martes, 8 de julio de 2008

Las tijeras del tiempo


Sale uno todo feliz de ver Los cronocrímenes y de pronto cae en la cuenta del problemón que se le viene encima: escribir sobre ella sin destripar el argumento.

Podría intentar rodearla desde fuera y describirla como “comedia negra de ciencia ficción” pero el caso es que el ingrediente de comedia se acaba disolviendo en el fondo de thriller fantástico, y tampoco hay explosiones ni dinero para sacar a Will Smith dando botes. Digamos entonces (por aproximaciones, y por no meternos con Bioy Casares y Philip K. Dick) que es un improbable híbrido entre ciertos episodios de Futurama, el cine de David Cronenberg y lo que hacía antes de Airbag aquel prometedor Juanma Bajo Ulloa, una inexplicable anomalía en el páramo cinematográfico español (teletransportada en bolas desde un futuro posible cual terminator que viniera a reescribir la historia y abrir una nueva vía a nuestro amuermado cine de género). Frente al auge actual de un modelo de fantástico español demasiado pendiente de prototipos anglosajones y con cierto regusto a cocina recalentada de aeropuerto (aunque menos es nada), Los cronocrímenes, con apenas cuatro actores, un protagonista feo y antipático, su paleta de verdes, grises y negros y una notoria escasez de presupuesto, apuesta por la brillantez de un guión perfecto de ciencia ficción minimalista, un engañoso rompecabezas de causas y efectos de implacable desarrollo lógico a partir de una única pieza de fantasía, esto es, que en lo que parecen las instalaciones de un club de golf en un pleno monte vasco existe una máquina del tiempo experimental sin apenas vigilancia los fines de semana. Y aún así, las reglas del viaje en el tiempo se acaban cerrando sobre sí mismas en una tautología de pesadilla cuyo sentido último se deja deliberadamente al margen a la espera de las intuiciones del espectador.

Karra Elejalde interpreta con su habitual estilo naturalista de bruto empanado al protagonista, Héctor, un tipo absolutamente corriente atrapado de la manera más tonta en un engranaje inexorable de causalidad y obligado a jugar a un juego siniestro cuyas reglas va aprendiendo sobre la marcha. Tipo corriente que acaba haciendo cosas de las que jamás se habría creído capaz 24 horas antes, pero es que los escrúpulos se esfuman rápido cuando uno se autoconvence de que no le queda otro camino... Hasta qué punto se le puede hacer responsable de cuanto ocurre, hasta dónde todo forma parte de una secuencia inevitable o si acepta demasiado rápido convertirse en un peón de su destino, son sólo algunas de las muchas preguntas sin respuesta que la película deja planteadas con toda su mala sombra...

El director y guionista Nacho Vigalondo (que además se reserva para sí un papel clave de la historia), autor de numerosos cortos y nominado al oscar en 2003 por 7:35 de la mañana, director invitado en varios sketches de La hora Chanante y Muchachada Nui, es un tipo con discurso propio, un humor esquinado y lacónico y una mirada paranoica sobre lo cotidiano donde lo que parece no es nunca lo que es, y en cuyo universo la situación más prosaica suele ser la punta del iceberg de otra realidad mil veces más extraordinaria (y aún así igual de patética). Los cronocrímenes es su debut en el largo y a pesar de traer bajo el brazo varios premios internacionales y un inminente remake americano, le ha costado dios y ayuda estrenarla aquí. Pero ya se sabe que los pioneros siempre lo tienen más crudo…

jueves, 3 de julio de 2008

Añiversario

Parece que fue ayer pero no porque hoy hace un año desde que empecé con el blog (lo he tenido que mirar). ¡Felices tiempos aquellos en los que, libre de preocupaciones mundanas, metía dos o tres actualizaciones por semana y me quedaba tan ancho!

La vida real, sin embargo, y la falta de un filántropo (o filántropa) que me retire de las calles y me permita escribir y dibujar paridas a tiempo completo se han ido cobrado su peaje hasta reducir aquel árbol frondoso a su actual condición de bonsai. Hoy, por ejemplo, tendría que haber aquí una crítica de Los cronocrímenes de Nacho Vigalondo que aún tengo a medio escribir (a propósito, los rumores eran ciertos, es brillante). Y una hipotética lista de tareas pendientes incluiría, además…
1) Un baboso panegírico de la segunda temporada de Muchachada Nuí (que se despedía ayer en un momento de forma extraordinario).
2) Un artículo malhumorado sobre cómo ya va siendo hora de matar a Greg House.
3) Mi ensayo 6 millones de veces pospuesto sobre Doctor Who (que el sábado por la tarde hora de Londres se despedirá como serie regular hasta 2010, poniendo fin a cuatro años gloriosos bajo la producción de Russell T. Davies).

Y porque este mes he suprimido la sección de necrológicas, que si no…
La buena noticia es que mañana empiezan mis vacaciones y entro en fase de dedicación exclusiva (qué pasa, cada uno se divierte como puede). ¿Propósitos para el año nuevo? Cultivar el minimalismo y pasar en audiencia a Jiménez Losantos. ¡Feliz verano!

domingo, 29 de junio de 2008

Bob Dylan: bueno en directo


Si Bob Dylan (constantemente en gira desde mediados de los 90 cual holandés errante con su Neverending Tour) pasa algún día por tu ciudad y te sobran cincuenta eurazos, más te vale rascarte el bolsillo y acercarte a verlo, al menos si todos sus conciertos son la mitad de extraordinarios que el que dio el martes 24 en Pamplona. Me avergüenzo públicamente de haber dudado de él prestando oídos a tantos que ponen a caldo sus directos pero la verdad es que ni nosotros ni nadie teníamos mucha idea de qué es lo que íbamos a encontrarnos cuando saliera a escena el tío más escurridizo de la historia de la música popular...

Qué poco se parece en esto Dylan a su casi coetáneo Neil Young. Veo (grabada, saltándome implacable los cortes publicitarios y las paridas de unos comentaristas indignos de una tele pública) la actuación de Young en ese engendro de Frankenstein llamado Rock in Rio (de todos los conciertos a los que no iré este verano es el que más me duele haberme perdido junto con el atraco a mano armada de Tom Waits en el Kursaal de San Sebastián). A Neil le he escuchado montones de veces en directo (siempre grabado) y con 62 años, medio calvo y fondón y esa pinta de camionero, el tío suena prácticamente igual que a los 30 (si acaso algo más afilado ahora, un matiz más radical), hasta el punto de que si te quedas tan sólo el audio sería casi imposible fechar el concierto salvo por los temas más recientes, alternando como ha hecho siempre las canciones acústicas de raíz folk con la distorsión guitarrera más salvaje. Neil Young es una roca, una constante del universo, un centro de gravedad permanente, un genuino héroe del rock orgulloso eternamente fiel a sí mismo al que cada nueva generación vuelve a descubrir con asombro (padre del grunge, lo llamaban, y ahí sigue todavía salvando festivales cuando del grunge no quedan ni los huesos).

Bob Dylan, en cambio, hace muchos años que se quitó de todo esto. El profeta de la contracultura, el mesias del blues de la Revolución, el artista que encarnaba la voz de los tiempos del cambio con sus canciones incendiarias llenas de metáforas cegadoras, siempre se resistió a cumplir con el papel de gurú, a ejercer de bandera de enganche, a meterse en guerras ideológicas o lanzar sermones de la montaña. Era un genio, sin duda, ambicioso y egocéntrico como otros muchos con una fracción de su talento, pero también un tipo muy privado y demasiado joven sometido a una presión insoportable. Dylan era el Brian Cohen de la película de los Monty Python, rodeado de una horda de seguidores infatigables empeñados en hacer de él su mesías y que no aceptaban un no por respuesta.

Así que Dylan tuvo que esforzarse al máximo en romperles los esquemas para matar al mito: traicionó a los folkies de la canción protesta pasándose a la guitarra eléctrica y a los rockeros pasándose al gospel en su periodo cristiano. Sus fans se quejan amargamente de la manera en que (al contrario que Young) destroza sus viejas canciones en directo (las descompone y rehace de cabo a rabo) y sus muy elogiados tres últimos discos van en una onda más bien plácida de blues y country. En I´m not there (película sobre su vida aún pendiente de estreno por aquí) el director Todd Haynes utiliza a seis actores para intentar aproximarse a una personalidad inabarcable, misteriosa y contradictoria (entre ellos Richard Gere, Heath Ledger, Christian Bale, un chavalín negro y Cate Blanchett). ¿Cuál de todos esos Dylan sería el que venía de gira?

Parte del público, evidentemente, esperaba una figura del museo de cera haciendo un playback de viejos discos de vinilo cubiertos de polvo. El que apareció fue un maestro con un dominio brutal de su arte, rodeado de varios de los mejores músicos que haya oido en la vida, bien dispuesto a complacer a la audiencia pero en sus propios términos. Con Dylan a los teclados, con su voz ronca pero feroz, venía un verdadero supergrupo de Rythm & Blues para interpretar una versión salvaje, desatada y festiva del sonido de sus últimos discos que nos tuvo a los de las primeras filas saltando y brincando buena parte del concierto (¡bailando con Bob Dylan!).
Desde este estilo principal (de eficacia irresistible para el directo) la banda hizo constantes incursiones a otros palos (como las fases del embrión que atraviesan toda la historia de la evolución, en este caso de la evolución de Dylan): folk, country, blues de Nueva Orleans y también rock (con armónica y todo, como en sus buenos tiempos). Pasó más de una hora antes de que llegara a reconocer una canción (pese a que por lo visto entre tanto había tocado clásicas como Masters of War) y me dio exactamente lo mismo porque era como si cada tema lo estuviera estrenando en primicia en aquel instante. Al día siguiente en los medios locales casi todo eran quejas entre nuestra élite intelectual sobre cómo no había saludado, que el gasto no valía la pena y que más bien había sido un coñazo y pasar calor, pero yo estaba allí y pude ver al público aplaudiendo enfervorizado y un saludo final de la banda entre aclamaciones en el que a Dylan se le vió casi a punto de soltar la lagrimilla.

Pero, aunque absurda, casi se agradece la polémica posterior: en un tío con un historial tan controvertido como el suyo, las protestas de los carrozas descontentos son como un eco lejano de todas aquellas batallas ganadas contra el peso asfixiante del mito. Ya dijo aquél que la historia se repite primero como tragedia y después como farsa, y está visto que entre las 5.000 personas que asistieron a nuestro concierto hay unos cuantos que nunca pieden ocasión de hacer el ganso.

domingo, 22 de junio de 2008

Andrés, el cantante


Andrés Calamaro, con su traje impecable y sus gafas de sol de medianoche, se mueve y suda bajo los focos con los gestos espasmódicos de un James Brown con artrosis o un Chiquito de la Calzada de ensortijada melena. En un momento dado está claro que le posee el espíritu de Mick Jagger, pero sospecho que el resto del tiempo este Calamaro tan teatral, en la cima de sus poderes, lejos de imitar a nadie en concreto (¿Elvis? ¿Jim Morrison? ¿Raphael? ¿Manolo Escobar?), interpreta para nosotros un arquetipo, la personificación en carne mortal del Cantante


El kamikaze lanzado en barrena por la pendiente de la autodestrucción artística y personal de mediados de los 90 parece haber recuperado plenamente el equilibrio (La lengua popular es un disco feliz -y bueno a pesar de ello) y para su primera gira en solitario en casi 10 años (tras el precalentamiento del pasado verano junto a Fito y los Fitipaldis), Calamaro se ha metido con celo inusitado en su papel de profesional de la canción; imbuído de aquella ética del trabajo sobre el escenario que proclamaba Neil Young en Ten Men Workin´, el argentino cumple con casi tres horas de actuación deslumbrante (prácticamente sin pausa entre tema y tema) regalando al respetable una exhibición brutal de maestría musical y de facultades vocales francamente pasmosas. Al día siguiente él mismo escribe en su blog que el concierto del 16 de junio en Pamplona probablemente sea “uno de los mejores de su vida”. ¡Vaya!

Lo mismo podríamos decir nosotros... Por aquí no estamos acostumbrados a semejante espectáculo de luces, a un muro de sonido tan tremendo ni a invitados de tanto lustre como Jaime Urrutia o el Niño Josele (con el que Calamaro se marca unos interludios tangueros como para poner la piel de gallina). Y lo fundamental, pocos repertorios de canciones en castellano habrá a la altura del de Calamaro (y tocan más de treinta: El salmón, Los chicos, Clonazepán y circo, El día de la mujer mundial, Los aviones, Estadio Azteca, Crímenes perfectos, Flaca...) y esta noche, con la ayuda a los coros de 4.000 espontáneos, han sonado mejor que nunca.

Crónicas y muchas fotos del concierto en Camisetas para todos.com (página no oficial de Calamaro).

La versión del artista:
http://www.calamaro.com/ac/ac.asp
Anoche tocamos en Pamplona, con frio y con gloria ..
Vino Jaime y vino Niño Josele y tocamos (cantamos) todo lo que podemos dar de nosotros ... Lo senti buenisimo y tenia caudales de pirotecnia vocal, ademas tocar rodeado de cracks es un lujo y mayor motivo para intentar cantar animalizado.
Ideal el final del principio ... (del tour por la peninsula y las islas, las españas) probablemente, uno de los mejores conciertos de mi vida !!


domingo, 15 de junio de 2008

Las semillas del diablo


Un título tan florido como Antes de que el diablo sepa que has muerto no acaba de transmitir la negrura sideral de este fenomenal thriller protagonizado por Philip Seymour Hoffman, Ethan Hawke, Albert Finney y Marisa Tomei. Sin embargo, el subtexto religioso le encaja bien a esta crónica de crímenes y castigos de resonancias casi bíblicas que discurre por entero en el territorio endogámico de la familia patriarcal. Cría cuervos y te sacarán los ojos y los llevarán a empeñar

Los hermanos Hanson (Hoffman y Hawke), el aparente triunfador frío y calculador y el fracasado iluso y maleable, son dos sujetos patéticos de existencia parasitaria que han estado jugando al borde del abismo hasta que la vida les corta las alas y amenaza con estrellarlos finalmente contra el fondo. Locos por conseguir dinero rápido, en un intento desesperado de esquivar lo irremediable,  cargan todo su peso sobre el cordón umbilical que el resentido personaje de Hoffman nunca terminó de cortar. ¿Por qué no atracar la joyería de sus propios padres? Un crimen sencillo, sin víctimas, nada más que un pequeño susto y unas pérdidas que cubrirá el seguro.

Que todo sale mal lo sabemos prácticamente desde el principio porque la película se estructura en una serie de saltos temporales a lo Tarantino, cada uno de los cuales hurga más profundamente en la ignominia de la situación, aunque la estupidez y las consecuencias de la torpe actividad criminal recuerden más a Fargo que a Reservoir Dogs. Corrientes del último cine negro que se filtran en el guión del debutante Kelly Masterson (nuevo para el cine pero un autor teatral con cierta reputación) recogidas y encauzadas por la mirada de rayos x no apta para chorradas de uno de los últimos clásicos vivos del cine norteamericano, Sidney Lumet (12 hombres sin piedad, Serpico, Network: un mundo implacable, Veredicto final), que a los 83 años da una lección de lucidez, rigor y mala leche que es un auténtico coletazo de dinosaurio en la cara de todos los que a estas alturas preferirían verlo en un asilo.
A Lumet le perdí la pista después de Negocios de familia (1989), aquella comedia dramática más bien flojucha sobre tres generaciones de ladrones (Sean Connery, Dustin Hoffman y Matthew Broderick); aún sin haberse dejado retirar nunca, diversos productos alimenticios del estilo del remake de Gloria de John Cassavettes a mayor idem de Sharon Stone hacían pensar que la edad y la rutina habían acabado por apagar su llama. Es estupendo reencontrarle con la energía y convicción de sus mejores tiempos, entrando hasta el fondo en el alma de sus personajes para insuflarles vida y verdad mucho más allá de las claves del género, construyendo un estudio desolador de los aspectos más mezquinos de la condición humana. Una película urgente y apasionante, que te deja exhausto y tarda en digerirse, peligrosamente relevante para estos tiempos de crisis en que revientan las burbujas y se pone a prueba el material del que están hechos los sueños de un par de generaciones de hijos malcriados.

sábado, 14 de junio de 2008

Euroescépticos / Eurocreyentes


Chistecillo al estilo de El Roto (más quisiera)...

lunes, 9 de junio de 2008

Días de promoción



Hace tres semanas que uno no puede dar una patada a una piedra sin encontrarse debajo a Amaral. Que si entrevistas en la radio (hasta aquí normal), que si reportajes en Informe semanal opinando de la Expo Zaragoza, que si la portada de un suplemento dominical monográfico sobre la Eurocopa… Pero para marcianada su aparición del pasado miércoles en Muchachada Nuí (TVE2, 23.30) saliendo del gorro de Enjuto Mojamuto para interpretar un sketch sobre cómo Eva no para de chupar cámara y eclipsa a Juan allá donde va (que sí, que tuvo su gracia, pero ese no es el tema y tal).

No quiero pensar mal, a lo mejor no es más que una avalancha espontánea y nada más natural que cuando unos artistas tan carismáticos salen de promoción, el mundo entero se empeñe en contar con ellos y los lleven a todas partes por si se les pega algo… Mas en el remoto caso de que alguna multinacional discográfica ande por ahí repartiendo vagonetas de dinero como en los mejores tiempos de la industria para conseguirle al dúo superventas aún más exposición mediática o product placement (qué se yo, inaugurando un pantano o tirándole de los pelos a Ana Obregón en Donde estás corazón), casi mejor que vaya parando ya porque es muy posible que la estrategia sea contraproducente y más de uno les acabe cogiendo manía. Que los que íbamos a comprar Gato negro, Dragón rojo lo hemos comprado ya y los que no, pues ya irán escuchando los singles en la radio y si les gusta ya se lo bajarán de internet si acaso (o igual hasta un día hacen un dispendio y lo compran para regalo). Que el disco es muy bueno, caramba, que no hace falta ir empujando.

viernes, 6 de junio de 2008

Venga créditos



Cuando Mary Pickford empezó a hacer cine allá por el 1909, se convirtió inmediatamente en un rostro famoso cuya simple aparición garantizaba que los espectadores acudieran a verla en tromba, y eso que al principio nadie sabía ni su nombre. Para el público y los anunciantes era simplemente La chica de la Biograph, la productora de David W. Griffith; en los albores de la industria los actores conservaban el anonimato, en parte por ingenuas motivaciones artísticas (para preservar cierta aura de misterio y fomentar el solapamiento entre personaje e intérprete), en parte simplemente para evitar que se les subieran los humos y empezaran a exigir más pasta o se los llevara la competencia.


Aquello no era plan y pronto surgieron los primeros títulos de crédito con los nombres del reparto y el equipo artístico y técnico. Apenas un minuto, una musiquilla envolvente y todo lo más una veintena de nombres, no necesariamente porque en los viejos tiempos hiciera falta menos gente para montar una película, sino porque en el sistema de estudios la mayoría del personal bajo contrato no era mencionado o el crédito iba a parar exclusivamente al jefe del departamento (el famoso caso de Cedric Gibbons, verdadero stajanovista que figura como director artístico en 1.500 películas de la Metro, de las cuales se calcula que habría intervenido realmente en un 10%).
Era rarísimo poner los créditos en otro sitio que no fuera al comienzo del metraje aunque hay excepciones tan tempranas como en 1941 con Ciudadano Kane (donde van al final y los dice en off el propio Orson Welles al estilo del teatro radiofónico). Con el tiempo, haciendo de la necesidad virtud, algunos títulos de crédito fueron adquiriendo entidad propia y empezaron a concebirse como verdaderas minisecuencias de apertura que daban al espectador el timbre y el tono de lo que iba a ver a continuación, y algunos de sus creadores se convirtieron por méritos propios en artistas legendarios (Saul Bass: Vértigo, Psicosis, Con la muerte en los talones, Uno de los nuestros… Maurice Binder y la serie Bond…). En la siguiente dirección se puede encontrar una impresionante antología de piezas clásicas y recientes: http://mmbase.submarinechannel.com/titlesequences/

Sin embargo, con el desmantelamiento del sistema de estudios cada película pasó a ser una empresa individual de su padre y de su madre (creada por un equipo contratado ad hoc) y los sindicatos de la industria empezaron a exigir que se acreditara a todo quisque que interviniera en ellas: nacían así esos actuales créditos finales superexhaustivos que se extienden interminables para desesperación de los que se esperan hasta el final en su butaca por si hay una última escena de propina. Desgajados por su mayor importancia, quedaban en su lugar habitual los créditos iniciales pero esta división pronto empezó a resquebrajarse: West Side Story, 2001 Odisea espacial, Manhattan, El Padrino, Apocalypse Now… Ninguna tiene créditos iniciales y sin embargo, como si no cargara ya con bastantes culpas, se suele atribuir a George Lucas la responsabilidad de ser el gran popularizador de su eliminación a causa del éxito de su trilogía de las galaxias. A cambio de incumplir la normativa sindical que le obligaba a incluir al comienzo de El imperio contraataca el nombre del director Irving Kershner, Lucas aceptó pagar una multa de 250.000 dólares tras lo cuál se dio de baja del sindicato de directores y de guionistas y el resto es historia. Y por eso, pequeñuelos míos, es por lo que hoy en día tenemos tantas películas que empiezan de sopetón sin soltar prenda. Al igual que la mayoría de los sueños vienen sin títulos de crédito, muchos cineastas parecen optar por el efecto onírico de una inmersión inmediata en el universo de ficción sin pasar antes por el filtro de nombres y datos del mundo real (¿quién quiere ir al cine a leer?)

Y todo eso está muy bien y es como muy futurista y como de realidad virtual, pero hay veces (un caso real y de prestigio actualmente en cartel, Antes de que el diablo sepa que has muerto de Sidney Lumet) en que es precisamente ese mínimo de información previa lo que te permitiría desconectar y sumergirte en la historia en vez de pasarte dos horas distraído intentando adivinar de qué te suena esa actriz que se pega media película desnuda o quién será el tipo que ha compuesto una música tan chula (respuesta: Marisa Tomei y Carter Burwell).
Y mientras la rueda termina de dar la vuelta y la industria del cine acaba de reimplantar aquellas nobles prácticas de sus inicios, me permito extrañarme de que a nadie le corten la magia (ni se le ocurra la de tiempo que se ganaría pasándolas también al final del metraje, junto con los nombres de las personas reales que la han hecho) todas esas animaciones corporativas cada día más horteras de los que ponen la pasta y que nunca se olvidan de informarnos de antemano, henchidos de orgullo de padres, de que esa película es suya.

martes, 3 de junio de 2008

L´animale scénico



El artista y su banda salen al escenario entre los aplausos de rigor. El digno caballero de pelo gris, perfctamente trajeado al estilo catedrático de humanidades, se repantinga junto a una mesita baja y un vaso de agua y, como si estuviera en el salón de su casa, comienza a cantar seguido del pianista. Así de entrada este concierto del sábado 11 de mayo en el Kursaal no promete ser muy dinámico; falsa impresión: a Franco Battiato le encanta jugar al despiste…


Este cantante y compositor siciliano de sesenta y tres años con un carisma que desborda en varias tallas el tamaño de su nariz, apocalíptico, irónico, romántico, intelectual del pop, pionero del sincretismo multicultural y autor de óperas, daba en San Sebastián el segundo de los conciertos de su minigira española de 2008. Para muchos apenas un recuerdo exótico perdido en el naufragio de los 80 (cuando arrasó por estas tierras con éxitos doblados al castellano como Nómadas, Yo quiero verte danzar o Centro de gravedad permanente), los medios madrileños (y por consiguiente nacionales) volvían a descubrirle el verano pasado dedicándole entusiásticos artículos en prensa y reportajes en los telediarios con motivo de su actuación en la capital para presentar su disco de 2007. Y por la forma en la que hablaban de él cualquiera diría que se había pasado veinte años escondido en una cueva cuando lo cierto es que Battiato, convertido entre nosotros en artista de culto (bien sea por dejadez de su discográfica, bien por el absoluto desprecio de las radios comerciales hacia cualquier cantante internacional no anglosajón que no tenga cuerpo de modelo de lencería, bien por falta de insistencia del propio Battiato en grabar en castellano), no ha parado de evolucionar y de sacar discos (y últimamente, hasta películas).

Pero admitamos que muchos de los que han acudido a verle al auditorio donostiarra (lleno total, media de edad rondando la cuarentena con amplias excepciones por arriba y por abajo) no habrán escuchado ni Il Vuoto (El vacío) ni Dieci Stratagemi, ni Ferro Batutto... Ellos están aquí por la cosa nostálgica como podrían haber venido a ver al Dúo Dinámico (dios los tenga en su gloria). Y vale que los artistas veteranos están obligados a mantener cierta deferencia con sus seguidores más carrozas pero este señor mayor no está mucho por la labor de entregarse a la nostalgia… Battiato se ha traído para acompañarle a dos grupos veinteañeros de rock italiano, unos tales FSC (núcleo duro que permanece constantemente en escena salvo en los temas bucólicos donde cobran protagonismo el pianista y el sintesista, dos caballeros ya más cercanos a la edad del titular) y MAB, grupo heavy gótico de chicas con pelos de loca y ojeras al estilo Helena Bonham-Carter vestidas de ninfas de los bosques, que intervienen en momentos puntuales como refuerzo en las guitarras y las voces (y qué pedazo de voz la de la jefa); entre todos organizan una tormenta eléctrica tan demoledora que tiene que aplastar contra el respaldo de la butaca a los que sólo habían venido a por baladas.

Con una puesta en escena de lo más sobria (tan solo un juego de luces y un fondo iluminado de azul que se va oscureciendo conforme avanza la noche), aquí el espectáculo lo ponen los músicos y sus evoluciones sobre las tablas. Battiato, el anti Mick Jagger (para que podamos comparar no se olvida de cantarnos su fantástica versión de Ruby Tuesday, la misma que Alfonso Cuarón metió en la banda sonora de Hijos de los hombres), se levanta, se sienta, baila sin despeinarse de una a otra punta, dirige por señas al grupo, emplea dos micrófonos a la vez (uno ecualizado con efecto), cambia constantemente de atmósfera, de ritmo y de idioma (hace tres temas en castellano pero se le olvida la letra de Nómadas y salta sobre la marcha al italiano). En un momento dado sale también al escenario su viejo compinche y colaborador en las letras, el filósofo Manlio Sgalambro, quien nos recita un texto (subtitulado) sobre Sicilia que, como todas las islas, tiene la vocación inevitable de hundirse en el mar. A continuación Sgalambro se pone a cantar una traducción al italiano de The Galaxy Song (por Eric Idle y John Du Prez), famoso tema de la banda sonora de El sentido de la vida de los Monty Python. Como contraste al cachondeo, sobrecoge la interpretación de Battiato, acompañado tan solo del piano, de Mi povera patria, la canción que a mediados de los 80 dedicó a la podredumbre política italiana; cuando dice eso de “no, no cambiará /Sí cambiará, seguro que cambiará”, el grito forzado de optimismo suena todavía menos convincente hoy día que cuando la escribió (y lo peor es que parece contagioso).

Hubo un tiempo, antes de llegar a verlo en carne mortal por primera vez, que al escuchar las extrañas letras de Battiato dudaba entre considerarlo un iluminado erudito y quijotesco o un siciliano con mucha coña. Cuando lo ves en directo ya no cabe ninguna duda, el tío es un cachondo mental que se lo pasa en grande con su público... A nuestro alrededor muchos que se saben las letras en italiano (sobre todo chicas jóvenes) se desgañitan acompañando a grito pelado al maestro (salvo - constato malicioso- en los temas del último disco; pero apenas da tiempo a encajar cuatro temas de Il Vuoto entre un repertorio tan extenso que incluye tanta parada obligatoria). Con toda la audiencia entregada puesta en pié y dando palmas, el cantante se retira con un apabullante medley-repaso del resto de sus clásicas para que ninguno se quede con las ganas. “Si no ha dejado nada para los bises”, pienso yo estúpidamente. Qué va, aún le faltaba, sin ir más lejos, L´Animale (una de las más grandes, y muy graciosa además).

Y fin: los músicos saludan, se despiden, nos encienden las luces, el publico se levanta, comienza a abandonar el recinto, y entonces ocurre un fenómeno insólito: un minúsculo sector de irreductibles (para ser más específicos, Eduardo, Jesús, Luis y Óscar) se niegan a darse por enterados de la indirecta, siguen aplaudiendo y pidiendo otra y otra, y poco a poco otros se les unen permaneciendo en las butacas hasta que al grupo no le queda otra que volver a salir (es el bis más peleado que he visto en la vida). Vale la pena por dos temas más, y a continuación los del Kursaal, además de las luces, ya nos conectan hasta el hilo musical y sólo les falta rociarnos con las mangueras.
En la puerta un grupo de fans a la caza de autógrafos espera ilusionado la salida del maestro pero se llevan un chasco, ha debido marcharse nada más terminar. Queda el testimono material de unos cuantos minivideos colgados en Youtube, pero los del concierto de Donosti se ven de culo y/o se oyen fatal; acéptese en plan compromiso este trocillo de su actuación tres días después en Burjassot, Valencia…


miércoles, 28 de mayo de 2008

Un paso atrás para la humanidad


Muy desalmado hay que ser para poner a parir Cosmos, la ópera prima de un joven director que encima es paisano; hay algo casi enternecedor en la torpeza de este largometraje con un par de ideas prometedoras pero que arrastra todos los defectos del cortometrajista primerizo. Me digo que el chaval apunta maneras, que la parte visual no la lleva mal y que con un coguionista decente y un reparto más profesional quizá llegue a hacer algo la próxima vez. Luego busco algún dato sobre el tal Diego Fandos en internet, leo que estudió guión y dirección en Praga, que ha ganado concursos de relatos, que trabaja de realizador de spots, que se declara influido por Kafka y Kundera y que tiene 37 AÑAZOS, y se me cura de repente tanta magnanimidad y confieso que no había pagado dinero por ver una película tan mala desde que estrenaron Primer Caballero.

La idea de un empresario vasco (Ramón Barea, lo mejor con diferencia, casi lo único) que se ha pasado nueve meses secuestrado en un zulo se identifique en plan alma gemela con un astronauta ruso atrapado en la estación espacial Soyud era un arranque demasiado bueno como para echarlo a perder tan deprisa cruzándolo con 1) la historia de su odiado cuñado el ex jesuita Xavier Elorriaga (sujeto reservado que deja entrever sutilmente su melancolía declarando su intención de hacerse enterrador); 2) las aventuras de Euriane (Oihana Maritorena), una joven que acaba de heredar un bar y tiene su propio cuelgue a distancia con otro ruso, que a ratos ríe y a ratos llora, unas veces echa a correr aterrorizada porque piensa que la siguen y otras se para a hablar tan pancha con cualquier desconocido con apariencia de perturbado, una chica que, como se siente sola, se dedica a llamar a la gente por teléfono al azar a las dos de la mañana con tan buena fortuna que nadie la manda a la mierda; 3) la convalecencia de un francés ingresado en el hospital cuyo chichón protagoniza por su cuenta varios flashbacks.
La caracterización es un disparate y el argumento (realismo mágico, dolorosos secretos del pasado, gente solitaria, recuerdos de Leningrado y un facsímil del jersey de Evo Morales) avanza a ritmo de auto de choque, pero lo que la acaba de matar son esos diálogos de primero de taller de escritura que, si no fuera por los demás indicios que apuntan a que se trata de una película real (tiene escenas de sexo y títulos de crédito) habría jurado que eran un doblaje de Joaquín Reyes improvisando de un tirón. Que reírte te ríes, sí, pero también te lo puedes ver en casa…

domingo, 25 de mayo de 2008

Después de la última



Indiana Jones ha vuelto (en sí), y a punto ha estado de ser demasiado tarde, igual igual que cuando el pobre Tapón le hizo despertar de un antorchazo del sueño negro de Khali. Al final, sin embargo, todo ha acabado bien...

También es verdad que este es un regreso que no todo el mundo estaba pidiendo... En 1981 George Lucas y Steven Spielberg redefinían con En busca del arca perdida el moderno cine de aventuras y creaban un mito contra el que a estas alturas, con el refuerzo de la nostalgia, ni sus propios creadores pueden competir limpiamente. Las adiciones tardías a una serie son propicias a decepciones (El padrino III, las precuelas de Star Wars del propio Lucas...); la gente cambia, cuesta encontrar el tono y reconectar con la inspiración y el entusiasmo del principio, y además muchos estaban convencidos de que la cabalgada al galope dirección sol poniente de La última cruzada era el broche perfecto a la carrera cinematográfica del arqueólogo.

Así que Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal no es lo que muchos considerarían una película necesaria, salvo quizá Harrison Ford (actor carismático pero incapaz de fingir entusiasmo cuando se aburre y que llevaba casi veinte años sin quitarse la expresión de hastío, paseando como un sonámbulo por cintas mediocres de usar y tirar, y al que resulta que sólo le faltaba la adecuada motivación para revivir, y de que manera), y también esa minoría de espectadores que seguimos pensando que La última cruzada se parece demasiado a un remake del Arca perdida pasada por terapia familiar donde el show de Sean Connery disimula con algunos buenos gags el agotamiento del conjunto. Indiana Jones y la última cruzada presenta todos los rasgos de las secuelas débiles que se escriben por inercia: rigidez de la fórmula, ese reduccionismo al propio ombligo perdiendo de vista los referentes que le sirvieron de inspiración y la presencia confortable de un elenco creciente de secundarios cada vez más chistosos y cuya personalidad se reduce a un conjunto de tics y frases hechas –incluido el propio Indiana Jones, que consigue todos sus rasgos distintivos (sombrero, látigo, cicatriz en la barbilla y fobia a las serpientes) en una sola tarde de mucho stress.

Incluso los fans de la tercera entrega admitirán que Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (divertida, emocionante, entrañable, nostálgica y a la vez insólitamente imaginativa y fresca) ofrece un cierre bastante más redondo, un verdadero final del camino mucho más satisfactorio para el doctor Jones (¿y qué más tesoros podría buscar ya después de ésto?). Veinte años después, asombra lo bien que encaja en el canon este nuevo Indiana Jones puro y duro (sin intención alguna de revolucionar un género que ya puso en su momento patas arriba, sino tan solo de ser fiel a sí mismo y divertir a su público), y si el tono resulta algo distinto se debe tan sólo a la edad del protagonista (que gana en aplomo lo que pierde en velocidad) y a la evolución natural del paso del tiempo dentro de su mundo de ficción. Inútil buscar aquí apabullantes secuencias de efectos digitales al estilo de La momia (esta es una aventura de la vieja escuela en la que el personaje es siempre el protagonista de la acción, y esto nadie lo hace mejor que Steven Spielberg, capaz de coreografiar las escenas más endiabladas con la engañosa facilidad de un maestro) ni el menor intento de traerlo al gusto del día o modernizarlo salvo en lo que conlleva el salto de 1938 a 1957. La Segunda Guerra Mundial funciona como frontera entre la edad dorada de la aventura en exóticas tierras inexploradas y el mundo moderno sometido a la sombra cientifista de la era atómica, y la nuevas hazañas de Indiana Jones se ajustan brillantemente al cambio de contexto (desde la primera escena a ritmo de rock & roll que parece un descarte de American Graffiti). Y si En busca del arca perdida e Indiana Jones y el templo maldito eran el producto destilado de lo mejor de los seriales de aventuras de los años 30, Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal roba directamente de la serie B de la guerra fría y todas sus paranoias sobre invasiones secretas, lavados de cerebro, suplantadores, quintacolumnistas y guerras que ya no se ganan con tanques y aviones sino que pasan a librarse en las mentes inocentes de los ciudadanos de cada bando.

Dicen que a Spielberg y Ford les costó dejarse convencer por esta idea de la calavera de cristal pero al final resulta que George Lucas tenía razón porque la mitología que la rodea (en parte real y en parte inventada, en parte moderna y en parte antiquísima, tan esotérica y absurda como cualquiera de las anteriores) encaja aquí como una emanación inevitable de la atmósfera de esa nueva era. El mundo de Indiana Jones, en lugar de anquilosarse, se mueve, se enriquece y se estira por los cuatro costados (crecen él y su historia, crecen su familia y su galería de secundarios –ni un solo rostro conocido salvo el de Ford en la primera hora de metraje) y hasta se atreve a saltar de género corriendo el riesgo de que a parte de su público se les atragante ver al doctor Jones envuelto en un expediente X en lugar de ser un buen chico y seguir con la persecución de reliquias judeocristianas. Tan divertida o más que La última cruzada sin necesidad de someter a sus personajes a una lobotomía, con un reparto realmente fantástico que tiene pinta de habérselo pasado en grande (Shia La Beouf, Ray Winstone, John Hurt, Jim Broadbent, la malvada Cate Blanchet y el regreso de Karen Allen para cerrar el círculo), con varias imágenes icónicas que pasan ya a las antologías de la serie, resulta difícil creer que cualquier fan de Indiana Jones no se lo pase en grande con La calavera de cristal. Si no es el caso, si le parece a usted que no tiene ni punto de comparación con las anteriores, que a esta aventura pulp de arqueólogos con látigo que se lían a puñetazos y buscan presuntos artefactos mágicos que al final funcionan le sobran chistes, le falta realismo e introspección psicológica y le cojea la estructura, hágase mirar los niveles de cinismo porque esta película por sí sola no le va a devolver sus ojos de cuando tenía diez años, también tiene que poner un poquito de su parte. Ya lo ha dicho mejor que nadie Harrison Ford: “Vosotros también sois veinte años más viejos, miraos al jodido espejo”.

domingo, 18 de mayo de 2008

Hombre en conserva


Los superhéroes, esos personajes absurdos, arquetipos distorsionados que protagonizan alambicadas mitologías para adolescentes con la profundidad emocional de una lenteja; como el ornitorrinco, suponen un accidente evolutivo de la cultura popular que si no existiera dudo mucho que nadie se molestara en inventar (al menos en su forma actual). Pero todo se les perdona cuando salen tan entretenidos como
Iron Man

Menudo sarcasmo la frase aquella del tío de Peter Parker, Un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Lo cierto es que a estos vigilantes con pijamas de colores rara vez se les ha visto arrimando el hombro para combatir las verdaderas injusticias de este planeta, tan entretenidos como andan en su mundo de fantasía manteniendo oculta su identidad secreta, combatiendo al supervillano de turno y formando coaliciones entre ellos como en una tediosa parodia de alguna arcaica religión politeísta. El momento cumbre de su historia suele ser el relato-origen (cuando les pica la araña, les cae encima la tromba de rayos gamma o se caen en la marmita de pequeños) y sus primeros pasos para establecerse profesionalmente en un sector tan competitivo; a partir de ahí, las aventuras de cada cual se vuelven generalmente intercambiables y progresivamente rutinarias.

En EEUU los cómics de superhéroes han sido durante décadas sinónimo de cómic a secas: el duelo histórico entre DC comics y Marvel, como la división entre demócratas y republicanos, ha venido dando una ilusión de alternativa que barría bajo la alfombra el resto de opciones. Y ahora que sus ventas llevan años cayendo es el cine el que les viene a salvar gracias a la revolución de los efectos digitales que ha hecho posible trasladar a la gran pantalla sus fantasmadas a un precio razonable.

Iron Man es precisamente el estreno como productora independiente de Marvel Estudios (seguida en unos meses por Hulk 2, y más adelante por otros héroes de su catálogo en orden decreciente de popularidad). Y aunque puede que el hombre de hierro sea menos conocido que Thor o El Capitán América, resulta una estrategia inteligente comenzar el desembarco con uno de sus personajes menos traídos por los pelos, cuyos únicos superpoderes son su tremenda fortuna y su inigualable talento como ingeniero. Primo espiritual de Bruce Wayne, Tony Stark, heredero de una gran industria armamentística, es un capullo totalmente imbuido en esa vida de playboy millonario que el hombre de Gotham City solo finge llevar, hasta que una dura experiencia durante una visita a Afganistán le hace caerse del caballo y revisar su propósito en la vida y la de los juguetes que fabrica.

Y aunque su historia no deja de ser otro relato-origen tan surrealista e inverosímil como es costumbre en el género, el director Jon Favreau ha conseguido crear un producto ágil, divertido y emocionante, con cantidad de variaciones sorprendentes sobre el esquema base, y que además es de principio a fin el show de Robert Downey Jr. en la más perfecta fusión entre personaje e intérprete jamás vista en una película de superhéroes. Hace falta talento y carisma para conseguir soldar las piezas de un personaje tan imposible (genio, idiota, hedonista, hombre arrepentido y vengador justiciero), y que el resultado parezca tan ligero y natural como si el antiguo chico malo oficial de Hollywood se estuviera interpretando a sí mismo.

Es esa calidez humana (no hay más que echar un vistazo al resto de nombres del reparto: Jeff Bridges –calvo y con barba, irreconocible-, Gwyneth Paltrow, Terrence Howard) lo que la distingue y la eleva por encima de sus clichés y de otras cintas similares. Visualmente Iron Man es un producto hipertecnológico con lo último en efectos especiales y diseños futuristas (mucho más creíbles, por ejemplo, que los de Spiderman, y más vistosos que los de la realista Batman Begins), pero su material genético está repleto de cine clásico, de películas de aventuras de los años 30 tipo Errol Flynn (otro famoso borracho), screwball comedies (el romance latente entre Tony Stark, el frívolo heredero de buen corazón, y Miss Potts, su secretaria para todo), y esa ciencia ficción ingenua donde un capitalista emprendedor es capaz de arremangarse y hacerse en un pis-pás un supertraje para combatir al crimen. En conclusión, un plato completísimo y con un gusto excelente (para ser de lata).

lunes, 12 de mayo de 2008

Elegí (a un señor viejuno)


Elegy
, la última de Isabel Coixet, es una de esas películas que en el momento te dejan frío, luego van ganando posiciones en la memoria y a poco que te descuides acabas creyendo que te han gustado. Pero no, porque aunque es más original de lo que parece, le falta chicha, resulta demasiado esquemática y no termina de resolver el problema de un personaje central inmaduro y antipático.


Parece ser que Penélope Cruz estaba empeñada en levantar este proyecto desde que leyó la novela El animal moribundo de Philip Roth y se encontró con este personaje de una chica cubana que se enamora de un profesor en edad de jubilación alérgico al compromiso (y que se queda espantado de que ella pretenda ir en serio). Al profe en cierto punto iba a interpretarlo Al Pacino pero al final ha acabado siendo Ben Kingsley, y si esta relación entre Gandhi y la chica del Jamón no se lleva el premio a la pareja más improbable del año es solo porque Carla Bruni y Sarkozy han demostrado que la realidad siempre supera a la ficción, y porque de hecho la química funciona: ambos están estupendos, sinceros, intensos y vulnerables, sobre todo Kingsley, un pedazo de actor que ha tenido que tragar con incontables papeles alimenticios y que aquí se luce como el intelectual acostumbrado a deslumbrar a las jovencitas para seducirlas, un egocéntrico angustiado por su inevitable declive físico, incapaz de amar ni por consiguiente de creer en que nadie le ame a él.

Esta especie de versión agria de un estándar de Woody Allen se ramifica después en direcciones menos previsibles (la relación con su hijo, con su amante fija ocasional, la amistad con el personaje del gran Dennis Hopper, encargado de la nota humorística en una historia donde todo el mundo es tan terriblemente serio) y aborda temas graves e importantes pero se conforma con señalarlos y unir los puntos sin terminar de vestir una estructura que se queda en cerebral y descarnada. Como no he leído la novela y en general me gusta mucho la gafapasta de Coixet fuera de sus trabajos de encargo, prefiero echarle la culpa al guionista Nicholas Meyer que es quien firma la adaptación (y que tampoco sería la primera vez que la caga).

martes, 6 de mayo de 2008

Cinefagia 2008 (vol.1)

Como tengo muy abandonado el apartado de las noticias de cine, hoy, para compensar, amontonamiento y sobredosis (un poco rancias, además...)

Guillermo del Toro se va a pasar cuatro años en Nueva Zelanda bajo el ala productora de Peter Jackson rodando El Hobbit y esa misteriosa secuela intermedia que todos los implicados se niegan a llamar “puente” sino “una parte integral de la saga tan importante como las otras cuatro” (aunque a fecha de hoy aún no sepan exactamente de qué va a ir y se la tengan que inventar a partir de los Apéndices de Tolkien a El Señor de los Anillos). Minucias al margen, es una grandiosa noticia para todos los fans de la saga fantástica aunque sea al precio de dejarnos durante un lustro sin proyectos originales de un artista en el mejor momento de su carrera (a falta de ver hasta qué punto ha cumplido con Hellboy 2). Confirmado ya el regreso de Ian McKellen y Andy Serkis como Gandalf y Gollum (pero posiblemente no el de Ian Holm como el joven Bilbo por razones de edad), así como el del compositor Howard Shore y los ilustradores John Howe y Alan Lee para el diseño artístico, parece ser que la idea es cuidar al máximo la continuidad de tono y estilo, con la salvedad, ha declarado Del Toro, de que la Tierra Media aparecerá en estas precuelas como un mundo más inocente y mágico (tal como corresponde a una época dorada anterior al regreso de Sauron). Dicen que ya ha comenzado la replantación de Hobbitton; en palabras de Barney Gumble, “Oh, no, todo vuelve a empezar”)

Apurando fechas, apenas veinte días antes de que llegue a las salas, aparece por fin el trailer definitivo de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (aquí). ¿Exceso de confianza? ¿Desidia? El marketing de la secuela más esperada de los últimos veinte años está siguiendo un perfil tan bajo que en las próximas dos semanas van a tener que sudar tinta si quieren crear un mínimo de expectación fuera del círculo de los ya convencidos. Por mala que fuera, supongo que cuenta como promoción la entrevista que le hicieron a Harrison Ford en El País semanal de hace dos o tres números, plana, penosa y llena de errores, sobre todo en comparación con esta otra que colgaron por las mismas fechas en la versión on line de la revista Entertainment Weekly. Ahí un Ford relajado y con un sentido del humor de lo más malévolo habla de lo perfectamente cómodo que se siente a su años volviendo a encarnar al arqueólogo del látigo (cuenta que rehusó teñirse el pelo y se burla de los que no pueden soportar la idea de un Indiana Jones que envejezca con su intérprete (“Sí, ya lo he oido: Aaah, está viejo. Sí , ¿y qué pasa? Y vosotros también , miraos al jodido espejo”. Habla de cómo ha hecho tantas escenas de acción como en las anteriores gracias a los progresos de la técnica (ahora que los cables de seguridad se pueden borrar digitalmente), y de lo importante que es para él “contar la historia físicamente”. Habla del problema que le supuso en La última cruzada tener a Sean Connery, sólo 12 años mayor que él, representando a su padre, lo que le obligó a interpretar a Indy como mucho más joven para que la relación funcionara (uno de los muchos y enormes problemas de aquella cinta, porque Connery y Ford forman un gran dúo cómico pero ese tío con gesto de colegial pillado en falta apenas parecía el protagonista de En busca del arca perdida). “Le echamos de menos pero esta es una película distinta”, dice Ford. Me lo creo y le pongo una vela a Khali para que esta vez el doctor Jones pueda despedirse con una aventura a la altura de su leyenda...

El jueves se publicó con gran aparato la noticia de la muerte del dvd debido a que Apple había firmado con los estudios de Hollywood un acuerdo para poner a la venta en ITunes las películas simultáneamente a su edición en formato físico. Era inevitable tarde o temprano, pero luego uno mira la letra pequeña y llega a la conclusión de que los superexpertos consultados se han precipitado un poco y que este servicio no lo va a utilizar ni dios: la película comprada en ITunes (y por ahora sólo en EEUU) costará exactamente lo mismo que el dvd (16 $), a una resolución algo menor y sin extras de ninguna clase (cero ventajas y mucho más caro que una descarga pirata). Ahora bien, si extendieran el tema del alquiler a un precio razonable…

Gran Torino, la próxima película como actor y director de Clint Eastwood, contrariamente a los rumores del mes pasado, NO será una peli de Harry el sucio sino la historia de un anciano con un coche chulo que hace amistad con un chaval vecino (menos mal).

Finales de rodajes: El 19 de abril terminó el de The Imaginarium of Doctor Parnassus de Terry Gilliam, verdadera última película de Heath Ledger (qué pena tan grande cada vez que aparece una nueva imagen promocional del Joker en The Dark Knight). Como es sabido, en las escenas que Ledger no tuvo tiempo de rodar le han sustituido Johnny Depp, Colin Farrell y Jude Law (el personaje cambia de apariencia aprovechando una excusa mágica que al parecer encaja en el argumento de esta comedia fantástica). Mejor eso que cancelar el proyecto, supongo, ojalá que además el resultado valga la pena.
Por otra parte, el 27 de marzo terminaba la fotografía principal de Star Trek (09) de J.J. Abrams. Ahora, unos mesecitos de posproducción, y a esperar un año hasta el estreno (maldita Paramount y su estrategia de distribución para el verano).

No tengo ni idea de quién es ni de donde sale este tal Hancock, esta especie de superman alcohólico que interpreta Will Smith, pero este trailer tiene bastante buena pinta…
Aunque no tanto como este otro de Wall-E, lo próximo de Pixar ahora metidos en la ciencia ficción. Dirige Andrew Stanton, el de Buscando a Nemo. Y por hoy yo creo que ya es suficiente.

sábado, 3 de mayo de 2008

Historia viviente


Que no os engañen sus canas, sus gafas de pasta ni su imparable verborrea de simpático abuelete italoamericano: Martin Scorsese es un rockero de corazón (y que ahí donde le veis, en sus buenos tiempos llegó a meterse en el cuerpo tanta mierda como el mismísimo Eric Clapton). En 1973 el neoyorkino revolucionaba con Malas calles el concepto de banda sonora entrelazando canciones contemporáneas con el ritmo y la atmósfera de cada escena, y ya por entonces incluyó en ella dos temas de los Rolling Stones (que nunca habían sonado mejor).

Fan del grupo desde siempre, Scorsese cuenta que toda su vida había querido rodar Shine a light, que él ya la había hecho en su cabeza hace cuarenta años aunque sólo ahora haya podido concretarla y capturarlos en vivo. Pero la película que él imaginó en su día y la que nos llega ahora no pueden ser realmente la misma por mucho que compartan el mismo objeto; ni él es ya aquel joven director anfetamínico, ni es el mismo el (espectacular) despliegue de medios a su alcance, ni (sobre todo) significa lo mismo el mito de los Stones en 2008 que lo que podía representar en 1970 (cuando, por cierto, algunos los daban ya por acabados).
El tiempo, que ha afilado los rasgos de sus componentes, ha suavizado en cambio las aristas de la banda hasta convertirla en una institución de lo más respetable (como el propio Sir Mick), un espectáculo con sexo, droga y rock´n roll para toda la familia, abuelitas incluidas, y si no no hay más que verles recibiendo antes del concierto con profesionalidad exquisita a la madre de Hillary Clinton y al resto de su séquito sin dejar traslucir en absoluto el menor resquicio de irreverencia o descojone (al saludar a esa señora que en los 60 probablemente les hubiera atizado con el bolso; ¿qué piensan realmente de semejante circo? Imposible penetrar bajo la coraza).

Los Stones, aunque no la banda de rock más longeva en activo, es desde luego la más famosa y la que más directamente ha tenido que bregar con esa peliaguda cuestión que los músicos de géneros nacidos antes del siglo XX han resuelto hace tiempo: ¿cómo debe envejecer sobre el escenario una estrella de rock? Su respuesta (pese a las arrugas que convierten sus rostros en un estudio de las edades del hombre digno de Da Vinci) sigue siendo no darse por enterados... Mick Jagger juega todavía bajo los focos a ser el mismo chico malo, escandaloso y provocador que rivalizaba en titulares con los Beatles, moviéndose, saltando y bailando a sus sesenta y cuatro años como un verdadero demonio, en una demostración de energía tan antinatural que obliga a pensar que tiene que haber vendido su alma a cambio como poco. Sus compañeros se lo toman con más calma y se limitan a tocar con una eficacia impropia de su frágil apariencia, Keith Richards sacando partido irónico a su propia decrepitud de bucanero zombi del Caribe, Ron Wood manteniéndose en el discreto segundo plano que le corresponde como novato (sólo lleva treinta años con ellos), y Charlie Watts viéndolo todo y no diciendo nada tras su batería con la mirada perpleja de un jazzman millonario todavía sorprendido de seguir atrapado con el resto en esa burbuja eterna de tiempo plastificado. La música, una mezcla del repertorio más obvio con temas menos conocidos, suena poderosa pero extrañamente desconectada de unos intérpretes que llevan toda su vida tocándola y que tan poco tienen ya en común con aquellos chavales que la crearon. Es una impresión subjetiva pero las canciones de los Rolling Stones 2007, salvo en momentos puntuales, apenas me transmiten otra cosa que su voluntad de sobrevivir a toda costa, y la extraordinaria disciplina a la que se someten para seguir siendo la misma banda que siempre han sido (y ese distanciamiento no lo rompe la cámara por muy en medio del meollo que se meta).
El documental es, en un 80%, un concierto filmado con verdadero alarde de virtuosismo, cantidad de cámaras moviéndose entre los músicos como si fueran invisibles, fantásticamente fotografiado y montado, a lo que se añade un breve making of inicial (donde podemos ver otra vez a Scorsese repitiendo su aclamado personaje del spot de Freixenet) y breves insertos de entrevistas de archivo de la banda para dar alguna perspectiva sobre de dónde vienen y hacia donde van (que a estas alturas ya no puede ser muy lejos). Algún dia la última gira de los Stones será la última de verdad y la película de Scorsese quedará como un valioso testimonio, lo más parecido a un simulacro perfecto de lo que fue su última época. De ella han dicho que es superficial, un ejercicio de estilo que no termina de emocionar, pero para mí que ha captado perfectamente la esencia actual del grupo y si de algo peca es de un exceso de respeto y objetividad; me quedo con las ganas de saber qué es lo que piensa realmente Scorsese hoy día sobre ellos y qué conclusiones ha sacado al respecto.