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domingo, 28 de octubre de 2007

Tierra de contrastes


Sábado 6 de octubre, 10.30 de la mañana: 6 cortos en competición, un poco de todo en la mezcla, videos de bodas y bautizos y acabados digitales ultraprofesionales como para licenciarse en Sundance; la típica chorrada graciosa de tres minutos al estilo Tarantino (Killing of a rat), un voluntarioso remake navarro de Los amigos de Peter al que le sobraba medio metraje (Ya me conoces) y un anuncio contra la droga disfrazado de tributo a Tésis en el que un gilipollas se tomaba unas pastillas para aguantar una noche de estudio tras ver la peli de Amenábar y acababa alucinando con que todos sus amigos (cada uno por su cuenta) le perseguían para matarlo. Mayor amenaza suponían un simpático sketch musical acerca de un bailarín callejero perdido en un contexto surrealista (Ni tacones ni pones) y, sobre todo, Dayvan Cowboy, un corto de impecable estética publicitaria (es más, para mí que el prota es el mismo que hace de ese pobre enfermo mental con logorrea en la campaña de renovación de imagen de El País) y música extraída de Carretera perdida y demás obras de Lynch: un mínimo hilo argumental enlazaba escenas en las que inexplicablemente los roles de los participantes aparecían intercambiados (madre-hijo, maestro-alumnos, cliente-vendedor); con un final más ingenioso de lo que prometía, sí, pero aún así bastante derivativo…

Si ahora menciono que uno de los cortos en competición era de un amigo, en el cuál, para más delito, figura una pequeña colaboración técnica por mi parte, quizá sospecháseis de la objetividad de mis observaciones. Para neutralizar tan injustificados recelos, nada mejor que citar las sabias palabras del Gran Wyoming: Lo que España vota va a misa… En un acto pleno de justicia y sabiduría, Bad City (ep. 2: Wendy) de Aitor Unzu y Dani Pérez, con corte de proyección por fallo técnico y todo, se hizo con el premio al mejor corto navarro en video por votación popular dentro de las actividades del VIII Festival de Cine de Pamplona (a las cuáles, con esta excepción, no me dio la vida para asistir).

Bad City nació de una tormenta neuronal provocada por el visionado de su casi homónima Sin City, la película más la subsiguiente ingestión de todos los cómics precedentes de Frank Miller, y el corto no intenta precisamente disimular esos orígenes. ¿No lo hace eso más derivativo todavía, ficción de segunda o tercera mano?

Pues no; en el arte, lo mismo que en biología, la copia creativa, lo bastante inexacta como para triunfar en un medio nuevo, es el principio básico de la evolución: el rock es una copia imperfecta del blues hecha por chavales blancos que tocaban deprisa para disimular la poca idea que tenían. Akira Kurosawa hizo películas de samurais inspiradas en John Ford y Dashiell Hammet y Sergio Leone se las copió para crear el spaghetti-western, transformando a su vez la manera en la que los propios yankis hacían los suyos. Y la misma Sin City no es sino una regurgitación en clave de pesadilla febril de todos los arquetipos del cine y la novela negra (Chandler, Hammet, James M. Cain, Mickey Spillane, Harry el sucio...) con el contraste a tope e inyecciones de esteroides como para matar a una ballena.

Además, Sin City no es una historia sino un formato, un territorio, y el de esta versión difícilmente se iba a parecer al expresionismo cromodigital de Robert Rodríguez (de hecho, Bad City salta por encima de esa adaptación para enlazar directamente con el cómic; un universo entintado en negro con la ocasional pincelada de color; más después sobre ésto): rodado en Burlada, con un presupuesto ínfimo y en apenas un fin de semana, el corto requería una planificación de hierro, toda clase de trucos de composición en plan Meliés y creatividad por un tubo para sacarle partido a los recursos humanos y materiales disponibles.

De ahí, supongo, la unidad de acción, tiempo y lugar (al menos en su primera mitad): La cosa empieza con un preso bocazas (Jose F. Otxagabia) recibiendo la enésima paliza por parte de su despreciable carcelero adicto al fútbol (Joaquín Calderón), a quien provoca repitiendo insensateces como esa de que va a marcharse esa misma noche. De pronto, a horas intempestivas, llega una visita…

Los dos actores principales tienen toda la pinta de estar pasándoselo en grande dando vida a esas frases de diálogo que parecían imposibles sobre el papel. El entusiasmo de Calderón quizá le lleva a veces demasiado cerca del villano de comic (o, más correctamente, del sucio bandido de spaghetti western en la tradición de Eli Wallach) pero hace un buen contraste con el distanciamiento irónico y la orgullosa intensidad de Otxagabia (muy a lo Bruce Willis, para entendernos). El resto del reparto se muestra igualmente eficaz; Virginia Senosiain como Mellow, la chica de la peli, que parece directamente recortada y pegada de El sueño eterno, Tax (Edu Aranguren), el compañero de prisión, o el otro y más beatífico carcelero (Joxepe Gil).

Bad City es en realidad, como se lee en su título completo, Bad City Ep. 2: Wendy. Existen otros dos guiones ya escritos cuyas historias se interrelacionan con Wendy y la sitúan en un contexto más amplio (el proyecto no es pretencioso pero desde luego sí ambicioso) incorporando personajes aquí apenas aludidos y alguna que otra situación que le afecta directamente pero tiene lugar fuera de cámara.
Como relato individual sin varias piezas clave, el episodio podía haberse quedado cojo, y se percibe el esfuerzo por reforzar con diálogos expositivos y narración en off la lógica misteriosa del argumento pero, para mí, ahora que lo he visto terminado, el resultado final casi pide todo lo contrario: me sobra esa voz en off (salvo la de la útlima escena), así como la mayoría de las explicaciones. La combinación de palabras e imágenes adquiere una cualidad onírica, una lógica del mundo de los sueños o de las pesadillas que se aleja de Frank Miller para aproximarse sin buscarlo a variantes de cine negro propias de los hermanos Coen o el mismo David Lynch. El tratamiento fantástico de las imágenes, filtradas y contrastadas hasta reducirlas al esqueleto de sus rasgos esenciales, puros dibujos animados hiperrealistas en blanco y negro de impactante poder icónico, arrastran al espectador a un desconocido universo paralelo, malsano y cutre, cuyas reglas desconoce y que ni el desenlace termina por completo de desvelar. La estupenda música original de Jose Luis Iriarte actúa como un segundo armazón emocional, oprimiendo, expandiendo, volviendo sobre sí misma para desembocar finalmente en el romanticismo desesperado del tema de cierre. A esas alturas ya estamos muy lejos del nihilismo y el humorismo amargados de Frank Miller; Bad City es un corto espectacular, divertido y violento, sin pretensión alguna de mensaje o trascendencia, pero en última instancia se las arregla para pulsar una nota emocional distinta e inesperada en el espectador, revelándose entonces mucho más cercano al verdadero cine negro (a la poética de los perdedores de la Jungla de Asfalto de John Huston, pongamos por caso) que al exhibicionismo de freak-show de la película de Robert Rodríguez. Vengan esas secuelas.

lunes, 3 de septiembre de 2007

Mala hierba nunca muere: Grindhouse parte 2


La diferencia entre dos cineastas tan colegas como Robert Rodríguez y Quentin Tarantino no puede quedar más clara que comparando la aproximación radicalmente diferente de cada cuál en su homenaje al cine de terror serie Z de los 70. La de Rodríguez, Planet Terror, es una remezcla anabolizada y sintética de elementos típicos de la época, refrescada y puesta al día al gusto adolescente del siglo XXI con toda clase de apoyos digitales, y su estética barata de falsa copia deteriorada no pasa de simpática pose estilística para los colegas… En cambio, durante los primeros 40 minutos de Death Proof estuve convencido de que la proyección estaba vagamente desenfocada, hasta que entró un rollo en blanco y negro perfectamente nítido que me advirtió de lo contrario. Death Proof es analógica, sucia y auténtica como un vinilo de la colección de Quentin Tarantino, deja poso y se lo curra de una manera totalmente original: Tarantino desmonta el mecanismo de la película barata de terror y lo vuelve a montar de un modo que es al mismo tiempo homenaje y crítica a todo un género, o al menos a una de sus ramas.

Porque esos clásicos de culto que reivindican con Grindhouse, generalmente eran películas terribles, un puñado de escenas sensacionales (integramente aprovechadas en el trailer) enlazadas entre sí con un hilo argumental invisible, personajes inexistentes y narración inepta … La paciencia, sin embargo, tenía su recompensa, y es la virtud cardinal del cinéfago de serie Z, que debe procesar mucha mierda para encontrar su pepita de oro. Death Proof, efectivamente, anda escasa de trama y de acción porque la mayor parte de su metraje consiste en banales charlas privadas de unas cuantas chicas impresionantes marcando curvas (Rosario Dawson, Vanesa Ferlito, Rose McGowan, Sydney Poitier) y por eso el impacto cuando violencia se desata es mucho mayor, y el final, una macarrada que hay que verla para creerla, te deja saliendo del cine con sonrisa de oreja a oreja…

Esas relajadas conversaciones que algunos espectadores considerarán un auténtico coñazo (las chicas no hacen más que hablar y hablar sin que pase nada) en manos de Tarantino subliman su función estructural y se convierten en intercambios magistrales de caracterización típicamente suyos (y completamente innecesarios según la ortodoxia del género), otorgando a cada cuál una vida en curso que podría haber dado pie a su propia película de no haberse cruzado en su camino el Especialista Mike con su coche trucado (el gran Kurt Russell, legendario protagonista de varias de las más míticas cintas de John Carpenter: 1997 Rescate en Nueva York, Golpe en la pequeña China, La Cosa). Mike el Especialista es un imponente especimen superviviente de un tipo de cine palomitero supuestamente extinto (las películas modernas, admite, sustituyen ahora sus acrobacias por efectos por ordenador), un duro “hombre sin nombre”, misterioso, encantador, psicólogo agudo y un tremendo hijo de puta al acecho, una gran creación de psicópata asesino que recicla para el mal la imagen icónica de Russell de manera no muy distinta a cómo Kill Bill convertía al entrañable místico protagonista de Kung Fu en el desalmado asesino del título. Pero la amenaza de Mike tarda una eternidad en hacerse efectiva: inicialmente solo mira, observa, fotografía… Las escenas de las chicas hablando sobre intimidades sexuales y dónde conseguir hierba asumen implícitamente el punto de vista del intruso; Tarantino nos hace en la práctica cómplices de Mike a la espera de que desencadene la acción (la mirada del psicópata identificada, consciente o inconscientemente, con el ojo de la cámara, es un rasgo casi inevitable de este subgénero, siendo el ejemplo más socorrido para citar El fotógrafo del pánico de Michael Powell).

Y Tarantino juega a alterar radicalmente dicho punto de vista en la segunda mitad del relato, cuando se desploma la fachada de Mike y una vez más (la tercera consecutiva en su cine desde Jackie Brown), las auténticas heroínas y las duras de verdad son las mujeres (una de ellas, Zoe Bell, es una verdadera especialista que fue doble de Uma Thurman en Kill Bill y se supone que se interpreta a sí misma en Death Proof). Va a resultar que la nostalgia está muy bien hasta cierto punto pero una chica Tarantino de hoy en día (que haya visto Punto límite cero y 60 segundos-la original, no esa mierda con Angelina Jolie) parte con ventaja para patearles a algunos el culo en su propio terreno.

PD: ¿Qué ha pasado con el resto de falsos trailers que se incluían en el programa doble? ¿Se han perdido por el camino?

sábado, 25 de agosto de 2007

Viva lo rancio: Grindhouse Parte 1


Si no fuera por la implicación de Tarantino en el asunto, posiblemente habría pasado de Planet Terror porque:

a) Casi todas las pelis cutres y en mal estado que he visto en mi vida las he visto en TV o en VHS, así que todo ese rollo de la nostalgia del terror basura en programa doble de sala de barrio, con copias hechas polvo y chiquillería vociferante partiéndose el culo con cada descuartizamiento, me resulta una experiencia extraterrestre (si acaso, por buscar equivalentes, alguna peli de Disney o Tarzán en un cine de verano, en sesión para todos los públicos a precios populares y desde luego, válgame dios, nada de sexo y terror).

b) Robert Rodríguez es un director mediocre y efectista, aunque con notable energía y ambición visual, las cuales, unidas a su gusto por el pastiche y el cine de género, a veces producen resultados interesantes pero casi siempre no (porque sus personajes son siempre caricaturas y estereotipos, dibujos animados en forma real sin rasgo humano reconocible que envuelva al espectador en sus peripecias, cine palomitero al cien por cien, chorros de adrenalina a piñón fijo) y en sus gamberradas conjuntas con Tarantino (que es un freak de manual pero además un auténtico genio, probablemente el autor más relevante surgido en el cine americano en los últimos 20 años), ha habido de cal y de arena: Abierto hasta el amanecer era brillante pero irregular (las luchas contra los vampiros son de vergüenza pero el reparto, el baile de Salma con serpiente y los diálogos de Quentin la sostienen estupendamente), y Four Rooms era una peli de sketches con muy poca gracia y todos los defectos de una peli de sketches...

Pero resulta que las limitaciones de Rodríguez han encontrado en Planet Terror el proyecto ideal para convertirse en virtudes, y que ésta puede ser perfectamente su mejor película junto con Abierto… y Spy Kids (Spy Kids, sí, qué pasa). Muy lejos de ser perfecta (la ha escrito él y muchos de los chistes no son más que paridas) esa imperfección es precisamente parte de su encanto, una peli sin ninguna pretensión épica ni esas horteradas estilísticas en las que le encanta regodearse: pura acción y diversión al estilo artesanal de la escuela de John Carpenter pero en una nueva receta superconcentrada que es todo fibra (hasta se finge la pérdida de un rollo de película para ahorrarse esos tediosos interludios en los que los personajes se conocen en la calma que precede a la tormenta).

Planet Terror es, por abreviar, una peli de zombis para adolescentes en el polo opuesto de la seriedad alegórica de 28 semanas después (aunque compartan una escena exactamente igual), un pastiche setentero de una larga noche de casquería y matanzas con ametralladoras, gogós en bikini, lesbianas en fuga, militares renegados y más secundarios graciosos que en Aterriza como puedas. De entre el reparto coral destacan dos actores televisivos, Rose McGowan, chica muy mona que por lo visto sale en Embrujadas, y Freddy Rodríguez, el canijo embalsamador mexicano de A dos metros bajo tierra (que se revela como más que competente héroe de acción), más un cameo largo de Bruce Willis que parece estar pasándoselo en grande y otro de Tarantino que hace un numerito más bien irritante...

El fracaso comercial en USA del programa doble de Grindhouse nos va a obligar a pagar dos veces para ver cada mitad: el viernes 31 de agosto se estrena Death Proof de Tarantino (según la ficha en imdb.com hay que esperar cierto cruce de personajes entre ambas historias). Esta película con Kurt Russell como asesino psicópata ha sido considerada por los bocazas de internet como la menos divertida de las dos, reprochándosele en concreto unos diálogos erráticos que no llevan a ninguna parte… ¿Incontinencia del autor empapando el homenaje? Veremos.