sábado, 3 de mayo de 2008

Historia viviente


Que no os engañen sus canas, sus gafas de pasta ni su imparable verborrea de simpático abuelete italoamericano: Martin Scorsese es un rockero de corazón (y que ahí donde le veis, en sus buenos tiempos llegó a meterse en el cuerpo tanta mierda como el mismísimo Eric Clapton). En 1973 el neoyorkino revolucionaba con Malas calles el concepto de banda sonora entrelazando canciones contemporáneas con el ritmo y la atmósfera de cada escena, y ya por entonces incluyó en ella dos temas de los Rolling Stones (que nunca habían sonado mejor).

Fan del grupo desde siempre, Scorsese cuenta que toda su vida había querido rodar Shine a light, que él ya la había hecho en su cabeza hace cuarenta años aunque sólo ahora haya podido concretarla y capturarlos en vivo. Pero la película que él imaginó en su día y la que nos llega ahora no pueden ser realmente la misma por mucho que compartan el mismo objeto; ni él es ya aquel joven director anfetamínico, ni es el mismo el (espectacular) despliegue de medios a su alcance, ni (sobre todo) significa lo mismo el mito de los Stones en 2008 que lo que podía representar en 1970 (cuando, por cierto, algunos los daban ya por acabados).
El tiempo, que ha afilado los rasgos de sus componentes, ha suavizado en cambio las aristas de la banda hasta convertirla en una institución de lo más respetable (como el propio Sir Mick), un espectáculo con sexo, droga y rock´n roll para toda la familia, abuelitas incluidas, y si no no hay más que verles recibiendo antes del concierto con profesionalidad exquisita a la madre de Hillary Clinton y al resto de su séquito sin dejar traslucir en absoluto el menor resquicio de irreverencia o descojone (al saludar a esa señora que en los 60 probablemente les hubiera atizado con el bolso; ¿qué piensan realmente de semejante circo? Imposible penetrar bajo la coraza).

Los Stones, aunque no la banda de rock más longeva en activo, es desde luego la más famosa y la que más directamente ha tenido que bregar con esa peliaguda cuestión que los músicos de géneros nacidos antes del siglo XX han resuelto hace tiempo: ¿cómo debe envejecer sobre el escenario una estrella de rock? Su respuesta (pese a las arrugas que convierten sus rostros en un estudio de las edades del hombre digno de Da Vinci) sigue siendo no darse por enterados... Mick Jagger juega todavía bajo los focos a ser el mismo chico malo, escandaloso y provocador que rivalizaba en titulares con los Beatles, moviéndose, saltando y bailando a sus sesenta y cuatro años como un verdadero demonio, en una demostración de energía tan antinatural que obliga a pensar que tiene que haber vendido su alma a cambio como poco. Sus compañeros se lo toman con más calma y se limitan a tocar con una eficacia impropia de su frágil apariencia, Keith Richards sacando partido irónico a su propia decrepitud de bucanero zombi del Caribe, Ron Wood manteniéndose en el discreto segundo plano que le corresponde como novato (sólo lleva treinta años con ellos), y Charlie Watts viéndolo todo y no diciendo nada tras su batería con la mirada perpleja de un jazzman millonario todavía sorprendido de seguir atrapado con el resto en esa burbuja eterna de tiempo plastificado. La música, una mezcla del repertorio más obvio con temas menos conocidos, suena poderosa pero extrañamente desconectada de unos intérpretes que llevan toda su vida tocándola y que tan poco tienen ya en común con aquellos chavales que la crearon. Es una impresión subjetiva pero las canciones de los Rolling Stones 2007, salvo en momentos puntuales, apenas me transmiten otra cosa que su voluntad de sobrevivir a toda costa, y la extraordinaria disciplina a la que se someten para seguir siendo la misma banda que siempre han sido (y ese distanciamiento no lo rompe la cámara por muy en medio del meollo que se meta).
El documental es, en un 80%, un concierto filmado con verdadero alarde de virtuosismo, cantidad de cámaras moviéndose entre los músicos como si fueran invisibles, fantásticamente fotografiado y montado, a lo que se añade un breve making of inicial (donde podemos ver otra vez a Scorsese repitiendo su aclamado personaje del spot de Freixenet) y breves insertos de entrevistas de archivo de la banda para dar alguna perspectiva sobre de dónde vienen y hacia donde van (que a estas alturas ya no puede ser muy lejos). Algún dia la última gira de los Stones será la última de verdad y la película de Scorsese quedará como un valioso testimonio, lo más parecido a un simulacro perfecto de lo que fue su última época. De ella han dicho que es superficial, un ejercicio de estilo que no termina de emocionar, pero para mí que ha captado perfectamente la esencia actual del grupo y si de algo peca es de un exceso de respeto y objetividad; me quedo con las ganas de saber qué es lo que piensa realmente Scorsese hoy día sobre ellos y qué conclusiones ha sacado al respecto.

domingo, 27 de abril de 2008

Hollywood Are Us



Fue durante los 80 cuando los videoclubs tomaron los bajos de nuestras calles como una epidemia descontrolada de portales mágicos con enlace directo al maravilloso universo de las películas que jamás de los jamases nos echaban por la tele. De estos antiguos templos del conocimiento, hoy reliquias de arcaicos hábitos de ocio, apenas sobreviven unos pocos con la ayuda de las chucherías y los cajeros automáticos de servicio 24 horas; sin embargo, ante la disyuntiva de desaparecer o convertirse en efímeros eslabones de la franquicia Blockbuster, queda aún la tercera opción que propone Michel Gondry en Rebobine por favor: la salvación comercial a través de la marcianada del Hágalo usted mismo.

Mientras Danny Glover, propietario del videoclub Rebobine por favor, anda de viaje espiando a la competencia en busca de nuevos métodos para optimizar su negocio, su dependiente Mike (Mos Def) y el pirado de su mejor amigo Jerry (Jack Black) se las arreglan para borrar accidentalmente todas las cintas VHS (a ese local nunca llegó la conversión al DVD). Pero lo que comienza como una catástrofe sin paliativos resulta finalmente una bendición disfrazada cuando los dos amigos, con la osadía que sólo la ausencia total de sentido común proporciona, se arrojan cámara en mano a protagonizar sus propios remakes de recordados clásicos de los 80 y 90 como Cazafantasmas, Hora punta 2, Robocop o Paseando a Miss Daisy para reemplazar las copias perdidas.

El director confesaba en una reciente entrevista su amor absoluto por Regreso al futuro, otro tótem cultural de los 80 que curiosamente no se incluye entre los remakes, quizá para evitar redundancias puesto que en las primeras escenas la dinámica entre Black y Moss (y hasta los efectos visuales) podrían recordar a más de uno los delirios de Doc Brown arrastrando a sus paranoias pseudocientíficas a un alucinado y algo obtuso Marty McFly. Pero ese tono caricaturesco algo pasado de decibelios enseguida se encauza y desemboca en una luminosa comedia naif que aprovecha hasta el fondo el absurdo de su premisa y funciona como intrigante manifiesto por la autogestión cinematográfica, la desmitificación del proceso creativo (porque hay sólo una diferencia de grado entre recrear lo que ya existe y crear lo que nunca ha existido) y la reversibilidad esencial de los papeles de autor y espectador, todos juntos y revueltos en una misma corriente de energía creativa colectiva en la que están de más los vendedores, los contables y hasta los medios técnicos porque todo es ponerse.

Un sorprendente viaje a las esencias pioneras de George Meliés por parte de su compatriota Michel Gondry, director de Olvídate de mí y antes de eso de numerosos spots y videoclips para lumbreras como Björk, Radiohead, Chemical Brothers o los White Stripes; el hombre que presumía de haber inventado el tiempo-bala antes de Matrix ahora reniega de los artificios digitales, apostando en su lugar por el VHS y el reciclado del arte povera (construyendo en el proceso imágenes de auténtico impacto, muchas hilarantes –los efectos especiales de los cazafantasmas, las naves espaciales de 2001- y otras, como el árbol de trompetas, que son pura poesía visual).

Por supuesto, la nostalgia analógica de Gondry es tan ficticia como las películas reconstruidas que alquilan los de Rebobine por favor, más que nada un recurso de estilo para rodear las imposiciones de una industria empeñada en vendernos a los nativos cada vez más brillantes baratijas de colores. Nadie mejor que él para saber que utopías creativas como la que nos muestra sólo son imaginables en la era de internet y sus nuevos espacios alternativos de encuentro (antes que en un romántico viejo local a un paso del derribo en los suburbios de Nueva Jersey). Rebobine por favor es una trola tan tremenda como la historia de Fats Waller que cuenta Danny Glover pero sin embargo, en ambos casos, la mentira queda mucho mejor.

martes, 22 de abril de 2008

El espíritu de Eisner

El dibujante y guionista de cómics Frank Miller ha empezado a soltar prenda sobre lo que será propiamente su debut como director de cine, The Spirit (basado en el personaje de Will Eisner, con Scarlett Johansson, Samuel L. Jackson, Eva Mendes y el desconocido Gabriel Match como el personaje titular); la aparición del primer trailer y un póster, en lugar de calmar los ánimos, ha enardecido a las masas de internet hasta hacerlas clamar ahora directamente por su crucifixión…

Me paso un cuarto de hora frustrante leyendo comentario tras comentario llenos de mala baba poniendo a Frank Miller de fascista acabado e inútil que no sabe sino hacer una y otra vez el mismo truco, su clásico rollo hipernegro ultraviolento, cínico y nihilista con la omnipresente voz en off (siempre es bonito encontrar tanto consenso). ¿Estaré yo chiflado por pensar que lo que se va conociendo de The Spirit da ciertas esperanzas de que quizá el viejo Miller sepa (por primera vez en mucho tiempo) lo que está haciendo?

The Spirit, pese al poster en blanco, negro y rojo, no es el título en clave de Sin City 2 sino una adaptación del famoso personaje de Will Eisner (1917-2005), posiblemente el más influyente autor de cómics de todos los tiempos (lo de Orson Welles del cómic sería una buena aproximación); el tipo que ya estaba allí cuando nacieron los superhéroes pero pasó de crear uno propio porque los encontraba ridículos, el que treinta años después inventó la novela gráfica con Un contrato con Dios; el único defensor durante décadas de esa idea absurda de que los cómics podían ser también una forma de arte (sus libros sobre la teoría y práctica del arte secuencial son de lo mejor que se ha escrito al respecto) y no por nada el tipo cuyo apellido da nombre a los premios más importantes del mundo del cómic.


The Spirit, el personaje que le dio la fama (antes de que se cansara de él y buscara nuevos retos) era un detective enmascarado sin las neuras del oficio, una especie de Batman encarnado por Cary Grant que lo mismo se metía en historias de cine negro que en dramas cotidianos, relatos de humor o hasta de ciencia ficción; sus aventuras eran un formato extremadamente flexible, siempre lleno de gracia, sutileza e ingenio y el clásico idealismo americano de los años 30 resonando en el interior. ¿Qué podría haber más alejado del sórdido culto a la violencia del estilo Frank Miller? Y sin embargo ambos hombres fueron amigos y admiradores mutuos… ¿Puede ser Miller tan capullo como para apuñarlo en espíritu convirtiendo a su personaje más emblemático en otro Hartigan, en otro Marv, en otro Batman maldito psicópata? No, no creo.
Porque vale, está claro que visualmente Miller vuelve a tirar del Sin City de Robert Rodríguez, a primera vista parece el mismo mundo expresionista blanquinegro proyectado en un croma y generado por ordenador, y a la hora de vender la película es importante remarcar la conexión. Pero ese poster es cien por cien Will Eisner, y luego uno pone el trailer y ve a the Spirit echar a correr por los tejados, y hay otra vez un monólogo de tipo duro y fondos y siluetas a contraluz, pero ese tío no corre como un héroe de Frank Miller: ese tío tiene clase y sentido del humor.

jueves, 17 de abril de 2008

Animalicos



El 27 de mayo, tres años y dos meses después de Pájaros en la cabeza, sale finalmente lo nuevo de Amaral, un disco doble de 19 canciones muy orientalmente titulado Gato Negro, Dragón Rojo.

¿De verdad han sido tres años? Parece mentira porque duranto todo este tiempo, mientras ellos se retiraban de los medios y de las giras, las radios han seguido alimentando la caldera desglosando single a single su disco anterior, que no por nada contenía varias de las mejores canciones que haya hecho nunca el dúo Juan Aguirre- Eva Amaral (El universo sobre mí, En el río, Marta, Sebas, Guille y los demás, Esta madrugada, Resurrección, No soy como tú… Si es que no se salva una).

Así que entro a escuchar con una mezcla de alegría y aprensión el primer tema adelantado que han colgado en su página (www.amaral.es), Kamikaze, y está bien pero no me tira inmediatamente de espaldas (igual porque es un himno rockero genérico solidario , que es un género algo trillado en esta era post U2). Pero tiempo habrá para escucharlo más y en su contexto…

Gato Negro-Dragón Rojo saldrá a la venta en cuatro formatos diferentes (y sólo un grupo que se haya hartado como ellos de vender podía desafiar con tal despliegue al imperio de las descargas y la debacle del mercado musical):
1-Doble cd estándar.
2-Discolibro especial con más de 40 páginas.
3-Caja edición limitada con discolibro y extras.
4-Una memoria USB con las canciones, un pdf y extras.

Esta última, supongo, tirada de precio, que al final es el factor decisivo a la hora de comprártelo simple o compuesto por mucho que sea uno de tus grupos favoritos. Un detalle de agradecer es que Amaral se compromete expresamente a no lanzar en el futuro reediciones con más contenidos extra todavía, práctica copiada del mundo dvd y que jode muchísimo cuando te la hacen y tú ya has acoquinado con la primera edición para pringados...

Pero para radical en cuanto al tema formatos, lo de Elvis Costello, cuyo próximo disco, Momofuku, sólo saldrá en vinilo adjuntando un código para descargárselo en formato digital. Al cd, pillado en tierra de nadie, le quedan dos telediarios pero al vinilo no hay dios que lo mate.

domingo, 13 de abril de 2008

Cómo ir al cole


Baktai es una niña de unos cuatro años, cabezona como ella sola, que vive en una cueva entre muchas en la urbanización cavernícola más exclusiva de Afganistán, la montaña de Bamiyán donde hasta 2001 se alzaban las estatuas de los budas gigantes que los talibanes dinamitaron por blasfemos.

Una mañana a Baktai se le mete en la cabeza que tiene que ir al colegio con su vecino Abbas para aprender más historias como esa tan graciosa que le cuenta del hombre al que le cayó una nuez en la cabeza (y se alegró mucho porque podría haber sido una calabaza). Y pasando olímpicamente de quedarse de canguro de su berreante hermanito, baja toda animosa al pueblo a conseguir dinero para comprarse el cuaderno y el lápiz que necesita...

Buda explotó por vergüenza, mejor todavía de cómo suena, funciona a la vez como una divertida (y a ratos angustiosa) fábula neorrealista, como un fascinante documento antropológico sobre una cultura a caballo entre el siglo XXI y la edad de piedra, y como una denuncia nada velada de ciertas terribles taras que la atraviesan, heridas infectadas que tardarán generaciones en cerrarse consecuencia de guerras sin cuento y de un fanatismo aparentemente derrotado pero que flota en el aire y se sigue filtrando por los poros. La lucha de la renacuaja protagonista por su educación (o por hacer lo que le da la gana y jugar a lo que quiera) encontrará un obstáculo detrás de otro pero no por ello se desanima. En una sociedad donde los niños (no escolarizados) trotan libres como cabras por senderos bordeando aterradores abismos, se meten solos a hacer trueques por mercados y callejuelas o se juntan en pandillas que no tienen una idea buena, los adultos aparecen como figuras ausentes o ineficaces, demasiado atareados, cansados o muertos como para ocuparse de una juventud tan hiperactiva. Buda explotó por vergüenza se acaba pareciendo a una versión islámica de los Peanuts de Charles Schultz, con los mayores siempre fuera del cuadro mientras unos niños de voluminosa cabeza reproducen espontáneamente en el microcosmos de su tira todos los síndromes y complejos de la vida adulta (por cierto que Abbas, el amigo pelmazo de Baktai, es el vivo retrato de Charlie Brown).

La directora y guionista iraní Hana Makhmalbaf (Teherán, 1988), el miembro más joven de una ilustre familia de cineatas, debutó a los 16 años con un documental sobre el rodaje de A las cinco de la tarde, la película que su hermana Samira estaba filmando en Afganistán. Buda explotó por vergüenza, rodada en escenarios reales con actores locales que jamás se habían puesto delante de una cámara, es su primer trabajo de ficción pero sospecho que la aventura de rodarla habría dado también para un making off impresionante (incluyendo, entre otras cosas, cómo convertir a una panda de críos que apenas saben vestirse solos todavía en un grupo de actorazos capaces de comerse la pantalla).

martes, 8 de abril de 2008

El hombre que saltó milenios


Se ha muerto Charlton Heston y es como si se hubieran muerto el mismo día Harrison Ford, Mel Gibson y Arnold Schwarzenneger: Heston fue el héroe por autonomasia de los 50, 60 y primeros 70, el yanki granítico y sin dobleces, rey indiscutible del cartón piedra y el cinemascope.

A estas horas ya se me ha adelantado todo el mundo a escribir sobre él (por ejemplo, mucho mejor, Jordi Costa en El País); que si Moisés, que si el Cid, Ben-Hur, y lo de esa última aparición suya en Bowling for Columbine junto al no menos heroico documentalista Michael Moore, dándole la puntilla a un pobre viejo enfermo gracias a la magia del montaje y de la demagogia, pintándolo como un fanático sanguinario incapaz de sentir compasión por las víctimas de una matanza escolar. 84 años dan para toda una vida de contradicciones y el ultrarrepublicano defensor de las armas de sus últimos años es el mismo hombre que se manifestó en los 60 por los derechos civiles junto a Martin Luther King; supongo que en algún momento le cambió el concepto de qué significaba ser un héroe.

En cuanto al cine, aún apreciando sus trabajos históricos de los 50, mucho más interesantes me parecen sus películas posteriores, cuando sus personajes se alejaron de la santidad y se pasaron al lado de los cabronazos. Llegaban tiempos descreidos y revueltos y Heston supo dar el salto del pasado al futuro, convirtiéndose en el icono de la ciencia ficción apocalíptica: El último hombre vivo (otra versión de Soy Leyenda), Cuando el destino nos alcance o, sobre todo, El planeta de los simios, quizá la película definitiva de su género, donde el astronauta cínico y brutal de Heston representaba a la perfección al último eslabón de una civilización destinada a perecer por su propia locura.
Entre medias, otra rareza en su filmografía, ese insospechado papel de honestísimo policía mexicano teñido de moreno en Sed de mal. Charlton Heston tuvo que pelear con el estudio para que dejaran a Orson Welles dirigirla y el resultado fue la última obra maestra que Welles rodaría en Hollywood. Otros muchos, incluso supuestos admiradores de su cine, jamás echaron un cable al viejo maestro, así que algo tiene que contar en el balance.

domingo, 6 de abril de 2008

El final más largo



Yo soy Bea es esa serie de Telecinco que antes ponían al acabar el Tomate y a la que mi madre está irremediablemente enganchada, hasta el punto de que cada tarde que tiene que salir me hace grabarle el episodio e incluso me obliga a escuchar la última perrería del villano como si yo tuviera la menor idea de qué me está hablando. Y como ella un montón de gente.

Pero el caso es que la paciencia tiene un límite, que Bea la fea lleva más de 400 capítulos sin cambiar de look ni acabar de emparejarse con el galán (frente a los 169 episodios del original colombiano ), y que hasta los más fieles seguidores se han percatado de que la trama no avanza ni a tiros y que las entregas diarias se van quedando en nada, apenas una rodajita de escenas emparedada entre interminables bloques de anuncios. "¿Cuándo terminará de una maldita vez esta serie que nos mantiene encadenados?" se pregunta su público ya en plena dinámica amor-odio, “¿será verdad eso que hemos oído de que acaba la semana que viene?”. Para responder a una duda tan acuciante consulto un par de foros sectoriales y cuando le cuento a mi madre que el plan es alargarla todavía hasta junio casi se cae de culo y luego se sube por las paredes despotricando indignada por semejante tomadura de pelo. Y digo yo, vale que los de Telecinco son gente con estudios que seguro que han calculado al milímetro las ventajas e inconvenientes de no soltar la presa y estirarla todo lo humanamente posible pero, ¿una explotación tan descarada no es pan para hoy y hambre para mañana? ¿No les terminará pasando factura este tercer grado al que vienen sometiendo a su indefensa audiencia, volverán sus escaldados espectadores a reengancharse en masa al siguiente culebrón y pelillos a la mar y aquí no ha pasado nada, o será verdad eso de que no se puede engañar a todos todo el tiempo? Y pensar que era Mercedes Milá la que presumía de experimento sociológico...

miércoles, 2 de abril de 2008

Reiniciando!


Iba yo a contar lo impresionado que salí del concierto de Antonio Vega de este sábado en Barakaldo, concierto electrificado y electrificante respaldado por una banda con potencia suficiente como para marcar en las paredes a base de ondas sónicas las siluetas de los asistentes, cuando me encuentro con la noticia de que el regreso 2007 de Nacha Pop, lejos de quedarse en otra simpática explotación veraniega de la nostalgia del treintañero, va a traer cola y que Antonio y su primo preparan nuevo disco de estudio.

A mí, la verdad, la vuelta como tal de Nacha Pop no me produce ni frio no calor porque yo a Antonio Vega me lo encontré en los 90 ya de artista en solitario (primero como compositor a través de versiones de otros, después como intérprete en discos ajenos donde eclipsaba sin esfuerzo a todo cristo -su versión del Romance de Curro el Palmo en el tributo a Serrat); la otra cabeza del grupo, Nacho García Vega, me parece un señor muy simpático pero de un talento que se evapora bastante en las comparaciones. ¿Qué puede aportar semejante suma?

Por otra parte, cualquiera que sean las limitaciones artísticas de García Vega, éstas se quedan en nada en comparación con sus contagiosas virtudes, la energía y las ganas que irradia y que hacen de él un complemento perfecto a las introspecciones de su primo (a quien posiblemente su compañia habitual no puede hacer más que sentarle estupendamente). Y como en la entrevista que les ha hecho Diego Manrique en El País ambos suenan de lo más entusiasmados con el proyecto, pues bienvenidos sean estos Nacha Pop 2.0 y a ver que sale.
Lo primero que tienen en cartera es el lanzamiento en dvd y cd de la grabación de su gira del verano por el circuito de festivales (con un tema nuevo para abrir boca); lo cual supongo que descarta por completo un disco en directo en solitario de Antonio que se parezca a lo que pudimos presenciar el otro día, y ya me jode (que sea tan cierto eso que dicen de la magia irreproducible del directo) porque sus clásicas sonaron como nunca (quizá algún pirata caritativo…).

sábado, 29 de marzo de 2008

Uno menos


Escribe hoy Manuel Rivas sobre Rafael Azcona (quien en 1999 adaptó para el cine su libro La lengua de las mariposas): “Ha sido necesario que muriera un guionista genial para que se hable bien durante unas horas del cine español. Creo que con tres o cuatro difuntos más vamos hacia una cinematografía de puta madre.” Pero qué iluso: ahora que nos falta Azcona está más claro que nunca que el cine español se va directamente a la mierda.

Ese señor tan modesto y al que le gustaba tan poco figurar ha sido durante más de medio siglo el gran genio en la sombra detras de las mejores películas de Berlanga, de Carlos Saura, de Jose Luis Cuerda, de Fernando Trueba o Jose Luis García Sánchez. ¿Qué vamos a hacer sin él? Lo mejor sería esperar a que suba el dólar, desmantelar todo el tinglado y venderle los restos a algún americano que los sepa aprovechar. ¿Qué tal una versión yanki de El verdugo con Ben Stiller de prota y Robert DeNiro en el papel de Pepe Isbert? Eso sí que sería auténtico humor negro…

En la IMDB aparecen 95 guiones escritos en todo o parte por Rafael Azcona (el último, Los girasoles ciegos, de Jose Luis García Sánchez, drama con Maribel Verdú y Javier Cámara, aún pendiente de estreno), entre ellos El pisito, El verdugo, Plácido, Ana y los lobos, La prima Angélica, La escopeta nacional, La vaquilla, El año de las luces, El bosque animado o Belle epoque. Algún día un holocausto nuclear o una epidemia de zombis en la Seguridad Social aniquilarán a todo bicho viviente en esta península y los historiadores del futuro tendrán que recurrir a esas películas para entender quienes éramos y de dónde sacábamos aquella legendaria mala leche. Porque ahí está todo, en Cervantes y en Azcona.

domingo, 23 de marzo de 2008

Si las hadas hablaran


En medio de la epidemia de películas de fantasía familiar con seres pseudomitológicos y niños aventureros que venimos últimamente padeciendo, existe grave riesgo de que pase desapercibida una tan estupenda como Las crónicas de Spiderwick; sin estrellas de relumbrón, con un título que a la mayoría nos suena a mejunje entre C.S. Lewis y Stan Lee y sin salir para nada del territorio de la serie B, es más que probable que se trate de la mejor de la última hornada...

Hurgando por la wikipedia y en su página oficial me entero de que Las crónicas de Spiderwick son antes que nada una serie de libros (cinco hasta ahora) creados por un par de americanos llamados Toni DiTerlizzi y Holly Black, ampliamente ilustrados al estilo apuntes del natural (en plan manual de ornitología o gran enciclopedia de los gnomos) y en los que se cuentan las aventuras de tres hermanos neoyorkinos desde que se mudan a la vieja mansión familiar y encuentran en el fondo de un baúl (con una nota que advierte NO LEER) la guía de campo de seres fantásticos escrita y nunca editada por su tío abuelo Arthur Spiderwick.
Veo también muchas opiniones de lectores disgustadísimos con las libertades que se toma esta adaptación tan selectiva capaz de expurgar los cinco tomos hasta condensarlos en poco más de hora y media de metraje. Pero, ¿no salimos todos ganando, en resumidas cuentas? Gracias a la película los libros reciben una nueva inyección de fans que descubrirán con aullidos de placer todo ese material extra en el que enterrarse, y los que no tenemos tiempo ni ganas de apuntarnos a cada nueva saga interminable que nos vengan recomendando nos conformamos con disfrutar de esta versión destilada y fibrosa que funciona como un reloj sin que se eche a faltar ninguna pieza (es más, se hace difícil imaginar qué motivo han podido tener los autores para estirar tantísimas páginas, como no sea para incluir dibujos más grandes, un relato de estructura tan ortodoxamente aristotélica). En estos días oscuros en que cada producto de estudio no es más que un episodio piloto encubierto para la próxima franquicia multimillonaria, pasma descubrir una película capaz de escapar de la lógica del loncheado mercantil para contar de un tirón una historia con su inicio, nudo y desenlace, en este caso un insólito híbrido para mayores de 10 años entre El laberinto del fauno y Asalto a la comisaría 13 de John Carpenter. Y se nota mucho la mano de John Sayles en la reescritura de este guión sólido como una roca, con personajes de verdad, lleno de magia, humor, acción, tensión y un puntito de amargura...

Visualmente en la línea de otras muestras recientes de género llenas de bonitas criaturas digitales (el director Mark Waters hace un buen trabajo pero no logra distinguirse particularmente), el tono de la película recuerda más bien a cierto cine familiar de los 80, a aquellas producciones Amblin de Spielberg con su típica familia disfuncional en plena mudanza (de hecho, detrás de Spiderwick andan dos eternos colaboradores de Steven, Frank Marshall y Katheleen Kennedy), o a trabajos de la factoría de Jim Henson como Cristal Oscuro. David Strathairn como el imprudente Spiderwick y Mary-Louise Parker como la señora Grace son los principales adultos aunque la estrella de la cinta (en el doble papel de los gemelos Jed y Simon) sea el pequeño estajanovista Freddie Highmore (Charlie y la Fábrica de chocolate, Descubriendo Nunca jamás, La brújula dorada), un chaval muy simpático al que además de discutir con duendes y trasgos inexistentes le toca pasarse media película dándose la réplica a sí mismo (la magia del cine).

jueves, 20 de marzo de 2008

A.C.C. estuvo aquí


Arthur C.Clarke, el último superviviente de la era de los titanes de la ciencia ficción, moría el miércoles 19 en Sri Lanka a los 90 años. Con achaques y en silla de ruedas, pero lúcido e inquisitivo hasta el final, Clarke había manifestado más de una vez sus planes de permanecer con vida al menos hasta 2001, la fecha del cambio de milenio que él y Stanley Kubrick tanto hicieron por mitificar; se pasó de largo y aún tuvo energías para acompañarnos otro trecho por este futuro mucho más extraño y prosaico que el que él imaginó.

Una tribu protohumana despiojándose en torno a un monolito; una colonia en la luna y un hallazgo arqueológico imposible; dos astronautas en viaje hacia Saturno a merced de una computadora loca y, finalmente (o no), el siguiente paso en nuestra evolución... Salvo un poco de Julio Verne, 2001: una odisea espacial fue la primera novela de ciencia ficción que leí en mi vida y me produjo un cortocircuito neuronal del que aún me estoy recuperando. Ninguna obra de Clarke me volvió a impresionar de la misma manera (aunque por ahí le anda Cita con Rama, que David Fincher y Morgan Freeman llevan años intentando convertir en película), y mucho menos las secuelas que él mismo escribió (2010, 2061 y 3001). Por entonces no tenía ni idea de que la novela era el resultado de su colaboración con Stanley Kubrick, con quien Clarke había escrito el guión de la película a partir de su relato El centinela, y que el megalómano y huraño director le había exprimido hasta el fondo, llevándole mucho más allá de su zona de seguridad para crear poco menos que la película definitiva de ciencia ficción (la que Kubrick quería hacer). Película y novela cuentan la misma historia pero la primera es una obra poliédrica abierta a multitud de interpretaciones, plagada de connotaciones y significados posibles, una auténtica experiencia no verbal, mientras que novela, al más puro estilo Clarke, es un relato perfectamente claro, racional y lineal, y satisface unas expectativas completamente diferentes (aunque complementarias).

Clarke nunca fue un gran prosista ni un gran creador de personajes (sus criaturas tienden a ser astronautas, científicos o ingenieros supercompetentes y perfectamente intercambiables). Pero tenía una imaginación extraordinaria y una sólida formación como científico con las que, donde otros solo veían frios datos empíricos y abstrusas observaciones astronómicas, él vislumbraba aventuras en nuevos escenarios abiertos a la conquista del espíritu humano. Porque seguramente es cierto que todas las historias que valen la pena ya se han contado y solo queda repetirlas para los que han llegado tarde, no hay nada nuevo bajo el sol, dicen, pero el hecho es que nuestro sol es una estrella más bien corriente en un cielo que está lleno de ellas... Nuestra limitada inventiva tiende a poblarlas con variantes sobre lo que conocemos (hay otros mundos, pero están en este), pero los grandes autores de la ciencia ficción hard (Asimov, Heinlein, el propio Clarke) se las arreglaron a menudo para introducir algo nuevo y asombroso en la mezcla, cuestionando axiomas inamovibles, ayudándonos a asimilar la idea del cambio, a extender las fronteras de la realidad más allá del horizonte de nuestras propias narices y nuestras limitadas nociones del sentido común; exploradores del imaginario cartografiando para nosotros fenómenos y lugares incomprensibles que sabemos que están ahí fuera aunque no los vemos ni nos demos por enterados, tan empeñados como andamos en mirarnos al ombligo en esta minúscula mota de polvo al sol en un inmenso universo extraño y aparentemente vacío.

Arthur C. Clarke fue siempre un incurable optimista en cuanto a la capacidad de la ciencia para dar respuesta a cualquier problema (creencia recogida implícitamente en su famosa tercera ley de Clarke: “cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”). Hoy día, cuando las promesas de ayuda de la ciencia y la tecnología a menudo casi dan más miedo que el problema que pretenden resolver (como un fontanero chapuzas que por cada agujero que tapa te abre dos más), cuando paradójicamente vivimos inmersos en un presente hipertecnológico con wifi, iphone, terapias genéticas y coches que aparcan solos, la ciencia ficción al estilo Clarke está prácticamente extinta y la única variedad que encuentra eco popular es la del escenario apocalíptico; más que a maravillarnos con el futuro, a lo más que aspiramos es a quedarnos como estamos. ¿Será una fase?

domingo, 16 de marzo de 2008

Interiores 2





La soledad
de Jaime Rosales es un hueso duro de roer para cualquier crítico aficionado que no se haya chupado antes todo el cine de Eric Rohmer o Michael Haneke (que no es el caso). Costumbrismo hiperrealista contado con técnicas de cine de vanguardia, normalidad cotidiana en plano fijo con pantalla partida como en una versión para interiores del cine de Brian de Palma o Tarantino (polivisión, lo llama él) y una duración de 130 minutos que hay momentos en que se vuelven un coñazo tan perfecto como la más meticulosa reconstrucción de una tarde lluviosa de domingo, es fácil imaginar que esta película no es apta para todos los públicos...

Sin embargo, con un poco de paciencia, lo que amenazaba con ser un simple ejercicio de estilo medio autista acaba contando bastantes cosas: dramas y tragedias, enfrentamientos a cara de perro, relaciones que terminan, que empiezan o se sobrellevan, además de un importante punto de inflexión que no conviene revelar; pasito a pasito se va hilvanando esta historia coral sin actores conocidos protagonizada por una recién divorciada que decide salir de su pueblo y mudarse con su hijo a Madrid, una señora mayor propietaria de una tienda de barrio, viuda con nueva pareja y tres hijas, una con cáncer, otra que acaba compartiendo piso con la divorciada, y una tercera que necesita pasta para comprarse su apartamento en la playa.

La película fue la sorpresa de los últimos premios Goya, interponiéndose en la noche triunfal de El orfanato (difícilmente se pueden enfrentar dos trabajos más distintos) al hacerse con los de mejor película, mejor director y mejor actor secundario, un reconocimiento que le ha permitido disfrutar de una segunda vida comercial en las salas por las que en su día había pasado en un visto y no visto. Y ahí sigue en cartel un mes después como una propuesta diferente de esas que despiertan borrascosas divisiones de opiniones, una película difícil, no sé si realista o pesimista en torno a las relaciones humanas y la intrínseca soledad con la que cada cuál se enfrenta y se sobrepone a lo que se le viene encima. Personas encerradas como islas en su parte del plano, o perdidas fuera de campo mientras la cámara se queda encuadrando un pasillo vacío… Lo que menos me convence de La soledad es ese rollo formalista medio nórdico de Rosales, tan peligrosamente al borde de la pedantería, pero al menos es bonito verle correr el riesgo.

lunes, 10 de marzo de 2008

Lo que España vota va a misa


Qué razón tiene Wyoming en
El intermedio, eso de que siempre votáis para hacer daño; y esto es lo que pasa cuando se pide la opinión a cualquier desgarramantas sin criterio con acceso a móvil o internet, que os tomáis Eurovisión a guasa como si no fuera el honor de la patria lo que estuviera en juego, y acabáis mandando a competir contra el pavo de Irlanda a un tío de la escuadra de Buenafuente con un tupé más grande que él, que para más inri canta un tema compuesto por Pedro Guerra y Santiago Segura (¡si Jose Luis Perales levantara la cabeza!).

Y además es la única opción consecuente para un festival que es desde hace décadas un chiste internacional (que hace dos años, sin ir más lejos, ganaron unos klingon satánicos) y que, por muy inconcebible que le parezca a ese viejecito tan verboso que ha consagrado su carrera a comentarlo, tiene tanto que ver con la música como la banda sonora de un anuncio de sujección de dentaduras (porque si no Guille Milkyway/ La casa azul estaría ahora mismo consultando la guía de hoteles de Belgrado).
De entre el triste desfile de preseleccionados (mitad ganadores de las votaciones en Myspace, mitad voluntarios repescados por un sagazísimo jurado de expertos), una ecléctica mezcla de aficionados con ganas, principiantes sin pulir, inútiles con pose y la citada estrella emergente del pop distorsionando la competencia como si Dostoyevski se apuntara a un concurso escolar de redacciones, Rodolfo Chikilicuatre se destacó desde el primer día como el friki más autoconsciente y con más gracia, y era inevitable que el sábado volviera a arrasar. Vale que la gracia de la canción se concentra en la letra y que es posible que no la acaben de captar allende nuestras fronteras pero, en el fondo, ¿no es preferible así? Ganar en Eurovisión es un embolado tremendo que te obliga a organizar y pagar la gala del año siguiente; con el Chiki-Chiki TVE se lava las manos del resultado a la par que se asegura una audiencia amplia y rejuvenecida dispuesta a partirse con el concurso ( y de paso da un poco más de lustre a su curiosa relación simbiótica con Andreu Buenafuente y la productora Mediapro) ¡Todos contentos salvo Uribarri!

viernes, 7 de marzo de 2008

Transplante marciano


Lo de Mr Bean es solo un chiste porque la serie británica que quiere adaptar Antena 3 (adelantándose a la versión norteamericana que preparaba David E. Kelley -Ally McBeal-) es la sensacional Life on Mars. Se ve que primero la compraron para emitirla y que después a algún avispado directivo se le debió de encender la bombilla (y esto de que una cadena española se le ocurra hacer un remake de una serie extranjera que no es ni una comedia ni un culebrón se hace tan raro que la noticia ha cruzado el charco hasta las páginas de Variety...)

Life on Mars es una serie de 16 episodios de la BBC que cuenta el extraño caso de Sam Tyler (John Simm), un inspector de policía de Manchester que, tras sufrir un accidente en 2006, recobra el conocimiento en 1973 (un desplazamiento cultural tan bestia que es como si hubiese caído de cabeza en otro mundo). Incrédulo y aturdido, vuelve dando tumbos a su propia comisaría y la encuentra invadida por un hatajo de patanes justicieros con patillas y pantalones de campana, que lo toman por un colega recién transferido y lo ponen inmediatamente a trabajar. Con el fondo sonoro del mejor rock de los 70 para meterse en ambiente, Tyler hace amistades, se gana el respeto de sus compañeros (cuyos brutales métodos policiales intenta civilizar), y todo aquello le empieza a parecer tan real que ya no sabe si está loco, si está en coma delirando o si de verdad ha viajado en el tiempo.

La versión española (dice la noticia) estará ambientada en 1978 y permitirá explorar los cambios en la policia y la sociedad en plena transición a la democracia … Es decir, Cuéntame… + Abre los ojos + polis franquistas metidos en persecuciones y tiroteos. ¡Habría que estar loco para no hacerla!

¿Qué posibilidades hay de que todo esto no acabe como en el bonito ejemplo del dibujo? Dios dirá, y que su sabiduría ilumine el camino a los de Boomerang-Producciones ida y vuelta (Círculo rojo, Motivos personales, Génesis-en la mente del asesino y, más recientemente, Física o química) que son los que se van a encargar directamente del transplante. De entrada, una duda: ¿De verdad son tan incompatibles los polis españoles de 1978 y 2008, o eso son cosas de la tele?

domingo, 2 de marzo de 2008

Las navajas las carga el diablo



Primero las advertencias: Sweeney Todd es un musical y las canciones no están dobladas sino subtituladas en castellano, y cantan tanto que los diálogos (que sí están doblados) no deben de llegar ni a diez minutos. Como pudiera ser que esta circunstancia echase para atrás a una parte del público habitual de Tim Burton y Johnny Depp, es natural que la publicidad de la película haya preferido no mencionarlo para no arruinarles la sorpresa.

Segundo: Sweeney Todd es una película truculenta en la que la sangre fluye literalmente a chorros, un melodrama folletinesco de venganzas, amores, locura, canibalismo, pequeña empresa y apurados perfectos, creado en 1979 por Stephen Sondheim (música) y Hugh Wheeler (letras) a partir de la figura de un legendario barbero asesino de comienzos del siglo XIX varias veces llevado a la ficción. La cosa empieza en plan Conde de Montecristo, con un inocente encarcelado (Depp) que regresa a Londres para matar al gran Alan Rickman, el juez pervertido y corrupto que se lo quitó de en medio con la simple intención de apoderarse de su esposa. Lo curioso es que, entre que culmina su venganza, el barbero da un sorprendente rodeo por el mundo de los negocios bajo los auspicios de la Sra Lovett (Helena Bonham Carter), que hasta el momento languidecía vendiendo las peores empanadas de Londres a falta de buena materia prima.

A mí lo de las canciones en versión original me parece estupendo porque no conocía la obra y se agradece muchísimo escucharlas intactas sin pasar por la trituradora de la traducción ripiosa. Y qué pedazo de canciones (las escucho ahora mismo mientras escribo): siniestras, románticas, burlonas, cínicas, en ocasiones recuerdan a un Danny Elfman superpolifónico y otras suenan a algo mucho más lírico e inocente (una inocencia pisoteada y marchita, como un West Side Story representado por los internos en el corredor de la muerte). Todos los actores se lucen interpretándolas y las ajustan a sus posibilidades vocales sin florituras ni gorgoritos, interiorizándolas como otro ritmo más en el discurso del personaje. Depp y Bonham Carter, que cantan estupendamente, están especialmente intensos en esta versión decimonónica y psicótica de Bonnie & Clyde, él un vengador desquiciado muerto por dentro salvo para el arte de la navaja (como se agradece verle quitarse de encima el registro del puñetero Jack Sparrow), y ella una amoral profesional de la hostelería inútilmente enamorada de su inquilino barbero, perdida en sus sueños de pequeñoburguesa normalidad. Dentro del absurdo general de la trama, ambos consiguen darle a esta pareja de asesinos en serie un punto de verdadero patetismo.

Tim Burton anda por ahí diciendo que el único musical que le gusta es, precisamente, Sweeney Todd (¿y Pesadilla antes de navidad, qué?); supongo que lo que pasa es que no ha visto ninguno y la verdad es que se le nota; la cámara parece a menudo un invitado incómodo que no sabe donde meterse para no estorbar las efusiones melódicas de Depp y Bonham Carter, tomando primeros planos para hacer tiempo hasta que acaben y pueda salir disparada en uno de esos travelling que atraviesan la ventana y sobrevuelan la ciudad, casi lo único interesante que se le ocurre hacer (vamos, que la coreografía no es lo suyo). Burton se ha acostumbrado demasiado a que el diseño de producción le haga todo el trabajo pero esta vez no queda otra que alabarle la excelente dirección de actores y que no se haya dejado intimidar por el estudio para rebajar el elemento gore (que resulta bastante chocante en una gran producción de este estilo). La película me ha gustado pero posiblemente es válido el reproche de que le ha quedado demasiado seria y solemne para lo desquiciado y bizarro del material (hay partes más humorísticas que supongo que irán más en el tono de la función de Broadway, como las intervenciones del barbero rival Pirelli –el magnífico robaescenas Sacha Baron Cohen- o los planes para el futuro de la señora Lovett). Pero aún así, tras tanta mediocridad genialoide como ha venido entregando ultimamente para desesperación de sus fans, Sweeney Todd es la mejor película de Tim Burton en mucho tiempo.