Mostrando entradas con la etiqueta humor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta humor. Mostrar todas las entradas

domingo, 6 de febrero de 2011

Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros



Esta es, tal cual, la carta que acabo de enviar a la Defensora del lector de El País:

Buenos días, acabo de leer su columna de hoy dedicada al lamentable asunto del twitter de Vigalondo. Como usuario de esta red social que vivió en directo el desarrollo del incidente, al tiempo que suscriptor desde hace años de El País, me sentí confuso e indignado con el comunicado del día 3 en el que su diario se desvinculaba del cineasta, en concreto con esa línea que dice  "el periódico considera inaceptables e incompatibles con su línea editorial los comentarios vertidos por el realizador". Es decir, dando a un chiste de humor negro categoría de artículo de opinión capaz de quebrantar la línea editorial y los principios del diario. De hecho, concediendo entre lineas que algo había de cierto en las interesadas acusaciones de antisemitismo (“cuando el río suena”, etc). 
El humor, y más el humor negro, se mueve en un terreno resbaladizo, que a unos les puede divertir y a otros ofender o escandalizar pero solo un estúpido o un malvado sería capaz de interpretar literalmente las palabras de Vigalondo, como por lo visto ha hecho El Mundo y el ínclito Jimenez Losantos, aprovechando el caso como munición en su particular guerra de medios. Tiene delito que ustedes mismos publicaran hace apenas unos días un reportaje sobre humor y corrección política ( "No pongan corsé al humor") en relación a la polémica de los Globos de Oro presentados por Ricky Gervais. Chistes sobre el Holocausto, Auschwitz, cámaras de gas, etc, se vienen haciendo desde hace décadas por parte de cómicos de todo el mundo, muchos de ellos judíos, sin la menor connotación antisemita. No hay insulto, perjuicio ni víctima en esta clase de chistes, ninguna connotación xenófoba ni nada que ver con “chistes sobre pederastia, violencia de género y otras lacras que han causado y causan un enorme sufrimiento”, como afirma usted. “El dolor marca la frontera”, añade. Efectivamente, el humor negro es una de las pocas formas en las que la mente humana puede tratar mínimamente de conservar la lucidez ante el horror inimaginable de aquellas atrocidades.

Hoy leo que su director ha declarado: “Hay límites que no se pueden traspasar, y en este caso, los chistes superaron claramente la línea roja. No tienen defensa posible. Constituyen un insulto a los judíos y a cualquier persona honesta. En el humor, habrá cuestiones en las que se pueda discutir dónde esta el límite, pero con las expresiones utilizadas en esta ocasión sobre el Holocausto, una tragedia que costó la vida a millones de personas, no se pueden mantener ambigüedades.”
Esto, además de manifiestamente falso (existen miles y miles de chistes sobre esa misma materia, véase Woody Allen, Sacha Baron Cohen, South Park...), es un insulto a Vigalondo y a cualquier lector con un mínimo de comprensión lectora.

“Hay una línea moral que EL PAÍS y sus lectores tienen muy clara y que se ha traspasado. Con el cese de la campaña hemos querido disolver cualquier duda que pudiera haber al respecto y ofrecer disculpas a quienes se hubieran sentido ofendidos", termina el señor Moreno. Pues bien, no sé a qué lectores espera complacer con su desafortunada respuesta pero a mí, sin ir más lejos, me ha ofendido gravemente. Me ofende que se envuelva en grandes palabras y principios morales; me ofende esa contundencia absoluta y rotunda que no viene a cuento en un asunto de naturaleza claramente opinable; me ofende que invoque líneas rojas morales para lo que no es sino una polémica en un vaso de agua, una decisión empresarial pura y dura, entregar la cabeza de uno de sus colaboradores para resolver un potencial problema de imagen hinchado y manipulado por sus competidores.

Quizá al director de El País, tan pendiente de la economía, la política y las noticias “de verdad”, todo esto le parezca una simple anécdota irrelevante, un asunto de frikis de internet y cuatro chalados de las redes sociales. Yo, por el contrario, pienso que la hipocresía es el peor delito que puede cometer un medio de comunicación progresista y por consiguiente desde este momento anulo mi suscripción.
Un saludo

jueves, 10 de diciembre de 2009

El colmo del entusiasmo


Si hay una palabra que no encaja con el nombre de Larry David es entrañable, y aún así, la última temporada de Curb Your Enthusiasm, dedicada a la gestación, once años después, de un especial apócrifo de Seinfeld, además la pirueta metatextual más asombrosa jamás intentada en televisión (de quitarse el sombrero y aplaudir con las orejas), es el mejor reencuentro imaginable (y el único fiel a su ideario: ni se abrazan ni aprenden) que pudiéramos haber imaginado los fans de aquella comedia mítica y seminal: lleno de envidias, peleas, segundas intenciones, planes maquiavélicos y risas, risas hasta doler.

1998: Jerry Seinfeld, a esas alturas un hombre asquerosamente rico, da por terminada la serie que se llama como él tras nueve años de éxito cada vez mayor, indiferente ante las paletadas de dinero que la NBC amontona en su puerta para hacerle cambiar de idea: mejor dejar al público con hambre de más, debe de pensar. Después de haberlo sido todo en televisión, Seinfeld emprende una especie de semi retiro disfrutando de su familia, sus millones y su colección de cochazos, con actuaciones puntuales en clubs como stand up comedian, apariciones en talk shows y algún que otro spot; más recientemente escribe y protagoniza la película de animación Bee Movie, recibida sin pena ni gloria (en su descargo diré que el diseño de personajes era bastante inmundo).

Sus compañeros de reparto Jason Alexander (George), Julia Louis Dreyfuss (Elaine) y Michael Richards (Kramer), sin la misma suerte de poder vivir de las rentas, se involucran en nuevas telecomedias a su medida donde cada cual ejerce de estrella pero a las que les faltan más mimbres y sustancia; se dan el castañazo y comienza a hablarse de la maldición de Seinfeld, como si no fuera de por sí bastante difícil para cualquier actor de una serie de éxito escapar al encasillamiento y encontrar nuevos papeles a la altura del que les dió la fama. Peor todavía: en 2004 Michael Richards se ve envuelto en un escandaloso incidente en un local donde actuaba como monologuista: cabreado con unos jóvenes negros que le interrumpen y se burlan de él, Richards pierde los papeles y profiere una serie de insultos imperdonables (que alguien graba y difunde) y que le retratan a ojos de la opinión pública norteamericana como un furibundo racista. La carrera del bueno de Kramer está acabada, opinan todos.

Mientras tanto, otro de los personajes clave de Seinfeld sí que ha logrado escapar a la sombra del mayor éxito comercial de su carrera, valiéndose en parte de la ventaja de haberse mantenido discretamente al otro lado de la cámara. Larry David, un fracaso como cómico de stand up y como guionista del Saturday Night Live, co-creador de Seinfeld y su principal guionista e ideólogo (reciclando con mucho arte las anécdotas más patéticas de sus propia vida y endosándoselas a su desquiciado alter ego George Constanza -fue David, por ejemplo, quien en cierta ocasión, en un orgulloso arrebato de amor propio, mandó a la mierda un buen trabajo para más tarde, en frío, horrorizado por lo que había hecho, decidir regresar como si nada al día siguiente pretendiendo que no lo había dicho en serio-), alcanza finalmente la popularidad creando y protagonizando para la cadena por cable HBO Curb your enthusiasm (Modera tu entusiasmo), única secuela posible de Seinfeld en la que daba una vuelta de tuerca más al juego de espejos que él y su amigo Jerry habían empezado a practicar allá.

Porque aunque haya gente que nunca llegara a pillar el chiste, en realidad Jerry Seinfeld sólo fingía estar interpretándose a sí mismo (una de las ideas de partida de su serie era mostrar de dónde sacaba las ideas para sus monólogos), y de ahí lo mal bicho que acababa dando el personaje en pantalla. El Seinfeld de ficción, el payaso listo (augusto) en el dúo con su amigo George, era un graciosillo profesional siempre con su sonrisa de superioridad en la boca, escrupuloso y engreido, riéndose de todo sin empatizar con nadie. Y sus amigos no resultaban menos mezquinos, una panda de urbanitas neuróticos y superficiales constantemente obsesionados con minuncias y trivialidades, los perfectos conejillos de indias para diseccionar las conductas más ridículas del homo sapiens occidental contemporáneo. A eso lo llamaron “una serie que no trata de nada” y resultó nada menos que la mejor telecomedia de los 90 con el permiso de Los Simpson, aunque los comienzos no fueron fáciles (demasiado judía y neoyorkina, les decían, nunca funcionará). Dentro de la ficción Jerry y George también intentaron vender una serie autobiográfica basada en ese mismo concepto a la NBC (Jerry, iba a llamarse) pero en su caso no coló.

Años después, en Curb Your Enthusiasm (serie rodada en estilo de falso documental y con guiones abiertos a la improvisación) aparece Larry David interpretando al antiguo co-creador de Seinfeld Larry David, ahora forrado de pasta y viviendo sin dar golpe en una mansión de Los Ángeles como un elemento más entre los del show business: un tipo insoportable, bocazas, maniático, metomentodo, siempre con ganas de llevar la contraria, un imán para los desastres que se ve a sí mismo como un quijotesco desfacedor de entuertos, constantemente envuelto en descabelladas aventuras bajo la sombra implacable de la Ley de Murphy. Si sus amigos todavía le dirigen la palabra es sólo porque lo de ellos es casi peor: su mánager Jeff es un gordo desaprensivo casado con Susie, la mujer más colérica del mundo (enemiga a muerte de Larry); su supuesto mejor amigo, el cómico Richard Lewis, es un gorrón autocompasivo; su vecino Ted Danson, un cretino arrogante, y así una larga ristra de personajes reales o imaginarios bastante poco virtuosos entre los que David actúa como disolvente de toda clase de tabús y convenciones sociales (y es abroncado por ello). En los círculos hollywoodienses en los que él se mueve Larry se ha peleado con Ted Danson (repetidamente), Martin Scorsese, Mel Brooks, Ben Stiller, David Schwimmer, Rossie O´Donnell, Hugh Hefner, John McEnroe, Lucy Lawless o Christian Slater (famosos que en su gran mayoría quedan como auténticos capullos, aunque sin llegar nunca a la categoría olímpica de Larry).

El mayor enigma de la serie es por qué sigue con él su esposa Cheryl, una atractiva rubia, antigua aspirante a actriz dedicada a causas ecologistas, algo pija y con una paciencia a prueba de bombas. Pero hete aquí que después de cinco temporadas de tragar con todas sus locuras, un desplante particularmente insensible de Larry es la gota que colma el vaso (ella le llama aterrorizada desde un avión que está a punto de iniciar un aterrizaje forzoso y él le cuelga porque está atendiendo al tío de la tele por cable). Cheryl le abandona (coincidiendo con el divorcio en la vida real del auténtico Larry David) y para recuperarla Larry no tiene mejor idea que aceptar producir para la NBC un especial de reencuentro de Seinfeld y ofrecerle a Cheryl el papel de la ex-mujer de George Constanza (al que dejaron exactamente por la misma razón).
“Pero si tú siempre has estado en contra de esa clase de reuniones”, desconfía Jerry Seinfeld cuando Larry acude a su oficina a proponerle el especial. “Siempre has dicho que son patéticas, que los actores están viejos y todo resulta forzado y sin gracia”.
“Pues la nuestra no será patética”, se defiende Larry, sin la menor intención de confesar sus auténticos motivos. “La haremos de una forma que no resulte patética”.

Y tanto. Lo que se alcanza a ver de ese especial que nunca existirá fuera del mundo paralelo de Curb Your Enthusiasm (porque los verdaderos Larry David y Jerry Seinfeld desprecian esa clase de reuniones y porque, como ha dicho Jason Alexander “no habría habido dinero suficiente para pagarnos a todos para hacer uno de verdad”), en lugar de patético, es un epílogo delicioso capaz de borrar el gusto amargo que a muchos les dejó el episodio final de Seinfeld (en el que acababan todos en la cárcel por malos samaritanos y que no gustó a casi nadie salvo a su autor). “Ya la fastidiamos una vez”, insisten en recordarle a Larry sus compañeros. “¡No, no la fastidiamos!”, se defiende él con evidente mosqueo.

Después de seis años sin verle dar un palo al agua, el Larry David de ficción se mete por fin en el papel de escritor (inspirándose profusamente en episodios anteriores de su propia existencia televisiva). La frontera entre ambos universos se resquebraja alarmantemente y las grietas se agrandan cada vez que Larry y Seinfeld (interpretando al Jerry Seinfeld real y no al Jerry personaje de Seinfeld, aunque la diferencia entre todos ellos resulte imperceptible) comparten pantalla demostrando una complicidad y una química admirables: el Larry de ficción jamás se había enfrentado a nadie que lo tuviera calado de una manera tan perfecta y tan relajada: no hace falta esperar al último episodio para apreciar por fin hasta que punto ellos dos son los auténticos Jerry y George (dando por bueno, por supuesto, que Jerry sea Jerry y Larry Larry. No sé si me explico...).
Una vez que las dos mitades se encuentran y se completa la imagen del espejo, ¿a dónde va Larry David con Curb después de esto? Acostumbrados como nos tiene a superarse a sí mismo con cada temporada, este sería el final perfecto para la serie aunque quien sabe qué otras cartas se guarda en la manga este calvo formidable.

Por otra parte,  y rebuscando un poco, aún quedan formas de distinguir entre el Larry falso y el auténtico. Está la manera oblicua en la que el David creador de Curb aborda el tema del escándalo racista de Michael Richards, un momento cómico cumbre en la historia de la serie (uno de los más absurdos y estrambóticos) y a la vez un instante de catarsis y redención para un actor con el que muchos espectadores juraron que no volverían a reirse nunca, su ocasión para disculparse, explicar que un mal día lo tiene cualquiera y volver a hacer el payaso como nunca. Un par de escenas de ese episodio justificarían ya toda la trama de la temporada y con ellas Larry David no sólo ha salvado la memoria de Kramer sino que probablemente ha ganado para Richards esa segunda oportunidad que nadie veía posible. El Larry de ficción nunca habría sido tan generoso con un amigo. Tampoco habría sonreído así en las fotos promocionales junto a sus antiguos compañeros en el mítico decorado del piso de Jerry. No, esa sonrisa blanca de pura felicidad sin reservas no encaja nada en su cara.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Son dos y aparentan legión


Faemino y Cansado siempre dicen eso de que con su espectáculo se pasa el rato pero no se aprende nada, que no tiene sustancia ni te hace mejor persona. Y va a ser verdad porque, como hace años que no salen por la tele, cualquier humorista que intente seguir su escuela probablemente moriría en el intento de tomar notas al ritmo que estos dos imparten sus chorradas magistrales. Menuda caña.

Veinticinco meses después de su última visita al Teatro Gayarre de Pamplona (nuevo lleno total durante cuatro días), juro por Manuel Campo Vidal que es la vez que más me he reído con ellos descontando la primera (ya tan mitificada en la memoria de mi juventud). Prometían que venían a hacer lo mismo de siempre y eso es exactamente lo que hicieron, dos tíos ya talluditos rajando sin parar sobre el escenario sin más apoyo técnico que unas chaquetas de colores y los copazos de licor que se sacan al final cuando se convierten en los cuentachistes Arroyito y Pozuelón. Ellos se jactan de su vagancia, de reciclar constantemente los mismos números y recurrir una y otra vez a los sketches que hacían en Cajón desastre, pero es mentira. Puede que el esqueleto sea el mismo pero todo lo demás llega en estado de flujo: las divagaciones y los incisos, lo de irse por las ramas, ha sido siempre su rasgo característico y el espectáculo en directo de Faemino y Cansado es la apoteosis de la morcilla que se come el plato principal, donde cada número empieza en terreno conocido pero nunca se sabe donde acabará. Con la complicidad que dan tantos años trabajando juntos, estos dos cachondos mentales se atreven a inventar e improvisar en directo (y se nota cuando el otro se esfuerza en aguantarse la risa), desbarrando sobre el guión previsto, seguros de que el otro le seguirá y rizará el rizo. Luego el mejor o peor resultado dependerá de la inspiración del momento, pero esta vez ambos habían venido en estado de gracia...

Tras saltar al escenario como siempre, con el baile y los botes para demostrar dinamismo, nos contaron la historia de cómo se conocieron de adolescentes cuando cogían percebes en el Mediterráneo con el culo (no les quedaba otra porque Franco, entonces todavía en el poder, les escondía los aparejos y los enterraba en un sitio del que sólo él tenía el mapa). Eso fue justo antes de empezar la transición y la movida (y se ríen recordando lo gordo que estaba Sabina, igual de gordo que Johnny Rotten el de los Sex Pistols). Luego les llegó la fama en la tele, pero acabaron hastiados y se fueron a dar la vuelta al mundo. Jamaica no vale nada, advierten (aunque se quedaron allí seis meses) y Australia es igual que la plaza del Castillo de Pamplona salvo porque allí el agua gira al revés . Pero tampoco hace falta irse hasta tan lejos sólo por eso, tú mismo te puedes hacer en casa un vórtice magnético en el fregadero con un conejo, una zanahoria y una caña de pescar, y luego llamar a Iker Jiménez para que te saque en su programa de monstruos (aunque luego resulta que es un escéptico y Faemino, con las molestias que se ha tomado, se pone fino de insultarle). Tras este viaje por la nostalgia, Faemino se tuvo que ir repentinamente porque se había dejado el móvil en el coche, y entre que volvía Cansado distrajo al respetable al estilo Moncho Borrajo, pidiendo al público palabras con las que formar un poema. Lo extraño es que todos los espectadores hablaban como Faemino y ninguno sabía pronunciar bien su nombre (“Joshxar” o así). El primero era un señor famoso, un tal Jose Luis Rodríguez “El Puma”, pero no el cantante de los 80 sino el fabricante de chandals (“chandals ¡Puma”!). Y luego casi se le mete un abejorro a Cansado por el chakra de la frente y se pone a especular qué es lo que habría ocurrido después de aguantar tres días al bicho dando vueltas dentro de la cabeza (“que viven poco pero no descansan”), y sus desesperados intentos de sacarlo con un cepillo de dientes, una brocheta de mariscos y hasta la guitarra casi sin estrenar de su hijo. Faemino le lleva la contraria y dice que no era un abejorro sino un pelícano deshidratado, parte de un contingente que venden los de Kelloggs (el dinero de verdad no lo hacen con los cereales sino con los pelícanos), contingente enviado por Ágatha Ruiz de la Prada porque se le ha ido la olla y quiere vengarse porque no le dejan ponerse un simple traje marrón. Cansado se le queda mirando: “Te lo estás inventando”. “¡Que no!”, insiste Faemino, que tiene una bóveda bajo ese mismo escenario, con una mesa y una campana de oro de no sé cuantas toneladas que es del alcalde. Y el alcalde va por las noches a acariciarla y a columpiarse del badajo. O igual al final sí que era un abejorro. Después interpretan el sketch didáctico sobre cómo escaparse de un calabozo en una cárcel de Australia gritando “qué va, qué va, qué va, yo leo a Kirkegaard”.

Luego hacen un descanso (delante del público, que hay más luz) y comentan temas personales como el problema que Cansado tiene con su hija de quince años no bautizada, que le vino con la pregunta de para qué servía el cálculo integral. Respuesta: para lo mismo que el otro pero más sano. Los problemas de Faemino son con un caballo que se compró para tenerlo en el piso que no controla sus esfínteres. Y al final salen Arroyito y Pozuelón a contar la vez que decidieron irse de vacaciones aprovechando que Arroyito hizo la mili con el señor Halcón, el de las agencias de viajes. Y cómo sus empleados (a cada uno de los cuales, como ellos son muy educados, le dedican un saludo personalizado) no entienden lo que quieren porque parece que los haya seleccionado un mandril (y Faemino se vuelve loco con su incompetencia aunque insiste en que él no se enfada). Total que el señor Halcón les paga un crucero donde Arroyito puede potar a sus anchas por la borda, que es lo que más le gusta en la vida después de los burros (que le hacen muchísima gracia), y al final cuentan un chiste con el capitán del barco, al que habían confundido con un dios o semidios griego de lo guapo que era, que acaba así: “no, mi padre era brasileño de Río” “¡Coño, como los cangrejos!”. Faemino piensa que si no nos hemos reído es porque no lo hemos entendido, o igual es que somos todos apolíticos (solía decir "de derechas"; debe de ser influencia de la radio).

domingo, 13 de julio de 2008

Siete años de mala suerte


No me puedo creer que se los carguen. No sé vosotros pero yo, desde que los Guiñoles de Canal Plus se convirtieron en los Guiñoles de Cuatro y los arrejuntaron con Eva Hache en su horario para noctámbulos prejubilados, en lugar de fidelizarme al espacio de la simpática monologuista segoviana acabé por desengancharme de la ración diaria para pasar a consumirlos en versión flash video en la web de la cadena, en atracones episódicos de una hora en los que me veía de un tirón todos los programas del mes. Por eso puedo decir con conocimiento de causa que ni el destierro a las madrugadas televisivas ni el relevo en la dirección (Rafael Jaén por el fundador Toni Martínez) habían afectado a la calidad del producto ni se notaba el menor cansancio en un espacio capaz de improvisar sketches como aquel de homenaje al difunto Charlton Heston que unía la crisis del PP con El planeta de los simios, donde un Rajoy en el papel del astronauta (rodeado de dirigentes del partido haciendo el mono) comprendía ante la estatua semienterrada en la arena de Aznar que su viaje al centro le había devuelto al punto de partida...

Soy lo bastante viejo como para acordarme de varios catastróficos antecedentes nacionales de muñequitos que intentaban repetir el éxito del inconmensurable Spitting Image británico (hubo unos llamados Los muñegotes, blandos, insípidos e incoloros, que resistieron bastante con una sección propia en algún programa de variedades del sábado noche en TVE). Ni ellos ni ninguno llegaron a tener ni puta gracia ni personalidad propia hasta que en los albores de la programación en abierto de Canal Plus apareció en nuestras pantallas el producto de un transplante de la variedad francesa en formato de noticiario, tan bueno que no nos importaba soportar a cambio las infinitas chorradas de Máximo Pradera, Fernando Schwartz y Ana García Siñeriz en Lo + Plus.

Aquellas marionetas, menos grotescas que las del prototipo inglés, tenían sin embargo un estilo propio, un parecido caricaturesco más que notable, un dinamismo y expresividad sorprendentes (arte que han perfeccionado con los años hasta conseguir a menudo que el muñeco parezca más vivo que el original), un reparto de voces extraordinario (Javier Valero, Angel Soler, Luisa Ezquerro, Raúl Pérez,Victorio Duque, Isabel Núñez, Mila Pérez…), y sobre todo, un sentido del humor irreverente y disparatado que donde ponía el ojo ponía la bala y que poco a poco fue construyendo el mejor espejo deformante de las miserias y mezquindades de la vida política española y sus personajillos protagonistas.

En un país donde las discusiones se dividen en un 50 por ciento en fútbol y otro 50 de política, los guiñoles rompieron el tabú posfranquista del humor político en televisión (después vendrían Caiga quien caiga, Vaya semanita en ETB, Polonia en TV3…) . Repartiendo palos en todas direcciones sin dejar títere con cabeza, con su corazoncito de izquierdas, cierto, pero tan implacables con las memeces de unos como con las de otros, el equipo del periodista Toni Martínez sorteó el peligro de convertirse en mero intérprete de la línea editorial del grupo PRISA y se construyó su propia credibilidad como un pseudoinformativo alternativo a menudo mejor informado que los de verdad (porque sólo un profundo conocimiento off the record de los personajes más allá de su faceta pública pudieron llevar a clavar con semejante precisión caricaturas tan extremas como las de Aznar, ZP o Rajoy, tres casos donde el tiempo ha acabado dando la razón al guiñol hasta el punto de que a veces ya no sabe uno si ese al que escucha es el humano o el de látex).
Pero no sólo de política vivían los guiñoles: como en las noticias de verdad la mitad era fútbol, y hay que ver lo que se aprendía (Van Gaal el cabeza-cubo, Luis Aragonés al que no le cabía un pelo de gamba, Ronaldo el que no estaba gordo y Ronaldinho todo el día de fiesta, Beckham y sus perfumes y Camacho y sus sudores españoles). Y también había toreros, folklóricas, un par de actrices, corredores de fórmula 1, algún que otro cocinero y ante todo una imaginación y una capacidad de trabajo extraordinarias con las que sacaban adelante cualquier entorno o situación que requiriera la fantasía del chiste: parodias dentro de parodias, versiones de canciones, escenas reconstruidas de películas y series… No había nada que no se atrevieran a hacer.

Y ahora el espejo salta en pedazos con la excusa oficial del desmantelamiento de la Hora Hache, que en septiembre cambia de horario, de formato y por lo visto de presentadora (que se toma un año sabático)."Las características del nuevo espacio” dice la nota de prensa de Cuatro, “unidas al alto coste que suponía la puesta en marcha de una producción tan compleja, han provocado su interrupción". Una vez más pagando justos por pecadores…
Me cuesta mucho entender por qué los guiñoles han de pagar el pato del fracaso de audiencia de un espacio contenedor al habían sido arrojados para servirle de gancho (en lugar de recuperar su hueco natural de tantos años como microprograma independiente justo detrás del informativo de la noche), ni entiendo tampoco ahora los súbitos apuros económicos de Cuatro apenas unos días después del pelotazo de la retransmisión de la Eurocopa y de empezar a llenar su programación de más concursos chorras. Debe de ser por eso que yo no dirijo una cadena de televisión...

Aún en plena fase de negación sigo sin terminar de creerme que vayan a matarlos por completo (incluso en la versión radiofónica de Hoy por hoy en la SER), que no volvamos a ver ya nunca a ninguno de estos personajes que son y no son a la vez la mera sombra del modelo al que siguen; estos muñecos con la verdad por delante, libres de todo cálculo e hipocresía, han acabado por hacerse más entrañables, simpáticos y humanos que esos otros seres igualmente virtuales y mucho más opacos a los que imitan. Lástima de ZP y de Rajoy, del matrimonio Aznar, de Gallardón y Esperanza Aguirre, de Acebes y Zaplana, Solbes y De la Vega, Bush y Condoleezza, El Papa Ratzinger y Monseñor Blázquez, Llamazares, el Lehendakari Spock, Chaves, Montilla y Blanquita, la cabra de la legión...

http://www.cuatro.com/microsites/nochehache/guinoles.html


En ese link siguen colgados los dos últimos años del programa, incluida su última aparición del 30 de junio donde los pobres muñecos no hacen otra cosa que festejar como idiotas el triunfo de la selección de fútbol, ajenos a la patada que su empresa había decidido ya darles tras 13 años de brillantes servicios. ¿Sería mucho pedir para ellos un último programa especial de despedida?

viernes, 28 de diciembre de 2007

Forgesworld


La semana pasada se produjeron en internet dos novedades de impacto:

1) la inauguración en Youtube del canal de Isabel II de Inglaterra.

2) el estreno de la web de Forges.

De momento, y sin prejuzgar los méritos relativos de cada cual, me voy a quedar con la segunda:

www.forges.com

Seguro que la de la reina también es muy graciosa pero es que está en inglés...