hacia lo que se antoja como una etapa ya cerrada de su carrera, pero también de demostración de que ese es un registro que no ha perdido sino que tiene voluntariamente aparcado.

Más allá de la onda cinéfila, Los abrazos rotos es un misterio de amor y celos, contado a través de una compleja estructura de saltos temporales, el triángulo amoroso entre una aspirante a actriz que acaba de mantenida de un rico empresario (Penélope Cruz, radiante), el propio viejo libidinoso obsesionado con ella (José Luis Gómez), y el director de cine que le dará su primer papel y se enamorará de ella perdidamente (Homar). Hay quien ha hablado de frialdad gélida, de una total falta de química entre los amantes; a mí no me lo parece, creo que Pe y Lluís Homar están inmensos juntos y por separado, como lo está Blanca Portillo en el papel de la sufrida agente del director y los actores más jóvenes de un reparto uniformemente excelente (lo que no siempre es el caso en las películas de Almodóvar). Pero aunque fuera cierto, yo me atrevería a apuntar que esta historia de amor es más una necesidad de la trama que su eje, que no hay nada más corriente que que una actriz se enrolle con su director, sobre todo si está deseando escurrirse de las garras de un anciano tan posesivo como el tal Ernesto Martel, y que es tan sólo su trágico final lo que consagra su aventura como trascendente. La verdadera pasión que arrastra el relato, malsana y destructiva, es más bien la de ese viejo millonario que intenta desesperada e inútilmente apoderarse para siempre del cuerpo y el alma de una mujer, y si para ello hay que meterse a producir películas, pues se la filma hasta la extenuación, dentro y fuera del rodaje, en todo momento y en todo lugar. Martel es finalmente tan cineasta como el propio director Blanco: el cine, aparte de arte, ha tenido siempre un componente de morbo y voyeurismo, y si hay películas que son luminosas cartas de amor, hay otras que son pura patología de un trastornado. En esta obra llena de instantes geniales, ninguno tan patético y tan cruel como ese en que el viejo celoso escucha patidifuso, con la ayuda de una lectora de labios que interpreta las imágenes robadas carentes de sonido, lo que su amada piensa realmente de él (que le da asco).

lunes, 9 de febrero de 2009

Goyas con cabeza



Casi pleno a mi quiniela de los Goya (menos El truco del manco, pero porque no la he visto). Por una noche hubo justicia en el mundo, y además valió la pena ver la ceremonia en directo por los sketches de los chicos de Muchachada Nui (cómo se escogen realmente los Goya, la tertulia de actores premiados, el experto en adaptar best sellers, la aparición del hombre elástico y mi favorito, el productor ideal del cine español), abriendo boca para la inminente tercera temporada del programa. Carmen Machi no presentó nada mal, y los que dicen que hizo de Aida sin duda a esas horas estaban ya como una cuba.

domingo, 21 de diciembre de 2008

Goyas 2009


Miro la lista de candidaturas a los Goya y suelto una fina interjección. Los girasoles ciegos, única que no he visto de las cuatro principales, arrasa con quince nominaciones y no es que se me haya pasado por alto, es que no tenía ni puñeteras ganas de verla porque ha tenido una críticas flojísimas y me han hablado de ella fatal. ¿Y ahora, me gasto la pasta a disgusto o me abstengo de decir un palabra si luego va y se lo lleva todo el 1 de febrero? Aquí, a la hora de rascarse el bolsillo, es donde se demuestra su dedicación el crítico aficionado.
Y mira que me cae bien Jose Luís Cuerda (y Maribel Verdú) pero Cuerda como director dramático me parece un tío muy plano y escaso de recursos, y empiezo a sospechar que tanto reconocimiento para la enésima película sobre la guerra civil solo puede deberse a la reciente actualidad del tema (es decir, a motivos extracinematográficos) o a que Los girasoles es el guión póstumo de Rafael Azcona como adaptador (pero Azcona decía siempre que el guionista era la puta del director. O sea, que se lavaba las manos del resultado).
O quien sabe, igual es de verdad una obra maestra, aunque me cuesta creer que pueda ser mejor o más original, atrevida y emocionante que Camino de Javier Fesser, una de las mejores películas que he visto este año. Alex de la Iglesia está de acuerdo en que es su favorita, y no lo dice por cortesía, él mismo describió en su blog la conmoción que le había producido. Los Crímenes de Oxford, en cambio, sólo está ahí como reconocimiento a su competencia técnica y a su éxito de taquilla (lo único bueno que ha hecho Alex este año ha sido en televisión, la incomprendida Plutón Verbenero).
Sintiéndolo mucho por Ariadna Gil (que está estupenda en Sólo quiero caminar), el goya a mejor actriz tiene que ser para Carme Elías, que hace una interpretación que corta el aliento en Camino. No se me ocurre nadie mejor en cambio para mejor actor que Diego Luna por la peli de Díaz Yanes pero ¿qué posibilidades tiene contra Benicio del Toro haciendo del Ché? (otra que tampoco he visto).
Más: Penélope Cruz como mejor secundaria (Vicky Cristina Barcelona), Nerea Camacho como actriz revelación (Camino), mejor director novel para Nacho Vigalondo (Los cronocrímenes) y el resto, que gane el mejor.

sábado, 29 de marzo de 2008

Uno menos


Escribe hoy Manuel Rivas sobre Rafael Azcona (quien en 1999 adaptó para el cine su libro La lengua de las mariposas): “Ha sido necesario que muriera un guionista genial para que se hable bien durante unas horas del cine español. Creo que con tres o cuatro difuntos más vamos hacia una cinematografía de puta madre.” Pero qué iluso: ahora que nos falta Azcona está más claro que nunca que el cine español se va directamente a la mierda.

Ese señor tan modesto y al que le gustaba tan poco figurar ha sido durante más de medio siglo el gran genio en la sombra detras de las mejores películas de Berlanga, de Carlos Saura, de Jose Luis Cuerda, de Fernando Trueba o Jose Luis García Sánchez. ¿Qué vamos a hacer sin él? Lo mejor sería esperar a que suba el dólar, desmantelar todo el tinglado y venderle los restos a algún americano que los sepa aprovechar. ¿Qué tal una versión yanki de El verdugo con Ben Stiller de prota y Robert DeNiro en el papel de Pepe Isbert? Eso sí que sería auténtico humor negro…

En la IMDB aparecen 95 guiones escritos en todo o parte por Rafael Azcona (el último, Los girasoles ciegos, de Jose Luis García Sánchez, drama con Maribel Verdú y Javier Cámara, aún pendiente de estreno), entre ellos El pisito, El verdugo, Plácido, Ana y los lobos, La prima Angélica, La escopeta nacional, La vaquilla, El año de las luces, El bosque animado o Belle epoque. Algún día un holocausto nuclear o una epidemia de zombis en la Seguridad Social aniquilarán a todo bicho viviente en esta península y los historiadores del futuro tendrán que recurrir a esas películas para entender quienes éramos y de dónde sacábamos aquella legendaria mala leche. Porque ahí está todo, en Cervantes y en Azcona.

miércoles, 6 de febrero de 2008

El cine español también es persona

El escritor de ciencia ficción Theodore Sturgeon dijo una vez una frase que ha pasado a la posteridad como la Ley de Sturgeon: “El noventa por ciento de todo es basura”. Resulta que últimamente hay cierta gente empeñada en enmendarle la plana y convencernos de que, al menos respecto al cine que se hace en España, el porcentaje de mierda insalvable sube hasta el 100%... En tanto que saco un rato para terminar mi crítica de Los crímenes de Oxford ( y la de Cloverfield, alias Monstruoso), aquí os dejo, para vuestro entretenimiento y formación, este estupendo artículo que ha publicado hoy en El País Álex de la Iglesia en respuesta a un editorial especialmente insidioso e ignorante (y que a mí, que al contrario que él no tengo arte ni parte ni me llevo nada, me puso igualmente de los nervios cuando lo leí la semana pasada, poco antes de los Goya...).

Carta a EL PAÍS de un cineasta del país

POR ÁLEX DE LA IGLESIA

Hace unos días tuve oportunidad de leer un artículo (sin firmar) en la página de opinión de este periódico [El Acento, poniendo a parir al cine español en su conjunto, recomendándonos a todos poco más o menos que lo dejáramos y nos dedicáramos a otra cosa, que les haríamos un favor a los espectadores, hartos de nuestra torpeza. Si hablasen de mí lo entendería, porque para eso me pagan. Es mi trabajo y estoy acostumbrado. Pero lo que resulta indignante es que se juzgue con esa pasmosa ligereza a todo un gremio, a la profesión en su totalidad.

¿Se imaginan a alguien diciendo "todos los escritores de este país son aburridos", o "los pintores españoles cansan con sus cuadros de siempre", o "basta ya, por favor, de zapatos españoles, preferimos los italianos"?

Lo que realmente duele de estos palos no es la rotundidad con la que se formulan, sino todo lo contrario, lo alegremente que se escriben, como sin darles importancia. Da la impresión de que no afectaran a nadie. Y ahí se equivocan, porque el cine español no sólo somos cuatro torpes directores sin talento, sino cientos o miles de profesionales que viven de nuestras películas, muchas familias que tienen que buscarse la vida haciendo cualquier otra cosa, porque esto del cine cada vez se lo ponen más difícil.

Nadie nace sintiéndose parte de eso que se llama cine español. De hecho, cuando era joven era tan idiota que creía que mis películas iban a cambiar las cosas. Con los años he conocido a los profesionales que lo componen. Por eso puedo decir que estoy orgulloso de estar ahí, porque sé lo increíblemente doloroso que puede llegar a ser un rodaje, el milagro que supone el estreno de una película en un cine, y no digamos convertirla en un éxito.

Yo no puedo quejarme. Soy un privilegiado, pero intento no perder la perspectiva: amigos míos no tienen la suerte que yo. He visto películas magníficas que no duraban una semana en cartel y desaparecían para siempre. Por eso me gustaría comentar ese artículo. No sólo hablaba de mí, hablaba de amigos míos. Es cierto que no tengo ninguna necesidad. No es nuestro trabajo hablar de cine, sino hacerlo. Sin embargo, tengo la sensación de que es importante responder: si callamos parece que estamos de acuerdo, y os aseguro que no es así.

El artículo comenzaba hablando de cifras, y viene a decir que el cine español ha perdido 6,5 millones de espectadores. Estos datos dieron la vuelta a España en todos los periódicos. Lo gracioso es que, siguiendo esas mismas cifras, el cine "extranjero" ha bajado 12,5 millones. Casi el doble. O sea, que la noticia real es que todos los cines bajan, el francés, el inglés, el americano... No sólo el español, que curiosamente baja menos que el resto. Baja el cine porque todo el mundo tiene uno en casa, con Dolby Digital. El culpable es el DVD y las descargas por Internet, lo sabe todo el mundo. ¿Por qué cargar las tintas sobre el cine español? No lo entiendo.

Otra noticia falsa que nos tuvimos que tragar esos mismos días señalaba que la película más taquillera del año pasado fue Piratas del Caribe 3. Bueno, pues resulta que el Ministerio de Cultura no contabilizó los tres últimos meses (no me pregunten por qué). Contando el año entero, la más taquillera del año pasado fue una española, El orfanato, la espléndida película de Juan Antonio Bayona. ¿No es asombroso y terrorífico que nos echemos piedras a nuestro propio tejado?

En el artículo se menospreciaba, al mismo tiempo, el éxito de Javier Bardem y Alberto Iglesias con sus nominaciones a los Oscar, porque el trabajo de ambos "se enmarca en producciones hollywoodenses". ¿Menospreciarían los británicos el trabajo de John Hurt en mi película porque trabaja en una producción española? Además, ¿en qué industria cinematográfica han visto los americanos el trabajo de Javier y Alberto? ¿En la coreana? Dice el artículo "no es exactamente el cine español lo que se reconoce en los galardones". ¿Qué pasa? ¿Un actor o un músico español deja de serlo porque trabaja fuera? ¿Deja de ser español Fernando Alonso porque trabaja con Renault?

El último párrafo es realmente cruel. "Con unas cuentas o con otras, parece demostrado que el cine español interesa cada vez menos". Yo creo que está ocurriendo exactamente lo contrario, tras los últimos éxitos de El orfanato, El laberinto del fauno, Las 13 rosas, REC, y tantas otras, entre ellas la de un gordo impresentable que era número uno en taquilla el mismo fin de semana que se publicaba el artículo. Y después, ¿qué película era la más vista? Mortadelo, y no me parece precisamente una película extranjera.

Dice el artículo que nos limitamos a "tres o cuatro fórmulas" -la Guerra Civil, el drama social y la comedia de costumbres-. ¿Es eso cierto? Creo que no. No ahora. El cine de género ha vuelto, vemos películas de terror, suspense, vemos comedias y dramas, y además las nuevas generaciones apuntan alto: Los cronocrímenes, la estupenda película de Nacho Vigalondo, tiene dificultades para estrenarse aquí, en España, pero no para estrenarse en Estados Unidos. Las películas que se hacen en este país puede que sean mejores o peores, como todas, pero no son previsibles. No más que las de Hollywood, se lo aseguro, y si no pregúntenselo a Sandra Bullock. A todos nos gustaría poder ser igual de previsibles que Piratas del Caribe 3, pero no podemos porque necesitaríamos aumentar nuestro presupuesto unas cien veces para rodarla, y quinientas veces para promocionarla. Sin embargo, luego competimos en igualdad de condiciones y Jack Sparrow nos saca de los cines porque necesita nada menos que ochocientos cincuenta.

Pero actualmente, el cine que se hace en este país es muy diverso. El orfanato y La soledad compiten juntas en nuestros premios, y gracias a los académicos, la ganadora, cuya vida comercial en las salas había finalizado, puede tener una nueva oportunidad.

Una de las armas que a algunos periodistas les gusta utilizar es insistir en que el cine español está subvencionado, que malgastamos el dinero del contribuyente en tonterías que no interesan a nadie, que vivimos del cuento. Esto es injusto. Una vez decidí producir una película. Tuve que hipotecar dos veces mi casa para pagar los intereses de los créditos y así poder rodarla. Todavía tiemblo al pensar que puse en peligro a mi familia por una película. Para acabarla necesité seis veces el dinero que me otorgaba el Ministerio de Cultura. La subvención me llegó un año después del estreno, y con ella pagué lo que debía en hoteles y laboratorios.

Las subvenciones ayudan al cine, para eso están, como ayudan las que reciben los del teatro, los deportistas, los agricultores, los farmacéuticos o tantos otros. Pero no protegen. Yo no puedo comprar naranjas marroquíes en España, aunque se encuentren a 14 kilómetros y sean diez veces más baratas. Tengo que comprar naranjas españolas. ¿Se imaginan que ocurriera lo mismo con el cine?

Los productores en España se juegan la piel, como muchos otros profesionales, pero pocos son menospreciados en los periódicos como ellos. La gente no lo sabe, y por eso escribo este artículo. Creen que los del cine vivimos una fiesta continua, rodeados de canapés y champán. Y así debe ser, porque nadie va a ver una película de alguien que nos aburre con sus problemas.

Ahora bien, otra cosa es proyectar una visión malintencionada de nosotros. Lo que se decía en ese artículo sobre el cine que se hace en este país no es cierto. Y titular otro artículo "¿Por qué no gusta el cine español?" es tendencioso. Parece que existe la intención de darlo por hecho. Sería más respetable decir "¿Gusta el cine español?".

El público, a mi entender, y dicho desde la más profunda humildad, sigue apostando por nosotros. Nunca vamos a superar las cifras del cine americano porque literalmente es imposible, pero alguna que otra vez, gracias al público, lo conseguimos. Son algunos medios de comunicación (por razones que no voy a entrar a considerar aquí) los que intentan cambiarlo.

Álex de la Iglesia es director de cine.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Mujeres fatales


Mataharis es, efectivamente, un título de coña, por mucho que el personaje de María Vázquez tenga una foto de la famosa espía colgada en el salón (va a ser que la chica tiene mucha fantasía)...

Concluyo esta trilogía accidental de críticas de cine negro (pura coincidencia) con una película que en realidad no es nada negra (o al menos no más que el día a día de la mayoría) aunque la protagonicen tres detectives privadas de una agencia de Madrid especializada, como es natural, en chanchullos de sexo y dinero (corruptelas empresariales, socios desleales, parejas infieles). Tres profesionales bregando con un trabajo absorbente que hace estragos en su vida personal, que lo mismo podrían ser abogadas, veterinarias o decoradoras pero no, porque los casos que les llegan son situaciones cotidianas de fácil identificación llevadas al extremo, problemas en avanzado estado de descomposición que se las arreglan para contaminar de mal rollo sus horas fuera de servicio: sospechas, distanciamiento, deterioro de la convivencia, y la mala conciencia del mercenario porque el que paga manda y a la razón y a la justicia que les vayan dando.

Nuria González, la mayor y medio jefa, vuelve a su casa al final de la jornada y está más sola que si no viviera con nadie, cargando con una convivencia fantasmal poblada de silencios donde es su mirada la que lo dice todo. Nawja Nimri, madre reciente recién reincorporada, hace aquí la mejor interpretación que le he visto, frágil, dolida, confusa, incapaz de reaccionar cuando salta a la luz un secreto en su propia casa. María Vázquez, la más joven de las tres, es todavía una novata vocacional que aún conserva la ilusión del principiante y se muere de ganas de trabajar de infiltrada en un caso de los gordos. Vázquez me recuerda mucho a la propia directora en los tiempos en que se dedicaba a la actuación y exhibía las virtudes que después traspasaría a sus películas: una desarmante naturalidad y esa apariencia de sencillez que esconde capas y capas de profundidad…

Icíar Bollaín, donde pone el ojo, pone la bala; directora de varias de las mejores películas del reciente cine español aunque por algún motivo rara vez salga mencionada en las listas, la suya es una progresión impresionante: Hola, ¿estás sola? Flores de otro mundo y Te doy mis ojos son todas magníficas, y completamente diferentes entre sí salvo por el hecho de acercarse a realidades complicadas por las que la ficción en general pasa prudentemente de largo. Mataharis es igual de inclasificable, posiblemente la mejor de todas y, si yo fuera productor de televisión, ya estaría llamando porque la premisa es tan buena y tiene tanto para rascar que dentro cabrían años de historias...

domingo, 21 de octubre de 2007

Nocturna: dibujos a oscuras


Tim es un huerfanito sin amigos y con miedo a la oscuridad que todas las noches habla con una estrella que su madre le dejó dedicada. Una noche en particular en que sale a la azotea, ve de pronto apagarse su estrella, y luego otra, y otra más… Ante una crisis de ese calibre Tim no puede ni pensar en irse a la cama, lo cuál saca de quicio al Pastor de gatos, fabulosa criatura que supervisa a las manadas de felinos que van ronroneando por los tejados para inducir a los niños al sueño. Mientras la oscuridad avanza, Tim obliga al Pastor a que le lleve a ver al responsable supremo de todo lo que ocurre durante la noche (de los que revuelven el pelo a los niños, los que hacen cantar a los grillos, los que se inventan los sueños, los que ordenan la luna y las estrellas, los que les hacen mearse en la cama), el señor Moka, jefe de Nocturna.

Da un poco de rabia no poder recomendar con más entusiasmo una obra que se merecería un 10 por la ambición que despliega y el evidente esfuerzo y el talento invertidos… La dirigen y escriben los debutantes Adriá García y Víctor Maldonado, que previamente habían trabajado como dibujantes y animadores en Las tres mellizas y El Cid, y que se declaran admiradores de Miyazaki (obviamente), pero también de Brad Bird y de Sylvain Chomet (Bienvenidos a Belleville).

En comparación con tan ilustres referentes, Nocturna es un excelente primer intento que no acaba de satisfacer semejantes expectativas; se para justo al borde de ser la maravillosa rareza que prometía para quedarse simplemente en una notable película de animación, quizá demasiado terrorífica para los niños y puede que un poco demasiado simple para los adultos malacostumbrados a la deslumbrante narrativa de Pixar y los estudios Ghibli.

En parte, sin duda, el problema es la pasta... Estéticamente, la película es una obra de arte: el diseño de personajes, los fondos, las composiciones, lo nunca visto en la animación española (en 2d, por cierto)… pero no siempre: de cuando en cuando me distraigo contemplando algunos volúmenes bastante feos silueteados en plan automático (se ve que a todo no se puede llegar). En ocasiones el ritmo de la historia es demasiado acelerado como para hacer justicia al flujo de buenas ideas en torno a este mágico universo funcionarial que administra las noches de los niños; se echa en falta un poco más tiempo y más detalle (tiempo=dinero, y más en el caso de la animación).

Pero no solo es cuestión de presupuestos: a la dirección, aunque competente, le falta un poco más de nervio y los personajes, un tanto impresionistas, se quedan algo desdibujados y faltos de carisma (salvo el Pastor de Gatos, un gran trabajo de Imanol Arias sonando como un auténtico profesional del doblaje, y Murray el luminoso (Joan Pera), una especie de Curry de los Fráguel con una bombilla en lugar de culo). De la aportación de Carlos Sobera y una tal Natalia de Operación Triunfo, supongo que lo mejor que se puede decir es que no causan estragos. Por otra parte, no creo que la moraleja de la historia tenga mucha aplicación para los mayores de 6 años…

Con defectos y todo, Nocturna queda como una película de animación original, entretenida, vistosa y bien por encima de la media, más que capacitada para enfrentarse a tanto animalito parlante, pingüino y ogro que sin embargo se acaban llevando a todos los niños de calle con su fuerza superior de marketing; ojalá que recupere y multiplique su inversión y que este equipo artístico tenga ocasión de saltar más lejos en el siguiente intento. Yo, lo que es mi entrada, ya la he pagado...