jueves, 27 de agosto de 2009

Catástrofes y animalicos


El cisne negro (best-seller de no ficción de 496 páginas de Nassim Nicholas Taleb, editorial Paidós) aborda un tema fascinante sobre el que tiene mucho interesante que contar aunque le cueste horrores ponerse a ello. El autor comienza relatando su vida de astuto self made man (desde las costas del Líbano a los rascacielos de Wall Street), para continuar despotricando de forma vagamente humorística contra los economistas, los expertos en evaluación de riesgos y los franceses. Tanto circunloquio me estaba empezando a tocar las narices cuando me encontré con el siguiente experimento mental, para mí el auténtico punto de inflexión del libro:
"Se lanza una moneda al aire noventa y nueve veces y en todas sale cara. ¿Cuál es la probabilidad de que a la siguiente vuelva a salir cara también?"


En plan fábulilla se plantea la pregunta a dos sujetos arquetípicos, un astuto comerciante de Brooklyn y un metódico ingeniero jubilado. El ingeniero responde automáticamente lo que nos enseñaron en clase de mates: “Un cincuenta por ciento: la moneda no tiene memoria y el resultado de cada lanzamiento es independiente de los anteriores”. “Ni de coña”, se carcajea el listo de Brooklyn. En el mundo real y puramente empírico en el que él habita nunca jamás sale noventa y nueve veces cara: o la moneda o la ley de probabilidades, una de las dos está mal y seguramente se trata de un timo.


La respuesta correcta es, por supuesto, la B (puro sentido común). Para Taleb, los borreguillos que habríamos contestado lo mismo que el ingeniero estamos infectados de platonicismo, un mal demasiado extendido entre los humanos. Sus víctimas tendemos a confundir el modelo con la realidad, el mapa con el territorio, vivimos rodeados de abstracciones mentales que imaginamos sólidas y tangibles y por eso nos quedamos de piedra cuando los esquemas nos fallan y nos quedamos en el aire colgados de la brocha.


El título del libro se refiere al pasmo con el que los naturalistas recibieron el descubrimiento en Australia del primer cisne negro, casi un oxímoron pues la blancura del cisne era considerada hasta entonces (lo mismo que ahora) un elemento esencial de su naturaleza, una de esas verdades de cajón extraídas por el método inductivo a partir de innumerables observaciones sin el menor rastro de evidencia en contra. Y si podían existir cisnes negros aunque nadie los hubiera visto o imaginado, ¿quién sabe qué otras certezas evidentes que damos por supuestas podrían desplomarse mañana? ¿Estamos seguros siquiera de que el sol volverá a salir sólo porque es lo que ha pasado cada día desde que tenemos noticia? Siguiendo con las aves, Taleb recuerda el ejemplo del pavo de Bertrand Russell, que creía que la regla general de la existencia era que un amable granjero le echara de comer todos los días hasta que la noche antes de navidad tuvo que revisar de improviso su teoría.


Lo mismo que las del pavo, nuestras predicciones del futuro tienden a ser simples proyecciones del pasado, y como tales bastante inútiles a la hora de prevenirnos contra las sorpresas desagradables. Por extensión el autor ha denominado cisnes negros a aquellos hechos raros de impacto tremendo e imposible de prever por adelantado, pero que parecen explicables o incluso inevitables a posteriori, como el Crack del 29 o el 11-S. Apunta que después de todo, la mayoría de los cambios históricos (por no hablar de los de nuestra propia historia como individuos) llegan siempre por sorpresa para aquellos que los viven en directo, por mucho que inmediatamente después los expertos corran a rodear el escenario del crimen con sus cadenas lógicas de estilo determinista.


Taleb esgrime estudios que indican que, pese a los abultados emolumentos que reciben a cambio de sus saberes, los politólogos y economistas son incapaces de demostrar dotes adivinatorias superiores a las del ciudadano medio salvo a la hora de explicar a posteriori todo aquello que en su momento no vieron venir. Les acusa de utilizar malas matemáticas (o de usarlas mal), de envolverse en arcanos modelos estadísticos para demostrar que saben de lo que hablan, armados con sus bonitas gráficas en forma de campana de Gauss (donde las desviaciones de la media son escasas e irrelevantes), uniendo los puntos en un salto de fe, dejándose llevar por la tendencia humana a ver patrones, prolongando sus curvas imaginarias frente a una realidad que tiende a ser cambiante y fractal y en la que un único acontecimiento o dato puede dar al traste con cualquier media o tendencia consolidada.

Muchos de esos expertos admitirían sin problemas lo endeble de sus predicciones, un puro castillo de naipes a merced de la primera brisa, para a continuación encogerse de hombros: “Es mejor que nada”. Los que pagan, mandan, y algo hay que decirles: en la sociedad del conocimiento la incertidumbre da pavor y cualquier cosa antes que admitir que hay demasiado que no sabemos y simplemente no hay manera de saber.

Todos estos conductores ciegos capaces de arrastrarnos con absoluto aplomo de cabeza al abismo están en el punto de mira de este ensayista y conferenciante, brillante autodidacta especializado en teorizar sobre el riesgo en relación a los límites del conocimiento. Despejar las falsas certezas y delimitar las zonas de incertidumbre, aprender a distinguir los matices entre improbable e imposible y sus respectivas consecuencias, sería el primer paso para tomar decisiones verdaderamente informadas y actuar en el mundo con un mínimo sentido de la realidad. Es decir, más Popper y menos Platón.

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