
Como cuando escuchas contar un chiste que tú ya te sabes y el chistoso (al que no ha llamado dios por ese camino) se dedica con toda su buena voluntad a destrozarlo para que al final la concurrencia se lo pague con un silencio de muerte, así más o menos es la tristeza de ver una novela magnífica echada a perder al volcarla a cine. Prometí que con La brújula dorada (que ha tenido críticas más bien tibias, recaudaciones decepcionantes y un boca a oreja abismal por parte de los amigos que la han visto) no me iba a cabrear como con Stardust (ver aquí) pero resulta que no ha hecho falta porque Chris Weitz (¡el director de American Pie, gran fan de los libros!), bendito sea, la ha contado bastante bien, hasta donde le han dejado.
Weitz, como la joven heroína de la historia, ha conseguido salir (casi, pero no del todo) indemne de una serie de obstáculos tremendos, el menor de ellos no es precisamente el superávit de originalidad del mundo tan misteriosamente esotérico creado por el autor británico Philip Pullman en su trilogía La materia oscura (His Darks Materials), donde el lector se ve arrojado sin preámbulos a un desconcertante universo paralelo cuyas diferencias y similitudes con el nuestro necesitan de un buen número de páginas para acabar de manifestarse: Animales parlantes o daemons que resultan ser el alma externalizada de cada individuo (capaces de cambiar de forma hasta la mayoría de edad), un reino de osos polares acorazados con nombres suecos, un estado teocrático dirigido por una institución llamada el Magisterio (donde la inquisición goza de excelente salud), misteriosos artefactos que adivinan la verdad a quien los sepa leer, ventanas a otros mundos bajo la Aurora Boreal, brujas, gitanos, dirigibles, un Oxford exactamente igual al nuestro y el secreto de ese polvo cósmico que todo lo irradia (y cuya mención tanto hacía reír a los adolescentes sentados detrás mía en el cine), supuesta fuente universal del pecado que al acumularse año tras año acaba pervirtiendo (dicen los ortodoxos) la resplandeciente inocencia de los niños. Con una densidad conceptual superior en varias magnitudes al más grueso de los Harry Potters y donde cada elemento cuenta, el reproche más común a La brújula dorada es que el exceso de exposición se come la trama hasta dejarla en una ginkana de 113 minutos (poco más que la duración de un trailer contra la tendencia del más reciente género fantástico) que la niña protagonista (Dakota Blue Richards, su debut en el cine y muy bien que lo hace) recorre al galope parando tan solo a recoger algún personaje o dato útil de cara al siguiente tramo. A mí, por el contrario, me ha parecido una adaptación muy apañada, incluso inspirada, que fluye de un modo natural equilibrando muy bien exposición, argumento y emoción… Pero no descarto la posibilidad de que a Chris Weitz se le haya ido la mano compactando esos tres niveles, que muchos matices lanzados al vuelo se pierdan para el espectador no avisado y que nos acabemos riendo del chiste los únicos que lo traíamos aprendido de casa (ante la indiferencia del resto). ¿Puede una superproducción fantástica de New Line Cinema con aspiraciones de próximo Señor de los anillos (otro más) acabar convertida a medio plazo en película de culto? ¿Serviría de algo un montaje más largo, con un ritmo más aeróbico?
Peor suerte ha tenido la película al intentar esquivar las habituales servidumbres de toda superproducción de fantasía familiar navideña (obligada en su caso a recaudar por lo menos 300 millones de dólares para garantizarse la posteridad). Lo que por un lado aporta relumbre visual y un reparto estelar en papeles grandes y pequeños (Nicole Kidman, Daniel Craig, Sam Elliot, Derek Jacobi, Christopher Lee, todos brillantes, los tres primeros clavando literalmente los personajes que había imaginado mientras leía), por otro es una soga al cuello que obliga a exhibir presupuesto en forma de intensos despliegues de efectos digitales, espectaculares y bien diseñados pero con ese inevitable aire de parentesco con otros recientes, un barniz homogeneizante de fantasía estándar que acaba metiendo en el mismo saco, de manera injusta, a elfos, brujos, dragones, brújulas, leones y armarios; quizá una versión más sobria y realista del mundo de Lyra, (una Inglaterra paralela más contemporánea y familiar en lugar de esta interpretación tan steampunk y neovictoriana) habría hecho más por resaltar contra el fondo sus aspectos discordantes y verdaderamente originales. De hecho, la dirección de Weitz va más bien en esa linea sobria y funcional, casi intimista y muy británica (algunos la han llamado a mala leche directamente televisiva) pero que sabe estar a la altura cuando la cosa se pone épica (cierto que el tío no es Guillermo del Toro ni Alfonso Cuarón, pero tampoco es ningún Chris Columbus).
Más aún: toda película-negocio de este calibre debe luchar entre bastidores contra un ejército de contables decididos a limitar al máximo el riesgo del producto, a ampliar el target de los clientes hasta el infinito dándoles a todos de antemano la razón, empujando a simplificar, a suavizar, contemporizar y dar la paz a todo el que pase (incluidos los chalados). El señor de los anillos y las Crónicas de Narnia (respetables clásicos juveniles más que católicos) pasaron el filtro sin dificultad; Harry Potter, algo más laico, ya fue acusado de satanismo y magia negra; por consiguiente puede uno figurarse la oleada de pánico que debió recorrer el departamento de marketing de New Line al llegarles la sinopsis de los tres libros de La materia oscura, escritos por un reconocido ateo y que, más que polémicos, son ya pura herejía… En el clima actual donde el fanatismo cotiza al alza en todas partes y se desentierran con mimo y reverencia las creencias más ancestrales a este lado del canibalismo, era difícil imaginarse a un estudio de cine apostando su dinero para contar hasta el final el viaje de la pequeña Lyra Belacqua al Polo Norte y mucho más lejos (pasando por planetas alienígenas, la Tierra de los Muertos y nuestro propio mundo). Un relato monumental sobre el paso de la infancia a la edad adulta en todos los aspectos y con todas las consecuencias, pleno de imaginación, con personajes memorables e increíbles escenarios (esa es la parte fácil, la que pide a gritos que la filmen) pero letalmente cargado también de ética, filosofía y mucha pregunta incómoda sobre tanta verdad revelada y los que se dicen en posesión de ella; se trata, a fin de cuentas, de una reescritura o secuela en clave fantástica de dos de los mitos fundacionales de nuestra cultura, ese par de fábulas sobre lo que les pasa a los niños desobedientes que son la rebelión de Lucifer y la expulsión de Adán y Eva del paraíso (solo que en la versión de Pullman, justo justo como en la Guerra de las galaxias, los buenos son los rebeldes que pretenden proclamar la República del Cielo).
Los publicistas han intentado contrarrestar las protestas de los fundamentalistas cristianos (que tanto daño le han hecho en la taquilla americana con sus acusaciones de blasfemia y de robar a los niños la fé) esforzándose en presentar La brújula dorada como otra inofensiva peliculilla de fantasía infantil de buenos y malos y bichos que hablan. Como sabréis quienes la habéis visto, tampoco es exactamente publicidad engañosa: el primer libro apenas empieza a plantar las semillas del cataclismo cósmico que vendrá, y la película, sin alterar realmente nada, hace un buen trabajo disfrazando a los miembros del Magisterio de pseudoagentes del KGB o las SS. No consigo imaginar en cambio de qué manera habrían intentado disimular las implicaciones teológicas de episodios posteriores, como cuando el megalómano Lord Asriel y su ilimitada soberbia se ponen al frente de la coalición rebelde de seres terrenales y sobrenaturales contra los ejércitos de ángeles y arcángeles de la Autoridad (qué gran pérdida no haber llegado a ver a Daniel Craig planificando con absoluto aplomo su estrategia contra Dios, o más bien contra el decrépito ángel usurpador que dice serlo y toda su corte de fieles siervientes).
En aplicación de la ley de la oferta y la demanda, la posibilidad de llegar a ver algo de esto en el cine es ahora mismo infinitesimal. Independientemente de las previsibles protestas del fundamentalismo cristiano, el público simplemente no ha congeniado mucho con La brújula dorada; nadie está ahora mismo aporreando las puertas de New Line reclamando una secuela (y a estas alturas, seguramente al otro lado ya nadie piensa en otra cosa que en El Hobbit, la única película que en el fondo querían hacer).
Podría haber sido distinto si la productora no se hubiera acojonado con la mala puntuación que las pruebas con público le daban al desenlace de la novela, “demasiado deprimente y oscuro”. New Line insistió en cambiarlo, Weitz se negó en redondo y al final, como mal menor, accedió a cortarlo y pegarlo al comienzo de la próxima entrega. Catastrófica solución que deja a la película temáticamente coja y estructuralmente mutilada (un capítulo terminando en un absurdo punto y seguido). Sin ese final trágico e inesperado que la empuja al siguiente nivel y tanto desagradó a los primeros espectadores cobayas (un desengaño inesperado y brutal que desdibuja las fronteras inocentes entre el bien y el mal y pone en perspectiva mucho de lo acontecido; para que os hagáis una idea, un final digno de la tercera temporada de Perdidos) La brújula dorada se queda en una aventurilla curiosa por episodios, un poco rara, más ruido que nueces y que se olvida deprisa.
Supongo que los que conocemos la historia la percibimos en nuestra mente engañosamente completa, como hacen los amputados con los miembros fantasma que aún sienten parte del cuerpo; y mientras maldecimos entre dientes tanta idiotez corporativa, nos sentamos pacientemente a esperar el Montaje del Director.
El ojo del baño de oro
Por supuesto que no todo el mundo admitirá que el James Bond de Pierce Brosnan era un zombi apenas mantenido en pie por las oscuras fuerzas del product placement y la recaudación en taquilla. Para millones de espectadores de todo el mundo, el reinado de Brosnan cuenta como una auténtica edad de oro del personaje tras demasiados años de arrastrar una existencia poco distinguida.
Esta saga que lo había sido todo en los 60 y 70 había ido perdiendo lustre poco a poco (o mucho antes y muy rapidamente, según opiniones) y el relevo de Roger Moore por Timothy Dalton en una versión con menos coña del personaje no terminó de reactivar el interés del público por unas películas de acción de mediano presupuesto, creadas en un ambiente endogámico por el mismo equipo técnico y artístico de toda la vida y dirigidas por empleados leales pero rutinarios como John Glenn.
Tras un parón de seis años en los que la productora anduvo enredada en pleitos, Goldeneye (1995) pareció en su momento un esfuerzo bastante prometedor de puesta al día, con su estética mucho más contemporánea, sus referencias a una nueva era tras la guerra fría, un actor protagonista favorito del público y el uso desaforado de todo el arsenal de clichés más famosos de la serie, desde la canción (pastiche de John Barry / Shirley Bassey compuesta por Bono y The Edge y cantada por Tina Turner) a la trama de chantaje planetario con un satélite de la muerte, sin olvidar a Famke Janssen como la asesina a la que matar le provocaba orgasmos o al villano interpretado por Sean Bean, agente renegado e imagen especular de 007, capaz de meterse en su cabeza y despertarle unos cuantos demonios personales dormidos (o algo por el estilo… La verdad es que el guión era un bodrio pretencioso a medio cocer pero a muchos les encantó).
Al final, sin embargo, todo quedó en un simple lavado de cara, un empujón hacia adelante en dirección a una vía muerta porque bajo la capa de pintura el viejo molde seguía intacto. Los intentos de romper expectativas introduciendo elementos más realistas o dramáticos resultaban tan incongruentes como un bigote postizo en el arquetípico Bond cinematográfico que tan ajustadamente encarnaba Pierce Brosnan (un actor liviano con el que nunca parece estar ocurriendo mucho en pantalla y que sin embargo ha ido ganando en solidez con la edad). Síntesis perfecta de Sean Connery y Roger Moore con unas gotillas de la amargura exitencialista de Timothy Dalton, un personaje unidimensional sujeto con pinzas, supuesta reliquia de una guerra fría en la que por edad de ninguna manera habría podido tomar parte, playboy misógeno y metrosexual con inconexos ramalazos de vida interior, superagente secreto con aspecto de maniquí de El corte inglés, que siempre bebe lo mismo y se presenta en todas partes dando enfáticamente su propio nombre: “Bond, James Bond.” Semejante criatura sólo podía funcionar confinado en las estrechas paredes de su propio artificioso entorno de ficción, viviendo abigarradas fantasías escapistas cada vez más caras y previsibles, más propias de un ritual nostálgico vintage o de un parque temático.
El éxito de la saga Austin Powers desarticulando su fórmula clásica, y la aparición de la serie rival de Jason Bourne con una aproximación mucho más convincente y actual al cine de espías, amenazaban con reducir a medio plazo a James Bond a un chiste irrelevante. La propia supervivencia de la serie exigía una reinvención radical que los productores Michael G. Wilson y Barbara Broccoli (herederos del negocio familiar) quizá no se habrían atrevido a emprender en vida de su padre, Albert R. Broccoli, creador y propietario de la franquicia tras la espantada de su socio Harry Saltzman.
Bond Begins
La primera escena de Casino Royale (2006) -película basada por primera vez en treinta años en una novela de Ian Fleming, la primera que escribió y la última en ser llevada al cine- no podía haber hecho más esfuerzos por cortar lazos con la era Brosnan: Blanco y negro, estética vagamente expresionista deudora de El tercer hombre y un James Bond acechando en la sombra con el difícil rostro de Daniel Craig en su perfil más inquietante para matar a sangre fría a un traidor en la oficina del MI6 en Berlín. Así, tras consumar a plena satisfacción de sus superiores su segunda ejecución (considerablemente más sencilla que la primera, como él mismo admite), Bond adquiere oficialmente su famosa licencia para matar (el significado del código 00), que súbitamente deja de ser una frase hecha para convertirse en una realidad poco menos que repulsiva.
Y es que el personaje de James Bond (al que su propio creador consideraba una inofensiva fantasía masculina de sexo, violencia, lujo y exotismo) nunca ha dejado de tener sus lados de sombra: ya desde el comienzo de la bondmanía en los 60, Bond se atrajo las iras de la parte de la intelectualidad europea que se interesaba por estas cosas, que lo caracterizaba como un esbirro del capitalismo decadente y corrupto, sin otros principios ni ideología que las riquezas y el placer, un alienado que mataba a sangre fría y sin remordimientos. El propio Sean Connery dijo en algún momento algo sobre lo harto que estaba de que lo relacionaran con ese maldito asesino y que nunca jamás volvería a interpretarlo (años después se desdijo, sin embargo).
Lo cierto es que, aunque es raro el héroe de acción que no se acaba tomando la justicia por su mano (y entonces, o bien la indignación se extiende a todo un subgénero que suele ser bastante entretenido, o bien se empieza a confiar en la inteligencia del espectador y en su capacidad para distinguir entre ficción o realidad), pocos como el agente 007 tienen concedido el derecho explícito a matar con impunidad. En esto no cabe duda de que James Bond es una verdadera reliquia de los primeros tiempos de la guerra fría.
Originalmente un veterano de la segunda guerra mundial experto en operaciones especiales, al finalizar la contienda Bond simplemente prolonga su actividad contra los nuevos enemigos de su país como un buen patriota y súbdito del imperio que sigue jugando a indios y vaqueros, aceptando el razonamiento de que si la guerra fría es una guerra, en la guerra y en el amor todo vale. El Bond de Ian Fleming no es particularmente sádico y ni siquiera un genuino anticomunista: bien pronto en las novelas, y desde la primera película, Bond deja de perseguir a los escuadrones de la muerte de Stalin para vérselas con SPECTRA, organización mafioso-terrorista internacional entre cuyas filas, por definición, no hay civiles inocentes.
En cualquier caso, el éxito masivo de sus aventuras en ambos medios marcó un antes y un después en el género de espionaje (y en el cine de acción en general), convirtiendo a James Bond en referencia insoslayable, bien para imitarlo (en ejemplos medianamente recientes como Misión imposible, Mentiras arriesgadas, XXX, o las novelas de Tom Clancy sobre Jack Ryan), bien para rechazar de manera explícita y casi airada su distorsión romántica y fantasiosa del mundo de los servicios secretos, en la línea de John LeCarré y sus relatos inspirados en su propia experiencia, sórdidas historias de lealtades dudosas, gentuza implacable y desastrados hombrecillos grises en todos los bandos.
La trilogía de Bourne (una de las series cinematográficas más influyentes en el último cine de acción, basada cada vez más libremente en las novelas de Robert Ludlum), combina a partes iguales ambas tendencias del género de espías y les añade un extraordinario virtuosismo técnico (con prolijo uso de la camara en mano) y un solemne tono de realismo prácticamente olvidado en el cine comercial desde los 70. Matt Damon interpreta con gran convicción al amnésico ex espía del título, un cabo suelto de un conjunto de operaciones no autorizadas al que sus antiguos superiores persisten en intentar matar, obligándole así a tirar del hilo y sacar a la luz su propio pasado de monstruo al servicio de diversos crímenes de estado. Una fascinante variación sobre el tema del superagente especial (Bourne, para su propia sorpresa, resulta ser una máquina letal perfecta con un sinfín de talentos ocultos), mucho mejor adaptada al espíritu de los tiempos cuando, escaldados por el historial de la CIA en América Latina y fenómenos como el GAL y la guerra contra el terrorismo de Bush y Ramsfield, cada vez se hace más difícil creer que los servicios secretos están ahí para protegernos a nosotros (¿quién vigila a los vigilantes?).
No hay que echarle mucha imaginación para reconocer en ese Bourne anterior al incidente que le cambió la vida un remedo de las visiones más siniestras sobre el personaje de Ian Fleming con quien comparte iniciales (Fleming, por cierto, también dejaba a su hombre amnésico por una herida en la cabeza al final de su última novela completa, Sólo se vive dos veces). Una versión descarnada privada de glamour, supervillanos, chistecitos o tías en bikini. Un monstruo sin alma, una simple herramienta de precisión al servicio del poder. ¿Podría ser éste el verdadero 007?. Cuando James Bond es un cascarón vacío, un conjunto de accesorios y frases hechas al servicio de la trama, sin peso, personalidad ni motivos (excepto alguna salva al aire acerca de servir a su país y a la reina) es difícil desmentir ninguna interpretación coherente sobre el personaje, como esa tan clásica de que James Bond es un nombre en clave y cada actor un individuo distinto, o aquella otra tan paradójica que dice que la versión de Roger Moore (que es un tipo de lo más simpático, que odia las armas y es embajador de UNICEF y que siempre se tomó el papel con distancia irónica, soltando un chiste detrás de cada muerte) sería en el mundo real un psicópata aterrador.
Casino Royale le dió finalmente un pasado, valores y una opinión sobre sí mismo. Un trabajo duro porque no era una película de época y los guionistas Purvis y Wade (los expertos residentes en Ian Fleming) tenían que reinventarlo como un hombre nacido cincuenta años después del Bond literario, criado en un mundo necesariamente distinto, con una trayectoria vital diferente aunque paralela, la más parecida posible para acabar conduciéndolo al mismo punto. Ahora Bond es un ex militar de las fuerzas especiales reconvertido en agente del MI6, arrogante e impredecible, y durante su acerbo intercambio de impertinencias con la agente del Tesoro Vesper Lynd (Eva Green) nos enterábamos de que es un huérfano educado en colegios privados que posiblemente ha transferido sus afectos a las instituciones del país, un hedonista sin medios propios para cubrir sus gustos caros, y un tipo irónico y emocionalmente distante que prefiere liarse con mujeres casadas porque dan menos problemas. Lo importante, sin embargo, no era la propia información (que en su mayor parte siempre ha estado ahí implícitamente) sino la manera en que Daniel Craig la utilizaba para construir un personaje carismático, un cabronazo contradictorio pero coherente psicológicamente, un nuevo héroe de acción integral para el siglo XXI cuya intensidad achicharraba hasta el más vago recuerdo de sus antecesores.
Pero el engreimiento de este Bond con tan buenos motivos para creer en su propia infalibilidad no hace otra cosa que presagiar su caída : no sólo fracasa en su misión de desplumar al poker a un tal LeChiffre, banquero internacional dedicado a la financiación de terroristas, sino que se enamora perdidamente de Vesper y por ella termina dimitiendo del servicio secreto, espantado de la manera en la que el trabajo está destruyendo su humanidad (hay una gran escena de Bond ante el espejo con la camisa blanca del smoking empapada de sangre después de liquidar a dos matones en una pelea horriblemente sucia). La posterior traición y suicidio de la chica son el golpe letal que le hace regresar al juego convertido en un profesional implacable, destruida su confianza en la humanidad, ocultando la propia tras un muro emocional infranqueable. Gran relato-origen de un superhéroe en el que el descenso a los infiernos del protagonista marca el inicio de su leyenda, saludada con la ejecución a todo volumen del James Bond Theme para satisfacción del espectador. Casino Royale es una película poderosa, extraña e imperfecta, un poco larga quizá, con mucha más acción al principio que al final, y la mejor de la serie al menos desde 1964 si nos empeñamos en considerarla parte de la misma (sólo Desde Rusia con amor y Goldfinger podrían disputarle el primer puesto pero realmente es como comparar peras y manzanas).
Continuará