domingo, 29 de marzo de 2009

Tambores sin fronteras


¿Quién no ha tenido algún profesor como Walter Vale, el protagonista de The Visitor? Un digno caballero ya a un paso de la jubilación, uno de esos huesos que no ha cambiado en décadas el temario de su asignatura (de comercio internacional), que repite impertérrito el mismo rollo curso tras curso. Un zombi que sabe mantener la compostura, un cascarón vacío que se viene dejando arrastrar por la inercia y la rutina al menos desde la muerte de su esposa.

Y cuando parecía que a Walter no le quedaba ya otra que seguir vegetando hasta la muerte en su depresión crónica, la universidad le obliga a asistir a un congreso en Nueva York; quien iba a pensar que al llegar a su apartamento de la ciudad se iba a encontrar allí viviendo a una pareja de inmigrantes del tercer mundo (Tarek, libanés, y Zainab, senegalesa, ambos sin papeles pero muy buena gente), un acontecimiento que le cambiará la vida y un choque cultural que hará que la sangre le vuelva a correr por las venas, cambiando su fúnebre melancolía pianística por el explosivo ritmo del tambor que le enseña a tocar Tarek.

The Visitor es la segunda película como guionista y director del actor Tom McCarthy*, y parece menos americana que obra de algún discípulo europeo de Bertrand Tavernier por su manera de imbricar las historias personales con una problemática social más amplia. Además de un entrañable relato sobre un blanco estirado que recupera la alegría de vivir gracias al multiculturalismo, es una historia de cabreo e indignación sobre el daño que hace cerrar las fronteras, sobre el despiadado egoísmo del occidente rico con los que simplemente buscan empezar una vida mejor (en un país que se pintaba a sí mismo como la tierra de las oportunidades hasta que decidió cerrar el grifo), sobre el sórdido oscurantismo legal de un sistema de extranjería sin derechos ni garantías, no muy distinto del libanés (un estado policial dentro del estado para seres oficialmente inexistentes). McCarthy habla de EEUU (con sus centros de internamiento privados entre otras peculiaridades) pero me temo que el cuento es extensible y nos lo podemos aplicar perfectamente a nosotros y a nuestra propia manera de poner puertas al campo.

Walter es Richard Jenkins, entrañable actor secundario en multitud de películas (habitual del cine de los hermanos Coen, el padre difunto en la serie A dos metros bajo tierra…), y que a sus años se estrena aquí con su primer papel protagonista: discreto y callado, pero de una tremenda elocuencia en sus silencios (e incluso más cuando se harta de guardar silencio), estuvo nominado por este trabajo en la última edición de los oscar pero competía contra Brad Pitt, Mickey Rourke y Sean Penn (y es bien sabido que los premios de la Academia tienen mucho de concurso de popularidad). No menos brillantes están Haaz Sleim y Danai Gurira como la pareja extranjera, y Hiam Abbass (Los limoneros, Munich, Conversaciones con mi jardinero) como la formidable madre de Tarek (qué presencia la de esta mujer).

*Entre sus muchos papeles en cine y tv, los que hayan visto la quinta temporada de The Wire recordarán a Tom McCarthy como el periodista sin escrúpulos que cubre la historia del asesino de vagabundos.

domingo, 22 de marzo de 2009

La guerra en un flash


De entrada, la idea de una película documental de animación podría parecer una contradicción en los términos (como aquella de inteligencia militar que decía Groucho Marx), pero Vals con Bashir demuestra una vez más a los escépticos que no hay historia ni género que no se pueda contar con dibujos.

Con su estilo rotoscópico- naturalista de formas vectoriales, el largometraje reconstruye escenas y situaciones de las que en su mayor parte no existe testimonio gráfico, dando forma y color a los recuerdos de un puñado de prósperos cuarentones israelíes acerca de su participación en la guerra del Líbano de 1982 (las entrevistas y los personajes, por lo visto, son auténticos). Lo que en imagen real habría sido una carísima superprodución bélica no menos ficticia, se convierte a través de la animación en una especie de retrato robot creado a partir del cruce de declaraciones de los testigos sobre lo que verdaderamente ocurrió.
La memoria funciona de forma muy parecida a un dibujo, es subjetiva y caprichosa, retiene lo que le interesa y descarta lo que le sobra, y en este caso la técnica aporta además un efecto de distanciamiento que le viene muy bien al material. Vemos a unos jóvenes israelíes que no se acaban de creer que son soldados, envueltos en un conflicto que no acaban de explicarse, marchando por paisajes idílicos y nucleos urbanos desiertos donde nadie diría que se esté librando una guerra, que viven cada combate con el pasmo y la incredulidad del que acaba de caer en un videojuego, y así pasito a pasito los acompañamos hasta el desenlace, la masacre de los refugiados palestinos en los campamentos de Sabra y Chatila, perpetrada (según se nos cuenta y más o menos confirma la wikipedia) por falangistas cristianos libaneses aliados de Israel en venganza por el asesinato de su lider Bashir Gemayel, y que tiene lugar en las mismas narices de los soldados judíos sin que ellos muevan un dedo por evitarla, bien porque no se enteran, bien porque ellos sólo pasaban por allí.

La excusa que sirve de hilo conductor a las entrevistas, la extraña amnesia del director Ari Folman acerca de su experiencia en el Líbano (salvo unas inquietantes imágenes de un desembarco en una playa) es, de hecho, la exploración de un trauma reprimido que sus antiguos compañeros resultan padecer también, una conciencia de culpa cuidadosamente enterrada para poder reanudar una vida normal en el sentido más civilizado y occidental del término, protegiendo su imagen de sí mismos como seres humanos decentes. La película se estructura así en forma de psicoanálisis colectivo en torno a un episodio concreto (particularmente criminal, es cierto, pero al contrario que otros, investigado y más o menos asumido por la versión oficial, quedando como responsable último el ya prácticamente difunto Ariel Sharon) de tantos como han ocurrido en las inacabables guerras de aquellas malditas tierras. Gran banda sonora con contundentes temas de rock israelí ochentero (más alguno que otro original) que terminan de acotarla como experiencia generacional.

Finge ahora que no duele


El luchador se parece a muchas otras películas del mismo género, ese que traza un paralelismo entre la violencia en el ring y las hostias que te da la vida (siempre peores que las de cualquier contrincante) pero, aunque no invente nada, se eleva sobre la mayoría gracias a tres puntos fuertes:


1) Es sobria, sencilla y sin artificios, rasgos hasta ahora inéditos en el cine de Darren Aronofski, tan proclive a esotéricas idas de olla en plan alegórico como Pi o La fuente de la vida (por la que fue casi unánimemente crucificado). Refugiado por primera vez tras un guión ajeno, Aronofski sigue demostrando su virtuosismo como director en la que hasta el momento resulta su película más directa y transparente (o al menos contada en clave más comprensible).

2) Transcurre en el fascinante mundo del wrestling, esos combates de pantomima y coreografía donde ganadores y perdedores, héroes y villanos, tienen repartidos los papeles de antemano y se someten mansamente al guión que les pasan. Randy The Ram hace de bueno en la lona y siempre gana aunque su estrella esté de capa caída, pero cuando baja se marcha a dormir a un remolque para el que no le alcanza el alquiler, su salud ya no es la que era, trabaja de almacenista aguantando las burlas y humillaciones de su jefe (al que no puede retorcer el pescuezo por mucho que quiera) y, al menos en lo que respecta a su hija, le ha tocado también ejercer de villano. Y aunque todo lo que se ve es puro teatro, nos cuentan que al menos en los circuitos de provincias para viejas glorias acabadas o principiantes entusiastas, la sangre corre y se rompen los huesos y los cuerpos acaban machacados de verdad, y entonces lo que toca es fingir que todo está bien y uno no está realmente más muerto que vivo: el público ha pagado por su diversión y la función debe continuar.

3) Las fantásticas interpretaciones de Mickey Rourke, envejecido, enorme y abotargado (imposible imaginar a nadie más dando el tipo en el plano físico y dramático), un hombre deshecho a sí mismo, incapaz de vérselas con el mundo real, aún perdido en sus fantasías de un regreso a la cumbre, y de Marisa Tomei como Cassidy, la bailarina de strip tease de la que se enamora, con mucha más cabeza y con los pies en la tierra, pero ambos trozos de carne vendiendo emociones patéticas a una clientela embrutecida. Randy y Cassidy comentan en una escena la sanguinaria Pasión de Cristo de Mel Gibson “ese si que era un tipo duro”, dice él. El suyo en cambio es un vía crucis profano que ni siquiera es realmente por dinero; esas cuatro esquinas donde casi todo es mentira son su propia reserva de vida salvaje, donde Randy recupera su identidad y se convierte en el gran hombre que no es en ninguna otra parte, otro superhéroe imaginario tratando de estar a la altura de su propio muñeco articulado.

domingo, 15 de marzo de 2009

Locos por las mallas


Decían que no podía hacerse pero todo es ponerse: finalmente Watchmen, legendaria obra maestra del cómic, una de las piezas de ficción más aclamadas e influyentes de finales del siglo XX, ha subido de categoría y se ha convertido en película. Porque sólo ungidas por la varita de Hollywood pueden las obras nacidas en un formato menos afortunado y masivo (cómic, novela, teatro, serie de tv, videojuego, o película hablada en sueco) sentirse por fin reconocidas a los ojos del gran público y premiadas de la manera más sincera y tangible: esto es, sirviendo como punto de partida para un largometraje presupuestado en millones de dólares.

Y ahora, dejando a un lado el sarcasmo, ¿qué podemos decir de Watchmen, la película de Zack Snyder? Violenta, delirantemente extraña, densa como ella sola, con un tono entre Taxi Driver y Los increíbles y en todo momento entretenida, las reacciones ante ella están siendo de lo más diversas, desde el entusiasmo desaforado a un tibio “fallida pero con partes salvables”. Contra lo que pudiera pensarse ambos extremos no parecen tener mucho que ver con la familiaridad con el cómic: hay profanos que la encuentran un tostonazo interminable (162 minutos), deprimente y embarullado, y otros que la ven como una pieza fascinante, imaginativa, arriesgada y sin concesiones a la comercialidad.
Los fans del original, por nuestra parte, nos repartimos entre los que se congratulan de la extrema fidelidad con la que han saltado las imágenes del papel a la pantalla (la especialidad de Snyder tras su trabajo con 300 de Frank Miller), y arguyen incluso que el nuevo final es mejor, y los que nos quedamos un poco fríos ante esta versión voluntariosa pero escasa con regusto a trailer, en su mayor parte tan esclava del original que lo único que aporta es su interesante diseño de producción y la extraordinaria creación del antiguo actor infantil Jackie Earle Haley como el desquiciado enmascarado Rorschach.

Tiene su mérito, no cabe duda, haber logrado desmontar el mecanismo creado para un medio, volverlo a montar en otro y que salga algo tan parecido (aunque sobren piezas), sobre todo porque la maquinaria interna de Watchmen volvería loco a cualquier relojero con su multiplicidad de engranajes girando simultáneamente. Se trata, para empezar, de una historia de época ambientada en el 1985 de un universo alternativo donde la guerra fría entre americanos y rusos ha llegado al borde de la catástrofe nuclear, donde el presidente Nixon acaba de ser reelegido para un tercer mandato y donde existen los superhéroes, aunque todos, salvo uno, sean humanos corrientes disfrazados y la mayoría se retiraran cuando el gobierno prohibió sus actividades. La excepción (y menuda excepción) es el Doctor Manhattan, científico nuclear desintegrado en un accidente con un dispositivo experimental y recompuesto poco después como un ser de facultades semidivinas sobre el tiempo y la materia, el arma de disuasión (y agresión) más poderosa de los EEUU (“Dios existe y es americano”). Súmese al anterior escenario el misterio del asesino de enmascarados (supuesta trama principal), el relato de los orígenes de Rorscharch (el detective psicópata de cine negro), las historias personales de Búho Nocturno 2 (apocado empollón millonario tipo Batman) y Espectro de Seda 2 (hija de la superheroína y pin-up del mismo nombre), las trayectorias de El Comediante (mercenario a sueldo del gobierno) y Ozymandias, el hombre más listo del mundo, además de un puñado de referencias a tantos justicieros históricos que empezaron a vestirse con mallas allá por los años 40 y cuyas carreras, casi invariablemente, encontraron finales indignos y abruptos.

Con semejante sobredosis de información nada tiene de extraño que algunos espectadores encuentren la película extremadamente confusa; suerte que el público actual cada día se asusta menos de las tramas no lineales porque tanto flashback y salto de un personaje a otro exigen un esfuerzo de atención al que no todos estarán dispuestos. Snyder y sus guionistas han logrado incorporar en mayor o menor medida la práctica totalidad de las líneas argumentales del cómic y la estructura se mantiene en pie pero al precio de resultar mucho más descabellada, artificiosa y arbitraria: en el esfuerzo por no dejarse nada importante, se ha perdido la relación profunda entre los elementos que daba al conjunto su sentido dramático.
¿Qué pasaría si existieran los superhéroes en el mundo real, se preguntaban en 1985 Alan Moore y Dave Gibbons. Me temo que, de las dos mitades de la ecuación, a Snyder le atrae mucho más la parte de los superhéroes que la de la realidad. El director se lo pasa en grande con la deconstrucción del arquetipo del superhéroe como ser acomplejado con problemas de identidad (aquí, en su mayor parte, una pandilla de sádicos, pervertidos, fascistillas, megalómanos o exhibicionistas en busca de publicidad), se entretiene en detalles cool y se regodea en violencia gore (con toda la ironía que se quiera sobre el sadismo de los enmascarados) y se olvida de la verdad fundamental de sus personajes: Que no son más que humanos corrientes que se han disfrazado para no ser como el resto, para escapar a su destino de simples víctimas potenciales sometidas a la misma angustia que los demás, piezas insignificantes en el tablero de juego de los dioses. Se autoerigen en justicieros, se elevan por encima de las leyes de la sociedad y dan rienda suelta a sus propias neuras y nociones sobre la justicia y el bien; a la hora de la verdad, sin embargo, su poder para cambiar la realidad no es mayor que el de cualquier ciudadano de paisano.
El único auténtico superhéroe de Watchmen, el Doctor Manhattan (que no lo es por propia elección) tampoco deja de ser un instrumento en las manos de otros, la pieza más poderosa del tablero pero pieza al fin y al cabo. Se necesitaría mucho más que un superhéroe para salvar al mundo, para cambiar la naturaleza humana y las maneras en que los humanos ejercen la violencia unos contra otros (además de que los auténticos hombres con poderes no salen por la noche a repartir mamporros vestidos de estrellas de circo).

No, al contrario que en el cómic, apenas hay rastro de gente corriente en el Watchmen de Zack Snyder (todo son superhéroes, criminales o políticos), nada de testigos angustiados e impotentes que intenten seguir con sus vidas con la espada de Damocles del Apocalipsis nuclear pendiendo sobre sus cabezas, anclando a la realidad (y al zeitgeist del verdadero 1985) toda esta fantasía de pirados en látex. Y bastante difícil es ya hacer partícipe al espectador contemporáneo de la paranoia de la mutua destrucción asegurada de los años 80 (tan magistralmente capturada en el original) como para que cada escena relacionada con el inminente holocausto atómico venga protagonizada por un mamarracho disfrazado de Nixon viejo con un inconfundible aire a Celebrity de Muchachada Nui (Nixon, que en el original aparece en una sola página y visto de lejos, es a estas alturas todo un cliché de presidente malvado bastante mejor explotado en Futurama). No menos horrendo, por cierto, es el maquillaje de Carla Gugino como la anciana Espectro de Seda 1, francamente lamentable teniendo tan reciente el ejemplo de El curioso caso de Benjamin Button.

Con estos y otros errores de bulto la trama principal avanza en el vacío, sin verdadera sensación de peligro o fatalidad, y cuando llega el gran desenlace y se plantea el dilema moral fundamental de la película, mucho me temo que el espectador tan sólo sea capaz de apreciarlo a nivel intelectual (y yo también soy de los que creen que el nuevo final no tiene mucho sentido visto desde la psicología de masas). Pero aunque el conjunto sea muy inferior a la suma de las partes, es cierto que hay partes realmente logradas: los fantásticos créditos iniciales con The Times They Are Changing de Dylan (quien aparece mucho en la banda sonora), el grandioso episodio de Roscharch en prisión (y en general cualquier escena de Roscharch, ese monstruo de moralidad maniquea en negros y blancos al que Haley dota de una humanidad doliente estremecedora); algunos de los momentos más sinceros entre los héroes más normales, Búho nocturno (Patrick Wilson) y Espectro de Seda (Malin Akerman); la segunda escena de Manhattan y el Comediante en Vietnam; el cambio de opinión en la superficie de Marte de un Manhattan casi completamente ajeno al hombre que fue, pasando de considerar la vida un elemento muy sobrevalorado en el gran esquema de las cosas (“en qué mejoraría el planeta rojo con un oleoducto o un centro comercial”) a ensalzarla al considerar la improbabilidad de la existencia de cada ser humano concreto, tan ínfima como la de convertir el aire en oro, cada persona un verdadero milagro termodinámico. Eso es puro Alan Moore palabra por palabra y en espíritu, y tras los desastres de Desde el infierno o La liga de los hombres extraordinarios, causa un extraño vacío en el estómago que, precisamente en la adaptación de la obra que le hizo famoso, el nombre de la persona que imaginó el 97% de lo que sigue no figure en ninguna parte.

Harto de verse asociado con películas terribles que descuartizan sus guiones y de productores tramposos que mienten más que hablan (la gota que colmó el vaso fue aquella falsa insinuación de Joel Silver de que contaban con sus bendiciones para V de Vendetta), y ya que no puede impedir que las rueden (los derechos para el cine de sus primeras obras no le pertenecen), Moore ha exigido que lo borren de los créditos de cualquier futura adaptación; para demostrar que va en serio ha cedido su parte de los beneficios a su colegas dibujantes. Snyder ha dicho que espera que algún día el picajoso barbudo de Northampton acceda a ver su película y compruebe que, por una vez, los del cine no han fastidiado del todo su trabajo. Qué encantadora ingenuidad la de este hombre.

lunes, 9 de marzo de 2009

A contracorriente


Salvo por un par de detalles la vida de Benjamin Button no es tan distinta de la de muchos de sus contemporáneos. Nacido y abandonado en Nueva Orleans en 1918, criado por una madre adoptiva, algunos viajes intrépidos en su juventud, cierta acción en la Segunda Guerra Mundial y poco más. Es decir, que no es ningún Forrest Gump y su pequeña excentricidad de nacer viejo y morir joven no es al fin y al cabo tan grave como para no poder identificarse con él (y tampoco es esta la primera historia en observar lo mucho que se parecen la tercera edad y la primera).

Cierto es que su edad aparente, tan distinta de la mental, complica un poco el trato con la gente, condicionando sus reacciones y expectativas, pero a la larga lo más difícil es la falta de sincronía. Para Benjamin los buenos momentos son efímeros, todas las relaciones humanas son barcos que se cruzan en la noche con trayectorias divergentes en el espacio y en el tiempo. Lo de atesorar el instante, disfrutar del aquí y ahora, no será muy revolucionario como mensaje pero el relato que lo contiene es fascinante y conmovedor, trágico y extraordinario como cualquier otra vida humana bien contada. Una historia que sin embargo habría sido imposible de filmar de esta manera sin los últimos milagros en efectos visuales, lo más espectaculares y mejor aplicados que se hayan visto en mucho tiempo. El truco está tan logrado, la suspensión de la incredulidad es tan perfecta, que no hay peligro de que quede obsoleto con el progreso de la técnica: lo que se ve es simplemente lo que hay.
Para mi gusto a la película le habría ido mejor sin algunos momentos poéticos de realismo mágico al estilo Tim Burton (o incluso Amelie), que chirrían un poco en la paleta general sombría y melancólica (con sus momentos de humor fundados en la incongruencia de la situación) que utiliza David Fincher, ampliando una vez más su registro como director después del estirón que ya dio con Zodiac. Brad Pitt da la talla y está en todo momento vulnerable y creíble en el papel protagonista, un personaje más bien introspectivo y distante para quien, después de todo, su estilo de vida es algo natural porque es el único que conoce. El verdadero drama de su condición lo acabarán sufriendo las personas que le quieren, en particular Cate Blanchett interpretando a la mujer de su vida en un trabajo deslumbrante y dificilísimo. Para Benjamin el sentido de la existencia corre en dirección contraria y a él le ha tocado viajar solo pero al final, por supuesto, el punto de destino es el mismo para todos; el tiempo se lo lleva todo, lo mismo que el huracán Katrina arrastró consigo a la vieja Nueva Orleans. El curioso caso de Benjamin Button es una fantasía que toca zona sensible que ningún espectador con un mínimo de imaginación olvidará facilmente.

sábado, 28 de febrero de 2009

Duda razonable


No sé quien decía que en último extremo acabas conociendo mejor a ciertos personajes de ficción que a tu propio padre. Que la realidad es siempre fragmentaria y elusiva y carece de narrador, mientras que la ficción tiene propósito y significado y al final, más o menos, encajan las piezas del cuadro completo. Y aún así, después de ver La duda, salimos todavía con menos certezas de las que entramos: ¿Ha ocurrido realmente algo entre el padre Flynn (Philip Seymour Hoffman) y el monaguillo? A falta de indicios, ¿de donde nace la convicción moral de la hermana Aloysious (Meryl Streep) acerca de su culpabilidad? Peor todavía: caso de haber sucedido algo, ¿no será peor en este caso su remedio que la enfermedad?

La acción transcurre en 1964 en el colegio católico de St. Nicholas, en el Bronx (Nueva York), y la religión, por supuesto, juega un papel esencial en toda esta historia. Esa especie de super relato mítico que contiene todas las soluciones cómodamente reunidas en un solo tomo (por algo hablan de las religiones del Libro), iluminando a los creyentes con la verdad revelada, en la práctica está bien lejos de dejarlo todo resuelto. No sólo está el problema de encontrar respuestas que sostengan la fe en un mundo tan lleno de maldad, confusión y amargura (el primer sermón del padre Flynn se refiere directamente al desaliento general tras el asesinato de Kennedy el año anterior). Incluso dentro de la ortodoxia católica hay espacio para versiones irreconciliables, visiones incompatibles sobre Dios, la religión y la existencia, y así somos testigos del choque de trenes entre el tradicionalismo tridentino de la directora del colegio (severa, espartana, apegada al ritual, inculcando por su propio bien el temor de Dios a alumnos y monjas) y la por entonces recién estrenada línea Vaticano II del padre Flynn, un catolicismo más cálido y compasivo, que borra las distancias entre sacerdote y seglar, conviviendo con mayor naturalidad y humildad con el mundo.

A ojos de la hermana Aloysius (verdadera monja-soldado variante sargento de hierro excepto por los tacos), el afable padre Flynn es demasiado humano para el alzacuellos, frívolo y mundano, impropio del oficio que desempeña. Para el cura, ella es una fanática intolerante y una reliquia de otra era por fortuna ya superada. El director y dramaturgo John Patrick Shanley (adaptando su propia obra de teatro) juega con las simpatías y antipatías iniciales del espectador para descolocarlas introduciendo la acusación de pederastia, negándose a dictar sentencia o a dar respuestas definitivas tipo quien es el bueno y quien el malo. Puede que el padre Flynn tenga vicios peores que echarse tres terrones en el café o que sea víctima de una injusta caza de brujas por motivos más que dudosos. Puede que la hermana Aloysius no sea el ogro que aparenta sino que simplemente cumpla su cometido lo mejor que sabe y conoce, asumiendo el papel de poli malo de sus profesoras en un colegio por lo demás bastante feliz, con su alumnado mixto y su función de navidad con sus risas y canciones. Y puede que su increíble seguridad en sí misma y en su propio instinto no sea más que pura fachada (la vemos en su momento de mayor desconcierto charlando con la madre del niño supuesta víctima del abuso, incrédula y horrorizada ante el punto de vista de esa mujer trabajadora negra y pobre, tan incompatible con su paradigma interiorizado sobre el bien y el mal, “Es el único que ha sido amable con él”). Los niños necesitan una figura de autoridad que los meta en vereda pero esos pequeños demonios huelen el miedo y la hermana Aloysius tiene, seguramente, muchísimo miedo (ella sabrá por qué).

Como puede suponerse, con tantas ambigüedades La duda no es precisamente, una película policiaca. Provocadora, original, bastante teatral (con muchas escenas de diálogo para dos actores), espléndidamente interpretada (casi todo el reparto salvo Hoffman era este año candidato a un Oscar), aquí hay densidad y sustancia para discutir largo y tendido.

lunes, 23 de febrero de 2009

Pe Winner


Podéis decir lo que queráis de la película pero Penélope se merecía toda la ronda de premios que le han caído por Vicky Cristina Barcelona (y más vale que se ha llevado también el oscar porque si no, para algunos, habría sido igual que si no hubiese ganado nada). Por fortuna, todo acabó bien y Javier y ella ya tienen la parejita (que, lo mires como lo mires, es una cosa bastante extraordinaria).

lunes, 16 de febrero de 2009

Ceremonia lacónica: Oscars 2009 parte 1


Peter Gabriel no cantará este domingo en la ceremonia de entrega de los Oscar tras enterarse de que sólo disponía de sesenta y cinco segundos para defender su canción Down to Earth (que quizá hayáis oído sobre los fabulosos títulos finales de WALL-E, y con la que acaba de ganar un Grammy).
Los productores de la gala, que cada año que pasa reúne menos audiencia y nunca baja de las tres horas y media, han decidido cortar por lo sano y reducir la presentación de las tres canciones originales (la de Gabriel y las dos de Slumdog Millionaire: Jai Ho -de A.R. Rahman y Gulzar y O Saya -de A.R. Rahman y Maya Arulpragasam) a un popurrí que no supere los cuatro minutos.
"No creo que sea tiempo suficiente para hacer justicia a la canción, así que he decidido no actuar" ha dicho Gabriel. "Respeto el derecho de los productores a remodelar su show y estoy deseando verlo. Pero aunque los autores de canciones son unos participantes muy secundarios en el proceso cinematográfico, están igual de comprometidos y trabajan tanto como el resto del equipo y lamento que esta nueva versión de la ceremonia se haya creado, en parte, a expensas suyas. Aún así, estaré encantado de asistir".
Peter ha sido exquisitamente diplomático porque una medida tan absurda apesta a una mezcla de desesperación y despiste total. Los ensayos de la gala (que presentará Hugh Jackman) deben de estar saliendo catastróficos...

Independientemente de que se lleve o no algo el domingo, la canción de WALL-E es el primer tema fresco que publica en mucho tiempo este artista mítico y disperso que mantiene a sus fans permanentemente desconsolados y famélicos, que tardó diez años en terminar su último disco de estudio y cuando lo empezó daba el tipo de galán maduro pero al concluirlo era la reencarnación del mago Merlín. Justo ayer descubría otra jugosa migaja de su parte, esta versión que acaba de grabar del tema de los neoyorkinos Vampire Weekend Cape Cod Kwassa Kwassa. El chiste (o la excusa para apropiársela) está en que en la canción se invoca el nombre de Peter Gabriel (aunque la original suene más bien a Paul Simon en Graceland). Y Peter se automenciona como ordena la letra aunque después mete una pequeña morcilla: "It feels so unnatural to sing your own name".


sábado, 14 de febrero de 2009

Los Simpson cambian de cabecera

Coincidiendo con su paso a la alta definición, este domingo en EEUU Los Simpson estrenan nuevos títulos de crédito (la primera vez que los cambian desde 1989).
No están mal, supongo... Tampoco especialmente bien (muy parecidos pero con demasiados personajes nuevos a los que odio chupando plano). También entiendo que, si el cambio de formato obligaba a rehacerlos, no tenía sentido dejar pasar la ocasión de ajustarlos a lo que es la serie hoy día. El chiste del sillón es patético pero eso va por rachas.

lunes, 9 de febrero de 2009

Qué sabrá usted si sólo es la madre


El viejo Clint todavía guarda cartuchos en su recámara y a estas alturas ya no se molesta en filmar trabajos menores. El intercambio, su última película como director (y no actor) es un sensacional cuento gótico de horror ambientado en la soleada Los Ángeles de los felices años 20. Christine Collins (Angelina Jolie), madre abandonada con un niño de nueve años que se gana la vida como supervisora de una centralita de teléfonos, vuelve tarde una noche y no encuentra a su hijo en casa.

Pasan meses de angustia y desesperación, el niño no aparece, no hay pistas, y la madre, que no puede imaginarse un tormento peor, cae de pronto en una pesadilla kafkiana cuando el corrupto departamento de policía de la ciudad, presionado por la opinión pública para encontrar al chaval desaparecido, le entrega a un crío que ellos le aseguran que es su hijo. “Está usted alterada, confusa, son muchas emociones, por supuesto que es él, los niños cambian tan deprisa…”.
Eastwood hace trabajo admirable recreando de manera transparente, sin menor énfasis exhibicionista, la California en la que él mismo iba a nacer un par de años más tarde, pero lo que queda de El intercambio no son los decorados, los coches o el vestuario, sino la forma en la que capta los aspectos más insidiosos de la mentalidad de una época aún no tan lejana, cuando las mujeres eran consideradas por principio imbéciles o menores de edad necesitadas de marido o tutor, cuando su integridad y su vida no valían nada sin un hombre en el que apoyarse, y menos en una ciudad donde la policía era el principal sindicato del crimen. En un estado de indefensión absoluta, resulta demasiado fácil quitarse de encima a una loca que no para de armar jaleo con lo de su hijo.
Como en todo cuento de terror, los personajes son arquetípicos (los villanos despiadados, la heroína inquebrantable, el viejo bondadoso que acude en su auxilio, y una extensa galería de extras de aspecto siniestro y cadavérico, por no hablar del segundo niño) pero todos (salvo quizá el cura juramentado contra la corrupción institucional de John Malkovich, que a primera vista no termina de dar el tipo) realizan su función de manera extremadamente eficaz y convincente. La legendaria economía narrativa de Eastwood te cuenta exactamente lo que necesitas saber sobre cada uno para seguir el relato, y hay mucho que contar.
La trama, basada por lo visto en hechos reales, es sorprendente, inquietante y mucho más retorcida de lo imaginable, provoca espanto e indignación, incluye una de las escenas de ejecución más horrorosas que recuerde, da pie a una gran interpretación de Angelina Jolie (la mejor que le haya visto, completamente inbuida del espíritu de los años 20), Clint la dirige como dios y, si no se empeñara últimamente en componer él solo la música de sus películas (el síndrome de Amenábar) podríamos estar hablando de una obra maestra.

Wyoming, Media Hero


Adelantándome al autojuicio que se hace mañana Wyoming en El intermedio, aquí van tres argumentos a favor de la defensa en el famoso caso del video de la becaria:

1 El marketing viral es la publicidad de los pobres: Los que no tienen pasta para traerse a Will Smith a hacer el chorra en su programa se buscan la vida como pueden. Objetivo conseguido: record de audiencia y proclamación de su existencia a todo tipo de público que jamás se había acercado a El intermedio (aunque luego, para fidelizarlos, lo que cuente sea el trabajo del día a día).
2 La venganza: Wyoming es un tío duro que lleva años sonriendo y poniendo la otra mejilla cada vez que le atizan (es más, tiene su propia sección en el programa, “Todo sobre mi madre”, donde repasan los últimos insultos que le han dedicado: pesebrero, sectario, progre de mierda, feto sin gracia, etc; no se rompen mucho la cabeza). Nunca se había dignado a contestar pero, hace cosa de un mes, El intermedio cometió el error de emitir unas imágenes donde el director de Intereconomía (esa extraña cadena de televisión que envía matones a sueldo para evitar que entrevisten a Carlos Fabra) imitaba con toda la gracia de un sargento borracho de la legión a la vicepresidenta De la Vega (que en su versión era una lesbiana contagiosa loca por arrastrar a todos los niños de España a la depravación moral y sexual). La cadena digital contraatacó con insultos y ataques personales, El intermedio se los tomó a cachondeo, y la cosa fue escalando hasta que el tal Xavier Horcajo pasó a meterse con los colaboradores de Wyoming: Esa Beatriz Montañez no era quien para darle a él lecciones de ética periodística porque no era más que una puta (sin pronunciar la palabra, por supuesto, porque él, al contrario que otros, es un caballero). Intuyo que esa fue la gota que selló el destino del pobre imbécil.
3 La función social: los medios tradicionales se irritan mucho con las bromas de La Sexta (lo último, lo del Follonero y la señora del boleto de lotería) aunque no les parecía tan mal cuando la única víctima era Aquí hay Tomate, por entonces todo el mundo asumía que el programa de Telecinco recibía lo que merecía por zafio y canalla. Pero la tomatización es un cáncer que se está infiltrando por toda la profesión (la presión del mercado y la competencia, las prisas, la necesidad de grandes titulares sensacionales con los que rellenar la próxima entrega, y ahora, la crisis). Las secciones de sociedad y espectáculos de El País (un diario en general bastante escrupuloso) hace mucho que reproducen alegremente cualquier rumor de Internet y publican como noticia cierta (sin citar fuentes) la primera chorrada que se inventen los tabloides ingleses. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que esa actitud relajada se filtre a las consideradas secciones serias?
Pero mucho peor que la frivolidad o la desidia es la mala fe: El tal Horcajo dice que ni siquiera se puso en contacto con El intermedio porque “¿qué iban a decir?” (pues, por ejemplo, su versión de los hechos). Afirma que el contenido le resultó creíble dada la catadura moral del individuo. Falso: si aceptó entusiasmado el vídeo de Troya fue porque era una bomba increíble, un testimonio que destruía la imagen pública de Wyoming, su reputación de simpático hombre de izquierdas, un arma demasiado buena como para no utilizarla.
La información contrastada es lo único que diferencia al periodismo de verdad de un puto blog o de cualquier rumor que se extienda por los foros de Internet. Sin periodistas profesionales nos volvemos ciegos y sordos y la democracia se queda indefensa contra los abusos y la manipulación del poder. Bromas como esta hacen la función del hacker que entra en las computadoras del Pentágono para probar sus defensas (certificando su cochambroso estado). La asociación de la prensa de Madrid, en lugar de salir a ponerle verde, debería haber dado una medalla a Wyoming por desenmascarar a ese impostor facineroso. Como no ha sido el caso, habrá que suponer que sus responsables han conseguido el carnet de periodista en el mismo sitio que él. Pues estamos apañados.

Goyas con cabeza



Casi pleno a mi quiniela de los Goya (menos El truco del manco, pero porque no la he visto). Por una noche hubo justicia en el mundo, y además valió la pena ver la ceremonia en directo por los sketches de los chicos de Muchachada Nui (cómo se escogen realmente los Goya, la tertulia de actores premiados, el experto en adaptar best sellers, la aparición del hombre elástico y mi favorito, el productor ideal del cine español), abriendo boca para la inminente tercera temporada del programa. Carmen Machi no presentó nada mal, y los que dicen que hizo de Aida sin duda a esas horas estaban ya como una cuba.

domingo, 1 de febrero de 2009

Porca miseria



Viendo Gomorra me preguntaba qué habrán pensado los italianos de esta película, por lo visto una de las más taquilleras de 2008 en aquel país. ¿Se habrán quedado conmocionados o les habrá parecido una siniestra fábula de ciencia ficción, la heroica denuncia de un tumor social o una publicidad de muy mal gusto sobre una región que tiene sus problemillas como cualquier otra, poco menos que un insulto para todos aquellos napolitanos que viven y trabajan honradamente sin acordarse demasiado de la existencia de la Camorra?

Como es sabido, Roberto Saviano, el periodista autor de la novela en la que se basa, ha tenido que huir de Italia amenazado de muerte; por otra parte, se ha publicado que los propios mafiosos estaban haciendo negocio con la película vendiendo copias piratas de nula calidad. Parece muy italiana esa mezcla de tragedia y de farsa, ese sincretismo para funcionar a la vez en dos realidades paralelas sin hallar contradicción, sin que la sordidez situacional les arruine el negocio y la fantasía.
Pero Gomorra, de Matteo Garrone, es un docudrama de fealdad y miseria sin pizca de fantasía, que presenta a Nápoles como una ciudad del Tercer Mundo en medio de Europa, sin nada que envidiar a las peores fabelas de Brasil. Cuenta varias historias entremezcladas que dibujan un panorama apocalíptico de violencia, corrupción, abandono y falta de expectativas en el que gente perfectamente corriente simplemente vive adaptada a lo que le ofrece su entorno.
Dos adolescentes capullos que desprecian a los adultos y piensan se van a comer el mundo, en su caso al estilo de Tony Montana en El precio del poder; una guerra de bandas que pilla por medio a un gris chupatintas de la mafia encargado de repartir la pensión mensual a las familias de los muertos o encarcelados; el hijo de la tendera del barrio que quiere hacer carrera en la organización: el sastre de una empresa de alta costura explotado por su jefe (en una industria intervenida por la Camorra) que recibe una oferta de unos chinos para que les enseñe en secreto a imitar sus modelos; un honorabilísimo empresario que se dedica a gestionar los vertederos de la ciudad, enterrando residuos tóxicos que envenenan y matan de cáncer a los habitantes de los alrededores.
Pese a ciertas irregularidades de ritmo entre historia e historia, y a la falsa apariencia de simultaneidad entre relatos que necesariamente deben transcurrir en épocas distintas, Gomorra es una película fascinante, un viaje estremecedor a un submundo donde crimen, la corrupción, el clientelismo y la miseria moral son la norma y han destruido cualquier atisbo de sociedad entre humanos. Tan solo un par de destellos de dignidad personal la salvan de resultar completamente desoladora.

domingo, 25 de enero de 2009

Los cenizos de guardia


No sé cuantas veces llevamos celebrando el comienzo del siglo XXI. Primero fue la caída del muro de Berlín, que no estuvo mal, quizá un poco prematura para ser apenas 1989. Luego vino aquello tan chusco de si tocaba en el 2000 o el 2001, y poco después lo de las torres gemelas. Aquel día también me tocó seguirlo desde el trabajo por la radio, y comparando experiencias tengo que decir que este siglo XXI que empieza con Obama tiene mucha mejor pinta que ninguno de los anteriores, y que por mí esta vez puede ser perfectamente la definitiva.

Una pequeña observación, sin embargo, sobre tanto agorero de guardia presente en todas las tertulias, tan preocupado por hacernos bajar de la nube, por convencernos de que el nuevo presidente americano no es más que un hombre y no Buda reencarnado, que lo único que ha demostrado hasta el momento es que es negro (o mulato), que la mayoría le ha votado confundiéndolo con Will Smith y que, aún en el remoto caso de que fuera la persona adecuada para circunstancias tan graves, nada va a cambiar en el fondo ni podría en ningún caso hacerlo porque la realidad es tozuda, las ilusiones inútiles, y los intereses y estrategias de las superpotencias una verdad inmutable.
Y se me ocurre que todos estos cínicos que se ríen de esas masas de ingenuos esperanzados y desdeñan tanto la importancia del factor humano y las convicciones perfectamente articuladas y sensatas del nuevo mandatario (palabras y nada más que palabras, aunque no se parezcan a las de ningún otro), deben de haber estado viviendo cómodamente en una cueva los últimos ocho años para no haber notado la fuerza del cambio a peor, la manera en que un puñado excepcional de desaprensivos e idiotas al frente de ese mismo país se las han arreglado para transformar el mundo a la altura de las más negras pesadillas de George Orwell o Alan Moore, llegando a hacernos dudar de si no habríamos caído en un universo paralelo al estilo del Pottersville de Qué bello es vivir, con retroceso incluido a los peores tiempos de la Gran Depresión. ¿Será una cosa de la entropía del universo que el único cambio posible sea siempre para mal?
Que la cosa está jodida ya lo sabemos, pero aún así existe toda una escala de grados y una cuesta arriba y una cuesta abajo: porque íbamos caminando sonámbulos en pijama entre los coches hasta que nos ha atropellado el camión de la basura, y ahora, conscientes pero en la UVI, sólo nos queda rezar para que el médico sepa lo que está haciendo. Quizá lo nuestro tenga arreglo o quizá no, pero al menos, como le pasa a cualquier paciente de House que alcanza a sobrevivir a los títulos de crédito, el pronóstico ahora mismo es bastante mejor que cuando nos encontraron tirados en la calle. ¿Suena eso lo bastante lúcido?

martes, 20 de enero de 2009

Muerte antes que deshonor


Primeras lamentaciones del año para los amantes de la fantasía y la ciencia ficción: El mismo día, el 14 de enero, se anunciaba el fallecimiento de Ricardo Montalbán (88 años) y Patrick McGoohan (80), dos intérpretes hacía tiempo retirados pero ni mucho menos olvidados...
Montalbán, pionero entre los actores hispanos en Hollywood, tuvo una carrera larga, fructífera y diversa, ejerciendo de latin lover, de exótico malvado y de secundario carismático en populares series de televisión, pero a la hora de la verdad para muchos será siempre Khan Noonien Singh, el único villano que importa de la saga Star Trek, el superhombre genético y dictador de media Tierra, exiliado al espacio en animación suspendida como un nuevo Napoleón hasta el día en que fue despertado por los hombres de la Enterprise. Por su parte McGoohan, un actor magnético de personalidad apabullante, que rechazó el papel de James Bond por motivos morales y el de Gandalf el gris por motivos de salud, tenía más que asumido (y con orgullo) que pasaría a la Historia como Número 6, el espía sin nombre de El prisionero, serie que él mismo había creado, diecisiete episodios de un falso thriller empapado de surrealismo, paranoia y férrea voluntad de resistencia que se merece su propio post (lo prometo).

Unos pocos días después nos recorre un escalofrío al enterarnos de que Columbia Pictures ha adquirido en pública subasta los derechos cinematográficos de la trilogía de la Fundación de Isaac Asimov, y que a partir de 2010 la devolverá convertida en una serie de películas dirigidas por Ronald Emmerich (Stargate, Independence Day, Godzilla, El día de Mañana…).
El gran protagonista de Fundación, en una crónica que abarca más de tres siglos, no es un piloto ni un guerrero espacial sino un anciano profesor universitario que muere poco después del primer capítulo: Hari Seldon, un matemático que, en un inimaginable futuro dentro de 20.000 años, predice mediante la ciencia de la psicohistoria, y contra todas las intuiciones de sus contemporáneos, la inevitable decadencia y caída del Primer Imperio Galáctico (sinónimo durante milenios de paz y civilización para billones de seres humanos en incontables mundos) y, tras ella, una terrible edad oscura de 30.000 años. Detener la caída es imposible pero aun es factible acortar a tan solo 1.000 años esa era de barbarie, explica Seldon a los escépticos funcionarios del Imperio. Les propone establecer dos fundaciones en extremos opuestos de la galaxia, dos colonias que servirán de depósito a todo el conocimiento humano. La gente de la Primera Fundación se dedicará durante generaciones a elaborar una monumental Enciclopedia Galáctica, o al menos esa es la falsa idea con la que parten hacia el planeta Terminus. En cuanto a la Segunda Fundación, su ubicación, así como su verdadero propósito (continuar la obra de Seldon), debe ser mantenido a toda costa en secreto porque el conocimiento de las predicciones psicohistóricas afecta a su cumplimiento. Lo que sigue es una deslumbrante partida de billar cósmico, donde los paralelismos con el final del bajo Imperio Romano y los siglos posteriores no le quitan ni un ápice de grandiosidad y capacidad de fascinación a esta serie de relatos que siguen hoy tan vigentes como hace sesenta años. Determinismo contra libre albedrío, gobierno de los sabios y los más aptos o poder para el pueblo con todas las consecuencias... ¿De verdad se ha leído esto Ronald Emmerich?