
No sé quien decía que en último extremo acabas conociendo mejor a ciertos personajes de ficción que a tu propio padre. Que la realidad es siempre fragmentaria y elusiva y carece de narrador, mientras que la ficción tiene propósito y significado y al final, más o menos, encajan las piezas del cuadro completo. Y aún así, después de ver La duda, salimos todavía con menos certezas de las que entramos: ¿Ha ocurrido realmente algo entre el padre Flynn (Philip Seymour Hoffman) y el monaguillo? A falta de indicios, ¿de donde nace la convicción moral de la hermana Aloysious (Meryl Streep) acerca de su culpabilidad? Peor todavía: caso de haber sucedido algo, ¿no será peor en este caso su remedio que la enfermedad?
La acción transcurre en 1964 en el colegio católico de St. Nicholas, en el Bronx (Nueva York), y la religión, por supuesto, juega un papel esencial en toda esta historia. Esa especie de super relato mítico que contiene todas las soluciones cómodamente reunidas en un solo tomo (por algo hablan de las religiones del Libro), iluminando a los creyentes con la verdad revelada, en la práctica está bien lejos de dejarlo todo resuelto. No sólo está el problema de encontrar respuestas que sostengan la fe en un mundo tan lleno de maldad, confusión y amargura (el primer sermón del padre Flynn se refiere directamente al desaliento general tras el asesinato de Kennedy el año anterior). Incluso dentro de la ortodoxia católica hay espacio para versiones irreconciliables, visiones incompatibles sobre Dios, la religión y la existencia, y así somos testigos del choque de trenes entre el tradicionalismo tridentino de la directora del colegio (severa, espartana, apegada al ritual, inculcando por su propio bien el temor de Dios a alumnos y monjas) y la por entonces recién estrenada línea Vaticano II del padre Flynn, un catolicismo más cálido y compasivo, que borra las distancias entre sacerdote y seglar, conviviendo con mayor naturalidad y humildad con el mundo.
A ojos de la hermana Aloysius (verdadera monja-soldado variante sargento de hierro excepto por los tacos), el afable padre Flynn es demasiado humano para el alzacuellos, frívolo y mundano, impropio del oficio que desempeña. Para el cura, ella es una fanática intolerante y una reliquia de otra era por fortuna ya superada. El director y dramaturgo John Patrick Shanley (adaptando su propia obra de teatro) juega con las simpatías y antipatías iniciales del espectador para descolocarlas introduciendo la acusación de pederastia, negándose a dictar sentencia o a dar respuestas definitivas tipo quien es el bueno y quien el malo. Puede que el padre Flynn tenga vicios peores que echarse tres terrones en el café o que sea víctima de una injusta caza de brujas por motivos más que dudosos. Puede que la hermana Aloysius no sea el ogro que aparenta sino que simplemente cumpla su cometido lo mejor que sabe y conoce, asumiendo el papel de poli malo de sus profesoras en un colegio por lo demás bastante feliz, con su alumnado mixto y su función de navidad con sus risas y canciones. Y puede que su increíble seguridad en sí misma y en su propio instinto no sea más que pura fachada (la vemos en su momento de mayor desconcierto charlando con la madre del niño supuesta víctima del abuso, incrédula y horrorizada ante el punto de vista de esa mujer trabajadora negra y pobre, tan incompatible con su paradigma interiorizado sobre el bien y el mal, “Es el único que ha sido amable con él”). Los niños necesitan una figura de autoridad que los meta en vereda pero esos pequeños demonios huelen el miedo y la hermana Aloysius tiene, seguramente, muchísimo miedo (ella sabrá por qué).
Como puede suponerse, con tantas ambigüedades La duda no es precisamente, una película policiaca. Provocadora, original, bastante teatral (con muchas escenas de diálogo para dos actores), espléndidamente interpretada (casi todo el reparto salvo Hoffman era este año candidato a un Oscar), aquí hay densidad y sustancia para discutir largo y tendido.











El ojo del baño de oro
Por supuesto que no todo el mundo admitirá que el James Bond de Pierce Brosnan era un zombi apenas mantenido en pie por las oscuras fuerzas del product placement y la recaudación en taquilla. Para millones de espectadores de todo el mundo, el reinado de Brosnan cuenta como una auténtica edad de oro del personaje tras demasiados años de arrastrar una existencia poco distinguida.
Esta saga que lo había sido todo en los 60 y 70 había ido perdiendo lustre poco a poco (o mucho antes y muy rapidamente, según opiniones) y el relevo de Roger Moore por Timothy Dalton en una versión con menos coña del personaje no terminó de reactivar el interés del público por unas películas de acción de mediano presupuesto, creadas en un ambiente endogámico por el mismo equipo técnico y artístico de toda la vida y dirigidas por empleados leales pero rutinarios como John Glenn.
Tras un parón de seis años en los que la productora anduvo enredada en pleitos, Goldeneye (1995) pareció en su momento un esfuerzo bastante prometedor de puesta al día, con su estética mucho más contemporánea, sus referencias a una nueva era tras la guerra fría, un actor protagonista favorito del público y el uso desaforado de todo el arsenal de clichés más famosos de la serie, desde la canción (pastiche de John Barry / Shirley Bassey compuesta por Bono y The Edge y cantada por Tina Turner) a la trama de chantaje planetario con un satélite de la muerte, sin olvidar a Famke Janssen como la asesina a la que matar le provocaba orgasmos o al villano interpretado por Sean Bean, agente renegado e imagen especular de 007, capaz de meterse en su cabeza y despertarle unos cuantos demonios personales dormidos (o algo por el estilo… La verdad es que el guión era un bodrio pretencioso a medio cocer pero a muchos les encantó).
Al final, sin embargo, todo quedó en un simple lavado de cara, un empujón hacia adelante en dirección a una vía muerta porque bajo la capa de pintura el viejo molde seguía intacto. Los intentos de romper expectativas introduciendo elementos más realistas o dramáticos resultaban tan incongruentes como un bigote postizo en el arquetípico Bond cinematográfico que tan ajustadamente encarnaba Pierce Brosnan (un actor liviano con el que nunca parece estar ocurriendo mucho en pantalla y que sin embargo ha ido ganando en solidez con la edad). Síntesis perfecta de Sean Connery y Roger Moore con unas gotillas de la amargura exitencialista de Timothy Dalton, un personaje unidimensional sujeto con pinzas, supuesta reliquia de una guerra fría en la que por edad de ninguna manera habría podido tomar parte, playboy misógeno y metrosexual con inconexos ramalazos de vida interior, superagente secreto con aspecto de maniquí de El corte inglés, que siempre bebe lo mismo y se presenta en todas partes dando enfáticamente su propio nombre: “Bond, James Bond.” Semejante criatura sólo podía funcionar confinado en las estrechas paredes de su propio artificioso entorno de ficción, viviendo abigarradas fantasías escapistas cada vez más caras y previsibles, más propias de un ritual nostálgico vintage o de un parque temático.
El éxito de la saga Austin Powers desarticulando su fórmula clásica, y la aparición de la serie rival de Jason Bourne con una aproximación mucho más convincente y actual al cine de espías, amenazaban con reducir a medio plazo a James Bond a un chiste irrelevante. La propia supervivencia de la serie exigía una reinvención radical que los productores Michael G. Wilson y Barbara Broccoli (herederos del negocio familiar) quizá no se habrían atrevido a emprender en vida de su padre, Albert R. Broccoli, creador y propietario de la franquicia tras la espantada de su socio Harry Saltzman.
Bond Begins
La primera escena de Casino Royale (2006) -película basada por primera vez en treinta años en una novela de Ian Fleming, la primera que escribió y la última en ser llevada al cine- no podía haber hecho más esfuerzos por cortar lazos con la era Brosnan: Blanco y negro, estética vagamente expresionista deudora de El tercer hombre y un James Bond acechando en la sombra con el difícil rostro de Daniel Craig en su perfil más inquietante para matar a sangre fría a un traidor en la oficina del MI6 en Berlín. Así, tras consumar a plena satisfacción de sus superiores su segunda ejecución (considerablemente más sencilla que la primera, como él mismo admite), Bond adquiere oficialmente su famosa licencia para matar (el significado del código 00), que súbitamente deja de ser una frase hecha para convertirse en una realidad poco menos que repulsiva.
Y es que el personaje de James Bond (al que su propio creador consideraba una inofensiva fantasía masculina de sexo, violencia, lujo y exotismo) nunca ha dejado de tener sus lados de sombra: ya desde el comienzo de la bondmanía en los 60, Bond se atrajo las iras de la parte de la intelectualidad europea que se interesaba por estas cosas, que lo caracterizaba como un esbirro del capitalismo decadente y corrupto, sin otros principios ni ideología que las riquezas y el placer, un alienado que mataba a sangre fría y sin remordimientos. El propio Sean Connery dijo en algún momento algo sobre lo harto que estaba de que lo relacionaran con ese maldito asesino y que nunca jamás volvería a interpretarlo (años después se desdijo, sin embargo).
Lo cierto es que, aunque es raro el héroe de acción que no se acaba tomando la justicia por su mano (y entonces, o bien la indignación se extiende a todo un subgénero que suele ser bastante entretenido, o bien se empieza a confiar en la inteligencia del espectador y en su capacidad para distinguir entre ficción o realidad), pocos como el agente 007 tienen concedido el derecho explícito a matar con impunidad. En esto no cabe duda de que James Bond es una verdadera reliquia de los primeros tiempos de la guerra fría.
Originalmente un veterano de la segunda guerra mundial experto en operaciones especiales, al finalizar la contienda Bond simplemente prolonga su actividad contra los nuevos enemigos de su país como un buen patriota y súbdito del imperio que sigue jugando a indios y vaqueros, aceptando el razonamiento de que si la guerra fría es una guerra, en la guerra y en el amor todo vale. El Bond de Ian Fleming no es particularmente sádico y ni siquiera un genuino anticomunista: bien pronto en las novelas, y desde la primera película, Bond deja de perseguir a los escuadrones de la muerte de Stalin para vérselas con SPECTRA, organización mafioso-terrorista internacional entre cuyas filas, por definición, no hay civiles inocentes.
En cualquier caso, el éxito masivo de sus aventuras en ambos medios marcó un antes y un después en el género de espionaje (y en el cine de acción en general), convirtiendo a James Bond en referencia insoslayable, bien para imitarlo (en ejemplos medianamente recientes como Misión imposible, Mentiras arriesgadas, XXX, o las novelas de Tom Clancy sobre Jack Ryan), bien para rechazar de manera explícita y casi airada su distorsión romántica y fantasiosa del mundo de los servicios secretos, en la línea de John LeCarré y sus relatos inspirados en su propia experiencia, sórdidas historias de lealtades dudosas, gentuza implacable y desastrados hombrecillos grises en todos los bandos.
La trilogía de Bourne (una de las series cinematográficas más influyentes en el último cine de acción, basada cada vez más libremente en las novelas de Robert Ludlum), combina a partes iguales ambas tendencias del género de espías y les añade un extraordinario virtuosismo técnico (con prolijo uso de la camara en mano) y un solemne tono de realismo prácticamente olvidado en el cine comercial desde los 70. Matt Damon interpreta con gran convicción al amnésico ex espía del título, un cabo suelto de un conjunto de operaciones no autorizadas al que sus antiguos superiores persisten en intentar matar, obligándole así a tirar del hilo y sacar a la luz su propio pasado de monstruo al servicio de diversos crímenes de estado. Una fascinante variación sobre el tema del superagente especial (Bourne, para su propia sorpresa, resulta ser una máquina letal perfecta con un sinfín de talentos ocultos), mucho mejor adaptada al espíritu de los tiempos cuando, escaldados por el historial de la CIA en América Latina y fenómenos como el GAL y la guerra contra el terrorismo de Bush y Ramsfield, cada vez se hace más difícil creer que los servicios secretos están ahí para protegernos a nosotros (¿quién vigila a los vigilantes?).
No hay que echarle mucha imaginación para reconocer en ese Bourne anterior al incidente que le cambió la vida un remedo de las visiones más siniestras sobre el personaje de Ian Fleming con quien comparte iniciales (Fleming, por cierto, también dejaba a su hombre amnésico por una herida en la cabeza al final de su última novela completa, Sólo se vive dos veces). Una versión descarnada privada de glamour, supervillanos, chistecitos o tías en bikini. Un monstruo sin alma, una simple herramienta de precisión al servicio del poder. ¿Podría ser éste el verdadero 007?. Cuando James Bond es un cascarón vacío, un conjunto de accesorios y frases hechas al servicio de la trama, sin peso, personalidad ni motivos (excepto alguna salva al aire acerca de servir a su país y a la reina) es difícil desmentir ninguna interpretación coherente sobre el personaje, como esa tan clásica de que James Bond es un nombre en clave y cada actor un individuo distinto, o aquella otra tan paradójica que dice que la versión de Roger Moore (que es un tipo de lo más simpático, que odia las armas y es embajador de UNICEF y que siempre se tomó el papel con distancia irónica, soltando un chiste detrás de cada muerte) sería en el mundo real un psicópata aterrador.
Casino Royale le dió finalmente un pasado, valores y una opinión sobre sí mismo. Un trabajo duro porque no era una película de época y los guionistas Purvis y Wade (los expertos residentes en Ian Fleming) tenían que reinventarlo como un hombre nacido cincuenta años después del Bond literario, criado en un mundo necesariamente distinto, con una trayectoria vital diferente aunque paralela, la más parecida posible para acabar conduciéndolo al mismo punto. Ahora Bond es un ex militar de las fuerzas especiales reconvertido en agente del MI6, arrogante e impredecible, y durante su acerbo intercambio de impertinencias con la agente del Tesoro Vesper Lynd (Eva Green) nos enterábamos de que es un huérfano educado en colegios privados que posiblemente ha transferido sus afectos a las instituciones del país, un hedonista sin medios propios para cubrir sus gustos caros, y un tipo irónico y emocionalmente distante que prefiere liarse con mujeres casadas porque dan menos problemas. Lo importante, sin embargo, no era la propia información (que en su mayor parte siempre ha estado ahí implícitamente) sino la manera en que Daniel Craig la utilizaba para construir un personaje carismático, un cabronazo contradictorio pero coherente psicológicamente, un nuevo héroe de acción integral para el siglo XXI cuya intensidad achicharraba hasta el más vago recuerdo de sus antecesores.
Pero el engreimiento de este Bond con tan buenos motivos para creer en su propia infalibilidad no hace otra cosa que presagiar su caída : no sólo fracasa en su misión de desplumar al poker a un tal LeChiffre, banquero internacional dedicado a la financiación de terroristas, sino que se enamora perdidamente de Vesper y por ella termina dimitiendo del servicio secreto, espantado de la manera en la que el trabajo está destruyendo su humanidad (hay una gran escena de Bond ante el espejo con la camisa blanca del smoking empapada de sangre después de liquidar a dos matones en una pelea horriblemente sucia). La posterior traición y suicidio de la chica son el golpe letal que le hace regresar al juego convertido en un profesional implacable, destruida su confianza en la humanidad, ocultando la propia tras un muro emocional infranqueable. Gran relato-origen de un superhéroe en el que el descenso a los infiernos del protagonista marca el inicio de su leyenda, saludada con la ejecución a todo volumen del James Bond Theme para satisfacción del espectador. Casino Royale es una película poderosa, extraña e imperfecta, un poco larga quizá, con mucha más acción al principio que al final, y la mejor de la serie al menos desde 1964 si nos empeñamos en considerarla parte de la misma (sólo Desde Rusia con amor y Goldfinger podrían disputarle el primer puesto pero realmente es como comparar peras y manzanas).
Continuará