viernes, 26 de junio de 2009

Déjà vu


Imagina que tienes una gran idea para una película de terror. El consejo del director destroyer arrepentido Elio Quiroga sería: “Antes de que te la roben, escóndela cuidadosamente dentro de un remake lo más plano que puedas de El Orfanato". Y como muestra, su propia NO-DO.

Cansado y mosqueado de las incidencias de la vida diaria que conspiran para mantenerme apartado de este blog, oh queridos lectores, y aún teniendo por delante varias películas excelentes para comentar (Star Trek, Ponyo en el acantilado, Los mundos de Coraline), me salto el habitual orden cronológico para despotricar contra la única de la que he salido echando pestes.
NO-DO es un producto bien rodado, con excelentes actores (Ana Torrent, Héctor Colomé), que funciona dando a ratos susto y repelús y que seguramente se venderá pasablemente en el extranjero ahora que parece que hemos creado los cimientos de una especie de industria autóctona del fantástico (ya lo estoy viendo, anunciada en caracteres más grandes que el título: “Si te gustaron Los otros o El orfanato, te encantará NO-DO”. Pero, ¿era realmente necesario para triunfar por el mundo reunir con tanta cara semejante antología de topicazos de nuestro último cine de género? Casas encantadas, madres histéricas, maridos incrédulos, viejas locas que callan algo, bebés que lloran al paso de fantasmas de niños muertos… ¿Será capaz Quiroga de defender que lo suyo no es pura explotación mimética de un éxito previo? Y no sólo roba de El orfanato, también fagocita bastante de La habitación del niño, la Película para no dormir de Alex de la Iglesia. NO-DO es una obra ramplona, mecánica, sin chispa, montada a base de estereotipos y trozos de historias bastante mejores que ella, unidos por saltos de trama ridículos, con personajes de cartón cuyas angustias es imposible creerse, sin apenas detalle de inspiración que la ilumine.
Y lo que más me cabrea no es el desperdicio de tiempo, dinero y talento por parte de todos los implicados, lo que no tiene perdón de dios es la tomadura de pelo que supone arruinar de esta manera una premisa de partida tan brillante y llena de posibilidades, la de ese equipo B de reporteros del NO-DO enviados a cubrir en secreto toda clase de milagros y fenómenos paranormales con el fin de reivindicar para la España franquista su posición como eje de la Cristiandad. Esa es la película que valía la pena ver y no otra más de parejas con pasta que se mudan a un caserón gótico y se arrepienten la primera noche. Un caso para estudiar: Elio Quiroga, que debutó con Fotos pidiendo paso como sucesor de Almodóvar y Buñuel y salió escaldado de la experiencia, se esfuerza tanto ahora por no asustar a nadie, por demostrar su calidad de artesano fiable y discreto al servicio de la taquilla, que el resultado es casi más bizarro y desconcertante que cuando iba de artista.

domingo, 21 de junio de 2009

¡Ocupado!



miércoles, 10 de junio de 2009

El que quiera peces


¿Quién ha dicho que la ficción no vale para nada? Hasta el thriller de verano más popular (por ejemplo, Tiburón) puede ser utilísimo como campo de pruebas y fábrica de patrones para interpretar la realidad...

Nadie describiría la primera obra maestra de Spielberg como un densa exploración de las interioridades del alma humana; de hecho es una versión chiringuitera y suburbana de Moby Dick en clave de serie B, donde el momento humano más dramático (el monólogo de Robert Shaw sobre su experiencia con los tiburones tras el hundimiento del portaaviones Indianapolis) se terminó de improvisar en el último momento. Y sin embargo, ¿cómo olvidarse del alcalde de Amity, el tío aquel que, aterrado por la fuga de turistas en temporada alta de su bonita ciudad costera, quitaba importancia al peligro del escualo y animaba sonriente a los bañistas a regresar a las playas y meter la patita? A aquel hombre tan valiente y lleno de sentido común lo único que le quitaba el sueño por las noches era que a final de año no le cuadraran las cuentas. El ejemplo, sin duda, ha cundido.

En esta era de la socialización del riesgo en la que el lobby pronuclear, arrimando a su sardina el ascua de la crisis y el CO2, insiste en que no hay más alternativa que lo suyo y todo lo demás son fantasías o trasnochados prejuicios izquierdistas, cuando supuestos expertos independientes (que indefectiblemente han hecho carrera en ese sector) insisten una y otra vez en que la tecnología punta del siglo XXI, si bien incapaz de impedir que se estrelle un avión de cuando en cuando, es perfectamente segura y a prueba de fugas radioactivas, cuando cada dos por tres surgen noticias de escapes y averías silenciadas por los responsables de tan magníficas centrales no contaminantes (siempre, por supuesto, incidentes leves; los otros no habría manera de ocultarlos), a uno le entran unas ganas tremendas de ponerse demagógico. Por ejemplo: ya que se les ve tan convencidos de que las ventajas anulan cualquier hipotético peligro, ¿por qué no obligar al presidente de Iberdrola y al ministro de Industria a hacer pedagogía y mandarlos a vivir con sus familias junto a esa central burgalesa que tanto les apetece conservar? Que también Fraga se bañó en Palomares y no le comió nadie.

sábado, 6 de junio de 2009

El huracán entero


Claro que me hacía ilusión ver en vivo a Neil Young pero admito la tontería de sentir cierta prevención subliminal a encontrármelo en carne y hueso (con diez o doce metros y varias filas de cabezas de por medio), sobre todo ahora que todos ya vamos teniendo una edad… Mr. Young (Toronto, 1945) es el músico al que más veces había visto en directo sin haberle visto nunca realmente, desde el impresionante documental The Year of the Horse de Jim Jarmush (que me convirtió para siempre en un fan) a la cutreretransmisión de TVE del verano pasado de su concierto en el Rock in Rio, sin contar todos los discos en vivo, oficiales o no, a lo largo de una trayectoria de cuarenta años. ¿Estaría el músico real, a día de hoy, a la altura de sus registros? ¿Echaría igualmente el resto cuando no había nadie importante mirando?

Vaya si lo echó. El pasado domingo en el velódromo de Anoeta de San Sebastián Neil Young dio delante nuestra uno de los mejores conciertos que le haya escuchado en la vida. Desde el momento en el que pisó el escenario con su camisa de cuadros empuñando su guitarra Old Black y tocó las primeras notas de Mansion on the Hill supimos que venía a dar caña, como reafirmó inmediatamente con una versión brutal de Hey Hey, my my (Into the Black), más lenta y pesada que nunca, con el efecto de una bola de demolición. A falta de los Crazy Horse (su clásica banda de acompañamiento), esta otra que se ha montado con mezcla de amigos jóvenes y veteranos y de su esposa Peggy a los coros no tiene nada que envidiar en cuanto a potencia destructiva y resulta mucho más dúctil a la hora de seguir al líder por sus diferentes palos, que no todo fue rock, distorsión y decibelios, hubo brochazos salvajes pero también caligrafía fina. Neil cambió el tempo sentándose ante un viejo órgano de iglesia que se había traído (el genio=la capacidad infinita para tomarse molestias) para cantar Spirit Road, emocionante himno de su disco de 2007 Chrome Dreams II; más tarde desfilaron varios temas de su legendario Harvest, clásico del folk-rock, con una precisión, limpieza y sensibilidad de poner la carne de gallina.
El canadiense (que habló poco pero sonrió y gesticuló mucho) venía con ganas de complacer a estos remotos fans europeos así que casi todo fueron clásicos absolutos (Cortez the Killer, Cinnamon Girl, The Needle and the Damage Done, Down by the River, Rockin’ In The Free World…), con tan sólo dos temas de su último disco, el peleón Fork in the Road, inspirado en un viaje que hizo por EEUU en un viejo Lincoln Continental convertido en coche eléctrico (últimamente el viejo rockero ha volcado su activismo en las energías renovables tras haberse partido la cara con los acólitos de Bush; en realidad, por supuesto, todo está bastante vinculado).
Fue un repaso fabuloso, aunque para nada exhaustivo (yo habría seguido allí otra hora o lo que me echaran sin acordarme del calor, del dolor de espalda o del madrugón del día siguiente) a una carrera llena de contrastes que en ninguna otra parte se manifiestan tan claros como en Like a Hurricane, el tema con que se despidió; una pieza romántica, fantasmagórica, perfecta, cantada en falsete, la calma en el ojo del huracán que Young envuelve en un desarrollo instrumental de estruendo, furia y caos aparente a la búsqueda de patrones, donde Young explora con su guitarra territorios que sólo él ve, un otro lado al que nos arrastra sobrecogidos con su música mientras el tiempo en este otro universo se detiene. Qué pocos pueden hacer eso.

miércoles, 27 de mayo de 2009

El hombre excelente



No tenía ni idea de que Pedro Sempson había sido famoso por algo más que por ser durante once años la voz original en castellano de Charles Montgomery Burns (mientras escribo el nombre completo del personaje no puedo evitar oírle a él gritándolo con furia de maníaco senil en cualquiera de las veces en que Los Simpson clásicos parodiaron Ciudadano Kane). Yo hasta hoy no conocía ni su cara y sin embargo la Wikipedia habla de una extensa carrera en el teatro y la televisión, donde se hizo popular interpretando a uno de los tacañones en una de las primeras etapas del Un, dos, tres. La ancianidad, al menos, no era fingida: murió el pasado domingo, a los 90 años y 11 meses.


Monty Burns con la voz de Sempson (también es casualidad el apellido) fue más lunático y malvado, más viejo chocho y plutócrata despiadado que nunca; su versión tenía una vida, sustancia y humor que iba mucho más allá de una simple imitación del original, inyectándole un carisma y una humanidad que estaba a años luz de la versión americana de Harry Shearer. El señor Burns que los espectadores españoles tanto admiramos es tan obra de Sampson como de Matt Groening, John Swartzwelder o los dibujantes coreanos que lo animaban, una de las cumbres del doblaje en castellano que prestigian una profesión y la elevan a la categoría de arte.
Sempson tenía 82 años cuando se retiró del oficio y de Los Simpson; por entonces yo no tenía ni idea de que fuera tan mayor y no podía meterme en la cabeza que alguien quisiera dejar voluntariamente lo que sin duda era el mejor trabajo del mundo. Todavía hasta la película de la serie mantuve la esperanza de que volviera, de que hiciera una excepción pero no, estaba bien merecidamente jubilado. Ahora que ya no nos queda otra que seguir echándole de menos indefinidamente, me gustaría creer que durante todos esos años poniendo voz a ese grotesco mamarracho amarillo que tan raro debía resultarle, él mismo disfrutó con su trabajo al menos una milésima parte de lo que lo hicimos nosotros.

domingo, 24 de mayo de 2009

Yo, Vampiro (with a little help from my friends)


Déjame entrar es una película pequeñita sobre un par de niños inadaptados que se encuentran en un deprimente suburbio de Estocolmo, y que hace por el cine de vampiros más o menos lo mismo que El sexto sentido por el de fantasmas.
Oiréis quizá que es cine europeo poético y sensible, una metáfora en clave fantástica acerca las crueldades de la infancia, la soledad, el sentimiento de alienación, los primeros amores y los climas gélidos del norte que le hunden el ánimo a cualquiera. Pues sí pero no.
Vale que de entrada, Oscar, el chaval humano, da bastante más grima que Eli, la chica vampira (le encontramos practicando con una navaja para defenderse de los capullos que le zurran en el colegio), pero luego la introspección y el subtexto no son obstáculo para que Déjame entrar sea también una fenomenal película de monstruos literales, violenta, sanguinaria y con un devoto respeto a la mitología clásica del vampiro (a la que aplica una brillante vuelta de tuerca), esa que por ejemplo, prohibe a estas criaturas entrar en el hogar de sus víctimas si no se les invita primero.
Y mucho cuidado antes de abrirles la puerta porque éstos no son como esos vampiros emos de moda, bellos, incomprendidos y trágicos: la maldición del no muerto no sólo convierte a Eli en un depredador darwiniano, hambriento y amoral, sino que su supervivencia diaria es un cúmulo de problemas prácticos que la conducen una a existencia precaria, marginal y furtiva. No es fácil ser vampiro en la Europa del siglo XXI, y menos si alguien no te echa un cable.
Siguiendo con la pauta de que, salvo por cuatro nombres fundamentales, cada país de Europa no tiene ni idea de lo que se cuece en el resto, la única información que encuentro sobre el director, Tomas Alfredson, es su pelada ficha de imdb.com aunque esta sea por lo menos su séptima película. Me entero de paso de que el guionista, John Ajvide Lindqvist, ha adaptado su propia novela, al parecer recortando mucho y tomándose bastantes libertades. Y seguramente más que se tomará el futuro remake en inglés que prepara para la renacida factoría Hammer Matt Reeves, el director de Cloverfield (Montruoso). En esta historia extrañamente delicada y terrible sobre simbiosis y parasitismos, en la que la atmósfera nórdica hace tanto por crear esa sensación de extrarradio de la civilización, cuesta imaginar que pueda ganarse algo con el transplante.

domingo, 17 de mayo de 2009

Se van los mejores


Auditorio de Barañáin, 6 de marzo de 2009, hace apenas dos meses.
El publico se inquieta porque Antonio Vega sale a actuar con media hora de retraso. Desde las filas de atrás llegan comentarios sobre un posible problema de garganta pero, cuando al final aparece sobre el escenario con toda su banda (entrando a tocar sin mayores ceremonias) no le notamos absolutamente nada. Tiene buen aspecto para ser él, voz impecable, se mueve, se comunica, nos agradece los aplausos (comenta que sin gafas no ve más allá de la primera fila). Durante toda esta gira está grabando un próximo disco en directo que dará testimonio de su lado más eléctrico y rockero, y ya iba haciendo falta: su disco más vendido hasta la fecha, el Básico para los 40 principales, ofrecía de él un perfil de cantautor ascético que eclipsaba injustamente su faceta de guitarrista excepcional. El concierto es brillante, cálido, emocionante, con versiones fenomenales de muchas de sus clásicas (Caminos infinitos, Océano de sol, Lucha de gigantes) y algunas otras mucho menos conocidas de sus primeros tiempos. Salimos felices, para nada con la sensación de haber visto a un artista en las últimas.


Ahora dicen que era inevitable, que un día u otro tenía que ocurrir, que quien mal anda mal acaba, que esto no ha sido una sorpresa. Cierto que Antonio Vega tenía adicciones peligrosas pero cuando a un artista llevan veinte años dándolo por muerto y él mientras tanto sigue a lo suyo, componiendo y actuando regularmente, al final acabas por creerle poco menos que inmune al veneno, por confiar en que todo el daño que podía hacerle se lo había hecho ya. En realidad, su muerte ha sido completamente inesperada y demasiado rápida, una supuesta neumonía que por lo visto ocultaba un cáncer de pulmón. Si hay una moraleja en este final, no me parece tan transparente como pretenden los lapidarios moralistas de guardia.

Desde la mañana del martes en que dieron la noticia, prácticamente no hice otra cosa en todo el día que seguir la programación especial de Radio 3, íntegramente dedicada a él, un auténtico velatorio en las ondas. Se abrieron teléfonos y empezó la catarata de llantos y el psicodrama colectivo. En cambio sus amigos, varios de ellos locutores de la emisora, retirados o en activo, insistían una y otra vez en desmentir la imagen pública del personaje: Antonio no era “ese chico triste y solitario” (el título del disco tributo que le hicieron hace unos años y que tanto le fastidió) sino un tío vitalista, divertido, humilde, rodeado de gente que le quería, un sujeto excepcional con un mundo interior muy especial al que no había manera de convencer de nada de lo que el no quisiera ser convencido (por ejemplo, de cambiar de estilo de vida).
La luz más brillante es la que se consume más rápido, creo que ha dicho su primo Nacho, o algo por el estilo. Ni murió rápido ni dejó el cadáver más bonito que podría haber sido, él no ha sido un James Dean o un Heath Ledger, pero hubo hasta al final algo de adolescente taciturno en Antonio Vega. Muchas de sus canciones son misteriosas y herméticas, nada más lejano a la anécdota autobiográfica o a la glorificación del propio mito (al estilo, por poner dos ejemplos, de un Sabina o un Enrique Urquijo). Llenas de paisajes mentales abstractos (científico del pop, le han llamado), sus canciones son burbujas de espacio-tiempo de paredes racionales e interior de emoción pura, cantadas con esa voz suya inconfundible, eternamente juvenil, (crispada, le he oído decir a Juan de Pablos), en las que el oyente se reconoce a un nivel profundamente visceral.
Las canciones se quedan (incluido el material inédito), y a partir de ahora hay quien va a ganar mucho dinero con ellas (los mitos muertos son siempre mucho más rentables). Dicen en Efeeme.com que el primer recopilatorio salía ya a la venta el viernes pasado. Para que luego hablen de la eficacia de la industria española.

domingo, 10 de mayo de 2009

Monstruos palpables



En los cines de mi pueblo no se conoce el 3D así que no estoy muy seguro de poder decir que he visto Monstruos contra alienígenas. ¿La hará la ilusión de perspectiva más graciosa, más original, quizá un poco menos artificiosa? Más espectacular está claro que sí porque de eso se trata, de irnos acostumbrando a un sistema de exhibición que no haya forma de piratear (por el momento) para consumo doméstico.

En los años 50, para combatir la funesta competencia de la caja tonta, el cine se arrojó de cabeza al color y a los superformatos tipo cinemascope y ahora lucha contra internet y el home cinema con el IMAX y la tercera dimensión. Lo mismo antes que ahora, el resultado inmediato no son necesariamente mejores películas (casi al revés); hasta que el nuevo recurso y sus posibilidades sean integrados con un poco de rigor en el vocabulario cinematográfico, la primera cosecha es siempre más de ruido que de nueces, impactantes pero ingenuos espectáculos de feria como el odorama, las butacas con tembleque o aquellos pioneros experimentos con las gafas 3d. Hay quien dice que Avatar del antipático megalómano James Cameron, que se estrena a finales de año, le dará a la nueva técnica el empujón definitivo hacia la madurez (nada le gustaría más a él).
Mientras tanto, una película como Monstruos contra alienígenas, autoconsciente homenaje a aquella ciencia ficción de serie B de los años 50 (mujeres gigantes, platillos volantes, marcianos con muchos ojos, hombres-mosca, cosas del pantano), sin superar la mayoría de las carencias de las producciones animadas de Dreamworks (argumento flojo, personajes algo blandos, humanos feos que actúan regular, moraleja trivial), se distingue del montón por su espectacular diseño de producción y unos cuantos buenos chistes protagonizados por el monstruo blandiblub. Lo dicho, igual en 3d gana mucho.

domingo, 3 de mayo de 2009

Hoy como ayer en Marte


Parece que el primer episodio de La chica de ayer (Antena 3, domingos a las 22.00), la serie del policía madrileño de 2009 que sufre un atropello y se despierta en 1977, consiguió buena audiencia y ha gustado bastante (elogiada, entre otras cosas, por su originalidad, pese a ser una adaptación literal de la serie de la BBC Life on Mars). Pues nada, a disfrutarla y ojalá su éxito sirva para acostumbrar a los espectadores de la tele generalista a productos un poco menos obvios. Pero no sé por qué me da a mí por pensar en los Beatles y sus problemas para penetrar en el mercado musical español en aquellos tiempos felices del Spain is different y la autarquía cultural, cuando su propia discográfica retenía los singles del cuarteto de Liverpool hasta que algún grupo yeyé nacional como los Mustang lanzaba su versión doblada al castellano con ripios a lo Dúo Dinámico.

Si se me nota reticente no es porque el concepto de la serie no sea lo bastante flexible como para prestarse a toda clase de interesantes variaciones locales; uno supone que habría un universo de distancia entre el Manchester de 1974 y el Madrid postfranquista de 1977, mucha más que entre Manchester y el Nueva York de la versión USA que la cadena ABC acaba de cancelar. Y es posible que próximos episodios de La chica de ayer (qué coño tendrá que ver con nada de esto Antonio Vega) le saquen más partido al contexto histórico Cuéntame cómo pasó más allá de esos chistes del PC como ordenador doméstico y como el partido de Carrillo, pero a mí ya no me pillarán delante para descubrirlo. La diferencia entre el original y su versión española es como la de estas dos fotos promocionales que acompañan a esta entrada: un calco en cutre, y no es sólo problema de presupuesto. El guión es una copia exacta escena a escena, la dirección (las secuencias de persecución, los momentos más sobrenaturales y de mal rollo) no pasa del nivel de comedieta de salón, el casting de secundarios es bastante lamentable y en cuanto al reparto habitual, supongo que habrá que darles tiempo pero la voz y la cara de pasmado de Ernesto Alterio no ayudan nada a vender el punto de desquiciamiento nervioso en el que se encuentra su personaje, y cuesta creerse a Antonio Garrido en el papel de poli bocazas y fascistón pero de fondo noblote después de haber visto en su equivalente a una fuerza de la naturaleza como Philip Glenister.

Así que al señorito elitista sólo le gustan las series de culto en inglés que se baja de Internet, ¿no? Vale, quizá sea problema mío, pero sospecho que a vosotros también os pasaría si hubierais tenido ocasión de comparar con el original. El otro día moría a los 86 Bea Arthur (Dorothy Zbornak en Las chicas de oro) pocos meses después que también nos dejara Estelle Getty quien con un año menos, una peluca blanca y mucho desparpajo interpretaba a su madre, Sophia Petrillo. Dos actrices como la copa de un pino de aquella serie mítica de los 80 que ocasionalmente asoma todavía en las reposiciones de algún canal y que sigue siendo tan buena como la recordamos, con el mismo humor, ternura y mala leche. ¿Os acordáis en cambio de Juntas pero no revueltas, la versión española que intentó hacer TVE a mediados de los 90 con Mercedes Sampietro, Mónica Randall, Kiti Manver y Amparo Baró? ¿A que no? Pues eso.

viernes, 1 de mayo de 2009

A siete días de la última frontera



Una de las peores cosas que internet ha traído al mundo de los fans es la obsesión por el éxito y el fracaso comercial: convertidos todos en expertos en marketing por la universidad de la vida, los foros temáticos revientan de especulaciones sobre cuantos millones deben recaudar Lobezno, Terminator Salvation o Hannah Montana para cubrir gastos y cuantos para ser un éxito, de debates sobre la oportunidad de estrenar en navidades o en mayo considerando la competencia, o ahora mismo sobre la influencia en la taquilla de la gripe porcina.

Admitamos que tanta preocupación por las entretelas económicas de la fábrica de sueños tiene cierta base racional: el éxito o el fracaso de una línea de negocio determinará si el chorro de esa marca concreta de diversión y fantasía se corta o sigue fluyendo (aquí no se hace nada por amor al arte, amigos). Pero nada más rascar un poco descubrimos otro motivo subyacente más inconfesable: la aceptación masiva o la falta de popularidad de la franquicia de sus amores repercute personalmente en la autoestima del fanboy que, en el fondo, sólo quiere que le quieran aunque sea por objeto interpuesto.

Caso concreto: Dentro de siete días los trekkies pasaremos por nuestro propio desembarco en Normandía con el estreno mundial simultáneo de Star Trek (a secas) de J.J. Abrams, la película que se juega a una sola carta el futuro de la saga (que de todos modos ya estaba muerta cuando el creador de Alias, Perdidos y Fringe aceptó encargarse de reinventarla a lo grande para el siglo XXI contando los orígenes y primer encuentro del capitán Kirk y Mr. Spock).
Y claro que hay nervios, los ha habido durante dos años largos, desde el mismo anuncio del proyecto. Nervios por la selección del reparto, por el currículum de los guionistas, por el presupuesto (demasiado, decían algunos), por el cambio en la fecha del estreno, por el diseño de los uniformes y del Enterprise, por si era una precuela o un reboot, por si salía o no salía William Shatner, porque los trailers no se parecían en nada a la serie de televisión de los 60, por la aparente falta de promoción fuera de EEUU… Para algunos han sido dos años constantes de pura histeria y hasta hoy. Inútil que el boca a boca de los preestrenos esté siendo abrumadoramente positivo, que esté cosechando críticas fabulosas de la prensa seria y la de internet (100% favorables de las recogidas hasta ahora en Rottentomatoes.com y una recomendación del 93% de la Broadcast Film Critics Association, la mayor asociación de críticos de EEUU y Canadá) y de los espectadores no alineados; basta con que un enfurruñado trekkie francés escriba en un foro que es peor que cualquier episodio de cualquiera de las series (porque, desde su punto de vista no les guarda el debido respeto) para que los incrédulos y cenizos vuelvan a hacer saltar las alarmas, siempre poniéndose en lo peor.
Pues hasta aquí hemos llegado: El martes pasado compré la Fotogramas y leí la crítica de Jordi Costa, y ese mismo día me bajé la banda sonora compuesta por Michael Giacchino, y ahora estoy seguro de que no hay nada que temer, de que nuestra paciencia ha sido recompensada y el transplante al nuevo cuerpo ha funcionado. Que empiece el Renacimiento.

lunes, 27 de abril de 2009

Byrne en Barcelona


David Byrne, 24 de abril, Palau de la Música Catalana (Barcelona).


Autómatas y emoción

Muchos de vosotros no tenéis ni idea de quien es David Byrne y cuando estos últimos días he intentando explicaros a alguno quien era ese al que iba a ver a Barcelona, me temo que lo más que logrado comunicar es que fue un tío bastante famoso en los 80 que tenía un grupo llamado Talking Heads, dando seguramente la impresión de que se trata de una de tantas viejas glorias semi olvidadas de las que soy fan por algún motivo.
Y de vieja gloria, nada: sería difícil encontrar un artista actual más activo, original, curioso y polifacético que este neoyorkino nacido en Escocia hace 58 años al que en cierta ocasión Lisa Simpson puso como ejemplo de nerd (empollón sin habilidades sociales) que ha hecho cosas memorables: Cantante y guitarrista espasmódico, compositor de bandas sonoras, artista multimedia (entre sus obras recientes figuran varias series de powerpoints que empezó en plan chiste pero luego siguió en serio, o un robot cantante deliberadamente grimoso que tuvo expuesto el año pasado en el Reina Sofía); fundador del sello Luaka Bop desde el que ha reivindicado y / o descubierto a músicos africanos, hispanos, brasileños y del resto del mundo (aunque Byrne detesta el término World music por absurdo y excluyente); autor junto a Fat Boy Slim de un musical todavía pendiente de estreno sobre Imelda Marcos

Y en todo lo que hace mantiene ese punto de vista perplejo y distante sobre los absurdos cotidianos (vida, trabajo, familia, amor, sexo, edificios, comida…), todos los hábitos y automatismos de nuestro tiempo recogidos con el educado interés que un antropólogo marciano demostraría por la cultura de su planeta adoptivo. Byrne ha sido siempre un bicho raro que se ha ido humanizando con los años, sus últimos discos son más melódicos y emocionales y ahora hasta disfruta con los conciertos cuando en el pasado (dice) subirse al escenario era para él una tortura. El día 24 en Barcelona venía a presentar las canciones de su segunda colaboración (tras 20 años) con Brian Eno, Everything That Happens Will Happen Today, un disco más bien plácido de esos que van entrando poco a poco hasta incrustarse sin remedio en el cerebro. El marco (sin coñas), incomparable: el Palau de la Música Catalana (lleno total), una filigrana de edificio modernista recién restaurado, orgullo de las artes aplicadas del país. Ya el simple juego de las luces de colores contra tallas de las paredes causaba un efecto visual bastante extraordinario pero el alucinante concierto-performance de Byrne no tuvo problema en hacerle sombra.
Justamente famoso por su magnetismo hierático y la energía nerviosa de sus directos (Jonathan Demme lo filmó en vivo en Stop Making Sense en la última época de los Talking Heads, y algo del mérito le corresponderá al cantante y a su sentido del espectáculo de que se la reconozca como la mejor película de conciertos jamás realizada), aún así no estabamos preparados para la arrolladora actuación que estábamos a punto de presenciar, con el público destrozándose las manos con cada canción como si cada una fuera la última (y a pesar de todo resistimos hasta el final y conseguimos sacarles tres bises).
Cuatro músicos, tres coristas y tres bailarines moviéndose en una coreografía desmañada y robótica (tremendamente graciosa, a imagen y semejanza de los movimientos del lider de la banda) al ritmo de las nuevas canciones y de las clásicas de Talking Heads producidas por Mr. Eno (las más salvajes y vanguardistas, muchas de las cuales Byrne llevaba siglos sin interpretar, y raramente con semejante potencia, como si el tiempo no pasara por él). El salto entre lo viejo y lo nuevo permitía efectivamente apreciar la afinidad del material a través de las décadas: aquello era, efectivamente, Byrne & Eno, el musical, o más bien la fiesta, y fue una cosa extraordinaria participar en aquella especie de rito tribal de cientos de personas puestas en pie bailando con alegría desbordante esas canciones llenas de ritmo y distorsión que hablaban de alienación y desconcierto y a veces, un poquito, de algo parecido a la felicidad. Uno de los mejores conciertos que recuerdo.


Créditos de las fotos: las dos primeras las he encontrado en Flickr (autor, un tal alterna2). El resto son obra de mi prima Idoia, que tampoco sabía quien era David Byrne pero tenía mejor cámara y más sangre fría que yo).





domingo, 19 de abril de 2009

Dices tú de mili


De las dos películas que lleva ya estrenadas Clint Eastwood en 2009, la segunda, con él mismo de protagonista (entre nuevas insinuaciones de quizá sea la última vez que se pone ante las cámaras) es la que sale perdiendo en las comparaciones. Gran Torino es más divertida que El intercambio, pero también más convencional y genérica. Da igual, los fans del antiguo Hombre sin nombre saldremos felices de verla: en una carrera tan extraña y diversa como la suya, no tendría nada de malo que su última aparición en pantalla fuera más por el lado de El sargento de hierro que por Sin perdón.

Aquellos rumores que hablaban de Gran Torino como una última aventura en la tercera edad de Harry Callahan resultaron falsos pero no andaban completamente descaminados: caracteres tan distantes como el pistolero reformado William Munny o este cabronazo jubilado polaco llamado Walt Kowalski (que se pasa los primeros diez minutos sin decir una palabra, resoplando elocuentemente para sí mismo contra el mundo con expresión feroz) son encarnaciones crepusculares de una misma y legendaria personalidad cinematográfica que inevitablemente trasciende al personaje concreto. Y sin embargo, hay personaje en Kowalski, y bien interesante por cierto: el último gran héroe de Clint no es policía ni sale corriendo detrás de nadie para imponer justicia sino que es, básicamente, el viejo irascible de los chistes que con los pantalones subidos hasta los sobacos sale con su escopeta a gritar a los críos que salgan de su jardín. Veterano condecorado de la guerra de Corea que se ha pasado toda una vida trabajando en la cadena de montaje de Ford en Detroit (para acabar viendo a sus hijos conduciendo un Hyundai), los últimos años de Walt han sido toda una sucesión de sinsabores: acaba de enviudar, sus descendientes son (para qué negarlo) un hatajo de gilipollas y su encantador barrio residencial se ha convertido en un ghetto para inmigrantes chinos donde él y su perra son el último reducto de la vieja América que todavía era capaz de crear cosas tan fenomenales como el espectacular Gran Torino del 72 que conserva impoluto en su garaje.
La desconfianza, el racismo y en general el choque de culturas entre el grosero Kowalski (él mismo hijo de emigrantes, eso sí, blancos) y sus vecinos de la etnia Hmong, gente chapada a la antigua con los que resulta tener mucho más en común que con los de su propia sangre, producen una comedia dramática no tan diferente de The Visitor (también comentada hace poco por aquí), con un punto de vista bastante simpático hacia esos esforzados foráneos que aportan nuevas energías al país ante la decepcionante abulia de los hijos de anteriores oleadas, esos niños bonitos que se encontraron con todo hecho.
Aunque luego está también el lado oscuro del fenómeno, el componente de violencia, aquí en forma de bandas juveniles de chavales desarraigados que siembran el pánico por el vecindario, aterrorizando más que a nadie a su propia gente. Al joven Thao, adolescente bondadoso y formal que en principio no quiere saber nada de esos capullos, le acaban liando para que demuestre su hombría cumpliendo con un rito de iniciación: robar el coche de Kowalski, lo que resulta ser una forma bastante extraña de romper el hielo con el vecino. Y el viejo, que sólo quiere que le dejen en paz, acaba metido sin comerlo ni beberlo en una guerra por el vecindario. Sólo que Walt jamás ha podido quitarse de la cabeza el fantasma de aquellos chavales que mató en Corea y su historia, al igual que Sin perdón, supone una especie de ajuste de cuentas a toda una carrera resolviendo conflictos con un magnum 357 y las bendiciones de la Asociación Nacional del Rifle.

El argumento es bueno, hay risas (mucho epíteto racista e insensibilidad cultural) y drama, y Kowalski es un gran papel con el que colgar las botas pero el resto de personajes, aunque bien interpretados, resultan demasiado planos, particularmente la familia del anciano (cretinos de chiste) y los chavales de la banda, quizá perjudicados por un doblaje juvenil bastante patatero. Por cierto que si ésta es realmente la última película del actor Eastwood, lamentaremos profundamente la disolución de su larguísima asociación con el no menos legendario Constantino Romero, que últimamente sólo vuelve a sentarse ante el micrófono por él y que en Gran Torino, ensayando un tono de abuelo ligeramente más cascado, está casi tan extraordinario como el señor que pone la cara.

lunes, 13 de abril de 2009

Abrazos en ámbar


No debe de ser fácil ser Almodóvar: no sólo tiene que cargar con la responsabilidad de levantar con cada nueva película la menguada taquilla del cine español, sino que debe hacerlo aguantando los mordiscos de una caterva de resentidos y envidiosos que, más allá de una respetable diferencia de gustos, reducen sistemáticamente su obra a un chiste cansino de maricas y yonkis, encarnación de todos los pecados de la cultura progre. Lo que a sus detractores profesionales les cuesta explicar es cómo semejante mamarracho y embaucador se ha convertido en el director español vivo más aclamado internacionalmente y sus películas, pese a sus personajes extremos y sus temáticas en aparencia minoritarias, siguen conquistando a espectadores de todo el mundo.

Por eso me admira la manera en que consigue aislarse del griterío para seguir su propio camino y hacer, cada vez, la película que le pide el cuerpo, arriesgando como pocos autores consagrados se atreven a jugársela. Almodóvar es un artista temerario que a veces acierta y a veces no, y unas veces te llega más y otras te deja frío. A mí Los abrazos rotos me ha gustado mucho (más que La mala educación o Carne trémula, aunque no tanto como Volver o Hable con ella) pero al término de la proyección pude oír cuchicheos de gente que habría preferido bastante ver en su lugar Chicas y maletas, la película dentro de la película, la comedia almodovariana que el director Mateo Blanco (Lluís Homar) rodó en los 90 antes de quedarse ciego, con Carmen Machi, Rossy de Palma, Chus Lampreave y, como estrella, la debutante Lena Rivero (Penélope Cruz). Habría sido una película mucho más frívola, colorista y divertida, pero esa misma u otras muy parecidas están ya hechas y hasta se pueden descargar de Internet en un par de clics.
Almodóvar se ha ido despojando de todos aquellos ropajes generacionales de la movida y el petardeo y ahora le tira más la estética y la sensibilidad del melodrama clásico (el de Rossellini, por ejemplo). Se ha hecho mayor, supongo, y probablemente un autor más sombrío. Los abrazos rotos está llena de las pesadillas propias de un director de cine: perder la vista (real o metafórica), que te traicione el productor, que te humille la crítica, que tu identidad artística se fragmente con el tiempo en una esquizofrenia de personalidades aisladas. Almodóvar, por el contrario, recupera aquí deliberadamente a aquel autor que fue en los 80 y se tienta la ropa para comprobar que todo sigue ahí: hay mucho de nostalgia y autohomenaje en esas escenas hacia lo que se antoja como una etapa ya cerrada de su carrera, pero también de demostración de que ese es un registro que no ha perdido sino que tiene voluntariamente aparcado.

Más allá de la onda cinéfila, Los abrazos rotos es un misterio de amor y celos, contado a través de una compleja estructura de saltos temporales, el triángulo amoroso entre una aspirante a actriz que acaba de mantenida de un rico empresario (Penélope Cruz, radiante), el propio viejo libidinoso obsesionado con ella (José Luis Gómez), y el director de cine que le dará su primer papel y se enamorará de ella perdidamente (Homar). Hay quien ha hablado de frialdad gélida, de una total falta de química entre los amantes; a mí no me lo parece, creo que Pe y Lluís Homar están inmensos juntos y por separado, como lo está Blanca Portillo en el papel de la sufrida agente del director y los actores más jóvenes de un reparto uniformemente excelente (lo que no siempre es el caso en las películas de Almodóvar). Pero aunque fuera cierto, yo me atrevería a apuntar que esta historia de amor es más una necesidad de la trama que su eje, que no hay nada más corriente que que una actriz se enrolle con su director, sobre todo si está deseando escurrirse de las garras de un anciano tan posesivo como el tal Ernesto Martel, y que es tan sólo su trágico final lo que consagra su aventura como trascendente. La verdadera pasión que arrastra el relato, malsana y destructiva, es más bien la de ese viejo millonario que intenta desesperada e inútilmente apoderarse para siempre del cuerpo y el alma de una mujer, y si para ello hay que meterse a producir películas, pues se la filma hasta la extenuación, dentro y fuera del rodaje, en todo momento y en todo lugar. Martel es finalmente tan cineasta como el propio director Blanco: el cine, aparte de arte, ha tenido siempre un componente de morbo y voyeurismo, y si hay películas que son luminosas cartas de amor, hay otras que son pura patología de un trastornado. En esta obra llena de instantes geniales, ninguno tan patético y tan cruel como ese en que el viejo celoso escucha patidifuso, con la ayuda de una lectora de labios que interpreta las imágenes robadas carentes de sonido, lo que su amada piensa realmente de él (que le da asco).

domingo, 29 de marzo de 2009

Tambores sin fronteras


¿Quién no ha tenido algún profesor como Walter Vale, el protagonista de The Visitor? Un digno caballero ya a un paso de la jubilación, uno de esos huesos que no ha cambiado en décadas el temario de su asignatura (de comercio internacional), que repite impertérrito el mismo rollo curso tras curso. Un zombi que sabe mantener la compostura, un cascarón vacío que se viene dejando arrastrar por la inercia y la rutina al menos desde la muerte de su esposa.

Y cuando parecía que a Walter no le quedaba ya otra que seguir vegetando hasta la muerte en su depresión crónica, la universidad le obliga a asistir a un congreso en Nueva York; quien iba a pensar que al llegar a su apartamento de la ciudad se iba a encontrar allí viviendo a una pareja de inmigrantes del tercer mundo (Tarek, libanés, y Zainab, senegalesa, ambos sin papeles pero muy buena gente), un acontecimiento que le cambiará la vida y un choque cultural que hará que la sangre le vuelva a correr por las venas, cambiando su fúnebre melancolía pianística por el explosivo ritmo del tambor que le enseña a tocar Tarek.

The Visitor es la segunda película como guionista y director del actor Tom McCarthy*, y parece menos americana que obra de algún discípulo europeo de Bertrand Tavernier por su manera de imbricar las historias personales con una problemática social más amplia. Además de un entrañable relato sobre un blanco estirado que recupera la alegría de vivir gracias al multiculturalismo, es una historia de cabreo e indignación sobre el daño que hace cerrar las fronteras, sobre el despiadado egoísmo del occidente rico con los que simplemente buscan empezar una vida mejor (en un país que se pintaba a sí mismo como la tierra de las oportunidades hasta que decidió cerrar el grifo), sobre el sórdido oscurantismo legal de un sistema de extranjería sin derechos ni garantías, no muy distinto del libanés (un estado policial dentro del estado para seres oficialmente inexistentes). McCarthy habla de EEUU (con sus centros de internamiento privados entre otras peculiaridades) pero me temo que el cuento es extensible y nos lo podemos aplicar perfectamente a nosotros y a nuestra propia manera de poner puertas al campo.

Walter es Richard Jenkins, entrañable actor secundario en multitud de películas (habitual del cine de los hermanos Coen, el padre difunto en la serie A dos metros bajo tierra…), y que a sus años se estrena aquí con su primer papel protagonista: discreto y callado, pero de una tremenda elocuencia en sus silencios (e incluso más cuando se harta de guardar silencio), estuvo nominado por este trabajo en la última edición de los oscar pero competía contra Brad Pitt, Mickey Rourke y Sean Penn (y es bien sabido que los premios de la Academia tienen mucho de concurso de popularidad). No menos brillantes están Haaz Sleim y Danai Gurira como la pareja extranjera, y Hiam Abbass (Los limoneros, Munich, Conversaciones con mi jardinero) como la formidable madre de Tarek (qué presencia la de esta mujer).

*Entre sus muchos papeles en cine y tv, los que hayan visto la quinta temporada de The Wire recordarán a Tom McCarthy como el periodista sin escrúpulos que cubre la historia del asesino de vagabundos.

domingo, 22 de marzo de 2009

La guerra en un flash


De entrada, la idea de una película documental de animación podría parecer una contradicción en los términos (como aquella de inteligencia militar que decía Groucho Marx), pero Vals con Bashir demuestra una vez más a los escépticos que no hay historia ni género que no se pueda contar con dibujos.

Con su estilo rotoscópico- naturalista de formas vectoriales, el largometraje reconstruye escenas y situaciones de las que en su mayor parte no existe testimonio gráfico, dando forma y color a los recuerdos de un puñado de prósperos cuarentones israelíes acerca de su participación en la guerra del Líbano de 1982 (las entrevistas y los personajes, por lo visto, son auténticos). Lo que en imagen real habría sido una carísima superprodución bélica no menos ficticia, se convierte a través de la animación en una especie de retrato robot creado a partir del cruce de declaraciones de los testigos sobre lo que verdaderamente ocurrió.
La memoria funciona de forma muy parecida a un dibujo, es subjetiva y caprichosa, retiene lo que le interesa y descarta lo que le sobra, y en este caso la técnica aporta además un efecto de distanciamiento que le viene muy bien al material. Vemos a unos jóvenes israelíes que no se acaban de creer que son soldados, envueltos en un conflicto que no acaban de explicarse, marchando por paisajes idílicos y nucleos urbanos desiertos donde nadie diría que se esté librando una guerra, que viven cada combate con el pasmo y la incredulidad del que acaba de caer en un videojuego, y así pasito a pasito los acompañamos hasta el desenlace, la masacre de los refugiados palestinos en los campamentos de Sabra y Chatila, perpetrada (según se nos cuenta y más o menos confirma la wikipedia) por falangistas cristianos libaneses aliados de Israel en venganza por el asesinato de su lider Bashir Gemayel, y que tiene lugar en las mismas narices de los soldados judíos sin que ellos muevan un dedo por evitarla, bien porque no se enteran, bien porque ellos sólo pasaban por allí.

La excusa que sirve de hilo conductor a las entrevistas, la extraña amnesia del director Ari Folman acerca de su experiencia en el Líbano (salvo unas inquietantes imágenes de un desembarco en una playa) es, de hecho, la exploración de un trauma reprimido que sus antiguos compañeros resultan padecer también, una conciencia de culpa cuidadosamente enterrada para poder reanudar una vida normal en el sentido más civilizado y occidental del término, protegiendo su imagen de sí mismos como seres humanos decentes. La película se estructura así en forma de psicoanálisis colectivo en torno a un episodio concreto (particularmente criminal, es cierto, pero al contrario que otros, investigado y más o menos asumido por la versión oficial, quedando como responsable último el ya prácticamente difunto Ariel Sharon) de tantos como han ocurrido en las inacabables guerras de aquellas malditas tierras. Gran banda sonora con contundentes temas de rock israelí ochentero (más alguno que otro original) que terminan de acotarla como experiencia generacional.