domingo, 31 de agosto de 2008

Septiembre


Dedicado a todos los expatriados de agosto.

Miedo al payaso


La hazaña de Christopher Nolan en El caballero oscuro es que te cuenta una historia de playboys millonarios que se visten de murciélago y sociópatas geniales disfrazados de payasos, y aún así consigue que te olvides de que estás viendo una película de superhéroes. Nolan te agarra por el cuello y te sumerge en la lógica desquiciada de esa realidad apenas unos milímetros más extrema que que la nuestra, donde una Gotham City ya sin rastro de delirios góticos, desgarrada por la violencia, la miseria y la corrupción, encuentra a su vengador justiciero planteándose la jubilación anticipada, atormentado por la duda de si no habrá sido peor el remedio que la enfermedad (la escalada que se insinuaba al final de Batman Begins), justo antes de conocer a un nuevo enemigo más allá de su experiencia que pondrá en cuestión todas sus convicciones. Si ya la primera parte incluía ciertas alusiones post 11S, The Dark Knight escarba hasta la esencia de estos personajes llamados Batman y Joker, en quiénes son y lo que representan, y encuentra ecos de la guerra contra el terror, Guantánamo o la destrucción de las libertades civiles. Posiblemente la película de superhéroes más ambiciosa jamás intentada (lo va a tener crudo una tercera parte), es al mismo tiempo extraordinariamente fiel al material de partida y una incisiva metáfora para días oscuros donde a veces quizá esté claro quienes son los malos pero en cambio a los buenos no hay manera de encontrarlos (Yo no soy un héroe, dice Batman, y lo dice en serio).

Podría haber salido un coñazo pretencioso, una película intelectualoide con ansias de relevancia, y en vez de eso El caballero oscuro es un thriller espectacular, tremendo y negrísimo, el equivalente a plantar al primer Harry Callahan en medio de Seven de David Fincher, y reemplazar el método homicida de los pecados capitales por la completa ausencia de método, la pura glorificación del caos. La película funciona porque funciona el Joker (lo peor de lo peor), un genio del crimen, un maestro de la manipulación, un sádico y terrorífico asesino, un terrorista de pelo verde sin verdadero objetivo salvo el de “ver como todo arde”, destruir cualquier esperanza y coartada de civilización (para él nada más que mentiras risibles). Un monstruo inescrutable sin nombre ni origen (él mismo se entretiene en lanzar un par de historietas contradictorias sobre su pasado), agente de la destrucción, angel de la muerte, y aún así un mamarracho bastante gracioso (quizá lo más sorprendente de la película es que en medio de todo encuentre momentos para el humor: el humor negro del Joker, la socarronería de Alfred y Lucius Fox…). El payaso es un elemento nuevo e incomprensible tanto para los agentes de la ley como para los criminales de Gotham, la aberración de unos nuevos tiempos que les superan, como superaban las nuevas formas de barbarie al sheriff de No es país para viejos. ¿Cómo enfrentarse a algo así, a dónde aferrarse?

I believe en Harvey Dent era el eslogan de su campaña. Dent, un político (fiscal electo) valiente y honrado de los que ya no quedan, defensor de la ley y de los principios en los que se asienta, el Caballero Blanco de Gotham cuya figura inspira a sus conciudadanos la promesa de un mañana mejor. Por supuesto, el destino de Harvey Dent lo conoce cualquiera que esté vagamente familiarizado con Batman, y él es precisamente el punto flaco de The Dark Knight, que no alcanza definirlo como héroe y antítesis viable dentro del sistema al vigilante enmascarado. Se nos dice y reitera lo mucho que se le admira, lo indispensable que es, pero apenas tenemos ocasión de verle demostrar ese liderazgo y decencia fundamentales. Aaron Eckhard hace un gran trabajo con el personaje que más chirría a comic pero la película nunca llega a darle una oportunidad real de ejercer de contrapeso al hombre murciélago (toma ironía, The Dark Knight no cree en Harvey Dent).
En cuanto al resto del reparto, es un suma y sigue extraordinario en el que repiten todos los de Batman Begins salvo Katie Holmes (reemplazada sin traumas por Maggie Gyllenhaal). Michael Caine y Morgan Freeman roban todas las escenas en las que aparecen, Gary Oldman continúa irradiando silenciosa dignidad como el único poli limpio de Gotham, y Christian Bale está perfecto en cada mitad de su papel (la mezcla exacta de carisma heroico e intensidad dramatica) salvo por esa cosa rara que hace a ratos con la voz de Batman. Pero sin duda la estrella es Heath Ledger, y quiero creer que le habrían llovido la misma cantidad de elogios de haber seguido vivo.

jueves, 28 de agosto de 2008

Lavándole la cara al futuro


Quien iba a imaginar que Wall-E, el experimento formal más radical de Pixar, acabaría también siendo su historia más entrañable. Los elogios para este cuento romántico sobre dos piezas de hardware de eras distantes y a primera vista incompatibles se salen ya de la escala y pierden sentido a falta de referencias externas válidas: Andrew Stanton (Monstruos S.A., Buscando a Nemo) acaba de elevar el juego a otro nivel; si el cine es un truco de magia, una mentira de imágenes fijas pretendiendo moverse a 24 fotogramas por segundo, la gente de la compañía del flexo, demiurgos capaces de insuflar vida a la materia inerte, son los cineastas más grandes del mundo.

En la Tierra abandonada del futuro, un heroico robot currante es aparentemente el último ser vivo que ha sobrevivido a la desaparición del ser humano (salvo por su amiga la cucaracha). Wall-E lleva setecientos años cumpliendo dedicadamente la labor de limpieza para la que fue programado, y las imágenes del pequeño y tenaz robot trabajando entre los rascacielos desiertos sin otro objeto que cumplir con el día a día son un auténtico haiku para un mundo muerto, escenas icónicas (foto-realistas, hermosas y terribles) a la altura de las más grandes películas de ciencia ficción de todos los tiempos, como arrancadas de las mejores páginas de Arthur C. Clarke pero con el pathos que sólo estos animadores son capaces de inyectar en un objeto mecánico hecho de pixels. Simple como él solo, un cruce entre una sonda exploradora de la NASA y aquel robot con binoculares de los 80, Wall-E apenas es capaz de pronunciar un par de palabras y ni falta que le hacen habiendo heredado la capacidad expresiva de las grandes estrellas del cine mudo. Más simple todavía es la avanzadísima EVA, que un día cualquiera aterriza de improviso en su área: de formas suaves, futuristas y elementales de inspiración Apple y no mucho más habladora, con todo es una protagonista femenina de armas tomar.
De apariencia tan sencilla como sus personajes (sobre todo en su primera parte, sin diálogos, sin rastro de otro ser humano que los que aparecen en la antiquísima copia en VHS de Hello Dolly que el pequeño robot repasa cada noche al terminar su jornada), Wall-E exhibe en realidad una sutileza extraordinaria y funciona a toda máquina en múltiples niveles (como comedia de aventuras, como historia romántica, como fábula ecologista crítica con el consumismo desaforado, como homenaje al cine de ciencia ficción- principalmente 2001, una odisea del espacio, pero también Star Wars, Naves misteriosas, Alien, Star Trek…) o como verdadero tratado de diseño artístico, un atracón visual de esos en los que cada fotograma viene listo para enmarcar.
Las escenas en la Tierra son puro cine destilado, una integración milagrosa de lo mejor de la prehistoria del medio y la más deslumbrante última tecnología de la industria. Lo que viene después es, comparativamente, algo más convencional y asimilable al resto de clásicos de la compañía (es decir, también magnífico pero más accesible para los críos pequeños). Hay que comprenderles, habría sido imposible mantener semejante intensidad minimalista durante 90 minutos en una película comercial (y ya se sabe que el planteamiento de un misterio casi siempre se hace más interesante que su resolución). Gran banda sonora de Thomas Newman y (aleluya) una canción nueva de Peter Gabriel a medias con él para los créditos finales. Con un poco de suerte también pescará algo en el maremoto de premios que se le augura a Wall-E para febrero.

lunes, 25 de agosto de 2008

Cómo se hizo Vicky Cristina Barcelona


Mientras llega el estreno de Vicky Cristina Barcelona (y aumenta la curiosidad por ella después de las críticas tan entusiastas que está recibiendo en USA), hoy venía en El País lo que el redactor ha denominado "parte de las anotaciones de Woody Allen durante el rodaje" publicadas hace unos días en el New York Times. La traducción, un breve extracto que omite los apartados más jugosos, fuera de contexto y con un titular un tanto ambiguo, podría inducir a las mentes menos suspicaces a tomarse al pie de la letra el anecdotario de Woody. Dios no lo quiera: poniendo mi granito de arena contra la confusion periodística general, he buscado el original yanki y lo transcribo aquí debajo en su integridad (y así, de paso, le doy un mínimo de utilidad al blog)...



Extractos de mi diario en España
por Woody Allen

2 de enero
He recibido una oferta para escribir y dirigir una película en Barcelona. Tengo que ser precavido. España es muy soleada y a mí me salen pecas. El dinero no es mucho pero mi agente se las ha arreglado para conseguirme una décima del 1 por ciento de todo lo que obtenga la película por encima de 400 millones de dólares una vez que cubra gastos.
No tengo ideas para Barcelona salvo que les pueda encajar la historia de los dos judios de Hackensack, Nueva Jersey, que abren una empresa de embalsamamiento por correo.

5 de marzo
Me he reunido con Penélope Cruz y Javier Bardem. Ella es arrebatadora y más sexual de lo que imaginaba. Durante la entrevista mis pantalones echaban humo. Bardem es uno de esos genios intensos que claramente va a necesitar mano dura.

2 de abril
Le he ofrecido un papel a Scarlett Johansson. Antes de aceptar me dice que el guión debe ser aprobado por su agente y luego por su madre, con quien tiene mucha relación. Luego tendrá que aprobarlo el agente de su madre. En plena negociación cambia de agentes. Luego de madres. Tiene talento pero llega a ser un incordio.

1 de junio
Ya en Barcelona. Alojamiento de primera clase. Al hotel le han prometido media estrella el año que viene siempre que instalen agua corriente.

5 de junio
El rodaje tiene un comienzo agitado. Rebecca Hall, aunque joven y en su primer papel importante, es un poco más temperamental de lo que yo esperaba y me ha prohibido el acceso al set. He tratado de explicarle que el director tiene que estar presente para dirigir la película pero no he logrado convencerla y me he tenido que disfrazar de empleado de catering para volver a entrar.

15 de junio
Por fin avanzamos. He rodado una tórrida escena de amor entre Scarlett y Javier. Hace unos años hubiese interpretado yo su papel. Cuando se lo comento a Scarlett, ha soltado un enigmático "uh-huh". Scarlett ha llegado tarde al set y la he regañado firmemente, explicándole que no tolero retrasos en mis actores. Ha escuchado con respeto, aunque me ha parecido que mientras le hablaba ella encendía su iPod.

20 de junio
Barcelona es una ciudad maravillosa. Las multitudes se agolpan en las calles para vernos trabajar. Por suerte son conscientes de que no tengo tiempo para autógrafos y sólo se los piden a los miembros del reparto. Más tarde saco unas cuantas fotos mías de 20x25 dando la mano a Spiro Agnew y me ofrezco a firmarlas pero para entonces la muchedumbre ya se ha dispersado.

26 de julio
Hemos rodado en la Sagrada Familia, la obra maestra de Gaudi. Se me ocurre que tengo mucho en común con el gran arquitecto español. Ambos desafiamos las convenciones, él con sus impresionantes diseños, yo llevando un babero para langostas en la ducha.

30 de julio
Las tomas diarias pintan bien, y aunque la idea de Javier de añadir una escena con una enorme invasión marciana con mil extras disfrazados y complicados efectos de platillos volantes no es demasiado buena, voy a rodarla para tenerlo contento y ya la cortaré luego en el montaje.

3 de julio
Scarlett ha venido hoy con una de esas preguntas que hacen los actores. "¿Cuál es mi motivación?". He dado un respingo: "Tu salario". Dice que de acuerdo pero que va a necesitar más motivación para seguir. Más o menos el triple. Si no, amenaza con marcharse. Le digo que no la creo y me marcho yo primero. Luego se marcha ella. Ahora estamos tan lejos que tenemos que gritar para oirnos. Entonces ella amenaza con ponerse a saltar. Yo salto también y pronto alcanzamos un impass. Durante el impass me topo con unos amigos, bebemos y por supuesto me toca a mí pagar la cuenta.

15 de julio
Otra vez he tenido que ayudar a Javier con las escenas de sexo. La secuencia requiere que él agarre a Penélope Cruz, le arranque la ropa y la arrastre al dormitorio. Ha ganado un Oscar y todavía necesita que le enseñe a fingir pasión. Agarro a Penélope y le arranco la ropa sin saber que todavía no se había cambiado y que era su caro vestido el que acabo de destrozar. Sin inmutarme, la arrojo ante la chimenea y salto sobre ella. La muy coqueta se echa a un lado un segundo antes de que aterrice, con lo que me parto un diente contra el suelo de baldosas. Una buena jornada de trabajo y en principio podré volver a masticar sólidos en agosto.

30 de julio
Las tomas diarias están saliendo espectaculares. Probablemente es demasiado pronto para empezar a preparar la campaña para el Oscar. Aún así, unos breves apuntes para el discurso de aceptación me podrían ahorrar tiempo más adelante.

3 de agosto
Supongo que viene con el puesto. Como director uno es en parte maestro, en parte loquero, parte figura paterna, gurú. No tiene nada de extraño que en estas semanas Scarlett y Penélope hayan acabado enamorándose de mí. ¡El frágil corazón de la mujer! He notado al pobre Javier mirando con envidia cómo las actrices me desnudan con los ojos. Le he explicado al muchacho que ese irrefrenable deseo femenino por un icono cinematográfico, en particular uno con esta expresión de fría autoridad, es algo de esperar. Mientras tanto, cuando llego al set cada mañana bañado y perfumado, entre Scarlett y Penélope se produce una frenética corriente de lujuria. No me gusta mezclar los negocios con el placer pero voy a tener que aliviar su deseo por turnos si quiero terminar esta película. Quizá podría dar a Penélope los miércoles y los viernes, satisfaciendo a Scarlett los martes y los jueves, como hacen en algunos aparcamientos. Así dejaría libre los lunes para Rebecca, a la que he pillado tatuándose mi nombre en el muslo. Me tomaré una copa con las chicas después del rodaje y fijaremos unas reglas. Quizá el viejo sistema de los cupones de racionamiento.

10 de agosto
Escena emocional de Javier. He tenido que darle unas pautas. Mientras me imita, todo va bien, pero en el momento en que intenta su propia actuación, se pierde. Entonces solloza y se pregunta cómo sobrevivirá cuando ya no le dirija. Intento explicarle con educación y firmeza que debe hacerlo lo mejor que pueda sin mí y que debe intentar recordar mis consejos. Sé que le he animado porque al salir del camerino él y sus amigos estaban aullando de risa.

20 de agosto
He hecho el amor simultáneamente con Scarlett y Penélope en un esfuerzo por mantenerlas felices. El menage à trois me da una gran idea para el climax de la película. Rebecca seguía aporreando la puerta hasta que la he dejado entrar, pero esas camas españolas son demasiado pequeñas para cuatro y una vez que se apunta me tiran al suelo constantemente.

25 de agosto
Fin del rodaje. La fiesta de despedida, algo triste como de costumbre. Baile lento con Scarlett. Le rompo un dedo. No es culpa mía, la he pisado cuando me llevaba ella.
Penélope y Javier estan ansiosos por volver a trabajar conmigo. Me dicen que intente encontrarlos si tengo otro guión. Copa de despedida con Rebecca. Momento sentimental. Han hecho una colecta entre el reparto y el equipo y entre todos me han comprado un bolígrafo. He decidido llamar a la película Vicky Cristina Barcelona. Los jefes del estudio han visto todas las tomas diarias, por lo visto les encanta cada fotograma y se habla de estrenarla en una colonia de leprosos. Qué solo se está en la cumbre.

sábado, 16 de agosto de 2008

El purgatorio del gangster


Un encargo que no sale precisamente redondo, tierra de por medio mientras las cosas se calman y el gangster veterano (Brendan Gleeson) y el joven novato (Colin Farrell) se encuentran matando el tiempo en plan turistas por las calles de Brujas, pintoresca ciudad medieval belga, a la espera de una llamada de su jefe que les deje volver...

Después de leer por ahí que, pese a las semejanzas superficiales, no había que confundir Escondidos en Brujas con un sucedáneo del cine de Tarantino, lo primero que hice fue acordarme de las aventuras de Samuel L. Jackson en un Burger King de Amsterdam tomando nota de la diferencias de nomenclatura (Pulp Fiction). Pero, aparte del elemento común de unos esbirros que llenan los tiempos muertos charlando de lo divino y de lo humano y del humor negro, el primer largo del autor teatral británico Martin McDonagh es una tragicomedia con voz propia bastante particular, sorprendente y más bien inclasificable, con influencias de El tercer hombre y Esperando a Godot, estilizada y nada realista, llena de personajes desquiciados que se mueven como en sueños por una bucólica ciudad que unos ven como un escenario de cuento de hadas y otros (el personaje de Farrell, en quien confluyen los remordimientos por el crimen cometido y un profundo desinterés por el turismo cultural) como la verdadera imagen del purgatorio.
Pese al tono ligero hay bastante miga en esta fábula en forma de thriller (el personaje de Ralph Fiennes, en clave de mafioso histérico, cumple el papel de rencoroso dios del antiguo testamento y la ley del talión), y mucho para rumiar acerca de absolutos morales y la posibilidad de la redención. Gran banda sonora de Carter Burwell y excelentes interpretaciones de todo el equipo, especialmente del enano.

domingo, 10 de agosto de 2008

Echando un cable a la ciudad


Fue inútil que me la recomendaran figuras del calibre de Marcos Ordóñez, Maruja Torres, Diego Manrique, el argentino del blog de televisión de El País o el infumable Carlos Boyero (en cuyo caso cualquier entusiasmo es contraproducente). Pero si Alan Moore sale diciendo en una entrevista que The Wire es la serie de televisión más asombrosa que se haya hecho jamás en EEUU y posiblemente en ninguna parte, uno ya no la puede seguir ignorando por más tiempo. Entonces se baja los 13 episodios de la primera temporada, luego los 12 de la segunda, se los ve en compulsivamente en apenas una semana, y concluye que hay muchas posibilidades de que el mayor guionista de comics del mundo tan sólo haya exagerado un poco…

Seguramente las series de polis son, a estas alturas del siglo XXI, el género más trillado en la historia de la televisión (sólo por detrás de los culebrones) y aún así gozan de tan buena salud que hay programas de los que se llegan a emitir simultáneamente tres versiones (CSI, Ley y orden) sin que al público se le atraganten. Unas tiran por el morbo y el sensacionalismo, otras por la acción y el misterio, y las menos por un realismo sucio donde polis cada vez más corruptos chapotean a sus anchas en la mierda que se supone deberían estar limpiando.
Así es como me imaginaba yo The Wire cada vez que leía algo acerca de ella, y de ahí la pereza que me daba: para sórdidas crónicas negras de una sociedad en descomposición me basta y me sobra con las raciones del periódico y alguna película de vez en cuando. Y resulta que no era eso, que es verdad que en The Wire (algo así como El cable, o quizá mejor El pinchazo, aquí traducida como Bajo escucha) la ciudad de Baltimore está podrida hasta los huesos, devorada por arriba y por abajo por las drogas y la corrupción, pero todavía queda gente decente en sus calles y unos pocos hasta trabajan de polis (y no todos los días acaban muertos).

The Wire es una producción de la cadena de pago norteamericana HBO que ha durado cinco temporadas (2002-2008) y 60 episodios, creada por el antiguo periodista especializado en temas policiales David Simon (autor de un libro-reportaje llamado Homicide, A Year on the Killing Streets que ya sirvió de inspiración para la serie Homicidio de la cadena generalista NBC, en una versión sin duda menos extrema del material) y cuenta la historia de una unidad de la policía de Baltimore especializada en seguimiento e interceptación de comunicaciones, sobre todo en asuntos de drogas, que nace casi por error, con una plantilla de rebotados de otros departamentos y con instrucciones expresas de no escarbar demasiado y despachar cuanto antes el caso asignado. Quien iba a prever que el equipo de detectives saldría contestatario y se empeñaría en hacer un trabajo en condiciones investigando hasta el fondo, caiga quien caiga…

La serie, rodada en localizaciones, es extremadamente convincente tanto en su descripción de los ambientes marginales de los barrios controlados por los traficantes como en la manera en que exhibe los trapos más sucios del funcionamiento interno de la ciudad (la dificultad de cambiar nada cuando los que están arriba se llevan tan ricamente su tajada y el resto sonríe y aguarda pacientemente a que le llegue su turno). Realista sin sensacionalismos (los peores momentos de violencia a menudo quedan en elipsis, y de hecho hay más desnudos que sesos esparcidos), en ocasiones destila un tono de humor negro casi berlanguiano en la descripción de la infinita desvergüenza de los servidores públicos. Está llena de tensión y suspense, y cuando el relato sigue a los criminales hay momentos en que se pone a la altura trágica de El padrino.

“Es televisión para adultos”, dice Alan Moore, “es como una novela. Llegas a conocer todos estos mínimos aspectos de Baltimore, construyendo un gran retrato de la ciudad y todas sus dinámicas, del puerto a los chicos de los barrios de la droga o a las estructuras de poder con sus juntas y el departamento de policía y la oficina del gobernador. Y tiene grandes escritores: está Gorge Pelecanos y David Simon. Y tantos personajes maravillosos, Bubbles, Omar. Al lado de The Wire cualquier otra cosa parece vulgar”.
Lo de los personajes es importante porque es su humanidad, sus fallos y su sentido de humor lo que diferencia a esta serie de una versión norteamericana de Ciudad de Dios. Delincuentes, grandes o pequeños, limitándose a vivir la única vida que han aprendido, sin más horizonte que el del barrio en el que nacieron, que no saben la suerte que tienen de acabar detenidos en vez de con los sesos reventados en cualquier esquina. Y los policías: McNulty (Dominic West), el simpático irlandés autodestructivo que disfruta cabreando a todo el mundo y pasándose las órdenes por el forro; el teniente Daniels (Lance Reddick), dividido entre lo que le conviene a su muy prometedora carrera y su instinto profesional; Kima Greggs (Sonya Sohn), detective lesbiana y poli vocacional cuya novia odia a muerte su trabajo; Ron Pryzbylewski (Jim True-Frost), verdadero inútil con una incomprensible tendencia a disparar accidentalmente su arma reglamentaria y que sólo sigue en el cuerpo porque su yerno es un pez gordo; Herc y Carver, detectives algo escasos de luces de los de dar primero y preguntar después; Bubbles (André Royo), el astuto pero leal yonki que trabaja como soplón para Kima; Lester Freamon (Clarke Peters), antiguo detective de homicidios enterrado en un puesto de chupatintas durante 14 años por hacer demasiado bien su trabajo...
Todos estos funcionarios no especialmente listos, llenos de defectos, con una vida privada tendiendo a desastrosa pero que aún así insisten en cumplir con su obligación con la que está cayendo, son personajes memorables y en cierto modo los sucesores del siglo XXI del Capitán Furillo y el detective Belker de Canción triste de Hill Street, con la que The Wire entraría en la final por el título de mejor serie de policias de todos los tiempos (todavía falta saber cómo termina).

P.D. Visto el último episodio, me inclino humildemente ante la sabiduría de Alan Moore: The Wire está en una liga distinta de Canción triste de Hill Street o de cualquier otra serie, policiaca o de género alguno. Es un animal completamente diferente, posiblemente la obra de ficción más importante de la última década para entender lo que nos pasa, y sólo se podía haber hecho en televisión. Obra maestra absoluta.

domingo, 3 de agosto de 2008

Papi, quiero ser Bruce Lee


No prometía mucho, otra película de graciosos animales humaniformes, anunciada con la musiquilla de Kill Bill y la voz de Florentino Fernández, y sin embargo, sin ser precisamente una obra revolucionaria, Kung Fu Panda es con toda probabilidad (después del Shrek original) la primera que justifica para la posteridad la existencia de un departamento de animación en Dreamworks.

Cada año se estrenan más películas animadas por ordenador pero, al lado de las de Pixar (donde los propios artistas dirigen el manicomio), la mayoría comparte un aire de entretenimiento oportunista de titiriteros de feria, siempre a remolque explotando su rutina de bichos pintorescos con cierto parecido al famoso que los dobla, envueltos en alguna peripecia con elemental moraleja bienintencionada, aliñada con cantidad de chistes y referencias incomprensibles para los críos para que sus padres no se aburran.
Mientras los de Pixar ejercen un ferreo control de calidad aprendido de la época dorada de Disney, con una mirada a largo plazo en donde cada película producida es un objeto único y exclusivo con vocación de clásico (es decir, susceptible de seguir proporcionando de una forma u otra ingresos regulares durante décadas), el resto de compañías parece seguir al pie de la letra la filosofía del nuevo Hollywood donde sólo importa la recaudación del primer fin de semana. Es un poco deprimente pensar en esos gigantescos equipos de escritores, dibujantes y realizadores, gente sobrada de talento obligada a trabajar durante años en una mínima variación de la fórmula, apenas hora y media de diversión insustancial que se olvida en cinco minutos, cuando por el mismo precio podrían estar aplicándose en hacer más películas como Kung Fu Panda.

Ingeniosa, divertida y al mismo tiempo verdaderamente espectacular y épica, más un tributo que una parodia del cine de artes marciales, dicen los directores que se han inspirado en películas como Hero o Tigre y dragón, que ya por su parte venían repletas de efectos digitales, y sin embargo ninguna contenía una secuencia tan apabullante como la que hay aquí de la fuga de prisión del villano.
En el año de la olimpiada de Pekín y demás protagonismo mediático chino, los de Dreamworks se han esmerado con la autenticidad oriental para dar forma a esta historia universal del muchacho corriente con sueños demasiado grandes para él (sirve sopa en el restaurante de su padre pero quiere ser maestro del Kung Fu) que contra toda probabilidad resulta elegido para salvar a su pueblo. Contada de manera sencilla y directa, sin segundas intenciones, distanciamiento cínico, anacronismos, guiños ni paridas inconsecuentes, es un guión original pero más parece un cuento tradicional o un auténtico relato mitológico donde hasta cada animal representa el estilo del Kung Fu que lleva su nombre (tigre, mono, mantis, grulla...). No hay, que yo sepa, ningún estilo que se llame panda, y en la explicación de esa imagen incongruente está la gracia de la historia, en imaginar cómo podría este joven plantígrado lento y barrigón derrotar al más poderoso y malvado luchador de Kung Fu del mundo. El humor (mucho y bastante bueno) fluye de forma natural de las situaciones y de los personajes (arquetípicos pero con carácter, sobre todo el maestro que en el original interpreta Dustin Hoffman). Leo en la imdb que uno de los dos escritores que firman el guión ha trabajado durante años en la serie animada El rey de la colina, y caigo en la cuenta del parecido de las charlas entre el panda y su padre con las del tejano Hank Hill y su hijo, dos generaciones cuyas prioridades y universos mentales nunca terminan de cruzarse.
¿Qué más? La dirección es tan fluida y dinámica como cualquier película de aventuras de imagen real, el diseño de personajes es estilizado y original y la secuencia de animación tradicional del comienzo, al estilo de las estampas chinas, es una de las cosas más elegantes que he visto en mucho tiempo.

Ahora viene lo malo: Me he encontrado con unas declaraciones de Jeffrey Katzenberg, jefazo de Dreamworks, que está tan feliz con el éxito internacional de Kung Fu Panda (China incluida) que ya adelanta que tienen un plan para hacer cuatro o cinco más. Seguro que sus accionistas estarán contentísimos de tener otra franquicia para darle un respiro al pobre Shrek y de que, para una vez que consiguen triunfar con una película diferente, sólo se le ocurra convertirla en la receta para la próxima generación de churros.

domingo, 27 de julio de 2008

La roña y el hombre de acero


Hancock es un capullo alcohólico, borde y desastrado a quien sus conciudadanos de Los Ángeles detestan porque, cada vez que se mete en algo, el caos se multiplica por dos. También es la oportunidad de Will Smith de interpretar con toda solvencia a Superman, si el boy scout nº 1 de América hubiera nacido negro y tuviera muchos más problemas que encontrarse un trozo de kriptonita en la sopa.

Éramos pocos y parió la abuela… Hancock, al contrario que el resto de sus colegas con película este año (Iron Man, Hulk, Hellboy, Batman) es un superhéroe original creado para el cine, un tipo de lo más vulgar excepto por el hecho de que vuela, es superfuerte, super rápido, invulnerable y quién sabe qué más.
La frescura y el potencial para la sorpresa de un personaje virgen, sin el lastre de treinta o cuarenta años de historia, se convierte a la hora de venderlo en el problema de que Hancock no es una marca reconocible, pero ahí es donde entra Will Smith. Sacando partido a su faceta de comediante, nos la han estado anunciando como si fuera una parodia del género, y de ese malentendido y frustración de expectativas vienen la mayoría de las críticas flojas y bastante injustas que se está llevando. Porque la película es a la vez menos y más de lo que prometía ese trailer que era 100% vaciladas y lanzamientos de ballenas en youtube

Hancock, efectivamente, comienza como una comedia fantástica llena de vulgaridades, muy divertida y bestia, y aunque el humor sigue presente hasta el final, hacia la mitad del metraje comienza a girar hacia un tipo más formal de película de superhéroes trepidante y espectacular, tanto o más que la de cualquier personaje de Marvel o DC Comics (y mucho más emocionante, por ejemplo, que la morosilla Superman returns), y llegan unas cuantas revelaciones sobre la mitología del personaje cuyos orígenes me parecieron personalmente mucho más interesantes que aquella tan manida de “me picó una araña” (pero quedan misterios de sobra acerca de Hancock para abordar en una más que probable secuela, y es mejor así).

Tampoco es exactamente lo frívola y veraniega que aparentaba, sino que hasta se molesta en elaborar una metáfora de lo más entretenida sobre la dicotomía entre el destino y la libertad, la responsabilidad personal, la búsqueda de la identidad y la fe en que la gente puede cambiar (el personaje de Jason Bateman, optimista incurable del que se habría cachondeado hasta Frank Capra, resulta que al final tiene razón al confiar en el superhombre homeless). Como una versión con muchos más chistes y decibelios de El protegido de M. Night Shyamalan (otra película realista de superhéroes que funcionaba como alegoría sobre el heroísmo en círculos concéntricos, desde el núcleo familiar a la responsabilidad colectiva), con la diferencia de que en Hancock el componente racial le da un matiz diferente y específico, y que lo de superman negro no es un adjetivo accesorio para amoldarse a la estrella de turno que lo interpreta. Este personaje pobre, airado, malhablado, sin raices ni expectativas de futuro, que odia al mundo entero y viceversa y que más pronto que tarde acabará en la cárcel o muerto, podría ser también blanco o hispano pero la verdad es que es un retrato robot particularmente duro de un número creciente de hombres negros viviendo en los márgenes del sistema en EEUU (hace poco salió un estudio bastante alarmante que revelaba que es la única comunidad cuyos niveles de pobreza y marginación no dejan de aumentar). Y el caso es que en cuanto a cuentecillo de superación, la redención de Hancock (que aunque no lo parezca es en todo momento un héroe, un tipo que sigue intentando ayudar frente a la hostilidad del mundo y cuyo problema –o al menos uno de ellos- es que es simplemente muy malo en un trabajo que nadie le ha enseñado a hacer), resulta una fábula moral bastante menos obvia de lo que parece.

En la vida real nadie como el propio Will Smith para servir de modelo de triunfador a su comunidad. De rapero de Philadelphia y jeta televisivo a héroe de acción y actor mejor pagado del mundo en poco más de diez años (y se merece cada centavo), Smith es uno de esos intérpretes naturales que siempre parecen estar haciendo de ellos mismos pero que no paran de crecer de película en película. Quizá el de Hancock no sea el personaje más difícil que ha hecho en su vida pero no se me ocurre nadie que pudiera haber cubierto todas sus facetas y contradicciones de manera tan convincente. Es posible que la película tenga ciertas arrugas estructurales por culpa de un exceso de reescrituras (es un hecho que algunas escenas se volvieron a rodar a última hora para evitar la clasificación R), y que los cambios de tono de la risa al drama podrían haber sido más graduales, pero me parece absurdo protestar por los grumos para una vez que una peli de estudio no es papilla predigerida.

viernes, 25 de julio de 2008

M_Night Apocalypse


El incidente es una pequeña película de terror medioambiental, un poco al estilo de Los pájaros, y que sin embargo se distingue por arrojar sobre el espectador algunas de las imágenes más desasosegantes que recuerdo en mucho tiempo. Se podría ver como un trabajo menor y a la defensiva de un M. Night Shyamalan replegado al terreno de las convenciones del género tras el desmelene metatextual de La joven del agua, pero la rabia canina con la que la ha destrozado la mayor parte de la crítica yanki le lleva a uno preguntarse si el director indoamericano no habrá pinchado sin pretenderlo en una zona sensible de la psique de sus compatriotas.

El verdadero misterio de El incidente es esa virulencia con la que la han acogido tanto los críticos de internet como los de verdad (19% en el tomatómetro de rottentomatoes.com). Se ha llegado a escribir que es una chapuza tan abismal que asombra que se haya llegado a estrenar comercialmente, que en su imparable declive creativo desde El sexto sentido, Shyamalan ya no sólo demuestra su incompetencia como guionista sino que hasta ha terminado por perder los rudimentos más básicos como director (más de uno deja caer el nombre de Uwe Boll). Se le reprocha incluso que falte una sorpresa final como si fuera una traición a su identidad como autor (cuando se supone que el consenso era que todo el mundo estaba aburrido de verle hacer siempre el mismo truco). Describían una catástrofe tan patética y aberrante que a punto estuve de hacer la tontería de pasar de verla y ahorrarme el disgusto, y menos mal que no lo hice porque salí del cine convencido de que toda esa gente había visto otra película en un universo paralelo.

El Incidente no es, ni de lejos, la peor película de Shyamalan ni tampoco una obra maestra indiscutible (casi todas las suyas contienen algún elemento que chirría): la pareja protagonista (Mark Wahlberg y Zoey Descharnel), él profesor de ciencias, ella una misántropa medio autista, resultan más bien fríos y antipáticos (o igual es que simplemente les pillamos en un mal día) y algunos diálogos suenan forzados aunque están dentro del tono de fábula de serie B que parece buscar el director. Y eso es todo, y tampoco es que se hable demasiado en una cinta donde los personajes apenas hacen otra cosa que huir espantados de un enemigo invisible mientras a su alrededor la comunidad humana se desintegra y cae fulminada. Algo en el aire conduce al que lo respira a matarse, y la hipótesis inicial del ataque terrorista pronto es sustituida por otra mucho más aterradora… Sonaba un poco elemental como premisa esto de las plantas vengándose del ser humano, pero la ejecución es escalofriantemente verosímil y la sonrisa se congela desde el primer minuto en que una chica sentada en el parque se calla en mitad de una frase y se apuñala el cerebro con una aguja. Todo el mundo sabe que nos estamos cargando el planeta pero nadie hasta ahora había imaginado que nuestra forma de vida nos conduciría literalmente al suicidio en masa. Una metáfora, sí, un cuentecillo moral, pero hay que ver lo que acojona.

O sea, que a mí me ha gustado (mucho), y que conste que lo mío no es un caso aislado porque las críticas en España han sido bastante buenas en general (a Jordi Costa, por ejemplo, le parece una película comercial arriesgadísima, llena de golpes de genio) y a lo más que llegan las peores es a decir que es lenta y una de tantas. Nada de “suicidio comercial”, “ridícula”, “las peores interpretaciones de unos profesionales a los que se pague por actuar “o chistes racistas con el apellido del director. Por eso, ante una recepción tan diferente, uno empieza a sospechar que hay alguna misteriosa interferencia cultural actuando de por medio.

Los foros americanos de internet están llenos de gente despotricando en contra sin apenas discrepancia, y no sólo los típicos vándalos que disfrutan más destrozando las películas que viéndolas como las personas, esos chavales de 15 años que se creen figuras soltando bilis contra el presuntamente arrogante y pomposo creador de El sexto sentido y El protegido (menuda ironía). Muchos antiguos admiradores de Shyamalan parecen haber sido incapaces de entrar desde el primer momento en la lógica de la historia, saliéndose completamente de la película y encontrándolo todo ridículo, falso, pretencioso, aburrido y de mal gusto, aplicándole un escrutinio a mala leche del que no saldría viva ninguna obra de ficción. O se juega o no se juega pero es imposible ver una película como esta indignándose por chorradas como que el agujero de bala que dejaría en un cráneo una pistola reglamentaria de la policía aplicada sobre la sien tendría que ser mucho más grande (que para más coña resulta que no). Tan sólo una de tantas excusas a las que se aferran para salirse por la tangente del relato.

¿Qué es lo que les provoca realmente tanto rechazo? ¿Será el tema ecológico y su crítica explícita de la actual forma de vida occidental? ¿Serán más bien las imágenes espeluznantes de esos suicidios inducidos por las toxinas en el viento, tan repentinos, tan gráficos e inexorables, quizá demasiado para el cuerpo en la cultura de la eterna juventud con aspiraciones de vivir para siempre, o es sólo porque no las causa un enemigo tangible al que se pueda matar de un pepinazo? Desde aquí y en nuestra ignorancia solo podemos hacer sociología de salón pero me parece que rascando un poco saldría tema para un estudio académico encuadernable en tapa dura…

viernes, 18 de julio de 2008

Todo es cine

Actualización de mentirijillas de las de hacer bulto, nada más que un par de trailers de youtube que ofrecen un bonito contraste: Watchmen de Zack Snyder (El amanecer de los muertos, 300) y Camino, de Javier Fesser (El milagro de P. Tinto, La gran aventura de Mortadelo y Filemón).





Dicen que el de Watchmen se podrá ver en HD mucho más grande y lustroso a partir de bien avanzado el viernes 18, en la web oficial o en los portales habituales (para que los que conocemos el cómic de Alan Moore y David Gibbons podamos babear en alta resolución con la manera en la que Snyder ha clavado el look y varios de los momentos más icónicos del original -¡hasta la escena del reloj y el Dr. Manhattan!) Pero ni por esas se me cura el escepticismo porque Watchmen-el comic- es bastante más que una sinopsis tipo "misterioso asesino se dedica a eliminar uno a uno a un grupo de superhéroes retirados". Watchmen es una de las piezas más influyentes, no ya del cómic, sino de toda la cultura popular de finales del siglo XX (no lo digo yo, lo he leído por ahí) y cualquier adaptación digna de ese nombre exigiría un talento e inteligencia fuera de lo común:

1) Por la complejidad de la trama y del universo que describe (tan difíciles de encajar en la duración estandar de un largometraje; a menudo se ha dicho que Watchmen funcionaría mejor como miniserie que como película).
2) Porque su propia esencia está tan completamente imbricada en el formato del cómic que requeriría un trabajo brutal de traducción (que el arisco Alan Moore considera ya por principio inútil además de indeseable).

Y el caso es que el único talento especial como cineasta que ha demostrado Zack Snyder hasta el momento es el de que sabe copiar bien lo que le ponen por delante. Pero en fin, mente abierta que igual nos sorprende...

Para sorpresas el trailer de Camino, la peli supersecreta de Javier Fesser (la primicia, por cierto, la ha tenido hoy el muy recomendable blog de Michinela no recomendable.com). Parece que Fesser abandona el humor absurdo y el barroquismo estético y da un volantazo a su carrera con esta historia de una niña con cáncer terminal de la que el Opus no espera otra cosa que la palme para empezarla a canonizar. Buscando información urgentemente veo que la describen como un dramón brutal de los de hartarse de llorar... Y será verdad pero en este trailer también se aprecia un fondo de humor negro, un sarcasmo terrible y mucha mucha mala leche, y esos delirios fantásticos de la niña santa a mí por de pronto me han recordado a Tideland de Terry Gilliam (lo cuál es bueno). Y seguro que a los de la Obra les encanta.

domingo, 13 de julio de 2008

Siete años de mala suerte


No me puedo creer que se los carguen. No sé vosotros pero yo, desde que los Guiñoles de Canal Plus se convirtieron en los Guiñoles de Cuatro y los arrejuntaron con Eva Hache en su horario para noctámbulos prejubilados, en lugar de fidelizarme al espacio de la simpática monologuista segoviana acabé por desengancharme de la ración diaria para pasar a consumirlos en versión flash video en la web de la cadena, en atracones episódicos de una hora en los que me veía de un tirón todos los programas del mes. Por eso puedo decir con conocimiento de causa que ni el destierro a las madrugadas televisivas ni el relevo en la dirección (Rafael Jaén por el fundador Toni Martínez) habían afectado a la calidad del producto ni se notaba el menor cansancio en un espacio capaz de improvisar sketches como aquel de homenaje al difunto Charlton Heston que unía la crisis del PP con El planeta de los simios, donde un Rajoy en el papel del astronauta (rodeado de dirigentes del partido haciendo el mono) comprendía ante la estatua semienterrada en la arena de Aznar que su viaje al centro le había devuelto al punto de partida...

Soy lo bastante viejo como para acordarme de varios catastróficos antecedentes nacionales de muñequitos que intentaban repetir el éxito del inconmensurable Spitting Image británico (hubo unos llamados Los muñegotes, blandos, insípidos e incoloros, que resistieron bastante con una sección propia en algún programa de variedades del sábado noche en TVE). Ni ellos ni ninguno llegaron a tener ni puta gracia ni personalidad propia hasta que en los albores de la programación en abierto de Canal Plus apareció en nuestras pantallas el producto de un transplante de la variedad francesa en formato de noticiario, tan bueno que no nos importaba soportar a cambio las infinitas chorradas de Máximo Pradera, Fernando Schwartz y Ana García Siñeriz en Lo + Plus.

Aquellas marionetas, menos grotescas que las del prototipo inglés, tenían sin embargo un estilo propio, un parecido caricaturesco más que notable, un dinamismo y expresividad sorprendentes (arte que han perfeccionado con los años hasta conseguir a menudo que el muñeco parezca más vivo que el original), un reparto de voces extraordinario (Javier Valero, Angel Soler, Luisa Ezquerro, Raúl Pérez,Victorio Duque, Isabel Núñez, Mila Pérez…), y sobre todo, un sentido del humor irreverente y disparatado que donde ponía el ojo ponía la bala y que poco a poco fue construyendo el mejor espejo deformante de las miserias y mezquindades de la vida política española y sus personajillos protagonistas.

En un país donde las discusiones se dividen en un 50 por ciento en fútbol y otro 50 de política, los guiñoles rompieron el tabú posfranquista del humor político en televisión (después vendrían Caiga quien caiga, Vaya semanita en ETB, Polonia en TV3…) . Repartiendo palos en todas direcciones sin dejar títere con cabeza, con su corazoncito de izquierdas, cierto, pero tan implacables con las memeces de unos como con las de otros, el equipo del periodista Toni Martínez sorteó el peligro de convertirse en mero intérprete de la línea editorial del grupo PRISA y se construyó su propia credibilidad como un pseudoinformativo alternativo a menudo mejor informado que los de verdad (porque sólo un profundo conocimiento off the record de los personajes más allá de su faceta pública pudieron llevar a clavar con semejante precisión caricaturas tan extremas como las de Aznar, ZP o Rajoy, tres casos donde el tiempo ha acabado dando la razón al guiñol hasta el punto de que a veces ya no sabe uno si ese al que escucha es el humano o el de látex).
Pero no sólo de política vivían los guiñoles: como en las noticias de verdad la mitad era fútbol, y hay que ver lo que se aprendía (Van Gaal el cabeza-cubo, Luis Aragonés al que no le cabía un pelo de gamba, Ronaldo el que no estaba gordo y Ronaldinho todo el día de fiesta, Beckham y sus perfumes y Camacho y sus sudores españoles). Y también había toreros, folklóricas, un par de actrices, corredores de fórmula 1, algún que otro cocinero y ante todo una imaginación y una capacidad de trabajo extraordinarias con las que sacaban adelante cualquier entorno o situación que requiriera la fantasía del chiste: parodias dentro de parodias, versiones de canciones, escenas reconstruidas de películas y series… No había nada que no se atrevieran a hacer.

Y ahora el espejo salta en pedazos con la excusa oficial del desmantelamiento de la Hora Hache, que en septiembre cambia de horario, de formato y por lo visto de presentadora (que se toma un año sabático)."Las características del nuevo espacio” dice la nota de prensa de Cuatro, “unidas al alto coste que suponía la puesta en marcha de una producción tan compleja, han provocado su interrupción". Una vez más pagando justos por pecadores…
Me cuesta mucho entender por qué los guiñoles han de pagar el pato del fracaso de audiencia de un espacio contenedor al habían sido arrojados para servirle de gancho (en lugar de recuperar su hueco natural de tantos años como microprograma independiente justo detrás del informativo de la noche), ni entiendo tampoco ahora los súbitos apuros económicos de Cuatro apenas unos días después del pelotazo de la retransmisión de la Eurocopa y de empezar a llenar su programación de más concursos chorras. Debe de ser por eso que yo no dirijo una cadena de televisión...

Aún en plena fase de negación sigo sin terminar de creerme que vayan a matarlos por completo (incluso en la versión radiofónica de Hoy por hoy en la SER), que no volvamos a ver ya nunca a ninguno de estos personajes que son y no son a la vez la mera sombra del modelo al que siguen; estos muñecos con la verdad por delante, libres de todo cálculo e hipocresía, han acabado por hacerse más entrañables, simpáticos y humanos que esos otros seres igualmente virtuales y mucho más opacos a los que imitan. Lástima de ZP y de Rajoy, del matrimonio Aznar, de Gallardón y Esperanza Aguirre, de Acebes y Zaplana, Solbes y De la Vega, Bush y Condoleezza, El Papa Ratzinger y Monseñor Blázquez, Llamazares, el Lehendakari Spock, Chaves, Montilla y Blanquita, la cabra de la legión...

http://www.cuatro.com/microsites/nochehache/guinoles.html


En ese link siguen colgados los dos últimos años del programa, incluida su última aparición del 30 de junio donde los pobres muñecos no hacen otra cosa que festejar como idiotas el triunfo de la selección de fútbol, ajenos a la patada que su empresa había decidido ya darles tras 13 años de brillantes servicios. ¿Sería mucho pedir para ellos un último programa especial de despedida?

martes, 8 de julio de 2008

Las tijeras del tiempo


Sale uno todo feliz de ver Los cronocrímenes y de pronto cae en la cuenta del problemón que se le viene encima: escribir sobre ella sin destripar el argumento.

Podría intentar rodearla desde fuera y describirla como “comedia negra de ciencia ficción” pero el caso es que el ingrediente de comedia se acaba disolviendo en el fondo de thriller fantástico, y tampoco hay explosiones ni dinero para sacar a Will Smith dando botes. Digamos entonces (por aproximaciones, y por no meternos con Bioy Casares y Philip K. Dick) que es un improbable híbrido entre ciertos episodios de Futurama, el cine de David Cronenberg y lo que hacía antes de Airbag aquel prometedor Juanma Bajo Ulloa, una inexplicable anomalía en el páramo cinematográfico español (teletransportada en bolas desde un futuro posible cual terminator que viniera a reescribir la historia y abrir una nueva vía a nuestro amuermado cine de género). Frente al auge actual de un modelo de fantástico español demasiado pendiente de prototipos anglosajones y con cierto regusto a cocina recalentada de aeropuerto (aunque menos es nada), Los cronocrímenes, con apenas cuatro actores, un protagonista feo y antipático, su paleta de verdes, grises y negros y una notoria escasez de presupuesto, apuesta por la brillantez de un guión perfecto de ciencia ficción minimalista, un engañoso rompecabezas de causas y efectos de implacable desarrollo lógico a partir de una única pieza de fantasía, esto es, que en lo que parecen las instalaciones de un club de golf en un pleno monte vasco existe una máquina del tiempo experimental sin apenas vigilancia los fines de semana. Y aún así, las reglas del viaje en el tiempo se acaban cerrando sobre sí mismas en una tautología de pesadilla cuyo sentido último se deja deliberadamente al margen a la espera de las intuiciones del espectador.

Karra Elejalde interpreta con su habitual estilo naturalista de bruto empanado al protagonista, Héctor, un tipo absolutamente corriente atrapado de la manera más tonta en un engranaje inexorable de causalidad y obligado a jugar a un juego siniestro cuyas reglas va aprendiendo sobre la marcha. Tipo corriente que acaba haciendo cosas de las que jamás se habría creído capaz 24 horas antes, pero es que los escrúpulos se esfuman rápido cuando uno se autoconvence de que no le queda otro camino... Hasta qué punto se le puede hacer responsable de cuanto ocurre, hasta dónde todo forma parte de una secuencia inevitable o si acepta demasiado rápido convertirse en un peón de su destino, son sólo algunas de las muchas preguntas sin respuesta que la película deja planteadas con toda su mala sombra...

El director y guionista Nacho Vigalondo (que además se reserva para sí un papel clave de la historia), autor de numerosos cortos y nominado al oscar en 2003 por 7:35 de la mañana, director invitado en varios sketches de La hora Chanante y Muchachada Nui, es un tipo con discurso propio, un humor esquinado y lacónico y una mirada paranoica sobre lo cotidiano donde lo que parece no es nunca lo que es, y en cuyo universo la situación más prosaica suele ser la punta del iceberg de otra realidad mil veces más extraordinaria (y aún así igual de patética). Los cronocrímenes es su debut en el largo y a pesar de traer bajo el brazo varios premios internacionales y un inminente remake americano, le ha costado dios y ayuda estrenarla aquí. Pero ya se sabe que los pioneros siempre lo tienen más crudo…

jueves, 3 de julio de 2008

Añiversario

Parece que fue ayer pero no porque hoy hace un año desde que empecé con el blog (lo he tenido que mirar). ¡Felices tiempos aquellos en los que, libre de preocupaciones mundanas, metía dos o tres actualizaciones por semana y me quedaba tan ancho!

La vida real, sin embargo, y la falta de un filántropo (o filántropa) que me retire de las calles y me permita escribir y dibujar paridas a tiempo completo se han ido cobrado su peaje hasta reducir aquel árbol frondoso a su actual condición de bonsai. Hoy, por ejemplo, tendría que haber aquí una crítica de Los cronocrímenes de Nacho Vigalondo que aún tengo a medio escribir (a propósito, los rumores eran ciertos, es brillante). Y una hipotética lista de tareas pendientes incluiría, además…
1) Un baboso panegírico de la segunda temporada de Muchachada Nuí (que se despedía ayer en un momento de forma extraordinario).
2) Un artículo malhumorado sobre cómo ya va siendo hora de matar a Greg House.
3) Mi ensayo 6 millones de veces pospuesto sobre Doctor Who (que el sábado por la tarde hora de Londres se despedirá como serie regular hasta 2010, poniendo fin a cuatro años gloriosos bajo la producción de Russell T. Davies).

Y porque este mes he suprimido la sección de necrológicas, que si no…
La buena noticia es que mañana empiezan mis vacaciones y entro en fase de dedicación exclusiva (qué pasa, cada uno se divierte como puede). ¿Propósitos para el año nuevo? Cultivar el minimalismo y pasar en audiencia a Jiménez Losantos. ¡Feliz verano!

domingo, 29 de junio de 2008

Bob Dylan: bueno en directo


Si Bob Dylan (constantemente en gira desde mediados de los 90 cual holandés errante con su Neverending Tour) pasa algún día por tu ciudad y te sobran cincuenta eurazos, más te vale rascarte el bolsillo y acercarte a verlo, al menos si todos sus conciertos son la mitad de extraordinarios que el que dio el martes 24 en Pamplona. Me avergüenzo públicamente de haber dudado de él prestando oídos a tantos que ponen a caldo sus directos pero la verdad es que ni nosotros ni nadie teníamos mucha idea de qué es lo que íbamos a encontrarnos cuando saliera a escena el tío más escurridizo de la historia de la música popular...

Qué poco se parece en esto Dylan a su casi coetáneo Neil Young. Veo (grabada, saltándome implacable los cortes publicitarios y las paridas de unos comentaristas indignos de una tele pública) la actuación de Young en ese engendro de Frankenstein llamado Rock in Rio (de todos los conciertos a los que no iré este verano es el que más me duele haberme perdido junto con el atraco a mano armada de Tom Waits en el Kursaal de San Sebastián). A Neil le he escuchado montones de veces en directo (siempre grabado) y con 62 años, medio calvo y fondón y esa pinta de camionero, el tío suena prácticamente igual que a los 30 (si acaso algo más afilado ahora, un matiz más radical), hasta el punto de que si te quedas tan sólo el audio sería casi imposible fechar el concierto salvo por los temas más recientes, alternando como ha hecho siempre las canciones acústicas de raíz folk con la distorsión guitarrera más salvaje. Neil Young es una roca, una constante del universo, un centro de gravedad permanente, un genuino héroe del rock orgulloso eternamente fiel a sí mismo al que cada nueva generación vuelve a descubrir con asombro (padre del grunge, lo llamaban, y ahí sigue todavía salvando festivales cuando del grunge no quedan ni los huesos).

Bob Dylan, en cambio, hace muchos años que se quitó de todo esto. El profeta de la contracultura, el mesias del blues de la Revolución, el artista que encarnaba la voz de los tiempos del cambio con sus canciones incendiarias llenas de metáforas cegadoras, siempre se resistió a cumplir con el papel de gurú, a ejercer de bandera de enganche, a meterse en guerras ideológicas o lanzar sermones de la montaña. Era un genio, sin duda, ambicioso y egocéntrico como otros muchos con una fracción de su talento, pero también un tipo muy privado y demasiado joven sometido a una presión insoportable. Dylan era el Brian Cohen de la película de los Monty Python, rodeado de una horda de seguidores infatigables empeñados en hacer de él su mesías y que no aceptaban un no por respuesta.

Así que Dylan tuvo que esforzarse al máximo en romperles los esquemas para matar al mito: traicionó a los folkies de la canción protesta pasándose a la guitarra eléctrica y a los rockeros pasándose al gospel en su periodo cristiano. Sus fans se quejan amargamente de la manera en que (al contrario que Young) destroza sus viejas canciones en directo (las descompone y rehace de cabo a rabo) y sus muy elogiados tres últimos discos van en una onda más bien plácida de blues y country. En I´m not there (película sobre su vida aún pendiente de estreno por aquí) el director Todd Haynes utiliza a seis actores para intentar aproximarse a una personalidad inabarcable, misteriosa y contradictoria (entre ellos Richard Gere, Heath Ledger, Christian Bale, un chavalín negro y Cate Blanchett). ¿Cuál de todos esos Dylan sería el que venía de gira?

Parte del público, evidentemente, esperaba una figura del museo de cera haciendo un playback de viejos discos de vinilo cubiertos de polvo. El que apareció fue un maestro con un dominio brutal de su arte, rodeado de varios de los mejores músicos que haya oido en la vida, bien dispuesto a complacer a la audiencia pero en sus propios términos. Con Dylan a los teclados, con su voz ronca pero feroz, venía un verdadero supergrupo de Rythm & Blues para interpretar una versión salvaje, desatada y festiva del sonido de sus últimos discos que nos tuvo a los de las primeras filas saltando y brincando buena parte del concierto (¡bailando con Bob Dylan!).
Desde este estilo principal (de eficacia irresistible para el directo) la banda hizo constantes incursiones a otros palos (como las fases del embrión que atraviesan toda la historia de la evolución, en este caso de la evolución de Dylan): folk, country, blues de Nueva Orleans y también rock (con armónica y todo, como en sus buenos tiempos). Pasó más de una hora antes de que llegara a reconocer una canción (pese a que por lo visto entre tanto había tocado clásicas como Masters of War) y me dio exactamente lo mismo porque era como si cada tema lo estuviera estrenando en primicia en aquel instante. Al día siguiente en los medios locales casi todo eran quejas entre nuestra élite intelectual sobre cómo no había saludado, que el gasto no valía la pena y que más bien había sido un coñazo y pasar calor, pero yo estaba allí y pude ver al público aplaudiendo enfervorizado y un saludo final de la banda entre aclamaciones en el que a Dylan se le vió casi a punto de soltar la lagrimilla.

Pero, aunque absurda, casi se agradece la polémica posterior: en un tío con un historial tan controvertido como el suyo, las protestas de los carrozas descontentos son como un eco lejano de todas aquellas batallas ganadas contra el peso asfixiante del mito. Ya dijo aquél que la historia se repite primero como tragedia y después como farsa, y está visto que entre las 5.000 personas que asistieron a nuestro concierto hay unos cuantos que nunca pieden ocasión de hacer el ganso.

domingo, 22 de junio de 2008

Andrés, el cantante


Andrés Calamaro, con su traje impecable y sus gafas de sol de medianoche, se mueve y suda bajo los focos con los gestos espasmódicos de un James Brown con artrosis o un Chiquito de la Calzada de ensortijada melena. En un momento dado está claro que le posee el espíritu de Mick Jagger, pero sospecho que el resto del tiempo este Calamaro tan teatral, en la cima de sus poderes, lejos de imitar a nadie en concreto (¿Elvis? ¿Jim Morrison? ¿Raphael? ¿Manolo Escobar?), interpreta para nosotros un arquetipo, la personificación en carne mortal del Cantante


El kamikaze lanzado en barrena por la pendiente de la autodestrucción artística y personal de mediados de los 90 parece haber recuperado plenamente el equilibrio (La lengua popular es un disco feliz -y bueno a pesar de ello) y para su primera gira en solitario en casi 10 años (tras el precalentamiento del pasado verano junto a Fito y los Fitipaldis), Calamaro se ha metido con celo inusitado en su papel de profesional de la canción; imbuído de aquella ética del trabajo sobre el escenario que proclamaba Neil Young en Ten Men Workin´, el argentino cumple con casi tres horas de actuación deslumbrante (prácticamente sin pausa entre tema y tema) regalando al respetable una exhibición brutal de maestría musical y de facultades vocales francamente pasmosas. Al día siguiente él mismo escribe en su blog que el concierto del 16 de junio en Pamplona probablemente sea “uno de los mejores de su vida”. ¡Vaya!

Lo mismo podríamos decir nosotros... Por aquí no estamos acostumbrados a semejante espectáculo de luces, a un muro de sonido tan tremendo ni a invitados de tanto lustre como Jaime Urrutia o el Niño Josele (con el que Calamaro se marca unos interludios tangueros como para poner la piel de gallina). Y lo fundamental, pocos repertorios de canciones en castellano habrá a la altura del de Calamaro (y tocan más de treinta: El salmón, Los chicos, Clonazepán y circo, El día de la mujer mundial, Los aviones, Estadio Azteca, Crímenes perfectos, Flaca...) y esta noche, con la ayuda a los coros de 4.000 espontáneos, han sonado mejor que nunca.

Crónicas y muchas fotos del concierto en Camisetas para todos.com (página no oficial de Calamaro).

La versión del artista:
http://www.calamaro.com/ac/ac.asp
Anoche tocamos en Pamplona, con frio y con gloria ..
Vino Jaime y vino Niño Josele y tocamos (cantamos) todo lo que podemos dar de nosotros ... Lo senti buenisimo y tenia caudales de pirotecnia vocal, ademas tocar rodeado de cracks es un lujo y mayor motivo para intentar cantar animalizado.
Ideal el final del principio ... (del tour por la peninsula y las islas, las españas) probablemente, uno de los mejores conciertos de mi vida !!