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viernes, 7 de enero de 2011

Año nuevo, dudas y arqueología


Feliz 2011, hipotéticos lectores desatendidos. En tanto que termino de decidir si le doy o no definitivamente carpetazo a este blog errático y lleno de baches, en recompensa por vuestra paciencia aquí os dejo la que fue mi felicitación navideña de 2005, una animación en flash plagada de errores de principiante pero que a mí al menos todavía me hace cierta gracia (ah, las locuras de juventud).
La felicitación de este año, en cambio, no pienso colgarla de momento. Los que tenían que verla ya la han visto (y si a alguno no le ha llegado, me la puede pedir a mí).


miércoles, 27 de mayo de 2009

El hombre excelente



No tenía ni idea de que Pedro Sempson había sido famoso por algo más que por ser durante once años la voz original en castellano de Charles Montgomery Burns (mientras escribo el nombre completo del personaje no puedo evitar oírle a él gritándolo con furia de maníaco senil en cualquiera de las veces en que Los Simpson clásicos parodiaron Ciudadano Kane). Yo hasta hoy no conocía ni su cara y sin embargo la Wikipedia habla de una extensa carrera en el teatro y la televisión, donde se hizo popular interpretando a uno de los tacañones en una de las primeras etapas del Un, dos, tres. La ancianidad, al menos, no era fingida: murió el pasado domingo, a los 90 años y 11 meses.


Monty Burns con la voz de Sempson (también es casualidad el apellido) fue más lunático y malvado, más viejo chocho y plutócrata despiadado que nunca; su versión tenía una vida, sustancia y humor que iba mucho más allá de una simple imitación del original, inyectándole un carisma y una humanidad que estaba a años luz de la versión americana de Harry Shearer. El señor Burns que los espectadores españoles tanto admiramos es tan obra de Sampson como de Matt Groening, John Swartzwelder o los dibujantes coreanos que lo animaban, una de las cumbres del doblaje en castellano que prestigian una profesión y la elevan a la categoría de arte.
Sempson tenía 82 años cuando se retiró del oficio y de Los Simpson; por entonces yo no tenía ni idea de que fuera tan mayor y no podía meterme en la cabeza que alguien quisiera dejar voluntariamente lo que sin duda era el mejor trabajo del mundo. Todavía hasta la película de la serie mantuve la esperanza de que volviera, de que hiciera una excepción pero no, estaba bien merecidamente jubilado. Ahora que ya no nos queda otra que seguir echándole de menos indefinidamente, me gustaría creer que durante todos esos años poniendo voz a ese grotesco mamarracho amarillo que tan raro debía resultarle, él mismo disfrutó con su trabajo al menos una milésima parte de lo que lo hicimos nosotros.

domingo, 10 de mayo de 2009

Monstruos palpables



En los cines de mi pueblo no se conoce el 3D así que no estoy muy seguro de poder decir que he visto Monstruos contra alienígenas. ¿La hará la ilusión de perspectiva más graciosa, más original, quizá un poco menos artificiosa? Más espectacular está claro que sí porque de eso se trata, de irnos acostumbrando a un sistema de exhibición que no haya forma de piratear (por el momento) para consumo doméstico.

En los años 50, para combatir la funesta competencia de la caja tonta, el cine se arrojó de cabeza al color y a los superformatos tipo cinemascope y ahora lucha contra internet y el home cinema con el IMAX y la tercera dimensión. Lo mismo antes que ahora, el resultado inmediato no son necesariamente mejores películas (casi al revés); hasta que el nuevo recurso y sus posibilidades sean integrados con un poco de rigor en el vocabulario cinematográfico, la primera cosecha es siempre más de ruido que de nueces, impactantes pero ingenuos espectáculos de feria como el odorama, las butacas con tembleque o aquellos pioneros experimentos con las gafas 3d. Hay quien dice que Avatar del antipático megalómano James Cameron, que se estrena a finales de año, le dará a la nueva técnica el empujón definitivo hacia la madurez (nada le gustaría más a él).
Mientras tanto, una película como Monstruos contra alienígenas, autoconsciente homenaje a aquella ciencia ficción de serie B de los años 50 (mujeres gigantes, platillos volantes, marcianos con muchos ojos, hombres-mosca, cosas del pantano), sin superar la mayoría de las carencias de las producciones animadas de Dreamworks (argumento flojo, personajes algo blandos, humanos feos que actúan regular, moraleja trivial), se distingue del montón por su espectacular diseño de producción y unos cuantos buenos chistes protagonizados por el monstruo blandiblub. Lo dicho, igual en 3d gana mucho.

domingo, 22 de marzo de 2009

La guerra en un flash


De entrada, la idea de una película documental de animación podría parecer una contradicción en los términos (como aquella de inteligencia militar que decía Groucho Marx), pero Vals con Bashir demuestra una vez más a los escépticos que no hay historia ni género que no se pueda contar con dibujos.

Con su estilo rotoscópico- naturalista de formas vectoriales, el largometraje reconstruye escenas y situaciones de las que en su mayor parte no existe testimonio gráfico, dando forma y color a los recuerdos de un puñado de prósperos cuarentones israelíes acerca de su participación en la guerra del Líbano de 1982 (las entrevistas y los personajes, por lo visto, son auténticos). Lo que en imagen real habría sido una carísima superprodución bélica no menos ficticia, se convierte a través de la animación en una especie de retrato robot creado a partir del cruce de declaraciones de los testigos sobre lo que verdaderamente ocurrió.
La memoria funciona de forma muy parecida a un dibujo, es subjetiva y caprichosa, retiene lo que le interesa y descarta lo que le sobra, y en este caso la técnica aporta además un efecto de distanciamiento que le viene muy bien al material. Vemos a unos jóvenes israelíes que no se acaban de creer que son soldados, envueltos en un conflicto que no acaban de explicarse, marchando por paisajes idílicos y nucleos urbanos desiertos donde nadie diría que se esté librando una guerra, que viven cada combate con el pasmo y la incredulidad del que acaba de caer en un videojuego, y así pasito a pasito los acompañamos hasta el desenlace, la masacre de los refugiados palestinos en los campamentos de Sabra y Chatila, perpetrada (según se nos cuenta y más o menos confirma la wikipedia) por falangistas cristianos libaneses aliados de Israel en venganza por el asesinato de su lider Bashir Gemayel, y que tiene lugar en las mismas narices de los soldados judíos sin que ellos muevan un dedo por evitarla, bien porque no se enteran, bien porque ellos sólo pasaban por allí.

La excusa que sirve de hilo conductor a las entrevistas, la extraña amnesia del director Ari Folman acerca de su experiencia en el Líbano (salvo unas inquietantes imágenes de un desembarco en una playa) es, de hecho, la exploración de un trauma reprimido que sus antiguos compañeros resultan padecer también, una conciencia de culpa cuidadosamente enterrada para poder reanudar una vida normal en el sentido más civilizado y occidental del término, protegiendo su imagen de sí mismos como seres humanos decentes. La película se estructura así en forma de psicoanálisis colectivo en torno a un episodio concreto (particularmente criminal, es cierto, pero al contrario que otros, investigado y más o menos asumido por la versión oficial, quedando como responsable último el ya prácticamente difunto Ariel Sharon) de tantos como han ocurrido en las inacabables guerras de aquellas malditas tierras. Gran banda sonora con contundentes temas de rock israelí ochentero (más alguno que otro original) que terminan de acotarla como experiencia generacional.

jueves, 28 de agosto de 2008

Lavándole la cara al futuro


Quien iba a imaginar que Wall-E, el experimento formal más radical de Pixar, acabaría también siendo su historia más entrañable. Los elogios para este cuento romántico sobre dos piezas de hardware de eras distantes y a primera vista incompatibles se salen ya de la escala y pierden sentido a falta de referencias externas válidas: Andrew Stanton (Monstruos S.A., Buscando a Nemo) acaba de elevar el juego a otro nivel; si el cine es un truco de magia, una mentira de imágenes fijas pretendiendo moverse a 24 fotogramas por segundo, la gente de la compañía del flexo, demiurgos capaces de insuflar vida a la materia inerte, son los cineastas más grandes del mundo.

En la Tierra abandonada del futuro, un heroico robot currante es aparentemente el último ser vivo que ha sobrevivido a la desaparición del ser humano (salvo por su amiga la cucaracha). Wall-E lleva setecientos años cumpliendo dedicadamente la labor de limpieza para la que fue programado, y las imágenes del pequeño y tenaz robot trabajando entre los rascacielos desiertos sin otro objeto que cumplir con el día a día son un auténtico haiku para un mundo muerto, escenas icónicas (foto-realistas, hermosas y terribles) a la altura de las más grandes películas de ciencia ficción de todos los tiempos, como arrancadas de las mejores páginas de Arthur C. Clarke pero con el pathos que sólo estos animadores son capaces de inyectar en un objeto mecánico hecho de pixels. Simple como él solo, un cruce entre una sonda exploradora de la NASA y aquel robot con binoculares de los 80, Wall-E apenas es capaz de pronunciar un par de palabras y ni falta que le hacen habiendo heredado la capacidad expresiva de las grandes estrellas del cine mudo. Más simple todavía es la avanzadísima EVA, que un día cualquiera aterriza de improviso en su área: de formas suaves, futuristas y elementales de inspiración Apple y no mucho más habladora, con todo es una protagonista femenina de armas tomar.
De apariencia tan sencilla como sus personajes (sobre todo en su primera parte, sin diálogos, sin rastro de otro ser humano que los que aparecen en la antiquísima copia en VHS de Hello Dolly que el pequeño robot repasa cada noche al terminar su jornada), Wall-E exhibe en realidad una sutileza extraordinaria y funciona a toda máquina en múltiples niveles (como comedia de aventuras, como historia romántica, como fábula ecologista crítica con el consumismo desaforado, como homenaje al cine de ciencia ficción- principalmente 2001, una odisea del espacio, pero también Star Wars, Naves misteriosas, Alien, Star Trek…) o como verdadero tratado de diseño artístico, un atracón visual de esos en los que cada fotograma viene listo para enmarcar.
Las escenas en la Tierra son puro cine destilado, una integración milagrosa de lo mejor de la prehistoria del medio y la más deslumbrante última tecnología de la industria. Lo que viene después es, comparativamente, algo más convencional y asimilable al resto de clásicos de la compañía (es decir, también magnífico pero más accesible para los críos pequeños). Hay que comprenderles, habría sido imposible mantener semejante intensidad minimalista durante 90 minutos en una película comercial (y ya se sabe que el planteamiento de un misterio casi siempre se hace más interesante que su resolución). Gran banda sonora de Thomas Newman y (aleluya) una canción nueva de Peter Gabriel a medias con él para los créditos finales. Con un poco de suerte también pescará algo en el maremoto de premios que se le augura a Wall-E para febrero.

domingo, 3 de agosto de 2008

Papi, quiero ser Bruce Lee


No prometía mucho, otra película de graciosos animales humaniformes, anunciada con la musiquilla de Kill Bill y la voz de Florentino Fernández, y sin embargo, sin ser precisamente una obra revolucionaria, Kung Fu Panda es con toda probabilidad (después del Shrek original) la primera que justifica para la posteridad la existencia de un departamento de animación en Dreamworks.

Cada año se estrenan más películas animadas por ordenador pero, al lado de las de Pixar (donde los propios artistas dirigen el manicomio), la mayoría comparte un aire de entretenimiento oportunista de titiriteros de feria, siempre a remolque explotando su rutina de bichos pintorescos con cierto parecido al famoso que los dobla, envueltos en alguna peripecia con elemental moraleja bienintencionada, aliñada con cantidad de chistes y referencias incomprensibles para los críos para que sus padres no se aburran.
Mientras los de Pixar ejercen un ferreo control de calidad aprendido de la época dorada de Disney, con una mirada a largo plazo en donde cada película producida es un objeto único y exclusivo con vocación de clásico (es decir, susceptible de seguir proporcionando de una forma u otra ingresos regulares durante décadas), el resto de compañías parece seguir al pie de la letra la filosofía del nuevo Hollywood donde sólo importa la recaudación del primer fin de semana. Es un poco deprimente pensar en esos gigantescos equipos de escritores, dibujantes y realizadores, gente sobrada de talento obligada a trabajar durante años en una mínima variación de la fórmula, apenas hora y media de diversión insustancial que se olvida en cinco minutos, cuando por el mismo precio podrían estar aplicándose en hacer más películas como Kung Fu Panda.

Ingeniosa, divertida y al mismo tiempo verdaderamente espectacular y épica, más un tributo que una parodia del cine de artes marciales, dicen los directores que se han inspirado en películas como Hero o Tigre y dragón, que ya por su parte venían repletas de efectos digitales, y sin embargo ninguna contenía una secuencia tan apabullante como la que hay aquí de la fuga de prisión del villano.
En el año de la olimpiada de Pekín y demás protagonismo mediático chino, los de Dreamworks se han esmerado con la autenticidad oriental para dar forma a esta historia universal del muchacho corriente con sueños demasiado grandes para él (sirve sopa en el restaurante de su padre pero quiere ser maestro del Kung Fu) que contra toda probabilidad resulta elegido para salvar a su pueblo. Contada de manera sencilla y directa, sin segundas intenciones, distanciamiento cínico, anacronismos, guiños ni paridas inconsecuentes, es un guión original pero más parece un cuento tradicional o un auténtico relato mitológico donde hasta cada animal representa el estilo del Kung Fu que lleva su nombre (tigre, mono, mantis, grulla...). No hay, que yo sepa, ningún estilo que se llame panda, y en la explicación de esa imagen incongruente está la gracia de la historia, en imaginar cómo podría este joven plantígrado lento y barrigón derrotar al más poderoso y malvado luchador de Kung Fu del mundo. El humor (mucho y bastante bueno) fluye de forma natural de las situaciones y de los personajes (arquetípicos pero con carácter, sobre todo el maestro que en el original interpreta Dustin Hoffman). Leo en la imdb que uno de los dos escritores que firman el guión ha trabajado durante años en la serie animada El rey de la colina, y caigo en la cuenta del parecido de las charlas entre el panda y su padre con las del tejano Hank Hill y su hijo, dos generaciones cuyas prioridades y universos mentales nunca terminan de cruzarse.
¿Qué más? La dirección es tan fluida y dinámica como cualquier película de aventuras de imagen real, el diseño de personajes es estilizado y original y la secuencia de animación tradicional del comienzo, al estilo de las estampas chinas, es una de las cosas más elegantes que he visto en mucho tiempo.

Ahora viene lo malo: Me he encontrado con unas declaraciones de Jeffrey Katzenberg, jefazo de Dreamworks, que está tan feliz con el éxito internacional de Kung Fu Panda (China incluida) que ya adelanta que tienen un plan para hacer cuatro o cinco más. Seguro que sus accionistas estarán contentísimos de tener otra franquicia para darle un respiro al pobre Shrek y de que, para una vez que consiguen triunfar con una película diferente, sólo se le ocurra convertirla en la receta para la próxima generación de churros.

sábado, 17 de noviembre de 2007

Persépolis: el mundo bajo el pañuelo


Aunque es verdad que todo individuo lleva dentro una novela, también es cierto que algunas necesitarían de la máxima eminencia mundial en la materia y un forceps para extraerlas. Otros, en cambio, dan para largometrajes de animación...

En ese constante tira y afloja por ensanchar las fronteras del cómic antes de que sea devorado por las presentaciones comerciales en powerpoint y las animaciones flash, las historietas autobiográficas se han convertido en un subgénero en alza. Desde los pioneros Will Eisner (con crónicas costumbristas de su barrio y primera infancia en Brooklyn) y Art Spiegelman (con Maus, relato del Holocausto representado con ratones y gatos, de hecho una reconstrucción de las memorias del padre del autor y la difícil relación entre el narrador y ese viejo superviviente lleno de temores), muchos otros dibujantes han seguido esa senda, ansiosos por expresarse de forma más personal y auténtica, lejos de la atmósfera asfixiante de los supercodificados géneros comerciales.

Solo que las vidas de los dibujantes de cómics tienden a confluir peligrosamente en un limbo rollo “cine independiente de los 90”, un costumbrismo coral más o menos intercambiable de eternos adolescentes maniáticos viviendo sus pequeñas angustias suburbanas, una especie de versión adulta de las aventuras de Charlie Brown y su perro Snoopy. Nos identificamos y nos reconfortamos, pero realmente, como dirían Faemino y Cansado, después de leerlo nos quedamos como estamos (no es que nos aporte demasiado).

Uno también se puede identificar con los recuerdos de la primera infancia y juventud de Marjane Satrapi, autora de Persépolis (publicado en cuatro partes) que era, según parece, una niña fantasiosa y salvaje como el Calvin de Calvin y Hobbes, fan de Bruce Lee, de los BeeGees y después de Iron Maiden y más mesiánica que Mafalda sólo que nacida en Irán, y con edad suficiente para vivir en directo el antes y después del derrocamiento del Sha, la subida al poder de los fundamentalistas chiís de Jomeini y las purgas subsiguientes para forjar la gran república islámica…

Hay historias tan terribles (guerras y revoluciones, terror, opresión, torturas, ejecuciones) que la perspectiva de adentrarse en ellas provoca un rechazo automático, el público desconecta el chip de empatía y huye despavorido como si la desgracia fuera contagiosa (no sería la primera vez). Pero si se cuentan empleando dibujos sencillos, monocromáticos y de aspecto simpático, las defensas caen y se activa el reconocimiento de las semejanzas.

Persépolis es tierna, divertida y estremecedora de una manera completamente inesperada, una combinación de ingenuidad y realismo documental que se clava en el espectador y pasa a formar parte de su mapa del mundo. La película se asoma al enigma de esas mujeres esfinge cubiertas de la cabeza a los pies, silenciosas y anónimas, nos cuenta bastante sobre quienes son y qué es lo que piensan ellas y el resto de los iraníes, de cómo viven su vida y qué clase de vida es esa, tan devota por la cuenta que les trae. Y la respuesta es que, en el fondo, todo el mundo es muy parecido por mucho que en la superficie les obliguen a adaptarse.

Persépolis es, además, una auténtica obra de arte que pese a su engañosa sencillez combina magistralmente toda clase de técnicas de animación para contar esta historia (color, blanco y negro, línea clara, expresionismo, imágenes recortadas). Extraordinariamente escrita y dirigida por la propia Satrapi y el también historietista y animador Vincent Paronnaud, la película se llevó el premio especial del jurado en el Festival de Cannes de 2007. El gobierno iraní envió a través de intermediarios una nota de protesta, quejándose de que “no presentaba un retrato realista de los logros y resultados de la gloriosa Revolución Islámica” y alegando que incluirla en la competición dañaría la reputación del festival. Estos barbudos son la monda.

domingo, 21 de octubre de 2007

Nocturna: dibujos a oscuras


Tim es un huerfanito sin amigos y con miedo a la oscuridad que todas las noches habla con una estrella que su madre le dejó dedicada. Una noche en particular en que sale a la azotea, ve de pronto apagarse su estrella, y luego otra, y otra más… Ante una crisis de ese calibre Tim no puede ni pensar en irse a la cama, lo cuál saca de quicio al Pastor de gatos, fabulosa criatura que supervisa a las manadas de felinos que van ronroneando por los tejados para inducir a los niños al sueño. Mientras la oscuridad avanza, Tim obliga al Pastor a que le lleve a ver al responsable supremo de todo lo que ocurre durante la noche (de los que revuelven el pelo a los niños, los que hacen cantar a los grillos, los que se inventan los sueños, los que ordenan la luna y las estrellas, los que les hacen mearse en la cama), el señor Moka, jefe de Nocturna.

Da un poco de rabia no poder recomendar con más entusiasmo una obra que se merecería un 10 por la ambición que despliega y el evidente esfuerzo y el talento invertidos… La dirigen y escriben los debutantes Adriá García y Víctor Maldonado, que previamente habían trabajado como dibujantes y animadores en Las tres mellizas y El Cid, y que se declaran admiradores de Miyazaki (obviamente), pero también de Brad Bird y de Sylvain Chomet (Bienvenidos a Belleville).

En comparación con tan ilustres referentes, Nocturna es un excelente primer intento que no acaba de satisfacer semejantes expectativas; se para justo al borde de ser la maravillosa rareza que prometía para quedarse simplemente en una notable película de animación, quizá demasiado terrorífica para los niños y puede que un poco demasiado simple para los adultos malacostumbrados a la deslumbrante narrativa de Pixar y los estudios Ghibli.

En parte, sin duda, el problema es la pasta... Estéticamente, la película es una obra de arte: el diseño de personajes, los fondos, las composiciones, lo nunca visto en la animación española (en 2d, por cierto)… pero no siempre: de cuando en cuando me distraigo contemplando algunos volúmenes bastante feos silueteados en plan automático (se ve que a todo no se puede llegar). En ocasiones el ritmo de la historia es demasiado acelerado como para hacer justicia al flujo de buenas ideas en torno a este mágico universo funcionarial que administra las noches de los niños; se echa en falta un poco más tiempo y más detalle (tiempo=dinero, y más en el caso de la animación).

Pero no solo es cuestión de presupuestos: a la dirección, aunque competente, le falta un poco más de nervio y los personajes, un tanto impresionistas, se quedan algo desdibujados y faltos de carisma (salvo el Pastor de Gatos, un gran trabajo de Imanol Arias sonando como un auténtico profesional del doblaje, y Murray el luminoso (Joan Pera), una especie de Curry de los Fráguel con una bombilla en lugar de culo). De la aportación de Carlos Sobera y una tal Natalia de Operación Triunfo, supongo que lo mejor que se puede decir es que no causan estragos. Por otra parte, no creo que la moraleja de la historia tenga mucha aplicación para los mayores de 6 años…

Con defectos y todo, Nocturna queda como una película de animación original, entretenida, vistosa y bien por encima de la media, más que capacitada para enfrentarse a tanto animalito parlante, pingüino y ogro que sin embargo se acaban llevando a todos los niños de calle con su fuerza superior de marketing; ojalá que recupere y multiplique su inversión y que este equipo artístico tenga ocasión de saltar más lejos en el siguiente intento. Yo, lo que es mi entrada, ya la he pagado...