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sábado, 27 de marzo de 2010

La bestia de Baker Street


A la derecha, el vigente campeón, Sherlock Holmes tal como solía dibujarlo Sidney Paget para ilustrar en prensa los relatos de Arthur Conan Doyle (es decir, el arquetipo): un señor alto, flaco y de aire aristocrático, perfil aguileño, gorra de cazador y abrigo con capa (atuendo inapropiado para la ciudad convertido en algo así como su uniforme de superhéroe y verdadero icono del oficio de detective). Se le suele ver fumando una gran pipa curva de madera (incorporada como atrezzo en sus primeras apariciones teatrales) y le acompaña un médico de mediana edad, lerdo y bonachón, básicamente el Watson interpretado por Nigel Bruce en las viejas películas de Basil Rathbone.
A la izquierda, el aspirante, el dandy bohemio y ocasional luchador descamisado de la nueva película de Guy Ritchie. Estatura media, cuerpo fibroso de frecuentador de gimnasio, cierto parecido a Charlie Chaplin sin bigote, pipa mucho más discreta y como ayudante, un ex médico del ejército de su misma quinta al que no hay que coserle el nombre a la ropa por si se pierde.

En algún punto entre ambos extremos estaría el personaje descrito en los papeles del doctor John H. Watson (esos que harían rico y famoso al oftalmólogo escocés Conan Doyle), un veterano de la guerra de Afganistán reconvertido en biógrafo de su amigo y sin embargo compañero de piso. Sherlock Holmes, campeón de la justicia por lo privado sin ambiciones pecuniarias (oye nena yo soy un artista), máquina de razonamiento lógico con incorregible afición al golpe de efecto teatral, genio consagrado en cuerpo y alma a la excelencia en su oficio (maestro del disfraz, boxeador y espadachín con nociones de lucha oriental), cortésmente misógino (ya que las mujeres, de por sí casi siempre insensatas, tienen el don de perturbar los procesos mentales), excéntrico, desordenado, en el fondo y tras la máscara de indiferencia un sentimental propenso entre caso y caso a negros ataques de melancolía (que durante un tiempo combate con chutes de cocaina), fumador empedernido, melómano y violinista de talento, autor de raras monografías especializadas y todo un pionero de la criminología científica cuando semejante disciplina era pura ciencia ficción (a finales del siglo XIX hasta la identificación por huella dactilar era todavía una audacia experimental). Tan fascinante como el sabueso es el mundo en el que se mueve, ese Londres victoriano de mansiones, avenidas y callejuelas, capital del Imperio Británico que hoy nos resulta tan exuberante y cosmopolita como la mayor metrópoli moderna y a la vez tan rudimentaria como la ciudad de los Picapiedra (precisamente la nostalgia por ese pasado idealizado de farolas de gas, coches de caballos y máquinas de vapor es lo que ha dado origen, pasando por Julio Verne, a la estética steampunk).

Tras dos primeras aventuras largas que pasaron sin pena ni gloria, la sherlockmanía sólo estalló cuando las hazañas del detective pasaron a publicarse en prensa en forma de relatos cortos, casi como episodios de una trepidante serie de televisión. Mucho antes que Tarzán, Superman, James Bond o Indiana Jones, Sherlock Holmes se convertía en el primer superhéroe de la cultura de masas y ya ni siquiera su propio creador (con toda su maestría para elucubrar asesinatos y la complicidad del profesor Moriarty y unas cataratas austriacas) sería capaz de quitarlo de en medio, harto de que su trabajo más popular eclipsara sus intentos de triunfar como autor de dramas históricos.

El tiempo, la fama, el dinero y un título nobiliario acabarían reconciliando a Arthur Conan Doyle con la idea de pasar a la Historia como autor de noveluchas policiacas, literatura de consumo de usar y tirar. Pero no serían tan malas cuando más de un siglo después lectores de todo el mundo continúan devorando sus libros, la sombra de su detective sigue omnipresente en las últimas permutaciones del género (CSI, El mentalista...), y el propio Holmes (que ostenta el record Guiness de personaje de ficción más veces llevado al cine) no cesa de verse envuelto en nuevas aventuras:  Holmes el cazador de nazis, Holmes en el futuro, Holmes el fraude publicitario, el joven estudiante que apuntaba maneras, el drogadicto psicoanalizado por Freud, el alter ego de Jack el Destripador, el perro de dibujos animados...  El genio de la deducción ha venido sobreviviendo casi sin despeinarse a toda clase de revisiones, continuaciones y perversiones sin que ni aún las más irreverentes se atrevieran a prescindir de la iconografía tópica del personaje, esa que permite identificarlo al primer golpe de vista sea quien sea el que lo interprete. El mismo peso de la tradición ha vuelto en cambio irreconocible al pobre Watson, víctima de una especie de aplicación inexorable de las leyes de las buddy movies que fuerzan al máximo el contraste entre la pareja de polis. Así, cuando no es un simplón corto de luces, aparece como un Sancho Panza jovial y rollizo o en el mejor de los casos como un señor mayor con edad suficiente para ser el padre de su amigo.

La excepción que confirma esta regla es la serie de Granada Television Las aventuras de Sherlock Holmes, filmada intermitentemente entre 1984 y 1994, emitida en España por algunos canales autonómicos y que muchos sherlockianos tienen en un altar como la adaptación de-fi-ni-ti-va. Minuciosa recreación casi literal de los relatos originales de Conan Doyle (llegaron a filmar 41 de 60) con todo el primor que los ingleses le echan a sus ficciones de época cuando se ponen a ello, estaba protagonizada por el difunto Jeremy Brett como un Sherlock Holmes brusco y desabrido, casi siempre vestido de luto victoriano, y David Burke y luego Edward Hardwicke como un Watson inteligente y leal, sin barriga y en la horquilla de edad correcta. Todo muy riguroso y correcto pero admito que yo no puedo con ella. No aguanto su carga de solemnidad, su formalismo acartonado de drama de época, su pose de adaptación literaria de qualité casi sin rastro de energía, humor, misterio o espíritu lúdico. Ya digo que a muchos les encanta.

Mientras tanto, en pantalla grande, Sherlock Holmes llevaba sin tocar bola desde El secreto de la pirámide (1985), una precuela apócrifa, y Sin pistas (1988), una parodia desmitificadora con Michael Caine y Ben Kingsley, demasiado tiempo en barbecho para una marca tan famosa en estos tiempos en que las productoras cinematográficas andan desesperadas a la caza y captura del próximo remake convertible en franquicia que las cubra de oro. Se trataba simplemente de empaquetarlo de la forma adecuada para presentarlo a una chiquillería que en su vida había oído hablar de Basil Rathbone, Peter Cushing o Jeremy Brett.

La película de Guy Ritchie, hasta ahora algo así como un pariente pobre de Tarantino especializado en ultraestilizados thrillers londinenses de gangsters que hablan demasiado (Lock & Stock, Snatch, cerdos y diamantes) es una espectacular superproducción en la línea de otras reinvenciones recientes que cumple bastante bien con su misión de ser fresca, sexy, dinámica y muy iconoclasta. Sus productores presumen de haber hecho borrón y cuenta nueva con la herencia recibida de clichés y malos hábitos para crear la primera traslación fiel y directa de los personajes de Conan Doyle  (“el Holmes hombre de acción que nunca te habían dejado ver”).

Es decir, nada más lejos en espíritu de la serie de Granada TV. Pero el caso es que, entre tantas peleas, explosiones y carreras a través de esos impresionantes escenarios del Londres victoriano generados por ordenador, incluso el aficionado más ortodoxo apreciará el afán con que los guionistas han rastreado el Canon para extraer hasta el más pequeño detalle de interés que versiones anteriores hubieran pasado por alto (aún si a veces, en su entusiasmo, acaban metiendo la pata). Hay un momento en Estudio en escarlata en el que Watson, recién licenciado de Afganistán y antes de mudarse a Baker Street, repasa sus pertenencias y menciona un bull pup (cachorro de bulldog) del que no vuelve a hablar en la vida. William Baring-Gould, autor de una famosa biografía de Holmes, especulaba que el pobre perro habría encontrado una muerte temprana envenenado por los experimentos del detective; la película se suma alegremente a esta peculiar teoría aunque, según los expertos, un bull pup es en realidad un término coloquial que designa a un revolver del ejército (pero claro, un perro drogado y catatónico es mucho más gracioso).
En cambio, por insólito que parezca, las notas de Watson documentan perfectamente esas habilidades pugilísticas de su amigo que nunca antes habían adquirido tanta relevancia y que Ritchie enfatiza con su técnica de moviola, introduciéndonos en la mente de Holmes para asistir a un hiperracional análisis previo de cada golpe y sus consecuencias que habría hecho de él un gran campeón de videojuegos (aunque ahora que le hemos visto repartiendo públicamente leña con esa precisión tan letal, asombra más todavía que el rey de los detectives se ganara la fama precisamente por su cerebro).
Y luego están esas otras licencias de la tradición sherlockiana de las que simplemente no han querido prescindir porque les venían bien, ya fuera para aumentar la presencia femenina  (convirtiendo a Irene Adler -la encantadora Rachel McAdams-, originalmente una artista de vida sentimental complicada y tácito amor platónico de Holmes tras una ocasión en que fue derrotado por ella, en una especie de Catwoman enredada con él en una intermitente relación imposible) o para plantar la semilla de la secuela (y es que no puede haber aventura cinematográfica de Holmes en la que no asome la patita el inevitable profesor Moriarty).

Pequeñas objeciones de un picajoso fan de Conan Doyle: la película supera con creces el mínimo legal imprescindible de fidelidad (el de no devaluar la marca irritando así a los herederos de un autor cuyas obras, gracias a la desorbitada protección con que cuenta la propiedad intelectual en EEUU, todavía no han pasado al dominio público allí) y destila verdadero afecto por unas narraciones cuya perenne capacidad de fascinación tiene mucho que ver con la mezcla de sorpresa y familiaridad que contienen. Hay muchos que, aún después de conocer la solución de cada misterio, regresan una y otra vez a sus páginas para volver a habitar por un rato ese mundo familiar siempre patas arriba del 221B de Baker Street, con el tabaco para pipa en su zapatilla persa, los disparos de bala en la pared y tanto visitante intempestivo inquietando a la pobre patrona y dando inicio a una nueva partida del juego: una futura cliente en apuros, tal vez los inspectores Gregson o Lestrade de Scotland Yard superados por un caso inexplicable, los pilluelos dickensianos del servicio secreto irregular de Holmes presentándose a informar a cambio de unas monedas, o incluso el orondo Mycroft Holmes descarrilando de su inamovible rutina para solicitar la colaboración de su hermano en un tremendo asunto de seguridad nacional. Y por supuesto, como elementos inamovibles, el propio héroe y su cronista.

Y Robert Downey Jr. y Jude Law los han clavado absolutamente, disparando así el placer del reconocimiento en lo que puede ser el dúo con mejor química en la larguísima lista de actores que se han calzado esos papeles. Ambos codo con codo, más relajados y divertidos que nunca, son las estrellas absolutas de la función relegando a las chicas y al villano (el por otra parte apropiadamente siniestro Mark Strong) a la categoría de artistas invitados en el show de esta extraña pareja que tan bien se tiene pilladas las vueltas.

El caso al que en esta ocasión se enfrentan es una historia original que entretiene sin sorprender, otro pastiche poco imaginativo entre Dan Brown y Alan Moore sobre conspiradores pseudomasónicos/ satanistas rama Alistair Crowley que vuelven de la tumba para apoderarse de Inglaterra y el mundo con trucos de magia negra de la escuela de Scooby Doo. Poco importa porque el cogollo de la película es el inminente matrimonio de Watson con Mary Morstan (Kelly Reilly), la ruptura de una relación de convivencia que funcionaba de mil amores y que Holmes siente poco menos como una traición, de ahí sus cómicos esfuerzos de amante celoso por sabotear el enlace en tanto que resuelven el otro asunto.

Aquí es donde toca aquí matizar eso de que el espíritu de los personajes sea puro Conan Doyle: las incalificables impertinencias de Holmes ante la prometida de Watson y esa sospechosa barba de dos días que luce delatan cierta contaminación en la caracterización final a partir de unos populares descendientes televisivos, muy similares pero no del todo intercambiables. El leal y sufrido doctor Wilson (Robert Sean Leonard) puede ser un perfecto clon contemporáneo de Watson, un sujeto entrañable, compasivo, monógamo en serie y con una paciencia a prueba de bombas para aguantar los peculiares hábitos y actitudes de su amigo House (un ser incapaz de demostrar afecto ni ninguna otra respuesta humana aparte del sarcasmo), pero el genio diagnosticador adicto a la vicodina es demasiado cabrito, borde y amargado (además de cojo) para ser directamente confundido con Sherlock Holmes por mucho que Hugh Laurie dé físicamente el tipo bastante mejor que Downey. Los creadores de la serie médica de la Fox han admitido reiteradamente la inspiración (además de incluir cantidad de chistes sobre el tema) y ahora una nueva reencarnación de los originales se toma la revancha canibalizando a sus derivados para sacudirse el envaramiento victoriano y darle un aire más desenfadado a la dinámica de la pareja. Hay que felicitarlos porque el injerto ha sido todo un éxito, y si como efecto secundario este nuevo Holmes resulta algo más grosero y vacilón de lo que le recordamos, se puede atribuir perfectamente a la prudencia del caballeroso Watson (a quien Holmes con frecuencia acusaba de embellecer demasiado sus crónicas) a la hora de describir los modales y comentarios de su compañero.

Hablando de robos y préstamos: si realmente es inevitable que en la secuela que se prepara para el año que viene nuestros héroes se enfrenten cara a cara con el dichoso profesor Moriarty, ¿sería mucho pedir a sus responsables que fagocitaran entero El problema final de Conan Doyle, con los añadidos precisos para completar un largo de dos horas hasta acabar en las cataratas de Reichenbach? (algo así como lo que se hizo con James Bond en Casino Royale). Creo que era Umberto Eco el que descolocaba a los puristas afirmando que la primera versión de un personaje popular de ficción no es más definitiva ni legítima que cualquier otra reinterpretación que le siga, que todas conviven y se solapan sin jerarquías en el imaginario colectivo, disputándose con sus propios méritos el favor del público. La última mutación de Sherlock Holmes tiene buenas posibilidades en esa carrera pero si sus productores insisten en trabajar con argumentos originales, van a tener que discurrir algo bastante mejor que otra sociedad secreta subterránea de conspiradores.

P.D. Una vez demostrado el potencial comercial de estos personajes en pantalla grande, desde aquí propongo el rodaje de House, la película, una superproducción en 3D plagada de efectos especiales en la que el experto en enfermedades raras y su equipo de internos se enfrentan a la extrañísima fisiología de un alienígena que cae redondo mientras visita nuestro mundo; caso de que muera, una armada de platillos volantes amenaza en represalia con destruir la Tierra. Una pista: no es lupus.

domingo, 19 de octubre de 2008

Vietnam me mata


Experto en proyectar simultáneamente intenso sufrimiento interior y estupidez supina, Ben Stiller es uno de los mejores cómicos de su generación pero todo el mundo tiene que comer. Eso explicaría algunos sucios secretos de su pasado como Los padres de él, Starsky & Hutch o Noche en el museo. El resto bien podemos atribuirlo al efecto amiguetes según el cual Stiller está obligado a figurar en cualquier película donde intervengan Owen Wilson o Will Ferrell. Es decir, que el tío tiene talento pero no lleva pegado en la frente ningún certificado mágico de calidad.

En cambio, en su carrera paralela como director, Stiller se ha ido afinando cada vez más, perpetrando comedias extremas de personajes bizarros que, más que empatía, tienden a provocar grima o vergüenza ajena. Películas de culto como Zoolander (sobre el mundo espeluznantemente idiota de los supermodelos masculinos) o fracasos comerciales como Un loco a domicilio (variante en clave amistad masculina de Atracción fatal, odiada entre otros muchos por Homer Simpson: “¡estúpida película que casi arruina la carrera de Jim Carrey!”) no encontraron en su día respuesta entre el público masivo.
¿Cómo se entiende entonces que Tropical Thunder, su mejor película hasta la fecha pero en una línea de trabajo en total sintonía con las anteriores, se haya convertido en la comedia del verano? (nº 1 en taquilla en USA, éxito mundial de crítica, etc). ¿Será que tiene una premisa algo más digerible y convencional? (una variación sobre el tema del grupo de actores capullos obligados a representar en la realidad sus personajes de héroes) ¿Que había ganas de reirse de la guerra? ¿Que le ha beneficiado toda esa chorrada de polémica sobre actores blancos pintados de negro y chistes de retrasados? ¿Que el público disfruta confirmando que todos en la industria del cine están como cabras? Cualquiera sabe, el humor es un concepto tan subjetivo…

Tropical Thunder comienza con las desventuras de un equipo de rodaje que anda por Vietnam filmando un gran drama bélico, las memorias del heroico (y siniestro) mutilado de guerra Potras Tayback (Nick Nolte). La cosa, sin embargo, marcha fatal, con un director primerizo al que todo le supera (Steve Coogan), un jefe del estudio psicótico allá en Hollywood amenazando constantemente con toda clase de profanaciones fisiológicas (Tom Cruise, irreconocible bajo el maquillaje) y un reparto que más que ecléctico es que no pega ni con cola: un antiguo héroe de acción en horas bajas desesperado por reciclarse en actor serio (Ben Stiller); un actor del método australiano que se entrega tanto a sus personajes que se ha hecho teñir la piel para interpretar a un sargento negro (Robert Downey Jr.); un cómico grotesco famoso por enterrarse en latex para hacer todos y cada uno de los personajes de sus películas sobre gordos que se tiran pedos (Jack Black) y un rapero que debuta en el cine tras acumular experiencia haciendo videos llenos de culos y patrocinios de bebidas refrescantes. Los cuatro acabarán perdidos por la selva y tendrán que demostrar de qué pasta están hechos realmente (si es que de verdad hay alguien detrás de la máscara).

La película es de las de reirse a carcajadas, tiene mala leche a toneladas, varios chistes brutales, una absoluta falta de corrección política y un evidente conocimiento de primera mano de toda la farsa que se esconde tras los bastidores de la fábrica de sueños: las neuras de los actores (todo un chiste interno la aparición de Tom Cruise, el zumbado oficial de Hollywood), la ruindad de los productores, la compleja relación entre los oscar y los papeles de disminuidos psíquicos… Todo el reparto (incluso mi odiado Matthew McConaughey como el agente de Stiller) tiene ocasión de lucirse pero el que se lleva la palma hasta eclipsar al propio director es el gran Robert Downey Jr. en un año en el que el hombre, por cada película que pasa, arrasa.

domingo, 18 de mayo de 2008

Hombre en conserva


Los superhéroes, esos personajes absurdos, arquetipos distorsionados que protagonizan alambicadas mitologías para adolescentes con la profundidad emocional de una lenteja; como el ornitorrinco, suponen un accidente evolutivo de la cultura popular que si no existiera dudo mucho que nadie se molestara en inventar (al menos en su forma actual). Pero todo se les perdona cuando salen tan entretenidos como
Iron Man…

Menudo sarcasmo la frase aquella del tío de Peter Parker, Un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Lo cierto es que a estos vigilantes con pijamas de colores rara vez se les ha visto arrimando el hombro para combatir las verdaderas injusticias de este planeta, tan entretenidos como andan en su mundo de fantasía manteniendo oculta su identidad secreta, combatiendo al supervillano de turno y formando coaliciones entre ellos como en una tediosa parodia de alguna arcaica religión politeísta. El momento cumbre de su historia suele ser el relato-origen (cuando les pica la araña, les cae encima la tromba de rayos gamma o se caen en la marmita de pequeños) y sus primeros pasos para establecerse profesionalmente en un sector tan competitivo; a partir de ahí, las aventuras de cada cual se vuelven generalmente intercambiables y progresivamente rutinarias.

En EEUU los cómics de superhéroes han sido durante décadas sinónimo de cómic a secas: el duelo histórico entre DC comics y Marvel, como la división entre demócratas y republicanos, ha venido dando una ilusión de alternativa que barría bajo la alfombra el resto de opciones. Y ahora que sus ventas llevan años cayendo es el cine el que les viene a salvar gracias a la revolución de los efectos digitales que ha hecho posible trasladar a la gran pantalla sus fantasmadas a un precio razonable.

Iron Man es precisamente el estreno como productora independiente de Marvel Estudios (seguida en unos meses por Hulk 2, y más adelante por otros héroes de su catálogo en orden decreciente de popularidad). Y aunque puede que el hombre de hierro sea menos conocido que Thor o El Capitán América, resulta una estrategia inteligente comenzar el desembarco con uno de sus personajes menos traídos por los pelos, cuyos únicos superpoderes son su tremenda fortuna y su inigualable talento como ingeniero. Primo espiritual de Bruce Wayne, Tony Stark, heredero de una gran industria armamentística, es un capullo totalmente imbuido en esa vida de playboy millonario que el hombre de Gotham City solo finge llevar, hasta que una dura experiencia durante una visita a Afganistán le hace caerse del caballo y revisar su propósito en la vida y la de los juguetes que fabrica.

Y aunque su historia no deja de ser otro relato-origen tan surrealista e inverosímil como es costumbre en el género, el director Jon Favreau ha conseguido crear un producto ágil, divertido y emocionante, con cantidad de variaciones sorprendentes sobre el esquema base, y que además es de principio a fin el show de Robert Downey Jr. en la más perfecta fusión entre personaje e intérprete jamás vista en una película de superhéroes. Hace falta talento y carisma para conseguir soldar las piezas de un personaje tan imposible (genio, idiota, hedonista, hombre arrepentido y vengador justiciero), y que el resultado parezca tan ligero y natural como si el antiguo chico malo oficial de Hollywood se estuviera interpretando a sí mismo.

Es esa calidez humana (no hay más que echar un vistazo al resto de nombres del reparto: Jeff Bridges –calvo y con barba, irreconocible-, Gwyneth Paltrow, Terrence Howard) lo que la distingue y la eleva por encima de sus clichés y de otras cintas similares. Visualmente Iron Man es un producto hipertecnológico con lo último en efectos especiales y diseños futuristas (mucho más creíbles, por ejemplo, que los de Spiderman, y más vistosos que los de la realista Batman Begins), pero su material genético está repleto de cine clásico, de películas de aventuras de los años 30 tipo Errol Flynn (otro famoso borracho), screwball comedies (el romance latente entre Tony Stark, el frívolo heredero de buen corazón, y Miss Potts, su secretaria para todo), y esa ciencia ficción ingenua donde un capitalista emprendedor es capaz de arremangarse y hacerse en un pis-pás un supertraje para combatir al crimen. En conclusión, un plato completísimo y con un gusto excelente (para ser de lata).

sábado, 4 de agosto de 2007

A Scanner Darkly: ¡Qué rayada!

Distribuida tarde y mal en su momento, por fín, gracias al ciclo Golem Verano, ayer me quité la espina de ver A Scanner Darkly (2006, escrita y dirigida por Richard Linklater a partir de la novela de Philip K. Dick).

¡Futura película de culto! A Scanner Darkly es mucho mejor de lo que pintaba por referencias y bastante más que el vistoso experimento estético que aparentaba; parecía un auténtico desperdicio filmar a Keanu Reeves, Winona Ryder, Robert Downey Jr. y Woody Harrelson y luego pisarlos dibujando encima con algo que parece animación flash pero que seguramente será algo mucho más caro y sofisticado… Pues no: el redibujado le da una fascinante cualidad alucinatoria a esta historia de ciencia ficción de baja intensidad, más bien un drama psicológico expresionista, con personajes tragicómicos en plena desintegración que estarían a sus anchas en Leaving Las Vegas y de cuyos encontronazos va surgiendo poco a poco, casi por sorpresa, el argumento de un thriller. Por debajo de los trazos, además, todo el reparto está que se sale: la inexpresividad habitual de Reeves convertida mágicamente en angustia interior, el gesticulante desquiciamiento de Downey Jr...

De qué va: En un futuro cercano, el 20% de la población se ha hecho adicto a una droga superadictiva, la sustancia D; Reeves es un policía secreto de narcóticos y al mismo tiempo un consumidor compulsivo al igual que todo su círculo social; sus superiores, que ignoran su verdadera identidad (trabaja bajo un traje de camuflaje), le asignan investigarse a sí mismo, sospechando de vinculaciones con grupos narcoterroristas pero, entre tanto, su mente empieza a jugarle malas pasadas…

Basada en una novela semiautobiográfica del difunto Philip K. Dick, visionario escritor de ciencia ficción constantemente rebañado por el cine (Blade Runner, Desafío Total, Minority Report, Next) por su atractiva combinación de grandes conceptos y la más extrema paranoia, A Scanner Darkly es, efectivamente, un alegato antidrogas (una lista al final recuerda a todos los amigos del autor muertos o jodidos de por vida por esa causa) pero el ataque abarca todo el tinglado, desde los métodos del estado para combatirlas a los centros de desintoxicación o un sistema que fomenta la desesperanza y cualquier clase de fuga... De entre todas las adaptaciones de la obra de Dick, A Scanner Darkly es la primera que prescinde de inyectar más dosis de espectáculo para preservar el tono y el fondo de sus escritos, como en esos memorables primeros planos de dibu-Keanu hablando desde el interior del traje aislante que oculta su identidad, resumen icónico de uno de sus temas favoritos: la creciente imposibilidad de conocerse, de acceder al interior de nadie, ni tan siquiera de uno mismo.