miércoles, 28 de mayo de 2008

Un paso atrás para la humanidad


Muy desalmado hay que ser para poner a parir Cosmos, la ópera prima de un joven director que encima es paisano; hay algo casi enternecedor en la torpeza de este largometraje con un par de ideas prometedoras pero que arrastra todos los defectos del cortometrajista primerizo. Me digo que el chaval apunta maneras, que la parte visual no la lleva mal y que con un coguionista decente y un reparto más profesional quizá llegue a hacer algo la próxima vez. Luego busco algún dato sobre el tal Diego Fandos en internet, leo que estudió guión y dirección en Praga, que ha ganado concursos de relatos, que trabaja de realizador de spots, que se declara influido por Kafka y Kundera y que tiene 37 AÑAZOS, y se me cura de repente tanta magnanimidad y confieso que no había pagado dinero por ver una película tan mala desde que estrenaron Primer Caballero.

La idea de un empresario vasco (Ramón Barea, lo mejor con diferencia, casi lo único) que se ha pasado nueve meses secuestrado en un zulo se identifique en plan alma gemela con un astronauta ruso atrapado en la estación espacial Soyud era un arranque demasiado bueno como para echarlo a perder tan deprisa cruzándolo con 1) la historia de su odiado cuñado el ex jesuita Xavier Elorriaga (sujeto reservado que deja entrever sutilmente su melancolía declarando su intención de hacerse enterrador); 2) las aventuras de Euriane (Oihana Maritorena), una joven que acaba de heredar un bar y tiene su propio cuelgue a distancia con otro ruso, que a ratos ríe y a ratos llora, unas veces echa a correr aterrorizada porque piensa que la siguen y otras se para a hablar tan pancha con cualquier desconocido con apariencia de perturbado, una chica que, como se siente sola, se dedica a llamar a la gente por teléfono al azar a las dos de la mañana con tan buena fortuna que nadie la manda a la mierda; 3) la convalecencia de un francés ingresado en el hospital cuyo chichón protagoniza por su cuenta varios flashbacks.
La caracterización es un disparate y el argumento (realismo mágico, dolorosos secretos del pasado, gente solitaria, recuerdos de Leningrado y un facsímil del jersey de Evo Morales) avanza a ritmo de auto de choque, pero lo que la acaba de matar son esos diálogos de primero de taller de escritura que, si no fuera por los demás indicios que apuntan a que se trata de una película real (tiene escenas de sexo y títulos de crédito) habría jurado que eran un doblaje de Joaquín Reyes improvisando de un tirón. Que reírte te ríes, sí, pero también te lo puedes ver en casa…

domingo, 25 de mayo de 2008

Después de la última



Indiana Jones ha vuelto (en sí), y a punto ha estado de ser demasiado tarde, igual igual que cuando el pobre Tapón le hizo despertar de un antorchazo del sueño negro de Khali. Al final, sin embargo, todo ha acabado bien...

También es verdad que este es un regreso que no todo el mundo estaba pidiendo... En 1981 George Lucas y Steven Spielberg redefinían con En busca del arca perdida el moderno cine de aventuras y creaban un mito contra el que a estas alturas, con el refuerzo de la nostalgia, ni sus propios creadores pueden competir limpiamente. Las adiciones tardías a una serie son propicias a decepciones (El padrino III, las precuelas de Star Wars del propio Lucas...); la gente cambia, cuesta encontrar el tono y reconectar con la inspiración y el entusiasmo del principio, y además muchos estaban convencidos de que la cabalgada al galope dirección sol poniente de La última cruzada era el broche perfecto a la carrera cinematográfica del arqueólogo.

Así que Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal no es lo que muchos considerarían una película necesaria, salvo quizá Harrison Ford (actor carismático pero incapaz de fingir entusiasmo cuando se aburre y que llevaba casi veinte años sin quitarse la expresión de hastío, paseando como un sonámbulo por cintas mediocres de usar y tirar, y al que resulta que sólo le faltaba la adecuada motivación para revivir, y de que manera), y también esa minoría de espectadores que seguimos pensando que La última cruzada se parece demasiado a un remake del Arca perdida pasada por terapia familiar donde el show de Sean Connery disimula con algunos buenos gags el agotamiento del conjunto. Indiana Jones y la última cruzada presenta todos los rasgos de las secuelas débiles que se escriben por inercia: rigidez de la fórmula, ese reduccionismo al propio ombligo perdiendo de vista los referentes que le sirvieron de inspiración y la presencia confortable de un elenco creciente de secundarios cada vez más chistosos y cuya personalidad se reduce a un conjunto de tics y frases hechas –incluido el propio Indiana Jones, que consigue todos sus rasgos distintivos (sombrero, látigo, cicatriz en la barbilla y fobia a las serpientes) en una sola tarde de mucho stress.

Incluso los fans de la tercera entrega admitirán que Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (divertida, emocionante, entrañable, nostálgica y a la vez insólitamente imaginativa y fresca) ofrece un cierre bastante más redondo, un verdadero final del camino mucho más satisfactorio para el doctor Jones (¿y qué más tesoros podría buscar ya después de ésto?). Veinte años después, asombra lo bien que encaja en el canon este nuevo Indiana Jones puro y duro (sin intención alguna de revolucionar un género que ya puso en su momento patas arriba, sino tan solo de ser fiel a sí mismo y divertir a su público), y si el tono resulta algo distinto se debe tan sólo a la edad del protagonista (que gana en aplomo lo que pierde en velocidad) y a la evolución natural del paso del tiempo dentro de su mundo de ficción. Inútil buscar aquí apabullantes secuencias de efectos digitales al estilo de La momia (esta es una aventura de la vieja escuela en la que el personaje es siempre el protagonista de la acción, y esto nadie lo hace mejor que Steven Spielberg, capaz de coreografiar las escenas más endiabladas con la engañosa facilidad de un maestro) ni el menor intento de traerlo al gusto del día o modernizarlo salvo en lo que conlleva el salto de 1938 a 1957. La Segunda Guerra Mundial funciona como frontera entre la edad dorada de la aventura en exóticas tierras inexploradas y el mundo moderno sometido a la sombra cientifista de la era atómica, y la nuevas hazañas de Indiana Jones se ajustan brillantemente al cambio de contexto (desde la primera escena a ritmo de rock & roll que parece un descarte de American Graffiti). Y si En busca del arca perdida e Indiana Jones y el templo maldito eran el producto destilado de lo mejor de los seriales de aventuras de los años 30, Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal roba directamente de la serie B de la guerra fría y todas sus paranoias sobre invasiones secretas, lavados de cerebro, suplantadores, quintacolumnistas y guerras que ya no se ganan con tanques y aviones sino que pasan a librarse en las mentes inocentes de los ciudadanos de cada bando.

Dicen que a Spielberg y Ford les costó dejarse convencer por esta idea de la calavera de cristal pero al final resulta que George Lucas tenía razón porque la mitología que la rodea (en parte real y en parte inventada, en parte moderna y en parte antiquísima, tan esotérica y absurda como cualquiera de las anteriores) encaja aquí como una emanación inevitable de la atmósfera de esa nueva era. El mundo de Indiana Jones, en lugar de anquilosarse, se mueve, se enriquece y se estira por los cuatro costados (crecen él y su historia, crecen su familia y su galería de secundarios –ni un solo rostro conocido salvo el de Ford en la primera hora de metraje) y hasta se atreve a saltar de género corriendo el riesgo de que a parte de su público se les atragante ver al doctor Jones envuelto en un expediente X en lugar de ser un buen chico y seguir con la persecución de reliquias judeocristianas. Tan divertida o más que La última cruzada sin necesidad de someter a sus personajes a una lobotomía, con un reparto realmente fantástico que tiene pinta de habérselo pasado en grande (Shia La Beouf, Ray Winstone, John Hurt, Jim Broadbent, la malvada Cate Blanchet y el regreso de Karen Allen para cerrar el círculo), con varias imágenes icónicas que pasan ya a las antologías de la serie, resulta difícil creer que cualquier fan de Indiana Jones no se lo pase en grande con La calavera de cristal. Si no es el caso, si le parece a usted que no tiene ni punto de comparación con las anteriores, que a esta aventura pulp de arqueólogos con látigo que se lían a puñetazos y buscan presuntos artefactos mágicos que al final funcionan le sobran chistes, le falta realismo e introspección psicológica y le cojea la estructura, hágase mirar los niveles de cinismo porque esta película por sí sola no le va a devolver sus ojos de cuando tenía diez años, también tiene que poner un poquito de su parte. Ya lo ha dicho mejor que nadie Harrison Ford: “Vosotros también sois veinte años más viejos, miraos al jodido espejo”.

domingo, 18 de mayo de 2008

Hombre en conserva


Los superhéroes, esos personajes absurdos, arquetipos distorsionados que protagonizan alambicadas mitologías para adolescentes con la profundidad emocional de una lenteja; como el ornitorrinco, suponen un accidente evolutivo de la cultura popular que si no existiera dudo mucho que nadie se molestara en inventar (al menos en su forma actual). Pero todo se les perdona cuando salen tan entretenidos como
Iron Man

Menudo sarcasmo la frase aquella del tío de Peter Parker, Un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Lo cierto es que a estos vigilantes con pijamas de colores rara vez se les ha visto arrimando el hombro para combatir las verdaderas injusticias de este planeta, tan entretenidos como andan en su mundo de fantasía manteniendo oculta su identidad secreta, combatiendo al supervillano de turno y formando coaliciones entre ellos como en una tediosa parodia de alguna arcaica religión politeísta. El momento cumbre de su historia suele ser el relato-origen (cuando les pica la araña, les cae encima la tromba de rayos gamma o se caen en la marmita de pequeños) y sus primeros pasos para establecerse profesionalmente en un sector tan competitivo; a partir de ahí, las aventuras de cada cual se vuelven generalmente intercambiables y progresivamente rutinarias.

En EEUU los cómics de superhéroes han sido durante décadas sinónimo de cómic a secas: el duelo histórico entre DC comics y Marvel, como la división entre demócratas y republicanos, ha venido dando una ilusión de alternativa que barría bajo la alfombra el resto de opciones. Y ahora que sus ventas llevan años cayendo es el cine el que les viene a salvar gracias a la revolución de los efectos digitales que ha hecho posible trasladar a la gran pantalla sus fantasmadas a un precio razonable.

Iron Man es precisamente el estreno como productora independiente de Marvel Estudios (seguida en unos meses por Hulk 2, y más adelante por otros héroes de su catálogo en orden decreciente de popularidad). Y aunque puede que el hombre de hierro sea menos conocido que Thor o El Capitán América, resulta una estrategia inteligente comenzar el desembarco con uno de sus personajes menos traídos por los pelos, cuyos únicos superpoderes son su tremenda fortuna y su inigualable talento como ingeniero. Primo espiritual de Bruce Wayne, Tony Stark, heredero de una gran industria armamentística, es un capullo totalmente imbuido en esa vida de playboy millonario que el hombre de Gotham City solo finge llevar, hasta que una dura experiencia durante una visita a Afganistán le hace caerse del caballo y revisar su propósito en la vida y la de los juguetes que fabrica.

Y aunque su historia no deja de ser otro relato-origen tan surrealista e inverosímil como es costumbre en el género, el director Jon Favreau ha conseguido crear un producto ágil, divertido y emocionante, con cantidad de variaciones sorprendentes sobre el esquema base, y que además es de principio a fin el show de Robert Downey Jr. en la más perfecta fusión entre personaje e intérprete jamás vista en una película de superhéroes. Hace falta talento y carisma para conseguir soldar las piezas de un personaje tan imposible (genio, idiota, hedonista, hombre arrepentido y vengador justiciero), y que el resultado parezca tan ligero y natural como si el antiguo chico malo oficial de Hollywood se estuviera interpretando a sí mismo.

Es esa calidez humana (no hay más que echar un vistazo al resto de nombres del reparto: Jeff Bridges –calvo y con barba, irreconocible-, Gwyneth Paltrow, Terrence Howard) lo que la distingue y la eleva por encima de sus clichés y de otras cintas similares. Visualmente Iron Man es un producto hipertecnológico con lo último en efectos especiales y diseños futuristas (mucho más creíbles, por ejemplo, que los de Spiderman, y más vistosos que los de la realista Batman Begins), pero su material genético está repleto de cine clásico, de películas de aventuras de los años 30 tipo Errol Flynn (otro famoso borracho), screwball comedies (el romance latente entre Tony Stark, el frívolo heredero de buen corazón, y Miss Potts, su secretaria para todo), y esa ciencia ficción ingenua donde un capitalista emprendedor es capaz de arremangarse y hacerse en un pis-pás un supertraje para combatir al crimen. En conclusión, un plato completísimo y con un gusto excelente (para ser de lata).

lunes, 12 de mayo de 2008

Elegí (a un señor viejuno)


Elegy
, la última de Isabel Coixet, es una de esas películas que en el momento te dejan frío, luego van ganando posiciones en la memoria y a poco que te descuides acabas creyendo que te han gustado. Pero no, porque aunque es más original de lo que parece, le falta chicha, resulta demasiado esquemática y no termina de resolver el problema de un personaje central inmaduro y antipático.


Parece ser que Penélope Cruz estaba empeñada en levantar este proyecto desde que leyó la novela El animal moribundo de Philip Roth y se encontró con este personaje de una chica cubana que se enamora de un profesor en edad de jubilación alérgico al compromiso (y que se queda espantado de que ella pretenda ir en serio). Al profe en cierto punto iba a interpretarlo Al Pacino pero al final ha acabado siendo Ben Kingsley, y si esta relación entre Gandhi y la chica del Jamón no se lleva el premio a la pareja más improbable del año es solo porque Carla Bruni y Sarkozy han demostrado que la realidad siempre supera a la ficción, y porque de hecho la química funciona: ambos están estupendos, sinceros, intensos y vulnerables, sobre todo Kingsley, un pedazo de actor que ha tenido que tragar con incontables papeles alimenticios y que aquí se luce como el intelectual acostumbrado a deslumbrar a las jovencitas para seducirlas, un egocéntrico angustiado por su inevitable declive físico, incapaz de amar ni por consiguiente de creer en que nadie le ame a él.

Esta especie de versión agria de un estándar de Woody Allen se ramifica después en direcciones menos previsibles (la relación con su hijo, con su amante fija ocasional, la amistad con el personaje del gran Dennis Hopper, encargado de la nota humorística en una historia donde todo el mundo es tan terriblemente serio) y aborda temas graves e importantes pero se conforma con señalarlos y unir los puntos sin terminar de vestir una estructura que se queda en cerebral y descarnada. Como no he leído la novela y en general me gusta mucho la gafapasta de Coixet fuera de sus trabajos de encargo, prefiero echarle la culpa al guionista Nicholas Meyer que es quien firma la adaptación (y que tampoco sería la primera vez que la caga).

martes, 6 de mayo de 2008

Cinefagia 2008 (vol.1)

Como tengo muy abandonado el apartado de las noticias de cine, hoy, para compensar, amontonamiento y sobredosis (un poco rancias, además...)

Guillermo del Toro se va a pasar cuatro años en Nueva Zelanda bajo el ala productora de Peter Jackson rodando El Hobbit y esa misteriosa secuela intermedia que todos los implicados se niegan a llamar “puente” sino “una parte integral de la saga tan importante como las otras cuatro” (aunque a fecha de hoy aún no sepan exactamente de qué va a ir y se la tengan que inventar a partir de los Apéndices de Tolkien a El Señor de los Anillos). Minucias al margen, es una grandiosa noticia para todos los fans de la saga fantástica aunque sea al precio de dejarnos durante un lustro sin proyectos originales de un artista en el mejor momento de su carrera (a falta de ver hasta qué punto ha cumplido con Hellboy 2). Confirmado ya el regreso de Ian McKellen y Andy Serkis como Gandalf y Gollum (pero posiblemente no el de Ian Holm como el joven Bilbo por razones de edad), así como el del compositor Howard Shore y los ilustradores John Howe y Alan Lee para el diseño artístico, parece ser que la idea es cuidar al máximo la continuidad de tono y estilo, con la salvedad, ha declarado Del Toro, de que la Tierra Media aparecerá en estas precuelas como un mundo más inocente y mágico (tal como corresponde a una época dorada anterior al regreso de Sauron). Dicen que ya ha comenzado la replantación de Hobbitton; en palabras de Barney Gumble, “Oh, no, todo vuelve a empezar”)

Apurando fechas, apenas veinte días antes de que llegue a las salas, aparece por fin el trailer definitivo de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (aquí). ¿Exceso de confianza? ¿Desidia? El marketing de la secuela más esperada de los últimos veinte años está siguiendo un perfil tan bajo que en las próximas dos semanas van a tener que sudar tinta si quieren crear un mínimo de expectación fuera del círculo de los ya convencidos. Por mala que fuera, supongo que cuenta como promoción la entrevista que le hicieron a Harrison Ford en El País semanal de hace dos o tres números, plana, penosa y llena de errores, sobre todo en comparación con esta otra que colgaron por las mismas fechas en la versión on line de la revista Entertainment Weekly. Ahí un Ford relajado y con un sentido del humor de lo más malévolo habla de lo perfectamente cómodo que se siente a su años volviendo a encarnar al arqueólogo del látigo (cuenta que rehusó teñirse el pelo y se burla de los que no pueden soportar la idea de un Indiana Jones que envejezca con su intérprete (“Sí, ya lo he oido: Aaah, está viejo. Sí , ¿y qué pasa? Y vosotros también , miraos al jodido espejo”. Habla de cómo ha hecho tantas escenas de acción como en las anteriores gracias a los progresos de la técnica (ahora que los cables de seguridad se pueden borrar digitalmente), y de lo importante que es para él “contar la historia físicamente”. Habla del problema que le supuso en La última cruzada tener a Sean Connery, sólo 12 años mayor que él, representando a su padre, lo que le obligó a interpretar a Indy como mucho más joven para que la relación funcionara (uno de los muchos y enormes problemas de aquella cinta, porque Connery y Ford forman un gran dúo cómico pero ese tío con gesto de colegial pillado en falta apenas parecía el protagonista de En busca del arca perdida). “Le echamos de menos pero esta es una película distinta”, dice Ford. Me lo creo y le pongo una vela a Khali para que esta vez el doctor Jones pueda despedirse con una aventura a la altura de su leyenda...

El jueves se publicó con gran aparato la noticia de la muerte del dvd debido a que Apple había firmado con los estudios de Hollywood un acuerdo para poner a la venta en ITunes las películas simultáneamente a su edición en formato físico. Era inevitable tarde o temprano, pero luego uno mira la letra pequeña y llega a la conclusión de que los superexpertos consultados se han precipitado un poco y que este servicio no lo va a utilizar ni dios: la película comprada en ITunes (y por ahora sólo en EEUU) costará exactamente lo mismo que el dvd (16 $), a una resolución algo menor y sin extras de ninguna clase (cero ventajas y mucho más caro que una descarga pirata). Ahora bien, si extendieran el tema del alquiler a un precio razonable…

Gran Torino, la próxima película como actor y director de Clint Eastwood, contrariamente a los rumores del mes pasado, NO será una peli de Harry el sucio sino la historia de un anciano con un coche chulo que hace amistad con un chaval vecino (menos mal).

Finales de rodajes: El 19 de abril terminó el de The Imaginarium of Doctor Parnassus de Terry Gilliam, verdadera última película de Heath Ledger (qué pena tan grande cada vez que aparece una nueva imagen promocional del Joker en The Dark Knight). Como es sabido, en las escenas que Ledger no tuvo tiempo de rodar le han sustituido Johnny Depp, Colin Farrell y Jude Law (el personaje cambia de apariencia aprovechando una excusa mágica que al parecer encaja en el argumento de esta comedia fantástica). Mejor eso que cancelar el proyecto, supongo, ojalá que además el resultado valga la pena.
Por otra parte, el 27 de marzo terminaba la fotografía principal de Star Trek (09) de J.J. Abrams. Ahora, unos mesecitos de posproducción, y a esperar un año hasta el estreno (maldita Paramount y su estrategia de distribución para el verano).

No tengo ni idea de quién es ni de donde sale este tal Hancock, esta especie de superman alcohólico que interpreta Will Smith, pero este trailer tiene bastante buena pinta…
Aunque no tanto como este otro de Wall-E, lo próximo de Pixar ahora metidos en la ciencia ficción. Dirige Andrew Stanton, el de Buscando a Nemo. Y por hoy yo creo que ya es suficiente.

sábado, 3 de mayo de 2008

Historia viviente


Que no os engañen sus canas, sus gafas de pasta ni su imparable verborrea de simpático abuelete italoamericano: Martin Scorsese es un rockero de corazón (y que ahí donde le veis, en sus buenos tiempos llegó a meterse en el cuerpo tanta mierda como el mismísimo Eric Clapton). En 1973 el neoyorkino revolucionaba con Malas calles el concepto de banda sonora entrelazando canciones contemporáneas con el ritmo y la atmósfera de cada escena, y ya por entonces incluyó en ella dos temas de los Rolling Stones (que nunca habían sonado mejor).

Fan del grupo desde siempre, Scorsese cuenta que toda su vida había querido rodar Shine a light, que él ya la había hecho en su cabeza hace cuarenta años aunque sólo ahora haya podido concretarla y capturarlos en vivo. Pero la película que él imaginó en su día y la que nos llega ahora no pueden ser realmente la misma por mucho que compartan el mismo objeto; ni él es ya aquel joven director anfetamínico, ni es el mismo el (espectacular) despliegue de medios a su alcance, ni (sobre todo) significa lo mismo el mito de los Stones en 2008 que lo que podía representar en 1970 (cuando, por cierto, algunos los daban ya por acabados).
El tiempo, que ha afilado los rasgos de sus componentes, ha suavizado en cambio las aristas de la banda hasta convertirla en una institución de lo más respetable (como el propio Sir Mick), un espectáculo con sexo, droga y rock´n roll para toda la familia, abuelitas incluidas, y si no no hay más que verles recibiendo antes del concierto con profesionalidad exquisita a la madre de Hillary Clinton y al resto de su séquito sin dejar traslucir en absoluto el menor resquicio de irreverencia o descojone (al saludar a esa señora que en los 60 probablemente les hubiera atizado con el bolso; ¿qué piensan realmente de semejante circo? Imposible penetrar bajo la coraza).

Los Stones, aunque no la banda de rock más longeva en activo, es desde luego la más famosa y la que más directamente ha tenido que bregar con esa peliaguda cuestión que los músicos de géneros nacidos antes del siglo XX han resuelto hace tiempo: ¿cómo debe envejecer sobre el escenario una estrella de rock? Su respuesta (pese a las arrugas que convierten sus rostros en un estudio de las edades del hombre digno de Da Vinci) sigue siendo no darse por enterados... Mick Jagger juega todavía bajo los focos a ser el mismo chico malo, escandaloso y provocador que rivalizaba en titulares con los Beatles, moviéndose, saltando y bailando a sus sesenta y cuatro años como un verdadero demonio, en una demostración de energía tan antinatural que obliga a pensar que tiene que haber vendido su alma a cambio como poco. Sus compañeros se lo toman con más calma y se limitan a tocar con una eficacia impropia de su frágil apariencia, Keith Richards sacando partido irónico a su propia decrepitud de bucanero zombi del Caribe, Ron Wood manteniéndose en el discreto segundo plano que le corresponde como novato (sólo lleva treinta años con ellos), y Charlie Watts viéndolo todo y no diciendo nada tras su batería con la mirada perpleja de un jazzman millonario todavía sorprendido de seguir atrapado con el resto en esa burbuja eterna de tiempo plastificado. La música, una mezcla del repertorio más obvio con temas menos conocidos, suena poderosa pero extrañamente desconectada de unos intérpretes que llevan toda su vida tocándola y que tan poco tienen ya en común con aquellos chavales que la crearon. Es una impresión subjetiva pero las canciones de los Rolling Stones 2007, salvo en momentos puntuales, apenas me transmiten otra cosa que su voluntad de sobrevivir a toda costa, y la extraordinaria disciplina a la que se someten para seguir siendo la misma banda que siempre han sido (y ese distanciamiento no lo rompe la cámara por muy en medio del meollo que se meta).
El documental es, en un 80%, un concierto filmado con verdadero alarde de virtuosismo, cantidad de cámaras moviéndose entre los músicos como si fueran invisibles, fantásticamente fotografiado y montado, a lo que se añade un breve making of inicial (donde podemos ver otra vez a Scorsese repitiendo su aclamado personaje del spot de Freixenet) y breves insertos de entrevistas de archivo de la banda para dar alguna perspectiva sobre de dónde vienen y hacia donde van (que a estas alturas ya no puede ser muy lejos). Algún dia la última gira de los Stones será la última de verdad y la película de Scorsese quedará como un valioso testimonio, lo más parecido a un simulacro perfecto de lo que fue su última época. De ella han dicho que es superficial, un ejercicio de estilo que no termina de emocionar, pero para mí que ha captado perfectamente la esencia actual del grupo y si de algo peca es de un exceso de respeto y objetividad; me quedo con las ganas de saber qué es lo que piensa realmente Scorsese hoy día sobre ellos y qué conclusiones ha sacado al respecto.

domingo, 27 de abril de 2008

Hollywood Are Us



Fue durante los 80 cuando los videoclubs tomaron los bajos de nuestras calles como una epidemia descontrolada de portales mágicos con enlace directo al maravilloso universo de las películas que jamás de los jamases nos echaban por la tele. De estos antiguos templos del conocimiento, hoy reliquias de arcaicos hábitos de ocio, apenas sobreviven unos pocos con la ayuda de las chucherías y los cajeros automáticos de servicio 24 horas; sin embargo, ante la disyuntiva de desaparecer o convertirse en efímeros eslabones de la franquicia Blockbuster, queda aún la tercera opción que propone Michel Gondry en Rebobine por favor: la salvación comercial a través de la marcianada del Hágalo usted mismo.

Mientras Danny Glover, propietario del videoclub Rebobine por favor, anda de viaje espiando a la competencia en busca de nuevos métodos para optimizar su negocio, su dependiente Mike (Mos Def) y el pirado de su mejor amigo Jerry (Jack Black) se las arreglan para borrar accidentalmente todas las cintas VHS (a ese local nunca llegó la conversión al DVD). Pero lo que comienza como una catástrofe sin paliativos resulta finalmente una bendición disfrazada cuando los dos amigos, con la osadía que sólo la ausencia total de sentido común proporciona, se arrojan cámara en mano a protagonizar sus propios remakes de recordados clásicos de los 80 y 90 como Cazafantasmas, Hora punta 2, Robocop o Paseando a Miss Daisy para reemplazar las copias perdidas.

El director confesaba en una reciente entrevista su amor absoluto por Regreso al futuro, otro tótem cultural de los 80 que curiosamente no se incluye entre los remakes, quizá para evitar redundancias puesto que en las primeras escenas la dinámica entre Black y Moss (y hasta los efectos visuales) podrían recordar a más de uno los delirios de Doc Brown arrastrando a sus paranoias pseudocientíficas a un alucinado y algo obtuso Marty McFly. Pero ese tono caricaturesco algo pasado de decibelios enseguida se encauza y desemboca en una luminosa comedia naif que aprovecha hasta el fondo el absurdo de su premisa y funciona como intrigante manifiesto por la autogestión cinematográfica, la desmitificación del proceso creativo (porque hay sólo una diferencia de grado entre recrear lo que ya existe y crear lo que nunca ha existido) y la reversibilidad esencial de los papeles de autor y espectador, todos juntos y revueltos en una misma corriente de energía creativa colectiva en la que están de más los vendedores, los contables y hasta los medios técnicos porque todo es ponerse.

Un sorprendente viaje a las esencias pioneras de George Meliés por parte de su compatriota Michel Gondry, director de Olvídate de mí y antes de eso de numerosos spots y videoclips para lumbreras como Björk, Radiohead, Chemical Brothers o los White Stripes; el hombre que presumía de haber inventado el tiempo-bala antes de Matrix ahora reniega de los artificios digitales, apostando en su lugar por el VHS y el reciclado del arte povera (construyendo en el proceso imágenes de auténtico impacto, muchas hilarantes –los efectos especiales de los cazafantasmas, las naves espaciales de 2001- y otras, como el árbol de trompetas, que son pura poesía visual).

Por supuesto, la nostalgia analógica de Gondry es tan ficticia como las películas reconstruidas que alquilan los de Rebobine por favor, más que nada un recurso de estilo para rodear las imposiciones de una industria empeñada en vendernos a los nativos cada vez más brillantes baratijas de colores. Nadie mejor que él para saber que utopías creativas como la que nos muestra sólo son imaginables en la era de internet y sus nuevos espacios alternativos de encuentro (antes que en un romántico viejo local a un paso del derribo en los suburbios de Nueva Jersey). Rebobine por favor es una trola tan tremenda como la historia de Fats Waller que cuenta Danny Glover pero sin embargo, en ambos casos, la mentira queda mucho mejor.

martes, 22 de abril de 2008

El espíritu de Eisner

El dibujante y guionista de cómics Frank Miller ha empezado a soltar prenda sobre lo que será propiamente su debut como director de cine, The Spirit (basado en el personaje de Will Eisner, con Scarlett Johansson, Samuel L. Jackson, Eva Mendes y el desconocido Gabriel Match como el personaje titular); la aparición del primer trailer y un póster, en lugar de calmar los ánimos, ha enardecido a las masas de internet hasta hacerlas clamar ahora directamente por su crucifixión…

Me paso un cuarto de hora frustrante leyendo comentario tras comentario llenos de mala baba poniendo a Frank Miller de fascista acabado e inútil que no sabe sino hacer una y otra vez el mismo truco, su clásico rollo hipernegro ultraviolento, cínico y nihilista con la omnipresente voz en off (siempre es bonito encontrar tanto consenso). ¿Estaré yo chiflado por pensar que lo que se va conociendo de The Spirit da ciertas esperanzas de que quizá el viejo Miller sepa (por primera vez en mucho tiempo) lo que está haciendo?

The Spirit, pese al poster en blanco, negro y rojo, no es el título en clave de Sin City 2 sino una adaptación del famoso personaje de Will Eisner (1917-2005), posiblemente el más influyente autor de cómics de todos los tiempos (lo de Orson Welles del cómic sería una buena aproximación); el tipo que ya estaba allí cuando nacieron los superhéroes pero pasó de crear uno propio porque los encontraba ridículos, el que treinta años después inventó la novela gráfica con Un contrato con Dios; el único defensor durante décadas de esa idea absurda de que los cómics podían ser también una forma de arte (sus libros sobre la teoría y práctica del arte secuencial son de lo mejor que se ha escrito al respecto) y no por nada el tipo cuyo apellido da nombre a los premios más importantes del mundo del cómic.


The Spirit, el personaje que le dio la fama (antes de que se cansara de él y buscara nuevos retos) era un detective enmascarado sin las neuras del oficio, una especie de Batman encarnado por Cary Grant que lo mismo se metía en historias de cine negro que en dramas cotidianos, relatos de humor o hasta de ciencia ficción; sus aventuras eran un formato extremadamente flexible, siempre lleno de gracia, sutileza e ingenio y el clásico idealismo americano de los años 30 resonando en el interior. ¿Qué podría haber más alejado del sórdido culto a la violencia del estilo Frank Miller? Y sin embargo ambos hombres fueron amigos y admiradores mutuos… ¿Puede ser Miller tan capullo como para apuñarlo en espíritu convirtiendo a su personaje más emblemático en otro Hartigan, en otro Marv, en otro Batman maldito psicópata? No, no creo.
Porque vale, está claro que visualmente Miller vuelve a tirar del Sin City de Robert Rodríguez, a primera vista parece el mismo mundo expresionista blanquinegro proyectado en un croma y generado por ordenador, y a la hora de vender la película es importante remarcar la conexión. Pero ese poster es cien por cien Will Eisner, y luego uno pone el trailer y ve a the Spirit echar a correr por los tejados, y hay otra vez un monólogo de tipo duro y fondos y siluetas a contraluz, pero ese tío no corre como un héroe de Frank Miller: ese tío tiene clase y sentido del humor.

jueves, 17 de abril de 2008

Animalicos



El 27 de mayo, tres años y dos meses después de Pájaros en la cabeza, sale finalmente lo nuevo de Amaral, un disco doble de 19 canciones muy orientalmente titulado Gato Negro, Dragón Rojo.

¿De verdad han sido tres años? Parece mentira porque duranto todo este tiempo, mientras ellos se retiraban de los medios y de las giras, las radios han seguido alimentando la caldera desglosando single a single su disco anterior, que no por nada contenía varias de las mejores canciones que haya hecho nunca el dúo Juan Aguirre- Eva Amaral (El universo sobre mí, En el río, Marta, Sebas, Guille y los demás, Esta madrugada, Resurrección, No soy como tú… Si es que no se salva una).

Así que entro a escuchar con una mezcla de alegría y aprensión el primer tema adelantado que han colgado en su página (www.amaral.es), Kamikaze, y está bien pero no me tira inmediatamente de espaldas (igual porque es un himno rockero genérico solidario , que es un género algo trillado en esta era post U2). Pero tiempo habrá para escucharlo más y en su contexto…

Gato Negro-Dragón Rojo saldrá a la venta en cuatro formatos diferentes (y sólo un grupo que se haya hartado como ellos de vender podía desafiar con tal despliegue al imperio de las descargas y la debacle del mercado musical):
1-Doble cd estándar.
2-Discolibro especial con más de 40 páginas.
3-Caja edición limitada con discolibro y extras.
4-Una memoria USB con las canciones, un pdf y extras.

Esta última, supongo, tirada de precio, que al final es el factor decisivo a la hora de comprártelo simple o compuesto por mucho que sea uno de tus grupos favoritos. Un detalle de agradecer es que Amaral se compromete expresamente a no lanzar en el futuro reediciones con más contenidos extra todavía, práctica copiada del mundo dvd y que jode muchísimo cuando te la hacen y tú ya has acoquinado con la primera edición para pringados...

Pero para radical en cuanto al tema formatos, lo de Elvis Costello, cuyo próximo disco, Momofuku, sólo saldrá en vinilo adjuntando un código para descargárselo en formato digital. Al cd, pillado en tierra de nadie, le quedan dos telediarios pero al vinilo no hay dios que lo mate.

domingo, 13 de abril de 2008

Cómo ir al cole


Baktai es una niña de unos cuatro años, cabezona como ella sola, que vive en una cueva entre muchas en la urbanización cavernícola más exclusiva de Afganistán, la montaña de Bamiyán donde hasta 2001 se alzaban las estatuas de los budas gigantes que los talibanes dinamitaron por blasfemos.

Una mañana a Baktai se le mete en la cabeza que tiene que ir al colegio con su vecino Abbas para aprender más historias como esa tan graciosa que le cuenta del hombre al que le cayó una nuez en la cabeza (y se alegró mucho porque podría haber sido una calabaza). Y pasando olímpicamente de quedarse de canguro de su berreante hermanito, baja toda animosa al pueblo a conseguir dinero para comprarse el cuaderno y el lápiz que necesita...

Buda explotó por vergüenza, mejor todavía de cómo suena, funciona a la vez como una divertida (y a ratos angustiosa) fábula neorrealista, como un fascinante documento antropológico sobre una cultura a caballo entre el siglo XXI y la edad de piedra, y como una denuncia nada velada de ciertas terribles taras que la atraviesan, heridas infectadas que tardarán generaciones en cerrarse consecuencia de guerras sin cuento y de un fanatismo aparentemente derrotado pero que flota en el aire y se sigue filtrando por los poros. La lucha de la renacuaja protagonista por su educación (o por hacer lo que le da la gana y jugar a lo que quiera) encontrará un obstáculo detrás de otro pero no por ello se desanima. En una sociedad donde los niños (no escolarizados) trotan libres como cabras por senderos bordeando aterradores abismos, se meten solos a hacer trueques por mercados y callejuelas o se juntan en pandillas que no tienen una idea buena, los adultos aparecen como figuras ausentes o ineficaces, demasiado atareados, cansados o muertos como para ocuparse de una juventud tan hiperactiva. Buda explotó por vergüenza se acaba pareciendo a una versión islámica de los Peanuts de Charles Schultz, con los mayores siempre fuera del cuadro mientras unos niños de voluminosa cabeza reproducen espontáneamente en el microcosmos de su tira todos los síndromes y complejos de la vida adulta (por cierto que Abbas, el amigo pelmazo de Baktai, es el vivo retrato de Charlie Brown).

La directora y guionista iraní Hana Makhmalbaf (Teherán, 1988), el miembro más joven de una ilustre familia de cineatas, debutó a los 16 años con un documental sobre el rodaje de A las cinco de la tarde, la película que su hermana Samira estaba filmando en Afganistán. Buda explotó por vergüenza, rodada en escenarios reales con actores locales que jamás se habían puesto delante de una cámara, es su primer trabajo de ficción pero sospecho que la aventura de rodarla habría dado también para un making off impresionante (incluyendo, entre otras cosas, cómo convertir a una panda de críos que apenas saben vestirse solos todavía en un grupo de actorazos capaces de comerse la pantalla).

martes, 8 de abril de 2008

El hombre que saltó milenios


Se ha muerto Charlton Heston y es como si se hubieran muerto el mismo día Harrison Ford, Mel Gibson y Arnold Schwarzenneger: Heston fue el héroe por autonomasia de los 50, 60 y primeros 70, el yanki granítico y sin dobleces, rey indiscutible del cartón piedra y el cinemascope.

A estas horas ya se me ha adelantado todo el mundo a escribir sobre él (por ejemplo, mucho mejor, Jordi Costa en El País); que si Moisés, que si el Cid, Ben-Hur, y lo de esa última aparición suya en Bowling for Columbine junto al no menos heroico documentalista Michael Moore, dándole la puntilla a un pobre viejo enfermo gracias a la magia del montaje y de la demagogia, pintándolo como un fanático sanguinario incapaz de sentir compasión por las víctimas de una matanza escolar. 84 años dan para toda una vida de contradicciones y el ultrarrepublicano defensor de las armas de sus últimos años es el mismo hombre que se manifestó en los 60 por los derechos civiles junto a Martin Luther King; supongo que en algún momento le cambió el concepto de qué significaba ser un héroe.

En cuanto al cine, aún apreciando sus trabajos históricos de los 50, mucho más interesantes me parecen sus películas posteriores, cuando sus personajes se alejaron de la santidad y se pasaron al lado de los cabronazos. Llegaban tiempos descreidos y revueltos y Heston supo dar el salto del pasado al futuro, convirtiéndose en el icono de la ciencia ficción apocalíptica: El último hombre vivo (otra versión de Soy Leyenda), Cuando el destino nos alcance o, sobre todo, El planeta de los simios, quizá la película definitiva de su género, donde el astronauta cínico y brutal de Heston representaba a la perfección al último eslabón de una civilización destinada a perecer por su propia locura.
Entre medias, otra rareza en su filmografía, ese insospechado papel de honestísimo policía mexicano teñido de moreno en Sed de mal. Charlton Heston tuvo que pelear con el estudio para que dejaran a Orson Welles dirigirla y el resultado fue la última obra maestra que Welles rodaría en Hollywood. Otros muchos, incluso supuestos admiradores de su cine, jamás echaron un cable al viejo maestro, así que algo tiene que contar en el balance.

domingo, 6 de abril de 2008

El final más largo



Yo soy Bea es esa serie de Telecinco que antes ponían al acabar el Tomate y a la que mi madre está irremediablemente enganchada, hasta el punto de que cada tarde que tiene que salir me hace grabarle el episodio e incluso me obliga a escuchar la última perrería del villano como si yo tuviera la menor idea de qué me está hablando. Y como ella un montón de gente.

Pero el caso es que la paciencia tiene un límite, que Bea la fea lleva más de 400 capítulos sin cambiar de look ni acabar de emparejarse con el galán (frente a los 169 episodios del original colombiano ), y que hasta los más fieles seguidores se han percatado de que la trama no avanza ni a tiros y que las entregas diarias se van quedando en nada, apenas una rodajita de escenas emparedada entre interminables bloques de anuncios. "¿Cuándo terminará de una maldita vez esta serie que nos mantiene encadenados?" se pregunta su público ya en plena dinámica amor-odio, “¿será verdad eso que hemos oído de que acaba la semana que viene?”. Para responder a una duda tan acuciante consulto un par de foros sectoriales y cuando le cuento a mi madre que el plan es alargarla todavía hasta junio casi se cae de culo y luego se sube por las paredes despotricando indignada por semejante tomadura de pelo. Y digo yo, vale que los de Telecinco son gente con estudios que seguro que han calculado al milímetro las ventajas e inconvenientes de no soltar la presa y estirarla todo lo humanamente posible pero, ¿una explotación tan descarada no es pan para hoy y hambre para mañana? ¿No les terminará pasando factura este tercer grado al que vienen sometiendo a su indefensa audiencia, volverán sus escaldados espectadores a reengancharse en masa al siguiente culebrón y pelillos a la mar y aquí no ha pasado nada, o será verdad eso de que no se puede engañar a todos todo el tiempo? Y pensar que era Mercedes Milá la que presumía de experimento sociológico...

miércoles, 2 de abril de 2008

Reiniciando!


Iba yo a contar lo impresionado que salí del concierto de Antonio Vega de este sábado en Barakaldo, concierto electrificado y electrificante respaldado por una banda con potencia suficiente como para marcar en las paredes a base de ondas sónicas las siluetas de los asistentes, cuando me encuentro con la noticia de que el regreso 2007 de Nacha Pop, lejos de quedarse en otra simpática explotación veraniega de la nostalgia del treintañero, va a traer cola y que Antonio y su primo preparan nuevo disco de estudio.

A mí, la verdad, la vuelta como tal de Nacha Pop no me produce ni frio no calor porque yo a Antonio Vega me lo encontré en los 90 ya de artista en solitario (primero como compositor a través de versiones de otros, después como intérprete en discos ajenos donde eclipsaba sin esfuerzo a todo cristo -su versión del Romance de Curro el Palmo en el tributo a Serrat); la otra cabeza del grupo, Nacho García Vega, me parece un señor muy simpático pero de un talento que se evapora bastante en las comparaciones. ¿Qué puede aportar semejante suma?

Por otra parte, cualquiera que sean las limitaciones artísticas de García Vega, éstas se quedan en nada en comparación con sus contagiosas virtudes, la energía y las ganas que irradia y que hacen de él un complemento perfecto a las introspecciones de su primo (a quien posiblemente su compañia habitual no puede hacer más que sentarle estupendamente). Y como en la entrevista que les ha hecho Diego Manrique en El País ambos suenan de lo más entusiasmados con el proyecto, pues bienvenidos sean estos Nacha Pop 2.0 y a ver que sale.
Lo primero que tienen en cartera es el lanzamiento en dvd y cd de la grabación de su gira del verano por el circuito de festivales (con un tema nuevo para abrir boca); lo cual supongo que descarta por completo un disco en directo en solitario de Antonio que se parezca a lo que pudimos presenciar el otro día, y ya me jode (que sea tan cierto eso que dicen de la magia irreproducible del directo) porque sus clásicas sonaron como nunca (quizá algún pirata caritativo…).

sábado, 29 de marzo de 2008

Uno menos


Escribe hoy Manuel Rivas sobre Rafael Azcona (quien en 1999 adaptó para el cine su libro La lengua de las mariposas): “Ha sido necesario que muriera un guionista genial para que se hable bien durante unas horas del cine español. Creo que con tres o cuatro difuntos más vamos hacia una cinematografía de puta madre.” Pero qué iluso: ahora que nos falta Azcona está más claro que nunca que el cine español se va directamente a la mierda.

Ese señor tan modesto y al que le gustaba tan poco figurar ha sido durante más de medio siglo el gran genio en la sombra detras de las mejores películas de Berlanga, de Carlos Saura, de Jose Luis Cuerda, de Fernando Trueba o Jose Luis García Sánchez. ¿Qué vamos a hacer sin él? Lo mejor sería esperar a que suba el dólar, desmantelar todo el tinglado y venderle los restos a algún americano que los sepa aprovechar. ¿Qué tal una versión yanki de El verdugo con Ben Stiller de prota y Robert DeNiro en el papel de Pepe Isbert? Eso sí que sería auténtico humor negro…

En la IMDB aparecen 95 guiones escritos en todo o parte por Rafael Azcona (el último, Los girasoles ciegos, de Jose Luis García Sánchez, drama con Maribel Verdú y Javier Cámara, aún pendiente de estreno), entre ellos El pisito, El verdugo, Plácido, Ana y los lobos, La prima Angélica, La escopeta nacional, La vaquilla, El año de las luces, El bosque animado o Belle epoque. Algún día un holocausto nuclear o una epidemia de zombis en la Seguridad Social aniquilarán a todo bicho viviente en esta península y los historiadores del futuro tendrán que recurrir a esas películas para entender quienes éramos y de dónde sacábamos aquella legendaria mala leche. Porque ahí está todo, en Cervantes y en Azcona.

domingo, 23 de marzo de 2008

Si las hadas hablaran


En medio de la epidemia de películas de fantasía familiar con seres pseudomitológicos y niños aventureros que venimos últimamente padeciendo, existe grave riesgo de que pase desapercibida una tan estupenda como Las crónicas de Spiderwick; sin estrellas de relumbrón, con un título que a la mayoría nos suena a mejunje entre C.S. Lewis y Stan Lee y sin salir para nada del territorio de la serie B, es más que probable que se trate de la mejor de la última hornada...

Hurgando por la wikipedia y en su página oficial me entero de que Las crónicas de Spiderwick son antes que nada una serie de libros (cinco hasta ahora) creados por un par de americanos llamados Toni DiTerlizzi y Holly Black, ampliamente ilustrados al estilo apuntes del natural (en plan manual de ornitología o gran enciclopedia de los gnomos) y en los que se cuentan las aventuras de tres hermanos neoyorkinos desde que se mudan a la vieja mansión familiar y encuentran en el fondo de un baúl (con una nota que advierte NO LEER) la guía de campo de seres fantásticos escrita y nunca editada por su tío abuelo Arthur Spiderwick.
Veo también muchas opiniones de lectores disgustadísimos con las libertades que se toma esta adaptación tan selectiva capaz de expurgar los cinco tomos hasta condensarlos en poco más de hora y media de metraje. Pero, ¿no salimos todos ganando, en resumidas cuentas? Gracias a la película los libros reciben una nueva inyección de fans que descubrirán con aullidos de placer todo ese material extra en el que enterrarse, y los que no tenemos tiempo ni ganas de apuntarnos a cada nueva saga interminable que nos vengan recomendando nos conformamos con disfrutar de esta versión destilada y fibrosa que funciona como un reloj sin que se eche a faltar ninguna pieza (es más, se hace difícil imaginar qué motivo han podido tener los autores para estirar tantísimas páginas, como no sea para incluir dibujos más grandes, un relato de estructura tan ortodoxamente aristotélica). En estos días oscuros en que cada producto de estudio no es más que un episodio piloto encubierto para la próxima franquicia multimillonaria, pasma descubrir una película capaz de escapar de la lógica del loncheado mercantil para contar de un tirón una historia con su inicio, nudo y desenlace, en este caso un insólito híbrido para mayores de 10 años entre El laberinto del fauno y Asalto a la comisaría 13 de John Carpenter. Y se nota mucho la mano de John Sayles en la reescritura de este guión sólido como una roca, con personajes de verdad, lleno de magia, humor, acción, tensión y un puntito de amargura...

Visualmente en la línea de otras muestras recientes de género llenas de bonitas criaturas digitales (el director Mark Waters hace un buen trabajo pero no logra distinguirse particularmente), el tono de la película recuerda más bien a cierto cine familiar de los 80, a aquellas producciones Amblin de Spielberg con su típica familia disfuncional en plena mudanza (de hecho, detrás de Spiderwick andan dos eternos colaboradores de Steven, Frank Marshall y Katheleen Kennedy), o a trabajos de la factoría de Jim Henson como Cristal Oscuro. David Strathairn como el imprudente Spiderwick y Mary-Louise Parker como la señora Grace son los principales adultos aunque la estrella de la cinta (en el doble papel de los gemelos Jed y Simon) sea el pequeño estajanovista Freddie Highmore (Charlie y la Fábrica de chocolate, Descubriendo Nunca jamás, La brújula dorada), un chaval muy simpático al que además de discutir con duendes y trasgos inexistentes le toca pasarse media película dándose la réplica a sí mismo (la magia del cine).