domingo, 17 de febrero de 2008

Malas tierras, mala gente


No es país para viejos no es un western, ni siquiera un post-western (no hay huella alguna que lo relacione con el género salvo el protagonismo del escenario, el espacio geológico entre Texas y México). Si hubiera que ponerle la etiqueta de algún género fronterizo, lo último de los hermanos Coen si acaso sería un narcocorrido (de gringos), uno de esos relatos musicados de contrabando, codicia, violencia y muerte.
Los estilistas más dotados de su generación se han despojado de todo artificio para adaptar, dicen que con gran fidelidad, la novela de Cormac McCarthy (llevo 40 páginas de la edición de bolsillo y parece cierto pero de momento ya he echado en falta la escena del perro en el río) y aún así el resultado encaja sin fisuras en la línea de sus anteriores piezas negras contemporáneas, Sangre fácil (1984) y Fargo (de 1996, posiblemente y hasta hoy su más incontestable obra maestra). Quizá algo más tenebrosa, sin resquicio apenas para el contraste humorístico o los personajes absurdamente pintorescos (aunque apuesto a que al cazarrecompensas bocazas de Woody Harrelson le han dado alguna vuelta por el camino).

Pues esto va de una caza del hombre donde la presa es Josh Brolin, un tipo al que su día de suerte cuando encuentra en el desierto media docena de narcotraficantes muertos y una maleta con dos millones de dólares, se le convierte en pesadilla por culpa del mortífero psicópata que envían tras él para recuperarla, un tipo espeluznante que reúne lo peor de Terminator, Hannibal Lecter y el Dos Caras de Batman, un tal Anton Chigurh que viaja con una bombona de oxígeno, creación extraordinaria de Javier Bardem (doblado, pero es de pocas palabras), monstruo mítico en la estirpe del Robert Mitchum de La noche del cazador o El cabo del terror, inexorable juez y verdugo sin instancia superior, mucho más aterrador porque no deja de ser un simple ser humano. Y entre que los personajes hablan poco y la sobriedad formal de una película que prescinde de todo lo accesorio, son 115 minutos de tensión febril acumulativa casi insoportable (más otros cinco para un epílogo en clave introspectiva), incluyendo, entre varios momentos antológicos, una de las mejores escenas de tiroteos que yo recuerde.

El tercer personaje en discordia (y el único que se explaya, para algo es el narrador) es el viejo sheriff encarnado por Tommy Lee Jones, un veterano sobrepasado por estas formas desconocidas de maldad que traen los nuevos tiempos (1980 en la película), estos asesinos literalmente sin alma, como espectros que sólo buscan arrastrarte a la lógica hueca de su mundo de horror y de sombras. O quizá (y de ahí el título) siempre ha habido gente así por esas tierras, y es simplemente él quien ha cambiado y ya no puede con ello. "Aquí no hay lobos", dice en un momento el personaje de Brolin, pero se equivoca. Los buenos se cansan, se distraen, envejecen y se vuelven presa fácil para los depredadores.
En cambio, aquellos dos jóvenes gamberros que empezaban desconcertando hace 20 años con su rollo posmoderno y su manía de montar y desmontar los géneros clásicos, no sólo no han perdido con la edad sino que vuelven a demostrar su espléndida madurez como cineastas tras esa etapa un tanto errática de comedias de encargo (Crueldad intolerable y el curioso remake de El quinteto de la muerte) con las que siguieron a El hombre que nunca estuvo allí. Vuelven los Coen para enseñar a los novatos cómo se juega. Gracias a dios.

jueves, 14 de febrero de 2008

Huelga decirlo




No todo en la vida va a ser el primer trailer de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (aquí mismo, por ejemplo). Hoy, además, en nuestra minirevista de prensa:

- ¡Cinco episodios más para Perdidos!: Además de los 8 ya rodados antes de la huelga de guionistas, el productor Carlton Cuse anuncia que él y Damon Lindelof jibarizarán el resto del plan para la cuarta temporada hasta meterlo en cinco episodios (13 en total, 3 menos de los previstos); Cuse promete que todo el material cortado acabará emergiendo en algun punto y que la quinta y/o sexta temporada serán un poco más largas para compensar.

The Imaginarium of Doctor Parnassus vive! Cantidad de rumores sobre las ideas que puede estar manejando Terry Gilliam para reemplazar a Heath Ledger sin desechar el material rodado por el actor antes de su trágica muerte Lo único seguro es que se ha abierto una página oficial de la película (http://www.doctorparnassus.com), de momento con una simpática imagen promocional en plan testimonial.



-Nuestros respetos para el gran Roy Scheider, carismático protagonista de Tiburón, Comienza el espectáculo, 2010 Odisea 2 y aquella chufa de serie llamada Seaquest (especie de Star Trek submarina producida por Spielberg), un actor al que uno tendía a dar siempre por descontado y que ha muerto prematuramente a los 75 años (cáncer).

-Paramount Pictures reorganiza tras la huelga la ventana de lanzamiento de sus próximos estrenos y no tiene mejor idea que retrasar cinco meses la versión de Star Trek reimaginada por J.J. Abrams (ahora, para mayo del 2009), que según cálculos de su departamento de marketing es mucho mejor fecha para convertirla en un bombazo de verano (mientras tanto, yo sigo sin tenerlas todas conmigo de que ni siquiera el nuevo rey midas gafapasta de Hollywood, recién salido del pelotazo de Cloverfield, sea capaz de hacer por Star Trek lo que Batman Begins y Casino Royale por esas otras franquicias cansadas pero libres del estigma friki).

-Los herederos de Tolkien demandan a New Line Cinema por chanchullos contables e incumplimiento de contrato (¿no lo hace todo el mundo?); se teme un nuevo retraso de la película de El hobbit. Por su parte, 20th Century Fox demanda a Warner Bros reclamando para sí los derechos cinematográficos de Watchmen, el cómic de Alan Moore y Dave Gibbons (a buenas horas, con la película ya medio rodada). En este caso todo lo más que se teme es un intercambio de pasta entre ambos estudios.

Huelga de guionistas, para terminar...
-Todo el mundo está tan contento con el final de la huelga de los guionistas USA (ahora que se despejan los nubarrones para la entrega de los Oscar y es más que posible ese momento dèja-vu de ver a Bardem de smoking aceptando una estatuilla –y es que el tío está sobrado en No es país para viejos, cualquier día de estos me pongo con la crítica) que apenas se ha hablado de qué es lo que se ha firmado exactamente. Y es que no todos los escritores andan por ahí brindando con cava; como en todo acuerdo logrado a cara de perro, ciertas reinvidicaciones de pura justicia se han quedado en el tintero (como la revisión de los porcentajes por venta de dvds); a cambio se ha conseguido fijar el principio de la participación (minúscula) de los guionistas en los ingresos por descargas en internet , se han establecido procedimientos de supervisión para evitar que les timen y, como el mercado audiovisual está cambiando a tal velocidad, se ha previsto una revisión de las condiciones para dentro de tres años. Los que entienden de esto dicen que es lo mejor que podían razonablemente conseguir: en la vida real pocas veces hay victorias con marchas triunfales y enemigos en desbandada y la presión mediática para que se cerrara el acuerdo se estaba volviendo insoportable. Presión a la que han aportado su granito de arena, curiosamente, ciertos corresponsales extranjeros dedicados a repetir como cotorras la versión del conflicto que daban los medios propiedad de los mismos holdings de comunicación que eran parte en él. Así nos han explicado en tono admonitorio los perjuicios que esta supuesta huelga de ricos (ricos son tres o cuatro, el resto más bien autónomos desesperados que se las ven y se las desean para vender algo en todo el año) estaba causando a los más débiles de la industria, obviando, por ejemplo, que fueron esos próceres con contratos blindados que dirigen los estudios quienes han tenido interrumpidas durante mes y pico las conversaciones después de que los guionistas se negaran a asumir una oferta-ultimátum. Lo que llegarían a decir si organizara aquí una movida semejante...

domingo, 10 de febrero de 2008

Mal día en Nueva York


Godzilla vs. La Bruja de Blair, efectivamente. A menudo las ideas simples son las que mejor funcionan pero después hay que saber sacarles punta, y a este respecto Cloverfield (rebautizada aquí Monstruoso) es una obra modélica en su engañosa simplicidad de falso documental, incontrovertible testimonio de lo que no puede ser y además es imposible. O lo que es lo mismo, la presunta filmación encontrada (cámara en mano, veneno para estómagos delicados), crónica sin preparar de las temerarias correrías nocturnas de cuatro yuppies por el corazón de Manhattan durante el ataque de un daikaiju, uno de esos monstruos gigantes que vienen asolando Tokio de cuando en cuando desde mediados de los 50.
Nos cuentan que la han hecho por cuatro duros (relativamente, que no deja de ser una superproducción norteamericana) y eso sí que resulta increíble porque, aún rodada a ras de suelo, la cinta se mueve en una escala verdaderamente épica. Y es verdad que los ecos del 11S están por todas partes pero la película no tiene mucho que decir sobre aquellos hechos, ese no es su juego ni hay que buscar en ella una versión metafórica de United 93 de Paul Greengrass. Se supone que el género de terror refleja en clave de ficción los temores del inconsciente colectivo de su tiempo (como Godzilla era literalmente hijo del terror atómico) pero el repelente monstruo de Cloverfield es una pizarra en blanco en la que resbalan metáforas y explicaciones (¿Efecto del cambio climático? ¿Experimento del gobierno? ¿Castigo bíblico? ¿Mascota de Bin Laden?) Tan descarada falta de referencias pone de los nervios a los que necesitan de razones, mensajes y coartadas intelectuales que les acoten lo que en esencia no es más que un absurdo espectáculo apocalíptico de serie B (¿qué demonios añadirían diez minutos de explicaciones sobre el origen del monstruo? Que cada cuál le ponga el que prefiera, al menos hasta el estreno de la secuela). Cloverfield salta directamente a la experiencia visceral en el mismo momento en que ocurre, antes de las explicaciones y las racionalizaciones, tan real como la vida misma.

Si [REC] de Jaume Balagueró y Paco Plaza, otro ejemplo bien reciente de falso reportaje de terror, pretendía tal vez ironizar sobre cierto modelo de televisión carroñera al enfrentar a un par de reporteros con una horda de zombis en la santidad de su propia vivienda (cutrerío que acababa por afectarla en su estructura y su retrato de personajes), Cloverfield toma como inspiración un instante posterior (y mucho más interesante) de la evolucion de los medios audiovisuales, la disgregación del punto de vista del universo Youtube, este momento de cambio de paradigma en el que la la cámara subjetiva del testigo presencial pasa a contar la noticia con más elocuencia que ningún reportero oficial que llegue a la zona cuando ya apenas quedan cenizas. No nos importa el origen del monstruo porque esta es sólo su historia de pasada, es el artista invitado y agente desencadenante de la aventura de esos pobres pigmeos que huían del hombre vestido de lagarto gigante en las películas de los estudios Toho, víctimas anónimas a los que esta vez el productor J.J. Abrams ha decidido convertir en protagonistas; vamos con ellos en sus momentos de desconcierto, pánico, puro horror e incluso de humor (sobre todo al principio), gente corriente atrapada en una situación inimaginable que les sobrepasa, para los que la catástrofe se convierte en la hora de la verdad donde cada cuál corre a aferrarse a lo esencial: mientras unos salvan el pellejo, Rob se dirige a salvar a su chica y sus amigos se niegan a dejarle sólo. ¿Estupidez? ¿Heroismo? El monstruo puede ser una esfinge inescrutable de pura fantasía pero la reacción de los protagonistas de Cloverfield se parece mucho a la que tuvieron bastantes neoyorkinos el día en que cayeron las torres.
Todo es, al final, un poco menos obvio de lo que parece, pero lo más extraordinario de la experiencia no es la criatura gigante sino esa idea de la cinta reutilizada que graba encima de la excursión a Connie Island de Beth y Rob, esos breves fogonazos del pasado que todavía emergen en los cortes, instantes del mejor día de sus vidas borrado por los acontecimientos del peor, como restos aún calientes bajo los escombros. Jordi Costa dice que Cloverfield es realmente una historia de amor y estoy por darle la razón porque es lo más auténtico que te llevas de la sala cuando concluye el artificio.

Incógnita y homicidio en primer grado


Este antiguo lector compulsivo de Agatha Christie está convencido de que la mayoría de las películas que se han hecho de su obra son tan interesantes como un documental de jubilados resolviendo sudokus. En la novela policiaca clásica tipo problema o acertijo, descubrir al asesino es un juego que requiere su tiempo: el autor va dejando caer las pistas que el detective y el lector recogen a la vez, enfrentados en una carrera para integrarlas en una teoría que relacione autoría, motivos, medios y oportunidad antes de que el listo de turno mande reunir a los sospechosos en el salón de té.

Reducido a la típica película de hora y media, sin embargo, es un combate amañado en el que el detective dispone de un tiempo infinito entre plano y plano para devanarse los sesos mientras el espectador se ve obligado a ingerir a ritmo de campanadas de nochevieja presentación tras presentación de personajes y múltiples tazas de asesinatos cada cual más pintoresco. O también se puede cortar por lo sano y señalar al culpable por el método lógico-paranoico de sospechar siempre del menos sospechoso. Total, al final es siempre la misma historia…

Lo mismo que la película basada en un videojuego tiene que ser algo más que una partida filmada, la adaptación de una novela policiaca, para evitar quedarse en un penoso sucedáneo de la experiencia original, deberia ofrecer algo más que el mero enunciado del problema y una solución al pie escrita al revés. Puede dejar de ser un juego y adentrarse en la realidad del drama, con personajes que actúen como personas de verdad envueltas en una turbia y confusa maraña que los llene de espanto y perplejidad, o bien transformarse en un gran espectáculo sensorial directo al estómago y demás sentidos.

Álex de la Iglesia, que no es un cineasta cerebral, sutil tejedor de atmósferas y relaciones, sino un expresionista torrencial y vehemente que se mete en la historia y la vive en las entrañas, le confesó a John Hurt que él no era el director apropiado para adaptar Los crímenes de Oxford (novela del argentino Guillermo Martínez sobre asesinatos en serie revueltos con series lógicas) y en cierto sentido no mentía. La supuesta primera película seria del director bilbaino (aunque en el fondo sea quizá la menos seria de todas) avanza con una lógica blanda y funcional que parece limitarse a engarzar las notables secuencias de violencia, horror y sexo en las que Álex demuestra una vez más sus poderes como cineasta, salvando las limitaciones del género por la vía de construir un thriller eficaz y emocionante que va por su lado mientras los personajes van por el suyo llenándose la boca de lógica y matemáticas (una paradoja de la que es plenamente consciente).
Pero la segunda incursión internacional de Álex de la Iglesia (tras la espléndida e incomprendida Perdita Durango) se queda en la mirada superficial del turista que está de paso por el país y por el género; forastero en tierra extraña, la plácida atmósfera de aburrido villorrio inglés de Oxford no parece haberle inspirado gran cosa, y a estos personajes tan anglosajones y arquetípicos les falta la chispa de reconocimiento y verdad que siempre late hasta debajo de la más esperpéntica de sus criaturas. Elijah Wood, Leonor Watling y Julie Cox hacen lo que pueden con sus papeles, pero el único que realmente se escapa con un personaje que vive y respira es John Hurt, ese matemático que declara inservibles las matemáticas, genio caprichoso, temperamental e irascible que es el corazón de la película y que de no haber sido inglés habría podido ser quizá compañero de claustro del Padre Ángel Berriartúa de El día de la bestia; este profesor Seldom que niega la posibilidad de aplicar la lógica a la vida, de reconducir la existencia a fórmulas previsibles y tranquilizadoras cuando la vida es caos, confusión y dolor, lo que nos está diciendo al final es que la vida no es una novela policiaca.

miércoles, 6 de febrero de 2008

El cine español también es persona

El escritor de ciencia ficción Theodore Sturgeon dijo una vez una frase que ha pasado a la posteridad como la Ley de Sturgeon: “El noventa por ciento de todo es basura”. Resulta que últimamente hay cierta gente empeñada en enmendarle la plana y convencernos de que, al menos respecto al cine que se hace en España, el porcentaje de mierda insalvable sube hasta el 100%... En tanto que saco un rato para terminar mi crítica de Los crímenes de Oxford ( y la de Cloverfield, alias Monstruoso), aquí os dejo, para vuestro entretenimiento y formación, este estupendo artículo que ha publicado hoy en El País Álex de la Iglesia en respuesta a un editorial especialmente insidioso e ignorante (y que a mí, que al contrario que él no tengo arte ni parte ni me llevo nada, me puso igualmente de los nervios cuando lo leí la semana pasada, poco antes de los Goya...).

Carta a EL PAÍS de un cineasta del país

POR ÁLEX DE LA IGLESIA

Hace unos días tuve oportunidad de leer un artículo (sin firmar) en la página de opinión de este periódico [El Acento, poniendo a parir al cine español en su conjunto, recomendándonos a todos poco más o menos que lo dejáramos y nos dedicáramos a otra cosa, que les haríamos un favor a los espectadores, hartos de nuestra torpeza. Si hablasen de mí lo entendería, porque para eso me pagan. Es mi trabajo y estoy acostumbrado. Pero lo que resulta indignante es que se juzgue con esa pasmosa ligereza a todo un gremio, a la profesión en su totalidad.

¿Se imaginan a alguien diciendo "todos los escritores de este país son aburridos", o "los pintores españoles cansan con sus cuadros de siempre", o "basta ya, por favor, de zapatos españoles, preferimos los italianos"?

Lo que realmente duele de estos palos no es la rotundidad con la que se formulan, sino todo lo contrario, lo alegremente que se escriben, como sin darles importancia. Da la impresión de que no afectaran a nadie. Y ahí se equivocan, porque el cine español no sólo somos cuatro torpes directores sin talento, sino cientos o miles de profesionales que viven de nuestras películas, muchas familias que tienen que buscarse la vida haciendo cualquier otra cosa, porque esto del cine cada vez se lo ponen más difícil.

Nadie nace sintiéndose parte de eso que se llama cine español. De hecho, cuando era joven era tan idiota que creía que mis películas iban a cambiar las cosas. Con los años he conocido a los profesionales que lo componen. Por eso puedo decir que estoy orgulloso de estar ahí, porque sé lo increíblemente doloroso que puede llegar a ser un rodaje, el milagro que supone el estreno de una película en un cine, y no digamos convertirla en un éxito.

Yo no puedo quejarme. Soy un privilegiado, pero intento no perder la perspectiva: amigos míos no tienen la suerte que yo. He visto películas magníficas que no duraban una semana en cartel y desaparecían para siempre. Por eso me gustaría comentar ese artículo. No sólo hablaba de mí, hablaba de amigos míos. Es cierto que no tengo ninguna necesidad. No es nuestro trabajo hablar de cine, sino hacerlo. Sin embargo, tengo la sensación de que es importante responder: si callamos parece que estamos de acuerdo, y os aseguro que no es así.

El artículo comenzaba hablando de cifras, y viene a decir que el cine español ha perdido 6,5 millones de espectadores. Estos datos dieron la vuelta a España en todos los periódicos. Lo gracioso es que, siguiendo esas mismas cifras, el cine "extranjero" ha bajado 12,5 millones. Casi el doble. O sea, que la noticia real es que todos los cines bajan, el francés, el inglés, el americano... No sólo el español, que curiosamente baja menos que el resto. Baja el cine porque todo el mundo tiene uno en casa, con Dolby Digital. El culpable es el DVD y las descargas por Internet, lo sabe todo el mundo. ¿Por qué cargar las tintas sobre el cine español? No lo entiendo.

Otra noticia falsa que nos tuvimos que tragar esos mismos días señalaba que la película más taquillera del año pasado fue Piratas del Caribe 3. Bueno, pues resulta que el Ministerio de Cultura no contabilizó los tres últimos meses (no me pregunten por qué). Contando el año entero, la más taquillera del año pasado fue una española, El orfanato, la espléndida película de Juan Antonio Bayona. ¿No es asombroso y terrorífico que nos echemos piedras a nuestro propio tejado?

En el artículo se menospreciaba, al mismo tiempo, el éxito de Javier Bardem y Alberto Iglesias con sus nominaciones a los Oscar, porque el trabajo de ambos "se enmarca en producciones hollywoodenses". ¿Menospreciarían los británicos el trabajo de John Hurt en mi película porque trabaja en una producción española? Además, ¿en qué industria cinematográfica han visto los americanos el trabajo de Javier y Alberto? ¿En la coreana? Dice el artículo "no es exactamente el cine español lo que se reconoce en los galardones". ¿Qué pasa? ¿Un actor o un músico español deja de serlo porque trabaja fuera? ¿Deja de ser español Fernando Alonso porque trabaja con Renault?

El último párrafo es realmente cruel. "Con unas cuentas o con otras, parece demostrado que el cine español interesa cada vez menos". Yo creo que está ocurriendo exactamente lo contrario, tras los últimos éxitos de El orfanato, El laberinto del fauno, Las 13 rosas, REC, y tantas otras, entre ellas la de un gordo impresentable que era número uno en taquilla el mismo fin de semana que se publicaba el artículo. Y después, ¿qué película era la más vista? Mortadelo, y no me parece precisamente una película extranjera.

Dice el artículo que nos limitamos a "tres o cuatro fórmulas" -la Guerra Civil, el drama social y la comedia de costumbres-. ¿Es eso cierto? Creo que no. No ahora. El cine de género ha vuelto, vemos películas de terror, suspense, vemos comedias y dramas, y además las nuevas generaciones apuntan alto: Los cronocrímenes, la estupenda película de Nacho Vigalondo, tiene dificultades para estrenarse aquí, en España, pero no para estrenarse en Estados Unidos. Las películas que se hacen en este país puede que sean mejores o peores, como todas, pero no son previsibles. No más que las de Hollywood, se lo aseguro, y si no pregúntenselo a Sandra Bullock. A todos nos gustaría poder ser igual de previsibles que Piratas del Caribe 3, pero no podemos porque necesitaríamos aumentar nuestro presupuesto unas cien veces para rodarla, y quinientas veces para promocionarla. Sin embargo, luego competimos en igualdad de condiciones y Jack Sparrow nos saca de los cines porque necesita nada menos que ochocientos cincuenta.

Pero actualmente, el cine que se hace en este país es muy diverso. El orfanato y La soledad compiten juntas en nuestros premios, y gracias a los académicos, la ganadora, cuya vida comercial en las salas había finalizado, puede tener una nueva oportunidad.

Una de las armas que a algunos periodistas les gusta utilizar es insistir en que el cine español está subvencionado, que malgastamos el dinero del contribuyente en tonterías que no interesan a nadie, que vivimos del cuento. Esto es injusto. Una vez decidí producir una película. Tuve que hipotecar dos veces mi casa para pagar los intereses de los créditos y así poder rodarla. Todavía tiemblo al pensar que puse en peligro a mi familia por una película. Para acabarla necesité seis veces el dinero que me otorgaba el Ministerio de Cultura. La subvención me llegó un año después del estreno, y con ella pagué lo que debía en hoteles y laboratorios.

Las subvenciones ayudan al cine, para eso están, como ayudan las que reciben los del teatro, los deportistas, los agricultores, los farmacéuticos o tantos otros. Pero no protegen. Yo no puedo comprar naranjas marroquíes en España, aunque se encuentren a 14 kilómetros y sean diez veces más baratas. Tengo que comprar naranjas españolas. ¿Se imaginan que ocurriera lo mismo con el cine?

Los productores en España se juegan la piel, como muchos otros profesionales, pero pocos son menospreciados en los periódicos como ellos. La gente no lo sabe, y por eso escribo este artículo. Creen que los del cine vivimos una fiesta continua, rodeados de canapés y champán. Y así debe ser, porque nadie va a ver una película de alguien que nos aburre con sus problemas.

Ahora bien, otra cosa es proyectar una visión malintencionada de nosotros. Lo que se decía en ese artículo sobre el cine que se hace en este país no es cierto. Y titular otro artículo "¿Por qué no gusta el cine español?" es tendencioso. Parece que existe la intención de darlo por hecho. Sería más respetable decir "¿Gusta el cine español?".

El público, a mi entender, y dicho desde la más profunda humildad, sigue apostando por nosotros. Nunca vamos a superar las cifras del cine americano porque literalmente es imposible, pero alguna que otra vez, gracias al público, lo conseguimos. Son algunos medios de comunicación (por razones que no voy a entrar a considerar aquí) los que intentan cambiarlo.

Álex de la Iglesia es director de cine.

jueves, 31 de enero de 2008

El hobbit de Jalisco


Allá por diciembre escribí que no se me ocurría nadie mejor que Peter Jackson para dirigir El hobbit (+ Apéndice), pero es que entonces no sabía que se podía pedir a Guillermo del Toro... Lo del mexicano rodando El Hobbit en 2009 con producción de Jackson (que estará ocupado haciendo Tintín junto a Spielberg) es un pedazo de noticia como para poner a dar brincos a cualquier fan del cine fantástico; a principios de semana se daba por hecho en todos los medios pero ahora nos explican que no es así del todo y que la negociación no está cerrada todavía. ¿Serán de tema económico o artístico, esos últimos cabos sueltos? Porque una vez que han dado con una solución tan perfecta y tan evidente (a posteriori), cualquier otra alternativa parece inaceptable (¿Sam Raimi? ¿Y por qué no Antonio Mercero?).

lunes, 28 de enero de 2008

Libanesas desesperadas


Quién iba a pensar que la primera película libanesa que consigue repercusión internacional iba a parecerse tanto a las comedias barcelonesas que nos pone en Versión Española Cayetana Guillén Cuervo. Tan importante es lo que cuenta una película como lo que calla y Nadine Labaki, directora, protagonista y coguionista de Caramel, deja fuera del plano toda esa mierda política de guerras civiles intermitentes y ataques terroristas día sí día también para hablarnos de la vida de cinco o seis mujeres que frecuentan una peluquería de Beirut y cómo se enamoran, se desenamoran, ríen, lloran y les multan por no ponerse el cinturón. En su contexto, esa voluntad de hablar desde la normalidad cotidiana puede resultar encomiable y hasta subversiva (como lo debe de ser también sacar una lesbiana o hablar de operaciones de reconstrucción de himen, supongo) pero para el espectador foráneo el resultado es extrañamente blando y convencional, vagamente entretenido pero un tanto rutinario. Lo mejor, alguna costumbre local curiosa (siempre se aprende algo) y la vieja chiflada que recoge papeles por la calle.

domingo, 27 de enero de 2008

La India vs. Louis Vuitton


Ricos, tontos y distantes, los tres hermanos Whitman (Owen Wilson envuelto en vendas, Adrien Brody con mueca de payaso triste y Jason Schwartzman convertido en un clon capilar de George Harrison de la época del Sargeant Pepper) estrechan lazos fraternales mientras cruzan en tren la India a bordo del Darjeeling Express, un viaje organizado de turismo místico a la caza y captura de experiencias trascendentes que (con suerte) les ayuden a dejar de ser un poco esos cretinos integrales que se encuentran cada mañana en el espejo. El trío visitará una tras otra fantásticas localizaciones reales de aquel país a las que no acaban de sacar partido, demasiado distraídos con sus propias neuras y las de los demás.

Las comedias de Wes Anderson están llenas de personajes de este estilo, tarados emocionales y desvalidos, suicidas potenciales o frustrados que son los mayores enemigos de sí mismos (siendo su actor fetiche el Bill Murray medio catatónico de los últimos tiempos que aquí se limita a una breve aparición). Algo menos divertida y extravagante que La vida acuática con Steve Zissou, y un tanto repetitiva en su último tercio, Viaje a Darjeeling funciona como parodia de las historias de viajes de autoconocimiento, apuntándose a todos los chichés del género, topicazos que para sus protagonistas, seres tan superficiales como el croquis de un campo de golf, funcionan sin embargo como auténticas experiencias transformadoras.

Anderson, director americano europeizante, exquisito estilista siempre al borde de ser un poco pedorro, se salva gracias a su gusto por las chorradas, el slapstick y el humor absurdo, sin los que este cuento de pobres niños ricos traumados desde la infancia podría haber acabado como la Maria Antonieta de su amiga Sofía Coppola (donde precisamente Jason Schwartzman se lucía encarnando al más bien corto Luis XVI, casi un ascendiente directo de su personaje en Darjeeling). Uno nunca está muy seguro de si Anderson se compadece o se burla de sus criaturas, pero lo que es seguro es que nunca se las toma tan en serio.

viernes, 25 de enero de 2008

Lo de Heath Ledger

“En caso de muerte de famoso por ingestión de narcóticos, pulse 1.” Y salta la respuesta pregrabada y todos los medios aplican inmediatamente la misma plantilla, la de joven estrella que lo tiene todo muere porque en el fondo es un imbécil desgraciado y vicioso. Da igual el sujeto, sus circunstancias o incluso los propios hechos que aún faltan por conocer, solo importa su valor como historia ejemplar; se diría que algunos encuentran reconfortante airear a la primera de cambio el cuento del jovenzuelo que vive deprisa y deja un bonito cadaver.

Quién podía imaginar cuando Christopher Nolan le dio el papel del Joker en The Dark Knight (no sin polémica, pasando por encima de los favoritos habituales especializados en torturados y siniestros; demasiado guapo, demasiado cachas, demasiado sano y buena gente), que ese personaje tan distinto a todo lo que había hecho iba a ser el último que haría. Con el Joker Ledger estaba a punto de saltar a otro nivel, a donde no se atrevió a llegar ninguno de los actores con los que solían compararle (Robert Redford, por ejemplo, sobre todo después de Brokeback Mountain). Tenía planes para dirigir, decenas de películas por hacer, tenía una carrera fabulosa por delante. El tío iba a ser grande, es otra vez la historia de Jeff Buckley.

Y ahora tenemos a los buitres constructores de leyendas negras trabajando a destajo para construirle la suya. Que si depresión por un divorcio reciente, que si se le había metido en el cuerpo la sombra del Joker (como si el Joker fuera el Coronel Kurtz de Apocalypse Now, que es un puto supervillano de comic, joder). Qué terrible decepción si dentro de unos días se determinara que fue una sobredosis accidental, que Ledger no quería matarse, que le podría haber pasado a cualquiera aunque no fuera un famoso actor australiano de 28 años.

De los actores al final lo único que nos llega es su imagen pública, su trabajo y la película que nosotros mismos nos montamos sobre ellos con fragmentos de entrevistas, algún reportaje y las cuatro chorradas que se publican. Ledger parecía un tío simpático con la cabeza bien amueblada, de quien sabemos que deja una hija, padres y cantidad de amigos y parientes que lo conocieron y le echarán de menos como ser humano. Pienso en cómo tendrá el cuerpo Christopher Nolan mientras monta la película con su interpretación póstuma. Peor aún, pienso en Terry Gilliam, con el que Ledger había hecho amistad rodando Los hermanos Grimm y con quien estaba haciendo El imaginario del Doctor Parnassus (apenas se ha mencionado en las crónicas y casi mejor, Gilliam no necesita más ayuda para alimentar su propia leyenda negra), una película pequeñita en la que Ledger era el pez gordo de un reparto en el que le acompañaban Christopher Plummer y Tom Waits. Me pone los pelos de punta recordar el chiste que hice hace un par de meses sobre la mala suerte de Gilliam y cómo ninguna película suya estaba segura hasta el día del estreno: de momento el rodaje se ha cancelado y las compañías de seguros dirán que pasa con ella. Pero tranquilos, la peli de Batman está a salvo y en ella Ledger, tal como llevan meses prometiéndonos, estará fenomenal. Ficciones dentro de ficciones, relatos diversos con los que pasamos el rato.

jueves, 24 de enero de 2008

Monstruos unidos jamás serán vencidos


¡Solo en Hollywood se les podía ocurrir! Tras el triunfo indiscutible del proyecto Alien vs Predator, feliz maridaje entre los restos calcinados de lo que en vida fueron sus dos franquicias de monstruos espaciales (cuyo ejemplo colea todavía en la gira Dos pájaros a tiro de Sabina y Serrat), 20th Century Fox ha seguido experimentando con las mezclas hasta encontrar la receta de la secuela perfecta, un burbujeante cóctel contra natura entre el espesor dramático de Scream y la ambición y espectacularidad de una función escolar de marionetas. Lástima que cortaran las canciones pero, aún así, queda todavía el gancho hipnótico de observar durante 86 minutos a estos sujetos autodenominados “Hermanos Strause” (directores de la cosa) jugando absortos con sus muñecos articulados oficiales a cargarse a sus antiguos compañeros de instituto allá en el pueblo (¿quizás tendrían que haber pedido alguna figura más del Depredador? Porque el pobre engendro acaba un poco superado una vez perdida la ventaja del factor sorpresa). Añadir tan solo que las palomitas de maíz con miel también me gustaron bastante.

jueves, 17 de enero de 2008

Chapa y pintura

No os podéis imaginar la escandalera que está levantando esta imagen en los antros peor ventilados de la red:

Cantos de ida y vuelta


Curioso efecto de llamada-respuesta que si no es cierto lo parece: el éxito de House pone de moda el sarcasmo agresivo dando lugar a la aparición de un nuevo espécimen en nuestra telerealidad, el gilipollas divino, especializado en humillar a los concursantes en el triunfoculebrón de turno (todo un cambio de paradigma en el que, de repente, el jurado es la estrella y el supuesto artista un simple extra que le hace de sparring).

Ahora resulta que, al comienzo de su cuarta temporada, el médico cojo se monta su propio reality para escoger tres nuevos ayudantes (circo organizado simplemente para eliminar el factor humano en la elección). Se cachondea de ellos, los tortura, los despista, los trata como a críos, los despide al tun tun y disfruta como un enano (posiblemente más que el espectador). Al final del episodio, unos cuantos aspirantes se han perfilado entre la masa pero por otra parte se confirma que aún no hemos visto lo último de Cameron, Chase y Foreman… Concurso, por consiguiente, con premio final dudoso que posiblemente solo sirva para marear la perdiz... Va a ser que House ve mucho la tele.

domingo, 13 de enero de 2008

La brújula dorada (un día brillará)


Como cuando escuchas contar un chiste que tú ya te sabes y el chistoso (al que no ha llamado dios por ese camino) se dedica con toda su buena voluntad a destrozarlo para que al final la concurrencia se lo pague con un silencio de muerte, así más o menos es la tristeza de ver una novela magnífica echada a perder al volcarla a cine. Prometí que con La brújula dorada (que ha tenido críticas más bien tibias, recaudaciones decepcionantes y un boca a oreja abismal por parte de los amigos que la han visto) no me iba a cabrear como con Stardust (ver aquí) pero resulta que no ha hecho falta porque Chris Weitz (¡el director de American Pie, gran fan de los libros!), bendito sea, la ha contado bastante bien, hasta donde le han dejado.

Weitz, como la joven heroína de la historia, ha conseguido salir (casi, pero no del todo) indemne de una serie de obstáculos tremendos, el menor de ellos no es precisamente el superávit de originalidad del mundo tan misteriosamente esotérico creado por el autor británico Philip Pullman en su trilogía La materia oscura (His Darks Materials), donde el lector se ve arrojado sin preámbulos a un desconcertante universo paralelo cuyas diferencias y similitudes con el nuestro necesitan de un buen número de páginas para acabar de manifestarse: Animales parlantes o daemons que resultan ser el alma externalizada de cada individuo (capaces de cambiar de forma hasta la mayoría de edad), un reino de osos polares acorazados con nombres suecos, un estado teocrático dirigido por una institución llamada el Magisterio (donde la inquisición goza de excelente salud), misteriosos artefactos que adivinan la verdad a quien los sepa leer, ventanas a otros mundos bajo la Aurora Boreal, brujas, gitanos, dirigibles, un Oxford exactamente igual al nuestro y el secreto de ese polvo cósmico que todo lo irradia (y cuya mención tanto hacía reír a los adolescentes sentados detrás mía en el cine), supuesta fuente universal del pecado que al acumularse año tras año acaba pervirtiendo (dicen los ortodoxos) la resplandeciente inocencia de los niños. Con una densidad conceptual superior en varias magnitudes al más grueso de los Harry Potters y donde cada elemento cuenta, el reproche más común a La brújula dorada es que el exceso de exposición se come la trama hasta dejarla en una ginkana de 113 minutos (poco más que la duración de un trailer contra la tendencia del más reciente género fantástico) que la niña protagonista (Dakota Blue Richards, su debut en el cine y muy bien que lo hace) recorre al galope parando tan solo a recoger algún personaje o dato útil de cara al siguiente tramo. A mí, por el contrario, me ha parecido una adaptación muy apañada, incluso inspirada, que fluye de un modo natural equilibrando muy bien exposición, argumento y emoción… Pero no descarto la posibilidad de que a Chris Weitz se le haya ido la mano compactando esos tres niveles, que muchos matices lanzados al vuelo se pierdan para el espectador no avisado y que nos acabemos riendo del chiste los únicos que lo traíamos aprendido de casa (ante la indiferencia del resto). ¿Puede una superproducción fantástica de New Line Cinema con aspiraciones de próximo Señor de los anillos (otro más) acabar convertida a medio plazo en película de culto? ¿Serviría de algo un montaje más largo, con un ritmo más aeróbico?

Peor suerte ha tenido la película al intentar esquivar las habituales servidumbres de toda superproducción de fantasía familiar navideña (obligada en su caso a recaudar por lo menos 300 millones de dólares para garantizarse la posteridad). Lo que por un lado aporta relumbre visual y un reparto estelar en papeles grandes y pequeños (Nicole Kidman, Daniel Craig, Sam Elliot, Derek Jacobi, Christopher Lee, todos brillantes, los tres primeros clavando literalmente los personajes que había imaginado mientras leía), por otro es una soga al cuello que obliga a exhibir presupuesto en forma de intensos despliegues de efectos digitales, espectaculares y bien diseñados pero con ese inevitable aire de parentesco con otros recientes, un barniz homogeneizante de fantasía estándar que acaba metiendo en el mismo saco, de manera injusta, a elfos, brujos, dragones, brújulas, leones y armarios; quizá una versión más sobria y realista del mundo de Lyra, (una Inglaterra paralela más contemporánea y familiar en lugar de esta interpretación tan steampunk y neovictoriana) habría hecho más por resaltar contra el fondo sus aspectos discordantes y verdaderamente originales. De hecho, la dirección de Weitz va más bien en esa linea sobria y funcional, casi intimista y muy británica (algunos la han llamado a mala leche directamente televisiva) pero que sabe estar a la altura cuando la cosa se pone épica (cierto que el tío no es Guillermo del Toro ni Alfonso Cuarón, pero tampoco es ningún Chris Columbus).

Más aún: toda película-negocio de este calibre debe luchar entre bastidores contra un ejército de contables decididos a limitar al máximo el riesgo del producto, a ampliar el target de los clientes hasta el infinito dándoles a todos de antemano la razón, empujando a simplificar, a suavizar, contemporizar y dar la paz a todo el que pase (incluidos los chalados). El señor de los anillos y las Crónicas de Narnia (respetables clásicos juveniles más que católicos) pasaron el filtro sin dificultad; Harry Potter, algo más laico, ya fue acusado de satanismo y magia negra; por consiguiente puede uno figurarse la oleada de pánico que debió recorrer el departamento de marketing de New Line al llegarles la sinopsis de los tres libros de La materia oscura, escritos por un reconocido ateo y que, más que polémicos, son ya pura herejía… En el clima actual donde el fanatismo cotiza al alza en todas partes y se desentierran con mimo y reverencia las creencias más ancestrales a este lado del canibalismo, era difícil imaginarse a un estudio de cine apostando su dinero para contar hasta el final el viaje de la pequeña Lyra Belacqua al Polo Norte y mucho más lejos (pasando por planetas alienígenas, la Tierra de los Muertos y nuestro propio mundo). Un relato monumental sobre el paso de la infancia a la edad adulta en todos los aspectos y con todas las consecuencias, pleno de imaginación, con personajes memorables e increíbles escenarios (esa es la parte fácil, la que pide a gritos que la filmen) pero letalmente cargado también de ética, filosofía y mucha pregunta incómoda sobre tanta verdad revelada y los que se dicen en posesión de ella; se trata, a fin de cuentas, de una reescritura o secuela en clave fantástica de dos de los mitos fundacionales de nuestra cultura, ese par de fábulas sobre lo que les pasa a los niños desobedientes que son la rebelión de Lucifer y la expulsión de Adán y Eva del paraíso (solo que en la versión de Pullman, justo justo como en la Guerra de las galaxias, los buenos son los rebeldes que pretenden proclamar la República del Cielo).

Los publicistas han intentado contrarrestar las protestas de los fundamentalistas cristianos (que tanto daño le han hecho en la taquilla americana con sus acusaciones de blasfemia y de robar a los niños la fé) esforzándose en presentar La brújula dorada como otra inofensiva peliculilla de fantasía infantil de buenos y malos y bichos que hablan. Como sabréis quienes la habéis visto, tampoco es exactamente publicidad engañosa: el primer libro apenas empieza a plantar las semillas del cataclismo cósmico que vendrá, y la película, sin alterar realmente nada, hace un buen trabajo disfrazando a los miembros del Magisterio de pseudoagentes del KGB o las SS. No consigo imaginar en cambio de qué manera habrían intentado disimular las implicaciones teológicas de episodios posteriores, como cuando el megalómano Lord Asriel y su ilimitada soberbia se ponen al frente de la coalición rebelde de seres terrenales y sobrenaturales contra los ejércitos de ángeles y arcángeles de la Autoridad (qué gran pérdida no haber llegado a ver a Daniel Craig planificando con absoluto aplomo su estrategia contra Dios, o más bien contra el decrépito ángel usurpador que dice serlo y toda su corte de fieles siervientes).

En aplicación de la ley de la oferta y la demanda, la posibilidad de llegar a ver algo de esto en el cine es ahora mismo infinitesimal. Independientemente de las previsibles protestas del fundamentalismo cristiano, el público simplemente no ha congeniado mucho con La brújula dorada; nadie está ahora mismo aporreando las puertas de New Line reclamando una secuela (y a estas alturas, seguramente al otro lado ya nadie piensa en otra cosa que en El Hobbit, la única película que en el fondo querían hacer).

Podría haber sido distinto si la productora no se hubiera acojonado con la mala puntuación que las pruebas con público le daban al desenlace de la novela, “demasiado deprimente y oscuro”. New Line insistió en cambiarlo, Weitz se negó en redondo y al final, como mal menor, accedió a cortarlo y pegarlo al comienzo de la próxima entrega. Catastrófica solución que deja a la película temáticamente coja y estructuralmente mutilada (un capítulo terminando en un absurdo punto y seguido). Sin ese final trágico e inesperado que la empuja al siguiente nivel y tanto desagradó a los primeros espectadores cobayas (un desengaño inesperado y brutal que desdibuja las fronteras inocentes entre el bien y el mal y pone en perspectiva mucho de lo acontecido; para que os hagáis una idea, un final digno de la tercera temporada de Perdidos) La brújula dorada se queda en una aventurilla curiosa por episodios, un poco rara, más ruido que nueces y que se olvida deprisa.

Supongo que los que conocemos la historia la percibimos en nuestra mente engañosamente completa, como hacen los amputados con los miembros fantasma que aún sienten parte del cuerpo; y mientras maldecimos entre dientes tanta idiotez corporativa, nos sentamos pacientemente a esperar el Montaje del Director.

lunes, 7 de enero de 2008

Sigan a Tom


Nada, que no hay forma de tener un día sin noticias para sentarme a acabar mi crítica (positiva) de La brújula dorada… Movimiento de fichas en el otro frente de la Gran Guerra que definirá el futuro de la industria del entretenimiento para los próximos años (como complemento, si está usted tan chiflado como para interesarse por el tema, ahí está la entrada de ayer).

Tras las falsas esperanzas de paz de diciembre entre el sindicato de guionistas norteamericanos (WGA) y la Alianza de Productores de Cine y Televisión (AMPTP), en los primeros días de 2008 se ha roto el impass y las noticias se suceden a tal velocidad que no me puedo resistir a comentar alguna de las últimas (una crónica actualizada día a día se puede encontrar en http://www.deadlinehollywooddaily.com – allí me he pasado horas absorto leyendo las noticias y comentarios de los lectores y aquello es lo más parecido a un reportaje en directo de Frank Capra).

Primero fue el regreso de los Late Shows sin guionistas (salvo el del veterano David Letterman, que tiene su propia productora y llegó a un acuerdo independiente aceptando todas las demandas del sindicato); sus competidores Jay Leno, John Stewart, Conan O´Brien y otros que ni a mí me suenan, que además de presentadores son escritores y en principio partidarios de la huelga, se han visto obligados a seguir a Letterman y cruzar los piquetes para proteger a su equipo ante la amenaza de despidos masivos: en teoría todos harán su programa en directo y sin papeles, un límite resbaladizo que ya ha empezado a crear los primeros malos rollos (Leno entendió que podía escribir sus propios monólogos y el sindicato dice que entendió mal).

Y luego está lo del comienzo de la temporada de premios, cuyas simpáticas ceremonias de entrega, aunque lo parezca, no se escriben solas. Los organizadores de los Globos de Oro han intentado llegar a un acuerdo especial con los huelguistas (gran fiesta de todos, seamos amigos, un día es un día) pero (naturalmente) les han dado con la puerta en las narices. Peor todavía: los actores (que tienen por delante para mediados de año su propia negociación con los estudios) se han solidarizado y todos los candidatos boicotearán la ceremonia si se televisa (la NBC, que es quien tiene que retransmitirla, culpa directamente al peligroso activista George Clooney por haberle comido el coco a sus compañeros). Pero el verdadero cristo se organizará en marzo porque los Globos de Oro, como estamos hartos de oir, apenas son otra cosa que “la antesala de los Oscar”. Miles de millones en publicidad directa y promoción para las películas puestos en riesgo parecen una buena baza en manos de los guionistas. ¿Acaso los productores pensaban que iban a ser tan tontos como para no utilizarla?

Aparentemente el único plan de la AMPTP es esperar pacientemente a que los guionistas se vuelvan locos de hambre y frío y entren en desbandada tal como ocurrió en la huelga de 1988, cuando los restos derrotados del sindicato acabaron firmando un convenio ridículo que era (bien lo sabían todos) un acta de rendición. Bien, la última hora es que ha ocurrido justo lo contrario y lo que se ha roto por el punto más débil ha sido la unidad de acción de las productoras (que, por cierto, fueron denunciadas en diciembre por violación de las leyes anti-trust) . La pequeña United Artists (marca histórica fundada en 1919 por Charles Chaplin, Mary Pickford, Douglas Fairbanks y David Griffith, actualmente una subsidiaria de MGM que tiene al frente a ese par de advenedizos llamados Tom Cruise y su socia Paula Wagner), ha firmado también todas las reivindicaciones de los huelguistas y ha sido declarada “zona liberada”. Y así, UA (que acaba de pegarse un castañazo tremendo en su nueva etapa con Leones por corderos) será el único estudio que puede ir arrancando máquinas para la próxima temporada.
En números generales su producción es insignificante (los próximos proyectos de Cruise y un poco más a la que se estiren) pero el perjuicio a la imagen del bloque unitario de los estudios y el precedente que crea (para que le siga alguno de las majors más perjudicadas que hasta ahora no se han atrevido a romper la disciplina de grupo) puede suponer (dicen) el punto de inflexión que todos estaban esperando. Dios les oiga.

La historia de esta huelga (que da juego a muchos chascarrillos en las páginas de sociedad y espectáculos aunque maldita la gracia que tiene para los trabajadores de la industria que han perdido sus empleos y todos los que están sufriendo los daños económicos colaterales) no es una crónica simple de buenos y malos, pero está tan cerca de serlo como es humanamente posible (creo que era un chiste de El Roto ese que decía que a veces la realidad es pura demagogia).

Algún día este conflicto laboral sobre mínimos porcentajes sobre ingresos, convenientemente dramatizado (y si es que para entonces todavía queda en pie una industria del cine) inspirará sus propias películas sobre un épico combate entre la gente que inventa historias (unas mejores que otras) y los que hacen dinero con ellas, los que viven de su imaginación y su lucha por un trato más justo contra las marionetas de los macroconglomerados industriales que dirigen actualmente Hollywood, esos tontos del haba que sólo entienden de estadísticas y estudios de mercado y producen cine y televisión como podrían producir sillas plegables o bonos basura; tipos prácticos, preparadísimos, entrenados en el realismo sucio de las finanzas y sin embargo atrapados en la visión túnel más rancia del magnate depredador del siglo XIX ( esos comunicados en los que cada tres lineas intercalan un eufemismo para llamar comunistas a los guionistas, por favor). ¿Cómo evitar caer en el maniqueísmo cuando uno de los bandos se empeña en clavar la imitación de Charles Montgomery Burns?

sábado, 5 de enero de 2008

Acabó la guerra


En alguna parte, casi seguro que en diferido y soltando el porcentaje correspondiente a la SGAE, la voz nasal de John Lennon canta Happy Christmas (War is over). Tanto deseo de paz para el nuevo año está a punto de producir el milagro donde más falta nos hacía, en el campo de los artículos tecnológicos de lujo. Sí, amigos, parece que ya tenemos claro ganador en la batalla entre el HD-DVD y el Blu-ray por la sucesión del DVD en alta definición (igualadísimo combate librado ante la indiferencia general de la mayoría de los consumidores entre los que me incluyo).

Si el pasado jueves causaba perpejidad encontrar entre los titulares de un diario nacional a John Lasseter (cerebro de Pixar y actual jefe de la división de animación de Disney) proclamando a botepronto su amor incondicional por el Blu-ray (“la tecnología superior”), casi al mismo tiempo los foros de Apple se llenaban de rumores sobre la inminente incorporación del Blu-ray de serie en las máquinas de la compañía. Ondas en la superficie provocadas por desplazamientos subterráneos… Esta mañana nos despertamos con que el macroconsorcio Warner, hasta ahora en ambos bandos, rompe abruptamente el equilibrio de poder y y se pasa con todo su catálogo al Blu-ray en exclusiva (seguido inmediatamente por la pequeña New Line). Un tal Bill Hunt de Digital Bits considera que la oferta de contenidos para cada soporte se queda en proporción 70/30 a favor del Blu-ray (de Universal, Paramount y Dreamworks se espera como poco el pase a la neutralidad y ediciones en ambos soportes). Según opinión generalizada de los analistas de internet y de la revista Variety, y en vista de que en el terreno de los videojuegos el dominio Blu-ray es aplastante gracias a la Playstation 3 de Sony) el movimiento de ficha de Warner es el final de la partida.

Se comenta que la competencia de formatos había empezado a dañar no sólo la venta de cada cuál por separado (con muchos compradores potenciales reservándose hasta saber cuál de los dos sería el nuevo Beta y cuál el nuevo VHS) sino la de los propios dvds, que ya empiezan a percibirse como un producto obsoleto sin un claro sustituto. Y con la sangría económica que está suponiendo para la industria del entretenimiento la huelga de los guionistas americanos (aunque por lo visto no lo bastante como para concederles unas reivindicaciones perfectamente razonables y asumibles porque eso sería “mostrar debilidad”) no está la cosa como para dejar de ganar dinero con el catálogo actual.
(Ahondando en esa misma linea, comentar que resulta que los Blu-ray son, por el momento, más difíciles de copiar...)

¿En qué nos afecta esto al común de los mortales? Pues a usted en poco pero a mí, por ejemplo, se me ocurre que éste no es buen momento para comprar discos, reproductores o grabadores de dvd porque los precios están a punto de caer a plomo. Si los insaciables tahúres de Hollywood pretenden que quienes todavía nos acordamos de nuestro primer video y hasta de la tele en blanco y negro abracemos como lemmings su nuevo juguete sólo para verlo todo todavía un poco más grande y más nítido, van a tener que empezar a hacernos una oferta que no podamos rechazar…