domingo, 13 de abril de 2008

Cómo ir al cole


Baktai es una niña de unos cuatro años, cabezona como ella sola, que vive en una cueva entre muchas en la urbanización cavernícola más exclusiva de Afganistán, la montaña de Bamiyán donde hasta 2001 se alzaban las estatuas de los budas gigantes que los talibanes dinamitaron por blasfemos.

Una mañana a Baktai se le mete en la cabeza que tiene que ir al colegio con su vecino Abbas para aprender más historias como esa tan graciosa que le cuenta del hombre al que le cayó una nuez en la cabeza (y se alegró mucho porque podría haber sido una calabaza). Y pasando olímpicamente de quedarse de canguro de su berreante hermanito, baja toda animosa al pueblo a conseguir dinero para comprarse el cuaderno y el lápiz que necesita...

Buda explotó por vergüenza, mejor todavía de cómo suena, funciona a la vez como una divertida (y a ratos angustiosa) fábula neorrealista, como un fascinante documento antropológico sobre una cultura a caballo entre el siglo XXI y la edad de piedra, y como una denuncia nada velada de ciertas terribles taras que la atraviesan, heridas infectadas que tardarán generaciones en cerrarse consecuencia de guerras sin cuento y de un fanatismo aparentemente derrotado pero que flota en el aire y se sigue filtrando por los poros. La lucha de la renacuaja protagonista por su educación (o por hacer lo que le da la gana y jugar a lo que quiera) encontrará un obstáculo detrás de otro pero no por ello se desanima. En una sociedad donde los niños (no escolarizados) trotan libres como cabras por senderos bordeando aterradores abismos, se meten solos a hacer trueques por mercados y callejuelas o se juntan en pandillas que no tienen una idea buena, los adultos aparecen como figuras ausentes o ineficaces, demasiado atareados, cansados o muertos como para ocuparse de una juventud tan hiperactiva. Buda explotó por vergüenza se acaba pareciendo a una versión islámica de los Peanuts de Charles Schultz, con los mayores siempre fuera del cuadro mientras unos niños de voluminosa cabeza reproducen espontáneamente en el microcosmos de su tira todos los síndromes y complejos de la vida adulta (por cierto que Abbas, el amigo pelmazo de Baktai, es el vivo retrato de Charlie Brown).

La directora y guionista iraní Hana Makhmalbaf (Teherán, 1988), el miembro más joven de una ilustre familia de cineatas, debutó a los 16 años con un documental sobre el rodaje de A las cinco de la tarde, la película que su hermana Samira estaba filmando en Afganistán. Buda explotó por vergüenza, rodada en escenarios reales con actores locales que jamás se habían puesto delante de una cámara, es su primer trabajo de ficción pero sospecho que la aventura de rodarla habría dado también para un making off impresionante (incluyendo, entre otras cosas, cómo convertir a una panda de críos que apenas saben vestirse solos todavía en un grupo de actorazos capaces de comerse la pantalla).

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