sábado, 29 de marzo de 2008

Uno menos


Escribe hoy Manuel Rivas sobre Rafael Azcona (quien en 1999 adaptó para el cine su libro La lengua de las mariposas): “Ha sido necesario que muriera un guionista genial para que se hable bien durante unas horas del cine español. Creo que con tres o cuatro difuntos más vamos hacia una cinematografía de puta madre.” Pero qué iluso: ahora que nos falta Azcona está más claro que nunca que el cine español se va directamente a la mierda.

Ese señor tan modesto y al que le gustaba tan poco figurar ha sido durante más de medio siglo el gran genio en la sombra detras de las mejores películas de Berlanga, de Carlos Saura, de Jose Luis Cuerda, de Fernando Trueba o Jose Luis García Sánchez. ¿Qué vamos a hacer sin él? Lo mejor sería esperar a que suba el dólar, desmantelar todo el tinglado y venderle los restos a algún americano que los sepa aprovechar. ¿Qué tal una versión yanki de El verdugo con Ben Stiller de prota y Robert DeNiro en el papel de Pepe Isbert? Eso sí que sería auténtico humor negro…

En la IMDB aparecen 95 guiones escritos en todo o parte por Rafael Azcona (el último, Los girasoles ciegos, de Jose Luis García Sánchez, drama con Maribel Verdú y Javier Cámara, aún pendiente de estreno), entre ellos El pisito, El verdugo, Plácido, Ana y los lobos, La prima Angélica, La escopeta nacional, La vaquilla, El año de las luces, El bosque animado o Belle epoque. Algún día un holocausto nuclear o una epidemia de zombis en la Seguridad Social aniquilarán a todo bicho viviente en esta península y los historiadores del futuro tendrán que recurrir a esas películas para entender quienes éramos y de dónde sacábamos aquella legendaria mala leche. Porque ahí está todo, en Cervantes y en Azcona.

domingo, 23 de marzo de 2008

Si las hadas hablaran


En medio de la epidemia de películas de fantasía familiar con seres pseudomitológicos y niños aventureros que venimos últimamente padeciendo, existe grave riesgo de que pase desapercibida una tan estupenda como Las crónicas de Spiderwick; sin estrellas de relumbrón, con un título que a la mayoría nos suena a mejunje entre C.S. Lewis y Stan Lee y sin salir para nada del territorio de la serie B, es más que probable que se trate de la mejor de la última hornada...

Hurgando por la wikipedia y en su página oficial me entero de que Las crónicas de Spiderwick son antes que nada una serie de libros (cinco hasta ahora) creados por un par de americanos llamados Toni DiTerlizzi y Holly Black, ampliamente ilustrados al estilo apuntes del natural (en plan manual de ornitología o gran enciclopedia de los gnomos) y en los que se cuentan las aventuras de tres hermanos neoyorkinos desde que se mudan a la vieja mansión familiar y encuentran en el fondo de un baúl (con una nota que advierte NO LEER) la guía de campo de seres fantásticos escrita y nunca editada por su tío abuelo Arthur Spiderwick.
Veo también muchas opiniones de lectores disgustadísimos con las libertades que se toma esta adaptación tan selectiva capaz de expurgar los cinco tomos hasta condensarlos en poco más de hora y media de metraje. Pero, ¿no salimos todos ganando, en resumidas cuentas? Gracias a la película los libros reciben una nueva inyección de fans que descubrirán con aullidos de placer todo ese material extra en el que enterrarse, y los que no tenemos tiempo ni ganas de apuntarnos a cada nueva saga interminable que nos vengan recomendando nos conformamos con disfrutar de esta versión destilada y fibrosa que funciona como un reloj sin que se eche a faltar ninguna pieza (es más, se hace difícil imaginar qué motivo han podido tener los autores para estirar tantísimas páginas, como no sea para incluir dibujos más grandes, un relato de estructura tan ortodoxamente aristotélica). En estos días oscuros en que cada producto de estudio no es más que un episodio piloto encubierto para la próxima franquicia multimillonaria, pasma descubrir una película capaz de escapar de la lógica del loncheado mercantil para contar de un tirón una historia con su inicio, nudo y desenlace, en este caso un insólito híbrido para mayores de 10 años entre El laberinto del fauno y Asalto a la comisaría 13 de John Carpenter. Y se nota mucho la mano de John Sayles en la reescritura de este guión sólido como una roca, con personajes de verdad, lleno de magia, humor, acción, tensión y un puntito de amargura...

Visualmente en la línea de otras muestras recientes de género llenas de bonitas criaturas digitales (el director Mark Waters hace un buen trabajo pero no logra distinguirse particularmente), el tono de la película recuerda más bien a cierto cine familiar de los 80, a aquellas producciones Amblin de Spielberg con su típica familia disfuncional en plena mudanza (de hecho, detrás de Spiderwick andan dos eternos colaboradores de Steven, Frank Marshall y Katheleen Kennedy), o a trabajos de la factoría de Jim Henson como Cristal Oscuro. David Strathairn como el imprudente Spiderwick y Mary-Louise Parker como la señora Grace son los principales adultos aunque la estrella de la cinta (en el doble papel de los gemelos Jed y Simon) sea el pequeño estajanovista Freddie Highmore (Charlie y la Fábrica de chocolate, Descubriendo Nunca jamás, La brújula dorada), un chaval muy simpático al que además de discutir con duendes y trasgos inexistentes le toca pasarse media película dándose la réplica a sí mismo (la magia del cine).

jueves, 20 de marzo de 2008

A.C.C. estuvo aquí


Arthur C.Clarke, el último superviviente de la era de los titanes de la ciencia ficción, moría el miércoles 19 en Sri Lanka a los 90 años. Con achaques y en silla de ruedas, pero lúcido e inquisitivo hasta el final, Clarke había manifestado más de una vez sus planes de permanecer con vida al menos hasta 2001, la fecha del cambio de milenio que él y Stanley Kubrick tanto hicieron por mitificar; se pasó de largo y aún tuvo energías para acompañarnos otro trecho por este futuro mucho más extraño y prosaico que el que él imaginó.

Una tribu protohumana despiojándose en torno a un monolito; una colonia en la luna y un hallazgo arqueológico imposible; dos astronautas en viaje hacia Saturno a merced de una computadora loca y, finalmente (o no), el siguiente paso en nuestra evolución... Salvo un poco de Julio Verne, 2001: una odisea espacial fue la primera novela de ciencia ficción que leí en mi vida y me produjo un cortocircuito neuronal del que aún me estoy recuperando. Ninguna obra de Clarke me volvió a impresionar de la misma manera (aunque por ahí le anda Cita con Rama, que David Fincher y Morgan Freeman llevan años intentando convertir en película), y mucho menos las secuelas que él mismo escribió (2010, 2061 y 3001). Por entonces no tenía ni idea de que la novela era el resultado de su colaboración con Stanley Kubrick, con quien Clarke había escrito el guión de la película a partir de su relato El centinela, y que el megalómano y huraño director le había exprimido hasta el fondo, llevándole mucho más allá de su zona de seguridad para crear poco menos que la película definitiva de ciencia ficción (la que Kubrick quería hacer). Película y novela cuentan la misma historia pero la primera es una obra poliédrica abierta a multitud de interpretaciones, plagada de connotaciones y significados posibles, una auténtica experiencia no verbal, mientras que novela, al más puro estilo Clarke, es un relato perfectamente claro, racional y lineal, y satisface unas expectativas completamente diferentes (aunque complementarias).

Clarke nunca fue un gran prosista ni un gran creador de personajes (sus criaturas tienden a ser astronautas, científicos o ingenieros supercompetentes y perfectamente intercambiables). Pero tenía una imaginación extraordinaria y una sólida formación como científico con las que, donde otros solo veían frios datos empíricos y abstrusas observaciones astronómicas, él vislumbraba aventuras en nuevos escenarios abiertos a la conquista del espíritu humano. Porque seguramente es cierto que todas las historias que valen la pena ya se han contado y solo queda repetirlas para los que han llegado tarde, no hay nada nuevo bajo el sol, dicen, pero el hecho es que nuestro sol es una estrella más bien corriente en un cielo que está lleno de ellas... Nuestra limitada inventiva tiende a poblarlas con variantes sobre lo que conocemos (hay otros mundos, pero están en este), pero los grandes autores de la ciencia ficción hard (Asimov, Heinlein, el propio Clarke) se las arreglaron a menudo para introducir algo nuevo y asombroso en la mezcla, cuestionando axiomas inamovibles, ayudándonos a asimilar la idea del cambio, a extender las fronteras de la realidad más allá del horizonte de nuestras propias narices y nuestras limitadas nociones del sentido común; exploradores del imaginario cartografiando para nosotros fenómenos y lugares incomprensibles que sabemos que están ahí fuera aunque no los vemos ni nos demos por enterados, tan empeñados como andamos en mirarnos al ombligo en esta minúscula mota de polvo al sol en un inmenso universo extraño y aparentemente vacío.

Arthur C. Clarke fue siempre un incurable optimista en cuanto a la capacidad de la ciencia para dar respuesta a cualquier problema (creencia recogida implícitamente en su famosa tercera ley de Clarke: “cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”). Hoy día, cuando las promesas de ayuda de la ciencia y la tecnología a menudo casi dan más miedo que el problema que pretenden resolver (como un fontanero chapuzas que por cada agujero que tapa te abre dos más), cuando paradójicamente vivimos inmersos en un presente hipertecnológico con wifi, iphone, terapias genéticas y coches que aparcan solos, la ciencia ficción al estilo Clarke está prácticamente extinta y la única variedad que encuentra eco popular es la del escenario apocalíptico; más que a maravillarnos con el futuro, a lo más que aspiramos es a quedarnos como estamos. ¿Será una fase?

domingo, 16 de marzo de 2008

Interiores 2





La soledad
de Jaime Rosales es un hueso duro de roer para cualquier crítico aficionado que no se haya chupado antes todo el cine de Eric Rohmer o Michael Haneke (que no es el caso). Costumbrismo hiperrealista contado con técnicas de cine de vanguardia, normalidad cotidiana en plano fijo con pantalla partida como en una versión para interiores del cine de Brian de Palma o Tarantino (polivisión, lo llama él) y una duración de 130 minutos que hay momentos en que se vuelven un coñazo tan perfecto como la más meticulosa reconstrucción de una tarde lluviosa de domingo, es fácil imaginar que esta película no es apta para todos los públicos...

Sin embargo, con un poco de paciencia, lo que amenazaba con ser un simple ejercicio de estilo medio autista acaba contando bastantes cosas: dramas y tragedias, enfrentamientos a cara de perro, relaciones que terminan, que empiezan o se sobrellevan, además de un importante punto de inflexión que no conviene revelar; pasito a pasito se va hilvanando esta historia coral sin actores conocidos protagonizada por una recién divorciada que decide salir de su pueblo y mudarse con su hijo a Madrid, una señora mayor propietaria de una tienda de barrio, viuda con nueva pareja y tres hijas, una con cáncer, otra que acaba compartiendo piso con la divorciada, y una tercera que necesita pasta para comprarse su apartamento en la playa.

La película fue la sorpresa de los últimos premios Goya, interponiéndose en la noche triunfal de El orfanato (difícilmente se pueden enfrentar dos trabajos más distintos) al hacerse con los de mejor película, mejor director y mejor actor secundario, un reconocimiento que le ha permitido disfrutar de una segunda vida comercial en las salas por las que en su día había pasado en un visto y no visto. Y ahí sigue en cartel un mes después como una propuesta diferente de esas que despiertan borrascosas divisiones de opiniones, una película difícil, no sé si realista o pesimista en torno a las relaciones humanas y la intrínseca soledad con la que cada cuál se enfrenta y se sobrepone a lo que se le viene encima. Personas encerradas como islas en su parte del plano, o perdidas fuera de campo mientras la cámara se queda encuadrando un pasillo vacío… Lo que menos me convence de La soledad es ese rollo formalista medio nórdico de Rosales, tan peligrosamente al borde de la pedantería, pero al menos es bonito verle correr el riesgo.

lunes, 10 de marzo de 2008

Lo que España vota va a misa


Qué razón tiene Wyoming en
El intermedio, eso de que siempre votáis para hacer daño; y esto es lo que pasa cuando se pide la opinión a cualquier desgarramantas sin criterio con acceso a móvil o internet, que os tomáis Eurovisión a guasa como si no fuera el honor de la patria lo que estuviera en juego, y acabáis mandando a competir contra el pavo de Irlanda a un tío de la escuadra de Buenafuente con un tupé más grande que él, que para más inri canta un tema compuesto por Pedro Guerra y Santiago Segura (¡si Jose Luis Perales levantara la cabeza!).

Y además es la única opción consecuente para un festival que es desde hace décadas un chiste internacional (que hace dos años, sin ir más lejos, ganaron unos klingon satánicos) y que, por muy inconcebible que le parezca a ese viejecito tan verboso que ha consagrado su carrera a comentarlo, tiene tanto que ver con la música como la banda sonora de un anuncio de sujección de dentaduras (porque si no Guille Milkyway/ La casa azul estaría ahora mismo consultando la guía de hoteles de Belgrado).
De entre el triste desfile de preseleccionados (mitad ganadores de las votaciones en Myspace, mitad voluntarios repescados por un sagazísimo jurado de expertos), una ecléctica mezcla de aficionados con ganas, principiantes sin pulir, inútiles con pose y la citada estrella emergente del pop distorsionando la competencia como si Dostoyevski se apuntara a un concurso escolar de redacciones, Rodolfo Chikilicuatre se destacó desde el primer día como el friki más autoconsciente y con más gracia, y era inevitable que el sábado volviera a arrasar. Vale que la gracia de la canción se concentra en la letra y que es posible que no la acaben de captar allende nuestras fronteras pero, en el fondo, ¿no es preferible así? Ganar en Eurovisión es un embolado tremendo que te obliga a organizar y pagar la gala del año siguiente; con el Chiki-Chiki TVE se lava las manos del resultado a la par que se asegura una audiencia amplia y rejuvenecida dispuesta a partirse con el concurso ( y de paso da un poco más de lustre a su curiosa relación simbiótica con Andreu Buenafuente y la productora Mediapro) ¡Todos contentos salvo Uribarri!

viernes, 7 de marzo de 2008

Transplante marciano


Lo de Mr Bean es solo un chiste porque la serie británica que quiere adaptar Antena 3 (adelantándose a la versión norteamericana que preparaba David E. Kelley -Ally McBeal-) es la sensacional Life on Mars. Se ve que primero la compraron para emitirla y que después a algún avispado directivo se le debió de encender la bombilla (y esto de que una cadena española se le ocurra hacer un remake de una serie extranjera que no es ni una comedia ni un culebrón se hace tan raro que la noticia ha cruzado el charco hasta las páginas de Variety...)

Life on Mars es una serie de 16 episodios de la BBC que cuenta el extraño caso de Sam Tyler (John Simm), un inspector de policía de Manchester que, tras sufrir un accidente en 2006, recobra el conocimiento en 1973 (un desplazamiento cultural tan bestia que es como si hubiese caído de cabeza en otro mundo). Incrédulo y aturdido, vuelve dando tumbos a su propia comisaría y la encuentra invadida por un hatajo de patanes justicieros con patillas y pantalones de campana, que lo toman por un colega recién transferido y lo ponen inmediatamente a trabajar. Con el fondo sonoro del mejor rock de los 70 para meterse en ambiente, Tyler hace amistades, se gana el respeto de sus compañeros (cuyos brutales métodos policiales intenta civilizar), y todo aquello le empieza a parecer tan real que ya no sabe si está loco, si está en coma delirando o si de verdad ha viajado en el tiempo.

La versión española (dice la noticia) estará ambientada en 1978 y permitirá explorar los cambios en la policia y la sociedad en plena transición a la democracia … Es decir, Cuéntame… + Abre los ojos + polis franquistas metidos en persecuciones y tiroteos. ¡Habría que estar loco para no hacerla!

¿Qué posibilidades hay de que todo esto no acabe como en el bonito ejemplo del dibujo? Dios dirá, y que su sabiduría ilumine el camino a los de Boomerang-Producciones ida y vuelta (Círculo rojo, Motivos personales, Génesis-en la mente del asesino y, más recientemente, Física o química) que son los que se van a encargar directamente del transplante. De entrada, una duda: ¿De verdad son tan incompatibles los polis españoles de 1978 y 2008, o eso son cosas de la tele?

domingo, 2 de marzo de 2008

Las navajas las carga el diablo



Primero las advertencias: Sweeney Todd es un musical y las canciones no están dobladas sino subtituladas en castellano, y cantan tanto que los diálogos (que sí están doblados) no deben de llegar ni a diez minutos. Como pudiera ser que esta circunstancia echase para atrás a una parte del público habitual de Tim Burton y Johnny Depp, es natural que la publicidad de la película haya preferido no mencionarlo para no arruinarles la sorpresa.

Segundo: Sweeney Todd es una película truculenta en la que la sangre fluye literalmente a chorros, un melodrama folletinesco de venganzas, amores, locura, canibalismo, pequeña empresa y apurados perfectos, creado en 1979 por Stephen Sondheim (música) y Hugh Wheeler (letras) a partir de la figura de un legendario barbero asesino de comienzos del siglo XIX varias veces llevado a la ficción. La cosa empieza en plan Conde de Montecristo, con un inocente encarcelado (Depp) que regresa a Londres para matar al gran Alan Rickman, el juez pervertido y corrupto que se lo quitó de en medio con la simple intención de apoderarse de su esposa. Lo curioso es que, entre que culmina su venganza, el barbero da un sorprendente rodeo por el mundo de los negocios bajo los auspicios de la Sra Lovett (Helena Bonham Carter), que hasta el momento languidecía vendiendo las peores empanadas de Londres a falta de buena materia prima.

A mí lo de las canciones en versión original me parece estupendo porque no conocía la obra y se agradece muchísimo escucharlas intactas sin pasar por la trituradora de la traducción ripiosa. Y qué pedazo de canciones (las escucho ahora mismo mientras escribo): siniestras, románticas, burlonas, cínicas, en ocasiones recuerdan a un Danny Elfman superpolifónico y otras suenan a algo mucho más lírico e inocente (una inocencia pisoteada y marchita, como un West Side Story representado por los internos en el corredor de la muerte). Todos los actores se lucen interpretándolas y las ajustan a sus posibilidades vocales sin florituras ni gorgoritos, interiorizándolas como otro ritmo más en el discurso del personaje. Depp y Bonham Carter, que cantan estupendamente, están especialmente intensos en esta versión decimonónica y psicótica de Bonnie & Clyde, él un vengador desquiciado muerto por dentro salvo para el arte de la navaja (como se agradece verle quitarse de encima el registro del puñetero Jack Sparrow), y ella una amoral profesional de la hostelería inútilmente enamorada de su inquilino barbero, perdida en sus sueños de pequeñoburguesa normalidad. Dentro del absurdo general de la trama, ambos consiguen darle a esta pareja de asesinos en serie un punto de verdadero patetismo.

Tim Burton anda por ahí diciendo que el único musical que le gusta es, precisamente, Sweeney Todd (¿y Pesadilla antes de navidad, qué?); supongo que lo que pasa es que no ha visto ninguno y la verdad es que se le nota; la cámara parece a menudo un invitado incómodo que no sabe donde meterse para no estorbar las efusiones melódicas de Depp y Bonham Carter, tomando primeros planos para hacer tiempo hasta que acaben y pueda salir disparada en uno de esos travelling que atraviesan la ventana y sobrevuelan la ciudad, casi lo único interesante que se le ocurre hacer (vamos, que la coreografía no es lo suyo). Burton se ha acostumbrado demasiado a que el diseño de producción le haga todo el trabajo pero esta vez no queda otra que alabarle la excelente dirección de actores y que no se haya dejado intimidar por el estudio para rebajar el elemento gore (que resulta bastante chocante en una gran producción de este estilo). La película me ha gustado pero posiblemente es válido el reproche de que le ha quedado demasiado seria y solemne para lo desquiciado y bizarro del material (hay partes más humorísticas que supongo que irán más en el tono de la función de Broadway, como las intervenciones del barbero rival Pirelli –el magnífico robaescenas Sacha Baron Cohen- o los planes para el futuro de la señora Lovett). Pero aún así, tras tanta mediocridad genialoide como ha venido entregando ultimamente para desesperación de sus fans, Sweeney Todd es la mejor película de Tim Burton en mucho tiempo.

miércoles, 27 de febrero de 2008

La resaca


Vale, pues sí, una ceremonia desangelada, con demasiados clips antológicos de relleno, sin aparente hilo conductor y con un presentador con buenos chistes pero al que se veía insignificante y muy solo en medio de un escenario fastuoso tan poco aprovechado. Lo mejor, los premios.

Unos premios muy bien repartidos, ciertamente muy europeos y bastante bien dados por mucho que no hayan terminado de acertar al 100% con mi quiniela de favoritas. En mejor película animada, por ejemplo, yo iba con Persépolis (vencedora moral) que no ha conseguido hacer descarrilar a la locomotora de Brad Bird, porque Ratatouille es una película espléndida pero es exactamente la típica película que a estas alturas uno espera de Pixar. Respecto a la mejor actriz principal, no he visto La vie en rose así que supongo que Marion Cotillard estará tan bien como nos cuentan, pero Ellen Page (Juno) ha sido la revelación de este año así que ¿por qué esperar a que crezca?
Se siente también por Alberto Iglesias, que nunca se lo creyó mucho de todas formas, por Tom Wilkinson, que está fantástico en Michael Clayton (comiéndose él solito la película), y por el veterano Hal Holbroock, secundario en tantas películas al que seguramente ya no le quedan muchas oportunidades para ganar, pero es que estos dos competían contra un Bardem que venía sobrado (y que hizo el mejor discurso de aceptación de la noche).

Sorpresa relativa, los tres premios técnicos para El ultimátum de Bourne (bastante indiscutibles). Muy bien lo de Tilda Swinton, Daniel Day-Lewis y Diablo Cody (qué personaje; si Juno solo tenía que llevarse un premio, no podía ser otro que mejor guión original). Y lo mejor de todo, Ethan y Joel Coen subiendo tres veces al escenario para llevarse entre los dos seis estatuillas (negocio redondo). Desde que vi Arizona Baby yo de mayor siempre he querido ser los hermanos Coen, así que permitidme un momento para felicitarme a mí mismo por la parte que me toca (si es que son como de casa).

Y hablando de los de casa, ciertos mutantes anónimos de ultraderecha andan por radios y foros de internet repitiendo lo que supongo que debe de ser una de sus consignas para esta semana, que qué vergüenza lo de Bardem, “ese antiamericano que luego se caga por la pata abajo cuando le dan un oscar”. Siempre llama la atención comprobar lo joven y activa que se conserva en pleno siglo XXI la España Negra (y qué elegante) . Luego se extrañarán de que la gente se marche fuera a trabajar.

lunes, 25 de febrero de 2008

El sueño de Hollywood


Esta noche es la noche. Dentro de unas horas tiene lugar el acontecimiento televisivo más importante del año para los mitómanos cinematográficos, y no me refiero al debate Zapatero-Rajoy sino a la 80 edición de los Oscar, con sus galas, su alfombra roja y sus guionistas para escribirle los chistes al presentador Jon Stewart (por los pelos).

Yo hace muchos años que dejé de seguirlo en directo (desde que Canal+ pirateó la señal solo para abonados) así que el plan es dormir como un bendito y enterarme del resultado por la mañana; y además del resultado, podré enterarme de lo larguísima y aburrida que ha sido la ceremonia, de lo poco que valía la pena trasnochar para aguantar tal coñazo y de lo horribles que iban algunas de las mujeres más atractivas del mundo; o quizá este año renueven la lista de despropósitos según le vaya la noche al bueno de Javier Bardem (apuesto a que hay más de uno rezando para que pierda y poder llamarle de todo menos bonito).

Se supone que si te gusta el cine de verdad lo que toca en un día como hoy es despotricar contra toda esta patochada de los premios y recordar que no es un más que un circo sin credibilidad alguna, que la lista de nominados y quien gana o quien pierde rara vez tienen que ver con la calidad artística y demasiado con quién monta la mejor campaña de promoción y ciertos turbios trapicheos entre bambalinas. Es como si un aficionado al futbol proclamara que él no cree en la copa del Mundo porque el mejor equipo cae siempre eliminado en cuartos.

Que sea justo o no no quita o pone nada para que éste sea el premio más importante que puede recibir una película , un actor, director, guionista, editor, músico, director de fotografía, maquillador o cualquiera que trabaje en la industria (no hay más que ver cómo les tiemblan las rodillas, se les traba la lengua y les empiezan a caer los lágrimones a los más cínicos cineastas antisistema en el mismo momento en que reciben uno). El poder simbólico de estas estatuillas calvas bañadas en oro proviene de los millones de personas en todo el mundo que, ingenuamente o no, están convencidas de que recibir una es importantísimo y estupendo, convirtiéndolo así en un reconocimiento universal tan inapelable como una sentencia del Tribunal Supremo, que puede gustar o parecer una chorrada pero ahí queda para siempre como cosa juzgada.

O sea, que la historia la escriben los vencedores y que esta noche toca escribir otra nota a pie de página en la sección de cine (mayormente de habla inglesa aunque con aspiraciones de universal). Historia tendenciosa o incompleta, que solo ocasionalmente coincide con la verdad y cuyos errores más flagrantes sólo el tiempo a muy largo plazo acaba rectificando (por ejemplo, ¿Rocky mejor película de 1977 por encima de Network: un mundo implacable y Taxi Driver? Menuda broma). Así que los cinéfilos deberían darse con un canto en los dientes porque en la cosecha que sale a jugar esta noche las nominadas principales (No es país para viejos, Juno, Michael Clayton, There will be blood… ), sean todas películas magníficas perfectamente merecedoras de reconocimiento, y gane quien gane este año la Academia tendrá que esforzarse para meter la pata.

viernes, 22 de febrero de 2008

Qué mala sangre


¡Hazte rico, hijo de puta! Porque a veces el orden de los factores puede alterar el producto, y se dan casos de gente tan ceniza y amargada que no le queda otra que enterrarse en un pozo en el desierto o acabar construyendo, por pura fuerza de voluntad, su propia torre de marfil alicatada en oro (negro).
There Will Be Blood (aquí subtitulada, en letras más pequeñitas como pidiendo perdón, Pozos de ambición) es el contundente retorno de Paul Thomas Anderson (Boggie Nights, Magnolia), uno de los más prometedores jóvenes directores norteamericanos de los 90 al que se le había perdido la pista tras el tropezón comercial de Punch Drunk Love (2002), la desquiciada y brillante comedia romántica que escribió para Adam Sandler en un voluntarioso esfuerzo por echar margaritas a los cerdos. Pocas risas (o romance) se pueden encontrar en cambio en There will be blood (no hay tiempo para mariconadas en este mundo de hombres, ni una sola mujer en el reparto salvo como figurante o extra con frase; sólo tipos duros en guerra con la naturaleza o sus semejantes); primera de sus películas que adapta material ajeno (la novela Oil! de Upton Sinclair, aunque del original no parece haber salvado mucho), y su primera película de época (Boggie Nights estaba ambientada en los 70 pero eso, más que una época, es una pesadilla).

There Will Be Blood son tres décadas clave en la vida de un imaginario pionero del negocio petrolífero llamado Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis), verdadero self-made-man al que vemos ascender de gañán a empresario y titán de la industria y un sujeto tan antipático, turbio y feroz que es casi inevitable invocar los nombres de Scorsese y DeNiro, creadores del estándar en biografías de los antihéroes más desquiciados de América. Day-Lewis, cuya magistral interpretación domina de principio a fin la película, se prodiga tan poco en pantalla que cada ocasión es un redescubrimiento del que uno sale convencido de haber encontrado al nuevo Robert De Niro, como si a estas alturas le hiciera falta todavía suceder a alguien o esperar una vacante. Poco tiene que envidiar su Daniel Plainview en su categoría a Travis Bickle o a Jack LaMotta, y al mismo tiempo se trata de una clase completamente diferente de animal. Si aquellos eran personajes que se pasaban de humanos, seres frágiles resquebrajados, almas puras achicharradas y perdidas en cuyo seno luchaban a brazo partido angelitos y demonios, hay por el contrario vestigios muy anteriores al homo sapiens en el señor Plainview, un resto prehistórico de la era en la que se formó ese petróleo que le corre por las venas; con sus ojillos maliciosos, su cerebro de reptil y ese corazón de piedra sin grietas visibles, ¿sabe siquiera él mismo si hay algo genuino en su afecto por ese bebé huérfano al que adopta como atrezzo para celebrar ante los clientes su entrañable pantomima del “negocio familiar”?

Con una duración de 158 minutos (que pasan como un suspiro porque siempre está ocurriendo algo) y el debut como compositor cinematográfico de Jonny Greenwood, guitarrista de Radiohead (creando temas orquestales casi demasiado tenebrosos como para pertenecer completamente a esa época y lugar),
There Will Be Blood es una fascinante, bella y terrible oda a la misatropía y al capitalismo salvaje, demasiado potente para leerse simplemente en clave de maliciosa alegoría sobre el pasado pirata de las honorables corporaciones que gobiernan hoy día EEUU y sus no siempre tan cordiales relaciones con la religión (el implacable Plainview encuentra su némesis y mosca cojonera en el afable Eli –Paul Dano- un jovencito manso y untuoso que a la primera de cambio se convierte en un furibundo predicador milagrero, vanidoso e hipócrita, casi el viaje inverso al que hacía en Magnolia el capullo de Tom Cruise).
Paul Thomas Anderson es un maestro abocetando en un instante personajes que parecen nacer completos pero que después adquieren matices insospechados conforme se van revelando sus dimensiones ocultas (ocultas a veces hasta para sí mismos). Daniel Plainview, ¿cabronazo o pobre diablo que solo conoce un modo de tratar con el mundo? ¿Tremendo egoísta o simplemente una clase especial de cobarde, que no desea realmente poder ni riquezas sino tan solo un agujero más profundo donde ocultarse? Menudo tema para una tesis, el sueño americano como enfermedad mental.

martes, 19 de febrero de 2008

Juno


Va a ser verdad eso de que las chicas maduran antes que los chicos, aunque no para todo... Juno MacGuff , todo un carácter a sus 16 años, mucho más espabilada que su amigo Paulie (y posiblemente siempre lo será) lo convence para jugar a médicos en pro de la ciencia pero ni se le pasa por la cabeza tomar precauciones contra consecuencias biológicas tipo embarazo.
Lo que parece un punto de partida para un sórdido drama social sobre los males de una juventud desubicada sin valores ni futuro, resulta ser el comienzo de una insólita comedia de caracteres protagonizada por esta adolescente rebosante de independencia y optimismo que decide dejar que la naturaleza siga su curso y dar al crío en adopción a alguna pareja que lo necesite (y le caiga bien).

Los chistes, el tono ligero, los diálogos brillantes y los personajes pintorescos pero nobles (qué rara hoy día una película sin idiotas ni villanos) no consiguen camuflar los niveles de profundidad por los que navega una historia que toca la separación cada vez mayor entre madurez emocional y sexual, las relaciones de pareja cuando el momento vital no anda bien sincronizado y, sobre todo, este asunto de traer al mundo a la próxima generación y las distintas necesidades, renuncias y teóricas satisfacciones que comporta (sobre todo si te sale una hija tan complicada pero encantadora como Juno). La actriz que la interpreta se llama Ellen Page, a quien anteriormente pudimos ver como la caperucita roja cazapederastas de Hard Candy, una chiquita que tiene toda la pinta de ir a ser más famosa que Jodie Foster y que este año está nominada al Oscar a mejor actriz. Dirige Jason Reitman, el hijo con talento de Ivan Reitman (Los gemelos golpean 2 veces, Junior, 6 días y 7 noches o esa anomalía que salva su carrera llamada Cazafantasmas); Juno es la segunda película de Jason tras la excelente Thank you for smoking (las desventuras de un cínico portavoz de la industria tabaquera) y la primera para su guionista, la ahora mismo solicitadísima Diablo Cody, que entre tanta gente brillante es el otro gran descubrimiento de Juno; ex secretaria y ex stripper que saltó a la fama por su libro de memorias y el afilado ingenio de su blog Pussy Ranch y que yo (lo confieso) antes de ver la película me había imaginado como una especie de concursante de Gran Hermano venida a más. Gran error. Uno sospecha que, si Juno no es ella, o se le parece mucho o la comprende de maravilla; en vez de nihilismo para la galería, lo que se desprende de su trabajo (por lo menos de éste) es, aparte de un gran sentido del humor, la sensibilidad, vitalidad y calor humano de un Frank Capra redivivo (y algo más borde).

domingo, 17 de febrero de 2008

Malas tierras, mala gente


No es país para viejos no es un western, ni siquiera un post-western (no hay huella alguna que lo relacione con el género salvo el protagonismo del escenario, el espacio geológico entre Texas y México). Si hubiera que ponerle la etiqueta de algún género fronterizo, lo último de los hermanos Coen si acaso sería un narcocorrido (de gringos), uno de esos relatos musicados de contrabando, codicia, violencia y muerte.
Los estilistas más dotados de su generación se han despojado de todo artificio para adaptar, dicen que con gran fidelidad, la novela de Cormac McCarthy (llevo 40 páginas de la edición de bolsillo y parece cierto pero de momento ya he echado en falta la escena del perro en el río) y aún así el resultado encaja sin fisuras en la línea de sus anteriores piezas negras contemporáneas, Sangre fácil (1984) y Fargo (de 1996, posiblemente y hasta hoy su más incontestable obra maestra). Quizá algo más tenebrosa, sin resquicio apenas para el contraste humorístico o los personajes absurdamente pintorescos (aunque apuesto a que al cazarrecompensas bocazas de Woody Harrelson le han dado alguna vuelta por el camino).

Pues esto va de una caza del hombre donde la presa es Josh Brolin, un tipo al que su día de suerte cuando encuentra en el desierto media docena de narcotraficantes muertos y una maleta con dos millones de dólares, se le convierte en pesadilla por culpa del mortífero psicópata que envían tras él para recuperarla, un tipo espeluznante que reúne lo peor de Terminator, Hannibal Lecter y el Dos Caras de Batman, un tal Anton Chigurh que viaja con una bombona de oxígeno, creación extraordinaria de Javier Bardem (doblado, pero es de pocas palabras), monstruo mítico en la estirpe del Robert Mitchum de La noche del cazador o El cabo del terror, inexorable juez y verdugo sin instancia superior, mucho más aterrador porque no deja de ser un simple ser humano. Y entre que los personajes hablan poco y la sobriedad formal de una película que prescinde de todo lo accesorio, son 115 minutos de tensión febril acumulativa casi insoportable (más otros cinco para un epílogo en clave introspectiva), incluyendo, entre varios momentos antológicos, una de las mejores escenas de tiroteos que yo recuerde.

El tercer personaje en discordia (y el único que se explaya, para algo es el narrador) es el viejo sheriff encarnado por Tommy Lee Jones, un veterano sobrepasado por estas formas desconocidas de maldad que traen los nuevos tiempos (1980 en la película), estos asesinos literalmente sin alma, como espectros que sólo buscan arrastrarte a la lógica hueca de su mundo de horror y de sombras. O quizá (y de ahí el título) siempre ha habido gente así por esas tierras, y es simplemente él quien ha cambiado y ya no puede con ello. "Aquí no hay lobos", dice en un momento el personaje de Brolin, pero se equivoca. Los buenos se cansan, se distraen, envejecen y se vuelven presa fácil para los depredadores.
En cambio, aquellos dos jóvenes gamberros que empezaban desconcertando hace 20 años con su rollo posmoderno y su manía de montar y desmontar los géneros clásicos, no sólo no han perdido con la edad sino que vuelven a demostrar su espléndida madurez como cineastas tras esa etapa un tanto errática de comedias de encargo (Crueldad intolerable y el curioso remake de El quinteto de la muerte) con las que siguieron a El hombre que nunca estuvo allí. Vuelven los Coen para enseñar a los novatos cómo se juega. Gracias a dios.

jueves, 14 de febrero de 2008

Huelga decirlo




No todo en la vida va a ser el primer trailer de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (aquí mismo, por ejemplo). Hoy, además, en nuestra minirevista de prensa:

- ¡Cinco episodios más para Perdidos!: Además de los 8 ya rodados antes de la huelga de guionistas, el productor Carlton Cuse anuncia que él y Damon Lindelof jibarizarán el resto del plan para la cuarta temporada hasta meterlo en cinco episodios (13 en total, 3 menos de los previstos); Cuse promete que todo el material cortado acabará emergiendo en algun punto y que la quinta y/o sexta temporada serán un poco más largas para compensar.

The Imaginarium of Doctor Parnassus vive! Cantidad de rumores sobre las ideas que puede estar manejando Terry Gilliam para reemplazar a Heath Ledger sin desechar el material rodado por el actor antes de su trágica muerte Lo único seguro es que se ha abierto una página oficial de la película (http://www.doctorparnassus.com), de momento con una simpática imagen promocional en plan testimonial.



-Nuestros respetos para el gran Roy Scheider, carismático protagonista de Tiburón, Comienza el espectáculo, 2010 Odisea 2 y aquella chufa de serie llamada Seaquest (especie de Star Trek submarina producida por Spielberg), un actor al que uno tendía a dar siempre por descontado y que ha muerto prematuramente a los 75 años (cáncer).

-Paramount Pictures reorganiza tras la huelga la ventana de lanzamiento de sus próximos estrenos y no tiene mejor idea que retrasar cinco meses la versión de Star Trek reimaginada por J.J. Abrams (ahora, para mayo del 2009), que según cálculos de su departamento de marketing es mucho mejor fecha para convertirla en un bombazo de verano (mientras tanto, yo sigo sin tenerlas todas conmigo de que ni siquiera el nuevo rey midas gafapasta de Hollywood, recién salido del pelotazo de Cloverfield, sea capaz de hacer por Star Trek lo que Batman Begins y Casino Royale por esas otras franquicias cansadas pero libres del estigma friki).

-Los herederos de Tolkien demandan a New Line Cinema por chanchullos contables e incumplimiento de contrato (¿no lo hace todo el mundo?); se teme un nuevo retraso de la película de El hobbit. Por su parte, 20th Century Fox demanda a Warner Bros reclamando para sí los derechos cinematográficos de Watchmen, el cómic de Alan Moore y Dave Gibbons (a buenas horas, con la película ya medio rodada). En este caso todo lo más que se teme es un intercambio de pasta entre ambos estudios.

Huelga de guionistas, para terminar...
-Todo el mundo está tan contento con el final de la huelga de los guionistas USA (ahora que se despejan los nubarrones para la entrega de los Oscar y es más que posible ese momento dèja-vu de ver a Bardem de smoking aceptando una estatuilla –y es que el tío está sobrado en No es país para viejos, cualquier día de estos me pongo con la crítica) que apenas se ha hablado de qué es lo que se ha firmado exactamente. Y es que no todos los escritores andan por ahí brindando con cava; como en todo acuerdo logrado a cara de perro, ciertas reinvidicaciones de pura justicia se han quedado en el tintero (como la revisión de los porcentajes por venta de dvds); a cambio se ha conseguido fijar el principio de la participación (minúscula) de los guionistas en los ingresos por descargas en internet , se han establecido procedimientos de supervisión para evitar que les timen y, como el mercado audiovisual está cambiando a tal velocidad, se ha previsto una revisión de las condiciones para dentro de tres años. Los que entienden de esto dicen que es lo mejor que podían razonablemente conseguir: en la vida real pocas veces hay victorias con marchas triunfales y enemigos en desbandada y la presión mediática para que se cerrara el acuerdo se estaba volviendo insoportable. Presión a la que han aportado su granito de arena, curiosamente, ciertos corresponsales extranjeros dedicados a repetir como cotorras la versión del conflicto que daban los medios propiedad de los mismos holdings de comunicación que eran parte en él. Así nos han explicado en tono admonitorio los perjuicios que esta supuesta huelga de ricos (ricos son tres o cuatro, el resto más bien autónomos desesperados que se las ven y se las desean para vender algo en todo el año) estaba causando a los más débiles de la industria, obviando, por ejemplo, que fueron esos próceres con contratos blindados que dirigen los estudios quienes han tenido interrumpidas durante mes y pico las conversaciones después de que los guionistas se negaran a asumir una oferta-ultimátum. Lo que llegarían a decir si organizara aquí una movida semejante...

domingo, 10 de febrero de 2008

Mal día en Nueva York


Godzilla vs. La Bruja de Blair, efectivamente. A menudo las ideas simples son las que mejor funcionan pero después hay que saber sacarles punta, y a este respecto Cloverfield (rebautizada aquí Monstruoso) es una obra modélica en su engañosa simplicidad de falso documental, incontrovertible testimonio de lo que no puede ser y además es imposible. O lo que es lo mismo, la presunta filmación encontrada (cámara en mano, veneno para estómagos delicados), crónica sin preparar de las temerarias correrías nocturnas de cuatro yuppies por el corazón de Manhattan durante el ataque de un daikaiju, uno de esos monstruos gigantes que vienen asolando Tokio de cuando en cuando desde mediados de los 50.
Nos cuentan que la han hecho por cuatro duros (relativamente, que no deja de ser una superproducción norteamericana) y eso sí que resulta increíble porque, aún rodada a ras de suelo, la cinta se mueve en una escala verdaderamente épica. Y es verdad que los ecos del 11S están por todas partes pero la película no tiene mucho que decir sobre aquellos hechos, ese no es su juego ni hay que buscar en ella una versión metafórica de United 93 de Paul Greengrass. Se supone que el género de terror refleja en clave de ficción los temores del inconsciente colectivo de su tiempo (como Godzilla era literalmente hijo del terror atómico) pero el repelente monstruo de Cloverfield es una pizarra en blanco en la que resbalan metáforas y explicaciones (¿Efecto del cambio climático? ¿Experimento del gobierno? ¿Castigo bíblico? ¿Mascota de Bin Laden?) Tan descarada falta de referencias pone de los nervios a los que necesitan de razones, mensajes y coartadas intelectuales que les acoten lo que en esencia no es más que un absurdo espectáculo apocalíptico de serie B (¿qué demonios añadirían diez minutos de explicaciones sobre el origen del monstruo? Que cada cuál le ponga el que prefiera, al menos hasta el estreno de la secuela). Cloverfield salta directamente a la experiencia visceral en el mismo momento en que ocurre, antes de las explicaciones y las racionalizaciones, tan real como la vida misma.

Si [REC] de Jaume Balagueró y Paco Plaza, otro ejemplo bien reciente de falso reportaje de terror, pretendía tal vez ironizar sobre cierto modelo de televisión carroñera al enfrentar a un par de reporteros con una horda de zombis en la santidad de su propia vivienda (cutrerío que acababa por afectarla en su estructura y su retrato de personajes), Cloverfield toma como inspiración un instante posterior (y mucho más interesante) de la evolucion de los medios audiovisuales, la disgregación del punto de vista del universo Youtube, este momento de cambio de paradigma en el que la la cámara subjetiva del testigo presencial pasa a contar la noticia con más elocuencia que ningún reportero oficial que llegue a la zona cuando ya apenas quedan cenizas. No nos importa el origen del monstruo porque esta es sólo su historia de pasada, es el artista invitado y agente desencadenante de la aventura de esos pobres pigmeos que huían del hombre vestido de lagarto gigante en las películas de los estudios Toho, víctimas anónimas a los que esta vez el productor J.J. Abrams ha decidido convertir en protagonistas; vamos con ellos en sus momentos de desconcierto, pánico, puro horror e incluso de humor (sobre todo al principio), gente corriente atrapada en una situación inimaginable que les sobrepasa, para los que la catástrofe se convierte en la hora de la verdad donde cada cuál corre a aferrarse a lo esencial: mientras unos salvan el pellejo, Rob se dirige a salvar a su chica y sus amigos se niegan a dejarle sólo. ¿Estupidez? ¿Heroismo? El monstruo puede ser una esfinge inescrutable de pura fantasía pero la reacción de los protagonistas de Cloverfield se parece mucho a la que tuvieron bastantes neoyorkinos el día en que cayeron las torres.
Todo es, al final, un poco menos obvio de lo que parece, pero lo más extraordinario de la experiencia no es la criatura gigante sino esa idea de la cinta reutilizada que graba encima de la excursión a Connie Island de Beth y Rob, esos breves fogonazos del pasado que todavía emergen en los cortes, instantes del mejor día de sus vidas borrado por los acontecimientos del peor, como restos aún calientes bajo los escombros. Jordi Costa dice que Cloverfield es realmente una historia de amor y estoy por darle la razón porque es lo más auténtico que te llevas de la sala cuando concluye el artificio.

Incógnita y homicidio en primer grado


Este antiguo lector compulsivo de Agatha Christie está convencido de que la mayoría de las películas que se han hecho de su obra son tan interesantes como un documental de jubilados resolviendo sudokus. En la novela policiaca clásica tipo problema o acertijo, descubrir al asesino es un juego que requiere su tiempo: el autor va dejando caer las pistas que el detective y el lector recogen a la vez, enfrentados en una carrera para integrarlas en una teoría que relacione autoría, motivos, medios y oportunidad antes de que el listo de turno mande reunir a los sospechosos en el salón de té.

Reducido a la típica película de hora y media, sin embargo, es un combate amañado en el que el detective dispone de un tiempo infinito entre plano y plano para devanarse los sesos mientras el espectador se ve obligado a ingerir a ritmo de campanadas de nochevieja presentación tras presentación de personajes y múltiples tazas de asesinatos cada cual más pintoresco. O también se puede cortar por lo sano y señalar al culpable por el método lógico-paranoico de sospechar siempre del menos sospechoso. Total, al final es siempre la misma historia…

Lo mismo que la película basada en un videojuego tiene que ser algo más que una partida filmada, la adaptación de una novela policiaca, para evitar quedarse en un penoso sucedáneo de la experiencia original, deberia ofrecer algo más que el mero enunciado del problema y una solución al pie escrita al revés. Puede dejar de ser un juego y adentrarse en la realidad del drama, con personajes que actúen como personas de verdad envueltas en una turbia y confusa maraña que los llene de espanto y perplejidad, o bien transformarse en un gran espectáculo sensorial directo al estómago y demás sentidos.

Álex de la Iglesia, que no es un cineasta cerebral, sutil tejedor de atmósferas y relaciones, sino un expresionista torrencial y vehemente que se mete en la historia y la vive en las entrañas, le confesó a John Hurt que él no era el director apropiado para adaptar Los crímenes de Oxford (novela del argentino Guillermo Martínez sobre asesinatos en serie revueltos con series lógicas) y en cierto sentido no mentía. La supuesta primera película seria del director bilbaino (aunque en el fondo sea quizá la menos seria de todas) avanza con una lógica blanda y funcional que parece limitarse a engarzar las notables secuencias de violencia, horror y sexo en las que Álex demuestra una vez más sus poderes como cineasta, salvando las limitaciones del género por la vía de construir un thriller eficaz y emocionante que va por su lado mientras los personajes van por el suyo llenándose la boca de lógica y matemáticas (una paradoja de la que es plenamente consciente).
Pero la segunda incursión internacional de Álex de la Iglesia (tras la espléndida e incomprendida Perdita Durango) se queda en la mirada superficial del turista que está de paso por el país y por el género; forastero en tierra extraña, la plácida atmósfera de aburrido villorrio inglés de Oxford no parece haberle inspirado gran cosa, y a estos personajes tan anglosajones y arquetípicos les falta la chispa de reconocimiento y verdad que siempre late hasta debajo de la más esperpéntica de sus criaturas. Elijah Wood, Leonor Watling y Julie Cox hacen lo que pueden con sus papeles, pero el único que realmente se escapa con un personaje que vive y respira es John Hurt, ese matemático que declara inservibles las matemáticas, genio caprichoso, temperamental e irascible que es el corazón de la película y que de no haber sido inglés habría podido ser quizá compañero de claustro del Padre Ángel Berriartúa de El día de la bestia; este profesor Seldom que niega la posibilidad de aplicar la lógica a la vida, de reconducir la existencia a fórmulas previsibles y tranquilizadoras cuando la vida es caos, confusión y dolor, lo que nos está diciendo al final es que la vida no es una novela policiaca.