lunes, 25 de febrero de 2008

El sueño de Hollywood


Esta noche es la noche. Dentro de unas horas tiene lugar el acontecimiento televisivo más importante del año para los mitómanos cinematográficos, y no me refiero al debate Zapatero-Rajoy sino a la 80 edición de los Oscar, con sus galas, su alfombra roja y sus guionistas para escribirle los chistes al presentador Jon Stewart (por los pelos).

Yo hace muchos años que dejé de seguirlo en directo (desde que Canal+ pirateó la señal solo para abonados) así que el plan es dormir como un bendito y enterarme del resultado por la mañana; y además del resultado, podré enterarme de lo larguísima y aburrida que ha sido la ceremonia, de lo poco que valía la pena trasnochar para aguantar tal coñazo y de lo horribles que iban algunas de las mujeres más atractivas del mundo; o quizá este año renueven la lista de despropósitos según le vaya la noche al bueno de Javier Bardem (apuesto a que hay más de uno rezando para que pierda y poder llamarle de todo menos bonito).

Se supone que si te gusta el cine de verdad lo que toca en un día como hoy es despotricar contra toda esta patochada de los premios y recordar que no es un más que un circo sin credibilidad alguna, que la lista de nominados y quien gana o quien pierde rara vez tienen que ver con la calidad artística y demasiado con quién monta la mejor campaña de promoción y ciertos turbios trapicheos entre bambalinas. Es como si un aficionado al futbol proclamara que él no cree en la copa del Mundo porque el mejor equipo cae siempre eliminado en cuartos.

Que sea justo o no no quita o pone nada para que éste sea el premio más importante que puede recibir una película , un actor, director, guionista, editor, músico, director de fotografía, maquillador o cualquiera que trabaje en la industria (no hay más que ver cómo les tiemblan las rodillas, se les traba la lengua y les empiezan a caer los lágrimones a los más cínicos cineastas antisistema en el mismo momento en que reciben uno). El poder simbólico de estas estatuillas calvas bañadas en oro proviene de los millones de personas en todo el mundo que, ingenuamente o no, están convencidas de que recibir una es importantísimo y estupendo, convirtiéndolo así en un reconocimiento universal tan inapelable como una sentencia del Tribunal Supremo, que puede gustar o parecer una chorrada pero ahí queda para siempre como cosa juzgada.

O sea, que la historia la escriben los vencedores y que esta noche toca escribir otra nota a pie de página en la sección de cine (mayormente de habla inglesa aunque con aspiraciones de universal). Historia tendenciosa o incompleta, que solo ocasionalmente coincide con la verdad y cuyos errores más flagrantes sólo el tiempo a muy largo plazo acaba rectificando (por ejemplo, ¿Rocky mejor película de 1977 por encima de Network: un mundo implacable y Taxi Driver? Menuda broma). Así que los cinéfilos deberían darse con un canto en los dientes porque en la cosecha que sale a jugar esta noche las nominadas principales (No es país para viejos, Juno, Michael Clayton, There will be blood… ), sean todas películas magníficas perfectamente merecedoras de reconocimiento, y gane quien gane este año la Academia tendrá que esforzarse para meter la pata.

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