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domingo, 11 de octubre de 2009

Bastardos de corazón


Sobre las imágenes de un cuarto en sombras del París ocupado de 1944 escuchamos Cat People (Putting on Fire) de David Bowie, en principio un monumental anacronismo extradiegético y aún así la ominosa canción suena como hecha a medida para la escena (o más bien al revés). En Malditos Bastardos el jetas de Quentin Tarantino hace más que nunca lo que le da la gana; devorador de celuloide compulsivo y poco escrupuloso que toma por principio el lema de que lo que no es homenaje es plagio, corta, pega y recompone, asimila todo el cine en torno a la II Guerra Mundial y lo regurgita en forma de espléndida y personalísima mutación llamada a reventar el género por todas sus costuras.

Inglourious Basterds, tan europea y tan distinta, es su mejor película al menos desde Pulp Fiction, dos horas y media de corteses conversaciones al borde de la catástrofe (casi siempre en francés y alemán), resueltas en súbitos fogonazos de violencia, y que aún así deja al espectador con hambre de más porque hasta el último extra con frase es un personaje fascinante que parece llevar una novela dentro.
En una película tan coral donde los cazadores de cabelleras encabezados por Brad Pitt (los Bastardos del título) dosifican bastante su presencia (diluyendo así cualquier parecido con Los doce del patíbulo o Los violentos de Kelly), el gran protagonista de la cinta acaba siendo inopinadamente el propio cine: héroes de guerra nazis que se interpretan a sí mismos en pantalla, la actriz más famosa de Alemania colaborando con los Aliados, la muchacha judía propietaria de un cine parisino (principal escenario de la acción), un crítico de cine a la cabeza de una operación secreta que puede cambiar el curso de la guerra, o la aparición especial del mismísimo Joseph Goebbels, ministro de propaganda de Hitler y jefe de su industria cinematográfica. Tenemos ocasión de ver parte de la que el propio Führer elogia como su mejor película, esa donde el excelente muchacho y mejor soldado nazi interpretado por Daniel Brühl se dedica a masacrar ingleses desde un solitario torreón, y la escena recuerda sospechosamente a varias de las matanzas que vemos cometer a los Bastardos (el público las celebra en ambos casos con similares risotadas).

Malditos bastardos juega también a ratos a ser una turbia película de propaganda antinazi casi contraproducente, un salvaje relato de venganza sin honor, escrúpulos o coartadas morales protagonizado por un comando fantasma, ese hatajo de judíos legendarios elevados a pesadilla innombrable de sus enemigos. Los Bastardos encarnan la forma más pura y rabiosa de fantasía de venganza que un judío pudiera haber concebido en 1944 y por ello son los personajes más imaginarios de un relato que oscila entre el hiperrealismo y la ciencia ficción, casi un puñado de cartoons (el imperturbable e histriónico redneck interpretado por Pitt parece salido directamente de un corto de Popeye en una época en que hasta los dibujos animados contribuían al esfuerzo bélico pateándole sistemáticamente el culo a Hitler para elevar la moral). Sus métodos son tan brutales que uno no puede estar seguro de poder decir que son los buenos pero al menos si algo no son es hipócritas: fingen fatal y (en una rara premonición de esa Alemania desnazificada de la noche a la mañana tras la caída del III Reich) no soportan la idea de que un nazi pueda pretender ser otra cosa en el futuro.
La película se adentra así en una segunda guerra más insidiosa y soterrada, una guerra entre distintas formas de mentira y verdad, entre fantasía y realismo, entre el cine como arma o instrumento o como arte y fin en sí mismo; autorreflexión sin pizca de pedantería que florece en toda su magnitud cuando Tarantino, siguiendo la lógica de la historia y con toda su mala leche, le cambia el final de la II Guerra Mundial y santas pascuas.

Creo recordar que después de rodar La lista de Schindler y Salvar al soldado Ryan Spielberg declaraba (imbuido de la responsabilidad del artista ante la Historia) que no veía a sí mismo volviendo a utilizar a los nazis como villanos de cómic en una hipotética nueva entrega de Indiana Jones. Los nazis, para él, habían dejado de ser cosa de broma. Tarantino, desde una óptica totalmente opuesta, a pesar de sus juegos con los clichés del cine bélico de acción más desprejuiciado y de sus libertades con los hechos, tampoco se los toma exactamente a pitorreo. El tono lo marca la primera escena: a partir de ahí, la peripecia que cuenta puede ser imaginaria pero el sentimiento que la impulsa es bien auténtico, junto al humor negro y al gamberrismo en Malditos Bastardos hay verdadero horror y tragedia y la disección de una maldad genuina y planificada que no es un recurso de serie B sino pura naturaleza humana.

No es la primera vez que un papel en una película de Tarantino cambia la carrera de un actor y el alemán Christoph Waltz está ya en todas las quinielas de premios por su interpretación del odioso Coronel Landa, un nazi cortés, comprensivo, razonable y simpático, un perspicaz oficial de rara erudición e inteligencia enviado a la Francia ocupada para poner sus talentos al servicio de la caza de judíos. Landa, una especie de Colombo que ejerce de poli bueno de sus víctimas, es un canalla mentiroso, traidor y oportunista pero en esa escena de apertura, confiado en su posición y en la absoluta indefensión de su interlocutor, se sincera en un monólogo extraordinario como sólo Shakesperare o Tarantino son capaces de escribir. Apunta lo absurdo de sentir repugnancia por las ratas y no por las ardillas cuando son prácticamente iguales y ni siquiera es cierto que las primeras transmitan más enfermedades. Sin embargo, ningún argumento será capaz de desmontar un asco tan arraigado, lo mismo que nada podrá convencerle a él de que abandone su odio irracional hacia los judíos. Landa admite sonriente lo infundado de sus prejuicios y a continuación se regodea en ellos con la impunidad que le ofrece el poder absoluto. ¿Será eso el superhombre?

lunes, 9 de marzo de 2009

A contracorriente


Salvo por un par de detalles la vida de Benjamin Button no es tan distinta de la de muchos de sus contemporáneos. Nacido y abandonado en Nueva Orleans en 1918, criado por una madre adoptiva, algunos viajes intrépidos en su juventud, cierta acción en la Segunda Guerra Mundial y poco más. Es decir, que no es ningún Forrest Gump y su pequeña excentricidad de nacer viejo y morir joven no es al fin y al cabo tan grave como para no poder identificarse con él (y tampoco es esta la primera historia en observar lo mucho que se parecen la tercera edad y la primera).

Cierto es que su edad aparente, tan distinta de la mental, complica un poco el trato con la gente, condicionando sus reacciones y expectativas, pero a la larga lo más difícil es la falta de sincronía. Para Benjamin los buenos momentos son efímeros, todas las relaciones humanas son barcos que se cruzan en la noche con trayectorias divergentes en el espacio y en el tiempo. Lo de atesorar el instante, disfrutar del aquí y ahora, no será muy revolucionario como mensaje pero el relato que lo contiene es fascinante y conmovedor, trágico y extraordinario como cualquier otra vida humana bien contada. Una historia que sin embargo habría sido imposible de filmar de esta manera sin los últimos milagros en efectos visuales, lo más espectaculares y mejor aplicados que se hayan visto en mucho tiempo. El truco está tan logrado, la suspensión de la incredulidad es tan perfecta, que no hay peligro de que quede obsoleto con el progreso de la técnica: lo que se ve es simplemente lo que hay.
Para mi gusto a la película le habría ido mejor sin algunos momentos poéticos de realismo mágico al estilo Tim Burton (o incluso Amelie), que chirrían un poco en la paleta general sombría y melancólica (con sus momentos de humor fundados en la incongruencia de la situación) que utiliza David Fincher, ampliando una vez más su registro como director después del estirón que ya dio con Zodiac. Brad Pitt da la talla y está en todo momento vulnerable y creíble en el papel protagonista, un personaje más bien introspectivo y distante para quien, después de todo, su estilo de vida es algo natural porque es el único que conoce. El verdadero drama de su condición lo acabarán sufriendo las personas que le quieren, en particular Cate Blanchett interpretando a la mujer de su vida en un trabajo deslumbrante y dificilísimo. Para Benjamin el sentido de la existencia corre en dirección contraria y a él le ha tocado viajar solo pero al final, por supuesto, el punto de destino es el mismo para todos; el tiempo se lo lleva todo, lo mismo que el huracán Katrina arrastró consigo a la vieja Nueva Orleans. El curioso caso de Benjamin Button es una fantasía que toca zona sensible que ningún espectador con un mínimo de imaginación olvidará facilmente.

lunes, 27 de octubre de 2008

Fallo de inteligencia


Se ha dicho que Quemar después de leer cierra para los Coen (junto con O Brother y Crueldad intolerable) una improvisada trilogía de la idiotez protagonizada por George Clooney. Como la idiotez es una constante desde el primer día en el cine de los dos hermanos, quizá se pueda buscar un tema unificador de más peso en la creciente impotencia de la autoridad: En Fargo, la campechana sheriff interpretada por Frances McDormand resolvía el caso aunque no terminase de entender cómo alguien podía cometer una serie de actos tan terribles. En No es país para viejos, en cambio, el sheriff de Tommy Lee Jones se acaba jubilando incapaz de salvar ni detener ya a nadie en un mundo espeluznante que le desborda. Finalmente, en Quemar después de leer (brutal desmitificación del cine de espías y superagencias Gran Hermano a cuyas redes nada se les escapa) el personaje de J. K. Simmons (jerifalte de la CIA) se conforma con escuchar de cuando en cuando un informe incomprensible con cara de perplejidad, lavarse las manos y quitarse literalmente el muerto de encima. Quizá el supersatélite espía pueda verlo todo verlo todo desde el cielo, como en el plano que abre y cierra la película a semejanza del ojo de Dios, pero el caso es que a este Dios ni le importa ni se le espera.

Los responsables de la seguridad nacional de esta historia son, sin excepción aparente, un puñado de gilipollas patéticos y mezquinos, el peor de todos el analista de la CIA interpretado por John Malkovich, capullo desagradable y colérico que prefiere dimitir antes que aceptar que le trasladen a un puesto menos sensible donde no cause problemas su afición a la botella. Igual de imbécil aunque trabaje para otra agencia es el personaje de George Clooney, un adicto al footing y al sexo extramatrimonial que se acuesta con media ciudad y a todas, por ejemplo la fría e implacable mujer de Malkovich (Tilda Swinton) les jura que lo suyo va en serio. Pero tampoco es que los civiles eleven mucho el listón: Frances McDormand, que trabaja en un gimnasio junto a Brad Pit (un chico majo al que le falta un hervor), anda desesperada por hacerse unas operaciones de estética con las que cazar un hombre, completamente ciega al amor perruno que le profesa su encargado (Richard Jenkins). Cuando se traspapelan las memorias de Malkovich todos estos personajes tendrán la mala fortuna de cruzarse en una de esas historias originales que sólo pueden ser de los Coen, donde una mala decisión tras otra se suman para formar una bola de nieve de consecuencias imprevisibles. Después es sólo cuestión de énfasis que el resultado sea una comedia negra o un drama espeluznante.

Esta ha salido comedia, bastante contenida y realista al principio, progresivamente más desquiciada conforme cada cual va perdiendo los papeles (y así te acabas riendo a carcajadas de situaciones que contadas de otra forma te helarían la sangre). En último extremo Quemar después de leer acaba pareciéndose mucho más en tono a El quinteto de la muerte original que el remake que los propios Coen hicieron hace unos años con Tom Hanks: un cuento cruel, engañosamente ligero, sin más moraleja que el respeto que hay que tenerle al factor humano: nadie sabe nada y hay que ser imbécil para creerse lo contrario.