sábado, 28 de febrero de 2009

Duda razonable


No sé quien decía que en último extremo acabas conociendo mejor a ciertos personajes de ficción que a tu propio padre. Que la realidad es siempre fragmentaria y elusiva y carece de narrador, mientras que la ficción tiene propósito y significado y al final, más o menos, encajan las piezas del cuadro completo. Y aún así, después de ver La duda, salimos todavía con menos certezas de las que entramos: ¿Ha ocurrido realmente algo entre el padre Flynn (Philip Seymour Hoffman) y el monaguillo? A falta de indicios, ¿de donde nace la convicción moral de la hermana Aloysious (Meryl Streep) acerca de su culpabilidad? Peor todavía: caso de haber sucedido algo, ¿no será peor en este caso su remedio que la enfermedad?

La acción transcurre en 1964 en el colegio católico de St. Nicholas, en el Bronx (Nueva York), y la religión, por supuesto, juega un papel esencial en toda esta historia. Esa especie de super relato mítico que contiene todas las soluciones cómodamente reunidas en un solo tomo (por algo hablan de las religiones del Libro), iluminando a los creyentes con la verdad revelada, en la práctica está bien lejos de dejarlo todo resuelto. No sólo está el problema de encontrar respuestas que sostengan la fe en un mundo tan lleno de maldad, confusión y amargura (el primer sermón del padre Flynn se refiere directamente al desaliento general tras el asesinato de Kennedy el año anterior). Incluso dentro de la ortodoxia católica hay espacio para versiones irreconciliables, visiones incompatibles sobre Dios, la religión y la existencia, y así somos testigos del choque de trenes entre el tradicionalismo tridentino de la directora del colegio (severa, espartana, apegada al ritual, inculcando por su propio bien el temor de Dios a alumnos y monjas) y la por entonces recién estrenada línea Vaticano II del padre Flynn, un catolicismo más cálido y compasivo, que borra las distancias entre sacerdote y seglar, conviviendo con mayor naturalidad y humildad con el mundo.

A ojos de la hermana Aloysius (verdadera monja-soldado variante sargento de hierro excepto por los tacos), el afable padre Flynn es demasiado humano para el alzacuellos, frívolo y mundano, impropio del oficio que desempeña. Para el cura, ella es una fanática intolerante y una reliquia de otra era por fortuna ya superada. El director y dramaturgo John Patrick Shanley (adaptando su propia obra de teatro) juega con las simpatías y antipatías iniciales del espectador para descolocarlas introduciendo la acusación de pederastia, negándose a dictar sentencia o a dar respuestas definitivas tipo quien es el bueno y quien el malo. Puede que el padre Flynn tenga vicios peores que echarse tres terrones en el café o que sea víctima de una injusta caza de brujas por motivos más que dudosos. Puede que la hermana Aloysius no sea el ogro que aparenta sino que simplemente cumpla su cometido lo mejor que sabe y conoce, asumiendo el papel de poli malo de sus profesoras en un colegio por lo demás bastante feliz, con su alumnado mixto y su función de navidad con sus risas y canciones. Y puede que su increíble seguridad en sí misma y en su propio instinto no sea más que pura fachada (la vemos en su momento de mayor desconcierto charlando con la madre del niño supuesta víctima del abuso, incrédula y horrorizada ante el punto de vista de esa mujer trabajadora negra y pobre, tan incompatible con su paradigma interiorizado sobre el bien y el mal, “Es el único que ha sido amable con él”). Los niños necesitan una figura de autoridad que los meta en vereda pero esos pequeños demonios huelen el miedo y la hermana Aloysius tiene, seguramente, muchísimo miedo (ella sabrá por qué).

Como puede suponerse, con tantas ambigüedades La duda no es precisamente, una película policiaca. Provocadora, original, bastante teatral (con muchas escenas de diálogo para dos actores), espléndidamente interpretada (casi todo el reparto salvo Hoffman era este año candidato a un Oscar), aquí hay densidad y sustancia para discutir largo y tendido.

lunes, 23 de febrero de 2009

Pe Winner


Podéis decir lo que queráis de la película pero Penélope se merecía toda la ronda de premios que le han caído por Vicky Cristina Barcelona (y más vale que se ha llevado también el oscar porque si no, para algunos, habría sido igual que si no hubiese ganado nada). Por fortuna, todo acabó bien y Javier y ella ya tienen la parejita (que, lo mires como lo mires, es una cosa bastante extraordinaria).

lunes, 16 de febrero de 2009

Ceremonia lacónica: Oscars 2009 parte 1


Peter Gabriel no cantará este domingo en la ceremonia de entrega de los Oscar tras enterarse de que sólo disponía de sesenta y cinco segundos para defender su canción Down to Earth (que quizá hayáis oído sobre los fabulosos títulos finales de WALL-E, y con la que acaba de ganar un Grammy).
Los productores de la gala, que cada año que pasa reúne menos audiencia y nunca baja de las tres horas y media, han decidido cortar por lo sano y reducir la presentación de las tres canciones originales (la de Gabriel y las dos de Slumdog Millionaire: Jai Ho -de A.R. Rahman y Gulzar y O Saya -de A.R. Rahman y Maya Arulpragasam) a un popurrí que no supere los cuatro minutos.
"No creo que sea tiempo suficiente para hacer justicia a la canción, así que he decidido no actuar" ha dicho Gabriel. "Respeto el derecho de los productores a remodelar su show y estoy deseando verlo. Pero aunque los autores de canciones son unos participantes muy secundarios en el proceso cinematográfico, están igual de comprometidos y trabajan tanto como el resto del equipo y lamento que esta nueva versión de la ceremonia se haya creado, en parte, a expensas suyas. Aún así, estaré encantado de asistir".
Peter ha sido exquisitamente diplomático porque una medida tan absurda apesta a una mezcla de desesperación y despiste total. Los ensayos de la gala (que presentará Hugh Jackman) deben de estar saliendo catastróficos...

Independientemente de que se lleve o no algo el domingo, la canción de WALL-E es el primer tema fresco que publica en mucho tiempo este artista mítico y disperso que mantiene a sus fans permanentemente desconsolados y famélicos, que tardó diez años en terminar su último disco de estudio y cuando lo empezó daba el tipo de galán maduro pero al concluirlo era la reencarnación del mago Merlín. Justo ayer descubría otra jugosa migaja de su parte, esta versión que acaba de grabar del tema de los neoyorkinos Vampire Weekend Cape Cod Kwassa Kwassa. El chiste (o la excusa para apropiársela) está en que en la canción se invoca el nombre de Peter Gabriel (aunque la original suene más bien a Paul Simon en Graceland). Y Peter se automenciona como ordena la letra aunque después mete una pequeña morcilla: "It feels so unnatural to sing your own name".


sábado, 14 de febrero de 2009

Los Simpson cambian de cabecera

Coincidiendo con su paso a la alta definición, este domingo en EEUU Los Simpson estrenan nuevos títulos de crédito (la primera vez que los cambian desde 1989).
No están mal, supongo... Tampoco especialmente bien (muy parecidos pero con demasiados personajes nuevos a los que odio chupando plano). También entiendo que, si el cambio de formato obligaba a rehacerlos, no tenía sentido dejar pasar la ocasión de ajustarlos a lo que es la serie hoy día. El chiste del sillón es patético pero eso va por rachas.

lunes, 9 de febrero de 2009

Qué sabrá usted si sólo es la madre


El viejo Clint todavía guarda cartuchos en su recámara y a estas alturas ya no se molesta en filmar trabajos menores. El intercambio, su última película como director (y no actor) es un sensacional cuento gótico de horror ambientado en la soleada Los Ángeles de los felices años 20. Christine Collins (Angelina Jolie), madre abandonada con un niño de nueve años que se gana la vida como supervisora de una centralita de teléfonos, vuelve tarde una noche y no encuentra a su hijo en casa.

Pasan meses de angustia y desesperación, el niño no aparece, no hay pistas, y la madre, que no puede imaginarse un tormento peor, cae de pronto en una pesadilla kafkiana cuando el corrupto departamento de policía de la ciudad, presionado por la opinión pública para encontrar al chaval desaparecido, le entrega a un crío que ellos le aseguran que es su hijo. “Está usted alterada, confusa, son muchas emociones, por supuesto que es él, los niños cambian tan deprisa…”.
Eastwood hace trabajo admirable recreando de manera transparente, sin menor énfasis exhibicionista, la California en la que él mismo iba a nacer un par de años más tarde, pero lo que queda de El intercambio no son los decorados, los coches o el vestuario, sino la forma en la que capta los aspectos más insidiosos de la mentalidad de una época aún no tan lejana, cuando las mujeres eran consideradas por principio imbéciles o menores de edad necesitadas de marido o tutor, cuando su integridad y su vida no valían nada sin un hombre en el que apoyarse, y menos en una ciudad donde la policía era el principal sindicato del crimen. En un estado de indefensión absoluta, resulta demasiado fácil quitarse de encima a una loca que no para de armar jaleo con lo de su hijo.
Como en todo cuento de terror, los personajes son arquetípicos (los villanos despiadados, la heroína inquebrantable, el viejo bondadoso que acude en su auxilio, y una extensa galería de extras de aspecto siniestro y cadavérico, por no hablar del segundo niño) pero todos (salvo quizá el cura juramentado contra la corrupción institucional de John Malkovich, que a primera vista no termina de dar el tipo) realizan su función de manera extremadamente eficaz y convincente. La legendaria economía narrativa de Eastwood te cuenta exactamente lo que necesitas saber sobre cada uno para seguir el relato, y hay mucho que contar.
La trama, basada por lo visto en hechos reales, es sorprendente, inquietante y mucho más retorcida de lo imaginable, provoca espanto e indignación, incluye una de las escenas de ejecución más horrorosas que recuerde, da pie a una gran interpretación de Angelina Jolie (la mejor que le haya visto, completamente inbuida del espíritu de los años 20), Clint la dirige como dios y, si no se empeñara últimamente en componer él solo la música de sus películas (el síndrome de Amenábar) podríamos estar hablando de una obra maestra.

Wyoming, Media Hero


Adelantándome al autojuicio que se hace mañana Wyoming en El intermedio, aquí van tres argumentos a favor de la defensa en el famoso caso del video de la becaria:

1 El marketing viral es la publicidad de los pobres: Los que no tienen pasta para traerse a Will Smith a hacer el chorra en su programa se buscan la vida como pueden. Objetivo conseguido: record de audiencia y proclamación de su existencia a todo tipo de público que jamás se había acercado a El intermedio (aunque luego, para fidelizarlos, lo que cuente sea el trabajo del día a día).
2 La venganza: Wyoming es un tío duro que lleva años sonriendo y poniendo la otra mejilla cada vez que le atizan (es más, tiene su propia sección en el programa, “Todo sobre mi madre”, donde repasan los últimos insultos que le han dedicado: pesebrero, sectario, progre de mierda, feto sin gracia, etc; no se rompen mucho la cabeza). Nunca se había dignado a contestar pero, hace cosa de un mes, El intermedio cometió el error de emitir unas imágenes donde el director de Intereconomía (esa extraña cadena de televisión que envía matones a sueldo para evitar que entrevisten a Carlos Fabra) imitaba con toda la gracia de un sargento borracho de la legión a la vicepresidenta De la Vega (que en su versión era una lesbiana contagiosa loca por arrastrar a todos los niños de España a la depravación moral y sexual). La cadena digital contraatacó con insultos y ataques personales, El intermedio se los tomó a cachondeo, y la cosa fue escalando hasta que el tal Xavier Horcajo pasó a meterse con los colaboradores de Wyoming: Esa Beatriz Montañez no era quien para darle a él lecciones de ética periodística porque no era más que una puta (sin pronunciar la palabra, por supuesto, porque él, al contrario que otros, es un caballero). Intuyo que esa fue la gota que selló el destino del pobre imbécil.
3 La función social: los medios tradicionales se irritan mucho con las bromas de La Sexta (lo último, lo del Follonero y la señora del boleto de lotería) aunque no les parecía tan mal cuando la única víctima era Aquí hay Tomate, por entonces todo el mundo asumía que el programa de Telecinco recibía lo que merecía por zafio y canalla. Pero la tomatización es un cáncer que se está infiltrando por toda la profesión (la presión del mercado y la competencia, las prisas, la necesidad de grandes titulares sensacionales con los que rellenar la próxima entrega, y ahora, la crisis). Las secciones de sociedad y espectáculos de El País (un diario en general bastante escrupuloso) hace mucho que reproducen alegremente cualquier rumor de Internet y publican como noticia cierta (sin citar fuentes) la primera chorrada que se inventen los tabloides ingleses. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que esa actitud relajada se filtre a las consideradas secciones serias?
Pero mucho peor que la frivolidad o la desidia es la mala fe: El tal Horcajo dice que ni siquiera se puso en contacto con El intermedio porque “¿qué iban a decir?” (pues, por ejemplo, su versión de los hechos). Afirma que el contenido le resultó creíble dada la catadura moral del individuo. Falso: si aceptó entusiasmado el vídeo de Troya fue porque era una bomba increíble, un testimonio que destruía la imagen pública de Wyoming, su reputación de simpático hombre de izquierdas, un arma demasiado buena como para no utilizarla.
La información contrastada es lo único que diferencia al periodismo de verdad de un puto blog o de cualquier rumor que se extienda por los foros de Internet. Sin periodistas profesionales nos volvemos ciegos y sordos y la democracia se queda indefensa contra los abusos y la manipulación del poder. Bromas como esta hacen la función del hacker que entra en las computadoras del Pentágono para probar sus defensas (certificando su cochambroso estado). La asociación de la prensa de Madrid, en lugar de salir a ponerle verde, debería haber dado una medalla a Wyoming por desenmascarar a ese impostor facineroso. Como no ha sido el caso, habrá que suponer que sus responsables han conseguido el carnet de periodista en el mismo sitio que él. Pues estamos apañados.

Goyas con cabeza



Casi pleno a mi quiniela de los Goya (menos El truco del manco, pero porque no la he visto). Por una noche hubo justicia en el mundo, y además valió la pena ver la ceremonia en directo por los sketches de los chicos de Muchachada Nui (cómo se escogen realmente los Goya, la tertulia de actores premiados, el experto en adaptar best sellers, la aparición del hombre elástico y mi favorito, el productor ideal del cine español), abriendo boca para la inminente tercera temporada del programa. Carmen Machi no presentó nada mal, y los que dicen que hizo de Aida sin duda a esas horas estaban ya como una cuba.

domingo, 1 de febrero de 2009

Porca miseria



Viendo Gomorra me preguntaba qué habrán pensado los italianos de esta película, por lo visto una de las más taquilleras de 2008 en aquel país. ¿Se habrán quedado conmocionados o les habrá parecido una siniestra fábula de ciencia ficción, la heroica denuncia de un tumor social o una publicidad de muy mal gusto sobre una región que tiene sus problemillas como cualquier otra, poco menos que un insulto para todos aquellos napolitanos que viven y trabajan honradamente sin acordarse demasiado de la existencia de la Camorra?

Como es sabido, Roberto Saviano, el periodista autor de la novela en la que se basa, ha tenido que huir de Italia amenazado de muerte; por otra parte, se ha publicado que los propios mafiosos estaban haciendo negocio con la película vendiendo copias piratas de nula calidad. Parece muy italiana esa mezcla de tragedia y de farsa, ese sincretismo para funcionar a la vez en dos realidades paralelas sin hallar contradicción, sin que la sordidez situacional les arruine el negocio y la fantasía.
Pero Gomorra, de Matteo Garrone, es un docudrama de fealdad y miseria sin pizca de fantasía, que presenta a Nápoles como una ciudad del Tercer Mundo en medio de Europa, sin nada que envidiar a las peores fabelas de Brasil. Cuenta varias historias entremezcladas que dibujan un panorama apocalíptico de violencia, corrupción, abandono y falta de expectativas en el que gente perfectamente corriente simplemente vive adaptada a lo que le ofrece su entorno.
Dos adolescentes capullos que desprecian a los adultos y piensan se van a comer el mundo, en su caso al estilo de Tony Montana en El precio del poder; una guerra de bandas que pilla por medio a un gris chupatintas de la mafia encargado de repartir la pensión mensual a las familias de los muertos o encarcelados; el hijo de la tendera del barrio que quiere hacer carrera en la organización: el sastre de una empresa de alta costura explotado por su jefe (en una industria intervenida por la Camorra) que recibe una oferta de unos chinos para que les enseñe en secreto a imitar sus modelos; un honorabilísimo empresario que se dedica a gestionar los vertederos de la ciudad, enterrando residuos tóxicos que envenenan y matan de cáncer a los habitantes de los alrededores.
Pese a ciertas irregularidades de ritmo entre historia e historia, y a la falsa apariencia de simultaneidad entre relatos que necesariamente deben transcurrir en épocas distintas, Gomorra es una película fascinante, un viaje estremecedor a un submundo donde crimen, la corrupción, el clientelismo y la miseria moral son la norma y han destruido cualquier atisbo de sociedad entre humanos. Tan solo un par de destellos de dignidad personal la salvan de resultar completamente desoladora.

domingo, 25 de enero de 2009

Los cenizos de guardia


No sé cuantas veces llevamos celebrando el comienzo del siglo XXI. Primero fue la caída del muro de Berlín, que no estuvo mal, quizá un poco prematura para ser apenas 1989. Luego vino aquello tan chusco de si tocaba en el 2000 o el 2001, y poco después lo de las torres gemelas. Aquel día también me tocó seguirlo desde el trabajo por la radio, y comparando experiencias tengo que decir que este siglo XXI que empieza con Obama tiene mucha mejor pinta que ninguno de los anteriores, y que por mí esta vez puede ser perfectamente la definitiva.

Una pequeña observación, sin embargo, sobre tanto agorero de guardia presente en todas las tertulias, tan preocupado por hacernos bajar de la nube, por convencernos de que el nuevo presidente americano no es más que un hombre y no Buda reencarnado, que lo único que ha demostrado hasta el momento es que es negro (o mulato), que la mayoría le ha votado confundiéndolo con Will Smith y que, aún en el remoto caso de que fuera la persona adecuada para circunstancias tan graves, nada va a cambiar en el fondo ni podría en ningún caso hacerlo porque la realidad es tozuda, las ilusiones inútiles, y los intereses y estrategias de las superpotencias una verdad inmutable.
Y se me ocurre que todos estos cínicos que se ríen de esas masas de ingenuos esperanzados y desdeñan tanto la importancia del factor humano y las convicciones perfectamente articuladas y sensatas del nuevo mandatario (palabras y nada más que palabras, aunque no se parezcan a las de ningún otro), deben de haber estado viviendo cómodamente en una cueva los últimos ocho años para no haber notado la fuerza del cambio a peor, la manera en que un puñado excepcional de desaprensivos e idiotas al frente de ese mismo país se las han arreglado para transformar el mundo a la altura de las más negras pesadillas de George Orwell o Alan Moore, llegando a hacernos dudar de si no habríamos caído en un universo paralelo al estilo del Pottersville de Qué bello es vivir, con retroceso incluido a los peores tiempos de la Gran Depresión. ¿Será una cosa de la entropía del universo que el único cambio posible sea siempre para mal?
Que la cosa está jodida ya lo sabemos, pero aún así existe toda una escala de grados y una cuesta arriba y una cuesta abajo: porque íbamos caminando sonámbulos en pijama entre los coches hasta que nos ha atropellado el camión de la basura, y ahora, conscientes pero en la UVI, sólo nos queda rezar para que el médico sepa lo que está haciendo. Quizá lo nuestro tenga arreglo o quizá no, pero al menos, como le pasa a cualquier paciente de House que alcanza a sobrevivir a los títulos de crédito, el pronóstico ahora mismo es bastante mejor que cuando nos encontraron tirados en la calle. ¿Suena eso lo bastante lúcido?

martes, 20 de enero de 2009

Muerte antes que deshonor


Primeras lamentaciones del año para los amantes de la fantasía y la ciencia ficción: El mismo día, el 14 de enero, se anunciaba el fallecimiento de Ricardo Montalbán (88 años) y Patrick McGoohan (80), dos intérpretes hacía tiempo retirados pero ni mucho menos olvidados...
Montalbán, pionero entre los actores hispanos en Hollywood, tuvo una carrera larga, fructífera y diversa, ejerciendo de latin lover, de exótico malvado y de secundario carismático en populares series de televisión, pero a la hora de la verdad para muchos será siempre Khan Noonien Singh, el único villano que importa de la saga Star Trek, el superhombre genético y dictador de media Tierra, exiliado al espacio en animación suspendida como un nuevo Napoleón hasta el día en que fue despertado por los hombres de la Enterprise. Por su parte McGoohan, un actor magnético de personalidad apabullante, que rechazó el papel de James Bond por motivos morales y el de Gandalf el gris por motivos de salud, tenía más que asumido (y con orgullo) que pasaría a la Historia como Número 6, el espía sin nombre de El prisionero, serie que él mismo había creado, diecisiete episodios de un falso thriller empapado de surrealismo, paranoia y férrea voluntad de resistencia que se merece su propio post (lo prometo).

Unos pocos días después nos recorre un escalofrío al enterarnos de que Columbia Pictures ha adquirido en pública subasta los derechos cinematográficos de la trilogía de la Fundación de Isaac Asimov, y que a partir de 2010 la devolverá convertida en una serie de películas dirigidas por Ronald Emmerich (Stargate, Independence Day, Godzilla, El día de Mañana…).
El gran protagonista de Fundación, en una crónica que abarca más de tres siglos, no es un piloto ni un guerrero espacial sino un anciano profesor universitario que muere poco después del primer capítulo: Hari Seldon, un matemático que, en un inimaginable futuro dentro de 20.000 años, predice mediante la ciencia de la psicohistoria, y contra todas las intuiciones de sus contemporáneos, la inevitable decadencia y caída del Primer Imperio Galáctico (sinónimo durante milenios de paz y civilización para billones de seres humanos en incontables mundos) y, tras ella, una terrible edad oscura de 30.000 años. Detener la caída es imposible pero aun es factible acortar a tan solo 1.000 años esa era de barbarie, explica Seldon a los escépticos funcionarios del Imperio. Les propone establecer dos fundaciones en extremos opuestos de la galaxia, dos colonias que servirán de depósito a todo el conocimiento humano. La gente de la Primera Fundación se dedicará durante generaciones a elaborar una monumental Enciclopedia Galáctica, o al menos esa es la falsa idea con la que parten hacia el planeta Terminus. En cuanto a la Segunda Fundación, su ubicación, así como su verdadero propósito (continuar la obra de Seldon), debe ser mantenido a toda costa en secreto porque el conocimiento de las predicciones psicohistóricas afecta a su cumplimiento. Lo que sigue es una deslumbrante partida de billar cósmico, donde los paralelismos con el final del bajo Imperio Romano y los siglos posteriores no le quitan ni un ápice de grandiosidad y capacidad de fascinación a esta serie de relatos que siguen hoy tan vigentes como hace sesenta años. Determinismo contra libre albedrío, gobierno de los sabios y los más aptos o poder para el pueblo con todas las consecuencias... ¿De verdad se ha leído esto Ronald Emmerich?

domingo, 11 de enero de 2009

Tengo una casa

El jueves pasado me llegó por fín, por correo aéreo y con bastante retraso, la versión física (y de lujo) del último disco que me compré antes del colapso de los mercados financieros, Everything That Happens Will Happen Today, nueva colaboración entre David Byrne y Brian Eno casi treinta años después de My Life in the Bush of Ghosts (que igual no os suena pero fue un disco experimental muy importante y que tuvo mucha influencia). Aquí van unas fotos del packaging (y además, al abrir la lata, se escucha un sonido de pasos y una puerta que se abre con un crujido tétrico...)



El disco se lo han autoeditado ellos mismos y lo venden en su web en formato digital (MP3 y FLAC), en cd simple (que incluye también la versión digital) y la edición derroche con el puñado de extras que veis ahí arriba. Se supone que iban a empezar a distribuirla hace mes y medio pero (según explicó el propio David Byrne en un email de disculpa) han tenido algún problema con una fábrica china y la pintura de la casita (pero todo ha acabado bien).
De la música no voy a hablar porque no me veo cualificado, sólo comentar que no se parece en nada a su anterior disco juntos, y que eso es lo menos que se podía esperar de ellos por mucho que a algunos les decepcione. Originalmente eran temas instrumentales de Eno a los que Byrne se ha animado a convertir en canciones. Él dice que el resultado es una especie de gospel electrónico. Sea lo que sea, a mí, a su estilo neurótico, me suena extrañamente poderoso y conmovedor.

P.D: Se puede escuchar entero en la playlist de abajo.


martes, 6 de enero de 2009

Vuelve a casa, pequeño Bond (Parte 1)


Más que reiniciar la saga, Casino Royale formateó el disco duro de la serie Bond presentándonos a un 007 en prácticas con los rasgos de Daniel Craig, todavía reconociblemente humano y con un fondo dramatico francamente insospechado. Un animal tan diferente que se ganó la aclamación de crítica y público (rumores de Oscar incluidos que al final quedaron en nada). Sin embargo, una vez eliminado el factor sorpresa, era casi inevitable que la secuela, Quantum of Solace (también conocida como Bond 22) fuera acogida con división de opiniones...


A menudo da la impresión de que no queda una sola idea original en Hollywood, que la gente del cine son como pequeños WALL-Es erigiendo sus proyectos con bloques de chatarra que rescatan de las ruinas de un pasado glorioso. Según esta lógica, después de cuarenta y seis años de películas de James Bond, no debería quedar en Quantum of Solace un solo fotograma sin reciclar.
Pero la originalidad es siempre una virtud muy relativa en el cine comercial (y en su estado puro resulta de lo más indigesta en taquilla). Todo eso que se dice de que apenas hay un puñado de historias posibles (o que nos interesen en cuanto seres humanos) y que sólo cambian en lo accesorio, que cada aparente nuevo gran invento de ficción que captura por millones la imaginación del público nace siempre por hibridación, recombinando materiales previos con más o menos acierto (como Matrix, por ejemplo, que mezclaba el mito de la caverna de Platón con la ciencia ficción cyberpunk y las películas de acción de Hong Kong, o Harry Potter, que empezó como un cruce entre Tolkien y las novelas de Enid Blyton).
Descomponer a posteriori la fórmula del éxito parece absurdamente simple pero de momento nadie ha encontrado todavía una receta para adivinarla por anticipado. Por eso últimamente cada bombazo de taquilla se reconvierte mágicamente en el primer episodio de una trilogía, tetralogía o lo que el público aguante la progresiva banalización del concepto. Todo estudio sueña con disponer de un puñado de franquicias rentables y por eso el que no las tiene acude a desenterrarlas a su catálogo de nombres ilustres (la llamada fiebre de los remakes). Pero reempaquetar como novedades historias y personajes famosos del pasado no es un proceso tan fácil ni evidente, como demuestra la cantidad de abortos anuales que se producen. Es un trabajo de chinos tan delicado como un transplante de cerebro; hay que desmontar el original pieza a pieza para ver lo que funciona y lo que no, reconstruir el mecanismo en sintonía con las técnicas contemporáneas y traducir el arquetipo al tiempo presente sin perder por el camino su valor icónico de marca.
Por eso es un verdadero milagro que de vez en cuando se consiga actualizar con éxito a alguno de estos personajes míticos descatalogados, una exultante victoria de la imaginación sobre la entropía y la segunda ley de la termodinámica. Por algo todas las culturas tienen sus propios mitos de renacimiento y resurrección: somos humanos y mortales y a algunos nos hace ilusión volver a ver a nuestros viejos héroes alzarse pletóricos y caminar de nuevo sobre la Tierra. En términos estrictos de cultura popular, nos podemos dar con un canto en los dientes de que la primera década del siglo XXI, junto con la cuota habitual de golems informes, nos haya traído de vuelta, más lozanos que nunca, a Batman (Batman Begins), al Doctor (Doctor Who, una debilidad mía) o a James Bond (Casino Royale).

(MÁS...)


El ojo del baño de oro
Por supuesto que no todo el mundo admitirá que el James Bond de Pierce Brosnan era un zombi apenas mantenido en pie por las oscuras fuerzas del product placement y la recaudación en taquilla. Para millones de espectadores de todo el mundo, el reinado de Brosnan cuenta como una auténtica edad de oro del personaje tras demasiados años de arrastrar una existencia poco distinguida.
Esta saga que lo había sido todo en los 60 y 70 había ido perdiendo lustre poco a poco (o mucho antes y muy rapidamente, según opiniones) y el relevo de Roger Moore por Timothy Dalton en una versión con menos coña del personaje no terminó de reactivar el interés del público por unas películas de acción de mediano presupuesto, creadas en un ambiente endogámico por el mismo equipo técnico y artístico de toda la vida y dirigidas por empleados leales pero rutinarios como John Glenn.
Tras un parón de seis años en los que la productora anduvo enredada en pleitos, Goldeneye (1995) pareció en su momento un esfuerzo bastante prometedor de puesta al día, con su estética mucho más contemporánea, sus referencias a una nueva era tras la guerra fría, un actor protagonista favorito del público y el uso desaforado de todo el arsenal de clichés más famosos de la serie, desde la canción (pastiche de John Barry / Shirley Bassey compuesta por Bono y The Edge y cantada por Tina Turner) a la trama de chantaje planetario con un satélite de la muerte, sin olvidar a Famke Janssen como la asesina a la que matar le provocaba orgasmos o al villano interpretado por Sean Bean, agente renegado e imagen especular de 007, capaz de meterse en su cabeza y despertarle unos cuantos demonios personales dormidos (o algo por el estilo… La verdad es que el guión era un bodrio pretencioso a medio cocer pero a muchos les encantó).
Al final, sin embargo, todo quedó en un simple lavado de cara, un empujón hacia adelante en dirección a una vía muerta porque bajo la capa de pintura el viejo molde seguía intacto. Los intentos de romper expectativas introduciendo elementos más realistas o dramáticos resultaban tan incongruentes como un bigote postizo en el arquetípico Bond cinematográfico que tan ajustadamente encarnaba Pierce Brosnan (un actor liviano con el que nunca parece estar ocurriendo mucho en pantalla y que sin embargo ha ido ganando en solidez con la edad). Síntesis perfecta de Sean Connery y Roger Moore con unas gotillas de la amargura exitencialista de Timothy Dalton, un personaje unidimensional sujeto con pinzas, supuesta reliquia de una guerra fría en la que por edad de ninguna manera habría podido tomar parte, playboy misógeno y metrosexual con inconexos ramalazos de vida interior, superagente secreto con aspecto de maniquí de El corte inglés, que siempre bebe lo mismo y se presenta en todas partes dando enfáticamente su propio nombre: “Bond, James Bond.” Semejante criatura sólo podía funcionar confinado en las estrechas paredes de su propio artificioso entorno de ficción, viviendo abigarradas fantasías escapistas cada vez más caras y previsibles, más propias de un ritual nostálgico vintage o de un parque temático.
El éxito de la saga Austin Powers desarticulando su fórmula clásica, y la aparición de la serie rival de Jason Bourne con una aproximación mucho más convincente y actual al cine de espías, amenazaban con reducir a medio plazo a James Bond a un chiste irrelevante. La propia supervivencia de la serie exigía una reinvención radical que los productores Michael G. Wilson y Barbara Broccoli (herederos del negocio familiar) quizá no se habrían atrevido a emprender en vida de su padre, Albert R. Broccoli, creador y propietario de la franquicia tras la espantada de su socio Harry Saltzman.

Bond Begins
La primera escena de Casino Royale (2006) -película basada por primera vez en treinta años en una novela de Ian Fleming, la primera que escribió y la última en ser llevada al cine- no podía haber hecho más esfuerzos por cortar lazos con la era Brosnan: Blanco y negro, estética vagamente expresionista deudora de El tercer hombre y un James Bond acechando en la sombra con el difícil rostro de Daniel Craig en su perfil más inquietante para matar a sangre fría a un traidor en la oficina del MI6 en Berlín. Así, tras consumar a plena satisfacción de sus superiores su segunda ejecución (considerablemente más sencilla que la primera, como él mismo admite), Bond adquiere oficialmente su famosa licencia para matar (el significado del código 00), que súbitamente deja de ser una frase hecha para convertirse en una realidad poco menos que repulsiva.
Y es que el personaje de James Bond (al que su propio creador consideraba una inofensiva fantasía masculina de sexo, violencia, lujo y exotismo) nunca ha dejado de tener sus lados de sombra: ya desde el comienzo de la bondmanía en los 60, Bond se atrajo las iras de la parte de la intelectualidad europea que se interesaba por estas cosas, que lo caracterizaba como un esbirro del capitalismo decadente y corrupto, sin otros principios ni ideología que las riquezas y el placer, un alienado que mataba a sangre fría y sin remordimientos. El propio Sean Connery dijo en algún momento algo sobre lo harto que estaba de que lo relacionaran con ese maldito asesino y que nunca jamás volvería a interpretarlo (años después se desdijo, sin embargo).
Lo cierto es que, aunque es raro el héroe de acción que no se acaba tomando la justicia por su mano (y entonces, o bien la indignación se extiende a todo un subgénero que suele ser bastante entretenido, o bien se empieza a confiar en la inteligencia del espectador y en su capacidad para distinguir entre ficción o realidad), pocos como el agente 007 tienen concedido el derecho explícito a matar con impunidad. En esto no cabe duda de que James Bond es una verdadera reliquia de los primeros tiempos de la guerra fría.
Originalmente un veterano de la segunda guerra mundial experto en operaciones especiales, al finalizar la contienda Bond simplemente prolonga su actividad contra los nuevos enemigos de su país como un buen patriota y súbdito del imperio que sigue jugando a indios y vaqueros, aceptando el razonamiento de que si la guerra fría es una guerra, en la guerra y en el amor todo vale. El Bond de Ian Fleming no es particularmente sádico y ni siquiera un genuino anticomunista: bien pronto en las novelas, y desde la primera película, Bond deja de perseguir a los escuadrones de la muerte de Stalin para vérselas con SPECTRA, organización mafioso-terrorista internacional entre cuyas filas, por definición, no hay civiles inocentes.

En cualquier caso, el éxito masivo de sus aventuras en ambos medios marcó un antes y un después en el género de espionaje (y en el cine de acción en general), convirtiendo a James Bond en referencia insoslayable, bien para imitarlo (en ejemplos medianamente recientes como Misión imposible, Mentiras arriesgadas, XXX, o las novelas de Tom Clancy sobre Jack Ryan), bien para rechazar de manera explícita y casi airada su distorsión romántica y fantasiosa del mundo de los servicios secretos, en la línea de John LeCarré y sus relatos inspirados en su propia experiencia, sórdidas historias de lealtades dudosas, gentuza implacable y desastrados hombrecillos grises en todos los bandos.
La trilogía de Bourne (una de las series cinematográficas más influyentes en el último cine de acción, basada cada vez más libremente en las novelas de Robert Ludlum), combina a partes iguales ambas tendencias del género de espías y les añade un extraordinario virtuosismo técnico (con prolijo uso de la camara en mano) y un solemne tono de realismo prácticamente olvidado en el cine comercial desde los 70. Matt Damon interpreta con gran convicción al amnésico ex espía del título, un cabo suelto de un conjunto de operaciones no autorizadas al que sus antiguos superiores persisten en intentar matar, obligándole así a tirar del hilo y sacar a la luz su propio pasado de monstruo al servicio de diversos crímenes de estado. Una fascinante variación sobre el tema del superagente especial (Bourne, para su propia sorpresa, resulta ser una máquina letal perfecta con un sinfín de talentos ocultos), mucho mejor adaptada al espíritu de los tiempos cuando, escaldados por el historial de la CIA en América Latina y fenómenos como el GAL y la guerra contra el terrorismo de Bush y Ramsfield, cada vez se hace más difícil creer que los servicios secretos están ahí para protegernos a nosotros (¿quién vigila a los vigilantes?).
No hay que echarle mucha imaginación para reconocer en ese Bourne anterior al incidente que le cambió la vida un remedo de las visiones más siniestras sobre el personaje de Ian Fleming con quien comparte iniciales (Fleming, por cierto, también dejaba a su hombre amnésico por una herida en la cabeza al final de su última novela completa, Sólo se vive dos veces). Una versión descarnada privada de glamour, supervillanos, chistecitos o tías en bikini. Un monstruo sin alma, una simple herramienta de precisión al servicio del poder. ¿Podría ser éste el verdadero 007?. Cuando James Bond es un cascarón vacío, un conjunto de accesorios y frases hechas al servicio de la trama, sin peso, personalidad ni motivos (excepto alguna salva al aire acerca de servir a su país y a la reina) es difícil desmentir ninguna interpretación coherente sobre el personaje, como esa tan clásica de que James Bond es un nombre en clave y cada actor un individuo distinto, o aquella otra tan paradójica que dice que la versión de Roger Moore (que es un tipo de lo más simpático, que odia las armas y es embajador de UNICEF y que siempre se tomó el papel con distancia irónica, soltando un chiste detrás de cada muerte) sería en el mundo real un psicópata aterrador.

Casino Royale le dió finalmente un pasado, valores y una opinión sobre sí mismo. Un trabajo duro porque no era una película de época y los guionistas Purvis y Wade (los expertos residentes en Ian Fleming) tenían que reinventarlo como un hombre nacido cincuenta años después del Bond literario, criado en un mundo necesariamente distinto, con una trayectoria vital diferente aunque paralela, la más parecida posible para acabar conduciéndolo al mismo punto. Ahora Bond es un ex militar de las fuerzas especiales reconvertido en agente del MI6, arrogante e impredecible, y durante su acerbo intercambio de impertinencias con la agente del Tesoro Vesper Lynd (Eva Green) nos enterábamos de que es un huérfano educado en colegios privados que posiblemente ha transferido sus afectos a las instituciones del país, un hedonista sin medios propios para cubrir sus gustos caros, y un tipo irónico y emocionalmente distante que prefiere liarse con mujeres casadas porque dan menos problemas. Lo importante, sin embargo, no era la propia información (que en su mayor parte siempre ha estado ahí implícitamente) sino la manera en que Daniel Craig la utilizaba para construir un personaje carismático, un cabronazo contradictorio pero coherente psicológicamente, un nuevo héroe de acción integral para el siglo XXI cuya intensidad achicharraba hasta el más vago recuerdo de sus antecesores.
Pero el engreimiento de este Bond con tan buenos motivos para creer en su propia infalibilidad no hace otra cosa que presagiar su caída : no sólo fracasa en su misión de desplumar al poker a un tal LeChiffre, banquero internacional dedicado a la financiación de terroristas, sino que se enamora perdidamente de Vesper y por ella termina dimitiendo del servicio secreto, espantado de la manera en la que el trabajo está destruyendo su humanidad (hay una gran escena de Bond ante el espejo con la camisa blanca del smoking empapada de sangre después de liquidar a dos matones en una pelea horriblemente sucia). La posterior traición y suicidio de la chica son el golpe letal que le hace regresar al juego convertido en un profesional implacable, destruida su confianza en la humanidad, ocultando la propia tras un muro emocional infranqueable. Gran relato-origen de un superhéroe en el que el descenso a los infiernos del protagonista marca el inicio de su leyenda, saludada con la ejecución a todo volumen del James Bond Theme para satisfacción del espectador. Casino Royale es una película poderosa, extraña e imperfecta, un poco larga quizá, con mucha más acción al principio que al final, y la mejor de la serie al menos desde 1964 si nos empeñamos en considerarla parte de la misma (sólo Desde Rusia con amor y Goldfinger podrían disputarle el primer puesto pero realmente es como comparar peras y manzanas).

Continuará

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Lo que queda de 2008


Mejor película extranjera que le ha gustado a todo el mundo: Wall-E de Andrew Stanton
Mejor película extranjera que no le ha gustado a nadie: Dreams de Kim Ki-duk
Mejor película española: Camino de Javier Fesser
Mejor programa de TV extranjero: The Wire
Mejor programa de TV nacional: Plutón BRB Nero
Mejor disco nacional: El manifiesto desastre de Nacho Vegas
Mejor disco extranjero: Electric Arguments de The Fireman (Paul McCartney y Martin Glover)
Mejor concierto: Bob Dylan (Pamplona, 24 de junio)
Mejor película clásica descubierta en 2008: Viaje alucinante al fondo de la mente (Ken Russell, 1980)
Película clásica más decepcionante vista en 2008: El mago de Oz (Victor Fleming, 1939)
Mejor cómic: Emigrantes, de Shaun Tan (2007)
Mejor libro sobre cómics: El mundo de Mortadelo y Filemón de Miguel Fernández Soto
Mejor novela: El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza
Mejor libro sobre tv: The Writers´s Tale, por Russell T. Davies y Benjamin Cook
Mejor canción clásica descubierta en 2008: Race for the Prize de los Flaming Lips

lunes, 29 de diciembre de 2008

No estamos

domingo, 21 de diciembre de 2008

Goyas 2009


Miro la lista de candidaturas a los Goya y suelto una fina interjección. Los girasoles ciegos, única que no he visto de las cuatro principales, arrasa con quince nominaciones y no es que se me haya pasado por alto, es que no tenía ni puñeteras ganas de verla porque ha tenido una críticas flojísimas y me han hablado de ella fatal. ¿Y ahora, me gasto la pasta a disgusto o me abstengo de decir un palabra si luego va y se lo lleva todo el 1 de febrero? Aquí, a la hora de rascarse el bolsillo, es donde se demuestra su dedicación el crítico aficionado.
Y mira que me cae bien Jose Luís Cuerda (y Maribel Verdú) pero Cuerda como director dramático me parece un tío muy plano y escaso de recursos, y empiezo a sospechar que tanto reconocimiento para la enésima película sobre la guerra civil solo puede deberse a la reciente actualidad del tema (es decir, a motivos extracinematográficos) o a que Los girasoles es el guión póstumo de Rafael Azcona como adaptador (pero Azcona decía siempre que el guionista era la puta del director. O sea, que se lavaba las manos del resultado).
O quien sabe, igual es de verdad una obra maestra, aunque me cuesta creer que pueda ser mejor o más original, atrevida y emocionante que Camino de Javier Fesser, una de las mejores películas que he visto este año. Alex de la Iglesia está de acuerdo en que es su favorita, y no lo dice por cortesía, él mismo describió en su blog la conmoción que le había producido. Los Crímenes de Oxford, en cambio, sólo está ahí como reconocimiento a su competencia técnica y a su éxito de taquilla (lo único bueno que ha hecho Alex este año ha sido en televisión, la incomprendida Plutón Verbenero).
Sintiéndolo mucho por Ariadna Gil (que está estupenda en Sólo quiero caminar), el goya a mejor actriz tiene que ser para Carme Elías, que hace una interpretación que corta el aliento en Camino. No se me ocurre nadie mejor en cambio para mejor actor que Diego Luna por la peli de Díaz Yanes pero ¿qué posibilidades tiene contra Benicio del Toro haciendo del Ché? (otra que tampoco he visto).
Más: Penélope Cruz como mejor secundaria (Vicky Cristina Barcelona), Nerea Camacho como actriz revelación (Camino), mejor director novel para Nacho Vigalondo (Los cronocrímenes) y el resto, que gane el mejor.