Mostrando entradas con la etiqueta ciencia ficción. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ciencia ficción. Mostrar todas las entradas

sábado, 31 de julio de 2010

4. What Happened, Happened


A cualquiera que hubiera dejado de ver la serie a mediados de la primera temporada, cuando sus protagonistas todavía se hacían cruces por encontrar una simple escotilla metálica enterrada en la selva, le habría costado reconocerla durante el quinto año, quizá el más sensacional, fantástico y desquiciado de toda la historia de la televisión: viajes en el tiempo, héroes difuntos que resucitan, regresos milagrosos a la Isla en un nuevo vuelo de línea regular... Muchos habrían atribuido esta deriva a un caso extremo de fuga hacia adelante, el recurso desesperado de unos guionistas obligados a aplacar a un público adicto a las emociones fuertes que cada vez exigía mayores dosis.

En ese caso los árboles no dejarían ver el bosque y la excitante parafernalia imaginaria impediría apreciar hasta qué punto este escenario funciona esencialmente como cebo para una maquiavélica cura de sobriedad al estilo de la ducha escocesa: una diabólica exploración de los límites de una isla mágica que se nos había hecho creer que no existían, y de un universo de ficción que a la hora de la verdad resulta ser insoportablemente parecido al nuestro, sin botones de reinicio o de retroceso, y cuyos habitantes, al igual que nosotros, tienen solamente una vida y están condenados a vivirla hacia adelante.

Como si un artificio narrativo (los flashbacks) se hubiera apoderado de la flecha del tiempo arrastrando con él a los personajes, el año comenzó con una sucesión de frenéticos saltos a varias eras del pasado de la Isla hasta acabar por asentarse a comienzos de los años 70, la época de la Iniciativa Dharma (la comuna de científicos de ciencia ficción que sólo consumían su propia marca blanca), unos veinte años antes de morir exterminados por los que ellos llamaban los hostiles.

Aún así, lo que pasó, pasó, les advierte una y otra vez Daniel Faraday, el genio científico un tanto inestable llegado a la Isla para investigar sus anomalías electromagnéticas. El pasado no puede cambiarse, ocurre una sola vez y para siempre (y el viaje en el tiempo en LOST funcionaría entonces, desde el punto de vista de los personajes, como una paradoja de predestinación).

Pero Jack, el hijo atormentado por el fantasma de su padre, el líder que nunca quiso serlo y que apenas consiguió cumplir a medias su promesa de sacar a sus compañeros de aquella maldita isla (algunos se quedaron atrás, muchos murieron), es incapaz de dejar en paz el pasado. Alcoholizado, hundido por los remordimientos y el sentimiento de culpa y socavado su viejo escepticismo, ha terminado por arrastrarlos a todos de vuelta (hasta al féretro de John Locke) sin el menor plan de rescate o estrategia de salida salvo el impulso de corregir lo que ahora siente como un terrible error y su nueva fe del converso en que allí se le revelará ese destino que él por su cuenta es incapaz de encontrar fuera.


Y su fe parece recompensada cuando Faraday le pone en bandeja un plan que contradice todas sus anteriores advertencias y teorías: una explosión atómica cerca de las fuerzas del núcleo de la Isla introduciría una variable nueva capaz de alterar el curso del tiempo, quizá borrar de la existencia la Isla entera y sin duda alguna la historia completa de la serie. La bomba ya la tienen, no hay más que trasladarla y detonarla, y con esa sencilla acción kamikaze todos los errores de Jack, tantas muertes y sufrimiento, jamás habrán ocurrido. “¡Pero no todo fue malo!” protesta Kate entre lágrimas. Es inútil: Jack, escéptico o creyente, nunca escucha, él tiene que hacer lo que ha hecho siempre, lo que le convirtió en el gran cirujano que es, empeñarse en arreglar lo que todos salvo él dan por perdido. El desastroso fracaso de su último acto de rebelión contra la Isla (su última acción como Hombre de ciencia) le dejará más confuso que nunca, sin fuerzas para intentar volver a liderar el curso de la acción y aún más convencido de que el chiflado de Locke había tenido razón desde el principio en todas aquellas peroratas sobre el Destino.

Y sin embargo, por una cruel simetría de la trama, justo cuando Jack (actuando como un fanático terrorista suicida con coartada racionalista) se disponía a ejecutar el plan de Faraday, descubríamos espantados el verdadero final que el Destino le había reservado a John Locke. El creyente original, aquel tipo tan triste y enfadado con la vida, el paralítico que por un milagro había hecho realidad su sueño de convertirse en gran macho alfa, líder y cazador, había acabado sus días como un patético peón destruido y derrotado, incapaz de cumplir la misión de traer de vuelta al grupo que Jack acabaría por él, sin saber ya en qué creer y sin comprender nada, asesinado en su hora más oscura en un cuartucho de hotel lejos de su isla.


En realidad nos lo habían contado mucho antes, en una escena negrísima que sin duda habría resultado todavía más insoportable si antes no nos hubieran mostrado las imágenes del propio Locke otra vez de vuelta, vivo y entero, caminando sonriente por la playa como el día en que recuperó sus piernas. Nos dejaron creer que no importaba, que la Isla le había vuelto a arreglar, que en LOST hasta la muerte tenía remedio, y hasta nos hizo gracia la cara de susto e incredulidad de su asesino al descubrirlo de vuelta en el mundo de los vivos. Pero no era él, era un maldito hijo de puta encantado de lo bien que estaba resultando su plan.

Parte 4 de 8
Texto completo en pdf, aquí:

Entradas anteriores:
1. The Long Con, 2. We're going to need to watch that again, 3. The boxman

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Escoja la caja


Bastante bien ha salido The box para ser un cruce antinatura entre dos escuelas de relato fantástico que se suelen mezclar como el agua y el aceite: en una esquina, la ciencia ficción conceptual de Richard Matheson, maestro del género y autor del relato original en que se basa (y de Soy leyenda, el increíble hombre menguante o El diablo sobre ruedas), con su desarrollo racional e inexorable de una idea brillante hasta sus últimas consecuencias. En la otra, la lógica fluida de los sueños y el inconsciente cuyo maestro en el cine es David Lynch.

La premisa: EEUU, años 70. Un matrimonio algo corto de pasta, ella maestra (Cameron Diaz), él empleado de la NASA y aspirante a astronauta (James Mardsen), reciben la visita de un misterioso anciano (Frank Langella) al que le falta literalmente media cara, que se ofrece a solucionarles como por arte de magia todos sus problemas económicos. Bastará con que se atrevan a pulsar el botón de la cajita rústica e inofensiva que el hombre les deja, con el único inconveniente de que, al apretarlo, alguien a quien no conocen morirá. ¿Será una broma, un test psicológico o que el viejo ya no sabe en que tirar el dinero?

The box (en traducción libre, La caja) es el tercer largo de Richard Kelly, director y guionista americano que se dio a conocer con Donnie Darko, obra de culto bastante lynchiana con adolescentes torturados, viajes en el tiempo y monstruosos conejos gigantes. Después vino Southland Tales (que no he visto), por lo visto todavía más rara y universalmente vilipendiada. Su primer intento de cine comercial accesible, una siniestra fábula moral desbordante de ideas y de inquietantes incongruencias con aire de pesadilla, puede acabar retorciéndose demasiado sobre sí misma para el gusto del espectador pasivo, más desconcertado que estimulado por la insólita propuesta de Kelly. Fascinante, de lo más entretenida, estupendamente dirigida e interpretada (Langella en particular está magnífico) pero un poco embarullada y con un desenlace que dará pie a jugosas discusiones sobre egoísmo, altruismo y ciertas proposiciones indecentes. Por ejemplo: ¿prueba el test de la caja lo que pretende medir o es más bien un desastre como experimento psicológico?

Digo yo que en principio el ser humano, en cuanto primate, está programado de serie por la evolución para sentir empatía únicamente hacia aquellos individuos con los que comparte genes o un mismo grupo de caza o recolección. Es sólo gracias a la cultura que la línea divisoria entre nosotros y ellos se va desplazando hasta abarcar comunidades cada vez mayores con relaciones y afinidades progresivamente más abstractas (desembocando en fenómenos tan extraños como el síndrome de Estocolmo o un señor de Málaga hincha a muerte del Madrid). Pero un test de empatía hacia un ser humano completamente desconocido y abstracto, ¿es realmente un experimento moral o más bien una prueba de hasta donde alcanza la mente del primate para imaginarse a sus semejantes?

martes, 20 de enero de 2009

Muerte antes que deshonor


Primeras lamentaciones del año para los amantes de la fantasía y la ciencia ficción: El mismo día, el 14 de enero, se anunciaba el fallecimiento de Ricardo Montalbán (88 años) y Patrick McGoohan (80), dos intérpretes hacía tiempo retirados pero ni mucho menos olvidados...
Montalbán, pionero entre los actores hispanos en Hollywood, tuvo una carrera larga, fructífera y diversa, ejerciendo de latin lover, de exótico malvado y de secundario carismático en populares series de televisión, pero a la hora de la verdad para muchos será siempre Khan Noonien Singh, el único villano que importa de la saga Star Trek, el superhombre genético y dictador de media Tierra, exiliado al espacio en animación suspendida como un nuevo Napoleón hasta el día en que fue despertado por los hombres de la Enterprise. Por su parte McGoohan, un actor magnético de personalidad apabullante, que rechazó el papel de James Bond por motivos morales y el de Gandalf el gris por motivos de salud, tenía más que asumido (y con orgullo) que pasaría a la Historia como Número 6, el espía sin nombre de El prisionero, serie que él mismo había creado, diecisiete episodios de un falso thriller empapado de surrealismo, paranoia y férrea voluntad de resistencia que se merece su propio post (lo prometo).

Unos pocos días después nos recorre un escalofrío al enterarnos de que Columbia Pictures ha adquirido en pública subasta los derechos cinematográficos de la trilogía de la Fundación de Isaac Asimov, y que a partir de 2010 la devolverá convertida en una serie de películas dirigidas por Ronald Emmerich (Stargate, Independence Day, Godzilla, El día de Mañana…).
El gran protagonista de Fundación, en una crónica que abarca más de tres siglos, no es un piloto ni un guerrero espacial sino un anciano profesor universitario que muere poco después del primer capítulo: Hari Seldon, un matemático que, en un inimaginable futuro dentro de 20.000 años, predice mediante la ciencia de la psicohistoria, y contra todas las intuiciones de sus contemporáneos, la inevitable decadencia y caída del Primer Imperio Galáctico (sinónimo durante milenios de paz y civilización para billones de seres humanos en incontables mundos) y, tras ella, una terrible edad oscura de 30.000 años. Detener la caída es imposible pero aun es factible acortar a tan solo 1.000 años esa era de barbarie, explica Seldon a los escépticos funcionarios del Imperio. Les propone establecer dos fundaciones en extremos opuestos de la galaxia, dos colonias que servirán de depósito a todo el conocimiento humano. La gente de la Primera Fundación se dedicará durante generaciones a elaborar una monumental Enciclopedia Galáctica, o al menos esa es la falsa idea con la que parten hacia el planeta Terminus. En cuanto a la Segunda Fundación, su ubicación, así como su verdadero propósito (continuar la obra de Seldon), debe ser mantenido a toda costa en secreto porque el conocimiento de las predicciones psicohistóricas afecta a su cumplimiento. Lo que sigue es una deslumbrante partida de billar cósmico, donde los paralelismos con el final del bajo Imperio Romano y los siglos posteriores no le quitan ni un ápice de grandiosidad y capacidad de fascinación a esta serie de relatos que siguen hoy tan vigentes como hace sesenta años. Determinismo contra libre albedrío, gobierno de los sabios y los más aptos o poder para el pueblo con todas las consecuencias... ¿De verdad se ha leído esto Ronald Emmerich?

miércoles, 8 de octubre de 2008

Un gran paso para la hispanidad


¿Crisis? ¿Qué crisis? Para crisis la del año 2530, con la Tierra convertida en un infierno apocalíptico (tan mal como ahora pero en grado superlativo). Y como última esperanza de la humanidad, la nave interestelar Plutón BRB Nero (siendo BRB las iniciales del astillero donde se construyó, Biotechnological Research Badajoz), enviada a las profundidades del espacio con 5.000 colonos en animación suspendida en busca de un planeta habitable al que escapar. Al mando, nada menos que un marine español, el capitán Valladares (Antonio Gil), incompetente, inseguro, depresivo, que tan sólo se ofreció voluntario para perder de vista a la familia. Para suplir sus carencias cuenta con el gafapasta y pelota de Querejeta (Carlos Areces), su primer oficial, y con una neumática androide llamada Lorna (Carolina Bang), capaz de combinar las funciones de oficial científica y juguete sexual del capitán. Bajando por el escalafón se encuentran también un par de mataos: Hoffman, el técnico de mantenimiento (Enrique González) y Wollenski (Manuel Tallafé), robot calvo con melena, triste y desactualizado, perdidamente enamorado de Lorna (aunque ella sea mac y él pc). Mención aparte merece Roswell (Enrique Villén), extraterrestre resentido y homicida, capturado en USA en1947, un prisionero tan útil como guía espacial como Hannibal Lecter recomendando restaurantes. La dirige Alex de la Iglesia; la escriben Alex y Jorge Guerricaechevarría más Pepón Montero y Juan Maidagan (un par de guionistas de Camera Café), y la ponen los miércoles a las 23.30 en la 2.

Lo imposible ha ocurrido: sólo el chalado que debutó con Acción Mutante podría haber logrado levantar un proyecto semejante en una cadena española, remontando la actual estampida de vacas flacas. Star Trek, Doctor Who, Enano rojo… Las referencias (demasiado buenas para ser ciertas) que Alex de la Iglesia dejaba caer en las entrevistas han demostrado ser rigurosamente exactas aunque el presupuesto de Plutón BRB Nero no sea más que una fracción de la más barata de las tres (pero quién lo diría: rodada en cine, con esos decorados que aparentan inacabables y detalladísimos, mitad el Enterprise, mitad el Nostromo de Alien, y unos efectos digitales breves pero intensos, visualmente es una serie perfectamente homologable para la exportación). Ya que estamos, por qué no compararla también con Superlópez, otra brillante trasposición disléxica de un reconocible prototipo de fantástico anglosajón a nuestra realidad local más como de andar por casa (de hecho, ya que a Imanol Arias se le ha pasado el arroz, propongo a Antonio Gil - el capitán Valladares- como nuevo número uno en mi lista para interpretarlo).

Lo digo porque el humor de la serie, al menos de momento no tan negro como nos tiene acostumbrados el autor de Muertos de risa y La comunidad, me trae grandes recuerdos de los tebeos clásicos de la difunta editorial Bruguera, con sus historietas de personajes esmirriados y cara de subdesarrollo, pobretones frustrados e iracundos a menudo desempeñando oficios para los que demostraban una ineptitud notable (detectives, fontaneros, superhéroes), pero que en los que persistían tenazmente entrega tras entrega en lugar de terminar (o quedarse) despedidos, muertos o en la cárcel.
O quizá es simplemente que el equivalente más aproximado en imagen real de ese universo de papel y tinta es el esperpento naturalista de Berlanga, tradición a la que las comedias de Alex de la Iglesia se vienen apuntando desde siempre. Y para comprobar hasta qué punto Alex habría sido el director perfecto para echarse a la espalda a Mortadelo y Filemón bastan dos escenas del primer episodio de Plutón: el desmembramiento de Wollensky mientras Hoffman se hace el loco en vez de ayudarle, y la de la tortura inversa que aplican al alienígena Roswell (una sesión de amabilidad extrema). O simplemente comparar la eficacia cómica de Mariano Venancio en su papel del presidente terrestre Maculay Culkin III, un alarde de sobriedad y contención, con su interpretación como el superintendente Vicente en la película de Fesser, constantemente arrebatado por la histeria (suele ser importante que el personaje exhiba cierta dignidad antes de perderla al próximo chiste, por la cosa del contraste de situaciones y tal).

Todavía en el primer episodio a la mayoría del reparto (salvo Merche –Gracia Olano-, la esposa del capitán que aparece por videoconferencia) se les veía un poco inseguros, todavía buscando ese difícil equilibrio entre el arquetipo de ciencia ficción, el costumbrismo coloquial y la payasada a tumba abierta; para el segundo día la mejora saltaba a la vista: mucho más aplomo y convicción y el doble de risas en cada metida de gamba. Siempre es prematuro criticar una serie, sobre todo un producto tan complicado y tan ferozmente alienígena en nuestro panorama televisivo, a partir del episodio piloto: está la inevitable curva de aprendizaje, existen cantidad de dinámicas por establecer entre los personajes y muchos planes e ideas sobre un universo de nueva creación que sólo se revelarán en sucesivas entregas. “El origen de Roswell” giraba en torno a un McGuffin bastante tonto (casi un caso del inspector Yes), apenas una excusa para presentar a los personajes, y aún así contenía cantidad de gags geniales (el marciano que se alimenta de su propia bilis -“se lame, se lame por las noches”-, la mujer de Valladares echándole en cara que falte siempre a las reuniones del colegio, la declaración de Wollenski: “no tengo sentimientos pero me jode”…) y la promesa de grandes cosas por venir. El segundo episodio, “Tortugas en la barriga”, tan gracioso o más, incluye una escena antológica de paranoia espacial (las bolitas de migas de pan), intrigas políticas en realidad virtual (con intento de asesinato incluido), una parodia del test de empatía de Blade Runner, diversas variantes de amor, celos y sexo en el siglo XXVI (astronómicas facturas interestelares de teléfono erótico, la frustración amorosa de Wollensky, agobiante sexo salvaje con androides mal calibrados), una llamativa anomalía espacial y hasta un viaje en el tiempo con su inevitable paradoja. A partir de aquí, el cielo es el límite.

¿De dónde ha salido esta gente? A Antonio Gil no lo recuerdo de nada pero por lo visto tiene detrás una sólida carrera internacional (Chocolat, El mercader de Venecia) y ha trabajado en varias series inglesas, incluyendo un papel como comandante español en la miniserie Hornblower: retribution. Si es casualidad lo sería mucho porque las novelas de C.S. Forester sobre el capitán Hornblower y su guerra en el mar contra Napoleón son una de las fuentes de inspiración de Star Trek). Gil está estupendo como el capitán Valladares, dándole el punto justo de chulería y arrogancia imbécil para ocultar su inseguridad, punteado por ocasionales momentos de lucidez en los que recobra su humanidad. A Carolina Bang (la androide Lorna) la había visto en El intermedio haciéndose pasar por turista extranjera y ya entonces demostraba bastante vis cómica sacándole partido a ese físico que dios le ha dado de heroína de cómic (y con ella se rompe la maldición kármica de que todas nuestras rubias voluptuosas sean unas actrices tan nefastas). Manuel Tallafé (Wollensky), Enrique González (Hoffman) y Enrique Villén (Roswell) son secundarios habituales en las películas de Alex; de los tres, la gran revelación está siendo Tallafé: ese robot tan lleno de amargura tiene potencial para llegar a eclipsar al mismísimo Bender.
Y luego está Carlos Areces (Querejeta) que hasta hace poco no era actor sino un anónimo dibujante de El Jueves que ha acabado de fijo los miércoles noche en la 2 gracias a las malas compañías de cierta gente de Albacete. En los sketches de La hora chanante y Muchachada Nui el hombre borda los papeles de freak siniestro y de señora cabreada; Querejeta, personaje escrito a su medida pero de registros algo más complejos, está obligándole a estirar sus recursos y el tío está inmenso...

Un fracaso anunciado
El horario de Muchachada Nui y el product placement de Orange le dan a Plutón BRB Nero un ligero margen de supervivencia bajo el paraguas de la errática estrategia de la cadena pública para rejuvenecer al público de la 2. Sin embargo, son dos casos bien diferentes: a Muchachada se le consienten sus bajas cifras de audiencia en números tradicionales (es decir, descontando internet) porque presume de programa emblemático que, aún sin llegar a la categoría de éxito masivo (muchos no le ven la gracia ni se la verán, y eso es bueno: más felices serán cuando se vuelvan a juntar Cruz y Raya), se ha convertido en fenómeno de moda que está creando escuela y ha tenido un impacto innegable dentro del target de audiencia más deseado por los anunciantes (no hay más que ver todos los spots chanantes que han aparecido en los últimos tiempos: pavos, Richard Cleyderman, el cupido de la hamburguesa…).
En cambio, ¿una sitcom de ciencia ficción en la tierra del costumbrismo rancio y las series contenedor multigeneracionales para reir y llorar? La ciencia ficción (y mas todavía la variedad espacial) es un género prácticamente muerto en televisión (el público irá en masa al cine a ver naves y bichos raros y explosiones pero en cambio en casa prefiere ver comedias de familias residentes en Madrid). Para el espectador apático que se recuesta ante la tele entre jornada y jornada laboral, todo lo que se salga un poco de terrenos conocidos y mil veces explotados supone un esfuerzo inasumible si no directamente un insulto (y no es menos cierto sólo porque se trate en clave de comedia: ¿cómo se explica si no que Futurama nunca haya pasado de serie de culto?). Falla la identificación, aparece el aburrimiento, les parece un rollo de frikis que no tiene nada que ver con ellos (cuando de hecho es todo lo contrario: la ciencia ficción, en sus mejores momentos, permite dar un paso adelante para coger distancia y perspectiva y vernos mejor a nosotros mismos, quienes somos, donde estamos y hacia donde vamos).

Los 26 capítulos de Plutón BRB Nero, divididos en dos temporadas, saldrán en dvd pase lo que pase y muy bien tendría que ir para que le concedieran una prórroga (Alex de la Iglesia es un tipo muy ocupado, le espera el rodaje de La marca amarilla y se está dejando la salud en esta aventura televisiva). Ojalá me equivoque y exista un público para una serie como esta, pero si no, ellos son los únicos que lo pierden (a cambio, tendrán la tele que se merecen).

Links:
Página oficial de Plutón BRB Nero (con cantidad de información y donde se pueden ver on line los episodios ya emitidos)

El blog del rodaje de Alex de la Iglesia, inusualmente franco y actualizado casi a diario con sus últimas peripecias y reflexiones.

jueves, 20 de marzo de 2008

A.C.C. estuvo aquí


Arthur C.Clarke, el último superviviente de la era de los titanes de la ciencia ficción, moría el miércoles 19 en Sri Lanka a los 90 años. Con achaques y en silla de ruedas, pero lúcido e inquisitivo hasta el final, Clarke había manifestado más de una vez sus planes de permanecer con vida al menos hasta 2001, la fecha del cambio de milenio que él y Stanley Kubrick tanto hicieron por mitificar; se pasó de largo y aún tuvo energías para acompañarnos otro trecho por este futuro mucho más extraño y prosaico que el que él imaginó.

Una tribu protohumana despiojándose en torno a un monolito; una colonia en la luna y un hallazgo arqueológico imposible; dos astronautas en viaje hacia Saturno a merced de una computadora loca y, finalmente (o no), el siguiente paso en nuestra evolución... Salvo un poco de Julio Verne, 2001: una odisea espacial fue la primera novela de ciencia ficción que leí en mi vida y me produjo un cortocircuito neuronal del que aún me estoy recuperando. Ninguna obra de Clarke me volvió a impresionar de la misma manera (aunque por ahí le anda Cita con Rama, que David Fincher y Morgan Freeman llevan años intentando convertir en película), y mucho menos las secuelas que él mismo escribió (2010, 2061 y 3001). Por entonces no tenía ni idea de que la novela era el resultado de su colaboración con Stanley Kubrick, con quien Clarke había escrito el guión de la película a partir de su relato El centinela, y que el megalómano y huraño director le había exprimido hasta el fondo, llevándole mucho más allá de su zona de seguridad para crear poco menos que la película definitiva de ciencia ficción (la que Kubrick quería hacer). Película y novela cuentan la misma historia pero la primera es una obra poliédrica abierta a multitud de interpretaciones, plagada de connotaciones y significados posibles, una auténtica experiencia no verbal, mientras que novela, al más puro estilo Clarke, es un relato perfectamente claro, racional y lineal, y satisface unas expectativas completamente diferentes (aunque complementarias).

Clarke nunca fue un gran prosista ni un gran creador de personajes (sus criaturas tienden a ser astronautas, científicos o ingenieros supercompetentes y perfectamente intercambiables). Pero tenía una imaginación extraordinaria y una sólida formación como científico con las que, donde otros solo veían frios datos empíricos y abstrusas observaciones astronómicas, él vislumbraba aventuras en nuevos escenarios abiertos a la conquista del espíritu humano. Porque seguramente es cierto que todas las historias que valen la pena ya se han contado y solo queda repetirlas para los que han llegado tarde, no hay nada nuevo bajo el sol, dicen, pero el hecho es que nuestro sol es una estrella más bien corriente en un cielo que está lleno de ellas... Nuestra limitada inventiva tiende a poblarlas con variantes sobre lo que conocemos (hay otros mundos, pero están en este), pero los grandes autores de la ciencia ficción hard (Asimov, Heinlein, el propio Clarke) se las arreglaron a menudo para introducir algo nuevo y asombroso en la mezcla, cuestionando axiomas inamovibles, ayudándonos a asimilar la idea del cambio, a extender las fronteras de la realidad más allá del horizonte de nuestras propias narices y nuestras limitadas nociones del sentido común; exploradores del imaginario cartografiando para nosotros fenómenos y lugares incomprensibles que sabemos que están ahí fuera aunque no los vemos ni nos demos por enterados, tan empeñados como andamos en mirarnos al ombligo en esta minúscula mota de polvo al sol en un inmenso universo extraño y aparentemente vacío.

Arthur C. Clarke fue siempre un incurable optimista en cuanto a la capacidad de la ciencia para dar respuesta a cualquier problema (creencia recogida implícitamente en su famosa tercera ley de Clarke: “cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”). Hoy día, cuando las promesas de ayuda de la ciencia y la tecnología a menudo casi dan más miedo que el problema que pretenden resolver (como un fontanero chapuzas que por cada agujero que tapa te abre dos más), cuando paradójicamente vivimos inmersos en un presente hipertecnológico con wifi, iphone, terapias genéticas y coches que aparcan solos, la ciencia ficción al estilo Clarke está prácticamente extinta y la única variedad que encuentra eco popular es la del escenario apocalíptico; más que a maravillarnos con el futuro, a lo más que aspiramos es a quedarnos como estamos. ¿Será una fase?

domingo, 23 de septiembre de 2007

Cuidado con los cronocrímenes

Grandes críticas para el estreno mundial de Los Cronocrímenes de Nacho Vigalondo en el festival de cine fantástico de Austin, Texas:

“La mejor película de viajes en el tiempo en décadas”.
“Elegante, inteligente y más todavía, humana”.
“Absolutamente fantástica”

“Con un fondo de comedia negra y a la vez trágica, con alma y tremendamente entretenida”
“Devoción absoluta a su lógica interna” y al mismo tiempo “impredecible”
“Esta película de ritmo tenso, brillantemente construida, provocará espasmos de placer a cualquier fan de la ciencia ficción”.
“Un final perfecto que os hará salir del cine comentando y analizando, asombrados de lo que ha logrado el debutante Nacho Vigalondo”.
“Exactamente la clase de ciencia ficción de ideas provocativas para la que vivimos los fans del género. La mayor de las recomendaciones”.
(Harry Knowles y Massawyrm en Aint-it-cool news)

“Karra Elejalde está excepcional como Hector, un hombre corriente atrapado por fuerzas que pueden estar o no estar más allá de su control (…) Vigalondo arrastra rápidamente a la audiencia al dilema de Hector y, a través de los giros de la trama, no puedes evitar sentir más y más empatía por su situación. Con un presupuesto mínimo, Vigalondo ha rodado una película que luce estupendamente y proporciona una bienvenida capa de emoción al hábil manejo de los mecanismos del género.”
(Peter Martin, twitchfilm.net)


¿De qué va Los Cronocrímenes? Sinopsis de la cinta (protagonizada por Karra Elejalde, Bárbara Goenaga, Candela Fernández y el propio Vigalondo) extraída de su página oficial:

Un hombre que viaja accidentalmente al pasado y se encuentra consigo mismo. Una chica desnuda en medio del bosque. Un extraño individuo con la cara cubierta por un vendaje de color rosa. Una inquietante mansión en la ladera de una colina. Piezas de un puzzle impredecible que conducen a una insólita modalidad de crimen.

¿Quién es el asesino?...
¿Quién la víctima?


Nacho Vigalondo (Cabezón de la Sal, Cantabria, 1977), hombre de cejas picudas, antiguo guionista y director en Vaya Semanita (ETB) y al que algunos recordaréis por su corto musical 7:35 a.m., nominado a los oscars en 2005, terminó de montar la película hace cuatro días y todavía tiene el tema de la distribución completamente en el aire, así que un poco de ruido por el extranjero y algún premio que otro le vendrían de perlas (aunque igual ni por esas, porque el cine de género en España siempre lo ha llevado crudo). El próximo pase, en el festival de Sitges…

El blog de Vigalondo.