domingo, 27 de enero de 2008

La India vs. Louis Vuitton


Ricos, tontos y distantes, los tres hermanos Whitman (Owen Wilson envuelto en vendas, Adrien Brody con mueca de payaso triste y Jason Schwartzman convertido en un clon capilar de George Harrison de la época del Sargeant Pepper) estrechan lazos fraternales mientras cruzan en tren la India a bordo del Darjeeling Express, un viaje organizado de turismo místico a la caza y captura de experiencias trascendentes que (con suerte) les ayuden a dejar de ser un poco esos cretinos integrales que se encuentran cada mañana en el espejo. El trío visitará una tras otra fantásticas localizaciones reales de aquel país a las que no acaban de sacar partido, demasiado distraídos con sus propias neuras y las de los demás.

Las comedias de Wes Anderson están llenas de personajes de este estilo, tarados emocionales y desvalidos, suicidas potenciales o frustrados que son los mayores enemigos de sí mismos (siendo su actor fetiche el Bill Murray medio catatónico de los últimos tiempos que aquí se limita a una breve aparición). Algo menos divertida y extravagante que La vida acuática con Steve Zissou, y un tanto repetitiva en su último tercio, Viaje a Darjeeling funciona como parodia de las historias de viajes de autoconocimiento, apuntándose a todos los chichés del género, topicazos que para sus protagonistas, seres tan superficiales como el croquis de un campo de golf, funcionan sin embargo como auténticas experiencias transformadoras.

Anderson, director americano europeizante, exquisito estilista siempre al borde de ser un poco pedorro, se salva gracias a su gusto por las chorradas, el slapstick y el humor absurdo, sin los que este cuento de pobres niños ricos traumados desde la infancia podría haber acabado como la Maria Antonieta de su amiga Sofía Coppola (donde precisamente Jason Schwartzman se lucía encarnando al más bien corto Luis XVI, casi un ascendiente directo de su personaje en Darjeeling). Uno nunca está muy seguro de si Anderson se compadece o se burla de sus criaturas, pero lo que es seguro es que nunca se las toma tan en serio.

viernes, 25 de enero de 2008

Lo de Heath Ledger

“En caso de muerte de famoso por ingestión de narcóticos, pulse 1.” Y salta la respuesta pregrabada y todos los medios aplican inmediatamente la misma plantilla, la de joven estrella que lo tiene todo muere porque en el fondo es un imbécil desgraciado y vicioso. Da igual el sujeto, sus circunstancias o incluso los propios hechos que aún faltan por conocer, solo importa su valor como historia ejemplar; se diría que algunos encuentran reconfortante airear a la primera de cambio el cuento del jovenzuelo que vive deprisa y deja un bonito cadaver.

Quién podía imaginar cuando Christopher Nolan le dio el papel del Joker en The Dark Knight (no sin polémica, pasando por encima de los favoritos habituales especializados en torturados y siniestros; demasiado guapo, demasiado cachas, demasiado sano y buena gente), que ese personaje tan distinto a todo lo que había hecho iba a ser el último que haría. Con el Joker Ledger estaba a punto de saltar a otro nivel, a donde no se atrevió a llegar ninguno de los actores con los que solían compararle (Robert Redford, por ejemplo, sobre todo después de Brokeback Mountain). Tenía planes para dirigir, decenas de películas por hacer, tenía una carrera fabulosa por delante. El tío iba a ser grande, es otra vez la historia de Jeff Buckley.

Y ahora tenemos a los buitres constructores de leyendas negras trabajando a destajo para construirle la suya. Que si depresión por un divorcio reciente, que si se le había metido en el cuerpo la sombra del Joker (como si el Joker fuera el Coronel Kurtz de Apocalypse Now, que es un puto supervillano de comic, joder). Qué terrible decepción si dentro de unos días se determinara que fue una sobredosis accidental, que Ledger no quería matarse, que le podría haber pasado a cualquiera aunque no fuera un famoso actor australiano de 28 años.

De los actores al final lo único que nos llega es su imagen pública, su trabajo y la película que nosotros mismos nos montamos sobre ellos con fragmentos de entrevistas, algún reportaje y las cuatro chorradas que se publican. Ledger parecía un tío simpático con la cabeza bien amueblada, de quien sabemos que deja una hija, padres y cantidad de amigos y parientes que lo conocieron y le echarán de menos como ser humano. Pienso en cómo tendrá el cuerpo Christopher Nolan mientras monta la película con su interpretación póstuma. Peor aún, pienso en Terry Gilliam, con el que Ledger había hecho amistad rodando Los hermanos Grimm y con quien estaba haciendo El imaginario del Doctor Parnassus (apenas se ha mencionado en las crónicas y casi mejor, Gilliam no necesita más ayuda para alimentar su propia leyenda negra), una película pequeñita en la que Ledger era el pez gordo de un reparto en el que le acompañaban Christopher Plummer y Tom Waits. Me pone los pelos de punta recordar el chiste que hice hace un par de meses sobre la mala suerte de Gilliam y cómo ninguna película suya estaba segura hasta el día del estreno: de momento el rodaje se ha cancelado y las compañías de seguros dirán que pasa con ella. Pero tranquilos, la peli de Batman está a salvo y en ella Ledger, tal como llevan meses prometiéndonos, estará fenomenal. Ficciones dentro de ficciones, relatos diversos con los que pasamos el rato.

jueves, 24 de enero de 2008

Monstruos unidos jamás serán vencidos


¡Solo en Hollywood se les podía ocurrir! Tras el triunfo indiscutible del proyecto Alien vs Predator, feliz maridaje entre los restos calcinados de lo que en vida fueron sus dos franquicias de monstruos espaciales (cuyo ejemplo colea todavía en la gira Dos pájaros a tiro de Sabina y Serrat), 20th Century Fox ha seguido experimentando con las mezclas hasta encontrar la receta de la secuela perfecta, un burbujeante cóctel contra natura entre el espesor dramático de Scream y la ambición y espectacularidad de una función escolar de marionetas. Lástima que cortaran las canciones pero, aún así, queda todavía el gancho hipnótico de observar durante 86 minutos a estos sujetos autodenominados “Hermanos Strause” (directores de la cosa) jugando absortos con sus muñecos articulados oficiales a cargarse a sus antiguos compañeros de instituto allá en el pueblo (¿quizás tendrían que haber pedido alguna figura más del Depredador? Porque el pobre engendro acaba un poco superado una vez perdida la ventaja del factor sorpresa). Añadir tan solo que las palomitas de maíz con miel también me gustaron bastante.

jueves, 17 de enero de 2008

Chapa y pintura

No os podéis imaginar la escandalera que está levantando esta imagen en los antros peor ventilados de la red:

Cantos de ida y vuelta


Curioso efecto de llamada-respuesta que si no es cierto lo parece: el éxito de House pone de moda el sarcasmo agresivo dando lugar a la aparición de un nuevo espécimen en nuestra telerealidad, el gilipollas divino, especializado en humillar a los concursantes en el triunfoculebrón de turno (todo un cambio de paradigma en el que, de repente, el jurado es la estrella y el supuesto artista un simple extra que le hace de sparring).

Ahora resulta que, al comienzo de su cuarta temporada, el médico cojo se monta su propio reality para escoger tres nuevos ayudantes (circo organizado simplemente para eliminar el factor humano en la elección). Se cachondea de ellos, los tortura, los despista, los trata como a críos, los despide al tun tun y disfruta como un enano (posiblemente más que el espectador). Al final del episodio, unos cuantos aspirantes se han perfilado entre la masa pero por otra parte se confirma que aún no hemos visto lo último de Cameron, Chase y Foreman… Concurso, por consiguiente, con premio final dudoso que posiblemente solo sirva para marear la perdiz... Va a ser que House ve mucho la tele.

domingo, 13 de enero de 2008

La brújula dorada (un día brillará)


Como cuando escuchas contar un chiste que tú ya te sabes y el chistoso (al que no ha llamado dios por ese camino) se dedica con toda su buena voluntad a destrozarlo para que al final la concurrencia se lo pague con un silencio de muerte, así más o menos es la tristeza de ver una novela magnífica echada a perder al volcarla a cine. Prometí que con La brújula dorada (que ha tenido críticas más bien tibias, recaudaciones decepcionantes y un boca a oreja abismal por parte de los amigos que la han visto) no me iba a cabrear como con Stardust (ver aquí) pero resulta que no ha hecho falta porque Chris Weitz (¡el director de American Pie, gran fan de los libros!), bendito sea, la ha contado bastante bien, hasta donde le han dejado.

Weitz, como la joven heroína de la historia, ha conseguido salir (casi, pero no del todo) indemne de una serie de obstáculos tremendos, el menor de ellos no es precisamente el superávit de originalidad del mundo tan misteriosamente esotérico creado por el autor británico Philip Pullman en su trilogía La materia oscura (His Darks Materials), donde el lector se ve arrojado sin preámbulos a un desconcertante universo paralelo cuyas diferencias y similitudes con el nuestro necesitan de un buen número de páginas para acabar de manifestarse: Animales parlantes o daemons que resultan ser el alma externalizada de cada individuo (capaces de cambiar de forma hasta la mayoría de edad), un reino de osos polares acorazados con nombres suecos, un estado teocrático dirigido por una institución llamada el Magisterio (donde la inquisición goza de excelente salud), misteriosos artefactos que adivinan la verdad a quien los sepa leer, ventanas a otros mundos bajo la Aurora Boreal, brujas, gitanos, dirigibles, un Oxford exactamente igual al nuestro y el secreto de ese polvo cósmico que todo lo irradia (y cuya mención tanto hacía reír a los adolescentes sentados detrás mía en el cine), supuesta fuente universal del pecado que al acumularse año tras año acaba pervirtiendo (dicen los ortodoxos) la resplandeciente inocencia de los niños. Con una densidad conceptual superior en varias magnitudes al más grueso de los Harry Potters y donde cada elemento cuenta, el reproche más común a La brújula dorada es que el exceso de exposición se come la trama hasta dejarla en una ginkana de 113 minutos (poco más que la duración de un trailer contra la tendencia del más reciente género fantástico) que la niña protagonista (Dakota Blue Richards, su debut en el cine y muy bien que lo hace) recorre al galope parando tan solo a recoger algún personaje o dato útil de cara al siguiente tramo. A mí, por el contrario, me ha parecido una adaptación muy apañada, incluso inspirada, que fluye de un modo natural equilibrando muy bien exposición, argumento y emoción… Pero no descarto la posibilidad de que a Chris Weitz se le haya ido la mano compactando esos tres niveles, que muchos matices lanzados al vuelo se pierdan para el espectador no avisado y que nos acabemos riendo del chiste los únicos que lo traíamos aprendido de casa (ante la indiferencia del resto). ¿Puede una superproducción fantástica de New Line Cinema con aspiraciones de próximo Señor de los anillos (otro más) acabar convertida a medio plazo en película de culto? ¿Serviría de algo un montaje más largo, con un ritmo más aeróbico?

Peor suerte ha tenido la película al intentar esquivar las habituales servidumbres de toda superproducción de fantasía familiar navideña (obligada en su caso a recaudar por lo menos 300 millones de dólares para garantizarse la posteridad). Lo que por un lado aporta relumbre visual y un reparto estelar en papeles grandes y pequeños (Nicole Kidman, Daniel Craig, Sam Elliot, Derek Jacobi, Christopher Lee, todos brillantes, los tres primeros clavando literalmente los personajes que había imaginado mientras leía), por otro es una soga al cuello que obliga a exhibir presupuesto en forma de intensos despliegues de efectos digitales, espectaculares y bien diseñados pero con ese inevitable aire de parentesco con otros recientes, un barniz homogeneizante de fantasía estándar que acaba metiendo en el mismo saco, de manera injusta, a elfos, brujos, dragones, brújulas, leones y armarios; quizá una versión más sobria y realista del mundo de Lyra, (una Inglaterra paralela más contemporánea y familiar en lugar de esta interpretación tan steampunk y neovictoriana) habría hecho más por resaltar contra el fondo sus aspectos discordantes y verdaderamente originales. De hecho, la dirección de Weitz va más bien en esa linea sobria y funcional, casi intimista y muy británica (algunos la han llamado a mala leche directamente televisiva) pero que sabe estar a la altura cuando la cosa se pone épica (cierto que el tío no es Guillermo del Toro ni Alfonso Cuarón, pero tampoco es ningún Chris Columbus).

Más aún: toda película-negocio de este calibre debe luchar entre bastidores contra un ejército de contables decididos a limitar al máximo el riesgo del producto, a ampliar el target de los clientes hasta el infinito dándoles a todos de antemano la razón, empujando a simplificar, a suavizar, contemporizar y dar la paz a todo el que pase (incluidos los chalados). El señor de los anillos y las Crónicas de Narnia (respetables clásicos juveniles más que católicos) pasaron el filtro sin dificultad; Harry Potter, algo más laico, ya fue acusado de satanismo y magia negra; por consiguiente puede uno figurarse la oleada de pánico que debió recorrer el departamento de marketing de New Line al llegarles la sinopsis de los tres libros de La materia oscura, escritos por un reconocido ateo y que, más que polémicos, son ya pura herejía… En el clima actual donde el fanatismo cotiza al alza en todas partes y se desentierran con mimo y reverencia las creencias más ancestrales a este lado del canibalismo, era difícil imaginarse a un estudio de cine apostando su dinero para contar hasta el final el viaje de la pequeña Lyra Belacqua al Polo Norte y mucho más lejos (pasando por planetas alienígenas, la Tierra de los Muertos y nuestro propio mundo). Un relato monumental sobre el paso de la infancia a la edad adulta en todos los aspectos y con todas las consecuencias, pleno de imaginación, con personajes memorables e increíbles escenarios (esa es la parte fácil, la que pide a gritos que la filmen) pero letalmente cargado también de ética, filosofía y mucha pregunta incómoda sobre tanta verdad revelada y los que se dicen en posesión de ella; se trata, a fin de cuentas, de una reescritura o secuela en clave fantástica de dos de los mitos fundacionales de nuestra cultura, ese par de fábulas sobre lo que les pasa a los niños desobedientes que son la rebelión de Lucifer y la expulsión de Adán y Eva del paraíso (solo que en la versión de Pullman, justo justo como en la Guerra de las galaxias, los buenos son los rebeldes que pretenden proclamar la República del Cielo).

Los publicistas han intentado contrarrestar las protestas de los fundamentalistas cristianos (que tanto daño le han hecho en la taquilla americana con sus acusaciones de blasfemia y de robar a los niños la fé) esforzándose en presentar La brújula dorada como otra inofensiva peliculilla de fantasía infantil de buenos y malos y bichos que hablan. Como sabréis quienes la habéis visto, tampoco es exactamente publicidad engañosa: el primer libro apenas empieza a plantar las semillas del cataclismo cósmico que vendrá, y la película, sin alterar realmente nada, hace un buen trabajo disfrazando a los miembros del Magisterio de pseudoagentes del KGB o las SS. No consigo imaginar en cambio de qué manera habrían intentado disimular las implicaciones teológicas de episodios posteriores, como cuando el megalómano Lord Asriel y su ilimitada soberbia se ponen al frente de la coalición rebelde de seres terrenales y sobrenaturales contra los ejércitos de ángeles y arcángeles de la Autoridad (qué gran pérdida no haber llegado a ver a Daniel Craig planificando con absoluto aplomo su estrategia contra Dios, o más bien contra el decrépito ángel usurpador que dice serlo y toda su corte de fieles siervientes).

En aplicación de la ley de la oferta y la demanda, la posibilidad de llegar a ver algo de esto en el cine es ahora mismo infinitesimal. Independientemente de las previsibles protestas del fundamentalismo cristiano, el público simplemente no ha congeniado mucho con La brújula dorada; nadie está ahora mismo aporreando las puertas de New Line reclamando una secuela (y a estas alturas, seguramente al otro lado ya nadie piensa en otra cosa que en El Hobbit, la única película que en el fondo querían hacer).

Podría haber sido distinto si la productora no se hubiera acojonado con la mala puntuación que las pruebas con público le daban al desenlace de la novela, “demasiado deprimente y oscuro”. New Line insistió en cambiarlo, Weitz se negó en redondo y al final, como mal menor, accedió a cortarlo y pegarlo al comienzo de la próxima entrega. Catastrófica solución que deja a la película temáticamente coja y estructuralmente mutilada (un capítulo terminando en un absurdo punto y seguido). Sin ese final trágico e inesperado que la empuja al siguiente nivel y tanto desagradó a los primeros espectadores cobayas (un desengaño inesperado y brutal que desdibuja las fronteras inocentes entre el bien y el mal y pone en perspectiva mucho de lo acontecido; para que os hagáis una idea, un final digno de la tercera temporada de Perdidos) La brújula dorada se queda en una aventurilla curiosa por episodios, un poco rara, más ruido que nueces y que se olvida deprisa.

Supongo que los que conocemos la historia la percibimos en nuestra mente engañosamente completa, como hacen los amputados con los miembros fantasma que aún sienten parte del cuerpo; y mientras maldecimos entre dientes tanta idiotez corporativa, nos sentamos pacientemente a esperar el Montaje del Director.

lunes, 7 de enero de 2008

Sigan a Tom


Nada, que no hay forma de tener un día sin noticias para sentarme a acabar mi crítica (positiva) de La brújula dorada… Movimiento de fichas en el otro frente de la Gran Guerra que definirá el futuro de la industria del entretenimiento para los próximos años (como complemento, si está usted tan chiflado como para interesarse por el tema, ahí está la entrada de ayer).

Tras las falsas esperanzas de paz de diciembre entre el sindicato de guionistas norteamericanos (WGA) y la Alianza de Productores de Cine y Televisión (AMPTP), en los primeros días de 2008 se ha roto el impass y las noticias se suceden a tal velocidad que no me puedo resistir a comentar alguna de las últimas (una crónica actualizada día a día se puede encontrar en http://www.deadlinehollywooddaily.com – allí me he pasado horas absorto leyendo las noticias y comentarios de los lectores y aquello es lo más parecido a un reportaje en directo de Frank Capra).

Primero fue el regreso de los Late Shows sin guionistas (salvo el del veterano David Letterman, que tiene su propia productora y llegó a un acuerdo independiente aceptando todas las demandas del sindicato); sus competidores Jay Leno, John Stewart, Conan O´Brien y otros que ni a mí me suenan, que además de presentadores son escritores y en principio partidarios de la huelga, se han visto obligados a seguir a Letterman y cruzar los piquetes para proteger a su equipo ante la amenaza de despidos masivos: en teoría todos harán su programa en directo y sin papeles, un límite resbaladizo que ya ha empezado a crear los primeros malos rollos (Leno entendió que podía escribir sus propios monólogos y el sindicato dice que entendió mal).

Y luego está lo del comienzo de la temporada de premios, cuyas simpáticas ceremonias de entrega, aunque lo parezca, no se escriben solas. Los organizadores de los Globos de Oro han intentado llegar a un acuerdo especial con los huelguistas (gran fiesta de todos, seamos amigos, un día es un día) pero (naturalmente) les han dado con la puerta en las narices. Peor todavía: los actores (que tienen por delante para mediados de año su propia negociación con los estudios) se han solidarizado y todos los candidatos boicotearán la ceremonia si se televisa (la NBC, que es quien tiene que retransmitirla, culpa directamente al peligroso activista George Clooney por haberle comido el coco a sus compañeros). Pero el verdadero cristo se organizará en marzo porque los Globos de Oro, como estamos hartos de oir, apenas son otra cosa que “la antesala de los Oscar”. Miles de millones en publicidad directa y promoción para las películas puestos en riesgo parecen una buena baza en manos de los guionistas. ¿Acaso los productores pensaban que iban a ser tan tontos como para no utilizarla?

Aparentemente el único plan de la AMPTP es esperar pacientemente a que los guionistas se vuelvan locos de hambre y frío y entren en desbandada tal como ocurrió en la huelga de 1988, cuando los restos derrotados del sindicato acabaron firmando un convenio ridículo que era (bien lo sabían todos) un acta de rendición. Bien, la última hora es que ha ocurrido justo lo contrario y lo que se ha roto por el punto más débil ha sido la unidad de acción de las productoras (que, por cierto, fueron denunciadas en diciembre por violación de las leyes anti-trust) . La pequeña United Artists (marca histórica fundada en 1919 por Charles Chaplin, Mary Pickford, Douglas Fairbanks y David Griffith, actualmente una subsidiaria de MGM que tiene al frente a ese par de advenedizos llamados Tom Cruise y su socia Paula Wagner), ha firmado también todas las reivindicaciones de los huelguistas y ha sido declarada “zona liberada”. Y así, UA (que acaba de pegarse un castañazo tremendo en su nueva etapa con Leones por corderos) será el único estudio que puede ir arrancando máquinas para la próxima temporada.
En números generales su producción es insignificante (los próximos proyectos de Cruise y un poco más a la que se estiren) pero el perjuicio a la imagen del bloque unitario de los estudios y el precedente que crea (para que le siga alguno de las majors más perjudicadas que hasta ahora no se han atrevido a romper la disciplina de grupo) puede suponer (dicen) el punto de inflexión que todos estaban esperando. Dios les oiga.

La historia de esta huelga (que da juego a muchos chascarrillos en las páginas de sociedad y espectáculos aunque maldita la gracia que tiene para los trabajadores de la industria que han perdido sus empleos y todos los que están sufriendo los daños económicos colaterales) no es una crónica simple de buenos y malos, pero está tan cerca de serlo como es humanamente posible (creo que era un chiste de El Roto ese que decía que a veces la realidad es pura demagogia).

Algún día este conflicto laboral sobre mínimos porcentajes sobre ingresos, convenientemente dramatizado (y si es que para entonces todavía queda en pie una industria del cine) inspirará sus propias películas sobre un épico combate entre la gente que inventa historias (unas mejores que otras) y los que hacen dinero con ellas, los que viven de su imaginación y su lucha por un trato más justo contra las marionetas de los macroconglomerados industriales que dirigen actualmente Hollywood, esos tontos del haba que sólo entienden de estadísticas y estudios de mercado y producen cine y televisión como podrían producir sillas plegables o bonos basura; tipos prácticos, preparadísimos, entrenados en el realismo sucio de las finanzas y sin embargo atrapados en la visión túnel más rancia del magnate depredador del siglo XIX ( esos comunicados en los que cada tres lineas intercalan un eufemismo para llamar comunistas a los guionistas, por favor). ¿Cómo evitar caer en el maniqueísmo cuando uno de los bandos se empeña en clavar la imitación de Charles Montgomery Burns?

sábado, 5 de enero de 2008

Acabó la guerra


En alguna parte, casi seguro que en diferido y soltando el porcentaje correspondiente a la SGAE, la voz nasal de John Lennon canta Happy Christmas (War is over). Tanto deseo de paz para el nuevo año está a punto de producir el milagro donde más falta nos hacía, en el campo de los artículos tecnológicos de lujo. Sí, amigos, parece que ya tenemos claro ganador en la batalla entre el HD-DVD y el Blu-ray por la sucesión del DVD en alta definición (igualadísimo combate librado ante la indiferencia general de la mayoría de los consumidores entre los que me incluyo).

Si el pasado jueves causaba perpejidad encontrar entre los titulares de un diario nacional a John Lasseter (cerebro de Pixar y actual jefe de la división de animación de Disney) proclamando a botepronto su amor incondicional por el Blu-ray (“la tecnología superior”), casi al mismo tiempo los foros de Apple se llenaban de rumores sobre la inminente incorporación del Blu-ray de serie en las máquinas de la compañía. Ondas en la superficie provocadas por desplazamientos subterráneos… Esta mañana nos despertamos con que el macroconsorcio Warner, hasta ahora en ambos bandos, rompe abruptamente el equilibrio de poder y y se pasa con todo su catálogo al Blu-ray en exclusiva (seguido inmediatamente por la pequeña New Line). Un tal Bill Hunt de Digital Bits considera que la oferta de contenidos para cada soporte se queda en proporción 70/30 a favor del Blu-ray (de Universal, Paramount y Dreamworks se espera como poco el pase a la neutralidad y ediciones en ambos soportes). Según opinión generalizada de los analistas de internet y de la revista Variety, y en vista de que en el terreno de los videojuegos el dominio Blu-ray es aplastante gracias a la Playstation 3 de Sony) el movimiento de ficha de Warner es el final de la partida.

Se comenta que la competencia de formatos había empezado a dañar no sólo la venta de cada cuál por separado (con muchos compradores potenciales reservándose hasta saber cuál de los dos sería el nuevo Beta y cuál el nuevo VHS) sino la de los propios dvds, que ya empiezan a percibirse como un producto obsoleto sin un claro sustituto. Y con la sangría económica que está suponiendo para la industria del entretenimiento la huelga de los guionistas americanos (aunque por lo visto no lo bastante como para concederles unas reivindicaciones perfectamente razonables y asumibles porque eso sería “mostrar debilidad”) no está la cosa como para dejar de ganar dinero con el catálogo actual.
(Ahondando en esa misma linea, comentar que resulta que los Blu-ray son, por el momento, más difíciles de copiar...)

¿En qué nos afecta esto al común de los mortales? Pues a usted en poco pero a mí, por ejemplo, se me ocurre que éste no es buen momento para comprar discos, reproductores o grabadores de dvd porque los precios están a punto de caer a plomo. Si los insaciables tahúres de Hollywood pretenden que quienes todavía nos acordamos de nuestro primer video y hasta de la tele en blanco y negro abracemos como lemmings su nuevo juguete sólo para verlo todo todavía un poco más grande y más nítido, van a tener que empezar a hacernos una oferta que no podamos rechazar…

lunes, 31 de diciembre de 2007

El evangelio según Michael Clayton


Hace más de dos semanas que vi la última de George Clooney, Michael Clayton, y aunque salí del cine más que satisfecho, desde entonces la impresión de la película se me ha ido diluyendo y no estoy seguro que sea tan solo problema de mi memoria a corto plazo...

Si en algo se queda corta Michael Clayton no es precisamente en su capacidad de tenerte agarrado a la butaca durante dos horas: tenso thriller conspirativo con inquietudes sociales y más que sólido debut como director de Tony Gilroy, guionista de la saga del espía Jason Bourne con la que la presente comparte buen número de virtudes (diferencias: ausencia de accion frenética y el salto de los enemigos del sector público al privado, aunque a la hora de despejar obstáculos ambos métodos corporativos acaben confluyendo bastante). Estética similar de gama fría, parecida atmósfera opresiva y ese mismo sabor a viejo cine liberal del Hollywood de los 70 como el que hacía sin ir más lejos el propio Sydney Pollack que aquí aparece en funciones de actor (una vez más interpretando a un ricachón de lealtades dudosas), cuando los héroes clásicos de mentón de acero se vieron reemplazados por antihéroes desorientados superados por las circunstancias y la desmitificación de los géneros abríó a los personajes la opción de saltar en marcha en cualquier momento.

George Clooney (además de prota productor de la cinta junto a Steven Soderbergh) es un caso extraordinario de pediatra de la tele convertido en estrella clásica de la edad de oro nacida cincuenta años tarde, lo más parecido que tenemos en carisma a un moderno Clark Gable o Cary Grant. Como si no le bastase con ser simplemente un guaperas canoso y carismático, el hombre levanta sus propios proyectos, se mete a dirigir, se moja políticamente y se esfuerza por estirar sus registros interpretativos en dramas como Syriana, o haciendo el bobo con los hermanos Coen (O brother, Crueldad intolerable).

El personaje de Michael Clayton, en cambio, no supone precisamente un desafío para su imagen tradicional de estrella. Mitad abogado, mitad “solucionador de problemas” de un gran bufete para ricos de mierda que necesitan de un consejero astuto y discreto que les salve el culo cuando se meten en líos, padre divorciado y ausente, ludópata asediado por acreedores, es un antihéroe demasiado peliculero como para deparar grandes sorpresas. Para problemas interesantes los que se busca ese colega suyo que interpreta Tom Wilkinson (en su segunda intervención estelar del año tras El sueño de Casandra), impresionante majara que cae en una crisis nerviosa tras años de defender lo indefendible representando a una multinacional química culpable de un envenenamiento masivo por pesticidas. Wilkinson se cae del caballo un buen día y primero, como acto de purificación, se despelota en mitad de una vista y a continuación decide pasarse al otro bando y ayudar a las víctimas en vez de a los asesinos. Este desquiciado renegado kamikaze es el verdadero héroe y motor de la acción frente al cuál el Michael Clayton del título ejerce de mero apéndice como guardián y discípulo… Hay otra película más interante y extrema enterrada en Michael Clayton, y va a ser porque Gilroy ha escogido como protagonista al personaje típico en vez de al memorable.

viernes, 28 de diciembre de 2007

Forgesworld


La semana pasada se produjeron en internet dos novedades de impacto:

1) la inauguración en Youtube del canal de Isabel II de Inglaterra.

2) el estreno de la web de Forges.

De momento, y sin prejuzgar los méritos relativos de cada cual, me voy a quedar con la segunda:

www.forges.com

Seguro que la de la reina también es muy graciosa pero es que está en inglés...

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Por amor al arte


Ahora que ya la han sacado de cartel y esta crítica no puede causar víctimas, confieso que a mí me ha gustado bastante La vida interior de Martin Frost, segunda peli en solitario del escritor neoyorkino Paul Auster (a quien le le picó el gusanillo del cine escribiendo el guión de Smoke (Wayne Wang, 1995) y que debutó por su cuenta en 1998 con Lulú on the Bridge). También diré que entiendo perfectamente el vacío glacial que le hicieron en el pasado Festival de San Sebastián y el ensañamiento de la crítica con esta obra inclasificable, rodada con cuatro perras y exactamente cuatro actores en las afueras de Lisboa. Bizarro romance de fantasía en el que, así por ejemplo, se cuela como escena de coqueteo ingenioso un intercambio de observaciones sobre la diferente pronunciación de Berkeley, el obispo solipsista, y Berkeley la universidad californiana. Los actores (David Thewlis e Irène Jacob) están muy bien y la dirección es competente, pero la historia del novelista que se despierta una mañana para encontrar a su lado en la cama a una misteriosa joven de la que se enamora sin saber que es su propia musa, recibe de Auster un resbaloso tratamiento de cuentecillo de Guy de Maupassant de intriga mecánica y sentimientos telegrafiados.

... O así es hasta alrededor del minuto veinte, cuando la trama hace un quiebro desconcertante y entra el elemento cómico con la aparición del absurdo fontanero interpretado por Michael Imperioli (el sobrino de Tony Soprano). Y resulta que la imaginación de Auster no se había ido del todo de vacaciones sino que simplemente toda la magia, el humor y el misterio se habían quedado al fondo de una botella mal agitada. En conjunto La vida interior de Martin Frost resulta una marcianaza muy agradable cuya gracia me temo que solo la van a ver los incondicionales de su autor. Si éste no es su caso, no se precipite y léase antes El palacio de la luna, Trilogía de Nueva York, El país de las últimas cosas o Leviatán.

martes, 18 de diciembre de 2007

La otra Mitad de la Tierra


Id comprando entradas para las navidades de 2010 porque al final hay trato. Hoy se anuncia a bombo y platillo que Peter Jackson y Fran Walsh producirán para New Line y MGM dos precuelas de El señor de los anillos basadas en El hobbit, chollo seguro que llevaba años empantanado por culpa de los pleitos entre el director y la productora titular de los derechos del libro...

Jackson y los de New Line tuvieron una bronca tremenda y pública y con abogados de por medio por culpa de la tradicional contabilidad creativa de los estudios, que a la hora de repartir ganancias se dan una maña increíble para convertir todos los beneficios en pérdidas. Bob Shaye, El jefazo de New Line, llegó a declarar a la prensa que jamás de los jamases volvería a trabajar con Peter Jackson y ni puta falta que le hacía ese desagradecido ex gordo neozelandés al que él personalmente había sacado del arroyo para ponerle a hacer películas de enanos. Se habló de encargar El hobbit a gente como Sam Raimi pero nadie acababa de verlo; Ian McKellen y Andy Serkis dejaron bastante claro que sin Jackson ya podían buscarse a otros para hacer de Gandalf y Gollum; y mejor olvidarse de que los magos de WETA volvieran a encargarse de los diseños y los efectos especiales, siendo la empresa propiedad de Jackson…

Pero las aguas han vuelto a su lógico cauce, el matrimonio Jackson ha conseguido el acuerdo que quería y ahora, en beneficio de todos, pelillos a la mar... Las dos películas se empezarán a rodar simultáneamente en 2009, siendo la primera la adaptación tal cual de la novela de J.R.R. Tolkien y la segunda (y más peliaguda), una refundición de los papeles dispersos de Tolkien que conectan la intrahistoria de El hobbit con El señor de los anillos. La noticia precisa que Jackson y Walsh serán los productores ejecutivos (y autores del guión, supongo, que ya deben de tener como poco medio escrito) pero no se mencionan directores… El caso es que ahora mismo Jackson está ocupado con un drama fantástico bastante serio, The Lovely Bones, y el año que viene tiene previsto meterse con Tintin, trilogía animada (rama captura de movimientos) que dirigirá por turnos y a medias con Steven Spielberg…

Sería una verdadera lástima que, resuelto todo lo demás, precisamente ahora no tuviera tiempo de dirigir personalmente El hobbit; a pesar de mal sabor de boca que me dejó esa chapucilla de guión corta-y-pega que acabó siendo El retorno del rey, es difícil imaginarse a nadie más adecuado que Jackson para contar la historia (comparativamente más simple, de hecho profundamente arquetípica) del viaje iniciático de Bilbo Bolsón, pequeño burgués acomodado y bajito muy a su pesar convertido en heroico guerrero y protagonista de leyenda…

viernes, 14 de diciembre de 2007

Fuego amigo



¿Habéis tenido ocasión de echarle un ojo al nuevo programa musical de TVE, No disparen al pianista? Pues si os interesa ya podéis correr porque, cumpliendo los malos augurios de su título, muy posiblemente le queden dos telediarios. Es uno de esos de actuaciones en directo, reportajillos, entrevistas y coloquio… Empezó el jueves 6 y la cadena no ha tardado una semana en cargarse al eslabón más débil y rebanarle el pescuezo al director y padre del proyecto, Santiago Alcanda, veterano de la movida, miembro fundador de Gomaespuma, periodista musical con solera, coordinador de El séptimo de caballería (aquel programa de colegueo de Miguel Bosé que el director de TVE se ha llenado la boca citando en la promociones como modelo de excelencia a imitar) y reciente incorporación a Radio 3 donde tiene un excelente programa de actualidad a las 22.00 de lunes a jueves llamado Tresfusión.

El primer Pianista (con actuaciones de Juanes, Diana Navarro, Marlango y Mala Rodríguez y dos minireporreportajes sobre Rufus Wainwright y la excursión de Eduardo Noriega por una tienda de discos) se emitió a las 22.00 en mitad del puente de la Constitución, compitiendo con la muerte de Franco en la Primera, Gran Hermano en Telecinco, Peliculón en Antena 3, reposición de House en Cuatro, fútbol en la Sexta, y tuvo un 2% de share, vamos, que lo vimos cuatro colgaos (aunque tuvo buenas críticas). No estuvo mal, podría haber estado mejor; el sentido común aconsejaba esperar y ver...

Pero los directivos de la Tele Pública son superseres más allá de nuestra comprensión y nuestra geometría (y con un sueldo en proporción), que se mueven a voluntad a través del tiempo y el espacio y no necesitan siquiera dos puntos de referencia para trazar una recta en una gráfica. Ellos comprendieron al instante que ese programa al que acababan de dar luz verde iba derecho al abismo y por eso ya en el segundo que emitieron anoche (grabado todavía bajo la dirección de Alcanda) se pudo apreciar un firme golpe de timón. Partiendo de un cartel impresionante con la presencia de Pereza, Quique González, Lagartija Nick y Amaral, y poniendo en práctica la máxima de que lo bueno si breve gana mucho, el previsto programa de una hora se quedó en 30 minutos de reloj, rellenando el resto hasta las 23.00 con anuncios propios de estas entrañables fechas. Al menos no se cayó del montaje el publirreportaje de Edu Soto seleccionando discos por el Corte Inglés (con bastante gusto, lo admito). Son tan susceptibles, estos patrocinadores…

Jugando yo también al joven Rappel, me atrevo a aventurar la siguiente predicción: Tras una breve agonía paseándolo por la parrilla, retirarán No disparen al pianista, dejarán pasar siete u ocho meses, quizá más, hasta que se enfríe el asunto o cambien los culos de las poltronas, y volveremos a oír esa historia de la falta que hacía un programa musical de calidad en la tele pública, eso del escaparate para los artistas, que hay que responder a las demandas del público joven y fomentar la música como valor como antídoto contra el pirateo …

Algunos de los que han dicho estas cosas tan graciosas son los mismos que se cargaron Ipop (informativo musical diario mucho modesto y económico, exactamente el tipo de programa musical que tiene lógica como apuesta a medio plazo) por su escasa capacidad para competir contra el telediario. En esa interesadamente ambigua idea de servicio público que manejan los que cortan el bacalao en Prado del Rey, los únicos espacios que al parecer se sienten obligados a defender al margen de su rentabilidad inmediata son la misa de los domingos y la felicitación navidadeña de Su Majestad.

Igual de fácil de adivinar era que escoger a un exitoso ejecutivo televisivo como ese tal Fernández para dirigir la radiotelevisión pública era como poner al lobo a cuidar del rebaño porque su currículum dice que tiene experiencia con corderos... Pues nada, entre que el ilustre presidente de la Corporación RTVE y su acólito Mr. Pons terminan de aplicar a su nuevo destino la valiosísima experiencia adquirida en Telecinco y las teles de EEUU, mi consejo para futuras intentonas de programas musicales es que encierren en un estudio a Melendi con Amaya Montero, Ramoncín y Luis Cobos y pongan cámaras hasta en el baño. Y que se metan la coartada cultural donde les quepa.

domingo, 9 de diciembre de 2007

Zombi TV


Digamos, por generalizar, que hay dos tipos de historias de terror. Unas te llevan a sitios terroríficos (destartalados caserones, cementerios, bosques a medianoche) y otras te traen el terror a casa, ese miedo que surge a la vuelta de la esquina y emana de las grietas de la experiencia cotidiana. [Rec] debe de ser particularmente espeluznante para todo el que viva en un viejo edificio en el centro de Barcelona, ubicación escogida por Jaume Balagueró (Los Sinnombre, Darkness) y Paco Plaza (Romasanta) para su segunda colaboración tras codirigir hace años OT, la película; ahora vuelven a la carga con otro relato coral de ambiente televisivo si cabe todavía más espeluznante.

[Rec] recuerda bastante a El projecto de la bruja de Blair en lo de ser la supuesta grabación íntegra y sin editar de lo que ocurre cuando un par de reporteros de una tele local acompañan una salida de emergencia de los bomberos, en teoría para auxiliar a una anciana que ha tenido un accidente en casa. El plantel de actores desconocidos fingiendo no ser actores da mayoritariamente el pego con mucha naturalidad (Manuela Velasco, la reportera perraca, parece directamente extraída de cualquier simpático programa de media tarde) pero sus papeles en ningún momento van más allá de estereotipo de carne de cañón de una especie de versión mediterránea de Aquí no hay quien viva (maruja histérica con niña en brazos, familia de orientales despistados, un par viejos de Escenas de un matrimonio, el peluquero con pluma…)

Y desde el momento en que guión se las arregla para confinar espacialmente la acción, salta por los aires la ficción naturalista de reportaje en directo (exige demasiada suspensión de incredulidad y demasiada buena voluntad del espectador aceptar semejante situación de ciencia ficción en 2007 en plena Ciudad Condal). A partir de ahí la cámara de tv se convierte tan solo en recurso de estilo para una película extremadamente ortodoxa de muertos vivientes, escenario que hemos visto ya muchas veces y además bastante recientemente (y mejor). Zombis catalanes, sí, por qué no, pero los de [Rec], más que autóctonos, parecen tan importados como encontrarse a Christopher Lee con los colmillos ensangrentados paseando por la Rambla.
Sigue mucho susto de manual que, al margen del contexto donde los pongas, funcionan como lugares comunes más o menos igual de inquietantes que cualquier visita a un castillo transilvano: más que verdadero terror, se quedan en sobresaltos de parque de atracciones. A ese nivel [Rec] funciona bastante bien (y al menos a mí el bamboleo de la cámara me provoca nauseas peores que la montaña rusa).

Mi amigo Tote insistió en resumirla como “una puta mierda”. No se lo voy a discutir con mucha vehemencia porque es demasiado larga, bastante menos original de lo que promete y se esfuerza demasiado por atar todos los cabos, pero la verdad es que tiene sus momentos, que arrasó en el último festival de Sitges, que técnicamente está muy bien hecha y, cuando la rehagan los americanos (que ya están rodando), pues más todavía.

viernes, 7 de diciembre de 2007

Repesca tv: Señales



No sé cuantos anuncios prenavideños me tuve que tragar este lunes hasta el final de Señales, que no había vuelto a ver desde el día del estreno. Aguanté por gusto, claro (y esta segunda vez me gustó más) porque M. Night Shyamalan es un maestro creando atmósferas (siempre con la inestimable ayuda de James Newton Howard a la banda sonora) y lo de contar una invasión extraterrestre desde el punto de vista de una familia encerrada en su granja en vez de desde el despacho oval tiene su aquel, pero definitivamente Señales es uno de esos casos en los que el conjunto es inferior a la suma de las partes. En su momento fue la primera grieta en mi inquebrantable fe en la infalibilidad de Shyamalan tras El sexto sentido (que aunque lo parezca no es su primera película, tiene otras dos anteriores aún por ver) y El protegido. ¿Qué pudo ocurrir? ¿Fue el cambio de Bruce Willis por Mel Gibson? ¿Fue el inesperado rollo devoto? ¿Fue ese final de que con el agua se van y sin frotar?

Muchos creimos ver en Shyamalan al sucesor natural del primer Spielberg (en aquellos días en los que el millonario barbudo parecía echado a perder intercalando chorradas infantiloides como El mundo perdido con paternalistas lecciones de historia tipo Amistad con las que intentaba bañarse de nuevo en las glorias de Schindler), que él sería el siguiente gran renovador de la fantasía y la ciencia ficción, un Spielberg en versión intelectual, sin tontunas ni blanduras, un autor de fantasías con subtexto, inteligencia y humanismo. Quien iba a imaginar que el subtexto se iba a acabar comiendo al texto, que el ego se le iba a inflar de tal manera (él mismo chupando cada vez más plano en cada película, ascendiendo del cameo a lo Hitchcock a un virtual coprotagonismo al estilo Woody Allen), que el sentido de la propia importancia del mensaje se iba a apoderar de la narración hasta alcanzar la apoteosis ombliguística de La joven del agua, que yo recuerdo haber defendido en su día pero que, vista en perspectiva, hay que admitir que es una buena historia que se hunde lastrada por su artificioso y más bien penoso formato metatextual.

Parte de esto se aprecia ya en Señales: el personaje del director como demiurgo accidental que pone en marcha los acontecimientos y da pistas para avanzar la acción, inconsistencias argumentales ignoradas en pro del sentido general y unos personajes que se mueven por una trama prediseñada y se asombran al descubrir que todo encaja como por acuerdo de un designio superior (solo les falta el paso siguiente de reconocerse personajes de ficción). Y como en realidad es bastante frecuente eso de que en una historia cada uno de los elementos que aparecen cumpla una función, y dado que el valor probatorio de los milagros imaginarios está hoy día bastante cuestionado, Señales tiene un plus de significado superpuesto bastante superfluo e irritante, porque los temas del sacerdote que ha perdido la fe y el de la invasión extraterrestre no se refuerzan mutuamente de manera orgánica sino que están encajados a martillazos.

Spielberg remontó el bache, se sucedió a sí mismo y ahora está en plena segunda edad de oro, pero la carrera de Shyamalan tampoco es que apunte a un declive imparable (siendo El bosque mejor que Señales, o quizá simplemente es que estoy más de acuerdo con el mensaje). El verano que viene estrenará una fantasía ecologista apocalíptica con Mark Wahlberg y los que lo han leído dicen que el guión es estupendo. Quizá le haya sentado bien una cura de humildad (porque La joven del agua recibió una sobredosis de jarabe de palo). La moraleja de esta entrada, por si aún no la habéis adivinado, es la siguiente: No pongas todos los huevos en la misma cesta y diversifica tus ídolos: alguno de ellos podría resultar humano.