Si hay una palabra que no encaja con el nombre de Larry David es entrañable, y aún así, la última temporada de Curb Your Enthusiasm, dedicada a la gestación, once años después, de un especial apócrifo de Seinfeld, además la pirueta metatextual más asombrosa jamás intentada en televisión (de quitarse el sombrero y aplaudir con las orejas), es el mejor reencuentro imaginable (y el único fiel a su ideario: ni se abrazan ni aprenden) que pudiéramos haber imaginado los fans de aquella comedia mítica y seminal: lleno de envidias, peleas, segundas intenciones, planes maquiavélicos y risas, risas hasta doler.
1998: Jerry Seinfeld, a esas alturas un hombre asquerosamente rico, da por terminada la serie que se llama como él tras nueve años de éxito cada vez mayor, indiferente ante las paletadas de dinero que la NBC amontona en su puerta para hacerle cambiar de idea: mejor dejar al público con hambre de más, debe de pensar. Después de haberlo sido todo en televisión, Seinfeld emprende una especie de semi retiro disfrutando de su familia, sus millones y su colección de cochazos, con actuaciones puntuales en clubs como
stand up comedian, apariciones en
talk shows y algún que otro spot; más recientemente escribe y protagoniza la película de animación
Bee Movie, recibida sin pena ni gloria (en su descargo diré que el diseño de personajes era bastante inmundo).
Sus compañeros de reparto
Jason Alexander (George),
Julia Louis Dreyfuss (Elaine) y
Michael Richards (Kramer), sin la misma suerte de poder vivir de las rentas, se involucran en nuevas telecomedias a su medida donde cada cual ejerce de estrella pero a las que les faltan más mimbres y sustancia; se dan el castañazo y comienza a hablarse de la
maldición de Seinfeld, como si no fuera de por sí bastante difícil para cualquier actor de una serie de éxito escapar al encasillamiento y encontrar nuevos papeles a la altura del que les dió la fama. Peor todavía: en 2004 Michael Richards se ve envuelto en un escandaloso incidente en un local donde actuaba como monologuista: cabreado con unos jóvenes negros que le interrumpen y se burlan de él, Richards pierde los papeles y profiere una serie de insultos imperdonables (que alguien graba y difunde) y que le retratan a ojos de la opinión pública norteamericana como un furibundo racista. La carrera del bueno de Kramer está acabada, opinan todos.
Mientras tanto, otro de los personajes clave de
Seinfeld sí que ha logrado escapar a la sombra del mayor éxito comercial de su carrera, valiéndose en parte de la ventaja de haberse mantenido discretamente al otro lado de la cámara. Larry David, un fracaso como cómico de
stand up y como guionista del
Saturday Night Live, co-creador de
Seinfeld y su principal guionista e ideólogo (reciclando con mucho arte las anécdotas más patéticas de sus propia vida y endosándoselas a su desquiciado
alter ego George Constanza -fue David, por ejemplo, quien en cierta ocasión, en un orgulloso arrebato de amor propio, mandó a la mierda un buen trabajo para más tarde, en frío, horrorizado por lo que había hecho, decidir regresar como si nada al día siguiente pretendiendo que no lo había dicho en serio-), alcanza finalmente la popularidad creando y protagonizando para la cadena por cable HBO
Curb your enthusiasm (Modera tu entusiasmo), única secuela posible de
Seinfeld en la que daba una vuelta de tuerca más al juego de espejos que él y su amigo Jerry habían empezado a practicar allá.
Porque aunque haya gente que nunca llegara a pillar el chiste, en realidad Jerry Seinfeld sólo
fingía estar interpretándose a sí mismo (una de las ideas de partida de su serie era mostrar de dónde sacaba las ideas para sus monólogos), y de ahí lo mal bicho que acababa dando el personaje en pantalla. El Seinfeld de ficción, el payaso listo (augusto) en el dúo con su amigo George, era un graciosillo profesional siempre con su sonrisa de superioridad en la boca, escrupuloso y engreido, riéndose de todo sin empatizar con nadie. Y sus amigos no resultaban menos mezquinos, una panda de urbanitas neuróticos y superficiales constantemente obsesionados con minuncias y trivialidades, los perfectos conejillos de indias para diseccionar las conductas más ridículas del
homo sapiens occidental contemporáneo. A eso lo llamaron “una serie que no trata de nada” y resultó nada menos que la mejor telecomedia de los 90 con el permiso de
Los Simpson, aunque los comienzos no fueron fáciles (demasiado judía y neoyorkina, les decían, nunca funcionará). Dentro de la ficción Jerry y George también intentaron vender una serie autobiográfica basada en ese mismo concepto a la NBC (
Jerry, iba a llamarse) pero en su caso no coló.
Años después, en
Curb Your Enthusiasm (serie rodada en estilo de falso documental y con guiones abiertos a la improvisación) aparece Larry David interpretando al antiguo co-creador de
Seinfeld Larry David, ahora forrado de pasta y viviendo sin dar golpe en una mansión de Los Ángeles como un elemento más entre los del
show business: un tipo insoportable, bocazas, maniático, metomentodo, siempre con ganas de llevar la contraria, un imán para los desastres que se ve a sí mismo como un quijotesco desfacedor de entuertos, constantemente envuelto en descabelladas aventuras bajo la sombra implacable de la
Ley de Murphy. Si sus amigos todavía le dirigen la palabra es sólo porque lo de ellos es casi peor: su mánager Jeff es un gordo desaprensivo casado con Susie, la mujer más colérica del mundo (enemiga a muerte de Larry); su supuesto mejor amigo, el cómico Richard Lewis, es un gorrón autocompasivo; su vecino Ted Danson, un cretino arrogante, y así una larga ristra de personajes reales o imaginarios bastante poco virtuosos entre los que David actúa como disolvente de toda clase de tabús y convenciones sociales (y es abroncado por ello). En los círculos hollywoodienses en los que él se mueve Larry se ha peleado con Ted Danson (repetidamente), Martin Scorsese, Mel Brooks, Ben Stiller, David Schwimmer, Rossie O´Donnell, Hugh Hefner, John McEnroe, Lucy Lawless o Christian Slater (famosos que en su gran mayoría quedan como auténticos capullos, aunque sin llegar nunca a la categoría olímpica de Larry).
El mayor enigma de la serie es por qué sigue con él su esposa Cheryl, una atractiva rubia, antigua aspirante a actriz dedicada a causas ecologistas, algo pija y con una paciencia a prueba de bombas. Pero hete aquí que después de cinco temporadas de tragar con todas sus locuras, un desplante particularmente insensible de Larry es la gota que colma el vaso (ella le llama aterrorizada desde un avión que está a punto de iniciar un aterrizaje forzoso y él le cuelga porque está atendiendo al tío de la tele por cable). Cheryl le abandona (coincidiendo con el divorcio en la vida real del auténtico Larry David) y para recuperarla Larry no tiene mejor idea que aceptar producir para la NBC un especial de reencuentro de
Seinfeld y ofrecerle a Cheryl el papel de la ex-mujer de George Constanza (al que dejaron exactamente por la misma razón).
“Pero si tú siempre has estado en contra de esa clase de reuniones”, desconfía Jerry Seinfeld cuando Larry acude a su oficina a proponerle el especial. “Siempre has dicho que son patéticas, que los actores están viejos y todo resulta forzado y sin gracia”.
“Pues la nuestra no será patética”, se defiende Larry, sin la menor intención de confesar sus auténticos motivos. “La haremos de una forma que no resulte patética”.
Y tanto. Lo que se alcanza a ver de ese especial que nunca existirá fuera del mundo paralelo de
Curb Your Enthusiasm (porque los verdaderos Larry David y Jerry Seinfeld desprecian esa clase de reuniones y porque, como ha dicho Jason Alexander “no habría habido dinero suficiente para pagarnos a todos para hacer uno de verdad”), en lugar de patético, es un epílogo delicioso capaz de borrar el gusto amargo que a muchos les dejó el episodio final de
Seinfeld (en el que acababan todos en la cárcel por
malos samaritanos y que no gustó a casi nadie salvo a su autor). “Ya la fastidiamos una vez”, insisten en recordarle a Larry sus compañeros. “¡No, no la fastidiamos!”, se defiende él con evidente mosqueo.
Después de seis años sin verle dar un palo al agua, el Larry David de ficción se mete por fin en el papel de escritor (inspirándose profusamente en episodios anteriores de su propia existencia televisiva). La frontera entre ambos universos se resquebraja alarmantemente y las grietas se agrandan cada vez que Larry y Seinfeld (interpretando al Jerry Seinfeld real y no al Jerry personaje de
Seinfeld, aunque la diferencia entre todos ellos resulte imperceptible) comparten pantalla demostrando una complicidad y una química admirables: el Larry de ficción jamás se había enfrentado a nadie que lo tuviera calado de una manera tan perfecta y tan relajada: no hace falta esperar al último episodio para apreciar por fin hasta que punto ellos dos son los auténticos Jerry y George (dando por bueno, por supuesto, que Jerry sea Jerry y Larry Larry. No sé si me explico...).
Una vez que las dos mitades se encuentran y se completa la imagen del espejo, ¿a dónde va Larry David con
Curb después de esto? Acostumbrados como nos tiene a superarse a sí mismo con cada temporada, este sería el final perfecto para la serie aunque quien sabe qué otras cartas se guarda en la manga este calvo formidable.
Por otra parte, y rebuscando un poco, aún quedan formas de distinguir entre el Larry falso y el auténtico. Está la manera oblicua en la que el David creador de
Curb aborda el tema del escándalo racista de Michael Richards, un momento cómico cumbre en la historia de la serie (uno de los más absurdos y estrambóticos) y a la vez un instante de catarsis y redención para un actor con el que muchos espectadores juraron que no volverían a reirse nunca, su ocasión para disculparse, explicar que un mal día lo tiene cualquiera y volver a hacer el payaso como nunca. Un par de escenas de ese episodio justificarían ya toda la trama de la temporada y con ellas Larry David no sólo ha salvado la memoria de Kramer sino que probablemente ha ganado para Richards esa segunda oportunidad que nadie veía posible. El Larry de ficción nunca habría sido tan generoso con un amigo. Tampoco habría sonreído así en las fotos promocionales junto a sus antiguos compañeros en el mítico decorado del piso de Jerry. No, esa sonrisa blanca de pura felicidad sin reservas no encaja nada en su cara.