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miércoles, 4 de agosto de 2010

8. Don't Tell Me What I Can or Can't Do


LOST es una máquina narrativa llena de túneles y enlaces que la desbordan y remiten al espectador a innumerables mundos posibles e infinitas historias... Incluida, tal vez, la suya propia.

Supongamos que Jacob, el guardián de la Isla, el taciturno demiurgo que ha dado inicio a la aventura convocando a los personajes con sus extraños poderes sobre el destino, el espacio y el tiempo, pero que en el fondo no es más que un simple mortal imperfecto, fuera en cierto modo el trasunto ficticio de Jeffrey Jacob Abrams, creador de la serie.

Supongamos que su diabólico hermano el Hombre de Negro (del que nunca conocemos su nombre), loco por escapar de una Isla en la que ha vivido atrapado toda su existencia, el enemigo en la sombra de nuestros protagonistas desde el primer día, ese embustero y asesino hecho de humo que para materializarse en la acción requiere de cuerpos y voces ajenos, en suma, el Monstruo, fuera otro nombre para la Trama y por extensión para Damon Lindelof, el otro creador de LOST.

Que la serie fuera la Isla y sus dioses fueran por tanto los dos autores originales repartiéndose en plan de broma los papeles de poli malo y poli peor frente a sus personajes según su distinto grado de intervención en la acción:

Jacob como el creador distante, un legislador retraído y supuestamente bienintencionado que impone reglas, límites y objetivos pero se desentiende de los meros detalles, extrañamente indiferente a los ruegos, sacrificios o muertes de sus criaturas.
El Monstruo como el ejecutor de la trama, un ser despiadado y medio loco obligado a mancharse las manos de sangre con nocturnidad y alevosía, siempre maquinando para burlar las reglas que le impiden matar al guardián del relato o a cualquiera de sus posibles sustitutos (los personajes elegidos), tratando siempre de confundirlos y arrastrarlos a su perdición (pues si acaba con todos termina la historia y queda libre), lanzando sobre ellos toda clase de amenazas y peligros, moviendo en su contra a sus propios peones a losque recluta con promesas y engaños, creando en definitiva todas esas maquiavélicas estrategias de ocultamiento y manipulación de las expectativas que sustentan la inmensa mayoría de los misterios de LOST.


Que hubieran incluido en la serie muchas otras bromas privadas sobre el mundo de la televisión, transformando por ejemplo la obsesión por cifras de audiencia en unos omnipresentes números que lo mismo son la combinación ganadora de la lotería que le arruinan a uno la vida con su mal fario (aquello que gritaba Hugo, The numbers are bad!, los números son chungos); que las estrategias de contraprogramación con sus continuos cambios de día y hora hubieran inspirado la loca idea de mover la isla para salvarla de sus enemigos (tampoco es tan descabellado, existen abundantes leyendas acerca de islas semovientes).

En cualquier caso los personajes, al contrario que en una obra de Pirandello o Paul Auster, ignorarían en todo momento su condición de criaturas de ficción. Para ellos el destino del que tanto hablaba Locke (que no es otro que el que les depara el argumento) es una incomprensible fuerza sobrenatural que les zarandea a su antojo y no les ha traído más que desgracias. Por eso, cuando tras mil vicisitudes terminan por encontrarse cara a cara con los artífices de ese destino, Ben Linus (tal como había previsto el monstruo: demasiado rencor y resentimiento acumulados como para no sublevarse en presencia del silencio de Dios) acabará acuchillando a Jacob, repitiendo sin darse cuenta el asesinato del padre que ya había cometido una vez.

Porque si los dioses de LOST son malos, tampoco son mucho mejores los padres biológicos: negligentes, borrachos, maltratadores, criminales y hasta asesinos, pocos hay que sean trigo limpio. Sus hijos mantienen con ellos relaciones llenas de amargura, enfrentamiento y reproches que les marcan la vida y se acaban confundiendo con la que les unen al autor y los malos tratos que el creador les depara.

Jin Kwon
, más que llevarse mal, se avergüenza de su padre, el humilde pescador al que tanto se parece en el fondo. Él tiene ambiciones, pretende labrarse un porvenir y casarse con su amada Sun, hija de un turbio hombre de negocios quien, para acceder a tan desigual matrimonio, le obliga a trabajar para él como sicario, transformándolo en un personaje distinto del que Sun se enamoró, sacándolo de un romance para meterlo en un relato de gangsters (y sin Jin a su lado la propia Sun rápidamente comienza a avanzar por el mismo camino). Desde el principio el narrador de su historia conspira una y otra vez para separarlos hasta que, a apenas tres episodios del final, la pareja se planta y se niega a seguir el juego. Su historia acabará allí, en sus propios términos, tal como ellos decidan, y ningún monstruo los volverá a separar nunca más (y Kate, que también mató ya a un padre una vez, declara sombríamente su voluntad de matar al monstruo por ese crimen).

John Locke tiene un padre atroz, un asesino y estafador que le arruinó varias veces la vida: abandonó a su madre tras dejarla embarazada (ella lo entregó a un hospicio), le engañó para que le donara un riñón, trató de matarlo y lo dejó paralítico... Pero la propia obsesión de Locke por ese miserable sólo empeora las cosas. Podría haber escapado de su sombra, haber construido una vida propia junto a la mujer a la que amaba pero no fue capaz de olvidarse de él, se empeñó en perseguirlo para exigirle una explicación, para saber por qué le maltrataba, por qué no le quería.
Amargado con un cruel destino plagado de engaños y desilusiones que lo mejor que parece depararle es una existencia de muñeco roto guardado en una caja, Locke sueña con una vida más plena llena de propósito y significado en la que él no sea una eterna víctima sino un gran cazador en comunión con la tierra y los secretos del universo. La Isla le concederá su deseo convirtiéndole en el personaje que siempre quiso ser, el protagonista de un argumento hecho a la medida de sus más íntimas fantasías, la pieza central de un juego del que por fin cree conocer las reglas. Pero tampoco esa trama se desarrollará como él esperaba y su último destino será todavía más cruel e injusto que todo lo precedió. Sólo en el Limbo comprenderá Locke por fin cual era su papel en el gran argumento; no el que él imaginaba pero una parte esencial de la obra.

Quizá la escena más surreal y turbadora de toda la serie es precisamente esa en la que Locke es literalmente incapaz de matar a su padre tal como le reclaman y tiene que ser Sawyer, otra de sus víctimas (hijo simbólico del mismo autor) quien acabe con él. Anthony Cooper es un tipo tan monstruoso y detestable que en el momento de su muerte se convierte prácticamente en un ser alegórico pero el resto del tiempo los padres de LOST son personajes al mismo nivel que cualquier otro; no hay más que ver a Michael, Claire o Kate (que pierde su condición de aspirante a guardián de la Isla cuando ella misma se convierte en madre y tiene una criatura propia de la que cuidar).

En el complejo equilibrio entre control y creación, autoridad y libertad, el problema es el padre simbólico, ese autor a veces desconocido que ha construido para ellos un personaje que están obligados a interpretar dentro de una obra creada por otros, atados a un pasado que les ha venido escrito, que les lleva a tropezar una y otra vez en los mismos errores sin aprender ni crecer y que les nubla la posibilidad de imaginar un futuro por y para sí mismos. Con esa clase de autor tiránico lo mejor que se puede hacer es freírlo a tiros, estrangularlo o clavarle un puñal, enterrarlo y comenzar a crearse uno mismo su propio destino. Justo lo que Jack Shephard nunca consigue hacer.

A Jack, ya de niño, su padre el gran doctor le advierte de que no trate de de imitarlo, que es demasiado blando, que no tiene carácter para tomar decisiones sobre la vida y la muerte, que a veces no es posible salvarlos a todos. Más terco que una mula, Jack se empeña en demostrar lo contrario y se convierte en un cirujano milagroso especialista en enmendar al destino salvando casos perdidos, y también en el crítico más severo de su padre, al que no perdona que sea falible y humano después de todo y a quien prácticamente acaba empujando a la muerte (algo que Jack, a su vez, no se perdonará a sí mismo mientras viva).

Jack es un espectador escéptico de su propia historia que discute con el narrador a cada paso, que cree saber más que él (en ocasiones con razón), un personaje con ideas propias que se resiste lo mismo que Hamlet a seguir el curso de la acción que le marca un autor espectral, que se niega a aceptar ninguna baja, a sacrificar un solo peón en la partida en la que él y sus compañeros de relato ejercen de fichas, el protagonista designado de un relato que trata de tomar una y otra vez el control para sabotearlo (por ejemplo, saliendo de la Isla antes de tiempo). Pero Jack, más allá de su espíritu de resistencia, como aprendiz de autor es un desastre, carece de imaginación y sangre fría para asumir las consecuencias de sus acciones. Obsesionado con los fantasmas de su pasado, se muestra incapaz de seguir adelante con su vida, de inventar un futuro para sí mismo y en su lugar sigue soñando con arreglar lo hecho y desescribir lo escrito.
Cuando finalmente el hijo pródigo se rinda al destino para que haga con él lo que quiera, será entonces el narrador en retirada (ya poco más que un puñado de cenizas) quien se niegue a darle pauta alguna. Jacob simplemente quiere voluntarios, ceder el poder a alguno de los supervivientes para que ocupe su puesto como protector de la Isla. Terrorífica responsabilidad que sólo Jack se muestra deseoso de aceptar, sintiendo que aquel es, efectivamente, el destino que siempre había ambicionado, por fin al mando de su propia historia para continuarla a su manera, ¿Qué más da si el relato está ya muy avanzado? Al fin y al cabo, todos somos hijos de nuestros padres, ninguna historia empieza de cero sino cada una nace de otra y es heredera de una tradición que se remonta al origen de los tiempos.

Y Jack, que nunca fue hombre de perder el tiempo, apenas tarda un episodio en encontrarle una conclusión a su gusto. Un final mitad Indiana Jones, mitad Casablanca, del que milagrosamente todo el mundo sale vivo (incluso Frank Lapidus, el piloto que los sacará a todos volando de allí, sorprendentemente rescatado en mitad del océano cuando pocos daban un duro por él). Todos viven excepto el propio Jack (en el papel que siempre había soñado para sí mismo, el noble héroe que se sacrifica por sus amigos y muere feliz sabiendo que, aún costando dios y ayuda, ha logrado salvarlos a todos) y el maldito monstruo (atrapado en el frágil cuerpo de carne y hueso que aparentaba poseer cuando la luz mágica se apaga), otro nombre para esa larga y oscura cadena de secretos y mentiras que ha sido mayormente la trama de LOST, despatarrado al fondo de un barranco como una chocolatina cayendo de una máquina de vending.

El blanco y el negro, la luz y la oscuridad. Desde el primer episodio de la serie ha estado presente esa dicotomía, fichas en un tablero sugiriendo un enfrentamiento maniqueo entre el bien y el mal que en último término no era exactamente tal.
El Hombre de negro fue, en su momento, una víctima, y su furia nace de una verdadera injusticia, pero sus acciones posteriores hacen difícil no verlo como el mal encarnado. Más concretamente, la Mentira, la voz que oscurece el corazón y las mentes de los desgraciados que le dejan hablar a quienes corrompe, engaña y empuja a la ruina. Sondea sus más íntimos secretos, descubre sus mayores deseos y debilidades y después les cuenta historias sobre sí mismos y sobre otros. Vuelve a Claire una loca homicida explotando su soledad y el dolor por su hijo perdido. Destruye el espíritu de Sayid sin otra magia ni conjuro que sus palabras, convenciéndole de que no es ni podrá ser otra cosa que un asesino, prometiéndole recompensas ilusorias, devolverle a los muertos, haciendo de él un perfecto esbirro para ejecutar sus designios. Y quien sabe que le prometió a los compañeros y al marido de Danielle Rousseau: el Hombre de negro, con su poder de suplantar a la voz del padre/autor, de confundir a los seres humanos para asignarles el papel que a él le convenga, es la única plaga que ha habido jamás en la Isla.

Si la luz que custodia Jacob, trasunto del autor, ha de ser lo opuesto a esa oscuridad terrible, entonces debe de ser todo lo contrario: la auténtica chispa divina, el poder de ver lo que no está ahí, la capacidad de inventar y crear, la luz que se encuentra en el interior de cada individuo, la imaginación, la esperanza, las infinitas posibilidades que la mente humana puede concebir.
Porque el humo nace de la luz, del poder de la imaginación contaminada por las peores pasiones de la materia (la rabia, el miedo, la frustración, el dolor, la envidia) surge su reverso tenebroso, los delirios, las pesadillas y falsas certezas que sojuzgan y desesperan a los mortales, nublando su visión del mundo y lanzándolos a la destrucción de los demás y de sí mismos.

Y si ocurriera lo imposible y este criminal de negro cuyas maquinaciones amenizan los argumentos de esa Isla imaginaria escapara alguna vez hacia tierra firme, se apoderaría del mundo un sinsentido de voces y fantasmas aún mayor del que ya existe, un mar impenetrable de oscuridad, miedo y cinismo, destrucción y violencia que dejaría pequeña a la famosa maldición china: “ojalá que vivas tiempos interesantes”. Quizá ya ha ocurrido y no nos hemos enterado.

Esas fuerzas de la luz y la oscuridad, personificadas o no, escindidas o no en dos mitades, se han enfrentado desde el comienzo de los tiempos en la Isla (una historia que se solapa y confunde con la historia del mundo) y dentro de cada personaje al que hemos venido siguiendo. Tratando valientemente de salir de la selva oscura que les rodea susurrando “esto es todo lo que hay”, esforzándose por entender e imaginar, por descubrir los engaños, por trazar entre todos el mapa que les saque del laberinto de espejismos por el que marchan en círculos hasta la orilla luminosa del océano de las posibilidades donde soltarse de sus hilos invisibles y reclamar el dominio de su propia existencia.

Lo decía J.J. Abrams en su charla sobre el misterio: al final, en todas las historias que importan, la última caja guarda dentro el alma de los personajes; y dentro de ella, un lienzo en blanco donde nos vemos proyectados a nosotros mismos.

Pero la historia de la Isla no acaba nunca; tras Jack I da comienzo la era del enorme Hugo Reyes, nuevo protector de todos los mundos posibles, de todas las ficciones, ideas y fantasías creadas o por crear que se cruzan y bullen en el magma luminoso de su núcleo, la riqueza más grande con la que pudiera soñar un ser humano. Hugo es un gran tipo que implantará un estilo mejor, mucho más llano e incruento (aunque en caso de necesitar inventar nuevas tramas, siempre podrá contar con el mayor mentiroso vivo del mundo, Ben Linus). A su cargo quedan todas las historias concluidas, los misterios no resueltos, las tramas abiertas y las innumerables historias que quedan por contar, tanto dentro como fuera de la Isla. A partir de ahora, los Reyes somos nosotros.

Mientras tanto, ¿a dónde van a parar los personajes de un cuanto que ya ha sido contado? Quizá sigan soñando confusamente con sus vidas entre las páginas del libro, a la espera del día, siglo, o milenio (porque el tiempo no significa nada para un libro cerrado) en que alguien les despierte de nuevo para revivirlas.
Y luego, cuando la historia se haya vuelto a contar una vez más, ellos y sus compañeros de aventuras, reunidos para el último viaje, entrarán de nuevo todos juntos en la luz, en ese lugar único donde los personajes de ficción alcanzan la inmortalidad: viviendo para siempre en nuestra imaginación.


Parte 8 de 8
Texto completo en pdf, aquí:

Entradas anteriores:
1. The Long Con, 2. We're going to need to watch that again, 3. The boxman , 4. What Happened, Happened, 5. The Man Behind The Curtain , 6. See you in another life, brother , 7. Make Your Own Kind of Music

viernes, 30 de julio de 2010

3. The boxman


El episodio piloto más caro de la historia de la televisión comenzaba como el video de desastres más grande jamás filmado (gancho perfecto para los usuarios de youtube y los fans de Michael Bay): una escena dantesca rodada en tiempo real, los restos de un avión en llamas en una playa, gritos, muertos y heridos por todas partes... Nuestro alter ego el médico heroico echa a correr requiriendo ayuda, atendiendo a los más graves mientras ignora su propio costado sangrante. Entre los hierros retorcidos, todavía sin nombre y en estado de shock, se agitan los personajes que un día llegaremos a conocer mejor que a nuestro propio padre: el gordo voluntarioso, el jubilado calvo, la chica de las pecas, el padre con el crío, el chulo guaperas, la pareja oriental, el rubio siempre en medio, el árabe, la muchacha embarazada...

El espectador se va haciendo una primera composición del tipo de serie que será LOST cuando termine el despliegue de efectos especiales y toque ajustarse el cinturón: un grupo de personajes heterogéneos obligados a convivir a la espera de un rescate que nunca llega, una historia de supervivencia y amistad, altruismo y egoísmo, amor y celos, choque de voluntades y filosofías en los bellos paisajes naturales de Hawaii... En el mejor de los casos, Robinson Crusoe o El señor de las moscas. En el peor, Supervivientes. Y algo de eso habría pero no sería más que la punta del iceberg...


Entonces el piloto (del avión) es alzado en volandas por un monstruo al que nunca vemos y su cadáver arrojado hecho trizas contra los árboles. Fin de la primera parte.

Esa brusca irrupción del elemento fantástico representa la primera ruptura de las expectativas de las innumerables que constituirán la esencia de LOST, la primera vez que el desconcertado espectador se plantea en serio la pregunta de Charlie al ver el cadáver del oso polar: “Tíos, ¿pero dónde estamos?”.

Precisamente de eso se trata, de no saber.
En una conferencia de 2007, J.J. Abrams (que para entonces hacía ya un par de años que había dejado la serie totalmente en manos de Damon Lindelof y Carlton Cuse) comparaba el misterio con una caja cuyo contenido ignoramos. Esa caja cerrada que no hay forma de abrir es un catalizador de la imaginación, pura esperanza, potencial, posibilidades infinitas. En sentido metafórico Abrams la utiliza constantemente como narrador: en lugar de enseñar demasiado y revelar al instante toda la información, retenerla; sugerir, aguijonear la curiosidad del espectador.

Él no llega a decirlo pero la caja misteriosa de Abrams es la antítesis del acceso instantáneo, la gratificación inmediata y la sobredosis de información de la era de internet (la oscuridad del misterio contra la pantalla deslumbrante). Frente a la alegre anarquía planetaria de voces e imágenes sin filtro de la red, se alza, tan tieso y anacrónico como un poste de telégrafos, el arrogante narrador de toda la vida que en un universo de spoilers pretende todavía escoger el ritmo y la forma de contar su propio cuento. O quizá sean las propias historias las que se han vuelto anacrónicas, reemplazadas por un flujo instantáneo de puras sensaciones. Como apunta el mismo Abrams, todas las historias son de alguna manera historias de misterio, todas dosifican su información, todas ordenan su material para conseguir alguna clase de efecto, en todas existe siempre un filtro subjetivo, es sólo una cuestión de grado y del tipo de efecto que se pretende provocar.

La estricta historia de misterio suele comenzar con un teaser o primera jugada sorprendente (ej. aparece un oso polar corriendo por la selva) cuyo objetivo es deslumbrar al espectador para captar su atención, generar el misterio cuya solución es la historia completa que explica ese hecho o imagen y que el narrador, cruelmente, se niega a desvelar al instante. Puesto en tensión, en el mejor de los casos el espectador abandona su actitud de receptor pasivo y se enzarza con el autor en un duelo de búsqueda y ocultación para tratar de descubrir la verdad por su cuenta, rastreando pistas, atando cabos, formulando teorías... En suma, imaginando.
La historia de misterio es, simplemente, la clase más interactiva de historia y la Isla de LOST es una inmensa caja llena de ellas, un no-lugar creado para que convivan los monstruos y los milagros, donde las reglas de lo que consideramos posible se ponen en pausa para que pueda ocurrir cualquier cosa. Es decir, donde se pueda contar cualquier tipo de historia, incluso las que transcurren en cualquier otro tiempo o lugar.

A través de sus famosos flashbacks (que actúan como auténticos hipervículos que la desdoblan en decenas de series diferentes) LOST lleva a la práctica la vieja idea de que cada historia no es sino el punto de partida de otras muchas historias posibles; todos los personajes, desde los protagonistas al último secundario, guardan en su pasado, si no la posibilidad de un culebrón completo, al menos material suficiente para su propia tv movie de la semana, una serie dentro de la serie de la que cada cual es la estrella absoluta. Series de toda condición y género, tan poco comerciales como las crónicas de un genuino torturador iraquí o un drama romántico en clave de serie negra íntegramente hablado en coreano, u otras de tanta tradición televisiva como la del valiente médico que obra milagros en el hospital mientras su vida personal se cae a pedazos, o la de la fugitiva de la justicia perseguida por un poli implacable que va de dura pero que se para a ayudar a cualquiera.

Pero hay más: la tradición es muy importante para una serie que se pinta a sí misma como un enano subido a hombros de gigantes, un eslabón más en una larga cadena de mundos imaginarios entre los que cita a menudo a Alicia en el país de las maravillas / A través del espejo y El mago de Oz (y La Divina Comedia, El paraíso perdido o Star Wars), donde cada libro que los personajes hojean funciona como una apostilla para la acción, donde se echa mano de la mitología judeocristiana, egipcia, griega y budista, de la física relativista, la mecánica cuántica y la teoría de los juegos, que está plagada de personajes bautizados en honor de científicos, filósofos, escritores y seres de ficción; casi no queda rincón de la historia de la cultura y civilización humanas hasta el que de un modo u otro LOST no haya extendido sus tentáculos sin que la cara de poker de sus responsables trasluzca cuáles de esas conexiones son simples homenajes, cuáles pistas falsas y cual la clave de algún misterio. O acaso la mayor pista de todas sea en sí misma el hecho de que la historia de la Isla funciona como pantalla de inicio para una red infinita de textos y relatos sencillamente inabarcable para un simple mortal.

Demasiadas coincidencias como para ser casualidad: por mucho que el sentido común y la experiencia de tantos proyectos estrellados en la cuneta nos digan que es imposible crear deliberadamente un fenómeno mediático, hay razones para sospechar que J.J. Abrams y Damon Lindelof estaban tratando de generar un modelo inédito de ficción 2.0, una respuesta intencionada a la pseudorealidad en directo, los videojuegos y las nuevas formas de ocio de internet que amenazaban con reducir las series de televisión a un puñado de programas de medicos y polizontes y algunas exquisiteces para minorías en canales de pago. LOST es una estructura inacabable de vínculos y enlaces, un entramado de historias a imagen y semejanza de la red de redes (donde encontraría su ecosistema natural traicionando así, para salvarla, a la pantalla del televisor), una obra abierta de complejidad en aumento hasta rozar las dimensiones de un mapa 1:1 del mundo que iba a explotar por sí misma como juego colectivo en internet, donde los espectadores más curiosos acabarían por encontrarse para colaborar y compartir información, hallazgos, opiniones y teorías, cooperando para desenterrar entre todos los misterios que los guionistas habían puesto tanto celo en ocultar, esos misterios que eran como una hidra de muchas cabezas a la que por cada una rebanada brotaban dos.

Pero entre el juego y el relato abierto existe todavía una sutil distancia, una necesidad extra de sentido. Acabada oficialmente la partida, todos esos espectadores desilusionados que (en lugar de seguir cavando por su cuenta) esgrimen a grito pelado una lista con sus misterios favoritos sin contestar, seguramente lo que más echan de menos es esa única respuesta general y metafísica que debiera englobarlas a todas, el significado último de este universo de ficción. Que el final de la serie se limite a concluir con una apoteosis de emociones la peripecia vital de sus protagonistas, sin tratar de dotar siquiera de un mínimo de cohesión narrativa a esa extraña gimkana de seis años plagada de desvíos, pausas, avances y retrocesos, de episodios y momentos más o menos gloriosos o brillantes pero donde el conjunto vale menos que la suma de sus partes, tan sólo acaba por irritar más a sus detractores.

Sería irónico haber esperado tanto tiempo la gran revelación final, la clave unificadora que iluminara el conjunto y lo llenara de sentido, para después no reconocerla cuando se tiene delante; todo por esa manía de confrontar mentalmente personajes y misterios cuando en la práctica son tan inseparables como el sujeto y el verbo.


Como si los protagonistas de la serie hubieran acabado siéndolo por puro azar, como si los poderes de la Isla que controlan mágicamente su destino no los hubieran arrastrado hasta allí con toda deliberación para que sucediera algo con ellos, o como si sus anfitriones no hubiesen dispuesto ese escenario exclusivamente en su honor y en el de los espectadores que les seguían. Los pasajeros del vuelo 815 de Oceanic Airlines, supervivientes a duras penas de sus propias historias, cada cual con su propio muerto a cuestas que no hay manera de enterrar, un pasado aplastante lleno de angustias, secretos y errores que parecen condenados a repetir una y mil veces, han llegado a la Isla para ser probados, para descubrir quienes son y qué quieren realmente, para recrear a una nueva escala las pautas autodestructivas que los encadenan y encontrar (no sin ayuda) un camino para escapar de ellas o para morir en el intento. Porque, por obvio que parezca afirmarlo, en LOST la vida de cada personaje, lo que le ocurre antes y después de llegar a la Isla, son tan sólo partes de una misma historia, y ya se encarga el propio lugar de que lo sean.

Parte 3 de 8
Texto completo en pdf, aquí: 

Entradas anteriores:
1. The Long Con, 2. We're going to need to watch that again

miércoles, 28 de julio de 2010

Islas y continentes

1. The Long Con   
Durante un cuarto de hora yo también odié el final de LOST (ponga usted lo que quiera: horror, incredulidad, desconcierto). Luego me inundó una sensación de paz, plenitud y desapego por las cosas de este mundo que me tuvo varios días descuidando obligaciones e higiene personal, flotando con una sonrisilla medio idiota no muy distinta a la de Desmond tras su iluminación (esto es, cuando no me asaltaban las lágrimas al recordar de pronto algún momento concreto). Difícil no apreciar la semejanza con la reacción de los mismos personajes de la serie en el instante en que despiertan del Limbo y reviven los episodios de su propia historia ya cerrada, todos unidos en la misma absurda catarata de emociones, sin comprender muy bien todavía ni cómo ni por qué.

Allá por 2004 los concursos de tele-realidad gobernaban las ondas, la series de ficción se batían en retirada y algún ejecutivo de la cadena ABC que quería mimetizarse con el entorno encargó a J.J. Abrams algo así como una versión dramatizada de Supervivientes con unas gotas de Robinson Crusoe, El señor de las moscas y Parque Jurásico. Abrams y su colega Damon Lindelof sopesaron la propuesta, se la llevaron al laboratorio para hacerle unos ajustes y rápidamente lanzaron un episodio piloto.
Aquella bola de nieve echó a rodar por la pendiente cogiendo velocidad y volumen hasta formar una inmensa mole de tramas, personajes y misterios, un verdadero circo ambulante de cien pistas que acabó por declararse independiente y saltar a su propia realidad paralela seguido de una ávida audiencia millonaria y multimedia. A la sombra de su éxito se lanzaron sucedáneos y clones que se estrellaron uno tras otro a falta de ese toque secreto capaz de resucitar en jóvenes y adultos de vuelta de todo la misma pasión adolescente de las primeras
incursiones en la ficción, cuando descubrir una nueva historia y descubrir el mundo parecían parte del mismo viaje si no la misma cosa.

Y llegó el día en que aquella nube cuántica de preguntas, teorías, esperanzas y temores tenía que colapsarse en una foto-finish, y en todo el mundo millones de espectadores ansiosos se asomaron a la vez a sus cajas luminosas, cada cual aguardando ver brotar justo lo que había soñado. ¿Cómo evitar decepcionar a algunos?

Hay bastantes que describen un choque similar al mío (fuimos los que tuvimos más suerte). Otros, que en las primeras horas se sintieron frustrados por la falta de respuestas de un desenlace que no era el que que habían pedido ni el que imaginaban, tras un periodo de duelo acabaron por reconciliarse con él con efecto retardado. Finalmente están los que se volvieron asqueados con una conclusión tan mística, incoherente y blandengue, todos los estafados a quienes en el último momento Damon Lindelof y Carlton Cuse dieron el cambiazo para arruinarles la fiesta.

Y escuchando las razones de cada cual, uno se queda con la impresión de que el final de LOST es como un chiste del que algunos nos reímos y otros no, pero que en realidad la mayoría no hemos terminado de entender. Y a los racionalistas cartesianos, al final, las experiencias inexplicables nos  ponen muy nerviosos...

Parte 1 de 8
Texto completo en pdf, aquí: 

lunes, 5 de noviembre de 2007

Suelten los lápices


En un episodio de Studio 60 on Sunset Street, efímera serie del genio de Aaron Sorkin (El ala oeste de la Casa Blanca) sobre las entretelas de un programa de sketches semanal, el jefazo supremo del estudio hablaba con un brillo de arrobo en los ojos de cierto aparatejo en pruebas que examinaba guiones, los comparaba con los mayores éxitos de su género y corregía lo que no acabara de funcionar hasta conseguir el producto perfecto (una máquina semejante que corrigiera decisiones empresariales al parecer no estaba en proyecto).

Un trasto así (y algo como eso dicen que ya está inventado para los hits musicales) sería la piedra filosofal de los mandamases de los medios, la puerta a una cultura del entretenimiento completamente domesticada, retroalimentada y automática, una máquina de movimiento perpetuo, sin factor humano, creaciones sin creador. A estas alturas ya os habréis enterado de que hoy ha empezado la huelga indefinida de guionistas de cine y televisión de Estados Unidos tras meses de infructuosas negociaciones para lograr un nuevo convenio. Los últimos monos de la industria del espectáculo están en pie de guerra por la parte que les toca de los dvds y las descargas legales de internet (de internet, el gran futuro del negocio, actualmente no reciben nada, y de los dvds 4 centavos por unidad, lo mismo que vienen cobrando por los videos vhs desde finales de los 80 sin corrección de inflación alguna).

Dicen que de la huelga de 1988 (que duró 22 semanas, hasta que los guionistas cedieron) nació el imperio del Reality Show; se ignora qué nuevas pesadillas traerá esta de 2007; supuestamente, más tazas del mismo caldo, que es la gran baza de unos productores cada día más confiados en el poder de las reposiciones y los programas sensacionales tirados de precio que se escriben solos (o por gente no afiliada al Writer´s Guild).

El verdadero campo de batalla será la televisión porque el cine se ha preparado bien para el asedio: Proyectos en vía muerta como la segunda película de Expediente X han visto repentinamente la luz verde y casi todos los títulos importantes previstos para el año que viene están ya en pleno rodaje o disponen de guiones terminados (aunque sea a trancas y barrancas antes de la fecha límite, pero ¿quién notará la diferencia? Hasta puede que la incapacidad de ordenar nuevas reescrituras mejore un poco la calidad media del cine comercial USA el año que viene).

Ya han parado los talk shows (escucho en un informativo el comentario malicioso de que Jay Leno o David Letterman no podrán hacer programas nuevos salvo que se escriban ellos los chistes. Falso: si son miembros del sindicato, que es lo más probable, tampoco se les permite escribir para sí mismos). Si la cosa no se resuelve pronto, en cuanto se queden sin guiones (o quizá antes) se detendrá la producción de series reales y animadas (ej. Los Simpson), y así Hugh Laurie (el doctor House) tendrá ocasión de pasar más tiempo con su familia en Inglaterra y superar su depresión transoceánica. Alguna ventaja tendría que tener, que tampoco es el fin del mundo y además, las pocas series americanas que funcionan bien por aquí (CSI, Prison Break, Anatomía de Grey, Heroes…) o son ya reposiciones la mitad del año, o todos los capítulos son poco más o menos intercambiables, o simplemente a mí no me gustan...

No será el fin del mundo para vosotros, gente sin criterio que no sois fans de Perdidos, evidentemente la mejor serie americana en producción y que tiene la mala suerte de ser la única que es un relato continuo en progresión... Quienes teníamos ya que vivir el suplicio de esperar hasta febrero para reengancharnos a la historia (a esa cuarta temporada que ya venía reducida tan solo a 16 episodios) nos quedamos de pronto sin fecha ni calendario para volver a ver al gordo Hugo, al matrimonio coreano o al monstruo de humo de la isla. No queda otra que solidarizarse con la causa de los escritores (porque tienen razón, y porque lo que salga de ahí tendrá repercusiones a medio plazo en la industria del entretenimiento del mundo entero) y rezar para que el acuerdo llegue pronto. Por cierto que Damon Lindelof, productor ejecutivo de Perdidos, es, jugarretas del destino como esas que él escribe, uno de los negociadores por parte de los guionistas...

viernes, 27 de julio de 2007

Comic-Con 2007: el cielo de los geek

Todos los años se celebra en San Diego, California, USA, una gran convención nominalmente dedicada al comic pero que en realidad abarca todo un amplio surtido de intereses extramundanos (coleccionables, juegos, películas, tv…). La Comic-con es siempre un hervidero de noticias y primicias sobre futuros estrenos cinematográficos de fantasia y ciencia ficción que las productoras presentan en sus stands con la intención de poner los dientes largos a los enteradillos... A continuación, para quienes les interesen estas cosas pero sean demasiado vagos para buscar por sí mismos en la red, un breve resumen de lo acontecido hasta ahora:

Beowulf
Decepcionante presentación de lo nuevo de Robert Zemeckis (emperrado en seguir utilizando la técnica de captura de movimientos de Polar Express, supuestamente ahora más perfeccionada pero que salta a la vista que aún sigue en fase experimental; dicen que el guión adaptado de Neil Gaiman y Roger Avery es brillante, oscuro, adulto y salvaje, y el diseño de producción tiene buena pinta...)

http://www.apple.com/trailers/paramount/beowulf/


The Dark Knight

Primer teaser-trailer de la secuela de Batman Begins; se ve poca cosa, básicamente es Michael Caine/Alfred hablando en inglés sobre el logo de Batman y unas palabritas finales más risa diabólica del Joker para cerrar). Se mostró en vivo en la convención y por ahora en internet solo aparece en una versión capturada con el móvil en youtube...

(ACTUALIZACIÓN: aquí está la versión oficial en quicktime)


Sweeny Todd

El poster de Sweeny Todd: el musical adaptado por Tim Burton con Johnny Depp como el barbero asesino londinense…


¡Véalo en grande!






Watchmen

Se anunció finalmente el casting para la próxima película del director de 300 Zack Snyder, basada en la obra maestra de David Gibbons y el Dios del cómic Alan Moore...

casting con fotos




"¡No mentarás a Alan Moore en vano!"


Los continuos rumores de diversas superestrellas interesadas en interpretar a los superhéroes retirados (Tom Cruise, Jude Law…) al final se han quedado en nada, al parecer por falta de respaldo financiero del estudio; de aquí puede salir cualquier cosa, posiblemente un trabajo mediocre muy bonito de ver que vuelva a sacar de quicio a Mr. Moore.


Cloverfield/ Perdidos/ Star Trek

J. J. Abrams y su socio Damon Lindelof (el cerebro de Perdidos) tenían muchos temas en cartera pero, contar contar, poco más que lo imprescindible:


Cloverfield/ 1-18-08: o como quiera que se llame finalmente, va a ser una película con monstruo original y autóctono, la respuesta americana a Godzilla (“King Kong no vale porque es demasiado mono”).





Perdidos: los seguidores de la serie pegamos un salto al enterarnos del regreso en la cuarta temporada, de nuevo como personaje fijo, del más apestado superviviente del vuelo 815 de Oceanic.












Star Trek: Zachary Quinto, el psicópata comecerebros de Heroes, es, como se rumoreaba desde hace días, el joven y nuevo Mr. Spock. El nuevo y viejo Mr. Spock sigue siendo Leonard Nimoy, que sale del retiro por un guión “fantástico”. Abrams (un temerario que se declara más bien fan de Star Wars) aún anda buscando al nuevo capitán Kirk, sin que descarte del todo encontrarle algo que hacer al viejo (Hum, con todos los respetos por los servicios prestados, mejor no…). Ni palabra del argumento (falta más de un año para el estreno) pero el nuevo teaser-poster que utiliza la tipografía original de la serie sesentera emite fuertes vibraciones retro...


Indiana Jones IV

Aparición en video de Steven Spielberg junto a Harrison Ford, Shia LaBeouf (el supuesto hijo de Indy) y Ray Winstone (su nuevo socio) para presentar a otro miembro del reparto de quien se venía hablando mucho, hasta el momento sin confirmación oficial: Karen Allen como Marion Ravenwood. Que sigue fantástica 26 años después de En busca del arca perdida