viernes, 25 de septiembre de 2009

A mí, me funciona



Es un tío lleno de manías, judío neoyorkino con gafas, flacucho y narizón, un genio de la comedia cuyo personaje en pantalla ha acabado confundiéndose con el hombre real: Larry David no es Woody Allen (es calvo y más alto, y sus criaturas de ficción tienden a ser mucho más mezquinas) pero el creador de Seinfeld y Curb your Enthusiasm es lo más parecido que tiene Allen a un heredero. Habituados como estamos a verle interpretándose a sí mismo en su propia telecomedia en formato de falso documental (o si no a sí mismo, a ese ser ficticio que se llama como él, egoísta metepatas completamente carente de tacto, millonario ocioso siempre en busca de líos), los fans de David necesitamos unos instantes de ajuste para asimilarlo como simple actor en la piel de un personaje escrito por otro, por mucho que el protagonista de Whatever Works (Si la cosa funciona) sea el más tocapelotas que haya imaginado nunca el clarinetista de Manhattan.

Boris Yellnikoff es un misántropo amargado e iracundo, un ex físico con aires de grandeza que una vez estuvo a punto de recibir el Nobel y que ahora se gana la vida dando clases de ajedrez a chavales mientras pasa el tiempo insultando a sus alumnos y a cualquiera que se ponga a tiro. Boris es un sujeto con un punto de vista negrísimo acerca de la existencia, un materialista radical que contempla un universo indiferente y amoral (se despierta por las noches gritando “¡El horror, el horror! como el Coronel Kurtz de Apocalypse Now, y eso que a Kurtz no le llevaban el periódico a la selva) y cuya filosofía de vida es que, para lo que nos queda en el convento, más nos vale aprovechar cualquier mínimo momento de gozo que el azar nos depare: el amor es ilógico, breve e improbable, y cuando se presenta hay que agarrar la oportunidad por muy descabellada que se vea desde fuera (cualquier cosa que a uno le valga estará bien). Como en una versión histérica y desesperada del carpe diem de los clásicos y retomando varios de los temas más serios de Vicky Cristina Barcelona en clave de comedia descacharrante. Inevitablemente Boris se acabará enamorando de la persona más incompatible que podría haber encontrado, una jovencita tonta como una marmota (Evan Rachel Wood), recién escapada de la América profunda del rifle y la biblia y con edad para ser su hija, pero llena de amor y comprensión hacia todas las criaturas y ansiosa por absorber todo lo que Boris tenga que decir. A continuación, sin embargo, los acontecimientos se complican con la aparición de nuevos personajes que desvían la acción por trayectorias bastante sorprendentes...

Aunque la suma de talentos entre Allen y David no genere una obra maestra al cuadrado, Whatever works es con facilidad la comedia más divertida e incorrecta del maestro en bastante tiempo (cuando Boris se pone a despotricar no deja títere con cabeza). Un cuento moral con muchos más chistes por minuto (la mayoría buenos y algunos de antología, como esa explicación de por qué Dios es gay), personajes de trazo más bien grueso y un paradójico mensaje vitalista que contradice el pesimismo de su protagonista. Quizá el viejo Allen ya no nos sorprenda como antes (que son ya muchos años de trato) pero aún es capaz a estas alturas de encontrar nuevos ángulos para examinar sus temas de siempre. En este regreso puntual a Nueva York en plena racha europea, la gran manzana aparece aquí en segundo plano, un simple fondo para la acción en contraste con los impresionantes espacios idealizados por la nostalgia que solía retratar en el pasado. Y sin embargo, de forma más sutil, la ciudad vuelve a ser una vez más el eje de todo, en esta ocasión más por su espíritu libertario que por sus estructuras de hormigón: Nueva York como ese entorno único y maravilloso plagado de oportunidades donde hasta los paletos rednecks que Boris tanto desprecia encuentran el caldo de cultivo para pasar de gusano a mariposa, para reinventarse como individuos y desarrollar su potencial oculto ahogado por las convenciones, los prejuicios y la ignorancia. Ya lo decía Alvy Singer en Annie Hall: “¿No te das cuenta de que el resto del país ve Nueva York, nos ve como si fueramos una colección de rojos, judíos, homosexuales y pornógrafos? Yo también pienso así a veces, y eso que vivo aquí.”. A ver si va a resultar una descripción del paraiso...

domingo, 13 de septiembre de 2009

Amenábar contraatacado!

Por fin, este octubre, el cómic español más esperado del siglo XXI aparece coloreado y reunido en forma de album para regocijo de quienes sólo alcanzamos a pillar algún episodio suelto en la revista Mondo Bruto: Mis problemas con Amenábar, de Jordi Costa y Darío Adanti.

Basado en los (des)encuentros reales entre el cineasta Alejandro Amenábar y el gran Jordi Costa (ídolo de la crítica cinematográfica, habitual de Fotogramas y El País) e ilustrado por su habitual compinche argentino y maestro del iconismo bizarro-naif, Darío Adanti (actualmente en El Jueves), prometen ser 44 páginas brutales que no dejarán piedra sobre piedra en eso que se conoce como la industria del cine español.

(La razón, 11 de septiembre de 2009):

«El anticristo del nuevo cine español». «Si el gotelé fuese cine se llamaría “Tesis”». «El fenómeno Amenábar responde al síndrome de Mr. Chance: el tonto fascinante»... En fin, podría seguir con extractos, pero se agotaría el espacio. «Mis problemas con Amenábar» es el corrosivo cómic que publicará la editorial Glénat, escrito por el crítico de cine Jordi Costa y dibujado por Dario Adanti que trata sobre la fobia personal hacia el autor de «Mar adentro» y su peso en la industria. Nacido por entregas en el fanzine «Mondo Bruto» desde 2004, recopilado y «remasterizado», el tomo saldrá a la venta en octubre, coincidendo con el estreno de «Agora».
¿Mala leche? Toda la del mundo. Pero Costa justifica su trabajo y su ataque visceral: «No odiamos a Amenábar, sino a lo que significa». Y es que, asegura, «el cómic es un intento de explicar, más allá de la animadversión personal, por qué no creo que su cine sea una muestra de excelencia tan axiomática como parece que todo el mundo reconoce». Para Costa, «Amenábar le quita la alegría al concepto del cine dionisiaco, creado por y para dar placer, el modelo que intentó introducir en España la generación anterior a él, la de Álex de la Iglesia, Santiago Segura, etc. Amenábar elimina ese componente lúdico del cine de género y lo reduce a una especie de competencia técnica».
Explica el guionista que «todos los incidentes son anécdotas reales», aunque matiza que «los personajes son versiones exageradas de nosotros. Yo no soy tan avinagrado y el Amenábar que aparece es una imagen de él». Y reconoce que el cineasta «siempre ha sido extremadamente educado».
En las viñetas nadie se libra del látigo: la industria del cine, desde los directores hasta los productores, retratados con aire de «mafiosos» y «chuloputas», los festivales, con barras libres y fiestas hedonistas, y hasta la crítica. «Amenábar es sólo la punta del iceberg», reconoce el autor, y añade: «Es el pretexto para hablar de los rodajes en Madrid, de los festivales, de cómo funciona la industria y de la maquinaria del prestigio».
Dario Adanti reconoce que «antes de crear el libro ya compartía con Jordi la animadversión hacia Amenábar». Con referencias confesas en el «underground» americano, de Peter Gabbe y Charles Burns a Robert Crumb, por sus páginas desfilan Almodóvar, al que el éxito de Amenábar propina una patada en el culo en una viñeta («España es un país monoteísta», razona Costa), Cuerda, De la Iglesia... Todo con trazos sencillos: «Mis cómics nunca fueron paródicos, yo mismo creía que no sabía hacer caricaturas. Empecé y, para mi sorpresa, se veía quién era quién», cuenta el artista.


Nota de prensa de la editorial Glenat copiada (como las cuatro páginas de adelanto) del blog especializado Entrecomics:

Darío Adanti y el crítico de cine Jordi Costa lanzan un ataque frontal, despiadado y muy divertido, contra la figura de Alejandro Amenábar y su obra, a través del repaso de los encuentros del crítico y el director en diferentes festivales y un detallado análisis de su filmografía. Como reconoce el propio Jordi Costa en el prólogo del cómic: “Amenábar es una punta de iceberg, el pretexto para explicar algo más grande. El director de Tesis responde a la definición de monstruo que formula, por ejemplo, una película como La bestia del reino de Terry Gilliam: una creación colectiva orientada a impulsar y mantener un determinado status quo. Y ese estado de la cuestión es el auténtico tema de Mis problemas con Amenábar, la forja, consagración y propagación vírica de un modelo cinematográfico basado en el simulacro de talento, la competencia técnica y la asfixia de lo dionisiaco. O sea que este acto impropio de un crítico de cine –atacar de frente a un emblema de lo irreprochable y reconocer, para más inri, que lo suyo es personal– no deja de ser, en el fondo, una prolongación de su oficio como crítico de cine.”

“Las opiniones más consensuadas sobre Amenábar son, esencialmente, dos: a) es muy buen chico y b) su genio es irrefutable. Por tanto, dedicar cuarenta y cuatro páginas de historieta al escarnio de su figura está condenado a ser un acto tan impopular como propinarle una bofetada, porque sí, a un niño escogido al azar en un parque infantil”. Jordi Costa


sábado, 5 de septiembre de 2009

Deberes del verano 1: Star Trek


Admitamoslo: lo que más me gustó del Star Trek de JJ Abrams es lo mucho que le ha gustado a todo el mundo: sonrío con gratitud al recordar las críticas entusiastas y la pasta que ha ingresado (uno de los taquillazos del año en EEUU, por encima de Terminator Salvation y Lobezno o de Iron Man el verano pasado, y notable éxito como sleeper en la Europa continental gracias al boca a boca, que no a la rácana campaña publicitaria del estudio). Un auténtico chute de esteroides para la moribunda marca espacial, una aventura espectacular y efervescente que ha abierto la serie al público masivo manteniendo su esencia pero barriendo las telarañas.

Yo la ví tres veces en el cine y cada vez más contento, pero como fan de veinte años de la franquicia, esto no es lo que yo habría pedido. Yo prefiero la ciencia ficción dura a la space opera y Star Trek me gusta más cuando se parece a Asimov que a Flash Gordon, a Planeta prohibido que a Star Wars. Pero lo que yo habría hecho no lo habría ido a ver ni dios, y la película de Abrams, que para unos pocos fundamentalistas son dos horas de ruido y furia contadas por un idiota, resulta ser justo lo contrario: en una serie multimedia donde la rama televisiva siempre le ha dado mil vueltas a la cinematográfica, llena de largometrajes cutres que disfrazaban sus torpezas con citas de Shakespeare y pretensiones temáticas de pacotilla, Star Trek (2009) es un trabajo deslumbrante a varios niveles con todo el mecanismo cuidadosamente oculto bajo la superficie para no asustar a nadie.

Y eso a pesar de una trama bastante bizarra como casi todas las que cocina Abrams: Misteriosas naves gigantes que arrasan con todo a su paso, viajes en el tiempo, universos paralelos, esa materia roja capaz de crear un agujero negro en el corazón de un planeta... Poca idea nueva en lo fantástico, más bien un refrito de greatest hits del pasado hábilmente engarzados con el objetivo de detonar desde dentro el universo trek con toda la documentación en regla. La alteración de la línea temporal es el tunel metanarrativo por el que los nuevos responsables de la saga se fugan de los grilletes de sus 43 años de historia para reinventarla en sus propios términos (demostrando rápidamente que no hay vaca lo bastante sagrada, con ecos del 11-S y otras catástrofes humanas del siglo XX), creando un desconcertante híbrido entre (falsa) precuela, secuela (lo que explica el retorno de un anciano Leonard Nimoy cerrando el círculo como el Spock original) y spin-off de sí misma con los mismos protagonistas. Un nuevo comienzo en todos los sentidos para estos entrañables personajes arquetípicos nacidos en la televisión de los turbulentos 60 para llevar hasta el espacio y en son de paz la Nueva frontera de J.F. Kennedy.

Abrams ya ha demostrado en TV con Alias, Perdidos y Fringe (y en el cine, hasta cierto punto, con Cloverfield/Monstruoso) que el público mayoritario se apunta sin problemas a los conceptos más rematadamente extraños siempre y cuando encuentre una conexión emocional con los personajes. En ese sentido, Star Trek 2009 es, antes que nada, una típica historia de crecimiento y superación frente a la adversidad y la pérdida, así como el relato del nacimiento de una improbable amistad entre dos seres en apariencia opuestos, dos jóvenes desorientados, marginales en sus respectivos mundos, ignorantes del inmenso potencial que acumulan. El encuentro con el Otro ha sido siempre el gran tema subyacente de Star Trek: contactar, conocer y con suerte aprender a convivir en paz y mutuo enriquecimiento con esa criatura diferente y misteriosa de otra raza, sexo, nación o ideología. ¿Qué mejor punto de entrada entonces para el reinicio de la saga que el primer contacto entre los miembros de la tripulación original de la nave Enterprise?

Puede que no sean exactamente como los recordábamos (salvo en el caso del doctor McCoy, un Karl Urban poseido por el espíritu del difunto Deforest Kelley) pero tienen excusa: son jóvenes, inexpertos, han crecido en una realidad alternativa y los interpreta una nueva generación de actores (Chris Pine, Zachary Quinto, Simon Pegg, Anton Yelchin y Zhoe Saldana como una Uhura más implicada en la acción que nunca), un fantástico reparto de futuras estrellas capaces de fundirse con estos personajes icónicos evitando las trampas de la imitación. Bruce Greenwood como el veterano capitán Pike brilla como ancla moral de la historia y figura paterna del desorientado Jim Kirk, mientras que un Eric Bana irreconocible queda francamente desaprovechado en un papel de villano vengativo que es más fuerza desencadenante que otra cosa, un Otro al que no hay tiempo ni ganas de tantear.

La película de Abrams (del que nadie se atreverá a decir ya que tiene un estilo televisivo como director) es un producto populista que se adapta a las reglas de juego que impone el actual Hollywood, la ley del blockbuster o nada: un espléndido episodio piloto, el caramelo en la puerta del colegio para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas, un primer paso imprescindible para rescatar a la franquicia del agujero negro de la extinción. Pero la mejor ciencia ficción es por naturaleza subversiva (puesto que introduce la duda que lo que es ahora vaya a seguir siéndolo indefinidamente), y aunque esta primera entrega cumple brillantemente su misión de destruir las certezas y prejuicios del público trekkie, para el espectador en general el viaje hasta el momento ha resultado todavía demasiado cómodo y libre de riesgos. En aras de una experiencia colectiva más equitativa, ¿qué tal una secuela al menos tan adulta y provocadora como aquellos primeros episodios de efectos visuales prehistóricos y decorados de cartón, pero cuya carga mítica ninguna película de la saga ha conseguido hasta ahora emular? La gran película de Star Trek está todavía por hacer: parafraseando al capitán Pike, el reto es hacerlo todavía mejor.

jueves, 27 de agosto de 2009

Catástrofes y animalicos


El cisne negro (best-seller de no ficción de 496 páginas de Nassim Nicholas Taleb, editorial Paidós) aborda un tema fascinante sobre el que tiene mucho interesante que contar aunque le cueste horrores ponerse a ello. El autor comienza relatando su vida de astuto self made man (desde las costas del Líbano a los rascacielos de Wall Street), para continuar despotricando de forma vagamente humorística contra los economistas, los expertos en evaluación de riesgos y los franceses. Tanto circunloquio me estaba empezando a tocar las narices cuando me encontré con el siguiente experimento mental, para mí el auténtico punto de inflexión del libro:
"Se lanza una moneda al aire noventa y nueve veces y en todas sale cara. ¿Cuál es la probabilidad de que a la siguiente vuelva a salir cara también?"


En plan fábulilla se plantea la pregunta a dos sujetos arquetípicos, un astuto comerciante de Brooklyn y un metódico ingeniero jubilado. El ingeniero responde automáticamente lo que nos enseñaron en clase de mates: “Un cincuenta por ciento: la moneda no tiene memoria y el resultado de cada lanzamiento es independiente de los anteriores”. “Ni de coña”, se carcajea el listo de Brooklyn. En el mundo real y puramente empírico en el que él habita nunca jamás sale noventa y nueve veces cara: o la moneda o la ley de probabilidades, una de las dos está mal y seguramente se trata de un timo.


La respuesta correcta es, por supuesto, la B (puro sentido común). Para Taleb, los borreguillos que habríamos contestado lo mismo que el ingeniero estamos infectados de platonicismo, un mal demasiado extendido entre los humanos. Sus víctimas tendemos a confundir el modelo con la realidad, el mapa con el territorio, vivimos rodeados de abstracciones mentales que imaginamos sólidas y tangibles y por eso nos quedamos de piedra cuando los esquemas nos fallan y nos quedamos en el aire colgados de la brocha.


El título del libro se refiere al pasmo con el que los naturalistas recibieron el descubrimiento en Australia del primer cisne negro, casi un oxímoron pues la blancura del cisne era considerada hasta entonces (lo mismo que ahora) un elemento esencial de su naturaleza, una de esas verdades de cajón extraídas por el método inductivo a partir de innumerables observaciones sin el menor rastro de evidencia en contra. Y si podían existir cisnes negros aunque nadie los hubiera visto o imaginado, ¿quién sabe qué otras certezas evidentes que damos por supuestas podrían desplomarse mañana? ¿Estamos seguros siquiera de que el sol volverá a salir sólo porque es lo que ha pasado cada día desde que tenemos noticia? Siguiendo con las aves, Taleb recuerda el ejemplo del pavo de Bertrand Russell, que creía que la regla general de la existencia era que un amable granjero le echara de comer todos los días hasta que la noche antes de navidad tuvo que revisar de improviso su teoría.


Lo mismo que las del pavo, nuestras predicciones del futuro tienden a ser simples proyecciones del pasado, y como tales bastante inútiles a la hora de prevenirnos contra las sorpresas desagradables. Por extensión el autor ha denominado cisnes negros a aquellos hechos raros de impacto tremendo e imposible de prever por adelantado, pero que parecen explicables o incluso inevitables a posteriori, como el Crack del 29 o el 11-S. Apunta que después de todo, la mayoría de los cambios históricos (por no hablar de los de nuestra propia historia como individuos) llegan siempre por sorpresa para aquellos que los viven en directo, por mucho que inmediatamente después los expertos corran a rodear el escenario del crimen con sus cadenas lógicas de estilo determinista.


Taleb esgrime estudios que indican que, pese a los abultados emolumentos que reciben a cambio de sus saberes, los politólogos y economistas son incapaces de demostrar dotes adivinatorias superiores a las del ciudadano medio salvo a la hora de explicar a posteriori todo aquello que en su momento no vieron venir. Les acusa de utilizar malas matemáticas (o de usarlas mal), de envolverse en arcanos modelos estadísticos para demostrar que saben de lo que hablan, armados con sus bonitas gráficas en forma de campana de Gauss (donde las desviaciones de la media son escasas e irrelevantes), uniendo los puntos en un salto de fe, dejándose llevar por la tendencia humana a ver patrones, prolongando sus curvas imaginarias frente a una realidad que tiende a ser cambiante y fractal y en la que un único acontecimiento o dato puede dar al traste con cualquier media o tendencia consolidada.

Muchos de esos expertos admitirían sin problemas lo endeble de sus predicciones, un puro castillo de naipes a merced de la primera brisa, para a continuación encogerse de hombros: “Es mejor que nada”. Los que pagan, mandan, y algo hay que decirles: en la sociedad del conocimiento la incertidumbre da pavor y cualquier cosa antes que admitir que hay demasiado que no sabemos y simplemente no hay manera de saber.

Todos estos conductores ciegos capaces de arrastrarnos con absoluto aplomo de cabeza al abismo están en el punto de mira de este ensayista y conferenciante, brillante autodidacta especializado en teorizar sobre el riesgo en relación a los límites del conocimiento. Despejar las falsas certezas y delimitar las zonas de incertidumbre, aprender a distinguir los matices entre improbable e imposible y sus respectivas consecuencias, sería el primer paso para tomar decisiones verdaderamente informadas y actuar en el mundo con un mínimo sentido de la realidad. Es decir, más Popper y menos Platón.

lunes, 17 de agosto de 2009

Parnassus: el trailer



ACTUALIZACIÓN:
Enlace para descargar en Quicktime alta definición en movie-list.com (al fondo de la página: Other formats - expand).
http://www.movie-list.com/trailers.php?id=imaginariumofdoctorparnassus

martes, 28 de julio de 2009

Corta y pega (Comic Con 2009)



1. Mínimo signo de vida de este mortecino blog de julio: Que por lo que cuentan la Comic Con de San Diego de este año ha debido de estar muy bien e internet está lleno de videos que lo prueban. Allí se presentó (para empezar por lo más esotérico) esta (larguísima) promo del remake de El prisionero en miniserie de 6 capítulos con Ian McKellen y James Caviezel, rodada en Sudáfrica con tratamiento de peli y que no pinta tan sacrílega como podría suponerse (¿un poco escasa de humor, quizá?).

2. Varios desconcertantes spots promocionales de la 6ª (y final) temporada de Perdidos. Si no habéis visto el final de la 5ª no os podéis ni imaginar la clase de enloquecidas especulaciones que han levantado... Y la charla de los cachondos de los productores con los fans tampoco tiene desperdicio: (http://www.youtube.com/watch?v=ruNjVeEBA_I)




3. Los presentes pudieron ver en vivo el trailer de la aventura final de David Tennant como El Doctor (Who), para las próximas navidades (está en youtube y tiene spoilers por un tubo, pero se ve fatal). Antes de eso, quizá en noviembre en la BBC, la penúltima aventura del Décimo Doctor, The Waters of Mars, éste sí con trailer oficial:




Y muchas más cosas que pasaron, y posiblemente más interesantes, las podéis encontrar en vuestras páginas favoritas de cine y tv. Y si no tenéis ninguna no entiendo cómo habéis llegado hasta aquí abajo...

viernes, 3 de julio de 2009

No hay quien pueda contra la entropía


No pensaba escribir nada sobre Michael Jackson porque bastante ruido ha habido ya, pero hoy me ha dejado impresionado esa grabación en la que se le ve ensayando para su inminente reaparición en Londres.
Es el impacto de verle por última vez haciendo de Michael Jackson, pero del de verdad, del artista superdotado que recordábamos de los buenos tiempos, antes de las operaciones y los escándalos, antes de que se transformara en un nuevo fantasma de la ópera pasto de la prensa amarilla. Darse cuenta de que para él la posibilidad de redención no era tan absurda, que Jackson no era todavía ese despojo alucinado que suponíamos o nos contaban sino que estaba trabajando como un burro para volver a ser grande y pagar las facturas sin tener que pasar por el trago de morirse a cambio del reconocimiento mundial y el perdón de sus pecados reales o supuestos. A estas alturas, sin embargo, el daño era tan grande que quizá el esfuerzo acabó siendo demasiado para él. Próxima exclusiva de The Sun sobre el caso: la autopsia lo confirma, a Jacko lo mató la segunda ley de la termodinámica.

viernes, 26 de junio de 2009

Déjà vu


Imagina que tienes una gran idea para una película de terror. El consejo del director destroyer arrepentido Elio Quiroga sería: “Antes de que te la roben, escóndela cuidadosamente dentro de un remake lo más plano que puedas de El Orfanato". Y como muestra, su propia NO-DO.

Cansado y mosqueado de las incidencias de la vida diaria que conspiran para mantenerme apartado de este blog, oh queridos lectores, y aún teniendo por delante varias películas excelentes para comentar (Star Trek, Ponyo en el acantilado, Los mundos de Coraline), me salto el habitual orden cronológico para despotricar contra la única de la que he salido echando pestes.
NO-DO es un producto bien rodado, con excelentes actores (Ana Torrent, Héctor Colomé), que funciona dando a ratos susto y repelús y que seguramente se venderá pasablemente en el extranjero ahora que parece que hemos creado los cimientos de una especie de industria autóctona del fantástico (ya lo estoy viendo, anunciada en caracteres más grandes que el título: “Si te gustaron Los otros o El orfanato, te encantará NO-DO”. Pero, ¿era realmente necesario para triunfar por el mundo reunir con tanta cara semejante antología de topicazos de nuestro último cine de género? Casas encantadas, madres histéricas, maridos incrédulos, viejas locas que callan algo, bebés que lloran al paso de fantasmas de niños muertos… ¿Será capaz Quiroga de defender que lo suyo no es pura explotación mimética de un éxito previo? Y no sólo roba de El orfanato, también fagocita bastante de La habitación del niño, la Película para no dormir de Alex de la Iglesia. NO-DO es una obra ramplona, mecánica, sin chispa, montada a base de estereotipos y trozos de historias bastante mejores que ella, unidos por saltos de trama ridículos, con personajes de cartón cuyas angustias es imposible creerse, sin apenas detalle de inspiración que la ilumine.
Y lo que más me cabrea no es el desperdicio de tiempo, dinero y talento por parte de todos los implicados, lo que no tiene perdón de dios es la tomadura de pelo que supone arruinar de esta manera una premisa de partida tan brillante y llena de posibilidades, la de ese equipo B de reporteros del NO-DO enviados a cubrir en secreto toda clase de milagros y fenómenos paranormales con el fin de reivindicar para la España franquista su posición como eje de la Cristiandad. Esa es la película que valía la pena ver y no otra más de parejas con pasta que se mudan a un caserón gótico y se arrepienten la primera noche. Un caso para estudiar: Elio Quiroga, que debutó con Fotos pidiendo paso como sucesor de Almodóvar y Buñuel y salió escaldado de la experiencia, se esfuerza tanto ahora por no asustar a nadie, por demostrar su calidad de artesano fiable y discreto al servicio de la taquilla, que el resultado es casi más bizarro y desconcertante que cuando iba de artista.

domingo, 21 de junio de 2009

¡Ocupado!



miércoles, 10 de junio de 2009

El que quiera peces


¿Quién ha dicho que la ficción no vale para nada? Hasta el thriller de verano más popular (por ejemplo, Tiburón) puede ser utilísimo como campo de pruebas y fábrica de patrones para interpretar la realidad...

Nadie describiría la primera obra maestra de Spielberg como un densa exploración de las interioridades del alma humana; de hecho es una versión chiringuitera y suburbana de Moby Dick en clave de serie B, donde el momento humano más dramático (el monólogo de Robert Shaw sobre su experiencia con los tiburones tras el hundimiento del portaaviones Indianapolis) se terminó de improvisar en el último momento. Y sin embargo, ¿cómo olvidarse del alcalde de Amity, el tío aquel que, aterrado por la fuga de turistas en temporada alta de su bonita ciudad costera, quitaba importancia al peligro del escualo y animaba sonriente a los bañistas a regresar a las playas y meter la patita? A aquel hombre tan valiente y lleno de sentido común lo único que le quitaba el sueño por las noches era que a final de año no le cuadraran las cuentas. El ejemplo, sin duda, ha cundido.

En esta era de la socialización del riesgo en la que el lobby pronuclear, arrimando a su sardina el ascua de la crisis y el CO2, insiste en que no hay más alternativa que lo suyo y todo lo demás son fantasías o trasnochados prejuicios izquierdistas, cuando supuestos expertos independientes (que indefectiblemente han hecho carrera en ese sector) insisten una y otra vez en que la tecnología punta del siglo XXI, si bien incapaz de impedir que se estrelle un avión de cuando en cuando, es perfectamente segura y a prueba de fugas radioactivas, cuando cada dos por tres surgen noticias de escapes y averías silenciadas por los responsables de tan magníficas centrales no contaminantes (siempre, por supuesto, incidentes leves; los otros no habría manera de ocultarlos), a uno le entran unas ganas tremendas de ponerse demagógico. Por ejemplo: ya que se les ve tan convencidos de que las ventajas anulan cualquier hipotético peligro, ¿por qué no obligar al presidente de Iberdrola y al ministro de Industria a hacer pedagogía y mandarlos a vivir con sus familias junto a esa central burgalesa que tanto les apetece conservar? Que también Fraga se bañó en Palomares y no le comió nadie.

sábado, 6 de junio de 2009

El huracán entero


Claro que me hacía ilusión ver en vivo a Neil Young pero admito la tontería de sentir cierta prevención subliminal a encontrármelo en carne y hueso (con diez o doce metros y varias filas de cabezas de por medio), sobre todo ahora que todos ya vamos teniendo una edad… Mr. Young (Toronto, 1945) es el músico al que más veces había visto en directo sin haberle visto nunca realmente, desde el impresionante documental The Year of the Horse de Jim Jarmush (que me convirtió para siempre en un fan) a la cutreretransmisión de TVE del verano pasado de su concierto en el Rock in Rio, sin contar todos los discos en vivo, oficiales o no, a lo largo de una trayectoria de cuarenta años. ¿Estaría el músico real, a día de hoy, a la altura de sus registros? ¿Echaría igualmente el resto cuando no había nadie importante mirando?

Vaya si lo echó. El pasado domingo en el velódromo de Anoeta de San Sebastián Neil Young dio delante nuestra uno de los mejores conciertos que le haya escuchado en la vida. Desde el momento en el que pisó el escenario con su camisa de cuadros empuñando su guitarra Old Black y tocó las primeras notas de Mansion on the Hill supimos que venía a dar caña, como reafirmó inmediatamente con una versión brutal de Hey Hey, my my (Into the Black), más lenta y pesada que nunca, con el efecto de una bola de demolición. A falta de los Crazy Horse (su clásica banda de acompañamiento), esta otra que se ha montado con mezcla de amigos jóvenes y veteranos y de su esposa Peggy a los coros no tiene nada que envidiar en cuanto a potencia destructiva y resulta mucho más dúctil a la hora de seguir al líder por sus diferentes palos, que no todo fue rock, distorsión y decibelios, hubo brochazos salvajes pero también caligrafía fina. Neil cambió el tempo sentándose ante un viejo órgano de iglesia que se había traído (el genio=la capacidad infinita para tomarse molestias) para cantar Spirit Road, emocionante himno de su disco de 2007 Chrome Dreams II; más tarde desfilaron varios temas de su legendario Harvest, clásico del folk-rock, con una precisión, limpieza y sensibilidad de poner la carne de gallina.
El canadiense (que habló poco pero sonrió y gesticuló mucho) venía con ganas de complacer a estos remotos fans europeos así que casi todo fueron clásicos absolutos (Cortez the Killer, Cinnamon Girl, The Needle and the Damage Done, Down by the River, Rockin’ In The Free World…), con tan sólo dos temas de su último disco, el peleón Fork in the Road, inspirado en un viaje que hizo por EEUU en un viejo Lincoln Continental convertido en coche eléctrico (últimamente el viejo rockero ha volcado su activismo en las energías renovables tras haberse partido la cara con los acólitos de Bush; en realidad, por supuesto, todo está bastante vinculado).
Fue un repaso fabuloso, aunque para nada exhaustivo (yo habría seguido allí otra hora o lo que me echaran sin acordarme del calor, del dolor de espalda o del madrugón del día siguiente) a una carrera llena de contrastes que en ninguna otra parte se manifiestan tan claros como en Like a Hurricane, el tema con que se despidió; una pieza romántica, fantasmagórica, perfecta, cantada en falsete, la calma en el ojo del huracán que Young envuelve en un desarrollo instrumental de estruendo, furia y caos aparente a la búsqueda de patrones, donde Young explora con su guitarra territorios que sólo él ve, un otro lado al que nos arrastra sobrecogidos con su música mientras el tiempo en este otro universo se detiene. Qué pocos pueden hacer eso.

miércoles, 27 de mayo de 2009

El hombre excelente



No tenía ni idea de que Pedro Sempson había sido famoso por algo más que por ser durante once años la voz original en castellano de Charles Montgomery Burns (mientras escribo el nombre completo del personaje no puedo evitar oírle a él gritándolo con furia de maníaco senil en cualquiera de las veces en que Los Simpson clásicos parodiaron Ciudadano Kane). Yo hasta hoy no conocía ni su cara y sin embargo la Wikipedia habla de una extensa carrera en el teatro y la televisión, donde se hizo popular interpretando a uno de los tacañones en una de las primeras etapas del Un, dos, tres. La ancianidad, al menos, no era fingida: murió el pasado domingo, a los 90 años y 11 meses.


Monty Burns con la voz de Sempson (también es casualidad el apellido) fue más lunático y malvado, más viejo chocho y plutócrata despiadado que nunca; su versión tenía una vida, sustancia y humor que iba mucho más allá de una simple imitación del original, inyectándole un carisma y una humanidad que estaba a años luz de la versión americana de Harry Shearer. El señor Burns que los espectadores españoles tanto admiramos es tan obra de Sampson como de Matt Groening, John Swartzwelder o los dibujantes coreanos que lo animaban, una de las cumbres del doblaje en castellano que prestigian una profesión y la elevan a la categoría de arte.
Sempson tenía 82 años cuando se retiró del oficio y de Los Simpson; por entonces yo no tenía ni idea de que fuera tan mayor y no podía meterme en la cabeza que alguien quisiera dejar voluntariamente lo que sin duda era el mejor trabajo del mundo. Todavía hasta la película de la serie mantuve la esperanza de que volviera, de que hiciera una excepción pero no, estaba bien merecidamente jubilado. Ahora que ya no nos queda otra que seguir echándole de menos indefinidamente, me gustaría creer que durante todos esos años poniendo voz a ese grotesco mamarracho amarillo que tan raro debía resultarle, él mismo disfrutó con su trabajo al menos una milésima parte de lo que lo hicimos nosotros.

domingo, 24 de mayo de 2009

Yo, Vampiro (with a little help from my friends)


Déjame entrar es una película pequeñita sobre un par de niños inadaptados que se encuentran en un deprimente suburbio de Estocolmo, y que hace por el cine de vampiros más o menos lo mismo que El sexto sentido por el de fantasmas.
Oiréis quizá que es cine europeo poético y sensible, una metáfora en clave fantástica acerca las crueldades de la infancia, la soledad, el sentimiento de alienación, los primeros amores y los climas gélidos del norte que le hunden el ánimo a cualquiera. Pues sí pero no.
Vale que de entrada, Oscar, el chaval humano, da bastante más grima que Eli, la chica vampira (le encontramos practicando con una navaja para defenderse de los capullos que le zurran en el colegio), pero luego la introspección y el subtexto no son obstáculo para que Déjame entrar sea también una fenomenal película de monstruos literales, violenta, sanguinaria y con un devoto respeto a la mitología clásica del vampiro (a la que aplica una brillante vuelta de tuerca), esa que por ejemplo, prohibe a estas criaturas entrar en el hogar de sus víctimas si no se les invita primero.
Y mucho cuidado antes de abrirles la puerta porque éstos no son como esos vampiros emos de moda, bellos, incomprendidos y trágicos: la maldición del no muerto no sólo convierte a Eli en un depredador darwiniano, hambriento y amoral, sino que su supervivencia diaria es un cúmulo de problemas prácticos que la conducen una a existencia precaria, marginal y furtiva. No es fácil ser vampiro en la Europa del siglo XXI, y menos si alguien no te echa un cable.
Siguiendo con la pauta de que, salvo por cuatro nombres fundamentales, cada país de Europa no tiene ni idea de lo que se cuece en el resto, la única información que encuentro sobre el director, Tomas Alfredson, es su pelada ficha de imdb.com aunque esta sea por lo menos su séptima película. Me entero de paso de que el guionista, John Ajvide Lindqvist, ha adaptado su propia novela, al parecer recortando mucho y tomándose bastantes libertades. Y seguramente más que se tomará el futuro remake en inglés que prepara para la renacida factoría Hammer Matt Reeves, el director de Cloverfield (Montruoso). En esta historia extrañamente delicada y terrible sobre simbiosis y parasitismos, en la que la atmósfera nórdica hace tanto por crear esa sensación de extrarradio de la civilización, cuesta imaginar que pueda ganarse algo con el transplante.

domingo, 17 de mayo de 2009

Se van los mejores


Auditorio de Barañáin, 6 de marzo de 2009, hace apenas dos meses.
El publico se inquieta porque Antonio Vega sale a actuar con media hora de retraso. Desde las filas de atrás llegan comentarios sobre un posible problema de garganta pero, cuando al final aparece sobre el escenario con toda su banda (entrando a tocar sin mayores ceremonias) no le notamos absolutamente nada. Tiene buen aspecto para ser él, voz impecable, se mueve, se comunica, nos agradece los aplausos (comenta que sin gafas no ve más allá de la primera fila). Durante toda esta gira está grabando un próximo disco en directo que dará testimonio de su lado más eléctrico y rockero, y ya iba haciendo falta: su disco más vendido hasta la fecha, el Básico para los 40 principales, ofrecía de él un perfil de cantautor ascético que eclipsaba injustamente su faceta de guitarrista excepcional. El concierto es brillante, cálido, emocionante, con versiones fenomenales de muchas de sus clásicas (Caminos infinitos, Océano de sol, Lucha de gigantes) y algunas otras mucho menos conocidas de sus primeros tiempos. Salimos felices, para nada con la sensación de haber visto a un artista en las últimas.


Ahora dicen que era inevitable, que un día u otro tenía que ocurrir, que quien mal anda mal acaba, que esto no ha sido una sorpresa. Cierto que Antonio Vega tenía adicciones peligrosas pero cuando a un artista llevan veinte años dándolo por muerto y él mientras tanto sigue a lo suyo, componiendo y actuando regularmente, al final acabas por creerle poco menos que inmune al veneno, por confiar en que todo el daño que podía hacerle se lo había hecho ya. En realidad, su muerte ha sido completamente inesperada y demasiado rápida, una supuesta neumonía que por lo visto ocultaba un cáncer de pulmón. Si hay una moraleja en este final, no me parece tan transparente como pretenden los lapidarios moralistas de guardia.

Desde la mañana del martes en que dieron la noticia, prácticamente no hice otra cosa en todo el día que seguir la programación especial de Radio 3, íntegramente dedicada a él, un auténtico velatorio en las ondas. Se abrieron teléfonos y empezó la catarata de llantos y el psicodrama colectivo. En cambio sus amigos, varios de ellos locutores de la emisora, retirados o en activo, insistían una y otra vez en desmentir la imagen pública del personaje: Antonio no era “ese chico triste y solitario” (el título del disco tributo que le hicieron hace unos años y que tanto le fastidió) sino un tío vitalista, divertido, humilde, rodeado de gente que le quería, un sujeto excepcional con un mundo interior muy especial al que no había manera de convencer de nada de lo que el no quisiera ser convencido (por ejemplo, de cambiar de estilo de vida).
La luz más brillante es la que se consume más rápido, creo que ha dicho su primo Nacho, o algo por el estilo. Ni murió rápido ni dejó el cadáver más bonito que podría haber sido, él no ha sido un James Dean o un Heath Ledger, pero hubo hasta al final algo de adolescente taciturno en Antonio Vega. Muchas de sus canciones son misteriosas y herméticas, nada más lejano a la anécdota autobiográfica o a la glorificación del propio mito (al estilo, por poner dos ejemplos, de un Sabina o un Enrique Urquijo). Llenas de paisajes mentales abstractos (científico del pop, le han llamado), sus canciones son burbujas de espacio-tiempo de paredes racionales e interior de emoción pura, cantadas con esa voz suya inconfundible, eternamente juvenil, (crispada, le he oído decir a Juan de Pablos), en las que el oyente se reconoce a un nivel profundamente visceral.
Las canciones se quedan (incluido el material inédito), y a partir de ahora hay quien va a ganar mucho dinero con ellas (los mitos muertos son siempre mucho más rentables). Dicen en Efeeme.com que el primer recopilatorio salía ya a la venta el viernes pasado. Para que luego hablen de la eficacia de la industria española.

domingo, 10 de mayo de 2009

Monstruos palpables



En los cines de mi pueblo no se conoce el 3D así que no estoy muy seguro de poder decir que he visto Monstruos contra alienígenas. ¿La hará la ilusión de perspectiva más graciosa, más original, quizá un poco menos artificiosa? Más espectacular está claro que sí porque de eso se trata, de irnos acostumbrando a un sistema de exhibición que no haya forma de piratear (por el momento) para consumo doméstico.

En los años 50, para combatir la funesta competencia de la caja tonta, el cine se arrojó de cabeza al color y a los superformatos tipo cinemascope y ahora lucha contra internet y el home cinema con el IMAX y la tercera dimensión. Lo mismo antes que ahora, el resultado inmediato no son necesariamente mejores películas (casi al revés); hasta que el nuevo recurso y sus posibilidades sean integrados con un poco de rigor en el vocabulario cinematográfico, la primera cosecha es siempre más de ruido que de nueces, impactantes pero ingenuos espectáculos de feria como el odorama, las butacas con tembleque o aquellos pioneros experimentos con las gafas 3d. Hay quien dice que Avatar del antipático megalómano James Cameron, que se estrena a finales de año, le dará a la nueva técnica el empujón definitivo hacia la madurez (nada le gustaría más a él).
Mientras tanto, una película como Monstruos contra alienígenas, autoconsciente homenaje a aquella ciencia ficción de serie B de los años 50 (mujeres gigantes, platillos volantes, marcianos con muchos ojos, hombres-mosca, cosas del pantano), sin superar la mayoría de las carencias de las producciones animadas de Dreamworks (argumento flojo, personajes algo blandos, humanos feos que actúan regular, moraleja trivial), se distingue del montón por su espectacular diseño de producción y unos cuantos buenos chistes protagonizados por el monstruo blandiblub. Lo dicho, igual en 3d gana mucho.